Locura

Levi se volvía loco. Se dedicaba a mirar por todos lados y a donde quiera que mirara, ella aparecía. Y realmente lo estaba convirtiendo en un loco desquiciado. Y es que en lo único en lo que lograba concentrarse era en Mikasa.

Porque, según él, Mikasa Ackerman era perfecta. Era limpia, un excelente soldado, disciplinada y –casi- tan fuerte como él. Y es por eso que la chica se merecía recuperar la especie con el hombre más fuerte de la humanidad. Y como si ella ya lo supiera y deseara volverlo más loco aún, se dedicó a pasearse por sus pensamientos desde el día en que decidió enlistarse en la Legión de Reconocimiento.

La observaba durante el día y la imaginaba por las noches, y en todas esas ocasiones Mikasa seguía siendo perfecta. Sólo había una única cosa que le desagradaba de ella: Eren.

Era como una sombra. No sabía, ni tampoco le interesaba saber qué tipo de relación tenía con él –eso ya se lo había dicho- pero donde sea que estuviese él, estaba ella, por accesión. Y eso muchas veces obstaba a su desempeño como soldado, en su disciplina y en su buen juicio.

Eren se había convertido en un dolor en el trasero, y como Mikasa siempre estaba pendiente de él, no podía desquitarse a gusto, pues desde aquella vez en el tribunal, ella lo miraba como si fuese a asesinarlo si se atrevía a tocar al chico. Como si fuera un Titán, lo que en realidad era curioso, pues el titán en realidad era Eren y su trabajo era acabar con los titanes.

No le quedaba otra que mantener su distancia y conformarse con admirar desde lejos los pliegues de sus bonitos pantalones blancos o los botones de su perfectamente planchada camisa. Le encantaba cómo le quedaba su pulcro e impecable uniforme, casi tanto como le enfermaba la bufanda roja.

-Jean, concéntrate en tu oponente- le dijo al pasar por entremedio de las parejas de combate, justo antes que lo derribaran.

Jean también miraba a Mikasa, lo sabía. Era claro como el agua, y es que Mikasa no pasaba desapercibida a donde fuera que estuviese. Se debía a sus rasgos, su cabello negro y su esbelta y distinguida figura. Y a su manera de combatir, por supuesto.

Apretó la mandíbula. Lo único que lograba pensar era en ella en su cama, luchando con similar avidez a como lo haría en una pelea cuerpo a cuerpo. Porque eso era lo que lo volvía loco de Mikasa: que era absolutamente indomable. No reconocía autoridad ni instrucción lo suficientemente alta como para querer obedecer, salvo por una asquerosa excepción: Eren. Eren, siempre Eren. Nuevamente él se convertía en la piedra de su zapato.

Gruñó.

Eren era el único que lograba amansar a la indómita Mikasa. Con una sola mirada lograba que la chica corriera bajo su ala como un cachorro y se sumiera a sus deseos. Ni si quiera él, que era su superior, conseguía que ella acatara sus órdenes sin que quitara esa mirada fría y desafiante tan propia de ella, que Levi deseaba ardientemente con quitar.

-¡Eren! Ven aquí inmediatamente- le ordenó. Necesitaba desahogarse. Y quién mejor que la causa de sus dolores de cabeza. Y de paso, siempre podía ver cómo reaccionaba Mikasa.

-S-sí, señor-acudió, solícito.

Se fijó en cómo Mikasa detenía su lucha contra Sasha y miraba en dirección a donde se encontraba su hermano, frente a Levi. Armin también se volteó, preocupado, mientras que Jean parecía divertido. Mikasa también le miraba. Le advertía con la mirada: Cuidado con lo que haces parecía que le decían sus ojos, casi como si pudieran hablar.

La pelea duró pocos instantes. Eren intentó defenderse, pero la fuerza y brutalidad del capitán, sumado al enorme temor reverencial que el chico le tenía, impidieron que tuviera la más mínima oportunidad real de oponerse a su superior. Eren quedó tumbado boca abajo con el pie de Levi sobre la cabeza, quien nunca perdía oportunidad para humillarlo.

Mikasa se abalanzó sobre él, en un intento furioso por hacer que le dejara tranquilo. Levi se retiró y tomó a la chica del brazo para detenerla. Ambos se detuvieron, sosteniendo sus brazos, inmóviles, desafiantes. Levi la miró con sus ojos casi tan inexpresivos como los de ella. La acercó un poco hacia sí y muy lenta y claramente le dijo:

-Cuidado con lo que haces- tal como pensó haberlo leído en sus ojos anteriormente. Luego la soltó y se retiró con un bufido.

Ella permaneció quieta, sorprendida e increíblemente irritada. Luego recordó a Eren y acudió en su ayuda junto a Armin, bajo la mirada contrariada de Jean, quien no podía creer a lo que estaba dispuesta la chica por el parásito de Eren.

Estaba convencido, y es que se estaba volviendo loco de la desesperación. Loco de la ansiedad por ella. Por ese soldado que se empeñaba en desafiarlo con la mirada. En arrebatarle su perfecta blusa y pelear con ella cuerpo a cuerpo sobre su cama, pues ella era la indicada.

Por más que la observara, la admirada e imaginara, siempre llegaba a la misma conclusión: Mikasa era perfecta. Y necesitaba de esa perfección, pues ella sería la persona con la que él recuperaría la especie. Porque una vez cerrados los muros y reconquistado María Wall, había que emprender el repoblamiento de los muros. Y pensándolo fría y lógicamente, quién mejor para perpetuar la especie, que los dos soldados más fuertes de toda la humanidad.