Un chico que ni llegaba a los catorce años no debería sentirse tan incómodo en su propio pellejo. Tendría que estar por ahí dando su primer beso, jugando al ping-pong los fines de semana y gastándose sus ahorros en el videojuego que no paraban de anunciar por la tele. Esa sería la vida de muchos de sus compañeros, pero no la suya. Para bien o para mal, a él le tocaba ser fuerte.
Ya no era un crío. Los de tercero acababan de graduarse y un montón de enanos de primero iban a referirse a él como "senpai". O peor aún, "capitán".
A su alrededor pululaban las protestas sobre el "amargado carapato que se volvió capitán de la noche a la mañana", pero Nijimura hacía caso omiso. No sabía si de forma consciente o inconsciente, pero el resultado seguiría siendo el mismo. En su mente solo había cabida para la cara de su padre cuando lo fue a visitar por primera vez al hospital.
Menudo chiste de mal gusto. Había dicho que se sentía mejor que nunca y, justo una semana después, acabó ingresado en el hospital.
—¿Nijimura, estás bien? Pareces un zombi —comentó la mata de pelo andante, el amigo ese de Sakuma.
—Dormí mal.
—No, ya. Se te nota.
Encima aquel día tenía que recibir a los nuevos miembros del equipo de baloncesto. Que alguien viajase en el tiempo y le dijese a Sanada que don de palabra, lo que se decía don de palabra, no era algo que la gente asociase a Nijimura. Más que nada porque no lo tenía.
En el gimnasio vio congregados a varias decenas de enanos con cara de no haber roto un plato en su vida. Nijimura, como buen capitán, tendría que darles la bienvenida y ofrecer su ayuda para lo que fuera. Y eso que a la mayoría no les iba a ver el pelo en su vida.
Había que ser realista: el capitán se dedicaba al primer equipo, donde la presencia de un novato se daba una de cada mil lunas. Ni siquiera él, que era una anomalía en sí mismo, había llegado tan lejos en tan poco tiempo.
Vale, pues resultó que algunos de los recién llegados sí que acabaron en el primer equipo. Qué cosas. Los memos de siempre se mostraron reacios a admitir a los novatos.
—A ver —Nijimura tuvo que intervenir para meter sentido común en las cabezas huecas—, esto no es cuestión de edad, sino de habilidad. Aquí llegan los mejores. Si alguien más joven que tú te supera, da ejemplo y trabaja duro o hazte a un lado. Pero no te quedes aquí plantado quejándote.
Sintió la sonrisa de uno de los enanos de primero clavándosele en la nuca. Era… desconcertante.
—¿Y tú qué miras? —preguntó Nijimura con los labios arrugados.
El mocoso, que daba toda la impresión de ser un pijo de lo más creído, borró su sonrisa estúpida de los labios, traspasándola a su mirada. Así no estaba ganando puntos, no.
Qué niño más raro.
Vaya, pero si era el niño raro de la otra vez acompañado del único que era, si cabe, aún más rarito que él. Que ya era decir.
Sí que habían llegado pronto al gimnasio. Eso o Nijimura estuvo en las musarañas y se retrasó sin querer.
—Buenos días, Nijimura-san —le saludó el más bajito.
—Capitán —asintió el de las gafas. Sí que era raro, sí.
—Buenas. ¿Qué hacéis aquí tan temprano?
—Midorima me está explicando su teoría sobre cómo lanzar triples infalibles. Es interesante.
—No hables como si fuese una mera hipótesis —el tal Midorima, el raro, hizo un gesto pomposo con las gafas—. Mis razonamientos son objetivos.
—Solo he entendido "triples" —admitió Nijimura sin ganas—. A ver, ¿necesitáis una demostración o algo?
Nijimura logró arrebatarle el balón al bajito sin ningún tipo de complicación. Se veía que el chaval tenía buenos reflejos —eso no se lo iba a negar—, pero carecía de la velocidad necesaria para encararse contra Nijimura. No fue difícil lanzar el balón y que encestase.
—¡Toma ya! —gritó Nijimura.
—No llegas a la línea de triple —matizó el Midorima de marras—, así que realmente ese tiro solo vale dos puntos.
—Qué velocidad… —dijo sin creérselo del todo el bajito, al que llamaría de ahora en adelante "Efecto Retardado".
Efecto Retardado, en realidad, se llamaba Akashi. Akashi Seijuurou. A simple vista, nadie pensaría que aquel esmirriado estaba en el primer equipo de Teikou. Normal. Hasta a Nijimura le costaba creérselo.
Era cuestión de verlo jugar para cambiar de parecer. En primer lugar, el crío daba unos pases magníficos. El balón llegaba a las manos de Nijimura sin esfuerzo, casi como si se hubiesen aparecido por arte de magia en ellas. Ya solo con eso compensaba su poca altura, desde luego. Para colmo, era preciso y metódico. Perfecto, casi.
Como jugador, claro. Perfecto como jugador. Muy completo. Talento en estado puro.
—Qué cosas, hice caso al consejo de Aka-chin y me funcionó —dijo Murasakibara, otro genio de primero, tras mover la muñeca de determinada manera. Conque había seguido las indicaciones de Akashi…
—Es un truco sencillo, pero eficaz —afirmó Akashi como si fuera lo más natural del mundo—. Me alegra ver que te haya funcionado.
—Senpai, eh. Senpai —la voz de Aomine trajo de vuelta a Nijimura a… los entrenamientos. ¿En qué estaba pensando?— Que parece que estés en las nubes. ¿Echamos un uno contra uno?
Aomine, otro crío pesado e insistente como el que más. Nijimura no iba a mentir y decir que el chaval le caía mal —de hecho, le tenía bastante cariño—, pero en ocasiones su pasión desenfrenada por el baloncesto resultaba cargante.
Más le valía mostrar el mismo espíritu competitivo en los partidos.
—¿Eh, qué? Deja de decir chorradas y sigue practicando las bandejas.
Nijimura notó la sonrisilla de Akashi y se vio obligado a mirar a otra parte. Mierda. Se había distraído antes por culpa de la sonrisa de ese diablillo pelirrojo y ahora se estaba poniendo de nuevo en evidencia.
La atención de Nijimura se vio captada por completo por la imagen de las mánagers repartiendo botellines de agua. Cierto, tenía sed. Esa sensación de labios agrietados aumentó más, si es que eso era posible, al ver a Akashi charlando con Momoi con su mejor sonrisa.
—Vaya, Akashi, muchas gracias por el agua —Nijimura le quitó el botellín de agua de las manos y se bebió un manantial entero de un trago. Akashi quería ocultar su irritación tras una cara de póker digna de mención.
—Capitán, aquí hay botellines de agua de sobra —Momoi le sonrió incómoda.
Nijimura se sintió estúpido. Un poco como esos niños de primaria que tiraban de las coletas de las niñas que les gustaban para llamar la atención. Con la diferencia de que él ni estaba en primaria ni le gustaba Akashi. ¡Claro que no!
—Momoi y yo estábamos comentando los avances extraordinarios de Aomine —dijo Akashi recuperando su expresión de niño bien—. Quizás no sería mala idea incorporarlo a la alineación inicial del equipo.
—¿Como alero? —Nijimura frunció el ceño, arrugando también sus labios húmedos. Le estaba goteando la barbilla, mierda.
—Como ala-pivot, preferiblemente —Akashi se quedó mirando la cara perpleja de Nijimura y debió de pensarse que había metido la pata—. Es solamente una sugerencia, por supuesto.
—Una sugerencia, ¿eh? —repitió Nijimura—. Vale. Me parece una buena idea. Luego, si eso, se lo comento a Sanada. ¿Contentos?
—¿En serio? —Momoi sonrió de sol a sol y se abrazó al bloc de notas que sujetaba— ¡Muchísimas gracias, senpai! Aomine-kun estará muy contento cuando se entere.
—Gracias, capitán.
Nijimura, que a veces se veía incapaz de entender sus propios impulsos, devolvió la botella de agua a su legítimo dueño. En vez de quedarse haciendo el papanatas delante del mocoso y la niñera de Aomine, se fue a pegarle cuatro gritos al burro de Haizaki, que llegaba tarde al entrenamiento como si con él no fuera la cosa.
—No estaría mal incluir a los de primero en los partidos oficiales.
Sanada y Shirogane, el entrenador jefe, lo miraron como si acabase de pedirles algo imposible.
—No cabe duda de que son muy buenos jugadores, pero creo que eso sería un poco precipitado —Shirogane apoyó la mano sobre la barbilla.
—Nijimura, ¿en qué te basas para pedir algo así?
—En los resultados que veo en los entrenamientos, básicamente. Haizaki no tiene nada que envidiar a los de tercero, Midorima nunca falla, Murasakibara es tan bueno en ataque como en defensa, Aomine es imparable y Akashi… Akashi es el mejor estratega de este equipo.
—En eso tiene razón —afirmó Sanada—. Pero aun así… No sé cómo se sentirían los de tercero al respecto.
—No puedo hablar en nombre de todos, pero yo, que estoy en segundo, quiero ver a mi equipo ganar. Cueste lo que cueste. Juegue quien juegue.
Los ojillos claros de Shirogane se iluminaron con una alegría juvenil que contrastaba con su cara arrugada y cabellera canosa. Sanada, en cambio, suspiró sin ganas de desplegar su arsenal armas rotas en una batalla que estaba destinado a perder.
Y eso que Nijimura aún no había sugerido la idea que le había rondado por la cabeza durante la última semana. Podría sonar como una locura —y lo era, en cierta medida—, pero sus instintos, siempre más certeros y correctos que ese cerebro atrofiado que le había dado la naturaleza, le dictaban que Akashi Seijuurou debería ser el nuevo vicecapitán.
Que sus instintos y su corazón fuesen uno no había influido en su decisión, ¿verdad? Verdad.
Su padre ya no tenía tan mal aspecto como la última vez que lo fue a visitar. Querría ir todos los días, justo después de los entrenamientos, pero ni ese capricho podía cumplir. Tenía que ayudar a sus hermanos con los deberes y llevarlos al parque para que pudiesen disfrutar de una infancia normal. Sus sonrisas le hacían recordar que no todo era tan terrible como podía parecer a simple vista.
—Quién se habría esperado que el ganso de mi hijo se iba a convertir en tan buen canguro —al menos el viejo tenía suficiente humor como para bromear. Buena señal.
—Como un koala, más bien. No se bajan de mi chepa en todo el día.
Su padre soltó una risotada difícil de olvidar. Nijimura se sintió un poco menos tenso.
—Espero que no estés descuidando tus estudios ni tus otras obligaciones, señor capitán —le dio un puñetazo flojito en el brazo. Nijimura no sabía si era un gesto cariñoso o si de veras que ya no le quedaban fuerzas.
—Como si me quedara otra —bufó Nijimura.
—No pasa nada si no puedes con todo, ¿eh? —la voz de su padre sonó suave y cansada. ¿Se lo estaba diciendo a su hijo o a sí mismo?
Nijimura tomó asiento en la silla de plástico barato de la esquina y la acercó a la camilla. Su padre y él se miraron fijamente durante unos segundos, sin decir nada. Tampoco tenían muchos más temas de conversación que entablar.
Justo cuando habían recuperado la oportunidad de ser un padre y un hijo normales, en vez de los enemigos irreconciliables de antaño, tuvo que venir la enfermedad de mierda a arruinarlo todo. Nijimura a veces no podía evitar pensar así. Y se sentía egoísta.
—Shuuzou, deberías echarte una novia lista y guapa que te ayude con los deberes y los peques. ¡Eso hice yo y mira si me salió bien la jugada!
Nijimura se rió. De todas las virtudes que tenía su pobre madre, la principal era la paciencia. ¡No cualquiera podría haber soportado a semejante viejo charlatán!
No era común que hubiese un equipo con dos vicecapitanes, pero tampoco lo era tener a un capitán de segundo. Así era Teikou, una granja de anomalías. Nijimura se quería decir a sí mismo que la elección de Akashi había sido resultado de la lógica. No por nada Akashi era un genio indiscutible y el candidato perfecto para ser su sucesor cuando se retirase. El líder idóneo para un equipo imbatible.
Otra parte de Nijimura, la que se ocultaba en su pecho, se convencía a sí misma de que Akashi era vicecapitán porque Nijimura quería pasar más tiempo junto a él.
Ambas razones eran ciertas, demasiado ciertas. Eso sí, Nijimura reunió todas las fuerzas y la humildad necesaria para admitir que sí, había un motivo de peso aún mayor. Y era que no podía con todo. Era humano. No tenía ni catorce años. Quería intentar abarcarlo todo y ser un capitán intachable, el guardián perfecto que sus hermanos pequeños necesitaban, el hijo maduro y responsable, el alumno que podía estudiar dos horas sin quedarse dormido encima de los apuntes… Nijimura quería ser todo eso y más. Aspiraba a ser absoluto. Lo intentaba con cada fibra de su ser, pero no podía. Ni él ni nadie.
Tendría que sacrificar algo y, muy a su pesar, el baloncesto era la primera opción. "No lo hagas", le había dicho su padre con pena.
El baloncesto era lo único que le hacía recordar que incluso él era un chaval normal con derecho a divertirse. Aunque a veces fuese otra cruz pesada que cargar a la espalda. No podía dejar el equipo, aún no. Todavía le quedaban muchas palizas que darle a Haizaki, victorias que festejar con sus compañeros, sonrisas que sacarle a Akashi.
Nijimura era necesario en ese equipo, le gustase o no.
De lo que también era consciente, sin embargo, era que algún día no lo sería. Y ahí estaría Akashi para tomar el relevo.
—Puedo quedarme hasta después de los entrenamientos comentando los avances de hoy con el entrenador Shirogane —dijo Akashi casi como si estuviese vacilando al hablar.
Nijimura, que aún se secaba el sudor con la manga lo miró sin saber a qué venía ese comentario. ¿Tan hecho polvo estaba que hasta Akashi se daba cuenta?
"Hasta Akashi", ja. Como si Akashi no fuese perfectamente consciente de todo lo que sucedía a su alrededor.
—Sí que tienes ganas de sufrir —Nijimura ladró, cogiendo a tiempo el toallazo con el que Akashi planeaba masacrarle la cara—. ¿No me ves capaz de hablar de tú a tú con el viejo ese o qué?
Akashi se sentó a su lado. Cómo no, a una distancia tan prudente que dolía.
—No es eso. Es simplemente que pareces cansado.
Cansado, ¿eh? Sí, claro que estaba cansado. Tenía que quedarse después del entrenamiento a tener una minireunión con el torturador oficial de Teikou, luego llevar a su hermana pequeña al dentista (si Nijimura hubiese insistido más en la higiene bucal de la enana, no le habría salido una caries) y estudiar para el examen de Matemáticas.
Estaba un poco hasta las pelotas, para qué mentir. Pero esa era su obligación y se iba a tener que conformar. Él era el capitán de un equipo que mostraba con orgullo su lema: "Cien batallas, cien victorias". En otras palabras, invictos. Nijimura daría ejemplo siendo invicto en todas las áreas de su vida personal, por muy agotador que llegase a ser.
"No pasa nada si no puedes con todo, ¿eh?", le había dicho su padre. Qué fácil era soltar semejante barbaridad y quedarse tan ancho. Las cosas no eran tan sencillas como las quería pintar.
O quizás sí. Nijimura siempre había sido demasiado testarudo, a fin de cuentas.
—Vale, ni para ti ni para mí —Nijimura se levantó del banquillo y le tendió la mano a Akashi—. Vamos los dos, ¿vale? Yo hago como que le escucho y tú traduces lo que yo diga para que suene culto.
La sonrisa tentadora de Akashi nació en su mirada y se expandió por toda su cara hasta llegar a los labios. Le dio la mano a Nijimura y se dejó impulsar.
—Trato hecho.
Nijimura quería fruncir el ceño y poner una mueca, pero solo le salió una sonrisa que rozaba lo ridículo. Estaba a solas con Akashi en el gimnasio, dándole la mano y más cerca que nunca de sus labios. Se sentía tan feliz como triste porque, le gustase o no, eso sería lo más parecido que tendría en su vida a una cita con Akashi.
—Oye, Akashi —le soltó la mano, le tapó la cabecita con su toalla sudada y comenzó a caminar para que no le viese la cara de imbécil que estaba poniendo—. Gracias. De verdad.
—No hay de qué, Nijimura-san.
¿Lo peor de todo? Que Akashi también estaba poniendo cara de imbécil.
