En el pasillo estaba Murasakibara hablando con Akashi sobre a saber qué estupidez. Nijimura los contemplaba desde su clase, postrado en su silla a modo de trono. Le gustaba ver a Akashi tan natural como cuando estaba con sus amigos, charlando sin preocupaciones y siendo un poco más mocoso que cuando daba el callo como el vicecapitán responsable y diligente que era.
No sabía cuándo empezó a sentir que había una extraña aura de melancolía rodeando a Akashi. Tal vez siempre había estado ahí, acechándole con sigilo, y Nijimura no se había dado cuenta hasta que empezó a observarle con atención.
O estaba alucinando y Akashi era el chico más feliz del mundo, que también era una posibilidad.
—Nijimura, ¿estás… estás mirando a Akashi? —preguntó Sakuma, haciendo a última hora los ejercicios de Biología. El narizón, a su lado, sonreía con malicia. A ver qué soltaba ahora.
—¿Otra vez? Cualquiera diría que a Nijimura le gusta Akashi.
—Ve a meter tus narices donde te llamen —Nijimura le dio una patada por debajo de la mesa.
—Tío, que era una broma. Relájate —dijo Sakuma ofendido, como si hubiese sido él el que acababa de ganarse una patada en la espinilla.
—Quien se pica, ajos come —siguió el que metía sus narices en todos los asuntos habidos y por haber.
—¡A callar!
—Uy, Nijimura está de mala uva.
Los rugidos de león de Nijimura y las carcajadas de ese par de imbéciles alarmaron a Murasakibara y —¡mierda!— a Akashi, que seguían de cháchara en el pasillo. Miraron para dentro para pillar a Nijimura haciendo el ridículo.
Murasakibara asintió. ¿Cómo se suponía que había que interpretar ese gesto? Akashi sonrió y le saludó tan cortés y formalito como de costumbre. Nijimura intentó no derretirse mientras devolvía el saludo con la poca dignidad que le quedaba.
Los memos de sus amigos —si los podía llamar así— se rieron aún más. ¿Tan evidente era?
No iba a engañarse a sí mismo porque, con la mano en el pecho, no serviría de nada. Le gustaba Akashi. Bastante. Tirando a mucho. Pero tampoco iba a hacerse víctima del amor y decir que estaba enamorado hasta las trancas. Lo único que sabía del amor era lo que veía en los dramones que tenían enganchada a su madre y en las canciones cursis de la radio, esas en las que se repetían frases como "lo eres todo para mí" o "no soy nada sin ti".
Nijimura no se sentía así. Akashi no lo era todo y, desde luego, estaba segurísimo de que su vida no giraba en torno a él. ¡Ya quisiera! Así sería todo muy sencillo. Despertaría mandándole mensajitos de buenos días a Akashi, lo acompañaría a casa tras los entrenamientos, tendrían citas divertidas los fines de semana y se besarían en todos los rincones del instituto cuando se pensasen que estaban a solas.
Sin embargo, su vida no era así y tenía que tragarse la realidad tal y como era: con poco azúcar y mucha mierda. Despertaba, vestía a sus hermanos a todo correr y preparaba el desayuno a toda la familia. Mientras, su madre le planchaba el uniforme y le decía punto por punto lo que tendría que hacer al volver a casa. Él obedecía. En clase no se enteraba de nada porque siempre tenía sueño, así que no le quedaba otra que pedir los apuntes a la chica que se sentaba delante. Luego, ya con las energías por los suelos, se ponía a entrenar como un cosaco, daba órdenes como si estuviese poseído por el demonio e intentaba controlar a una jauría de imbéciles que nunca se vieron en la obligación de madurar.
Ahí, en un momento puntual del día, sí que veía a Akashi. Y se sentía un poco más feliz. Era su paraguas tras un día donde le diluviaban obligaciones en la cocorota.
Por eso él también quería ayudar a Akashi en todo lo que pudiese, pero no sabía cómo. En primer lugar, ¿tenía problemas de verdad o eran paranoias de Nijimura? Es más, ni siquiera podría aportar su granito de arena en tonterías como los deberes. Fijo que a Akashi lo podían meter en la clase de Nijimura y seguiría sacando unas notas tan impecables como él mismo.
A veces le daba la impresión de que Akashi no lo necesitaba. Y eso le aliviaba más de lo que cualquiera se podría imaginar, pero por otra… le hacía sentirse un inútil.
Menudo imbécil estaba hecho Nijimura. "Quiero ayudarte pero también quiero que tú me quites la cruz que llevo encima". Así no iba a llegar a ninguna parte.
—Nijimura-san, ¿me estás escuchando?
—Mierda, no. Perdóname —Nijimura se rascó la nuca, desorientado y sin saber cómo reaccionar ante la mirada sorprendida de Akashi—. ¿Qué decías?
—Estaba pidiendo tu opinión sobre la situación actual de Haizaki.
Haizaki, otro problema del que Nijimura no querría hacerse cargo. El año pasado se dedicó en cuerpo y alma a buscar a Haizaki por los pasillos —o los recreativos, más de una vez— y llevarlo a patadas al gimnasio.
—Creo que voy a tener que volver a hablar muy en serio con él —Nijimura chasqueó la lengua y Akashi agachó la cabeza.
—Estaba pensando… en que ocasiona más problemas de los que resuelve. Es decir, mientras que reconozco que es un jugador con talento, ya no esesencial para la configuración actual del equipo. Ahora es el tándem Aomine-Kuroko el pilar básico de Teikou.
—Espera, alto ahí. ¿Quieres echar a Haizaki?
—"Echar" no es la palabra —el rostro de Akashi perdió parte de la luz que cautivaba a Nijimura. Se sintió incómodo—. Sería conveniente hacerle saber que, de no cumplir con sus obligaciones, su puesto en el equipo podría peligrar.
Qué frío. Nijimura había pensado en mil y una maneras de hacer que Haizaki se comportase como un jugador decente —casi siempre recurriendo a la violencia física, vale—, y ni una vez se le ocurrió echarlo y punto pelota. Akashi tenía razón: Haizaki ya no era imprescindible. Aun así, había algo en esa idea —en esa mirada— que no le convencía.
—Por supuesto, es solo una sugerencia —Akashi se relajó. Falta que le hacía—. La última palabra siempre la tendréis los entrenadores y tú, Nijimura-san.
—Ya.
Las sugerencias de Akashi solían ser excelentes, sí. Por muy extrañas que sonasen al principio, luego la práctica le demostraba que funcionaban a las mil maravillas. Como, por ejemplo, lo de Kuroko. ¿Quién, salvo Akashi, habría visto a un esmirriado como Kuroko y pensado "sí, esto es justo lo que este equipo necesita"? Nadie. Por eso Nijimura confiaba en lo que Akashi y su sexto sentido le dijesen. Claro que había límites.
Aunque, bien pensado, no era del todo descabellado. Haizaki no era un apasionado del baloncesto como Aomine, era un holgazán con más cara que espalda y ni siquiera podría considerarse la estrella del equipo. No era necesario para ganar, eso saltaba a la vista. "Si te piensas que no sirves, no nos hagas perder el tiempo y márchate o esfuérzate y pártete el lomo", había dicho Nijimura en más de una ocasión a quienquiera que se quejase de lo duros que resultaban los entrenamientos y no pusiese empeño en mejorar.
—Mmm, como comprenderás, Nijimura-kun, esta situación no es… muy corriente, que digamos.
—Sí, lo sé. Mi madre no ha podido venir.
¿Qué tipo de respuesta pretendía escuchar la maestra? Quería hablar con los padres del hermano de Nijimura y, evidentemente, ninguno de ellos estaba disponible. Su madre no iba a sacrificar un día de sueldo por estar de cháchara con una maestra con demasiado tiempo libre. Su padre suficiente tenía en el hospital como para andarse con tonterías.
Así que el único que quedaba era Nijimura. ¿Que no era común recibir a un chico de —casi— quince años? Vale, era cierto. Pasada la indignación inicial, no costaría nada resignarse y hablar con él. Que fuese menor de edad no significaba que tuviese algún tipo de impedimento patológico para razonar.
Eso era algo que le sacaba de quicio de los adultos: se pensaban que la gente joven era tonta. Y eso era algo que llevaba viendo desde que entró en Teikou —los de tercero menospreciando a los de cursos inferiores, menospreciándole a él—, cuando hablaba de tú a tú con su padre o cuando los petardos de los periodistas le hacían preguntas sin sentido sobre el equipo.
Por eso al menos podía lidiar con Sanada y Shirogane sin problemas. Eran lo suficientemente maduros como para ver que lo que la gente joven carecía era experiencia, no inteligencia.
A Nijimura, en concreto, además de experiencia le faltaba paciencia. Paciencia, bonita palabra. Necesitaba más de eso.
—En fin, espero que comuniques todo lo que te cuente a tus padres, Nijimura-kun —suspiró—. Estoy preocupada por tu hermano. Siempre ha sido un niño dulce y tranquilo, pero últimamente… se está peleando mucho con sus compañeros y no presta atención en clase.
Oh, ¿de qué le sonaba eso?
—¡Kuroko, más rápido! ¡Más, más! —gritó Nijimura.
Cualquiera que lo viese así, tan ansioso y con porte de mala bestia, se pensaría que Kuroko iba a morir de un momento a otro a garras de Nijimura. Nada más lejos de la realidad. Nijimura quería ayudarle a mejorar y sabía que Kuroko podría rendir mucho más.
Akashi le había comentado en varias ocasiones que, para evitar problemas en el futuro, lo mejor sería dejar que Kuroko se centrase única y exclusivamente en los pases. Eso Nijimura lo podía comprender a la perfección. Eso sí, no veía cómo podía ser útil un jugador al que se le podía quitar el balón con tanta facilidad.
—¿A eso le llamas tú driblar? ¿De veras? —Nijimura se acercó y le pidió que le pasase el balón— Mira y aprende.
Nijimura no supo cómo, pero de la nada surgió Aomine —¿en ese equipo todos tenían poderes paranormales o qué?— y le arrebató el balón como si no hubiese nada más sencillo en el mundo. Nijimura podría decirse a sí mismo que el ataque sorpresa de Aomine lo había pillado desprevenido, y no estaría mintiendo, pero en el fondo sabía que aunque hubiese estado alerta, Aomine lo habría arrollado en un abrir y cerrar de ojos.
—¡Mira y aprende, Tetsu! —exclamó Aomine riéndose, dejando tras de sí a un capitán que no sabía cómo reaccionar.
Las ganas de asesinarlo eran tan poderosas como las de darle una palmadita en la espalda y dedicarle palabras de orgullo. Era una sensación extraña.
—¡Aomine, serás…! ¡Eso, Kuroko, sigue mirando y toma nota! —Nijimura fue, sin éxito, tras Aomine. Intentando alcanzar lo imposible.
Malditos niñatos. Sí que aprendían rápido, sí. Qué suerte tenía Teikou al contar con semejantes fenómenos, ¿no?
Menudo día de mierda. Tuvo bronca con Haizaki, la profesora de Matemáticas le dio a entender que su aprobado estaba pendiente de un hilo y ahora, para colmo, se le estaba quemando el arroz. Movía una pierna a ritmo frenético, como si ese tic nervioso le fuese a salvar de una cena que estaba condenada a dar asco. Puto asco. Y todo porque estaba perdiendo los nervios con tanto griterío y tanto lloriqueo tanto "buaaah, devuélveme esto" y tanto "¡tonta, tonta, tonta!" de fondo.
—¡BASTA YA! —gritó con todas sus fuerzas.
Sus hermanos se quedaron paralizados del miedo. Estaban más que acostumbrados a que Nijimura levantase la voz, pero nunca a que gritase. Y mucho menos a ellos.
—Mierda, no lloréis —sacó la sartén del fuego y se resignó a cenar fideos instantáneos otra vez—. Lo siento, perdí los estribos. No lloréis.
Ya tenían suficiente como para que el ogro de su hermano mayor se pusiese a chillar porque no sabía cómo lidiar con la frustración. Ellos no tenían la culpa de nada.
Nijimura no sabía qué había sucedido pero, si se creía lo que le estaban contando, resultó que se metió el hostión del siglo al intentar hacer un mate imposible. Sirvió de alimento al suelo con todo su cuerpo, ¡bien! Menos mal que solo estaban él y los vicecapitanes, justo antes de empezar el entrenamiento serio.
—¿Entonces me has traído tú hasta aquí, Akashi? —gruñó Nijimura desde la camilla—Ugh, pellízcame.
—Estás despierto, Nijimura-san. Y te hemos traído entre Sanada-san y yo.
—¡Que me pellizques, corcho! ¡AY! ¡Pero no tan fuerte, bestia!
—Lo siento —respondió Akashi reprimiendo una risita—. Creo que deberías descansar un rato más. No te preocupes, el otro vicecapitán está al cargo de la situación.
—Oh, vaya. ¿Y tú qué?
—En principio voy a quedarme aquí por si necesitas algo. A menos que mi presencia te suponga algún tipo de inconveniente.
¿Inconveniente? ¿Akashi? ¡JA! También habría que admitir, eso sí, que Nijimura habría preferido estar a solas con Akashi en otro contexto. Uno que no involucrase una enfermería, a decir verdad.
—Joder, qué día llevo… Gracias, Akashi.
—No hay de qué. Intentaré no hacer ruido para que puedas dormir a gusto.
—Oye, no estarás aquí haciéndote el santurrón para escaquearte de entrenar, ¿no?
—Nijimura-san…
—Vale, vale. Ya me duermo.
Nijimura cerró los ojos, satisfecho sabiendo que su ángel de la guarda velaba por él. Abrió un ojo un momentito, con la esperanza de comprobar que Akashi no lo había abandonado. Por desconfiado, Nijimura se encontró con su peor castigo: Akashi le estaba sonriendo con una dulzura que estaba haciendo estragos en su buen juicio. Si es que seguía teniendo de eso. ¿Cómo iba a dormir si ni su cuerpo se podía tranquilizar?
Ah, mierda, cómo le gustaba Akashi. Era en momentos así, en los que estaban ellos dos a solas, que Nijimura olvidaba durante instantes quién era. No había charlas tortuosas con los médicos, ni regañinas que dar a sus hermanos, ni madres con los nervios a flor de piel, ni compañeros a los que mantener en raya. Nadie dependía de él. Solo era un chiquillo de —casi— quince años al que se le caía la baba.
¿Era ese Akashi susurrándole al oído? Sí, podía notar el tacto de la mano cálida de Akashi contra su pecho. Se estaba bien.
—Shuuzou… S-Shuzoooouuu….
Nijimura abrió los ojos al escuchar la vocecilla de su hermana pequeña, dándole golpecitos en el brazo y con lágrimas en los ojos. Las cuatro de la madrugada. Dios…
—Mmm, ¿qué pasa, enana? ¿Una pesadilla o qué?
Ella asintió. Nijimura se sintió un poco asqueado consigo mismo por haber mezclado sus sueños pre-pornográficos con la realidad, donde su hermana buscaba refugio entre sus brazos porque tenía miedo.
—Ven, anda —Nijimura levantó las sábanas y ella se acopló en un plisplás. Qué avispada, la cría—. Los sueños son eso: sueños, porque no son verdad. No te va a pasar nada, ¿entendido? Y no te seques los mocos en mi pijama, leñe.
Le dio un beso en la frente y la abrazó tanto como quiso y más. Su hermana parecía un osito de peluche, solo que ella era más calentita y adorable. La mejor hermanita que un tonto irascible como Nijimura podría desear.
—Shuuuuuuzou.
—Diiiime —respondió él con los ojos cerrados de nuevo. Se estaba cayendo del sueño y no estaba seguro de si quería retomar aquel sueño con Akashi o no.
—No me gusta quedarme sola en casa. Tengo miedo.
—No estás sola. El mocosillo y yo te hacemos compañía, ¿no ves?
—Tú nunca estás en casa…
—Pues intentaré estarlo —volvió a dejarle un beso en la frente—. ¿Contenta?
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
La niña, en el calor que le brindaban los brazos de su hermano y un par de mantas, cayó rendida al momento. Debía de estar agotada. ¡Enana con suerte! Nijimura, en cambio, no fue capaz de pegar ojo en lo que quedó de noche. La cabeza le estaba dando demasiadas vueltas, a una velocidad excesiva e imposible de seguir, y no estaba por la labor de desentrañar esa maraña mental que tenía dentro.
Ya no había duda posible de que Nijimura era el idiota más idiota del mundo. Solo un idiota podía caer víctima de su propio engaño. Se metió presión en vena pensando que era necesario, que su equipo no podría seguir sin él.
Nada más lejos de la realidad.
Los mocosos de segundo, a los que algún iluminado decidió bautizar como la Generación de los Milagros, le habían superado. Aomine podría hacer lo que le viniese en gana con el balón, Midorima ya no necesitaba consejos para lanzar triples y Murasakibara era una espiral de fuerza bruta sin límites cuando se lo tomaba en serio. Incluso Kuroko estaba integrado en el equipo y, más o menos, era capaz de seguir los entrenamientos. Qué orgulloso estaba de él. De todos ellos, la verdad.
¿Qué podría decir de Akashi? Últimamente le había delegado tantas funciones que ya cualquiera se preguntaría quién era el verdadero capitán del equipo. Y lo hacía de perlas, eso no se lo iba a negar. Parecía que había nacido para liderar y sacar el mayor provecho de cada jugador.
El único que se estancó fue Haizaki. La prueba inequívoca del fracaso de Nijimura como capitán. Si no podía ni con Haizaki, ¿cómo pretendía afrontar los retos que se le presentaban cada día desde que su padre fue ingresado? Si no era capaz, por mucho que lo intentase, de meterle sentido común en la cabeza a Haizaki y hacerle brillar tanto como se merecía, ¿valía la pena seguir intentándolo?
Nijimura no podía guiar a nadie cuando era el que más perdido estaba de todos. No sabía qué función tenía. ¿Qué pintaba él ahí, eh? No estaba aportando nada especial. De hecho, apenas jugaba en los partidos oficiales. Mejor. Nijimura deseaba la victoria a toda costa, pese a que ello significase que tendría que apoltronarse en el banquillo. La cancha, a fin de cuentas, era un privilegio del que solo los más aptos podían gozar.
El baloncesto, su única pasión, se había convertido en una tarea que cumplir con diligencia. Una obligación más a una lista de responsabilidades que nunca quiso afrontar pero que se tendría que tragar le gustase o no.
Ahora, para colmo y como puntilla recordándole que él ya no era necesario, apareció de la nada un tal Kise. Otro genio increíble. En dos semanas había logrado lo que a él le había costado meses de esfuerzo y sudor.
Así estaba bien. Teikou era un buen equipo. No, no un buen equipo a secas, sino el mejor equipo de todo Japón. Se merecía cien victorias más, viniesen de la mano de quien viniesen. De hecho, lo que más se merecía en este mundo era un capitán dedicado y leal. Nijimura podría tener el lema de Teikou cosido en el corazón, pero se lo arrancaría sin dudarlo si llegase el día en que recibiese una llamada más del hospital.
Tal vez era hora de mirarse a sí mismo con humildad y dedicarse de lleno a su familia, donde sí seguía siendo fundamental, y pasarle el testigo a Akashi de una vez por todas.
Nijimura iba a regresar a casa sintiéndose un fracasado. No tuvo más remedio que confesarle la situación de su padre a Sanada, que no daba su brazo a torcer, y para colmo Akashi lo escuchó todo. Menos mal que Akashi era de fiar y no iba a ir por ahí pregonándolo a los cuatro vientos.
Ja, Akashi le había dicho que estaba preocupado por él. Qué crío. Le encasquetan una tarea tan noble y ruin como ser el capitán de Teikou y él no hacía más que pensar en el bienestar de Nijimura. Cabría pensar que Akashi era un santo o un tonto de remate. O un mentiroso.
Lo último que necesitaba Nijimura era la compasión de Akashi. Uno solo se sentía así ante una persona débil y Nijimura era —o así quería pensarlo— fuerte. Tan fuerte como para intentar soportar todo lo que se le vino encima de golpe. Fuerte para admitir que, por mucho que le pesase, no daba abasto.
Fuerte, sí, pero no indestructible.
Pensándolo con cabeza fría, Nijimura no había sido un mal capitán. Dio todo cuanto pudo, tanto como le pidieron. Podría lamentarse de no haber sido capaz de encauzar a Haizaki o ser destronado por una generación milagrosa. ¿Lo iba a hacer? No. La autocompasión no le iba a hacer sentir mejor. Lo único que podía e iba a hacer sería apoyar a Teikou tanto como fuese posible y ser el pilar que su familia quería hacer de él.
—Cuento contigo, capitán Akashi.
Nijimura avanzó pasillo adelante con un sentimiento que Akashi jamás podría comprender. Sí, se había deshecho de una carga que le estaba minando la moral, ¿pero podía admitir que estaba satisfecho? Y más cuando Akashi, con tantas dudas correteando por el silencio que no hacía más que separarlos, parecía que seguía necesitándole.
—¡Espera, Nijimura-san! —la voz de Akashi resonó en todo el pasillo. Nijimura se volvió, sorprendido, para ver cómo Akashi apretaba los puños y lo contemplaba con ojos fríos y determinados. Ah, hasta en una batalla contra sus propias emociones salía victorioso.
—¿Qué quieres ahora? —Nijimura frunció el ceño— No me harás recular y lo sabes.
—Soy consciente de ello. Comprendo lo que te ha llevado a tomar esta decisión, no obstante…
—Pero nada —interrumpió—. Vas a hacerlo bien y creo que eso también lo sabes. Solo recuerda: "cien batallas, cien victorias". Mientras seas capaz de cumplir con el lema de Teikou, no habrá problema.
Nijimura vio necesario —o no— acercarse un poco más a Akashi, un pelín más de nada, y analizarlo con la mirada. Akashi se mantuvo firme.
—Confía un poco más en tus capacidades, mocoso —Nijimura iba a darle un toque en la frente y Akashi, que si algo tenía eran buenos reflejos, cerró los ojos como respuesta—. Serás… Oye, no sé qué idea tienes de mí, pero no sería capaz de golpear a mi capitán.
Akashi, por un momento, le pareció débil y vulnerable. ¿Era Akashi así de verdad o era la versión de él que Nijimura deseaba ver? Menuda paranoia.
—Mañana nos vemos, Akashi.
—Hasta mañana —contestó Akashi de manera automática.
En Akashi podría confiar tanto como quisiese y más, ¿no? Aunque, por mucho que Nijimura se negase a siquiera planteárselo, cabría la diminuta posibilidad de que Akashi fuese —y siempre hubiese sido— tan quebrantable como cualquier otra persona.
Aún no era el capitán oficial y Akashi ya había echado a Haizaki del equipo. Qué metódico. Le gustaba eso de Akashi: sería todo cortesía y buenos modales, pero iba directamente al grano. "Quien no sirva, que se vaya", básicamente.
Aun así, Nijimura querría haber visto a Haizaki festejando una vez más una victoria con sus amigos. Una más, solo una más. Pero eso ya de nada servía. Haizaki se había encontrado con la horma de su zapato, uno mucho más inflexible y tenaz que Nijimura. Justo lo que Teikou pedía a gritos.
Prefería no preguntarse con qué ojos lo veía a Akashi a él. ¿Un capitán así asá? ¿Una vieja gloria? ¿Un pobre chico que no podía cuidar de un equipo y de su familia?
¿Con lástima, admiración o resentimiento?
Lo peor fue que al ser nombrado Akashi como nuevo capitán, todos se quedaron boquiabiertos, pero nadie fue a preguntarle a Nijimura el porqué tras su decisión. Lo acataron sin más. Mejor. No tenía pensado dar explicaciones a nadie más.
—Eh, capitán Akashi, ¿qué vas a hacer? —preguntó Nijimura incómodo al ver cómo los memos de Murasakibara y Midorima se peleaban por tonterías. Akashi se quedó mirándolos como si fuesen alimañas de circo.
Akashi sonrió, prestando especial atención a Kuroko. ¿Les iba a soltar una monserga de las suyas o qué? Lo único que pasó fue que Kuroko los provocó, se formó un minipartido ridículo y, a saber cómo, Kise y Aomine acabaron peleándose mientras Kuroko vomitaba en una esquina.
Akashi estaba orgullosísimo.
—Parece que las cosas se han resuelto por sí solas.
—¿Ah, sí? —Nijimura, sin creerse lo que estaba viendo, se planteó si Akashi estaba ciego o era un negligente de cuidado— ¿Y cómo…?
Tenía claro que no iba a juzgar a Akashi por un desliz puntual. Desde luego, no era el momento oportuno para que Nijimura se comiese el tarro planteándose si había hecho bien en dejarle tal engorro a Akashi o no.
Akashi quería ganar e iba a hacerlo.
Aun así, Nijimura se dio cuenta de que lo estaba siguiendo antes de poder recular y cambiar de dirección.
—Sin duda, Kuroko no deja de sorprenderme —murmuró Akashi con una sonrisa inquietante.
—Ya, nunca vi a nadie vomitar tanto. ¿Estará bien?
—Eso espero. Al fin y al cabo, no estará exento de entrenar mañana.
Nijimura se sintió un poco más satisfecho tras escuchar aquello. Sí, Akashi solo quería comprobar un poco más las capacidades de Kuroko para unir al equipo. Eso estaba bien. No significaba ni mucho menos que Akashi fuese a resultar un capitán blandengue sin voz ni voto.
Se escucharon unos gritos de fondo. Debían de ser Aomine y Kise.
—No hay por qué alarmarse, Nijimura-san. Es inevitable que surjan confrontaciones entre dos jugadores tan competitivos.
—¿A qué están compitiendo? ¿A arrancarse la cabeza o qué? —Nijimura entró en el vestuario junto a Akashi, mirándolo de reojo.
Akashi sonrió con confianza. Vale, no había nada de qué preocuparse.
