Los olímpicos
Bueno, disculpen lo tarde, he estado mas que distraida con la universidad ultimamente, en fin... espero les guste
dejen sus comentarios, no sean malas... me gustaria saber si el fic les gusta a ustedes eh!
besos.
4-LEO
Como hijo de un Dios, Leo tendría que estar feliz de poder ver el Olimpo en todo su esplendor, sus muros de piedra blanca, enormes columnas de mármol, estatuas de cada héroe adornando esquina tras esquina.
Los sátiros iban y venían, dando suave melodías con sus flautas de pan y las ninfas pululaban a su alrededor, tejiendo cestas y hablando tranquilamente. Parecía que la guerra con Gea había sido olvidada por los habitantes de aquel ancestral monte, como si nunca hubiese sucedido.
Pero Leo no estaba feliz, no señor... Nada de eso.
Quizás la gente parecía tranquila y feliz, pero él era capaz de notar las miradas de todos cuando pasaba por las calles empinadas de camino a la reunión de los Dioses. Calipso iba a su lado, ninguno hablaba, no se tomaban de las manos como venían haciendo desde que ambos habían dejado Ogigia atrás, tampoco se miraban, pero caminaban hombro a hombro, rozando su piel, dándose apoyo silencioso.
¿Quien sabe que les esperaba una vez llegaran a su destino?
Hermes andaba delante de ellos, marcando el camino suponía Leo, tan seguro estaba que no intentarían huir - sería demasiado estúpido teniendo en cuenta que estarían huyendo de deidades omnipotentes y omnipresentes- que ni se molestaba en girar para asegurarse de que lo seguían, de vez en cuando les mostraba con su caduceo hacia donde cruzar o algo importante que mirar.
Unas cuantas calles atrás se había detenido para mostrar la estatua de un héroe en medio de una fuente, tenía unas extrañas zapatilla aladas, una espada de bronce celestial y armadura de guerra griega, la estatua era nueva, relucía a la luz del día. Su rostro parecía joven, quizás unos 22 años apenas, un rostro duro y serio, aunque sus ojos, de la misma piedra blanca, de alguna forma parecían alocados, como los del Dios. La única cosa que estaba un poco fuera de lugar en aquella imagen, era una cicatriz que corría el lado derecho de su rostro, naciendo justo bajo su ojo y terminando con un corte limpio casi en su barbilla. Aun así, el chico era guapo.
- Luke Castellán - Había dicho el Dios, mirando directamente el rostro del héroe- Un buen chico, que tomo malas decisiones… aun así nos salvo a todos.
Leo había escuchado ese nombre… Luke Castellán, el antiguo jefe de la cabaña 11, hijo del mismísimo Hermes, el chico que traiciono al Olimpo y ayudo al viejo Cronos a volver, el mismo que casi mata a Percy y Annabeth.
Ese chico no le gustaba ni un poquito.
- Por supuesto, justo antes de asesinarlos - había murmurado él, mirando con disgusto la estatua del chico, no podía creer que lo consideraran un héroe después de casi acabar con todo.
- El verdadero valor radica en saber interponer él bien y la paz, ante tu propio bienestar, Hijo de Hefesto, el sacrificio de un hombre puede salvar al mundo entero… y mi hijo lo sabía, él, a pesar de todo lo que hizo, fue un héroe y se le rendirá honor como tal - Leo permaneció en silencio, el Dios lo observo fijamente, retándolo en silencio a desafiar sus palabras, él no era tan estúpido como para hacerlo, claro.
Después de eso el Dios no se había molestado en mostrar nada mas, habían pasado una docena de estatuas que le devolvían la mirada, pero no se habían detenido a charlar otra vez y quizás era mejor así.
Aunque eso suponía llegar antes a su destino.
En la cúpula de aquel viejo y famoso edificio, donde los Dioses estaban reunidos, una tormenta parecía formarse.
- Vengan conmigo.
Leo deseaba decirle que no se preocupara, que ellos podían esperar ahí afuera sin ningún problema, sentarse en alguna escalinata o quizás comer algo de néctar en alguno de los toldos que habían dejado atrás. Pero por supuesto, no podía hacerlo. Eran ellos la razón de aquella dichosa reunión.
Sus pisadas resonaron en la sala, una enorme U de tronos lo rodeados, cada uno ocupado ya por su dueño, 14 en total, ocho enormes hombres y otras 6 no más pequeñas mujeres.
Leo habría deseado prestar más atención en las clases de mitología. Apenas y conocía a un par de aquellos Dioses.
Su padre lo miraba desde su trono de metal, parecía otra persona sin su braga de mecánico, su barba oscura estaba recortada y sus manos estaban más limpias que de costumbre, aunque Leo podría asegurar que aun tenía una que otra marca de grasa en ellas. Sus grandes dedos jugaban con una pieza de bronce, doblándola y desdoblándola como si de papel se tratara.
Justo en medio del salón, en el trono principal se encontraba el rey de los Dioses. Su pelo era negro como el ébano, pero sus ojos eran azules brillantes, como una tormenta en el océano, casi parecía los rayos atravesaban el color, como sucedía en el cielo. El padre de su mejor amigo lo miraba también.
El padre de Percy se veia entre molesto y cansado, ya no tenía su camisa hawaiana, esta vez tenía su toga griega, como todos los demás. Era la mirada del último hombre a mano derecha la que en verdad le incomodaba.
Leo jamás había visto a este Dios antes, pero no necesitaba que le dijeran de quien se trataba. El trono constituido por un montón de huesos humanos, la toga negra que dejaba entrever de vez en cuando el rostro de alguna persona atormentada y el yelmo en su mano no dejaba lugar a dudas. Los ojos negros de Hades le perforaban el alma y ponían su piel de gallina.
- Bueno, para ser un Dios, te toma bastante tiempo encontrar a dos héroes, Hermes. - La zumbarte voz de Zeus cruzo la sala, Leo casi podía sentir como se electrificaba el cabello de su nuca - Leo Valdez, Hijo de Hefesto… estábamos esperando por ti.
- Oh, sí que lo estábamos… - dijo Hades y de pronto Leo se vio sumergido en la inquietud.
¿Lo habrían traído hasta el Olimpo para un viaje en primera clase hacia el inframundo?
Por los Dioses… no.
