Estupidez
Si de algo tenía la seguridad era que Eren Jeager era un pelmazo. Sí, definitivamente un verdadero idiota.
Se daba cuenta de eso a diario, y no solo cuando, en sus días como novatos en el cuartel de entrenamiento Eren soltaba sus típicas peroratas sobre matar titanes con sus propias manos y ver las maravillas ocultas del mundo exterior que a Jean le sonaban como absurdas letanías, pues lo que él pretendía era vivir en la paz y seguridad que le brindarían las hermosas paredes del Sina Wall. Sin mencionar sus recurrentes peleas en el comedor que le hacían quedar de vez en cuando como un perdedor.
Sin embargo, eso no quitaba lo esencial: Eren era un idiota.
Apretó la mandíbula y apartó la vista del improvisado camastro de emergencia preparado para Mikasa, que yacía recostada inconsciente.
Habían pasado demasiadas cosas en su última excursión fuera de las murallas, ya como parte de la legión de reconocimiento. Mikasa se veía en calma, casi como la veía a diario en su aparente e inmutable estado de serenidad, pero sabía que era distinto. No estaba en calma por que quisiera, o porque no hubiese nada de qué preocuparse. Mikasa estaba inconsciente. Había resultado gravemente herida después de la batalla en que fue atrapada por un titán: varias costillas destrozadas, rasguños y moretones por todo el cuerpo y un severo golpe en la cabeza.
Llevaba poco más de dos días inconsciente, y durante todo ese tiempo su habitación nunca estuvo vacía, ya que si no estaba Eren o Armin, él mismo se ocupaba de hacerle compañía.
Se dedicaba a mirarla dormir y veía cómo su pecho subía y bajaba con el compás de su respiración apacible. A veces pensaba que parecía un loco pervertido, pero luego recordaba la situación y su nerviosismo se convertía en frustración y rabia dirigidas hacia un solo sujeto: Eren Jeager.
-¡Idiota!-le insultó. Se lo había topado mientras salía de la habitación de Mikasa.
-¿Cuál es tu problema, Jean?-trató de hacerse espacio para pasar por la puerta y no hacer un espectáculo embarazoso frente a la habitación donde Mikasa intentaba recuperarse.
-Esto es tú culpa, Eren. Si supieras cuidarte solo y cuidaras tu sucia boca, tu adorada Mikasa no habría sido atacada y yo no habría tenido que salvarla-luchó por mantener sus lágrimas a raya.
-Jean…-trató de calmarlo, pero no supo qué decir. Por mucho que detestara admitirlo, sabía que su compañero tenía razón. Bajó la cabeza, frustrado y avergonzado.
-A ti deberían cortarte la lengua, así aprenderías a pensar mejor las estupideces que sueltas por la boca- y se marchó, dejando a un muy molesto y frustrado Eren frente a la puerta de su hermanastra.
Eren era un idiota, el más grande de todos, y eso –lamentablemente- no lo iba a poder cambiar nadie. Ni a base de súplicas, como lo haría Armin, ni a base de golpes, como lo haría él mismo.
Lo único que le quedaba era aguardar que su adorada Mikasa despertara: entonces, y sólo entonces, pensaría en no cortarle la nuca a Eren, como se lo merecería cualquier titán. Pues él era un idiota, y sobre todo, era el idiota por el que Mikasa daría la vida, y él era incapaz de valorarlo. Y eso lo hacía un millón de veces más idiota.
