Para que vean, esta vez no me tarde xDD Y es porque no me estoy leyendo nada esta vez T-T Se me acabaron los libros T.T En fin xDD Agradecimientos a:

BereLel: Gracias por comentar, aquí está el capitulo :3

YukiYukiHana: Que bueno que te gusto, aquí el capitulo tres, saludos ^^

Kotsuki Kurosaki: Bueno, pues ese secreto se sabrá mas adelante y a mí también me sorprendió como en pocos minutos le dijo todo a Rukia xDD Gracias por comentar. Nos leemos :3

miselkuchiki: Gracias qué bueno que te gusto ^^ Esa historia se sabrá mas adelante así que a esperar :3 Y esta vez no tarde, gracias por comentar.

Annie3: Cuantas cuentas tienes? –w- Como sea, espero te este gustando cómo va la historia x3 Y lamento lo de las adaptaciones, me da flojera a veces x3

Esta historia va dedicada a mi "Fiel neko lectora": Annie3. Espero te este gustando la adaptacion :3

Ahora sí:

DISCLAIMER: Ni Bleach, ni la historia de "Esperanzas Ocultas", me pertenecen, todos los personajes así como la historia original son propiedad de sus creadores, Heidi Rice y Tite Kubo. Yo solo los utilizo sin ánimo de lucro.

Espero disfruten de la lectura y nos leemos abajo :3


Capítulo Tres

–Miyako, no sé qué decir –Rukia se miraba al espejo, atónita, el vestido de satén en color bronce acariciando unas curvas que no creía poseer hasta cinco segundos antes–. Es casi como ir desnuda. No puedo entrar en la iglesia llevando esto… al sacerdote le daría un infarto.

Miyako soltó una carcajada.

–Al sacerdote no le dará un infarto, no te preocupes –replicó, inclinando a un lado la cabeza para observar su creación–. Pero puede que intente tontear contigo. Al fin y al cabo, es japonés.

–¡Tengo escote! –exclamó Rukia–. ¿Quién lo hubiera imaginado?

–Ya te dije que la ropa interior para profesionales del sexo servía de mucho –comentó Miyako, tan tranquila–. Estás sensacional, pero la cuestión es: ¿cómo te sientes tú? ¿Te gusta?

Rukia se dio una vueltecita frente al espejo para mirar el escote de la espalda. No se había puesto algo tan bonito en toda su vida… o tan revelador.

La media melena lisa, el brillo en los labios y el rímel en las pestañas hacían que sus facciones, que a ella siempre le habían parecido normales, pareciesen exóticas. Y su figura, normalmente oculta por varias capas de ropa, parecía esbelta con el vestido de satén en color bronce.

Miyako había hecho que se sintiera sexy por primera vez en su vida, ¿pero tendría valor para ponerse ese vestido? Cuando decidió sacar a pasear su feminidad no había pensado mostrarse tan liberada.

–Me siento como una persona diferente.

–¿Diferente para bien o para mal?

–Me da miedo, pero la verdad es que me encanta –le confesó Rukia por fin.

Miyako sonrió.

–Me alegro mucho. Y es lógico que te dé un poco de miedo, vas a hacer que la gente se caiga de espaldas. Pero recuerda: no puedes robarme toda la atención. Y no debes llorar o se te correrá el rímel y parecerás un mapache.

Rukia soltó una carcajada.

–No lloraré, no te preocupes.

Nunca se había sentido más joven y más alegre.


Rukia apretaba el ramo de flores mientras intentaba concentrarse en las palabras del sacerdote. Los ramos de lirios blancos perfumaban el aire de la iglesia mientras Miyako y Kaien pronunciaban sus votos matrimoniales con voz clara y el elaborado corpiño del vestido de novia brillaba bajo el sol que entraba por las vidrieras, dándole aspecto de princesa de cuento.

Rukia pasó la mano por la falda de su vestido y sonrió, contenta. Había dejado de creer en finales felices mucho tiempo atrás, pero estar allí, viendo a su mejor amiga dar el sí quiero, hacía que todo pareciese posible.

Miyako se había esforzado mucho para que su relación con Kaien funcionase y había encontrado al hombre de sus sueños. Pero, en su opinión, los hombres como Kaien eran muy raros y debía recordar eso para no emocionarse demasiado.

Rukia arrugó el ceño cuando la voz del sacerdote fue ahogada por un coro de toses, carraspeos y susurros. De repente, sintió que se le ponía la piel de gallina y tuvo la sensación de que alguien la miraba. Y cuando se arriesgó a mirar por encima de su hombro… su corazón se detuvo durante una décima de segundo.

Era él.

No, no podía ser, era imposible.

Parpadeó furiosamente, convencida de estar viendo visiones. Pero no era así. El hombre que había sido la estrella de demasiados sueños durante las dos últimas semanas acababa de entrar en la iglesia y estaba mirándola directamente.

–Kaien, es Ichigo. Ha venido –oyó que decía Miyako. El sacerdote carraspeó, molesto por la interrupción–. Sumimasen –se disculpó ella atropelladamente–. Un momento, por favor, ha llegado una persona muy importante –dijo luego, apretando la mano de Kaien–. Ven, tenemos que darle la bienvenida.

Rukia se quedó donde estaba, viendo cómo Miyako se levantaba el vestido de novia para bajar los escalones del altar y abrazar a Ichigo Kurosaki. Le pareció que él se ponía un poco tenso y, cuando por fin Miyako lo soltó, los dos hermanos se dieron la mano. No podía oír lo que decían, pero no se le escapó la postura rígida de Ichigo.

Mordiéndose los labios, Rukia vio que se acercaba a su banco. Pero no iba a dejar que la intimidase, pensó. Ella no era la cría ingenua e inexperta a la que había besado en el aeropuerto. Ahora era más fuerte, más sofisticada. O, al menos, lo parecía.

–No te vas a creer quién ha venido. Rukia, me parece que ya conoces al hermano de Kaien, Ichigo.

Se había cortado el pelo y el nuevo estilo, junto con un buen afeitado y el elegante traje gris, deberían darle un aspecto menos peligroso. Pero no era así.

–Hola otra vez, señor Kurosaki –lo saludó, a pesar de que las mariposas seguían dando vueltas en su estómago.

–Rukia, ¿verdad? El nombre de una diosa –dijo él, clavando en ella sus penetrantes ojos mieles–. Te pega mucho.

El sacerdote volvió a toser y Rukia lo miró, sorprendida porque había olvidado que estaban en medio de una ceremonia.

Se concentró en los novios, intentando olvidar al hombre que se había colocado a su lado. Sin embargo, le llegaba el aroma de su colonia…

¿Y qué estaba haciendo allí? ¿No era el mismo hombre que se había negado a acudir a la boda del hermano que decía no tener?

Después de unos minutos que le parecieron siglos, el sacerdote pronunció la frase: «Yo los declaro marido y mujer» y Kaien tomó a su esposa por la cintura para darle un beso de cine.

–Eso parece divertido –el provocativo susurro en su oído le produjo un escalofrío–. ¿Qué tal si probamos tú y yo?

Rukia se irguió todo lo que pudo. Ah, qué típico. Mientras Miyako había encontrado al hombre de sus sueños, ella era tentada por el mismo demonio.

–No, gracias –respondió–. Una vez es más que suficiente para mí.

Pero entonces, sin que pudiese evitarlo, sus ojos se clavaron en los labios de Ichigo Kurosaki.

–Una vez no es suficiente, Rukia –murmuró él, su nombre sonando como una caricia–, especialmente para ti y para mí.

Ella le dio la espalda, conteniendo el deseo de darle un golpe en la cabeza con el ramo. Parecía haber ido a la boda sólo para tomarle el pelo.

Kaien soltó a su esposa entonces y Miyako lo abrazó.

–Soy tan feliz que creo que voy a explotar –le dijo al oído.

–Te has casado con el mejor hombre del mundo. Y creo que casi te merece.

Kaien apretó la mano de su hermano.

–Me alegro de que hayas venido, Ichigo. Ha pasado mucho tiempo –le dijo, su voz llena de emoción–. Demasiado tiempo.

–Sí –dijo Ichigo, después de aclararse la garganta.

–¿Vas a venir al banquete? Miyako y yo queremos que conozcas a Daichi, nuestro hijo. Después de todo, eres su tío.

–Sí –asintió Ichigo. La respuesta sonaba apática.

Y Rukia reconocía ese tono porque era el mismo que había usado en el aeropuerto, cuando le dijo que no tenía ningún hermano.

–No sabes lo que esto significa para nosotros, Ichigo –intervino Miyako–. Lo único que importa ahora mismo es que estás aquí… y espero que hayas venido con apetito porque tenemos suficiente cocina japonesa como para dar de comer a un regimiento.

–Imagino que comeré algo –asintió él.

–Kaien y yo tenemos que saludar al resto de los invitados, así que te dejo en manos de Rukia, que es mi mejor amiga. Ella te presentará a todo el mundo.

«No, de eso nada».

Rukia la miró, horrorizada. Pero no era capaz de encontrar una excusa.

–No tengas miedo, no te va a morder –le dijo Miyako al oído–. O al menos, ahora mismo no.

Después de eso, Miyako y Kaien salieron de la iglesia como marido y mujer, seguidos del resto de los invitados.

Rukia no sabía qué hacer con las manos. Le encantaba el vestido que Miyako había hecho para ella, pero bajo la mirada de Ichigo se sentía desnuda.

–El lugar de la resección donde se celebra el banquete está a diez minutos de aquí –le dijo, después de aclararse la garganta–. Allí te presentaré a todo el mundo.

–No hace falta que me presentes a nadie. Y no sé cómo llegar a ese lugar, así que deberías ir conmigo. No querrás que me pierda, ¿verdad?

«No tendré esa suerte».

–No, por favor –respondió Rukia, sin embargo.

Ichigo rió, tomándola del brazo.

–Muy bien, cariño.

Ella se concentró en respirar y en no tropezar con los zapatos de tacón.

–No he comido nada en todo el día y estoy muerto de hambre –dijo Ichigo.

Y ella no pudo controlar un escalofrío. ¿Por qué tenía la impresión de que no era sólo el banquete de Miyako y Kaien lo que aquel hombre quería devorar?


En medio de un bosque de robles que parecían dorados a la luz del atardecer, apareció el castillo japonés, con sus torres engalanadas. Cuando el poderoso deportivo llegó a la entrada, desde la que se veía a los elegantes invitados servidos por un ejército de camareros, Rukia pensó, y no por primera vez, en príncipes, en princesas y en cuentos de hadas. Miyako y Kaien habían convertido su boda en algo mágico...

Pero ya estaba bien de pensar tonterías, se dijo.

No era apropiado en aquellas circunstancias.

Luego miró al hombre que tenía a su lado. En los veinte minutos que habían tardado en llegar, Ichigo había ido sorprendentemente callado. Probablemente porque se había visto rodeado de gente en cuanto Miyako y Kaien desaparecieron en el coche de los novios.

Sabía que era famoso, pero no sabía que lo fuese tanto. En realidad, rara vez iba al cine porque no tenía mucho tiempo libre y tampoco solía leer las revistas de cotilleos.

Pero lo que más la sorprendió fue su reacción. Ichigo se había mostrado paciente, simpático y hasta cariñoso con la gente que le pedía autógrafos. Y eso hizo que se preguntara qué había sido del hombre burlón y engreído al que había conocido en el aeropuerto.

Parecía haberse relajado cuando subieron al Porsche* alquilado, pero en cuanto el lugar de resección apareció en la distancia vio que apretaba el volante con fuerza, como preparándose para lo que lo esperaba.

¿Por qué habría decidido ir a la boda después de todo si sabía que iba a pasarlo mal?

–¿Crees que podrás caminar sobre la gravilla con esos zapatos? –le preguntó Ichigo.

Seguramente estaba acostumbrado a mujeres que podían correr una maratón en tacones, pero el comentario sonaba más divertido que desdeñoso.

–Creo que podré. Y si no, me quitaré los zapatos. Pero no puedes decírselo a Miyako.

–¿Por qué no?

–Porque los diseñó ella misma, igual que el vestido. Si me quito los zapatos, me acusará de haber arruinado el conjunto.

Ichigo la miró de arriba abajo y su pulso se aceleró de nuevo.

–Pues Miyako tiene mucho talento. Estás preciosa.

El brillo de sus ojos mieles hizo que Rukia se quedase sin respiración.

«Muy bien, guapa. Ahora vuelves a sentir como si estuvieras desnuda».


Que tal les pareció el capitulo? Espero que les haya gustado, en unas partes no me decidía si dejarla como esta en el libro o cambiarlas pero al final me decidí en cambiarlas, para que se entendiera como lo fui haciendo desde el inicio de la adaptación no se si me explico e.e Creo que no xDD

Por fin Ichigo llego a la boda y como siempre sacando de sus casillas a Rukia xDD

Que pasara en la resección? Que hará Rukia? O dejara que Ichigo la siga fastidiando? Para eso tendrán que esperar el siguiente capitulo ^^

Bueno, nos leemos la próxima semana. Jane!