The fall in Mirkwood
.-II-.
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La pequeña se levantó y se sujetó las manos en la espalda, lo miraba tan detenidamente que se envaro.
— ¿Cómo te llamas?
No estaba acostumbrado a un dialogo tan coloquial, pero no digamos que esta experiencia estaba siendo todo una extrañeza.
— Thranduil
— Thran… unduil. Thranssduil… ¡Que nombre! Es nombre de un cuento, tú pareces de un cuento. Brillas y eres enorme. Tú pareces un rey.
— Soy un rey.- le confirmo con una sonrisa. Su innegable encanto le hacía actuar más relajadamente. La pequeña parecía tan impresionada. Abrió los ojos aún más grandes si fuera posible, y él sonrió. Había tanto asombro en esos ojos aniñados y un fantasma de antaño se alzó sobre él, cuando en unos ojos parecidos había presenciado como su hijo lo veía cada día como una figura a seguir, había visto la misma sorpresa, la misma emoción. Había olvidado esos sentimientos. La emoción de ser parte de la vida de alguien tan pequeño y frágil.
— Un rey… ¿Este es tu reino?
— Así es. Mi pueblo vive en este bosque.
— ¿Y es un bonito reino? ¿Tienes reina y princesas?
— Mi reina descansa en paz, y solo poseo un hijo.
— ¿Un príncipe?- pregunto emocionada. Él volvió a sonreír, que naturaleza más pura poseía los niños, asombrándose de cosas tan habituales. Legolas no gustaba de ese título, y él tampoco se lo imponía.
— A él no le gusta ese título, pero si, es un príncipe.
— Y el pelea con dragones y rescatas damiselas en peligro. Así son los cuentos, los príncipes rescatan princesas de terribles monstruos y se casan con ellas.
— Él es más bien un aventurero, algún día, talvez, encuentre una damisela para rescatar o que lo rescaten.
— Me gusta eso, Roy hacía de sus cuentos muy extraños. A el seguramente le gustaría eso, que el príncipe fuera rescatado… ¿Me puedes contar un cuento?
— ¿Un cuento?- preguntó y se sintió un poco frustrado. Nunca había sido bueno en eso.- yo no… no me sé ningún cuento.
— Todo el mundo sabe contar un cuento. Es solo hablar de lo que hay a tu alrededor.- giro sobre si misma apuntando los árboles y los pájaros.
— ¿Tú puedes contarme un cuento?- la pequeña hizo una morisqueta graciosa, levanto las manos e hizo algo extraño entre un resoplido y un quejido. Se giró sobre sí misma y recogió todas las naranjas que habían caído con anterioridad.
Para su asombro las dejo todas sobre sus piernas y una sonrisa con hoyuelos le respondió.
— Mis naranjas por un cuento. Puedes quedártelas toditas… son buenas aunque tienen algunas pepas.
Se sentó en el suelo y le miro detenidamente. Como una gran espectadora. Ella quería un cuento… él tendría que responder.
Miro el cielo, los pájaros que se colgaban de las ramas tan expectantes como la muchacha, había algo tan mal en todo esto pero a la vez algo tan tranquilizador. No se preguntó cómo, ni cuando, ni donde… de pronto estaba hablando de su pueblo, de la tierra de su padre, de la guerra, del destino de los hombres y los elfos. Alexandria abría los ojos y susurraba detrás de sus manos asombradas. Le hablo de guerra y tiempos de paz, de mitos y cuentos de su pueblo. De enanos y monstruos, de guerreros y héroes.
La muchacha preguntaba y se asombraba, cerraba los ojos cuando hablaba de las fuerzas del mal y se reía de los detalles como de la montura de los enanos o las armas de los humanos. Sus manos pelaron naranjas y se las tendía a la pequeña que las recibía sin perder detalle alguno de sus palabras. Horas y horas… hablo de su pueblo y su gente, sus respuestas tan naturales le daban la gracia de hacer esos pequeños detalles que había dejado tan atrás cuando su hijo era apenas un elfillo y su confianza se afianzaba en su conducta más relajada para con él. Nunca había imaginado que había extrañado tanto esa descomunal atención a sus palabras, ese asombro y expectativa a su actos.
— … cuidar mi reino, es lo que me hace ser lo que soy.
— Una maldición- asintió la pequeña como si acabara de descubrir un mundo nuevo- y pronto un héroe hará que esta tierra brille como nunca. Yo lo sé, así terminan lo cuentos.
— Eso espero.
Él sonrió mientras se daba cuenta de lo tarde que era. No había sol ya sobre el cielo, apenas si las últimas luces del atardecer. Un tono anaranjado se alzaba por el horizonte, el bosque estaba tranquilo, placido y una leve niebla se escondía por las raíces más allá.
— Debo irme…- sonrió con sus hoyuelos aún más profundos- mi madre debe estar preocupada.
— Yo también lo estaría.- le tendió una mano para ayudarle a levantarse.
— Eres un buen rey, y este un bonito reino.- miro alrededor, y sus ojos como el agua brillaron maravillada- Es un bonito cuento pero debo irme.
La pequeña le tomo completamente desprevenido cuando se alzó sujetándose en sus rodillas y le dio un beso en la mejilla. Un acto tan puramente humano que le reconforto el pecho.
— Debo irme…
— Lo sé…
La pequeña sonrió y se alejó corriendo por donde había venido dejando un agradable olor a bosque y naranjas, a niñas y cuentos. No pregunto cómo ni cuándo… simplemente de pronto, Alexandria ya no estaba allí. El bosque se la había llevado…
Se alejó tranquilamente con una sensación tan placentera, tan tranquila. Los guardias le vieron antes que él, su senescal estaba más allá con la vista perdida en el bosque como si sintiera una magia más antigua y pura que dos mil años de leyendas.
— Mi señor, ¿Se encuentra bien?- Nihiël le pregunto con un tono apresurado. Era la única elfa que conocía que podía leerlo tan bien y eso no le gustaba la mayoría de los días, pero fue paciente, absorbiendo el regalo que se le había dado.
— Claramente, Nihiël. ¿Qué haces aquí?
— Yo solo… no. ¿Qué lleva allí, señor?- pregunto apuntando a sus manos. La porosa textura, la vida en el interior.
— Una naranja, Nihiël. No me hagas perder el tiempo. Detalladme los ajustes de la próxima ceremonia.
— ¿Una naranja, señor, como…?
— Nihiël, no me hagas perder el tiempo.
— Como sea- la escucho murmurar por lo bajo, pero la ignoro.
Sonrió a través de los largos pasillos, escuchando la enfurruñada voz de su senescal, pero con un peso menos en su alma… aquel fantasma de un cuento, de una niña que viajo desde muy lejos para darle el regalo de una naranja. Los dioses a veces… daban los detalles más extraños pero a la vez, los más necesitados. Como los recuerdos… cuando había sido un pilar, una figura, un padre.
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A veces me pongo tan rara… pero bueno, había querido escribir esto desde que vi un par de pic de Thranduil encontrándose con Alexandria, y mi corazón no podía más de espera así que me puse en plan aprovechando que estaba el reto. No lo pude hacer más largo… porque en realidad, ¿Alexandria en el Bosque Negro?... es como un torbellino sería muy extraño… pero algo así como un fantasma de recuerdos para Thranduil, a la vez tan real y tangible… no sé. Me gusta la idea. Espero que les haya gustado, espero que conozcan algún día a Alexandria y el magnífico rol de Lee en esa película maravillosa. Espero sus comentarios, saludos y nos leemos.
(Palabras: 2.298)
