Creo que me estoy divirtiendo mucho (como ya aprendí a hacer mis "licuados mentales", me pongo a ver un wéstern, luego un episodio de 31 minutos, así todo se mezcla y funciona mejor).


I

-Guashita, ven y ayúdame con este herido. ¡Patana, despierta, ve por más agua, shica!
La joven parpadeó al volver a pisar mentalmente el suelo.
-Sí, Rosario. Voy y vengo.
Rosario era la jefa de las bailarinas de la Mano del Títere. Era una de esas mujeres mayores cuyos encantos no habían disminuido con la edad: habían desaparecido. Dado que no existía un hospital formalmente en Titirilquén, eran las escasas mujeres que ahí vivían las encargadas de labores de curación.
Patana, llegó con más agua para lavar las heridas de uno de los caídos en la pelea. Pero lo hacía tan distraídamente que de nuevo le llamaron la atención.
-Ay shiquilla ¿Acaso te gustó el vaquero misterioso que nos defendió?
Otra de las bailarinas, un mujer rubia, con carita de muñeca, respondió.
-Qué si le gustó... espera a que se entere su tío y va a quedar lleno de plomo el desdichado. Pero no te preocupes, Patana, Bodoque lo tomó como aprendiz y lo vas a ver lo suficiente antes de que alguien lo mande al otro lado.
-¡Carla, no la asustes!- le regañó la tía Cindy. Pero luego de mirar como estaba de entretenida vendando las patas de una silla, dudó que realmente hubiera escuchado nada.
De repente se levantó y, tomando su monedero, salió del cuarto de curaciones.
-¡Debo ir a comprar tela para hacerle vestido a mis flores y fertilizante para mis vestidos!

II

Bodoque estaba con los pies sobre una mesa, la silla reclinada hacia atrás, los brazos cruzados y el sombrero sobre los ojos. Enfrente de él, una hilera de botellas que, a pesar de llevar veintitrés tiros de práctica, seguían intactas todas.
-Inspira al tirar lejos, expira al tirar cerca- le recomendó a Mario Hugo.
-¿A los cuantos tiros me vuelvo un Robin Hood?- se sobó las muñecas el pupilo, adolorido de soportar tantas descargas.
-Lo primero, niño, es acostumbrar tu cuerpo a las agresiones del arma. Así que sigue tirando hasta que pierdas la sensibilidad. Y si aciertas a una botella, fue solo la suerte.
El cazarrecompensas se levantó para cepillar a su fiel caballo, mientras observaba los muy lentos y casi inexistentes progresos del joven. Bueno, no casi. Inexistentes.
-¿Y cuando obtengo mi caballo?- preguntó cansado, soltando el arma, pero volviéndola a tomar ante una seña del cazarrecompensas.
-En cuanto dejes de querer disparar a dos manos. Aprendes a sentarte antes de aprender a gatear y a gatear antes de caminar.- corrió a corregir la posición de las manos-. ¡Aleja tus pulgares del martillo! ¿Acaso quieres volártelos?
Cuando finalmente logró romper tres botellas, ya estaba atardeciendo. Tuvieron que dejar el campo de práctica y volver al pueblo.
-¿Y qué tal me fue hoy, maestro?- preguntó ilusionado el chico.
-Para mis expectativas, te fue mucho mejor de lo esperado.- le felicitó parcamente-. Ahora vamos con Juanín, a cenar.

III
-¿Porqué me pidió que ocultara mi cara durante el tiroteo donde lo conocí?- inquirió el muy magullado joven, al fin.
-Si sobrevivías, nadie iba a querer ir tras de ti. No quiero que otro recién llegado tenga enemigos apenas llegar. Además que sería mucho más genial tener un héroe enmascarado misterioso en el pueblo. El siguiente paso en tu enseñanza de héroe promedio del oeste es aprender a tomar jugo en polvo.
Iban llegando al saloon cuando decretó eso.
-Pero si yo no tomo.
El conejo le miró fríamente.
-Una de las reglas de estos lugares es "nunca rechaces una invitación". Así que vas a tomar un jugo en polvo y seguir tu entrenamiento, porque un buen héroe debe de saber tomar sin caer borracho.
A esas horas ya estaba lleno el lugar con los habitantes del pueblo. Tulio y Juan Carlos se sentaron juntos y se quedaron platicando con Juanín. Mario Hugo se hubiera aburrido de lo lindo de no ser que a su lado se sentó uno de los indígenas del bosque cercano. Llevaba, para cubrirse del frío, una piel gris llena de manchas disparejas. De su penacho salían un par de antenas u orejas, no lograba discernir.
-¡Pero si lo ví, lo juro, les juro que es verdad!- se defendía, tras contar alguna historia por la que nadie le daba crédito. El aprendiz se acercó a él.
-¿Es usted el legendario indio Huachimingo?- preguntó, curioso.
-El mismo- replicó.
Mientras los dos entablaban conversación y se invitaban mutuamente tragos, el trío que mantenía a flote el pueblo más mal que bien, discutía.
-¿Así que al fin decidiste pensar un poco y te diste cuenta del patrón que tienen los bandidos que han llegado?- fingió un poco de sorpresa Bodoque.
-Claro que sí.- sonrió orgulloso el alguacil-. Llegan. Lanzan algunos tiros pero nunca matan a nadie. Ni siquiera rompen botellas del establecimiento de Juanín.
-Es verdad...- añadió este.
-Siempre vienen por Patana pero nunca se la llevan... O el escritor de esta historia es muy flojo para pensar en otra trama que la típica de western o no sé. Pero necesito tu ayuda y la del muchacho.
-Por supuesto Tulio, a cambio yo prometo jamás devolverte el dinero que me has prestado.
-Muchas gracias, Juan Carlos.
De nuevo comenzaron los balazos, porque alguno de los participantes de una mesa de juego había sido descubierto en una trampa. Pero en tanto que el conejo rojo estaba listo para pelear, su aprendiz bailaba, mareado, con unas bailarinas en el escenario, acompañado del indio Huachimingo, quien cantaba, desentonando.
-¡Maldita sea con este niño!- masculló Bodoque, dirigiéndose hacia donde muy despreocupado danzaba, aún a pesar de los balazos. Sin embargo, de entre las bailarinas que huían surgió una chica, vestida totalmente de negro, con un antifaz en los ojos y una peacemaker en la mano.
-¡No teman, pueblo de Titirilquén, que ha llegado a defenderlos... La sombra!- se anunció a sí misma. Sacó del escenario al par de nuevos mejores amigos, los llevó a la barra.- ¡Tío Juanín, échales algo de agua fría!
-Cómo digas Patana.- replicó distraídamente el bartender, mientras el tío de la chica se escondía detrás de la barra.
-¡Ay van a arruinar mi rostro, mi hermoso rostro!- comenzó a lloriquear Tulio.
-No soy Patana, soy... la Sombra.
Mario Hugo y Huachimingo gritaron al sentir el agua helada que rápidamente les bajó el efecto del alcohol.
-¡Ay mamá, está helada!- se quejó el chihuahua, recuperando el dominio de sí.
Ni tardos ni perezosos corrieron a restaurar el orden, llevándose unos golpes en el proceso. Bueno, no unos. Digamos que Patan... la Sombra y Bodoque fueron los más efectivos. Los únicos efectivos.
Finalmente la revuelta se detuvo y entonces sí, Tulio salió a meter a la única celda de la cárcel a los que habían iniciado la revuelta.

IV

El resto de la velada transcurrió en la buhardilla que rentaba Bodoque en el edificio del saloon, la cual ya había decidido compartir con el chico. Estaban en el balcón, mirando el cielo cuajado de estrellas, mientras tomaban muy tranquilos algo de jugo natural.
-Muchas gracias por tu ayuda- agradeció Bodoque a la chica-. Todavía me falta entrenar mejor a mi aprendiz.- le dedicó al aludido una mirada asesina.
-¿De donde sacaste el arma?- indagó el ahora crudo Mario. Se veía demasiado cansado.
-Me la dio un amigo que está en el pueblo. Espero un día poder encontrarme con él de nuevo.- respondió la bailarina enmascarada, antes de saltar por el balcón y salir huyendo.
Tan solo con ver como se le iban los ojitos a su nuevo amigo, el indio comenzó a reírse.
-Chicas así, que desaparecen con el viento, difícilmente van a hacerle caso a cualquiera. Pero para eso ¡Yo puedo ayudarte!- se autopromocionó Huachimingo.
El maestro le entregó un paquete a su pupilo. Era bastante voluminoso, pero ligero.
-Como te desempeñaste mal hoy, vas a tener un castigo. Esta es una lección que es casi siempre opcional para los héroes.
Lo más peligroso del paquete era el extraño olor a flores que tenía.


Me pasé el día de ociosa, así que... creo que escribir otro capítulo así de rápido era fácil XD. Como nota, en "Bodoque apostador" se dice que Huachimingo tiene antenas, pero pues es pariente del conejo, a según él mismo, así que...
Las peacemaker son las típicas pistolas de cowboy (colt .45, negras).
El título de este capítulo viene de la canción "mi última esperanza" de Hércules. Y el del anterior, de un diálogo de Mafalda, donde su hermanito quiere pegarle a los malos que ve en una película, pero obviamente se lastima la mano contra el vidrio del televisor, así que le dice "¡Ya te dije que de los malos se encarga el muchacho pazguato altruista!"

¿Qué tendrá el paquete?