Pesadillas

Mikasa era fuerte. La más fuerte de la humanidad, de hecho. Ella no tenía debilidad alguna. O eso es lo que ella dejaba entrever tras su antiquísima bufanda roja y la cortina impenetrable que era su cabello negro.

El hecho de que Mikasa no dejara que el resto viese en su interior no significaba que estuviese vacía por dentro. Y es que Mikasa tal vez tenía demasiado en su corazón. Porque Mikasa sí tenía debilidades, o más bien sólo un par, pero casa una de gran tamaño. Eren, por ejemplo, era tal vez su mayor y más grande debilidad, y todo el mundo lo sospechaba. No era un secreto para nadie que Eren era el alfa y omega de los pensamientos de la chica.

Sin embargo, había otras cosas que atormentaban al soldado más fuerte de la humanidad, pues había noches en que ella se removía inquieta en su cama y despertaba presa del pánico que le provocaba. Y es que Mikasa Ackerman tenía pesadillas. Así es. Desde su infancia que las pesadillas de Mikasa la despertaban en mitad de la noche con aterradoras imágenes y sensaciones que la hacían sollozar de la impotencia y el miedo.

Es aquellas ocasiones, cuando aún era una niña pequeña que acababa de perder a sus padres

Despertaba con el sudor frío y una expresión de horror en el rostro. Eren se sorprendió con el sonido que hizo ella despertar de golpe y la vio ahí, sentada en su cama con una horrible expresión y un ligero temblor en los hombros.

-Mikasa-le llamó la atención el niño-¿tuviste una pesadilla?-ella le miró a través de la bufanda roja que él le acababa de dar. Asintió tímidamente-ven aquí. Puedes dormir conmigo si quieres, para que no tengas miedo.

Ella, gustosa, corrió junto a la cama de su nuevo hermano y se hundió entre el calor y la protección que de brindaban las sábanas de la cama de Eren. Él la miraba a los ojos, serio, e invocando a su madre, pues ella ya le había insistido innumerables veces que debía de cuidar a Mikasa, como buen hombre que era, le dijo:

-Nada te pasará mientras estés aquí; esas feas pesadillas no te asustarán más-dijo casi en un susurro. No quería que le escucharan decirlo, aunque sabía que eso era imposible pues todo en casa dormían, incluido él hasta hace unos momentos atrás.

Y así fue con el pasar de los años. Cada vez que Mikasa no podía dormir por culpa de un mal sueño, Eren le da la bienvenida junto a él en su cama, y ella se acurrucaba en su pecho, donde podía, por fin, conciliar el sueño.

Dicha costumbre cesó una vez enlistados en el ejército, ya que si bien seguían siendo unos niños, ya no podían permitirse niñerías-sumado a que las habitaciones de los chicos estaban separados de las de las chicas-. Mikasa había dejado de temerle –o al menos ya no lo manifestaba- a sus pesadillas durante su período de entrenamiento como recluta.

No obstante, las cosas cambiaron una vez que se incorporaron a la Tropa de Reconocimiento. Las pesadillas habían vuelto en gloria y majestad, ahora más atroces y más vividas que en su infancia, llenas de recuerdos, de compañeros caídos y delirios de muerte, miedo y desesperación.

No podía reconocerlo. Ella era el soldado más fuerte de la humanidad. No podía enseñar sus debilidades a la gente, pues significaría que sus esperanzas estaban puestas en terreno movedizo, en una falsa promesa destinada a romperse. Estaba condenada a ser una super humana, sin miedos, sin debilidades. Debía ser fuerte.

Se incorporó acalorada, temblorosa y agitada, cubierta de un sudor frío de muerte. Las horribles visiones que acababa de tener en sueños la hizo despertad paralizada y desorientada. Las imágenes se repetían una y otra vez en su mente, y en ellas, recordaba la escena del titán que devoraba a Carla, sin embargo, entre las manos del titán estaba Eren. Su Eren. Y ella no era capaz de salvarlo, así como tampoco lo fue con Carla, mientras que otro titán hacía lo propio con ella. Siempre despertaba ante la terrible sensación de ser comida.

Una lágrima fina recorrió su mejilla.

-Mikasa-se sobresaltó. Miró a su lado, en dirección a la voz que le había llamado. Eren estaba ahí.

-Eren… ¿qué…?-trató de preguntar. No recordaba las últimas horas de su vida. Sintió un punzante dolor de cabeza y se llevó las manos al sitio adolorido y descubrió allí unos gruesos vendajes en él-¿qué sucedió?

-Mikasa, con calma-se apresuró Eren, intentando que la chica se tranquilizara-saliste herida en la última batalla. Fuiste golpeada por un titán y...-agachó la cabeza al no ser capaz de finalizar la frase-lo siento.

Ella pareció alarmada. ¿Eren estaba bien? ¿No estaba lastimado? El recuerdo de su pesadilla volvía a su cabeza y hacía que le doliera horrores. Se llevó las manos a la cabeza nuevamente y sus ojos quisieron desahogarse ante ese miedo y frustración, drenando el terror que pasaba por su mente.

-Mikasa, estás llorando-observó, angustiado-¿Te duele? ¿Te encuentras bien?- ella negó con la cabeza.

-Tan solo tuve un mal sueño-murmuró, intentando no preocupar a su hermano.

Ella se sorprendió de lo que hizo Eren entonces: levantó las sábanas y se metió a la cama con ella, ofreciéndole su brazo como almohada, para que ella pudiese cobijarse en su pecho, como cuando eran niños. La rodeó con el otro brazo en un intento de lo que sería un abrazo –tosco, como él mismo-, o quizás de brindarle alguna sensación de seguridad.

-Aquí nada te pasará. Esas feas pesadillas no te molestarán más- le dijo con seriedad, como lo habría hecho alguna vez cuando niños.

Y con esa tranquilidad, Mikasa se durmió entre los brazos de su hermano, que si bien nunca había podido cumplir con su rol de hermano mayor y protector que su madre siempre trató de inculcarle, sí podía defender a su hermana, que había resultado ser el ser más fuerte de la humanidad, de su peor debilidad, lo que la aquejaba durante las noches; las pesadillas.


No es de lo mejorcito que he hecho, pero me gustó bastante el resultado una vez que le agregué un par de cosillas.

Me gusta mucho esta pareja cuando Eren deja de ser un imbécil y trata a Mikasa con cariño, aunque sea un cariño de hermano (que es ese que me gusta en esta "pareja"). En todo caso, creo que es una situación muy común, es decir, ¿quién no quiere sentirse protegido de las pesadillas? Hasta la pobre Mikasa tiene derecho.