¡Y ya llegamos al capítulo final! Me ha costado un montón, pero espero que os guste al menos un poquitín. Dicho eso, ¡muchísimas gracias a todos los que habéis dejado comentarios y/o añadido la historia a favoritos! Se agradece un montón.


Nijimura estaba convencido de que iba a ser imposible conciliar el sueño. Ya había pasado noches así, completamente desvelado y con el cerebro centrifugando a tres mil revoluciones por segundo, pero esta vez no era por la enfermedad de su padre, las ojeras cada vez más visibles de su madre o la incertidumbre de si algún día habría lugar para él en Estados Unidos.

Ya no era por nada de eso. ¡Y menos mal! Sino por el hormigueo que persistía en sus labios. Típico de Akashi: dejaba huella allá por donde pasaba.

Era un desvelo dulce, desde luego. Rememoraba con todo lujo de detalles su día con Los Milagros, su cita —sí, porque era una cita en toda regla— con Akashi, el beso que compartieron y lo que ello implicaba: Akashi también sentía algo por él.

De toda la gente que había en el mundo —de todos los genios que conocía—, Akashi se fue a fijar en él. En Nijimura Shuuzou. Nijimura sonrió satisfecho contra la almohada, preguntándose cuánto le duraría esta racha de buena suerte.


Lo único que hizo aquel domingo fue quedarse dormido leyendo un libro para Literatura, ver una película de los 80 con sus hermanos, mandarle un mensaje a Tetsuya anunciándole su llegada a Japón (por algún motivo, Tatsuya le respondió con un escueto "Lo sé. ¡Espero que nos podamos ver pronto!") y evitar las preguntas personales de la cotilla de su vecina.

Un día de todo salvo productivo, vaya.

Ya de noche, sin saber bien qué hacer, decidió cometer una estupidez. Así era él. Buscó el partido de Teikou contra Meikou, aquel partido de la Generación de los Milagros que se tuvo que perder, y lo volvió a ver para buscar algún indicio de que ese Akashi era Akashi pese a todo. Era imposible que Akashi fuese un encanto, luego se volviese un capullo integral y que después volviese a ser normal, ¿no? Ahí había gato encerrado.

La especialidad de Akashi siempre habían sido los pases, pero ahí no hacía nada. Estaba plantado amedrentando a los rivales y, en esas ocasiones aisladas donde Meikou tenía el balón, Akashi iba con pachorra a arrebatárselo como si fuese coser y cantar. Como si les pudiese leer la mente.

Uno de Meikou logró esquivar a Kise con una finta, pero Aomine acudió al rescate como si le estuviesen obligando. El chico del Meikou lo miraba horrorizado. Nijimura había sido víctima de la velocidad vertiginosa de Aomine en más de un entrenamiento, pero nunca había sentido miedo.

Enfocaron la cara del chico una vez más. Quizás porque debía de ser la estrella del equipo. Quizás porque, pese a todo, no perdía la sonrisa (de plástico) y la determinación. Era admirable, sí. Le recordaba un poco a alguien que conocía. Sí, sí, ¿pero a quién?

"Mierda", pensó Nijimura al ver la cara pixelada y casi llorosa de su amigo más reciente.


Que un alumno de tercero irrumpiese en un aula de segundo era poco menos que todo un evento en algunos institutos. Así que cuando Nijimura entró más chulo que un ocho en la clase de Ogiwara, hubo alguno que se le quedó mirando como si fuese la nota discordante. Y lo era. Y no le podía importar menos.

Ogiwara.

—¡Hola, Nijim…! ¡Guau, espera! ¿Y esa cara?

Nijimura respiró hondo y se sentó en su mesa, mirando a Ogiwara fijamente a los ojos.

—Tengo que hablar contigo de una cosa.

—Bueno, soy todo oídos —respondió Ogiwara con una sonrisa inquieta.

—No quiero contarte nada, sino que tú me lo cuentes a mí. Quiero me digas todo lo que recuerdes sobre tu partido contra Akashi Seijuurou y la Generación de los Milagros.

Una imagen valía más que mil palabras y la cara de Ogiwara por sí sola podría llenar enciclopedias enteras. Con todo, desembuchó y cantó como un pajarito. Le habló de su promesa con Kuroko, de lo importante que había sido Meikou para él, de su discusión con Akashi Seijuurou. Nijimura se preocupó al no sentirse del todo horripilado por aquella historia.

—Creo que ya no les guardo rencor —confesó Ogiwara con una sonrisa agridulce—. No sé si es porque el tiempo lo cura todo o porque Kuroko me ha dicho que han cambiado.

—A mejor, quiero pensar.

—Sí, supongo que sí. Tampoco me lo contó todo todo, pero sé que vuelven a ser amigos y…. bueno, eso es lo importante, ¿no? Vamos, que si hoy me dicen de jugar una pachanga amistosa, yo iría de cabeza.

"Eso no te lo crees ni tú", pensó Nijimura sin decir nada. No se veía a sí mismo como alguien que se cortase un pelo a la hora de expresar sus opiniones, pero tampoco veía necesario echar más leña al fuego. Una parte minúscula de Ogiwara estaba dolida, y con razón.

—¡Pero no hace falta poner esa cara! —Ogiwara se rió flojito, clavando sus palillos en el arroz de su almuerzo— Vale que por aquel entonces fueron crueles, pero no creo que sean malas personas. Es más, cuando fui a ver el partido de Seirin contra Rakuzan, Akashi se portó bien cuando perdió y Kuroko y él parecían bastante amigos. Eso creo yo, vamos.

—Espera, espera. ¿Me estás diciendo que el equipo de Akashi perdió… contra el de Kuroko?

—Sí, en la final de la Winter Cup del año pasado —la mirada de Ogiwara se iluminó de golpe—. ¡Fue increíble, en serio!

¡¿Akashi perdió?!

—Sí —Ogiwara se encogió de hombros—. Por los pelos, porque fue un partido muy reñido, pero sí. Después de todo, hasta los genios son humanos, ¿no?

Nijimura lo miró sorprendido, sin saber bien qué decir. Había pensado cosas parecidas varias veces, casi siempre con un aire de duda de por medio, pero cuando lo decía Ogiwara con esa sinceridad arrolladora, parecía lo más obvio y evidente del mundo.

—Hasta los genios pueden llegar a ser unos mocosos, querrás decir —corrigió Nijimura con una sonrisa—. Y límpiate el arroz de la cara, anda.

El toque que le dio Nijimura en la frente podría interpretarse —y no sin razón— como un abuso gratuito de autoridad solo por haber nacido un año antes. Podría serlo, ¿y qué? Lo que estaba claro, aunque solo Nijimura lo supiese, era que ese era el gesto dedicado a aquellos a los que quería. A sus mocosos.


Cada parte de Nijimura quería volver a Akashi. Hablar con él, besarle esta vez con un poco más de cariño, escuchar su risa una vez más. Pero sobre todo hablar. El caso era que, como de costumbre, una cosa era lo que Nijimura pudiese querer y otra muy distinta lo que pudiese hacer.

—¿Las pruebas del análisis? ¿Tan pronto? —Nijimura enarcó una ceja. Su madre le sonrió con dulzura.

—No tienes por qué ir al hospital mañana, cielo. Tienes planes, ¿no?

Nijimura iba a responder, pero lo único que consiguió fue desviar la mirada con timidez. Fijo que sus hermanos habían escuchado su conversación con Akashi. ¡Ni podía hablar por el móvil tranquilo en su propio cuarto! Menos mal que midió sus palabras y no se le escapó ninguna cursilería que pudiese delatarlo ante los oídos agudos de sus hermanos pequeños.

—Me lo voy a tomar como un sí —sonrió—. Shuuzou, ¿crees que tu padre y yo no nos preocupamos por ti? Siempre estás tan serio, tan agobiado… Relájate, cielo. Te mereces un buen descanso.

—¿Y quién va a cuidar de los enanos? ¿Y si…?

—Los enanos no son tan enanos como tú te crees, ¡dales un voto de confianza! —su madre le puso el dedo en el ceño, siempre arrugado y en tensión—. Hazlo por tu padre, ¿sí? Disfruta todo lo que él no está pudiendo disfrutar.

—¡¿Y tú qué?! ¡Lo llevas claro si te piensas que voy a dejar que cargues tú sola con todo!

Su madre era una mujer de carácter dócil y risueño, pero tenaz en sus decisiones. Si ella decía "sí", no había cabida posible para un "no" o un "quizás". Eso había enamorado a su padre, pero a Shuuzou lo sacaba de quicio. ¡Qué tozuda!

—¡Y tú sí que lo llevas claro si te piensas que voy a quitarle la adolescencia a mi hijo! —alzó la voz más de lo necesario, haciendo que Nijimura se sintiese más estúpido e inmaduro que nunca— Shuuzou, agradezco todo lo que estás haciendo. Eres… eres el mejor hijo que podría haber deseado, cielo. Estoy muy, muy orgullosa de ti. Pero antes que responsable, quiero que seas feliz. Si vieses la carita que tenías cuando hablabas el otro día de tu reunión con los chicos del Teikou…

Lo peor de todo era que cada palabra de su madre era una verdad irrebatible. Tanto a ella como a su padre les había contado sus desventuras con sus excompañeros de Teikou —salvo el beso con Akashi, porque no tenía ninguna gana de terminar de matar a su padre— y se notaba que irradiaba felicidad por cada poro. Aunque su cara de limón a medio exprimir quisiese convencerles de lo contrario.

Sí, ya solo de pensar en volver a ver a Akashi le erizaba el vello. Como para no.

—Si pasa algo, llámame. Me da igual que sean buenas noticias o malas —dijo Nijimura con el mismo tono severo de su padre—. Avísame.

Su madre suspiró y lo miró como si fuese un caso perdido.

—A veces te mereces un toque en la frente más que nadie —dijo ella riendo con pena.


Pese a estar estudiando en Kyoto —que para Nijimura era poco menos que el culo del mundo—, Akashi iba a Tokio con una frecuencia asombrosa. Vale que era la Golden Week y que querría descansar un poco en su casa de verdad, pero aun así.

No se iba a quejar, que conste. Era todo un placer volver a verle.

—Ey, Akashi.

—Buenas tardes, Nijimura-san —dijo Akashi con una sonrisa de galán que, lejos de cumplir con su propósito, espantó a Nijimura.

Ya había sido terrible que Akashi hubiese intentado pagar la cena el otro día como para que ahora viniese con aires de grandeza.

—¿Todo bien?

—Muy bien, gracias. En Rakuzan estamos a punto de preparar el festival cultural, por lo que como presidente del consejo estudiantil tengo que encargarme de la burocracia. Como te podrás imaginar, últimamente estoy un poco ajetreado.

—"Un poco", dices. Capitán del equipo, presidente del consejo… Descansa un poco, ¿eh? Ni el primer ministro está tan ocupado como tú.

—He venido precisamente para descansar —admitió Akashi mientras guiaba a Nijimura a un parque lleno de estanques. Pilló de lleno a Nijimura comprobando si había recibido algún mensaje nuevo de su madre, pero por mera prudencia calló. Siempre había agradecido que Akashi no hiciese preguntas innecesarias.

No les hacía falta llenar cada milisegundo con frases vacías, sino que encontraban paz en el silencio y comodidad en cada palabra. Esa era una terapia contra el estrés que Nijimura podría adoptar de mil amores, de verdad. Incluso Akashi parecía más contento de lo normal mientras escuchaba de lejos el fluir de un riachuelo o las carcajadas de unos niños pequeños.

Akashi lo miraba de vez en cuando de reojo, consciente de que Nijimura no le quitaba la vista de encima. Seguramente ya habían vivido eso un millón de veces. Nijimura yendo al gimnasio tras las clases para entrenar, Akashi siguiéndole con una seriedad que un niño de trece no debería conocer y la seguridad de tenerse el uno al otro.

Aquellos habían sido buenos tiempos. Muy buenos. Por eso mismo a Nijimura le atormentaba pensar en lo que había sucedido ahí cuando ya no estaba. Por qué Akashi, el que estaba a su lado ahora mismo, se había convertido en la persona de la que se despidió en su graduación o en la peor pesadilla de Ogiwara.

—Oye, Akashi —aminoró el paso, aceleró sus pensamientos—. Recuerdo bien el día de mi graduación en Teikou y quiero pensar que tú también. ¿Qué pasó? ¿Qué te pasó?

Akashi se acostumbró al paso de Nijimura, pero no dijo ni una sola palabra. ¿Estaría pensando qué decir? ¿No querría soltar prenda? Nijimura no tenía ni idea ni paciencia. Lo único que podía hacer ahora era mirar al frente, soltar un "¡oh!" que sobresaltó a Akashi y caer de nuevo en el juego de sus propios recuerdos. Qué nostalgia. ¿Era así como se sentía la gente mayor todo el rato?

—¡Buah, qué recuerdos! —exclamó Nijimura, volviéndose hacia Akashi, que se obligaba a exhibir una sonrisa amable— En este parque venía cuando era un criajo. Creo que mis hermanos ni habían nacido, vaya.

—Parece francamente peligroso —Akashi miró con cautela un tobogán, como si se pensase que se le iba a caer en la cabeza de un momento a otro.

—Pues ya estaba todo así en mi época. Yo venía casi todos los días porque me quedaba cerca de casa. ¡La de moratones que me hice por culpa de esta mierda! —Nijimura le dio una patadita al tobogán, que no se derrumbó ante sus narices, pero sí hizo un ruido alarmante— Fijo que tú nunca viniste a un parque de estos, ¿no?

Akashi le respondió con una risa.

—Y estos columpios… —Nijimura apartó de un manotazo una hoja que yacía en la tabla de madera— No creo que aguanten mi peso…

—Están oxidados… —comentó Akashi con una pizca de asco.

Aun así, Akashi intentó balancearse con torpeza. Nijimura, ya en lo más alto, le lanzó una mirada burlona que no debió de parecerle del todo graciosa.

—Cuando eres un renacuajo, eso te da igual —Nijimura sonrió—. ¿Qué, no sabes columpiarte? ¿Quieres que te dé un empujón?

Esas fueron las palabras necesarias para que Akashi —él solito, cómo no— subiese de nivel, evolucionase y se convirtiese en el maestro de los columpios. Nijimura ya ni se sorprendía.

—Creo que tu ayuda no será necesaria, Nijimura-san —contestó Akashi todo satisfecho. Menudo mocoso, en serio.

—No te columpies muy fuerte, que esto se va a caer de un momento a otro.

Akashi parecía disfrutar de todos modos de aquel columpio roñoso y quebradizo. ¿Cuántas veces se habría montado en un columpio?

Fue entonces cuando Nijimura se dio cuenta de lo obsesionado que estaba con sus recuerdos. Con el pasado mejor. No se estaba haciendo ningún favor, no. La pregunta no era cuánto tiempo hacía que Nijimura iba a ese parque o cuántas veces había jugado Akashi en un columpio, sino cuándo sería la próxima vez. Si Akashi, al pasar por un parque dentro de otros tantos años, sonreiría rememorando el día en el que Nijimura y él hicieron el ganso en unos columpios.

Claro que para pensar en el futuro y disfrutar del presente, había que asegurarse de que el pasado quedase superado. Ahora o nunca.

—Akashi —Nijimura dejó de balancearse—. No sé si ya lo sabrás, pero yo antes era de armas tomar. Peor que Haizaki, diría yo.

Akashi también se detuvo y se dejó mecer con tranquilidad. Era grácil hasta cuando no hacía absolutamente nada.

—No me mires con esa cara, que te hablo en serio —refunfuñó Nijimura—. Una vez hasta me di una vuelta por el barrio con una moto robada.

—Es difícil de creer —mintió Akashi. Nijimura le dio un toque en la frente porque Akashi no se lo estaba tomando en serio.

—¡Oye, que es verdad! Era un niñato de mierda, lo peor de lo peor. No sé cómo mis padres me pueden seguir tratando como a un hijo después de todo lo que hice —clavó la vista en el suelo—. ¿Y sabes? No te voy a decir que estoy orgulloso de esa época, pero tampoco la voy a ocultar porque sí. Pasó, ¿no? Cambié y ahora soy un poco diferente. Y dentro de cinco años cambiaré otro poco. Es lo normal en una persona, ¿no crees? Madurar, digo.

No miró a Akashi ni un instante, pero sabía qué cara estaba poniendo. Cómo sus ojillos se estaban iluminando con una mezcla entre tristeza y admiración.

—Creo que lo importante es saber por qué eras cómo eras y qué te llevó a madurar.

—Qué me llevó a madurar… —Akashi se sonrió a sí mismo— Entiendo lo que me quieres decir, y creo que es un consejo que tendré en cuenta en el futuro. Sin embargo, mi problema es radicalmente distinto al tuyo.

—Soy todo oídos.

Para Nijimura significaba mucho que Akashi estuviese dispuesto a abrir su corazón un poco con él. Que Akashi Seijuurou, rey de lo hermético, expresase sus verdaderos sentimientos ya era todo un logro de por sí, estuviese Nijimura de por medio o no.

—Tengo un "otro yo" —apretó los labios sin darse cuenta—. El que conociste durante tu graduación. Ahora no se manifiesta con frecuencia, pero sigue ahí.

Eso... no se lo esperaba, francamente. En su cabeza siempre había identificado al Akashi A y al Akashi B, pero siempre partiendo de la base de que eran la misma persona. Eso de las personalidades múltiples era algo que solo había visto en películas de ciencia ficción y asesinatos, no en la vida real. No sabía cómo enfrentarse a algo así.

—Y el de la final contra Meikou, ¿no? —la voz de Nijimura sonó más agria de lo que debería, tal y como demostró la expresión dolida de Akashi— Mierda, no lo dije con mala intención. Vale, tu situación y la mía no son iguales, pero creo que en el fondo sí lo son.

—Soy todo oídos —repitió Akashi con un intento educado de retintín.

—Nos desviamos un poco de nuestro camino en algún momento de nuestras vidas. Yo porque fui imbécil y tú… —Nijimura puso una mueca— porque te dejaste llevar por tu otro yo, supongo. El caso es que aquí estamos, de nuevo con las riendas. El motivo es distinto, pero el resultado es el mismo.

—Es un punto de vista interesante, Nijimura-san —Akashi se balanceó un poco y, quizás fracasando adrede, no fue capaz de llegar tan alto como antes—. Puede que sí que necesite tu ayuda pese a todo.

Nijimura bajó de un salto —en el que casi perdió el equilibrio y sí, Akashi estaba conteniendo la risa— y se colocó detrás de Akashi, pensándose dónde poner las manos como si fuese un mimo en plena acción y no ayudando a otra persona a columpiarse.

—Deja de reírte o te quedas sin balanceo.

—Oh, ¿acaso me estoy riendo?

Lo dijo tan serio que podía sonar sincero a oídos de un desconocido, pero Nijimura era más receptivo que una antena parabólica y supo que era una trola de las grandes, gordas y fétidas. Así que se plantó frente a Akashi, que tenía los labios temblorosos —¡lo sabía!— y le pellizcó la frente porque se lo merecía.

Ahora sí, Nijimura volvió a su sitio y le dio el empujón de marras a Akashi. Su espalda estaba calentita, casi tanto como las mejillas de Nijimura.

Estaba tan perdido en su momento con Akashi —no era la situación más romántica de su vida, pero estaba con Akashi y eso era lo importante— que tardó en reaccionar ante el bip bip frenético del teléfono móvil. Mierda. Su padre. Las pruebas del análisis.

Se apartó con cuidado de los columpios y soltó lo que en aquel momento sonó como el último suspiro de su vida. No sería de extrañar que Akashi estuviese dejando de mecerse y que ahora, mientras Nijimura oía la sintonía reverberando en cada recoveco de su cuerpo, le estuviese mirando sin saber qué hacer.

—¿Hola? —la voz de Nijimura sonó firme, aunque su cuerpo estuviese tembloroso.

Era su madre, claro que era su madre. Entre lágrimas y palabras entrecortadas le leyó como pudo los resultados del análisis.

Nijimura perdió la fuerza en las piernas, pero no cayó.

¿Cómo iba a caer, si acababa de descubrir que su padre estaba mejor? Esa sí que era una victoria en toda regla. Y eso que le habían dicho en Estados Unidos que ya no había esperanzas posibles. ¡Ja, la familia Nijimura al completo se iba a reír en sus caras!

Nijimura era consciente de que, en el fondo, eso no significaba que su padre hubiese superado por completo su enfermedad. ¡Ya querría él! Pero era un paso de gigante.

Cómo quería correr y abrazar a su madre por ser tan fuerte, a su padre y su resistencia de toro bravo, a sus hermanitos una y mil veces. Así, con los nervios a flor de piel, cualquiera que lo viese se pensaría que estaba loco de atar.

Nijimura se dio media vuelta para darse cuenta de que el paisaje estaba un poco más borroso de lo normal. Lo único que distinguía bien era una mancha roja que se acercaba a paso lento.

—Akashi… Mi padre…

—Enhorabuena, Nijimura-san. Lo digo de todo corazón: enhorabuena —le regaló la sonrisa más bonita que Nijimura había visto jamás en él—. Espero que esta sea la primera de una infinidad de buenas noticias.

Tras cada palabra formal de Akashi, se escondía una sinceridad difícil de negar. ¡Claro que se alegraba por Nijimura! No debía de querer que nadie más viviese lo mismo que él con su madre.

Nijimura quería decirle tantísimas cosas, pero no era la mitad de elocuente que él. Akashi fijo que tenía la frase adecuada para darle las gracias, para decirle que le quería, para desearle la mejor suerte del mundo en su vida. Que Nijimura no tuviese ese don solo le impulsaba a hablar por medio de acciones.

Acciones como, por ejemplo, abrazar a Akashi con la intención de no soltarlo nunca. Jamás de los jamases. Supo que era un buen plan cuando notó los brazos de Akashi a su alrededor, pegando aún más sus cuerpos.

La euforia de la recuperación lenta, pero segura de su padre, sumada al calor del abrazo del chico que le gustaba auguraban que el corazón de Nijimura explotase de un momento a otro. Y no estaba él para esos trotes, no. Ya suficientes problemas cardiovasculares había en la familia para que ahora hubiese otro caso más.

Akashi debía de estarse riendo para sus adentros al sentir las patadas karatekas del corazón de Nijimura rebotando contra su pecho.

—Vale, ya está. Olvida que esto ha pasado y dime qué quieres hacer ahora —espetó Nijimura con vergüenza, siendo lo suficiente cauto como para deshacer el abrazo y demasiado estúpido para no darse cuenta de que se estaban dando la mano.

—Pues… —Akashi echó un vistazo a sus manos entrelazadas y sonrió con autosuficiencia— Me gustaría volver a jugar al baloncesto contigo, Nijimura-san.

—Eso la próxima vez, que ahora no tenemos balón. ¿Otra idea más?

—"La próxima vez" —la sonrisita satisfecha de Akashi no hacía más que crecer, en sintonía con la vergüenza de Nijimura—Me halaga saber que estoy presente en tus planes. Está bien, podemos ir a celebrar la salud de tu padre con comida rápida.

—Oye, deja de meterte conmigo —frunció los labios—. Te prometo que jugaremos al baloncesto, ¿vale? Para que sea algo más igualado, podemos llamar al resto de los mocosos.

—Trato hecho. Convendría sellar esta promesa como es debido.

En la enciclopedia mental de Nijimura, que cabe destacar que no era muy amplia, sellar un trato implicaba algo así como estrechar las manos. Como los ejecutivos y demás peces gordos. Para Akashi, sin embargo, lo ideal era darse un piquito en los labios.

Provocación en toda regla, típico del estilo de Akashi.

Nijimura no se iba a quejar, ¿eh?


—¡SHUUUUZOU!

Los gritos de su hermano nada más llegar a casa fueron la mejor bienvenida que podría haber deseado. Nijimura se dejó abrazar, sin oponer resistencia: era otro momento donde las palabras sobraban.

—Lo sabes, ¿no? ¡Papá está mejor!

—Debió de enterarse de que sacaste un 8 en Naturales, ¿eh? Así cualquiera se pone mejor.

El pobre mocoso creyó parte de la mentirijilla de Nijimura y sonrió como si le fuera la vida en ello. Mejor verlo así que disgustado, de eso no cabía duda.

Cuando la sonrisa de su hermano se volvió un pelín más socarrona, Nijimura supo el tipo de comentario que le iba a caer de un momento a otro.

—Shuuzou, hueles a colonia de señor viejo y millonario.

—Te voy a dar tal patada que el que va a estar en el hospital no será papá, sino tú —ladró Nijimura dándole un capón a su hermano pequeño.

Aun así, con violencia gratuita incluida, Nijimura no podía negar que se sentía pletórico de alegría. Feliz. Ya solo le quedaba mandar un mensaje a cierta persona para completar un día que le había salido redondo.


Ya ni hacía falta preguntarse por qué el objeto de la suerte de Midorima era una foto de Kise. Mejor no saberlo.

—Mi objeto de la suerte de hoy es la imagen de alguien que me saque de quicio. Senpai, ya que eres Cáncer como yo, te permito tocarla.

Menos mal que nadie le preguntó. Kise, como no podía ser de otra manera, se puso a protestar, Aomine se rió de él y Kuroko asentía a todo con vehemencia. También había un grandullón pelirrojo con cejas raras que intentaba contener la risa. ¿Que qué pintaba ese tiparraco ahí? Ni idea.

—Pobre Ki-chan… —sonrió Momoi— Por cierto, Nijimura-senpai, Mukkun no va a poder venir al final.

—Vive en Akita, ¿no? No creo que le apetezca bajar hasta aquí cada semana.

"Igual que Tatsuya", pensó Nijimura con una mueca de pato. El mundo era un pañuelo, sí, pero ya sería difícil que esos dos se conociesen, ¿no? Sabiendo cómo era la naturaleza de Tatsuya, no le extrañaría que hubiese convertido a Murasakibara en un macarra de barrio.

¿Que por qué Nijimura estaba haciendo hipótesis sobre la vida de dos personas que seguramente no se conocían? Seguramente era por haber compartido más de dos palabras con Midorima, que contagiaba su rareza.

—Ya, qué pena… Y, bueno, intenté contactar con Haizaki-kun, pero… —agachó la cabecita con tristeza— no da su brazo a torcer. Supongo que aún no está listo, aunque creo que si hablases tú con él, podría cambiar de opinión.

—Claro que cambiaría de opinión —Nijimura chasqueó la lengua—. Si eso es lo que quiere, que vaya a por él y lo arrastre.

No iba a consentir que Haizaki se escabullese de estas minirreuniones porque sí, y menos aún cuando Kise le contó que Haizaki ahora se había convertido en un rastas. Nijimura tenía que verlo con sus propios ojos y reírse de él las veces que hiciesen falta.

—Entonces solo falta Akashi, ¿no? —preguntó Aomine con poco interés— Qué raro, llegando tarde.

—Tú no hables, que de no ser por mí, tú aún estarías en pijama.

—¿Pero qué dices, tonta? No inventes, que fui yo el que te dio prisa porque tú no sabías qué ponerte para seducir a Tetsu.

—¡¿Cómo?! ¡Tetsu-kun, no le hagas caso! ¡Se lo está inventando todo!

Nijimura ya echaba de menos las peleas constantes entre Aomine y Momoi, por no mencionar el bullying gratuito hacia Kise, que le susurraba algo al oído a Kuroko mientras señalaba hacia delante. Nijimura, pese a saber de qué —o de quién— se trataba, se volvió de todos modos.

—¡PERDÓN POR LLEGAR TARDE! Uff, es que no encontraba dónde dejar la bici. Qué caos.

—¿O-Ogiwara-kun?

—Pero bueno, Ogiwara, reserva tus energías para el partido.

Ogiwara miró a Kuroko, Kuroko miró a Ogiwara, Kise y Aomine miraron a Nijimura, Midorima miró a Momoi, Momoi sonrió porque lo sabía todo aunque nadie le hubiese contado nada.

Nijimura se vio obligado a explicar que sí, que conocía a Ogiwara y que fui el capitán de Teikou, tío, así que deja de poner esa cara de membrillo. Salvo Aomine y Midorima, que estaban un poco incómodos por tener que compartir cancha con un tipo al que apenas conocían (y al que, al parecer, le habían dado una paliza de campeonato), los demás parecieron contentos como unas castañuelas. Sobre todo Kuroko.

Esa era la forma que tenía Nijimura de pedirle perdón por haberle ignorado en Teikou, cuando le avisó de los cambios que se estaban gestando dentro del equipo. Prefirió no imaginarse lo mucho que tuvo que sufrir el pobre mocoso por aquel entonces, pero aun así lo hizo. Y se sintió culpable.

Así que verlo tan feliz con sus amigos no tenía precio.

Ya solo faltaba El Tardón con mayúsculas; Akashi Seijuurou. Si aquel día estaban ahí jugando al baloncesto, era porque Nijimura tenía que cumplir su promesa.

—Veo que ya estáis todos reunidos. Bien. Lamento el retraso.

Hablando del rey de Roma.

—No hables como si lo hubieses organizado tú todo, Akashi —Nijimura se acercó a Akashi con una sonrisa burlona.

Sabía que los demás mocosos estaban impacientes por ver cómo le daba un golpe en la cabeza a Akashi, pero no les concedió el placer. Lo peor era que Akashi sabía que Nijimura se estaba conteniendo, así que se sintió poderoso y con la capacidad de pavonearse a su antojo. Normal: había amansado a una mala bestia.

(Momoi, Kuroko y Kise cuchicheaban algo entre risitas ahogadas, para que fuese aún todo más evidente)

—Mm, hola —saludó Ogiwara con vergüenza—. Se ve que ya somos dos los que llegamos tarde, ¿eh?

Akashi se quedó tenso un momento —parecía un gato ante el peligro— y Nijimura se vio obligado a darle una palmadita en la espalda, haciéndole un gesto con la barbilla para que reaccionase.

—Buenas tardes —Akashi se quedó en silencio, pensando qué decir. Kuroko lo miró preocupado—. Espero poder estar a la altura como rival.

Momoi le tuvo que dar un codazo a Aomine, al que se le escapó una risita porque es gracioso que Akashi, que es bajito, diga eso (Kise, que tampoco era muy brillante, se reía también).

Ogiwara sonrió aliviado.

—¡Eso ni lo dudes! Tienes que saber que he mejorado un montón, ¿eh? Sobre todo desde que juego con Nijimura-senpai.

—¿Qué? Pero si yo no he hecho nada.

—No me podría esperar menos de Nijimura-san —dijo Akashi con orgullo—. Estoy convencido de que será un partido interesante.

—Que te digo que yo no he hecho nada.

—Eso es algo que siempre dices, pero creo que todos los aquí presentes sabemos que eso no es del todo cierto, ¿no es así, chicos?

Todos los mocosos, incluido Ogiwara, se quedaron sonriendo como pánfilos mientras contemplaban el sonrojo ridículo de Nijimura. Vaya. El más tonto de todos, Akashi, lo miraba con un brillo especial en sus ojos.

—¡Vale, basta de cháchara y sentimentalismos! Hemos venido a jugar, ¿no?

—Nunca me esperé que Nijimura-senpai fuese una persona tan tímida.

Akashi tuvo la osadía de dedicarle a Kuroko una sonrisa de ay, si yo te contase.

—¡Yo me pido ir con Kurokocchi!

—Yo no quiero ir con Kise-kun.

—¡Kuroko, tus amigos y tú sois la monda! —Ogiwara se empezó a desternillar él solito.

Mientras, el alto de las cejas deformes y Aomine estaban a grito pelado discutiendo a saber qué estupidez relacionada con la luz. Para pocas luces, ellos. Kise se sacaba una selfie con Midorima porque "así su suerte incrementaría un 34%" (que, según Midorima, eso era una vil mentira que Kise acababa de inventarse) y Momoi sonsacaba información a Ogiwara sobre la infancia de Kuroko.

Habían pasado varios años, pero todo parecía igual que siempre. Curioso, teniendo en cuenta todos los cambios que vivieron todos y cada uno de ellos con el tiempo. ¡Si ni siquiera estaban todos! Por no mencionar que el tal Kagami y Ogiwara eran los nuevos miembros de la familia y que Haizaki estaba en paradero desconocido. Murasakibara, por otra parte, estaría en algún lugar de Akita cebándose con chucherías.

—Qué recuerdos —murmuró Akashi, al lado de Nijimura. Otra escena que habían vivido infinidad de veces: el caos reinando ante sus narices y él tan contento.

—Hay cosas que nunca cambian, por lo que veo.

—Desde luego —Akashi sonrió—. Y sin ánimo de querer sonar como Kise, me gustaría ir en el mismo equipo que tú. Querría recordarte que sellamos un trato.

Lo que Akashi llamaba trato, en la mente de Nijimura era un besito simple que le supo a gloria. Bien pensado, no le importaría firmar más y más tratos siguiendo el método de Akashi.

—Lo que tú digas, capitán Akashi.

—Considero conveniente que, al menos hoy, ostentes tú ese cargo, capitán Nijimura.

Es que Akashi iba provocando y se pensaba que Nijimura era de piedra. O no. Sabía que la carne era débil y por eso se comportaba así, con esos contoneos ligeros y esa voz sugerente. Todo el amor inocente que acaloraba el pecho del Nijimura de secundaría se estaba transformando en algo más profundo e íntimo, pero también más animal. Que alguien le dijese a Akashi los efectos que causaba en el cuerpo de los demás y lo detuviese de una vez por todas.

Por si fuera poco, el único que estaba un poco pendiente de la conversación entre Akashi y Nijimura no era otro sino Midorima, que estaba rojo como un tomate y tenía pinta de no saber dónde meterse. Esa era la señal suficiente para deducir que sí, estaban dando vergüenza ajena con su flirteo descarado.

—Pff, lo importante es que juguemos juntos, ¿no? Da igual quién sea capitán.

—Estoy de acuerdo contigo, aunque he de reconocer que me sorprenden tus palabras. El capitán Nijimura que yo conocía primaba la victoria sobre todas las cosas.

—El capitán Nijimura que conocías tenía trece años —Nijimura puso una mueca que casi rompió la fachada seria de Akashi—. ¿Sabes? Llevo años, lo que se dice años, sin jugar a un partido en condiciones, y más aún con vosotros. ¿Que si me gustaría darle una paliza a Aomine? Claro que sí, pero no he venido para eso. Lo que quiero es pasar un buen rato junto a ti. Con todos vosotros, digo.

—Ya veo. Me pregunto qué tipo de razonamiento te ha llevado a llegar hasta tal conclusión.

La realidad, ni más ni menos. Pasar de tenerlo todo —un equipo, victoria, salud de hierro— a no tener nada. Fue con la experiencia que Nijimura aprendió a valorar lo verdaderamente importante y aceptar que, aunque ganar era gratificante, más lo era disfrutar de un buen partido sin inquietudes de por medio y dejarse llevar por la adrenalina.

Esperaba que Kuroko no le pudiese leer la mente, porque seguramente estaría orgullosísimo de él.

—Si tú supieras —dijo Nijimura con media sonrisa—. Oye, y deja de desmotivarme, que estoy aquí para jugar.

—Oh, no puedo consentir que eso suceda. Veamos: si perdemos, seré yo quien te dé un toque en la frente —Akashi se frotó la frente con cuidado—. Aún conservo la marca del otro día.

Nijimura le apartó el flequillo con los dedos y vio de primera mano el minichichón de Akashi. Se lo acarició con el dedo pulgar y, a saber por qué, debió de darle cosquillas a Akashi. Qué chico más raro.

—Vale, me parece justo. Pero espero que no intentes perder adrede, que ya te veo venir.

—Puede que mi visión sobre la victoria haya cambiado en estos últimos tiempos, pero bajo ningún concepto buscaría la derrota. Sobre todo porque eso sería una falta de respeto hacia el contrincante, ¿no crees?

Ambos miraron a Ogiwara, que seguía haciendo el ganso con Kuroko y Momoi como si con él no fuese la cosa. Nijimura nunca había jugado contra él en un partido serio, pero estaba convencido de que era un oponente ideal. Ya las ganas que ponía en cada uno contra uno con Nijimura eran increíbles, casi dignas de elogio. Adoraba el baloncesto, igual que cualquiera de los demás mocosos, y solo por eso se merecía un partido que fuese imposible de olvidar. Nijimura sonrió satisfecho. Akashi también había madurado tantísimo en tan poco tiempo que era difícil no sentir admiración por él.

—Pues mira, te tengo que dar la razón. ¿Y si ganamos qué?

—Si ganamos… Ya veremos qué sucederá. No creo que sea algo que podamos discutir a merced de oídos indiscretos.

—Dilo claro: estás hablando de Midorima.

—¡No os estoy espiando!

Tanto Nijimura como Akashi se rieron, sin importarles mucho que Midorima estuviese refunfuñando él solo o que Momoi, una vez más, los mirase con cara de saberlo todo. Nijimura no se iba a emperrar en negar algo tan evidente como que estaba coladito por Akashi Seijuurou. Eso podría haberlo hecho con catorce años, ¿pero ahora? ¿Merecía la pena no ser sincero?

Eso sí, tampoco se veía tan confiado como para confesarle a Akashi esas Dos Palabras Mágicas. Aún faltaba para eso, aunque Akashi estuviese luchando contra viento y marea para sonsacárselas y hacerle quedar en ridículo. Claro que estaba tratando con Nijimura Shuuzou, el que hablaba más con acciones que con palabras. Quería a Akashi, Akashi lo quería a él y, ¿lo mejor? Que los dos lo sabían. Si ganaban el partido —no sería fácil, teniendo a Midorima, Aomine, Kuroko y Kagami como oponentes—, Nijimura se dejaría llevar y le daría un beso de película delante de todos. Alguno habría por ahí que se sorprendería (Aomine), pero Akashi ya estaría más que preparado. No por nada podía leer a Nijimura como un libro abierto.

Por otra parte, si perdían… pues nada, ¡a exigir la revancha! Una, dos, o las que fuesen. Podrían ser cien derrotas, que para Nijimura no serían más que cien batallas donde disfrutó a lo grande. Además, así ya tendría excusa para volverse a reunir con sus mocosillos, esa gente que sacaba lo mejor de él. Sí señor, si había algo prometedor —tal y como aprendió Nijimura Shuuzou en aquel momento— era el futuro.