Cuando empecé a escribir esta historia, una de las fuentes de "información" sobre Nijimura era el primer capítulo de Replace V, donde se revelaba que Nijimura se iba a Los Ángeles (donde conocía a Himuro) y tenía un hermano y una hermana menores que él. Ahora que ha salido un fanbook 100% oficial (las novelas y los CD dramas no lo son), queda claro que Nijimura no tiene hermanos y es probable que siga viviendo en Japón.

Por cierto, ¡muchas gracias por vuestros comentarios! Se agradecen un montón y siempre me alegran el día.


Septiembre había llegado. Cualquier chico de quince años estaría maldiciendo por lo bajinis la vuelta a clase y pidiendo clemencia a todas las deidades. Incluso Nijimura era así, que conste. Ya no. No porque le hubiese cogido el gusto a las clases —sus profesores podían dar fe de ello—, sino porque era septiembre. ¡Septiembre!

Otro septiembre más al que su padre llegaba con vida. ¿Dónde estaban ahora los doctores que decían que le quedaban dos telediarios? El padre de Nijimura era fuerte y no se iba a dejar vencer tan fácilmente por una enfermedad de tres al cuarto. ¡Claro que no!

Nijimura estaba orgulloso de él y sentía que, visto lo visto, quizás ya podía decírselo. Con esas palabras, además. "Papá, qué estoy orgulloso de ti". Así, sin más.

—¿Cómo puedes estar silbando un día como hoy? —le preguntó Sakuma, cómo no— Eres el único que se alegra por volver a clase.

—A lo mejor está así porque hoy nos toca "jubilarnos" —siguió el narizón ese que tenía un nombre que no recordaba ni Dios.

—A callar —Nijimura chocó las cabezas de los dos imbéciles con cariño, y no con intención de reventarles las pocas neuronas que les quedaban.

Sonó hueco.

Tenían razón: una pequeña parte de la felicidad de Nijimura residía en que se iban a retirar de una vez por todas del equipo de baloncesto. Era un sentimiento agridulce, desde luego. Había pasado todo tipo de momentos geniales e irrepetibles con esa panda de pazguatos, ganado partidos y más partidos y sabía que siempre recordaría a Teikou con cariño. Pero también significaba tardes libres que dedicar a estudiar —que falta le hacía— y pasar más rato ayudando en casa.

—¿No será que está feliz por volver a ver a su "amorcito"? —susurró el narices cuando creía que Nijimura, un par de pasos por delante, no lo escuchaba.

—¡Oye, ya he dicho mil veces que entre Akashi y yo no hay nada! —exclamó Nijimura Shuuzou, de quince años y poco cerebro, en medio del pasillo.

Para que se enterase todo el mundo.

Mierda.

—Pero si aquí nadie ha dicho nada de Akashi, Nijimura.

Pues doble mierda.


Que iba a echar de menos a Akashi era obvio. Sabía que se lo encontraría de vez en cuando en los pasillos, charlando con alguno de los mocosos, o jugando a solas en ese cuarto que, inexplicablemente, tenía reservado él solito para jugar al shogi.

Tal vez Nijimura tendría que hacer de tripas corazón y aprender a jugar, por muy aburrido y poco tentador que pudiese parecer en un principio.

—¡Nijimura-senpai! —la sonrisa de 4000 kilates de Kise lo recibió nada más llegar al gimnasio. Qué raro, Kise a voces— Tenemos algo para ti.

—Kise, déjame cambiarme de ropa y luego ya hablamos, ¿eh?

—Pero tiene que ser ahora, ¿verdad, chicos?

—Kise-kun, no hay motivo por el que no podamos dárselo después.

—Vaya, gracias, Kuroko—Nijimura le acarició la cabeza y fue directo a los vestuarios, preguntándose qué diantres le habría preparado Kise.

Nada más entrar en el vestuario, se topó de lleno con Akashi cambiándose. Si esa era la sorpresa de Kise, tendría que felicitarlo de todo corazón. Habría sido imposible darle un regalo mejor.

—Ey, Akashi.

—Buenas tardes —Akashi se puso la camiseta rápidamente—. ¿Estás preparado para el partido de hoy?

Ah, típico. El partido al que tendrían que jugar el capitán, el vicecapitán y los de tercero para despedir a estos con un mínimo de cariño y gratitud. Eso de por sí le hacía una pizca de ilusión (llevaba todo el verano jugando él solo al baloncesto y temía acabar oxidado), pero, como siempre, todo mejoraba cien veces cuando Akashi le sonreía de aquella manera. Era su sonrisa un poco chulesca, pero reservada. En sus labios podía leerse un "¿vas a perdonar mi osadía?" que lo volvía loco.

—¿Lo dudabas o qué? —Nijimura le devolvió la sonrisa— Hoy estoy fresco como una lechuga, chaval. No creas que os voy a dejar ganar tan fácilmente.

—Me alegra escuchar eso. Aunque he de advertirte que no seré yo tu rival, sino tu compañero.

—¿Compañero? ¿Tú y yo… vamos en el mismo equipo?

—Así es. No es una orden, ni mucho menos, sino una sugerencia —Akashi, con esa cara de felino taimado que tenía, dio un par de pasos y le entregó un brazalete de cartulina a Nijimura— de capitán a capitán.

El pop que se escuchó ahí debió de ser el corazón de Nijimura al reventar.

—¿Qué es esta cursilería? Vaya, Akashi, tanto tiempo con Kuroko te ha vuelto un sensibleras —Nijimura, con un brazo en el hombro de Akashi, no paró hasta despeinarlo por completo.

Akashi reía y reía. Ojalá pudiese ser ese su último recuerdo del equipo.

—¡Akashicchi, senpai! ¡Salid ya, que os estamos esperando!

—¿Preparado, Nijimura-san?

—¡Por supuesto!

En el gimnasio estaban congregadas todas las mánagers con cartelitos dedicados a los de tercero y todos los miembros del primer equipo con caras expectantes.

—Vale, ¿y quién se lo va a dar? —preguntó Aomine con poca gana.

—¡Yo!

—Aparte de Kise.

—Que lo haga Aka-chin, que para eso es el capi.

Akashi hizo oídos sordos. ¿Qué leches estaba ocurriendo ahí?

—Debería entregárselo Midorima-kun, ya que ha sido idea suya.

—Eso, Midorima, ¡a pringar!

—Me niego en rotundo.

—¿Queréis decidiros ya? ¡Ugh! —Momoi le quitó la bolsa de las manos a Kise y fue dando saltitos hasta Nijimura— Senpai, has hecho mucho por nosotros y… bueno, ¡queremos darte esto para que siempre te acuerdes de nosotros, del equipo! Esperamos que todo te vaya muy bien a partir de ahora.

Por cosas así Momoi siempre había sido su mánager favorita. Qué simpática. Le acarició la cabecita —el único gesto cariñoso que conocía Nijimura, por otra parte— y miró a todos y cada uno de esos niñatos con una sonrisa que le salió del alma.

Sacó algo de la bolsa.

Lo volvió a meter.

—Me cago en…

—¿Nijimura-senpai? ¿Pasa algo? —preguntó Momoi ladeando la cabeza.

—No, para nada… Si está muy bien.

Volvió a sacar eso. Un brazalete con todos los colores del arcoíris.

Ante la mirada estupefacta de todos quedó clara una cosa: Nijimura mentía mal. Fatal.


Acabar el partido con un alley oop entre Nijimura y Akashi ya era de por sí destacable, pero lo mejor fue que Nijimura no cayó de bruces contra el suelo y acabó la jugada con dignidad. Toda la dignidad que podía permitirse al llevar una muñequera que gritaba "¡HORTERA!" a los cuatro vientos, claro. Era en momentos así que recordaba cuánto le gustaba el baloncesto y lo mucho que lo iba a echar de menos en lo que quedase de curso.

—¡Muy buena, Nijimura!

—¡ESE NIJI! ¡ESE NIJI! ¡EH, EH!

—¡¿Quién me está llamando Niji?! ¡Ey!

—Nijimura-san —Akashi corrió hacia él con la palma abierta y una sonrisa de anuncio—. Buen partido.

Un par de palabras de Akashi eran suficientes para que la moral de Nijimura saliese escopetada hacia las nubes. Podría sonar como una locura y, para colmo, tendría que acabar dándoles la razón a los pardillos de sus amigos, pero Akashi le gustaba de veras. Y ahora que la salud de su padre había mejorado y ya no había un equipo que le chupase todas las horas del día, era buen momento para darle un morreo un día cualquiera y decirle oye, ¿te parece bien si salimos juntos?

Nijimura, con la emoción a flor de piel, chocó los cinco con tanta fuerza que casi se llevó la mano de Akashi. Menos mal que el capitán era de acero y podía con eso y mucho más.

Sí, estaba claro: Nijimura podía retirarse tranquilo. No se arrepentía de nada.


—Estáis de puta coña.

—¡SHUUZOU!

—Oye, pues se lo ha tomado mejor de lo que esperaba.

Su madre, sentada en una silla, permanecía con los brazos cruzados y semblante firme. A su padre no le quedaba otra que quedarse en la camilla papando moscas.

—¿Cómo que Los Ángeles? —repitió Nijimura sin creérselo.

—Los estadounidenses son pioneros en este campo, hijo. ¿Y sabes qué? Me gusta vivir. No te digo que vaya a curarme en dos días, pero quiero intentarlo.

Nijimura agachó la cabeza. Ja, sí que era verdad que, pese a todo, seguía siendo un crío.

—Vamos en diciembre —siguió su madre—, pero tú te vas a quedar aquí hasta que termines la secundaria.

—Espera, ¡¿QUÉ?! ¿Por qué? —Nijimura apretó los puños— ¡¿Qué cojones?! ¡¿Me decís que vosotros os vais y yo me voy a quedar aquí solo, a miles de kilómetros de mi familia?!

—¡Escucha cuando te hablamos, al menos! ¿Te crees que para mí será fácil dejarte aquí solo, durante tres meses? —los ojos de su madre se empañaron. Hacía años que ella no lloraba por culpa del imbécil e ingrato de su hijo mayor— ¿Que ni tus hermanos ni nosotros te vamos a echar de menos todos, todos los días?

—Mamá, no lo quise decir así. Mierda —se mordió el labio.

Lo que quería decir, en realidad, era que tenía miedo. A la soledad, a no tener a nadie que estuviese ahí para pararle los pies cuando se dejase llevar por su cabeza de chorlito, a tener que seguir intentando ser un adulto cuando no lo era.

A que su padre muriese en un país extranjero y que no se pudiese despedir de él.

Pero solo podía disculparse, abrazar a su madre y ser fuerte. Seguir adelante,siempre. No podía permitirse derramar ni una lágrima.


Nijimura quedó prendado al ver a Akashi jugando contra sí mismo al shogi. Era fascinante de un modo perturbador cómo alguien podría estar manteniendo dos batallas simultáneamente, donde él mismo era su oponente a vencer.

—Ey, Akashi —decidió decir al final, entrando en el aula antes de que alguien lo acusase de acosador—. Cuánto tiempo.

—Buenos días —Akashi no despegó la mirada de su tablero—. Esta partida está siendo bastante complicada.

No sabía si estaba hablando solo o con Nijimura.

—Ya veo —dijo Nijimura sin enterarse de nada—. Ni siquiera sé cómo lo haces.

—Explicarlo es difícil. Supongo que lo que se requiere es paciencia, principalmente.

—Ya te digo —se rascó la nuca—. Oye, ¿y qué tal todo por el equipo? ¿Aomine ya se encuentra mejor?

El gesto de Akashi pasó de estar relajado a intranquilo. Quizás esa no había sido la pregunta que había querido escuchar.

—Intento alimentar su motivación, pero no hay nada que parezca funcionar.

—¿Ni siquiera el sistema ese de puntos que te inventaste?

Akashi apartó los ojos del tablero y los clavó en los de Nijimura. A veces parecía un gato que estaba las veinticuatro horas del día ojo avizor.

—Ignoraba que supieras de ese sistema.

—¡Serás mocoso! ¿Te crees que me chupo el dedo o qué? —Nijimura cogió una silla, le dio la vuelta y se sentó en ella con los niveles de elegancia por los suelos. Nada que ver con Akashi, por supuesto, que parecía sacado de un manual de cómo ser el estudiante perfecto— No sé hasta qué punto es buena idea, pero más o menos funcionó, ¿no?

—Los resultados no fueron del todo satisfactorios. No podemos permitir que nuestra estrella se desmotive y no preste atención al juego.

—¿Y has intentado hablar con él?

—No creo que nada de lo que le diga pueda servir de algo.

Normal. Aomine y Akashi eran opuestos en todos los sentidos. Seguramente ni se habrían dirigido la palabra en primer lugar de no ser porque compartían equipo.

—Haz lo que tú veas, Akashi. Que quede claro que tú eres el capitán y él tiene que acatar las órdenes por el bien del equipo. Te aseguro que nadie quiere perder, ni siquiera él.

—Me esperaba otro tipo de consejo por tu parte, Nijimura-san —Akashi sonrió.

—¿Cómo? Que yo fuese a darle un tirón de orejas y molerlo a patadas no significa que tengas que hacer tú lo mismo. Eres listo, puedes arreglártelas bien sin hacer el bestia.

—Cada uno tiene sus métodos y, hablándote como jugador, puedo asegurarte que los tuyos siempre han sido óptimos —movió una ficha y sonrió satisfecho, como si todas las dudas con respecto a su partida acabasen de resolverse por sí solas—. Has sido un buen capitán.

Esas palabras le habrían penetrado de lleno la fibra sensible de no ser por lo triste que parecía Akashi. No había nada más frustrante que ver cómo una persona tan brillante podía llegar a dudar de sus habilidades. Si había alguien con madera de capitán en aquella aula perdida, era Akashi. Sin duda.

—¿A qué viene esa actitud? ¡No agaches la cabeza, hombre! —Nijimura le dio a Akashi su primera colleja. Su estatus de senpai intocable le permitía eso y más— ¿Cómo pretendes motivar a Aomine así?

Akashi se frotó la cabeza con una sonrisa estúpida en los labios. Ese era el Akashi que Nijimura prefería ver.


El examen suspenso de inglés fue el primer aviso de que iba a tener que ponerse las pilas si quería mudarse a Los Ángeles y sobrevivir.

—Pero no te hundas, Nijimura, que es solo un examen parcial.

—CÁLLATE.

No le extrañaría que hasta los burros de Aomine, Kise y Haizaki sacasen mejores notas que él. Sí que se estaba luciendo, sí. A este paso repetiría curso y se pasaría un año entero alejado de su familia.

Tenía que salir a tomar el aire. Aunque se fuese a congelar en pleno otoño, ¡ya le daba igual! Que le viniese la gripe, que total no tendría a nadie a quien contagiar.

—Buenos días, Nijimura-senpai.

Antes de soltar un grito patético, Nijimura se quedó durante unos instantes petrificado y con los ojos abiertos de par en par. En otra situación no se habría alterado tanto —de eso estaba bien seguro— pero en aquel momento, donde estaba tan ensimismado en su mundo, no se esperaba que un fantasma se le apareciese por arte de magia ante sus narices.

KUROKO —Nijimura no sabía si echarse la mano al pecho o al de Kuroko. En forma de puñetazo, a ser posible—. Cuánto tiempo. Aunque no puedo decir que ahora mismo me alegre de verte.

—Lo siento —Kuroko, cabizbajo, clavó la vista en el suelo. Había un poco de roña—. Me gustaría hablar contigo de un asunto.

Pues ya podía ser importante el asunto ese, porque el corazón de Nijimura aún seguía jugando al pinball dentro de él. Justo ahora acababa de colisionar contra el páncreas, vaya.

—Pues desembucha.

—Es sobre Aomine-kun —Kuroko miró fijamente a Nijimura, como si fuese el último recurso que le quedaba. Qué crío más intenso.

Lo que le vino a contar Kuroko, plantado en medio del pasillo y con cara de haberse hecho pis en los pantalones, era que Aomine apenas iba a entrenar. Incluso que a veces tenía la jeta de faltar a los partidos. Nijimura sintió demasiadas cosas a la vez —quizás porque ahora su corazón estaba arreándole el hígado y seguía confundido— y todas ellas llevaban consigo el nombre de Haizaki, Aomine y Akashi.

Nijimura ya había vivido eso de tener a un jugador problemático entre sus filas. Hizo de todo para tenerlo a raya, pero fracasó una y otra vez. La decisión de Akashi fue rápida y concisa: echarlo. Nijimura ni pudo reprimir una mueca de dolor al imaginarse que, dada la situación, no sería una sorpresa que Aomine se la estuviese jugando.

Comprendía la filosofía de Akashi y en cierta medida estaba de acuerdo. No había por qué tolerar a un vago que faltaba al respeto a sus compañeros. Pero pensar que Aomine, el mayor enamorado del baloncesto que llegó a conocer en su vida, pudiese abandonar el equipo… era demasiado. ¿Cómo había llegado a esos extremos?

—Por favor, habla con él. A Momoi-san y a mí no nos escucha, pero a ti puede que sí.

—Mira, a mí no me costaría nada hablar con él. Te lo digo en serio —Nijimura frunció el ceño y Kuroko, el más observador de todo el instituto, supo que ya no había nada que hacer—. Pero este es un asunto interno del equipo y yo no soy quien para meter las narices donde no me llaman. Ahora mismo no soy quien para ir diciéndole a la gente lo que tiene que hacer, y menos a Akashi.

—¿Akashi-kun?

—Sigue siendo el capitán, ¿no? Digo yo que Akashi tendrá algo que decir en todo esto. No me dirás que está dejando que Aomine haga lo que le salga de dentro.

—Akashi-kun… ha cambiado.

—¿Cambiado? ¿Cómo que ha cambiado?

Había una desesperación asfixiante en los ojos de Kuroko que Nijimura a duras penas podía descifrar. Le estaba ocultando información, sí, y Nijimura no iba a ser quien se la fuese a sonsacar.

—Es como otra persona. No sé cómo explicarlo —arrugó los labios—. Lo que sí sé es que no le importa lo que suceda mientras ganemos.

Nijimura suspiró aliviado y pellizcó las mejillas de su excompañero. Kuroko protestó, pero no hizo ademán de protegerse o exigirle a Nijimura que le pidiese disculpas.

—Confía en Akashi. Ya se le ocurrirá algo —Nijimura se marchó, dejando a Kuroko con la palabra en la boca, y se despidió con un gesto—. No te preocupes, si veo a Aomine por ahí, le daré una colleja de tu parte.

Kuroko siguió en silencio. En definitiva, ahí había gato encerrado.