10 besos

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"Tus besos eran mi faro, la única luz que guiaba mi rumbo en la oscuridad del mar."

Andrés Calamaro, cantante.

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Se sujetó los bordes del vestido para poder caminar con menos dificultad, había salido del gimnasio tras apartarse a uno de los lados de la pista después de haber protagonizado una extraña escena con Davis. Había sido tan raro besarse con él, había sido tan extraño… Pero, más que nada había sido doloroso ver cómo T.K. se quedaba petrificado en la pista de baile para luego marcharse sin mediar palabra. Nunca debería haber permitido que Davis se aproximara tanto, debería de haber intuido la inminente catástrofe porque aquel beso no iba a ser menos que eso. Una catástrofe. Caminó con rapidez aunque sin rumbo fijo y cuando se dio cuenta de encontraba cerca de donde estaban los campos de fútbol, en la parte trasera del gimnasio.

Se detuvo para recuperar el resuello, se alzó el borde del vestido y se quitó los zapatos que le estaban haciendo polvo los pies. Aquellos zapatos de tacón que le había dejado a Mimi estaban siendo una tortura a pesar de ser terriblemente bonitos. Apoyó los pies en el suelo, sintiendo el frío y un poco más aliviada dio un par de pasos al frente. El sonido que produjeron sus pasos la alertó. Aquel sonido no era normal, aquel sonido solo debía haberse producido si estuviera en aquellos momentos caminando por la orilla del mar pero no lo estaba. Un paso más. Pudo escuchar por tercera vez el chapoteo del agua bajo sus pies. Con temor, bajó la cabeza para ver que sus pies y el bajo de su vestido estaban inmersos en un riachuelo de agua negruzca que parecía provenir de detrás de unos árboles.

Un golpe de viento con sabor a salitre le golpeó el rostro a la vez que alborotaba su cabello castaño. Avanzó despacio, sintiendo como aquella agua oscura lamía lentamente su piel. Se metió entre los árboles y allí vio una figura que quieta a unos metros de ella miraba al frente con el terror pintado en el rostro.

¿Ken? –preguntó la muchacha, extrañada de ver al chico allí, entre aquellos árboles.

La muchacha no obtuvo respuesta, se acercó lentamente y observó horrorizada que su amigo era la fuente de la que manaba aquella agua de color oscuro. El agua parecía surtir de debajo de los pies del chico y lo envolvía formando una fina capa que llegaba hasta la altura de la cintura.

Ken… – Kari volvió a llamarlo con la intención de hacerlo reaccionar pero él ni se inmutó. La castaña sintió como aquella agua que rodeaba a Ken estaba empezando a rodearla a ella también, lentamente, subiendo por su vestido. Fue en ese momento, cuando la invadió el miedo y pudo ver claramente el acantilado sobre el que se encontraban y el vasto mar que bramaba furioso a sus pies. Las olas golpeaban con tanta fuerza contra la pared de roca que llegaban a empaparlos. Tragó saliva y miró a Ken.

¡Ken! ¡Soy Kari! – gritó ella para hacerse escuchar por encima del atronador ruido del agua. Finalmente, el giró la cabeza, sus ojos se habían reducido hasta ser tan solo dos puntos negros. Esbozó una sonrisa socarrona, Kari dio un paso atrás asustada – ¿Qué es lo que te pasa? ¿Por qué estás así?

Al final… siempre me quedará solo… – dijo él con la mirada clavada de nuevo en el Mar Oscuro.

¿Dónde está Yolei? – preguntó Kari.

Ken se volvió, su rostro era una mueca, una mueca que combinaba a partes iguales rabia, dolor y tristeza.

Hemos discutido – respondió en un susurro.

¿Qué ha pasado? – Kari se acercó poco a poco a él hasta estar tan solo a unos centímetros del chico, si estirase el brazo podría tocar la mano del muchacho.

Somos demasiado diferentes, yo no puedo hacerla feliz – su rostro iba cambiando poco a poco de la rabia a la tristeza. La Oscuridad se estaba aprovechando de ese momento de debilidad para abalanzarse sobre él.

No digas eso, ella te quiere. Ken, todo se puede arreglar, no puedes derrumbarte así.

Kari a pesar de estar intentando animar al muchacho también se sentía sola en aquellos momentos pero no iba a dejarse arrastrar por el desasosiego, no iba a dejar que la Oscuridad la arrastrara a su lado. Alzó la mano, lo hizo con lentitud y Ken no se inmutó. La colocó sobre la mejilla de él, acariciándola suavemente.

Ken cerró los ojos ante el contacto, frunció un poco el ceño intentando concentrarse en la calidez que desprendía la mano de Kari. Cuando los abrió, la castaña emitía un suave resplandor, estaba envuelta en luz. El chico tuvo ganas de refugiarse en sus brazos, dejarse arropar por su luz pura pero ni siquiera tuvo que pedirlo porque ella lo abrazó al ver ese deseo en sus ojos. Ella era la luz que guía a todos los corazones y el de Ken no iba a ser menos. Ken rodeó el estrecho cuerpo de Kari con los brazos, hundiendo el rostro en el hueco de su cuello, era tan agradable sentirse comprendido…

Kari lo estrechó un poco, ladeó la cabeza y depositó un suave beso en la mejilla de él, cerca de la comisura de los labios.

Volvamos a casa – susurró ella. Ken asintió sin decir una palabra, solo tenía ganas de salir de allí y no volver. Cerró los ojos una vez más y cuando los volvió a abrir se encontró de nuevo en los árboles detrás del gimnasio.

No dejes de abrazarme – pidió Ken a Kari, la muchacha todavía brillaba sutilmente aunque nada comparado con lo que había brillado en el Mar Oscuro.

No pensaba hacerlo – susurró ella mientras lo abrazaba con más fuerza, sintiendo como el corazón de Ken normalizaba los latidos a medida que se apartaba de la Oscuridad siguiendo su Luz.

Hasta aquí un nuevo capítulo, nunca había escrito un Kenkari así que… ¿Elogios? ¿Críticas? ¡Nos vemos en el próximo! :)