No merezco perdón por ningún lado, las disculpas vienen al final.
Gracias por seguir leyendo.
La Heredera Perdida
—¿Osáis desafiar las leyes naturales?
—Las leyes se desafían solas.
—Entonces dejaréis que se marche.
—Jamás.
—Sí desafiáis vuestra naturaleza, entonces.
—Puedo pedir que se quede.
—¿Y si os niega?
—Entonces clavad el puñal en mi pecho maldito bastardo. ¿No es lo que queréis?
…
Harry abrió los ojos sintiendo su cuerpo agarrotado. Los brazos los tenía magullados y sus piernas acalambradas. Con suerte logró enfocar el entorno en el que se encontraba. Una imagen brumosa y oscura se expandió ante sus ojos, pero estaba tan oscuro que era difícil reconocer el lugar. De inmediato exclamó un grito ahogado al ser consciente de lo que estaba sucediendo. Intentó moverse pero sus brazos estaban atados a una viga sobre su cabeza y sus piernas colgaban a unos pocos centímetros del suelo.
—¡Qué mierda! ¡Malfoy, maldito hijo de puta!
—No te esfuerces, no van a venir, al menos no aún —la voz acalambrada de su padrino le llegó desde algún rincón.
—¿Sirius? ¿Dónde mierda estás?
—Colgado de las pelotas —susurró con sarcasmo —. Creo que a tu izquierda.
—¿Puedes moverte? —apremió Harry intentando balancearse con sus brazos, pero sólo consiguió que su espalda se torciera — ¡Ah!
—No te gastes —murmuró su padrino. Era un tono tan desgraciado que a Harry se le heló la sangre —, ya intenté todo y creo que me disloqué el hombro. Una mierda, pero después de un rato el dolor ya pasa a ser algo normal.
—¿Dónde nos trajeron estos bastardos?
—Por el olor a mierda debe ser el infierno… y si tenemos un poco de suerte, tal vez un sótano.
Harry suspiró con pesadumbre.
—¿Estamos cagados, no? —susurró—. Estos imbéciles nos van a matar y Ginny…—algo en su interior se retorció destrozándole las entrañas—… Dios, Ginny…
Estaba oscuro, pero no por ello se sintió menos miserable al darse cuenta como su cara se empapaba de lágrimas calientes.
—Deberíamos haberlo previsto…—dijo Sirius con la voz ronca—. En Paris somos buscados, ese Weasley seguro que ya había oído de nosotros.
Harry apretó las manos intentando concentrar sus fuerzas en los puños. Si Sirius nunca hubiera hecho aquel trato con los Malfoy nunca habrían llegado a engañar a Ginny con tamaña estafa que a leguas se notaba que iba a salir mal. Volvió a suspirar apretando los labios de rabia. Poco a poco sus ojos se acostumbraban a la oscuridad dejando entrever algunos objetos gracias a la luz que se filtraba desde debajo de lo que parecía una puerta.
—Cállate —masculló—, cállate por una puta vez en tu vida.
Las cuerdas liberaron un sonido rasposo contra la viga debido al balance. Cerró los ojos y respiró hondo con fiereza.
—Harry no…
—¡CÁLLATE! —estalló y esta vez las lágrimas lo ahogaron—. ¡Por tu culpa cabrón estamos aquí, por tu culpa he vivido una vida de mierda, sólo por ti soy lo que soy! ¿Cómo fuiste tan imbécil de haber estafado a estos hijos de puta?, ¿cómo fuiste capaz de no pensar en mi futuro cuando era niño? ¡Te cagaste en la promesa que le hiciste a mi padre! ¡Remus tenía razón! ¡Traicionaste a tus amigos! ¡Deberías haber ido a la guerra y dejado que una granada te partiera el culo!
El silencio se hizo apremiante y por un segundo, solo un segundo, Harry creyó que Sirius realmente podría haber muerto atado quién sabe de dónde. Pero un largo y aletargado suspiro lo hizo volver a la realidad, y la ira y el dolor volvió a consumir su pecho.
—Lo lamento…—susurró—. Me merezco cada una de tus palabras…pero si algo no voy a aceptar es que me digas que traicioné a James.
—No te atrevas a usar el nombre de mi pa…
—¡Era mi amigo! —estallo Sirius, y el ruido de sus propias cuerdas crujieron al moverse seguido de un horroroso crack— ¡Mierda! —Harry notó que su padrino apretaba los dientes y respiraba profundamente con rapidez intentando calmar el dolor. No quería sentir piedad por él, aunque un pedazo de su consciencia le obligaba a sentir preocupación por el estado del hombre—. James era mi amigo y todo lo que hice fue por ti, mal agradecido —dijo con la voz ahogada—. No tenía dinero, escapé con lo puesto y un bebé en brazos… tenía que protegerte, era mi deber —gimió—. Nunca fui un ladrón ni pretendí convertirme en uno, pero al darme cuenta que no podía ofrecerte una mejor vida me vi obligado a seguir con las estafas…—suspiró, Harry cerró los ojos—. Cuando apareció Malfoy creí que por fin podría dejar de delinquir si cumplía con su trato…
Harry alzó la vista sin darse cuenta de en qué momento bajó la cabeza. Sirius nunca le había contado por qué estafó a los Malfoy.
—¿Qué fue lo que hiciste? —trató de ser frío, pero su voz salió temblorosa, delatando su ansiedad.
—Les pedí dinero para abrir un negocio —contó, la respiración entrecortada le indicó a Harry el mal estado de su padrino, ahí realmente comenzó a preocuparse—. Después de estafar a todos los dueños de los hoteles se me ocurrió que podíamos comenzar con el negocio del alquiler de departamentos. Era decente y podríamos comenzar una nueva vida, solo…—se quejó—. Sólo necesitaba comprarlos, pero entonces nos fuimos de viaje y comencé a pagar mis otras deudas y de repente…—suspiro sonoramente, el ruido de las cuerdas se tensó—. De repente ya no tenía dinero, no tenía inversión… El trato era devolverle a los Malfoy el doble de lo que me habían prestado, lo que sería fácil si hubiese hecho el negocio, pero me creí más listo…hasta que finalmente me quedé sin dinero y terminamos… aquí… —un gemido ahogado sorprendió a Harry, entonces descubrió que el hombre que lo había criado, lloraba—. Perdóname… sólo quería lo mejor para nosotros…
—Si bueno… ya ves dónde fuimos a parar con tus intenciones —gruñó Harry.
—No seas tan duro con tu padrino —la voz burlona de Malfoy hijo traspasó las paredes hasta que algo frente a sus ojos dejó entrar la luz a la estancia.
Harry cerró los ojos y desvió la cara. Con la iluminación del pasillo, que en realidad era una ampolleta colgada precariamente en medio de un techo mohoso, Harry pudo ver finalmente cómo era el lugar. No era un sótano, ni siquiera se le acercaba. Los habían metido en un armario de escobas, en un espacio reducido repleto de cajas y telarañas colgantes, y con charcos desparramados de dudosa procedencia.
—¡Mierda, Malfoy!, ¡sácanos de aquí! —exclamó Sirius con un jadeo. La risa seca del padre llegó detrás del hijo que se mantenía de pie en el umbral de la puerta. Harry abrió los ojos a medias, sólo podía distinguir las siluetas recortadas por la luz.
El chasquido de una lengua hizo eco entre las cajas, y luego, otra risa seca.
—Ese no es el modo de comportarse cuando visitas el hogar de otra persona —se burló Malfoy, Harry escuchó las cuerdas de Sirius tensarse y las suyas emitir un rechinido contra el soporte que las sostenía.
—¡Hijo de puta! ¡Suéltanos! —exclamó Sirius.
—¡Cállate imbécil! —las sombras se movieron y Sirius soltó un alarido cuando uno de los dos le asestó un golpe.
—¡Sirius! —Gritó Harry.
—Vamos, defiéndete —se mofó el más joven—, ¿o tiene que hacerlo tu novia?
Harry hizo crujir los nudillos sobre su cabeza.
—¡Imbécil! ¡Bájennos de aquí!
—No eres tan valiente ahora que estás a nuestra merced, ¿no Black?
—¿Por qué no me matas y ya? —jadeó Sirius, a Harry se le crispó la nuca. Escuchó al Malfoy más joven arrastrar los pies y situarse a su lado, al sentir el aroma pestilente de su perfume se dio cuenta que Sirius estaba mucho más cerca de él de lo que pensaba.
Un golpe duro y luego un chillido. Harry se retorció en el aire para poder liberarse, disparó patadas a todos lados y gruñó cuanta palabrota se le cruzó por la boca. Sirius a su lado jadeaba de dolor.
—¡Hijos de puta! ¿Qué le hicieron? ¡Sirius, Sirius! ¿Qué más quieren de nosotros? Ya nos tienen aquí, ¡bájennos!
La carcajada de ambos, padre e hijo rompió el ambiente. Entonces una estocada en el estomago de Harry completamente imprevisto le quitó el aire de los pulmones.
—¡Idiotas e ilusos! —exclamó Malfoy, Harry jadeó y contó sus costillas mentalmente creyendo una rota. El imbécil le había asestado con un palo—, ¿realmente creen que saldrán de aquí? —Harry alzó la mirada, su sien sudaba—. No pagaron su libertad, así que ahora nos pertenecen. ¿Salir? —la risa seca heló la espina de Harry—. Nunca. El jefe nos pagará lo que gane con la gitana y ustedes… acabaran siendo comida de gaviotas en el Sena.
La adrenalina de Harry se activó en cada célula de su cuerpo hasta alcanzar sus piernas las cuales estallaron en una patada que fue directamente a la cara del muchacho rubio. Como estaba sostenido en el aire, la puntería fue sumamente certera.
Éste trastabilló y chocó con su padre que aún se sostenía en el umbral de la puerta. Tropezaron y cayeron juntos al suelo. Harry volvió a retorcerse y empujó sus brazos hacia abajo para poder liberar sus manos. Nada sucedió. Sin embargo la mención de la gitana había reactivado todos sus sentidos en señal de alerta. Ellos sabían dónde estaba y aquel "señor" debía ser ese tal Riddle con el que Ginny había tenido contacto.
—¿Dónde está Ginny?¿Dónde se la llevaron? ¿Qué le van a hacer?
Draco se levantó del suelo con dificultad. Atrás, su padre lo imitó. El más joven se pasó el brazo por la cara eliminando el rastro de sangre que bajaba de su cabeza, nariz y boca. Harry se regocijó, el hijo de puta sufriría un par de días con el ojo inflamado y tal vez un par de dientes menos. Tensó las piernas, con algo de suerte esperaba asestar un golpe más intenso para dejarlo sin dientes totalmente o tal vez ciego por un mes.
Pero existía una evidente desventaja, y es que estando amarrado y colgando del techo no le proporcionaba el éxito que deseaba en su defensa.
El puño de Malfoy seguido de varios golpes con diversos objetos lo dejó noqueado por un segundo. Su cabeza palpitaba y su boca sabía a metal. Ya estaba seguro que al menos varias costillas estaban rotas y así como su padrino, de tanto balancearse, uno de sus hombros se había desencajado.
El dolor martillaba cada hueso de su cuerpo y por culpa de las costillas no podía respirar bien. Contó hasta diez, esperando que en mitad de la cuenta quedara inconsciente. Pero sus ruegos no fueron oídos, aunque él sí podía escuchar a Sirius lamentarse y gemir ante el dolor, que, como él, debía estar en sus mismas condiciones.
— Se metieron con nosotros sabiendo que el callejón no tenía salida, ahora pagarán las consecuencias —espetó Draco Malfoy saliendo al pasillo con su padre. Harry escupió una bola de sangre y entonces la oscuridad volvió a inundar la bodega.
—¿Sirius? —jadeó Harry, a su lado un hondo suspiros se prolongó por algunos instantes.
—Tenemos que salir… de aquí —gimió—, o no sobreviviremos un día más.
—¿Qué…crees que suceda con Ginny…?—se atrevió a preguntar. Un largo silencio se mantuvo entre ambos solamente interrumpido por los jadeos dolorosos.
—Olvídate de ella…—susurró Sirius, Harry tembló—. Si no salimos vivo de esta, nadie la podrá ayudar.
…
Ginny con suerte supo cómo fue que llegó al hotel. Tropezó con su vestido varias veces antes de llegar a la salida del teatro. Corrió al primer taxi que encontró y en perfecto francés, debido a su experiencia de vida, le indicó al conductor que la llevara al edificio.
Trastrabilló en el salón principal apenas ingresó al hotel, no recibió ayuda ni opiniones de nadie, corrió por las escaleras porque no quería esperar el ascensor, hasta que finalmente llegó a la habitación y se encerró ahí. El cuarto estaba en penumbras, iluminado solamente por las luces del exterior, las vitrinas, pancartas y la misma torre que ofrecía su espectáculo de luces nocturno.
Arrojó su bolso lejos, se cubrió la cara con ambas manos y se deslizó por la puerta hasta llegar al suelo llorando con amargura.
Por su cabeza la imagen de Harry siendo arrastrado por los guardias, su expresión desgarradora y sus gritos llamándola le produjeron un profundo dolor. Se cubrió la boca para no gritar, pero la angustia se había colado por cada rincón de su cuerpo.
De toda su experiencia como ladrona jamás creyó que podría haber caído en una trampa como aquella. Siempre se consideró una experta en el comportamiento humano, había pasado su vida entera aprendiendo a defenderse, a saber en quién creer y a quién ver como blanco fácil para sus asaltos rápidos. Pero nada la preparó para aquello. Se dejó llevar por sus emociones, la sola idea de pertenecer a algún lugar le nubló su juicio hasta dejarse llevar a una trampa.
Había caído y bajo, de la peor manera, y lo peor, es que dentro de aquella trampa algo más había cogido el anzuelo, y es que su corazón dolía como nunca.
—Estúpida… estúpida... ¡Estúpida!
Se levantó con rabia y corrió hacia el armario donde Hermione había colocado una gran variedad de vestidos. Se suponía que se quedarían en la ciudad más de un par de días y ella pensaba disfrutarlos. Sin embargo, ante el imprevisto se abalanzó sobre todas las prendas colgadas y las arrancó de sus colgantes arrojándolas al suelo y sobre una de las camas.
Arrastró la maleta situada a un costado y la lanzó sobre los vestidos desparramados. Se secó la nariz con el dorso de la mano y comenzó a meter todo dentro de la maleta. Después de todo eran sus cosas, se las habían regalado, no se estaba robando nada. Era hora de comenzar una vida nueva, tal vez podía volver a su caravana, sólo debía encontrarlos. Cogió el teléfono con urgencia controlando su timbre de voz y sin titubear, nuevamente manejando un perfecto francés, le pidió a uno de los encargados que le consiguiera un boleto de tren lo antes posible a Montparnasse. Ya no se quedaría ni un solo segundo más en ese lugar.
…
Ron se movía de un lado a otro como gato enjaulado al interior de las oficinas principales del teatro. El administrador, un hombre robusto, apenas entendió la situación cuando uno de los Duques de Inglaterra le exigió prácticamente usar una de sus oficinas. Al interior, Hermione sollozaba en silencio sosteniendo un pañuelo en sus manos mientras Remus seguía con sus ojos pasivamente el trayecto de su ahijado de punta a punta.
—Ron, tenemos que hablar, por favor, siéntate…—le pidió.
—¡No me voy a sentar! —exclamó agarrándose la cabeza—. ¿En qué mierda estaban pensando?, ¿eh?, ¿En qué mierda estabas pensando Hermione cuando recibiste a esos estafadores en mi casa, en MI casa?
—¡Ya te dije que lo sentía Ron, deja de martirizarme!
—¿Martirizarte? —exclamó sulfurado apuntándola con el dedo. Se acercó hasta ella y apoyó sus manos en los brazos de la silla donde estaba sentada—. ¿Cuántas veces te dije Hermione, cuántas veces te pedí que no te metieras más en el asunto de mi hermana? ¡Me desobedeciste! ¿Cómo pudiste traicionarme así? ¿Y tú Remus? ¿También fuiste cómplice de esta locura? ¡Por suerte fui más inteligente y atrapé a los farsantes antes que nos robaran todos! ¡Porque ustedes son un desastre!
—¡Ya cállate Ron! —gritó Hermione con lágrimas en los ojos apartándolo con un manotazo para ponerse de pie—. Antes que nada, no soy ningún perrito faldero para tener que andar obedeciendo órdenes, yo actúo bajo mi propia responsabilidad, y sí, cometí un error, pero quería ayudarte, ¡también ella es parte de mi familia!
—¡No, no lo es! —le gritó, Hermione levantó el mentón apretando los labios— ¡Es mi familia y ya la di muerta hace muchos años! ¿Cómo puedes venir a revolver este tema después de que te pedí, te supliqué que lo dejaras en paz?
Hermione suspiró profundamente y lo miró fijo a los ojos.
—Desde el momento que tu vida y la mía se juntaron nos convertimos en un solo ser. Tu hermana es tan asunto mío como tuyo—jadeó entre rabia y llanto—. Sí, me pediste que no la buscara, pero llevo el tiempo suficiente a tu lado como para seguir aguantando tus suspiros y ojeos furtivos a la fotografía de tu familia, sé que los extrañas sé cuánto anhelas encontrar a esa mujer que es tu hermana. Yo soy parte de tu familia, yo soy tu familia, y ella es tanto parte de mí como de ti, todo lo que te involucra, me involucra a mí también, eso es el matrimonio Ronald Weasley, qué pena que lo hayas olvidado.
Ante esas últimas palabras Hermioine hizo a un lado a Ron y salió de la oficina dando un portazo dejando una estela de llanto sutil tras ella. Remus frunció el ceño y miró a su ahijado con sombras en los ojos. Ron quedó con los ojos fijos en la puerta, sus puños estaban cerrados a cada costado de su cuerpo y sus labios formaban una sola línea.
—Se ve que aún no controlas ese carácter de mierda que tienes —lo recriminó Remus poniéndose de pie, Ron entrecerró los ojos.
—¿Ahora el culpable soy yo?, ¡Ustedes metieron a unos ladrones a mi casa y quisieron engañarme con una puta cualquier haciéndola pasar por mi hermana!
El golpe resonó en la oficina circular. Remus, usando la fuerza que llevaba reprimida en sus manos hace rato, estampó un golpe en la mejilla pálida de Ron. Éste dio media vuelta antes de caer de barriga sobre la silla que había usado Hermione. Se sujeto de los brazos del mueble y se levantó tambaleándose con los ojos muy abiertos. Se giró con lentitud y miró a su padrino que no parecía arrepentirse de lo que acababa de hacer.
—Tú…—balbuceó.
—Sí, yo, te merecías ese golpe hace muchos años Ronald —dijo dando una honda respiración—. Lo que le dijiste a Hermione se te fue de las manos. Comprendo tu terror para con ella y acepto el nuestro, ¡déjame terminar maldita sea! ¡Cierra la boca! —exclamó cuando Ron lo apuntó con el dedo dispuesto a interrumpir—. Pero esa muchacha no es una prostituta y mucho menos se le acerca a una. Todo calzaba para que fuera ella tu hermana, ¡Dios, Ron! Sirius puede ser un ladrón, Harry un estafador, pero ¿y qué si trajeron a la muchacha para cobrar la recompensa?, ¿qué sucede si ella es realmente esa mujer que estás buscando? Si cualquier persona hubiera dado con ella habrían cobrado tu dinero igual porque lo ofreciste. ¿Qué diferencia hace que sean o no sean estafadores, ladrones o payasos de circo?, ¿y qué si era ella Ron? ¡Tú no la conociste, nosotros convivimos con ella! Y puedo dar fe que nunca vi a nadie más parecida a ti, el apellido Weasley le salía por los poros, además… el parecido con tu madre era fascinante.
Ron cerró los ojos, y tranquilizó su respiración. Sin decir nada agarró la chaqueta que había arrojado sobre un sillón rojo cuando entró a la oficina y dando largas zancadas salió del lugar. Remus liberó todo el aire aguantado en sus pulmones, no se había dado cuenta que lo había retenido mientras esperaba la reacción del muchacho. Se pasó una mano en la cabeza y salió de la oficina esperando dar con Hermione y rogando porque Ron entrara en sus cabales.
Mientras, un helado presentimiento cruzó por su espalda al recordar los rostros de espanto de Sirius y Harry al ser apresados y la cruda mirada de Ginny al descubrir la verdad. Sirius era como su hermano, Harry, el hijo de uno de sus mejores amigos. Se llevó una mano a la boca. ¿Qué habían hecho?
…
Ron salió del teatro con el cerebro ardiendo y los puños picando. Cuando chocó con el frío aire del exterior algo pareció azotarlo y se detuvo a inspirar con calma. Frente a él aguardaban algunos taxis que esperaban a los asistentes de la Ópera para llevarlos a sus casas. Miró la hora de su reloj, aún no terminaba la función. Miró alrededor, por supuesto que Hermione debería haberse ido ya. Una angustiante sensación se apoderó de su pecho y el arrepentimiento acudió a él con una fuerza inusitada. Cerró los ojos recordando sus palabras y lo imbécil que había sido. Nuevamente miró el reloj, solo para asegurarse que la hora era la correcta. Hermione debía de estar en el hotel. Llamó al chofer de la limusina para que lo fuera a recoger a la entrada del teatro, sin percatarse de absolutamente nada.
Al cabo de unos minutos una lujosa maquina metalizada y de vidrios polarizados se estacionó frente a él. La puerta trasera se abrió automáticamente, Ron no lo pensó dos veces e ingresó al vehículo al tiempo que se desanudaba la corbata.
—Llévame al hotel Collin —pidió con un suspiro, apoyando la cabeza en el respaldo del asiento. Sin embargo no se esperaba la respuesta de chofer.
—Me encantaría pero tiene algo que hacer primero, señor —una voz que no era la típica de su joven chofer llamó su atención. Se incorporó con rapidez dispuesto a liberar el arma que se escondía en un compartimento secreto bajo su asiento, sin embargo el hombre, de brillante elegancia, le hizo una seña para detenerlo—. No pretendía asustarlo, pero necesito hablar con usted, es de suma urgencia.
Ambos intercambiaron una mirada a través del vidrio retrovisor. Los intensos ojos azules del hombre provocaron en Ron una extraña sensación de Deja Vu.
—¿Quién es y qué es lo que quiere? —preguntó intentando disimuladamente encontrar el lugar dónde se guardaba el arma.
—No le pienso hacer daño señor, es sobre su hermana —dijo con una voz sumamente suave, Ron se sobresaltó dejando lo que estaba haciendo.
—¿Cómo dices?, ¿Cómo te atreves? —espetó— ¡Detente ahora o llamo a la policía!
—Señor Duque, por favor —suplicó el hombre usando su mejor tono de persuación—, no entiende…
—No tengo nada que entender, ¡quiero bajar!
Justo en ese momento un semáforo en rojo detuvo la limusina y Ron aprovechó el momento para bajarse, pero el chofer fue más rápido y bloqueó las puertas antes que el Duque pudiese escapar.
—Le advierto señor, es importante —dijo esta vez con más ímpetu, Ron comenzó a forcejear con la manija.
—¿Quién te crees que eres idiota? ¡Déjame bajar! —Ron intentó patear el vidrio y la puerta, pero nada daba resultado, antes que pudiera siquiera hacer un ardid o recordar el arma bajo el asiento la limusina cobró la marcha nuevamente.
—Tiene que escucharme señor —dijo Riddle con el ceño fruncido y comenzando a perder la paciencia— ¡Su hermana está viva! ¡La encontré!
—¡YA BASTA! —grito Ron eufórico —¡Mi hermana está muerta! ¡MUERTA!
En un intento rabioso Ron arrojó una botella de champagne de un congelador a la cabeza del chofer que la esquivó sin problemas. Con un chasquido la botella explotó contra el vidrio delantero, Riddle hizo varias piruetas que desviaron el vehículo de vía al no tener la vista despejada.
—¿Quiere calmarse? ¡Maldita sea! ¡Nos va a matar!—exclamó con los dientes apretados y sus ojos súbitamente rojos. Agitó la cabeza y cuando éstos volvieron a ser azules logró hacer maniobrar la limusina para esquivar un taxi que venía en contra. Las bocinas resonaron a lo largo de la calle antes de volver a estabilizarse en el camino correcto.
—¡Si no te detienes ahora juro que nos mato a los dos! ¡Déjame bajar bastardo!
Entonces Riddle giró bruscamente hacia la izquierda. Ron se tambaleó y cayó de bruces sobre el suelo y un par de cosas cayeron sobre él.
—¡Hay algo que tiene que saber! —gruñó Riddle afirmando el volante con fuerza, una mano sobre su pecho sostenía disimuladamente la esfera brillante bajo su chaqueta.
—¡No me intere…!
—¡Ginevra está viva! —exclamó—, ¡yo la encontré pero dos sujetos se la llevaron antes que pudiera decirle quien era! ¡Supe que la trajeron a París y los seguí! Cuando descubrí que se la iban a entregar a usted temí por su integridad. Realmente no sabía si ella sabría la verdad al momento de verlo. Pobre muchacha…
Ron se quedó un momento en silencio mientras se volvía a sentar. Se sujetó la cabeza y mantuvo la vista fija en sus pies intentando analizar cada una de las palabras del chofer. Con un tembloroso movimiento de cabeza elevó la mirada y lo observó a través del espejo. Los ojos azules se mantenían fijos sobre los suyos.
—¿Tú… encontraste…sabías… dos tipos que se la llevaron…?
—Sí, uno joven de cabello negro y otro alto barbudo —dijo Riddle sonriendo de costado tomando control de la limusina y llevándolo por una gran avenida, Ron tragó saliva lentamente.
—Tú… esa chica no tiene nada que ver conmigo —dijo parco—, eres otro estafador que quiere la recompensa, ¿no? —gruñó.
Riddle frunció el ceño ofendido.
—¿Recompensa?, ¿de qué habla? Mi familia es rica… quiero decir… lo soy. Mis padres murieron hace algunos años y yo heredé su fortuna. La historia de su familia es conocida en toda Gran Bretaña, mis padres siempre hablaban de usted y su hermana. Cuando la vi en Londres y conversé con ella lo supe. Señor, ¡ella es su hermana! Y si no la detiene ahora tal vez vuelva a desaparecer.
La voz de Riddle tenía un tono emocionado y preocupado que descompensó a Ron. Este se agarró del respaldo de su asiento para poder mantener el equilibrio, el mundo daba vueltas. Por su cabeza pasó rápidamente la imagen de la muchacha pelirroja que apenas alcanzó a distinguir ya que con suerte tuvo la intención de mirarla.
¿Y si era mentira? Su razón no dejaba de enviar señales de alerta para que no confiara, pero ya estaba dentro de aquel vehículo, y evidentemente el chofer no lo iba a dejar bajar tan fácilmente hasta que se encontrara con la muchacha. Temía caer en otra trampa, pero ¿y si era ella? ¿Dejaría acaso pasar esta oportunidad?, además, el sujeto que conducía decía ser rico, aunque tenía un modo poco ortodoxo de hacer las cosas, pero aún así, ¿y si…?
—Si no es ella nunca más quiero volver a ver tu cara —masculló a regañadientes—. Si no es ella y aún sigues aquí llamaré a la policía para que te apresen como a los otros.
La sonrisa de Riddle se amplió y sus ojos se achicaron peligrosamente.
—No se arrepentirá mi Lord.
Riddle lo guió hasta el hotel donde sabía que se hospedaba la muchacha gracias a sus perros guardianes. Ron se bajó del vehículo con el chofer pisándole los talones. Para cuando llegaron al vestíbulo y preguntaron por la pelirroja un hombre de bigote les contestó que se había retirado del hotel hace diez minutos.
—¿Cómo que se fue? —gruñó Riddle crispando sus labios, Ron, a un lado, liberó un hondo suspiro cargado de frustración.
—Ya fue suficiente, yo me lar…
—Pi...pidió un taxi hacia la estación de tren, señor…—balbuceó nervioso el hombre cuando Riddle lo hubo agarrado de la solapa pidiéndole explicaciones.
—¿Hacia dónde? —Pidió exaltado, Ron lo miró ceñudo.
—Ey, no es necesaria la violen…
—¡DIME! —le gritó Riddle al sujeto, y Ron parpadeó varias veces para comprobar que los ojos del sujeto eran efectivamente azules y no rojos como se los había imaginado.
—¡A Montparnasse, Montparnasse! —respondió el otro con rapidez y súbitamente temblando de miedo.
Riddle lo soltó de la solapa con un empujón, el hombre se llevó una mano al cuello y luego desapareció tras una puerta posterior, Ron miró al chofer con reticencia.
—Tenemos que irnos ya —le dijo Riddle con urgencia. Ron dudó un segundo.
—Ya basta con esto —dijo molesto—, no tenías que amenazar al pobre hombre para preguntarle sobre una chica que ni siquiera sé si…
—¡ES ELLA MALDITA SEA!
Ron se quedó un segundo paralizado, los ojos del chofer eran intensos y de extraña manera hipnotizantes. Irguió su espalda lo suficiente para sacar pecho, pero no podía imponerse ante aquel sujeto. Algo dentro de él le decía que debía seguirlo aunque su razón dijese lo contrario. No pudo abrir la boca, simplemente se dejó arrastrar en algún momento cuando el tipo lo agarró por el brazo y súbitamente se encontró de nuevo al interior de la limusina, esta vez, de copiloto.
Con una mano agarrada del asiento y la otra del marco de la ventana Ron miraba con los ojos achicados como el chofer esquivaba el tráfico haciendo maniobras que por poco lo descabezan.
—¿Quieres controlarte? ¡Nos vas a matar!
—Tenemos que llegar, no podemos detenernos en ningún momento —insistió Riddle pegado al volante casi con desesperación y el acelerador a fondo.
Parecía magia. Ron nunca supo cómo sucedió, pero no chocaron, no atropellaron a nadie, la limusina no sufrió ningún rasguño. Riddle se detuvo con un violento frenazo frente a la estación de tren y abrió la puerta empujando a Ron a la calle.
—¿Pero qué te crees…?
—¡Ve! —le exclamó—, ¿qué esperas? —gritó desesperado.
Ron dudó. Miró hacia todos lados, curiosamente no había nadie en la estación de tren siendo que era una ubicación transitada. Su razón no podía luchar, súbitamente quería hacerle caso a ese lunático y no había nada que le hiciera creer lo contrario. Los ojos del hombre brillaban intensamente. Era inevitable.
Asintió mecánicamente. De repente se encontró corriendo con rapidez al interior de la estación. ¿Qué le ocurría?, ¿qué estaba haciendo? Sus piernas corrían llevándolo con velocidad hacia un apartado más lejano donde circulaba el tren de las doce. Su corazón latía desbocado. Sobre el pasillo que lo llevaba al andén había una pantalla luminosa que señalaba en francés e inglés los tramos Paris-Montparnasse.
Se detuvo frente a una máquina para depositar el pasaje. Las manos le picaron, su corazón saltó. No había nadie alrededor… absolutamente nadie.
Con una fuerza sacada de quién sabe dónde saltó el torniquete de seguridad y corrió por el pasillo hasta alcanzar una escalera en descenso. El tren anunciaba su llegada a lo lejos.
Saltó los escalones de dos en dos hasta llegar al andén. El lugar estaba desolado, a excepción de una muchacha vestida con un abrigo largo. El cabello lo llevaba amarrado y despeinado. Algunos mechones se sacudieron con la llegada del tren, a sus pies había una maleta oscura. La chica dio un paso cuando el tren se detuvo y abrió sus puertas.
—¡Espera! —gritó. Se apoyó en la pared e inhaló profundamente llenando de aire sus pulmones. Estaba exhausto. Los ojos de ella se abrieron con sorpresa al verlo y se apresuro en subir a la maquina —¡Espera, por favor!
Ella se giró con una notoria mueca de enojo en sus facciones. Ron parpadeó. Aquel ceño fruncido le causó un leve deja vú.
—Si piensa llamar a la policía le advierto que se está metiendo con la persona equivocada, ¡no tenía idea de que esos sujetos eran estafadores! —exclamó. Ron volvió a respirar profundamente. Se llevó la otra mano al pecho para poder contener el aliento.
—Sólo… sólo… —resopló y cerró un ojo para poder enfocarla bien—. Quiero hablar contigo un segundo.
—¡No tengo nada que hablar con usted! —dijo sobresaltada. El tren tocaba el silbato de cierre de puertas, ella dio un paso adelante, pero Ron fue más rápido, corrió y la retuvo por el brazo.
—Espera, por favor… tengo que hablar contigo.
Ginny miró su brazo y luego a él. Un calor insospechado recorrió la espalda de Ron. Ella movió la cabeza con lentitud.
—Si es una trampa…
—Juro que no —dijo él con cordialidad en su mirada seria.
—Si pierdo el tren tendrá que pagarme otro pasaje —dijo ella liberando su brazo con rudeza. Ron asintió.
—Por supuesto. Creo que ninguno de los dos quiere perder el tiempo.
Ella tomó la delantera y se dirigió hacia unos asientos desvencijados bajo una luz en mal estado. Tras ellos la publicidad caía hecha girones por las paredes. Ron miró a su alrededor con el ceño fruncido. Un largo sonido atravesó el andén. El tren cerró sus puertas y con algo de culpa pudo notar como la muchacha veía con hastío como su tren emprendía la marcha.
—Bien, escucho —dijo ella cruzando una pierna y los brazos. Ron la miró con el ceño aún fruncido.
—Creí que eras tú quien iba a hablar.
Ella resopló frustrada.
—No sé qué quiere que le diga.
—¿Qué te parece si me hablas de ti?
Ginny parpadeó.
—¿Por qué repentinamente está interesado en conocerme? Ya me quedó claro que para usted no soy más que una puta a la que contrataron para engañarlo, ¿no?
Ron apretó los labios sintiendo su cara arder. La muchacha tenía un carácter de los mil demonios y una lengua filosa como ninguna.
—Estaba enojado, mil disculpas —masculló—. Debes entender que no es fácil para mí aceptar el hecho de que tengo una hermana viva en algún lado. No sabes la cantidad de mujeres que han llegado a mí diciendo ser ella.
Ginny lo miró fijamente, un mechón escapó del moño cayendo sobre sus ojos.
—Me lo imagino, sí. Pero aún así no comprendo. ¿Qué le hizo cambiar de opinión?, ¿por qué está aquí?, ¿quién le dijo que…?
—Eso no importa —cortó Ron. La miró fijamente—. Necesito saber quién eres para poder terminar con todo esto. Háblame de ti. ¿Quién rayos eres?, ¿de dónde saliste?
—Qué sutil—ironizó, Ron resopló.
—Por favor —pidió cansado.
Ella suspiró.
—Me llamo Ginny —dijo desviando la vista al frente—, así me llamaban mi madrina y mi madr...astra —se corrigió. Ron notó su indecisión.
—¿Fuiste adoptada? —preguntó sin tantear el terreno. La chica pareció desconcertada con la pregunta. Asintió—. ¿Quiénes son tus padres?
Se demoró en contestar. Él la miraba fijamente, ella aún no hacía contacto visual.
—Fui criada por gitanos. Mi madrina me llevó a ellos cuando tenía cinco años, su mejor amiga era matriarca en una caravana, ella tomó su lugar cuando falleció.
—¿Recuerdas su nombre?
—Mi madrastra se llamaba Muriel, también falleció hace varios años.
—¿Y tu madrina? —Ella dudó—. ¿Y bien? —se impacientó.
Ginny suspiró nuevamente.
—Ella me pedía que la llamara Minnie. Nunca supe su nombre hasta que…
Otra pausa.
—¿Hasta que, qué? —preguntó ansioso.
Ginny cerró los ojos y aferró sus manos a la silla.
—Hasta que descubrí mi acta de nacimiento entre sus cosas cuando murió. Ahí decía que mi madre biológica me había dejado en manos de ella, la Dama Minerva Mcgonagall.
Ron se giró hacia el frente. Podía notar la turbación en la voz de la chiquilla.
—Sé honesta, por favor…—suspiró pasándose una mano por la cara—. ¿Quién te dio ese nombre?, ¿fueron ellos?, ¿los estafadores?
Esta vez fue el turno de la chica para enojarse.
—¿Me está diciendo mentirosa?
Ron levantó los hombros.
—Estoy diciendo que no confío en nadie. Mucho menos confiaré en una gitana. Probablemente vives de mentiras para sobrevivir, ¿no?
Ginny soltó la silla y apretó los puños poniéndose de pie.
—¡No voy a permitir que me trate de mentirosa!, ¡quería dejarlo en paz ¡ ¡Iba a marcharme a recuperar la vida que dejé después de que esos idiotas me engañaran!, ¡no voy a aceptar que me trate de mentirosa, tengo honor! ¡Y solo para que le quede claro, nunca, nunca, usaría el nombre de mi madrina en vano!
Con rabia asió nuevamente la maleta y la arrastró hacia las escaleras dispuesta a subir, Ron la siguió hasta agarrarla por el codo.
—¡No, espera! N te puedes ir sin darme explicaciones —le dijo Ron comenzando a enojase—. Dime la verdad, no te voy a juzgar ni a llamar a la policía, ¿quién mierda te dio ese nombre?
Ella se volteó ofendida. Sus ojos comenzaron a brillar.
—¡Ya te dije lo que sé! —exclamó tuteándolo, a fin de cuentas parecían ser de la misma edad— ¡El nombre de mi madrina era Minerva! ¡Me da lo mismo si no me crees! ¡No quiero dinero, no quiero vivir en una maldita mansión! ¡Me importa una mierda si soy o no soy tu hermana! ¡Sólo quiero recuperar mi vida!
Ron la soltó.
—Definitivamente eres una buena actriz, la mejor, de hecho —dijo seriamente. Entonces Ginny hizo lo impensado, le dio una bofetada que hizo eco en todo el andén. Ron quedó con la cara mirando hacia el lado y la mejilla roja. Sus dedos temblorosos acariciaron la piel irritada mientras sus ojos se posaban sorprendidos en los de la muchacha que había comenzado a llorar.
—No voy a permitir que me traten de mentirosa… tengo honor, señor —tembló con rabia mientras lágrimas solitarias se deslizaban por sus mejillas—. Me importa una soberana mierda si no me creen —lloró—. Creí que sería lindo saber de dónde vengo, de verdad quería saberlo, esos dos idiotas me convencieron, me ilusionaron con la idea de una familia que deseaba encontrarme —rió con sarcasmo y se secó la cara con las mangas de su abrigo—. Me daba igual si vivían en un basural o en un palacio. ¡Sólo quería saber si pertenecía a algún lugar!
Las lágrimas no dejaban de bañar el rostro de la chiquilla, Ron tragó saliva. Sus ojos estudiaron cada gesto de la muchacha como si súbitamente la viera por primera vez. Entonces, algo familiar llamó su atención.
Sorprendiéndola, agarró la muñeca de ella y subió la manga del abrigo hasta posarse con el dije que llevaba colgado desde que tenía memoria. Sus labios temblaron.
—¿De dónde sacaste esto? —preguntó olvidándose del golpe, Ginny hipó quitando la mano.
—¡No te importa! —gritó. Tomó la maleta comenzando a ascender por la escalera pero Ron la volvió a tomar por el brazo.
—Por favor, dime de dónde sacaste ese brazalete —suplicó con la voz tomada.
—¡Me lo dio mi madrina antes de fallecer! —exclamó—. ¡O acaso me vas a decir que me lo robé también!
La mueca de Ron fue tan desconcertante que por un segundo la muchacha dejó de forcejear con él.
—¿Realmente te lo dio ella? —preguntó Ron con las manos sudorosas y el corazón latiendo tan fuerte que lo sentía hasta en la espalda. Ella asintió levemente—. Puedo… ¿puedo verlo?
Ginny dudó. Pero la mirada de Ron fue lo suficientemente profunda como para que ella aceptara. Levantó la mano y le mostró el brazalete que llevaba su nombre corto entretejido con letras doradas.
—No me lo vas a quitar, ¿o sí? —amenazó.
Ron negó con la cabeza muy lentamente. Luego la miró choqueado.
—Dices… ¿dices que te lo dio tu madrina?
—Antes de morir.
—Antes de morir —repitió Ron bajito—. ¿Te dijo algo cuando te lo dio?
Ginny cerró los ojos con pesadumbre. Su voz sonó seca y sin emoción.
—Que ese era mi nombre, mi identidad. Que era un regalo de mi madre para sus hijos pero era demasiado pequeña para poder usarla, se me podía caer.
—¿Sus… hijos? —Ron podía sentir como algo se desmoronaba en su interior, algo que no calzaba con lo que veía o sabía—. ¿Te dijo tu madrina que tenías más… hermanos…?
Ginny se pasó una mano por la cara.
—No lo recuerdo, creo que eran muchos —dijo fastidiada—. ¿Me puedo ir ya? Estoy cansada y perdí mi tren —se quejó—. Oiga, de verdad no quiero ser una carga en su vida, déjeme marchar y no volverá a saber nunca más de mí.
Entonces Ron hizo algo que la impresionó. Y eso que era difícil impresionarla. Se quitó la corbata, se abrió el cuello de la camisa y extrajo una cadena dorada con un dije igual al que ella portaba en la muñeca, pero con las letras "R-o-n" entretejidas elegantemente.
—Mi madre hizo una de estas para cada uno de sus hijos con sus nombres cortos, una forma de hacerlo más íntimo —susurró. La chica miró el dije y súbitamente le temblaron las piernas.
—Creo que necesito sentarme —murmuró.
Al comprobar que sus piernas no respondían decidió sentarse en un escalón, Ron, de pie, la observó acongojado.
—No sé qué pensar —dijo él, ella levantó los hombros.
—Puede ser coincidencia —dijo con una sonrisa cansada—. Lamento el golpe —agregó. Ron movió la cabeza.
—Me lo… me lo merecía —dijo apretando los labios—. Yo… es demasiada información, no sé qué decir, yo… yo sé que ella está muerta —dijo no muy convencido.
—Entonces si lo crees así déjame ir, no soy ella y ambos lo sabemos. ¿Para qué mentirnos? ¿Acaso no has sufrido suficiente?, Yo fui engañada, me ilusionaron y a ti también. Esto debe acabar. Si ella existe en algún lugar piensa que puede ser feliz, tal vez está casada y con hijos. Y si está muerta, al menos piensa en ella tal cual como lo haces con el resto de tu familia. Pero a mí, por favor, déjame fuera de esto, déjame tener mi propia historia, yo no soy tu hermana y lamento de verdad que te hayan querido engañar. Pero yo no fui parte de esto, lo juro.
Ron la miró intensamente con los ojos brillantes, ¿dejarla ir?, no aún.
—Ese dije lo tenía cada uno de mis hermanos —dijo con un tono de leve entusiasmo—, yo los tengo todos guardados en casa. Si realmente no eres mi hermana ¿por qué tu madrina, que, coincidentemente nadie sabía su nombre pero tú sí, te entregó un dije igual al mío antes de morir?
Ginny abrió y cerró la boca como pez fuera el agua. Alzó los hombros.
—Coincidencia, ¿tal vez? Hay muchos padres que les hacen dijes a sus hijos.
—Sí, pero ninguno se parece tanto ni tiene las mismas terminaciones —Ron le volvió a tomar la muñeca.
—Oye, ¿qué…?
—Tiene número de serie…—dijo pasmado, ella frunció el ceño—, aquí, ¿ves? Como el mío…
Ginny tomo el dije con sus dedos. Detrás de las dos letras "N" que componían el seudónimo de "Ginny" había un número grabado.
—¿Y qué tiene eso que ver?
—Son de fabricación limitada. Normalmente son objetos fabricados una sola vez bajo un pedido especial —dijo con la voz estrangulada—. Mis padres fundieron las joyas de la familia para poderlos hacer. Son únicos, no hay dos iguales.
La mano de Ginny tembló y se la quitó a Ron de las suyas. Ambos se miraron fijamente. Ron pudo sentir el aire vibrar, algo había cambiado en esos pocos minutos.
—Fascinante —murmuró Ginny finalmente con algo de sarcasmo y nerviosismo—. Pero me tengo que ir —dijo intentando ponerse de pie—. Nuevamente, lamento el mal entendido. Espero que encuentres a tu hermana.
—¡Espera, no puedes marcharte! —exclamó Ron con desesperación, Ginny comenzó a subir la escalera pero él agarro la maleta tirando hacia atrás. La chica tropezó y su pie resbaló por uno de los escalones. En su desesperación por agarrarse de algo, el pequeño bolso que llevaba escondido bajo el abrigo cayó al suelo abriéndose y desparramando todas las cosas del interior. Ron la ayudó a ponerse de pie completamente avergonzado.
—¡Dios mío! ¡Soy un imbécil! —exclamó.
—¡Ya déjalo, no importa! —dijo adolorida al notar la palma de su mano herida.
Se puso de pie, se sacudió el abrigo y descendió los pocos escalones que había subido para recoger sus cosas. Su rostro se puso blanco cuando Ron se arrodilló para ayudarla y se encontró con aquel sobre que no había querido abrir.
—¡No espera, eso es mío! —dijo nerviosa. No sabía por qué. No había querido saber los resultados para no llevarse una decepción, sin embargo estaba a punto de tomar un tren para escapar de Paris, los resultados debían darle lo mismo, ¿no?
—¿Resultado de ADN? —preguntó Ron con los ojos abiertos como platos. Ella movió la cabeza.
—Fue idea de Hermione, por favor, devuélvemelo —pidió angustiada. Ron levantó el sobre por encima de su cabeza y se puso de pie con los ojos fijos en él, Ginny lo imitó dando pequeños saltos para quitarle el informe.
—¿Te obligó a hacer un examen de ADN? —preguntó impresionado.
—No, querían asegurarse que era yo la persona que andaban buscando —explicó con los ojos fijos en el papel—. Como tenía la ilusión me lo hice, pero no quise abrirlo, y tampoco saben que está en mi poder. Por favor, deja que lo destruya, yo…
—¿Que deje, qué? —preguntó sorprendido—. ¿Cómo crees que dejaré que destruyas la evidencia?
Ginny tembló.
—Por favor —suplicó mirando el sobre su cabeza sin hacer ningún otro esfuerzo por alcanzarlo—. Realmente no quiero saber…
—¿Y si yo quiero?
Ginny abrió los ojos con espanto.
—Te lo suplico…—gimió con los labios temblorosos, pero Ron ya había rasgado el sobre y sacado la hoja.
Ginny se quedó paralizada. Su fuerza salvaje y su mente se bloquearon por completo. Debió haber destruido el examen en cuanto se lo entregaron. Los ojos de Ron recorrían cada línea del informe sin expresión alguna en su rostro. Cuando terminó de leer dejó caer la mano a un costado aún aferrando la hoja, sus ojos estaban perdidos en un punto fijo del suelo. Ginny lo miraba esperando el grito, la bofetada, alguna reacción que la tildara de usurpadora, mentirosa y estafadora. Pero el grito nunca llegó. Los ojos del Duque se elevaron poco a poco hasta toparse con los de ella. Ron la miró fijamente. La muchacha era pelirroja, pecosa y tenía unos enormes y brillantes ojos color chocolate. Su expresión asustada, sus labios temblorosos, su nariz puntiaguda, el mentón redondeado…
Sin pensar en nada soltó la hoja y ésta cayó al suelo. Ginny retrocedió uno, dos pasos. Ron se acercó cauteloso hasta que ella topó con la pared donde iniciaba el barandal de la escalera. No sabía que esperarse, y sorpresivamente, nada de lo que vino después pudo haber siquiera cruzado por su mente. Los ojos del Duque se llenaron de lágrimas contenidas, su rostro enrojeció, se llevó una mano a la boca formando un puño y cayó de rodillas a los pies de la chica. Ginny tanteó la pared esperando que algún poder similar al del Hombre Araña la ayudara a aferrarse a la moldura para trepar por ella. Ron gateó hasta ella dejándola en shock cuando se agarró a sus piernas como un niño. El Duque temblaba. Un adulto, un joven que se suponía que pertenecía a la monarquía y política inglesa, que lideraba su Ducado con madurez y cabeza fría, ese hombre, ahora lloraba ahogadamente aferrado a las faldas de la gitana. Ginny miró hacia todos lados pero no había nadie.
—¿Quieres dejar esto, por favor? —le pidió sin poder moverse—. Me estás poniendo nerviosa, ¿qué…?
—Eres tú…—gimió, y Ginny por primera vez en muchísimos años sintió pánico, terror, angustia y ansiedad. Las palabras del muchacho hicieron eco en toda la estación. Ella bajó su mirada y se topó con los ojos acuosos de él, su boca se había secado por completo—. Eres tú… él tenía razón, eres tú… ¡ERES TÚ! ¡Gracias bendito Dios!
"Él tenía razón". ¿Él, quién?, Ginny se tambaleó. ¿Acaso había hablado con Harry, tal vez con Sirius? Su corazón dio un salto y finalmente procesó las palabras. Sus ojos fueron a parar hacia el papel abierto en el suelo. No podía ver lo que decía y sin embargo el gesto del Duque lo decía todo.
—Espera… ¿qué?, ¿qué dijiste?
Ron se puso de pie nerviosamente. En ningún momento dejó de tocarla o de abandonar el contacto. Ginny se puso nerviosa, las escaleras aún se veían tentadoras y sin embargo no podía salir corriendo. Cuando el Duque finalmente alcanzó su altura, al menos dos cabezas más que ella, la sujetó por los hombros y la abrazó. Ginny se puso rígida. Nadie la tocaba, nadie la abrazaba, mucho menos un extraño. Entonces la voz de Ron, tal cual como si fuera un niño, susurró:
—Eres tú…mi hermana, la heredera perdida —lloró. Y el mundo de Ginny repentinamente cobró forma.
Notas:
Este capítulo iba a ser más largo pero tuve una cantidad de trabas que ni se imaginan.
Lamento la demora, casi 5 meses. De verdad, mil perdones. Les prometo que los dos próximos (que son los últimos que quedan), serán publicados antes de que acabe el año.
En fin, si recuerdan bien la película de Anastasia podrán hacer la conexión de que lo que acaban de leer son las escenas cuando la "abuela" se encuentra con ella finalmente.
Hay muchas cosas integradas a la historia obviamente que verán la solución y respuesta en el próximo capítulo. Quería que esas cosas aparecieran en este, pero me he demorado tanto que preferí dejarlo para el final.
Saquen conclusiones, ¿qué creen que sucederá con Harry y Sirius?, ¿qué planea Riddle haciéndose el héroe con Ron?
El próximo se viene buenísimo y sí, juro y re juro que lo escribiré lo más rápido que pueda. Cualquier duda las pueden preguntar por twitter (arroba KathleenCobac).
Gracias a todos quienes siguen pendientes de esta historia y por su fidelidad.
Cariños a todos.
Kate.-
