Los Ángeles había significado muchas cosas para Nijimura. Fue cambio, fue emoción, fue frustración, fue nostalgia. Lo fue todo, sobre todo esperanza.

Pero esa esperanza, una vez desvanecida, lo desconectó por completo de aquella ciudad. De aquel país. ¿Qué pintaba él ahí? No quería seguir viendo cómo su padre se disculpaba con la mirada, decaído y culpable, por haber arrastrado a su familia a un país que prometía mucho y no cumplió nada.

—Volvamos a casa —dijo su madre con una sonrisa serena.

En aquel momento, Nijimura olvidó todas las veces que había deseado volver a Japón y ver a sus amigos, abrazarlos, jugar al baloncesto con ellos y contarles con pelos y señales lo raros que eran los estadounidenses. En sus ensueños se veía todo fantástico, pero la realidad, una vez más, se encargó por sí solita de escupirle encima.

Ya estaba acostumbrado.


Su habitación, la de verdad, la que convirtió en guarida durante quince años de su vida, seguía tal cual la recordaba. Un poco más vacía, vale. Pero igual.

Nijimura se echó en la cama y suspiró. Tenía tantas, tantas cosas que hacer y tan poca idea de por dónde empezar. En primer lugar, debía una camiseta de los Lakers a alguien. ¿Sería para Sakuma? ¿Para Kubota? ¿Para el otro?

Podría saltarse las introducciones baratas y sentimentaloides y escribir simplemente: "Ey, he vuelto. ¿Cuándo quedamos para que te dé tu puñetera camiseta de los Lakers?"


El nuevo instituto de Nijimura era mucho más modesto y discreto —en más de un sentido— que Teikou. Ya para empezar, debía de ser el único instituto del país sin equipo de baloncesto propio y con cuartos de baño con vistas a un parque. Así podía mear y saludar a los viandantes con la mano libre.

Lo bueno de ese instituto era su proximidad a su casa, ni más ni menos. En cinco minutos podía estar plantado en la cocina preparando arroz para la familia al completo. Práctico, ¿eh?

—Me tendré que apuntar al club de karate… —susurró justo delante del cartel promocional de un "club de karate" de lo más cochambroso.

Era curioso que tanto sus días en secundaria como en bachillerato empezasen de la mano del karate. Quizás había nacido para las artes marciales. O para ir por ahí repartiendo hostias como panes.

—¡Hala, no me digas que no hay equipo de baloncesto…! —gritó casi a su oído un chico que le sonaba de algo, pero no sabía de qué. Quizás había competido contra él alguna vez.

Una vez más, Nijimura iba a saltarse a la torera las presentaciones y las tonterías e iría directo al grano.

—Chaval, ¿quieres echar un uno contra uno? A tres minutos de aquí hay una cancha pequeña, pero vale de sobra.

El chico, que tenía una mancha de mermelada en el uniforme, le sonrió como si acabase de ver una estrella fugaz en un cielo nublado.

—¡Claro que sí! Aunque te tengo que decir que soy bastante bueno.

—¿Sí, eh? Pues eso demuéstramelo en la cancha —Nijimura le sonrió con chulería—. A todo esto, ¿tú eres…?

—Me llamo Ogiwara. ¡Ogiwara Shigehiro! Mucho gusto—el tal Ogiwara extendió la mano a la espera de que Nijimura la estrechase. Emanaba un aura de mocoso que podría competir con el de un colegio de primaria.

—Nijimura —asintió—. Encantado. ¿Vamos a jugar o qué?

—¡Venga!

Nijimura no iba a mentir: echaba de menos tratar con esa clase de mocosos. Sobre todo si también les gustaba el baloncesto. Eso sí, agradecería de corazón que el tal Ogiwara tuviese las manos menos pringosas.


Nijimura tenía el don de detectar mocosos y niñatos allá por donde iba, eso estaba claro. Lo que no sabía era que los susodichos mocosos tenían montada una secta, o una especie de gremio raro donde todos se conocían y conspiraban en amor, mocos y compañía.

Esa era la única explicación que veía Nijimura para que, apenas una semana después, tuviese un mensaje de Aomine.

De Aomine, precisamente Aomine. Podría haberse esperado que Kuroko o Kise le enviasen saludos cordiales o algo así, ¿pero Aomine? Eso podía ser una buena señal. Podría significar que el chiquillo había superado su fase de melancolía adolescente y había pasado a la siguiente etapa de su vida.

"¡Nijimura-senpaaaai! ¿Qué tal? 3 Me alegro un montón de que hayas vuelto. ¡Deberíamos quedar todos y darte la bienvenida que te mereces!

Besis"

Pocas cosas había más desagradables que imaginarse a Aomine, un chico que ahora debería de ser inmenso, mandándole "besis" y corazoncitos. Qué etapa más extraña estaba atravesando Aomine, sí.

A los cinco minutos recibió otro mensaje más.

"Esa era Satsuki, que me robó el móvil. OTRA VEZ.

Por cierto, bienvenido"

Nijimura no sonreía como un estúpido muchas veces, pero cuando lo hacía, casi siempre era por culpa de alguno de los mocosos. Ahora sí que se sentía que había vuelto a casa.


Morir espachurrado entre los brazos de Kise y la barriga de Murasakibara era muy poco digno. Rozando lo patético. No mucho mejor que asfixiarse con los pechos más que generosos de Momoi, pero casi. Por mucho que gritase e intentase apartarse de esos dos grandullones, no podía. Y de nada servía que todos los mocosillos —salvo Kuroko— fuesen unas torres de control que chocaban contra las nubes, espantaban bandadas enteras de pájaros y utilizaban el Skytree como palillo para los dientes.

En serio, todos le llevaban una cabeza —¡o más!— de altura.

—Niji-chin-senpai ,eres tan pequeñito —Murasakibara le sonrió como si no le acabase de insultar en la cara.

—¿Pero qué pasa, os dieron comida radiactiva mientras estuve fuera o qué?

—No soy el más apropiado para contestar —respondió Kuroko, el único que seguía siendo un enano en toda regla.

Nunca agradeció tanto la existencia de Kuroko como en aquel momento. Era un poco inquietante estar rodeado de tantas caras que eran tanto conocidas como ajenas al mismo tiempo. Eran los mismos, pero habían cambiado un montón. Igual que él, vamos.

Habían decidido quedar frente a la tienda donde los mocosos solían comprar helados en secundaria. A todos les quedaba lejos de casa, pero aun así hicieron de tripas corazón y se pagaron el viaje de tren correspondiente por dejarse llevar por la nostalgia.

Cuando Nijimura llegó, Murasakibara —tomándose una golosina que Nijimura no reconocía— y Midorima —¿era una lechuga lo que llevaba en la mano?— lo recibieron con una sonrisa mucho menos efusiva que sus miradas iluminadas.

Bueno, no sería Nijimura, que portaba orgulloso su brazalete arcoíris, el que criticase sus pintas. Al rato llegaron Aomine y Momoi, luego Kise, después Kuroko y… nadie más.

—Eh, ¿Haizaki y Akashi no piensan venir o qué? —preguntó Nijimura tras un rato de pie escuchando cómo Kise le hablaba de su equipo y los demás lo interrumpían con insultos.

—Dudo que Haizaki tenga la osadía de aparecerse por aquí —comentó Midorima con indiferencia—. Akashi, por otro lado, es sagitario.

—¿Y eso significa…?

Obviamente significa que llegará tarde porque está en el último puesto del Oha-Asa.

Ya casi había olvidado la obsesión de Midorima por el horóscopo y todas las extravagancias que ello conllevaba. Como la lechuga, sin ir más lejos.

—Akashi siempre llega tarde —espetó Aomine—. No sé cómo hace.

Cómo no, el mocoso más mocoso de todos tenía que dar la nota y hacerse el importante.


Si Akashi hubiese llegado un minuto, solo sesenta segundos antes, se habría encontrado con un Nijimura risueño y feliz. Pero no. Tuvo que llegar justo cuando Midorima le había encasquetado la dichosa lechuga de marras ("Encárgate tú, que también eres cáncer") para irse a hablar por teléfono con un tal Takao, que debía de ser alguien que echaba las cartas o algo así de turbio.

Lechuga en mano, cara de malas pulgas y brazalete arcoíris. Ese era el Nijimura Shuuzou con el que se encontró Akashi después de un par de años.

Antes de asegurarse de si era su Akashi o el imbécil del que se despidió en Teikou, ese al que tendría que lanzarle un lechugazo a la cabeza (y otro a Kise, para que se callase de una vez por todas), las piernas de Nijimura cobraron vida propia y lo llevaron hasta él. Era el mismo arrebato de ímpetu desenfrenado que lo guiaba en los partidos, que le obligaba a cometer estupideces o que le hacía correr —cuando aún tenía poco más de trece años y el baloncesto era una parte crucial de su vida— hacia el vicecapitán raro y bajito que tanto le revolucionaba el corazón. Hacia el enano "efecto retardado" que, una vez más, hacía gala a su nombre.

Hacia Akashi Seijuurou, en dos palabras.

—¡Ey, Akashi! Cuánto tiempo.

Ahora, con diecisiete añazos y más experiencia encima, se sintió de nuevo un crío al presenciar en directo la mirada cálida y amable de Akashi.

—Bienvenido, Nijimura-san.

¡Mierda de lechuga que le impedía saludar a Akashi como era debido!

—Espera, ¿me sujetas esto? Es una lechuga. Es de Midorima, no hagas preguntas.

—Entiendo —Akashi cogió la lechuga sin hacer ninguna pregunta.

Había que estar bien acostumbrado a las rarezas de Midorima para ver algo tan estrambótico y no pensar que había un problema grave de por medio.

De pronto, Akashi tenía una lechuga entre las manos y el brazo de Nijimura por el hombro, atrayéndolo hacia sí como quien no quiere la cosa.

—Ya pensaba que no ibas a venir y me ibas a dejar solo con esta panda de bichos raros.

—A decir verdad, no creo que haya nadie mejor que tú para lidiar con ellos —admitió Akashi.

—¡Pero bueno, si nos están poniendo a parir en nuestra cara!

—Menuda novedad, Mine-chin —dijo Murasakibara con golosinas en la boca—. Ahora que estamos todos, ¿vamos al Maji? Tengo hambre.

—¡Anda que yo!

—No hace falta que grites tanto, Kise-kun.

¿Y esa panda de memos era la Generación de los Milagros? Nijimura no pudo evitar reírse un poco, aún notando el calor de Akashi perforándole la piel.

—¿Vamos con ellos? —sugirió Akashi.

—Sí, claro. Pero hazme un favor, anda.

—Lo que tú digas.

Tira esa lechuga. No quiero que te metan en el mismo saco que a Midorima.

La risa de Akashi era todo lo que necesitaba escuchar. Eso y los gritos de Midorima al ver que sus "amigos" se estaban yendo sin él y que su lechuga estaba en el contenedor de la basura.


Si había sacado algo en claro de aquella reunión era que "aunque el mocoso te saque una cabeza, mocoso queda", que no iba a poder pisar un Maji Burger nunca más en su vida y que la culpa de todo, para variar, era de Kise.

—No se te puede llevar a ningún sitio, Kise —gruñó Aomine.

—¡Pero si fuiste tú el que me empezó a lanzar comida! ¡Kurokocchi lo vio!

—Por favor, no me metas en tus historias.

Se lo habían pasado todos bien y eso era lo que importaba. Se despidió de todos con una sonrisa satisfecha, deseando volver a verlos pronto. No por nada llevaba un buen tiempo sin pasar un día tan intenso y colorido —en más de un sentido— y era un cambio que apreciaba de veras.

—Oye, Akashi, se está haciendo tarde —dijo Nijimura con las manos enterradas en los bolsillos del anorak, donde guardaba el brazalete más ridículo de la historia—. ¿Quieres que te acompañe a algún sitio?

—Si no consideras que esté abusando de tu amabilidad, sugiero que me acompañes al restaurante de yakisoba de la calle de abajo. Un amigo mío de Rakuzan me lo ha recomendado en varias ocasiones y puedo decir que confío en su criterio.

—Pues vale —se encogió de hombros—. ¿Vas a quedar ahí con él o algo?

—No exactamente —admitió con una sonrisilla medio burlona. ¿Se estaba riendo de él o qué?—. Pensaba en ir contigo, Nijimura-san.

La oscuridad de la noche era capaz de disimular las mejillas sonrosadas de Nijimura, pero no el brillo inconfundible de sus ojos. Qué poco había tardado en volver a caer en la trampa de Akashi.


—¡Ah, una mesa reservada para dos a nombre de Akashi Seijuurou! Por aquí, por aquí.

Un hombre corpulento guió a Nijimura y a Akashi hasta su mesa, la más recóndita del restaurante y con vistas exclusivas a una maceta espantosa que, por algún motivo, le recordaba a Kise. Iba a comentarle ese detalle tonto a Akashi y reír juntos una vez más, pero un pensamiento mucho más poderoso le asaltó la mente y venció la batalla.

—Alto ahí, Akashi —Nijimura hizo un gesto dramático con la mano antes de sentarse. Akashi parpadeó—. ¿Me estás diciendo que tenías reservada la mesa?

—Así es.

—¡¿Y si te dijese que no venía qué?!

—Tenía la certeza de que no rechazarías la propuesta —Akashi, orgullosísimo de sí mismo, se sentó con elegancia en una silla hortera y antigua—. Y aquí estás, ¿no?

—Vale, tú ganas. Como de costumbre —Nijimura se sentó y le dio una patadita en la espinilla a Akashi—. Y no pongas esa cara de autosatisfacción, que encima te vas a ganar una colleja por listillo.

La comida era una delicia, tal y como había asegurado el amigo glotón de Akashi, pero el verdadero festín fue ver cómo Akashi hablaba despreocupado de su vida, de Rakuzan, de su día a día, de Kyoto. Podría decir cualquier cosa y ponerse a explicar con todo lujo de detalle la estupidez más gorda del universo, que Nijimura no iba a apartar la mirada de él por nada en el mundo.

Que Akashi tuviese una voz tan bonita sí que tenía relación con el embobamiento de Nijimura. Se sentía patético. Akashi hablaba de sus obligaciones como presidente del consejo estudiantil de Rakuzan o de lo maravilloso que era su caballo, pero lo que Nijimura escuchaba entre silencio y silencio era al pequeño Akashi de Teikou pidiéndole su opinión. Ah, así se sentía como que tenía de nuevo catorce años. ¿Había pasado ya tanto tiempo desde que se quedó prendado de Akashi? Tal vez sí, tal vez no. Tal vez era ahora, justo ahora, cuando estaba volviendo a caer rendido ante él.

Tanta cursilería no iba a acabar en buen puerto.

Por su parte, Nijimura no tenía más que hablar de lo frenética que fue su vida en Estados Unidos para sacarle una sonrisa involuntaria a Akashi. Al condenado debía de parecerle graciosa la desgracia ajena. Vale, sí, no era para menos. Nijimura lo llegó a pasar mal en su día, pero ahora, con la seguridad que le traía la experiencia, le llegaron a parecer hasta chistosas sus aventuras con Tatsuya o los enredos involuntarios que le azotaron en el instituto.

—Es bueno adoptar una postura tan positiva sobre el pasado —comentó Akashi con una sonrisa impecable.

—Sí, tener humor siempre ayuda.

Conque el pasado, ¿eh? Había tanto que rascar ahí, tantísima mierda que sacar y tan poca valentía para ponerse a ello. El Akashi que estaba ante él poco tenía que ver con el Akashi del que se despidió en Teikou. Ese día irrumpió de vez en cuando en la mente de Nijimura en forma de recuerdo borroso. Casi como una pesadilla que nunca llegó a saber si fue verdad. ¿Cómo no lo iba a ser? ¿También se había inventado el partido bochornoso contra Meikou en las nacionales o qué?

Akashi había cambiado una y otra vez, y eso en sí a Nijimura le traía sin cuidado. Solo necesitaba comprobar que Akashi estaba bien, que había pasado página desde aquel entonces. Aunque sonsacárselo no parecía del todo una buena idea. No todo el mundo estaba cómodo revelando las partes más turbias de su vida —Nijimura el primero— y nadie iba a salir ganando por poner a Akashi en un compromiso desagradable.

Había que disfrutar de la noche y dejar los problemas a un lado. Tanto Nijimura como Akashi se merecían ese capricho.

—Oye, se está haciendo un poco tarde —espetó Nijimura al darse cuenta de la hora que era—. ¿No tienes que volver a Kyoto o algo?

—Este fin de semana lo paso en Tokio, así que no hay por qué preocuparse —Akashi miró el reloj—. Aunque sí que sería conveniente volver a casa.

—Vale, pues pagamos y te acompaño. Y antes de que digas nada, no, no te voy a dejar volver solo.

—Me lo esperaba —Akashi se levantó y se colocó el chaquetón con gracia. Nada que ver con los movimientos toscos de Nijimura—. Eso sí, yo también seré intransigente y no te permitiré pagar. Este es mi regalo de bienvenida.

Nijimura lo miró con ganas de cruzarle la cara y luego besarle las heridas. Por una parte le agradecía el gesto amable a Akashi, pero por otra, esa que le desinflaba el orgullo como un globo, no podía consentir que un chico menor que él pagase la cena. ¡Así casi daba la impresión de que acababan de tener una cita!

—¡Oye, Akashi, que no soy pobre! ¡¿Y cómo voy a dejar que pagues tú?! —preguntó Nijimura con voz envenenada y mejillas sonrosadas.

—Como ya he dicho, es un regalo. Te aconsejo que lo aceptes.

Akashi, que no iba a consentir ningún tipo de protesta, avanzó para pagar y salió del restaurante como si fuese el dueño de la ciudad. Nijimura suspiró y lo siguió, que era lo que había hecho de una forma u otra desde que se conocieron.

—Joder, qué frío hace fuera —los huesos de Nijimura se convirtieron en nieve. Akashi era inmune porque ya era de por sí un cubito de hielo viviente.

—No tienes por qué acompañarme si no te apetece. Agradezco la intención.

—¿Qué? ¿Te crees que voy a retirar lo dicho porque haga frío? Menuda idea tienes tú de mí.

—La idea que tengo de ti… —Akashi sonrió y eso ya fue suficiente para que Nijimura entendiese todo, pero no comprendiese nada.

Akashi, Akashi. Siempre haciéndole sentir cosas raras y poniendo patas arriba todo lo que Nijimura creía saber. Sí, ese era el momento en el que Nijimura se dijo a sí mismo eh, estaría bien besar a Akashi. Eso sí, no iba a ser tan tonto e imprudente como para hacerlo. Era una mala idea, eso sin duda. ¿Cómo iba a besar a Akashi? Tenía que reprimir sus impulsos, acompañar a Akashi y luego vagar por las calles vacías de Tokio hasta pillar un taxi baratucho e ir a tientas por casa para no despertar a nadie.

Así que mientras Nijimura razonaba por qué besar a Akashi sería la peor idea que podría tener, fue y agarró a Akashi por el brazo, lo empujó contra la pared y le besó sin importarle nada más. ¿Desde cuándo él, un hombre que vivía de corazonadas e impulsos, se iba a dejar amansar por su cerebro?

Parecía que aquel beso era un punto más en el plan elaborado de Akashi. Si lo era —que tenía toda la pinta de serlo—, era más que bienvenido. A Nijimura le supo a gloria. Sobre todo cuando Akashi, risueño y achispado por algo que no podía ser alcohol, pasó una mano por el cabello de Nijimura y lo atrajo aún más hacia sus labios.