Ni una lágrima iba a derramar en el aeropuerto. ¡Ni una! Se lo había prometido a sí mismo porque ahí, más que nunca, tenía que ser fuerte y demostrar a sus padres que podían confiar en él. No iba a suceder nada por dejar a su hijo de quince años solo durante un par de meses.
—¡Pero yo quiero que Shuuzou se venga con nosotros! ¡No es justo! —su hermano empezó a patalaear y ni paró cuando Nijimura le dio un coscorrón del quince.
—No es el fin del mundo, ¿te enteras? En primavera nos volveremos a ver.
—Venga, no seáis así. Vuestro hermano tiene que estudiar mucho para ser un chico listo. Además, vamos a hablar con él por Skype, ¿verdad?
—¡Pues yo me quedo aquí con él! —la enana se le aferró a la pierna— ¡No quiero ir a América!
—Vas a ir quieras o no. Además, el viejo este necesita que le cuiden, ¿sabes? —Nijimura se agachó y le dio un buen tirón de orejas— Yo voy a estar bien. Y tú también, que sé que eres fuerte.
—¡Si ser fuerte es esto, no quiero serlo!
La sinceridad de los niños pequeños era arrolladora y no por ello menos válida. A Nijimura no le quedó más remedio que aplicarse un poco de esa sinceridad a sí mismo y aceptar que estaba triste y nervioso. Que los iba a echar a todos mucho, mucho de menos.
Nijimura no iba a mentir y asegurar que los estudios le hubiesen ido viento en popa, aunque sí que podría exhibir orgulloso su notable alto en Matemáticas. Lengua Japonesa tampoco le iba del todo mal, qué va.
Inglés, por otra parte… Al menos estaba aprobando por los pelos, que era mejor que nada.
Si tenía intención de pedir ayuda a algún compañero con los deberes de inglés, se había equivocado de día. Catorce de febrero. Todos estaban más pendientes de recibir chocolates y cartas de amor que de sus estudios. Así iba la juventud.
Hasta Nijimura, que no destacaba precisamente por sus encantos, recibió algún que otro chocolate por parte de alguna que otra chica tímida de su clase. Seguramente por lástima. Bien. Podría zampárselos en casa sin que sus hermanos lo acechasen y se comiesen ellos solos media bolsa.
Se le vino pronto a la cabeza la imagen de Akashi recibiendo regalos de una legión entera de fans. ¡Si hasta en el equipo había quien lo llamaba "Akashi-sama"! Qué niñas más ridículas, desde luego.
Ah, Akashi. Hacía tiempo que no lo veía. Demasiado. A veces tenía planeado pasarse por el gimnasio después de las clases y curiosear un rato, pero la pereza y las ganas de encerrarse en su cuarto a ver series podían con él. Total, se conformaba con saber que Teikou seguía siendo el equipo invencible que estaba destinado a ser.
Aunque, bien pensado, a Nijimura ya le quedaba poco tiempo en Japón. Sería mala idea encariñarse de nuevo con Akashi y luego echarlo aún más de menos. Prefería no verlo. Ni a él ni a los demás mocosos de la Generación de los Milagros.
Eso de que un cambio de aires le vendría bien podía ser una verdad a medias. A Nijimura le iba a beneficiar la compañía de su familia, pero no sabía hasta qué punto le podría ayudar irse a vivir a un país donde no iba a entender ni jota.
"Está bien conocer otros lugares y tomarse un respiro a lo largo del camino", le había dicho su padre. Darle sentido a esas palabras era una tarea titánica, sí, sobre todo porque a Nijimura nunca se le había dado bien descodificar las frases crípticas de su padre.
También había insistido en que Nijimura disfrutase del tiempo que le quedase en Japón. Que se divirtiese con sus amigos, que besase a chicas guapas ("pero no dejes a ninguna preñada, rufián"), que sacase el máximo partido a su juventud.
Así que ahí estaba Nijimura, graduándose como el chico aplicado que era y riéndose a carcajadas con Sakuma y el de la nariz grande. Los dos santos imbéciles que lo habían soportado durante tres años, ¡casi nada!
—Me traerás una camiseta de los Lakers, ¿no? Una original, no seas rata —exigió con una sonrisilla el narizón.
—A ti no te voy a traer ni una roca de la calle —Nijimura le dio un codazo.
—Nijimura Shuuzou, amigo de sus amigos —Sakuma soltó una risa tonta de lo más ridícula. Por primera vez, a Nijimura le sonó como un coro de ángeles.
A saber cuándo volvería a escuchar la risa de sus amigos.
—¡Oye, no hables de mí como si estuviera muerto! Que solo me voy a otro país.
—Felicidades por tu graduación.
Esa voz. De la nada.
Tanto a Nijimura como a sus amigos les dio un jamacuco ahí mismo. Sí, iban a morirse, pero al menos habían acabado la secundaria. Eso ya era un logro digno de mención.
—¡No vayas por ahí dándome esos sustos, Kuroko! —Nijimura le dio un golpe con el diploma. Kuroko, que también tenía una dosis abundante de bicho raro, sonrió con nostalgia y una pizca de timidez.
—Nijimura-senpai —dijo Midorima, al lado de Kuroko, y con una toalla en la mano. Su objeto de la suerte, claramente. Pues a él también le iba a caer un golpe, por listo—. ¿A qué ha venido eso?
—A que sería injusto que Kuroko cobrase y tú no —Nijimura les sonrió—. Tú, deja de ir por ahí asustando al personal. Y tú, no vayas dejando tus cachivaches tirados por ahí, ¿eh?
Nijimura buscó con la mirada a los demás mocosos, pero se veía que estarían por ahí despidiéndose de otros senpais. O echándose la siesta en algún sitio, como Aomine o Haizaki. No les iba a echar la culpa. Siendo sinceros, él habría hecho lo mismo de verse en su situación.
—Muchas gracias por todo, Nijimura-senpai.
—Fuiste un buen capitán. Un buen compañero —dijo Midorima como si estuviese recitando un poema a regañadientes.
—Otro que habla como si me hubiese muerto —Nijimura chasqueó la lengua. Sus amigos sonrieron a sus espaldas—. Ey, ¿sabéis por dónde anda Akashi?
Midorima y Kuroko compartieron una mirada que no podía deparar nada bueno. Pensándolo bien, había sido el propio Kuroko el que le había contado la mamarrachada esa de que Akashi ahora era "otra persona". ¿Qué leches podía significar algo así?
Midorima hizo de tripas corazón y le explicó que Akashi estaría haciendo el paripé con sus compinches del consejo estudiantil. Nijimura se despidió con una sonrisa —se esmeró en que quedase bien para que al menos los dos niñatos esos guardasen un recuerdo bonito de él— y salió escopetado a la otra punta del patio. Su diploma aún necesitaba golpear una cabeza más y Akashi tenía toda la pinta de ser el elegido.
Quizás Nijimura había estado evitando ver a Akashi de nuevo para no sufrir. Eso era cobardía pura y dura. Ese no era su estilo, para nada. Iba a volver a verlo y despedirse de él en condiciones. Se disculparía por todos los errores que cometió en el pasado, que no fueron pocos, y le desearía la mejor de las suertes.
—¡Ey, Akashi! —NIjimura aminoró el paso— Cuánto tiempo.
Era Akashi el que estaba ante sus narices. El Akashi de carne y hueso. Tal cual lo recordaba.
O eso quería pensar, pero sí que había un algo en él que chirriaba demasiado. En su mirada no había ni un ápice de calidez y, desde luego, la sonrisa mecánica que le dedicó en esos momentos lo dejó frío.
—Felicidades por tu graduación.
—Gracias. ¿Cómo te sientes ahora que estás a punto de empezar tercero?
—Confiado —admitió Akashi—. Mi meta es hacerme con las nacionales por tercera vez consecutiva.
—Ya veo que eres tan ambicioso como siempre —Nijimura puso la mueca que solía sonsacarle una sonrisa a Akashi. Esta vez ni se inmutó.
—Por supuesto. Sugiero que continuemos esta conversación en el gimnasio.
Al gimnasio fueron. Nijimura no entendía del todo por qué tenían que irse ahí,a solas, y no quedarse disfrutando de la brisilla primaveral y el aire de júbilo que se respiraba por toda la escuela. No quería ilusionarse con tonterías, pero Akashi no le estaba dejando otra.
Akashi se quedó ante la pancarta inmensa con el lema de Teikou. Así de cerca, con los trazos perfectos y rebosantes de elegancia, imponía más respeto que nunca. Eran palabras que sentaban al equipo como un traje hecho a medida.
—Querría darte las gracias por tu labor en el equipo. Yo, personalmente, agradezco tu papel como mentor. A fin de cuentas, soy el heredero de tu filosofía —Akashi apoyó la mano en la pancarta con aires solemnes. Nijimura lo observó sin decir nada—. "Cien batallas, cien victorias". Ese es el lema de Teikou y yo lo estoy cumpliendo tal y como me dijiste. No solo hemos ganado todos los partidos que hemos jugado hasta la fecha, sino que los resultados han sido más favorables que nunca. Somos invencibles. Absolutos.
—Ya —dijo Nijimura como sustituto amable de "cállate un rato, anda". No le gustaba que le mareasen la perdiz, y menos aún con expresiones tan grandilocuentes y elevadas como las de Akashi—. Oye, ¿qué me dices de Aomine? He oído que últimamente anda bastante decaído.
A esa pregunta le siguió el silencio sepulcral que traía consigo la indiferencia de Akashi.
—El potencial de Daiki progresa tal y como debería. Estoy relativamente satisfecho con sus resultados, aunque soy consciente de que podría dar más de sí.
—Akashi, ¿quieres responder a lo que pregunto? —chasqueó la lengua con impaciencia— Te estoy preguntando que si se encuentra bien, no cuántos tantos anota por partido.
—Respondo a lo que considero oportuno, no a aspectos secundarios e irrelevantes —Akashi cerró los ojos un momento, pensando en la siguiente estupidez que fuese a soltar—. Es inexplicable que encuentres mayor interés en algo tan mundano como el bienestar de Aomine Daiki que en la victoria de tu equipo.
—¡Lo que hay que oír! —Nijimura bufó y por poco le partió a Akashi esa cara tan bonita que tenía. Estaba más guapo callado, de eso que no cupiese duda— Claro que me preocupo por el equipo, joder. Me preocupo por Aomine y… y me preocupo por ti.
—No hay necesidad de que te preocupes por mí —si la sonrisa de majara de Akashi no era mala señal, que bajasen todas las divinidades del cielo y juzgasen la cordura de Nijimura—. Soy, al fin y al cabo, absoluto.
Esa era la mayor gilipollez que había escuchado Nijimura en su vida y, pese a su espíritu de hacer entrar en razón a la gente con neuronas perezosas, sabía que hablar con quien no estaba dispuesto a escuchar era inútil. Derrochar energías en estupideces. Y Nijimura, que en un par de horas tenía que marcharse al aeropuerto para coger un vuelo hacia Estados Unidos, no tenía ganas de discusión. Solo quería charlar con Akashi, verle sonreír con dulzura—no con esa puta cara de degenerado— y desearle la mejor de las suertes.
Pero todo indicaba que no iba a ser ese el caso.
Había un orgullo enfermizo inundando el gimnasio entero, y algo le decía a Nijimura que no estaba saliendo de él. Siempre había sido categórico en sus intentos incansables hacia la victoria —como el propio Akashi, vamos—, pero nunca había tenido una visión tan obsesiva como la de Akashi.
No. No era justo pensar que era Akashi el que estaba obsesionado. ¿Quién fue el que estuvo repitiendo el lema de Teikou cada dos segundos?
¿Por qué Akashi, o quienquiera que estuviese ante él, parecía tan decepcionado cuando no escuchó las palabras de ánimo que cabría esperar de Nijimura?
Akashi necesitaba que alguien le dijese que no pasaba nada por tomarse un descanso y disfrutar del deporte. Quería ver en su cara la sonrisa del día en que jugaron juntos por última vez, no ese gesto de plástico y el lema de Teikou tatuado en la frente. Lo último que quería Nijimura era que Akashi repitiese sus mismos errores y fuese víctima de su propia ceguera.
—No pareces satisfecho.
—Oye, relájate. No sé qué me acabas de soltar, pero está bien que seas ambicioso y que quieras ganar—Nijimura se apoyó contra la pancarta y sintió un frío espeluznante en la espalda—. Pero no te lo tomes tan a pecho, que te van a salir úlceras.
—No entiendo tu reacción. Deberías enorgullecerte de que mi equipo sea el reflejo mismo de la gloria.
Nijimura se acercó para revolverle los cabellos y decirle lo orgulloso que estaba de él, pero consideró que no era una buena idea. No con un Akashi que tenía toda la pinta de quererlo fusilar. No entendía nada. Y eso resultaba inquietante.
—Vaaale, lo que tú digas. Mucha suerte con el siguiente campeonato y tal, aunque no creo que la vayas a necesitar.
—Por supuesto que no. El azar no interviene, sino la habilidad.
—Pues eso —Nijimura ya no quería darle un toque cariñoso con el diploma, sino metérselo por donde le cupiese.
Había algo en Akashi que le estaba sacando de quicio. Y no quería. Era la última vez que vería a Akashi y no necesitaba llevarse este mal recuerdo consigo. Sobre todo con la corazonada certera de que parte de esa obsesión por la victoria y nada más que la victoria la había sembrado él.
"Quien siembra vientos, recoge tempestades", pensó Nijimura con un mal sabor en la boca.
—Yo me voy, que aún tengo que sacarme fotos con Sakuma y los demás. Hasta la vista, Akashi —decidió darle un diplomazo de todos modos, quizás con más fuerza de la necesaria. A Akashi no pareció importunarle del todo—. Cuídate mucho, ¿eh? En serio.
—Adiós, Shuuzou.
Nunca se habría imaginado que Akashi y él tendrían una despedida tan fría y tensa. Ni siquiera había una discusión de fondo que justificase aquel ambiente rígido, sino indiferencia mutua. Tal vez Akashi siempre había sido así y Nijimura, con el juicio corrompido por el corazón, no había sido capaz de verlo a tiempo.
Sí, Akashi era imbécil. Vale. Pero aun así era un capitán en el que se podía confiar. La prueba de ello era que Teikou seguía suscitando temores allá por donde arrasaba. Eso era lo verdaderamente importante, ¿o no?
No iba a mentir: llegar a Los Ángeles y que el mundo se pusiese patas arriba fue todo uno. Un caos continuo. Conoció a gente interesante en el camino, tal y como le había augurado su padre, pero necesitaba descansar y adaptarse a una realidad más asequible. Ese ritmo frenético de vida lo dejaba sin gas.
—Ooooh, ¡qué bonito! —exclamó la cotilla de su hermana pequeña, revolviéndole la única maleta que, por mera pereza, aún no había siquiera abierto— ¿Me lo das?
Nijimura, que estaba echado en su cama intentando descifrar lo que decía una revista de baloncesto en inglés, echó un vistazo rápido a su hermana. Estaba luchando por ponerse la muñequera arcoíris como corona.
La muñequera que le habían dado los mocosillos. Bien pensado, ninguno de ellos sabía que su antiguo capitán se había ido al quinto pino. Seguro que Momoi o Akashi lo averiguarían tarde o temprano, pero aun así los remordimientos le dieron de lleno en toda la cara.
"Tampoco es que les fuese a importar mucho", se dijo a sí mismo.
—Eh, deja eso. Es un regalo.
—¿De quién, de quién?
—De mis compañeros de equipo. ¡Y tampoco toques eso, leñe!
—¡SHUUUUUZOUUU! —su hermano vino correteando desde la cocina y se echó en plancha sobre Nijimura, aplastándolo y convirtiéndolo en un cadáver putrefacto— ¿Has probado estas galletas? ¡En Japón no las hay así! ¡Ñam, ñam!
—¡Yo también quiero!
—Para ti no, tonta, que tú ya te has comido una caja entera —le echó la lengua—. Shuuzou, va, pruébalas.
—Que no me llenes esto de migas, joé —Nijimura resucitó para hacerle cosquillas a su hermano pequeño—. ¿Cómo te lo tengo que decir para que me hagas caso?
Los meses de paz que vivió Nijimura en Japón eran, en cierto modo, de agradecer. Eso sí, por nada del mundo volvería a esos días de soledad. Su familia podría ser lo más engorroso y cargante del universo entero, pero le costaba pasar un día sin estar agradecido por tenerlos a su lado.
Cada vez que recibía un mensaje de sus amigos —los de Japón, no Johnny y Billy—, Nijimura notaba que el cuerpo se le revolucionaba solo. Esta vez era Sakuma, si es que realmente se llamaba así, mandándole un enlace a un vídeo.
Era la final del campeonato nacional con Teikou, por supuesto, en cabeza. La calidad en sí no era para echar cohetes y se escuchaban claramente los comentarios chorras de varios espectadores. Aun así, Nijimura quedó asombrado con los superpoderes que tenían esas manchitas pixeladas y borrosas que pululaban por la pantalla.
"Eso oscuro de ahí debe de ser Aomine", pensó entrecerrando los ojos.
Eran increíbles, hasta tal punto que describirlos como terroríficos sería de todo salvo una exageración. Estaban dándole una paliza monumental a un equipo bastante decente —no por nada habían llegado a la final— y no iban a descansar hasta machacarlos del todo y hacerlos trizas.
Quizás eran impresiones de Nijimura, que llevaba varios meses desconectado del baloncesto japonés, pero daba la sensación de que había gato encerrado en ese partido.
No, no era posible.
O sí que lo era, tal y comprobó Nijimura cuando la cámara enfocó el marcador tras el rugido ensordecedor de la bocina.
111:11
No podía ser casualidad. Escuchó los comentarios horrorizados de algunos espectadores, abucheos y silbidos, aplausos rozando lo eufórico. Una locura en toda regla.
—¿Qué cojones…?
La calidad de mierda de la cámara no le impidió captar la mirada orgullosa y desafiante de Akashi o la cara de amargura de Aomine. No estaban celebrando nada. Parecía que les daba igual todo. Claro, ¿cómo les iba a importar la victoria si ni siquiera se dignaban a respetar al rival?
Habían ganado y eso estaba bien. Akashi no había hecho nada malo.
Nijimura miró el título del vídeo: "Jugarreta a Meikou – 111:11".
"Jugarreta" era quedarse bien corto. Aquello había sido una putada. Una putada con todas las letras. Una cosa era darlo todo por querer ganar y otra reírse del contrincante en su cara. A esos extremos había llegado Teikou y él no podía hacer nada ahora, que estaba a miles de kilómetros de distancia y medio olvidado por sus excompañeros.
Pero sí pudo haberlo hecho y no lo hizo. Kuroko le había avisado, pero Nijimura no escuchó. Incluso llegó a sentir en sus propias carnes lo preocupante que era la actitud de Akashi. ¿Qué hizo Nijimura? ¿Darle una colleja y un discurso sobre el sentido común?
No hizo nada. Nijimura era tan culpable como cualquiera de los que habían jugado ahí. ¿Cómo podrían sentirse orgullosos los demás jugadores de Teikou después de esa desfachatez? ¿Dónde estaba Kuroko? Era imposible que él estuviese de acuerdo con esa farsa.
Aunque… quizás él también había caído.
Conque "100 batallas, 100 victorias", ¿eh? Lo único que había ahí eran guerras internas carentes de lógica, como las partidas de Akashi contra sí mismo, y una victoria que no había hecho feliz a nadie.
Cerró el portátil con furia. Sería egoísta, muy egoísta, sentirse el responsable absoluto de lo que había sucedido ahí. Esos críos no tenían un pelo de tontos y sabían lo que hacían. No necesitaban que "Nijimura-senpai" los fuese guiando como un perro pastor a un rebaño de ovejas. Eran mejor que eso. Aun así, era difícil no recordar cada consejo que le dio a Akashi. Toda la presión que le fue metiendo poco a poco desde que lo nombró a él— expresamente a él y sin haberle consultado— capitán.
Nunca se había planteado que Akashi, como cualquier hijo de vecino, no fuese infalible. Que cometía errores.
Que era humano.
