Disclaimer: Attack on Titan pertenece a Hajime Isayama


Prólogo

El neón encandila su vista. Las luces rojas, amarillas y azules son tan poderosas que convierten el cielo nocturno en un deforme lienzo multicolor. Frota sus ojos, trata de apartar la mirada pero el sensual movimiento de la mujer tras la vitrina le roba el aliento, llevando cantidades considerables de sangre a las partes más bajas de su cuerpo. Cada deliciosa curva lo hace como un niño indeciso entrando en una dulcería: mujeres, decenas de ellas a su alrededor, todas diferentes y todas a su disposición.

Mira a su alrededor ansiosamente, buscando rostros conocidos mientras sus nudillos tocan la vitrina más próxima: nadie lo observa.

-¿Cuánto cuestas?- Pregunta a la mujer de largo cabello rubio que abre la puerta de cristal, mirando descaradamente la diminuta ropa que utiliza. Su piel es tan blanca como un copo de nieve, y tan suave que atrae sus manos como un imán. Ella se muerde el labio.

-Cincuenta- Responde con la astucia de un comerciante frente a un gran negocio. Peina su cabello con delgados dedos terminados en largas uñas rojas y su movimiento libera un perfume que llena su entrepierna de dolor -Con esa cantidad, hare todo lo que desees.

Sus lujuriosas manos acarician su pecho. Ella sonríe, y la luz rojiza tras ella convierte su voluptuosidad en la figura de un demonio.

"Mierda" Hubiera querido decir. Acaricia su bigote negro, salpicado de algunas hebras plateadas que lo hacen lucir más viejo de lo que es en realidad. A esta hora, el Distrito de la Luz Roja no está ni la mitad de concurrido de lo que estaba al iniciar la noche: puede ver a un par de turistas despistados, a grupo de borrachos vulgares y a hombres de elegante vestimenta que lo último que desean es llamar la atención. Hombres como él "Todo está demasiado tranquilo"

-¿Treinta?

La mujer carraspea incomoda, mientras el pequeño hombre palpa en vano el bolsillo izquierdo de su costoso pantalón negro.

-Cincuenta- Corrige ella, apartando sus manos como si él solo tacto fuera letal, adentrándose en el aparador que la envuelve como a una muñeca –No aceptaré menos que eso.

-¡Cuarenta!- Insiste el hombre con el ceño fruncido -¡Soy tu único cliente! ¡No puedes rechazarme!

Pero la mujer sólo suspira. Cuando la puerta se cierra, y la hermosa joven continúa su baile de seducción, Rhodes Reiss deja escapar un bufido molesto, marchándose sin obtener nada más que un dolor abstinente en su entrepierna. Ha conocido muchas prostitutas a lo largo de su vida y todas comparten la misma ambición.

"No. He conocido peores" Husmea en los bolsillo de su traje hasta encontrar un cigarrillo y una caja de fósforos. Cuando lo enciende, y consigue dar una larga y penosa calada, las eventuales gotas de lluvia helada comienzan a caer "¿Qué debe hacer un buen hombre para lograr que una de estas chicas caliente su lecho?"

Pagar.

Aspira el tabaco hasta el fondo. Odia Ámsterdam más de lo que odia sus leyes, sus mujeres y los estúpidos precios de éstas. ¿Cómo fue que llegó hasta aquí en primer lugar? ¿Por qué, de entre todos los sitios posibles, terminó en éste?

"Porque no tenía otra opción" Se responde a sí mismo. Frota sus manos en un intento de aliviar el frio nórdico que entumece sus huesos, dejando tras de sí el moribundo rastro de las luces neón. "El primer lugar en que esos matones me buscarán será en una campiña tranquila, escondido como un fantasma ante la luz del sol, no en esta ciudad de mierda."

O al menos eso es lo que quiere creer.

Tres chicas que bailan sensualmente lo saludan desde las ventanas más altas de un edificio próximo; las mira por un instante y, aunque son hermosas, su libido está casi tan roto como su humor. Extraña Alemania, en especial a todas esas mujeres que aún deseaban acostarse con un político fracasado como él. Extraña el dinero, el poder y la libertad de permanecer más de una semana en un solo sitio.

Ocultándose durante el día, moviéndose por la noche. Todo por confiar en Wall Sina, la organización que accedió a otorgarle un gran préstamo que prometía rescatarlo de la decadencia. Todo porque, al fin de cuentas, la brillante carrera política de Rhodes Reiss caía a la par de su cabello.

"Y solo los dioses saben lo calvo que estoy"

Sus pasos salpican sobre los charcos recién formados mientras el gran rio destella ante la luna y su esplendor. La calle está tranquila, silenciosa, de tal forma que sólo escucha la música lejana, el discreto bullicio en una de las muchas cafeterías de la zona y el sonido ansioso de su propia respiración. "Esto no es normal."

Nada lo es. Da una calada larga y nerviosa a su cigarrillo medio consumido, permitiendo que el humo llegue hasta su garganta antes de expulsarlo hábilmente a través de su nariz. Perdió gran parte de sus pertenencias durante su último viaje en tren, a manos de una criada española con la que se había acostado a mitad del trayecto. Todas sus joyas, mucha de su ropa y más de la mitad de su dinero se esfumaron ante sus ojos somnolientos.

"Mi estúpida lujuria me convertirá en un mendigo gordo" Se burla el hombre, ajustando su sombrero mientras observa los faros tintineantes que flanquean el amplio puente que conecta las dos orillas del rio; a sus espaldas escucha el distante andar de una bicicleta. "Pero, cuando se es un mendigo, ¿Quién necesita la dignidad?"

Quizá, si se esfuerza lo suficiente, pueda despistarlos y volver discretamente a su mansión en Berlín, recoger algunas de sus pertenencias, tomar a alguna de sus muchas amantes y huir otra vez, corriendo de pueblo en pueblo hasta que su cuerpo ceda. Pero esa gente es astuta, y hacer eso sería tan imposible como fabricar un par de alas de cera y volar hacia el sol.

Si tan sólo hubiese ganado la cancillería…

"Cuando el pueblo descubre miles de euros ilícitos en tus bolsillos, es poco probable que voten por ti"

Euros ilícitos, un par de desapariciones sospechosas, pruebas irrefutables de contribución con la venta de drogas ilegales y voilà, el final de una brillante trayectoria había llegado.

Gira a la izquierda apenas cruza el puente. Había rentado una desagradable habitación en un hostal de mala muerte a poca distancia de ahí; según las historias de su casera, había llegado tambaleándose a causa de la bebida y con apenas fuerzas para permanecer en pie, pagando todo un mes por adelantado antes de desmayarse en la recepción; ese mes terminó hace un par de días, y más tarde que temprano tendría que buscar otro lugar donde vivir.

"Tendrá que soportarme una noche más" Sus ojos azules centellean rencorosos, ocultos bajo la sombra de un elegante sombrero que está más sucio de lo que le gustaría "Si sabe bien lo que le conviene, no se atreverá a revelarse ante mí"

Si tuviera poder, enviaría a su desagradable casera las mismas armas mortales que ahora lo cazan a él. Rhodes Reiss es un hombre familiarizado con la sangre y las aguas turbias, pero esas aguas lo han absorbido, llevándolo hasta el fondo y convirtiéndolo en la miserable basura que ahora es.

Al menos su hija nunca tendría que verlo en ese estado.

Prueba el cigarrillo nuevamente, tragando el humo hasta que el hambre, el cansancio y el frio holandés absorben sus fuerzas, alojando el humo en la parte baja de su garganta y provocándole un molesto ataque de tos.

-Mierda- Murmura débilmente, volviendo a toser.

Odia el invierno: los huesos le duelen y accidentes como este ocurren con más frecuencia que nunca. Maldita sea. Mierda. Joder. Solo quiere recostarse en su catre roído por las ratas y, por una vez en su vida, dormir con tranquilidad.

Pero cuando sus ojos llorosos se alzan hacia el final de la calle, iluminado únicamente por la luz amarillenta de un parpadeante farol, Rhodes Reiss recuerda porque todo aquello es imposible.

No cabe duda, ha permanecido mucho tiempo en un sólo lugar.

"No" El sabor del vomito recorre su garganta, pero su estómago esta tan vacío que nada escapa de ahí; el cigarrillo cae de entre sus dedos inertes como los de un muerto, mientras sus ojos azules parpadean una vez, y otra, y otra, intentando demostrar que aquello que ven no es real "No es más que mi imaginación deseando que me orine encima. No hay forma en que ellos estén aquí. No la hay"

Mira a su alrededor, pero no encuentra nada más que silencio. Sacude su traje antes de avanzar con decisión, jadeando como si acabara de correr en una dura competencia. La mujer espera atenta entre las sombras, de modo que solo su silueta es visible en la oscuridad. No se digna a mirarlo, como si él no fuese digno de tal honor.

"No es ella" Camina cada vez más rápido "No puede ser ella"

No puede subestimar a Wall Sina, y mucho menos a su mejor matón. Si fuera un poco más joven habría salido disparado en la dirección contraria, pero sus años de excesos se han llevado toda la vitalidad que su cuerpo alguna vez tuvo, reemplazándola con la artritis y grasa que lo obliga a enfrentar su temor.

"Por ninguna puta razón puede ser ella"

Pero no puede asegurarlo, está demasiado asustado como para pensar. Su vista se nubla. Avanza a tientas mientras el sudor frio desciende sobre su rostro, mezclándose con las gotas de lluvia que caen sobre él. La sombra espera, atenta, indiferente, con ambas manos resguardadas dentro del abrigo negro que la cubre hasta las rodillas. No es como la recuerda, pero últimamente nada lo es.

-Tu- Murmura Rhodes, observando como el vaho escapa de sus labios agrietados. Está muerto de sed -¿Q-Que diablos haces aquí?

Da un paso, luego otro, y otro, hasta encontrar a la mujer frente a frente: su cabello es rubio, no castaño, de un tono tan pálido que se asemeja a la plata, y sus ojos son de un azul tan frio y despiadado que le recuerda a un iceberg vagando en medio del mar. Ojos azules, no marrones.

"No es ella"

-¿Necesita algo?- Pregunta la mujer con indiferencia. Aunque no es hombre que tienda a avergonzarse, Rhodes siente hasta sus orejas arder -¿Acaso quiere que llame a la policía?

No responde. Retrocede lentamente, nervioso, descendiendo por la calle a trompicones rumbo al viejo edificio que le sirve de hogar. Para ojos externos debe de parecer un borracho, pero la realidad es que está muerto de temor.

"No seas estúpido, Rhodes" Seca su frente, girando la mirada para observar a la mujer una vez más. Camina más aprisa, jadeando como lo hace un cerdo frente al cuchillo del carnicero "No es ella. Esa maldita no puede seguirme a donde quiera que voy"

Pero lo ha hecho, y más de una vez. Ella, la persona a quien tanto teme, fue la misma que lo sorprendió en Paris, su primer escondite, obligándolo a huir en medio de la noche con la ayuda de un camión de mudanzas que desapareció días después; en Bélgica lo encontró bebiendo solo en un bar, obligándolo a huir días y noches enteras hasta que, milagrosamente, perdió su rastro.

En ocasiones creía ver el color marrón de los ojos de esa mujer en sus pesadillas, como si se tratara de un demonio clamando por su alma.

El agua aún chapotea a su paso, pero la lluvia parece haberse detenido ya. Solo necesita atravesar una par de callejuelas cubiertas de neblina para llegar a su edificio, donde podrá dormir cómodamente hasta que salga el sol y se vea obligado a escapar de nuevo. En Holanda los edificios son grandes y esbeltos, de varios pisos cuya cúspide es adornada por majestuosos tejados puntiagudos que producen sombras malignas en la oscuridad, convirtiendo su camino en una senda nocturna.

Mira a su alrededor: no ve a nadie.

Policías. Vagabundos. Transeúntes. Las noches en Ámsterdam están llenas de vitalidad, opuestas a la quietud fúnebre que ahora parece atraer la niebla. Tranquilo, todo está demasiado tranquilo para ser normal.

"Putas, putas, solo quería una maldita puta" Avanza por el callejón, guiándose por la delgada franja de luz lunar que atraviesa los edificios inclinados cuyos tejados casi consiguen tocarse mutuamente. Lleva sus dedos temblorosos a sus labios, solo para recordar que el cigarrillo resbaló de entre ellos momentos atrás.

¿Qué debe hacer un hombre para descansar aunque sea sólo un día? Busca la llave de su habitación en sus bolsillos, prestando apenas atención a lo que ocurre a su alrededor. Puede llegar, debe llegar, está a pocos pasos de su objetivo.

"No pueden seguirme a donde quiera que voy"

Y no lo hicieron. El edificio se alza como un monstruo frente a una calle desierta, con sus ventanas rotas y la basura acumulada desbordándose en la parte posterior; él continua tan vivo como lo estaba al iniciar la noche, cuando salió a buscar algo de diversión en las calles. Escucha los maullidos furiosos de un par de gatos a sus espaldas, produciéndole un respingo que lo obliga a burlarse de su propia estupidez.

"Han perdido mi maldito rastro" Sonríe como un idiota todo el camino hasta la puerta, descubriendo que esta entreabierta como lo ha estado muchas otras noches: el interior huele a humedad, a polvo y a sangre "Soy mucho más listo que ellos. Mucho más listo de lo que ella es"

-Cuanto tiempo sin vernos, Señor Reiss.

Por eso, cuando un par de esferas marrones se clavan en él, provenientes del interior oscuro de una recepción sospechosamente vacía, el rostro de Rhodes Reiss palidece hasta perder cada rastro de color; no tiene otro par de pantalones, por lo que debe esforzarse para no ensuciarlos gracias al pánico.

-La encargada fue un tanto difícil- Ríe la mujer de cabello castaño, dando una larga calada a su cigarrillo, liberando un olor a hierba tan fuerte que lo obliga a arrugar el puente de la nariz -Opuso cierta resistencia y, bueno, creo que ya sabes lo que pasó.

El sudor frio desciende por su frente cuando la silla de oficina es girada a su dirección, mostrándole la imagen de la casera a quien tanto odiaba con el cuello abierto, con una expresión de infinito terror. Todo ha sido tan rápido, tan repentino: no escucha ruidos de las habitaciones superiores, solo el horrendo chirrido de la silla al dar vueltas y la risa burlona de la mujer.

-¿De nuevo tarde, Rhodes?- Parecen cuestionarle los ojos muertos de la casera a la que muchas veces maldijo; es verdad, ha llegado tarde.

-Ha sido una pérdida lamentable- Comenta la asesina en un suspiro -Era una mujer hermosa, mis chicos podrían haberse divertido un rato con ella. ¡Incluso podríamos haberla reclutado para el negocio! Seguro que alguien hubiera pagado bien.

Tiembla como una doncella. Sus labios intentan pronunciar insultos que mueren mucho antes de concretarse en sus pensamientos; observa como la mujer de pecas pasa su cuchillo ensangrentado de mano en mano con la tranquilidad de una canción de cuna, como si el cadáver no estuviera ahí. Rhodes recuerda cada una de sus pesadillas.

-¿Te gusta?- Pregunta ella con una sonrisa, mostrándole el cuchillo -Según entiendo, perteneció a un soldado de la Alemania Nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque claro, ahora no es más que un vejestorio- La observa ponerse en pie elegantemente, lanzando a la noche su cigarrillo encendido. Trozos de carne aún descienden por el filo del arma, perdiéndose en los guantes negros de la mujer -Te permitiré admirarlo más de cerca.

Pero, antes de que pueda dar otro paso, Rhodes cierra la puerta de golpe y comienza a correr.

Sus pequeñas piernas recorren el mismo camino por el que llegaron, haciendo lo posible para ganar más velocidad. Las sombras de los edificios parecen más tenebrosas que nunca, y la soledad no hace más que llenarlo de agonía y terror. Los gatos derriban los basureros, las ratas se apartan a su paso, pero el silencio parece reinar.

-¡Policía!- Mira hacia atrás: están aquí, finalmente lo han encontrado -¡Policía!

A su alrededor, conforme abandona los callejones para adentrarse a la calle principal, extrañas siluetas vestidas de negro surgen de las sombras, con capuchas echadas sobre el rostro y las manos ocultas en los bolsillos de su pantalón: uno de ellos, un hombre muy alto, dedica un par de palabras a un radiotransmisor antes de seguirle.

"No tengo el dinero" Rhodes trastabilla, sus ojos se llenan de lágrimas y su cuerpo pierde el control. Extrae su teléfono móvil del bolsillo interno de su abrigo, abriendo la tapa para marcar torpemente una serie de números que conoce muy bien "¡No tengo su maldito dinero!"

Corre, y el brillo del rio lo recibe gustoso. Ve a la misma mujer de ojos helados a la que confundió con su verdugo momentos antes y no puede evitar sentir cierto alivio. Ella podría ayudarlo, ella podría ser el testigo que necesita para escapar.

-¡Disculpe!- Lleva el móvil a su oído, colocando una de sus sudorosas manos sobre el hombro de la mujer –P-Por favor, necesito…

Pero, lejos de parecer preocupada, la mujer toma con fuerza su muñeca, derribándolo con un acertado puntapié. A punto de caer, observando como todo a su alrededor se mueve lentamente, Rhodes observa el radiotransmisor en las pequeñas manos de la rubia.

-No- Murmura con la espalda contra el suelo, mientras las sombras encapuchadas acuden a su alrededor, rodeándolo como si fuera parte de un ritual de magia negra. De entre ellas, la mujer de ojos azules parece la peor. Es una de ellos -P-Por favor…

-¿El poderoso Rhodes Reiss suplica clemencia?- Esa voz. Reconocería esa voz en cualquier lugar. Siente como su valentía líquida desciende por su pierna hasta tocar el suelo, arruinando los únicos pantalones limpios que posee –No es algo que se vea a diario.

Mira hacia atrás, la mujer del cuchillo se abre paso entre sus hombres, tan alta y grácil como puede recordar; tanto su desarreglado cabello castaño como su chaqueta de cuero están húmedos a causa de la lluvia que parece haberse reanudado con fuerza. El sonido de sus botas es la muerte, y la sangre seca sobre su arma también lo es.

-¿Cómo fue que me llamó la primera vez que nos encontramos, señor? Ya sabe, cuando me ordenó asesinar al primer candidato de su partido- Su mirada, rojiza a causa de la droga que corre por sus venas, se clava en él con sorna -No lo recuerdo muy bien. ¿Pudo haber sido Perra?

No responde, ni siquiera se siente capaz de hablar. La mujer se acuclilla para recoger el móvil que resbaló de sus manos al ser derribado, soltando una discreta burla en cuanto ve la pantalla y el número que intentaba marcar.

-¿A quién quería llamar, mi señor?

-A un taxi.

Miente. Los ojos de la asesina se clavan en los suyos, seguidos de una risotada socarrona. No es una buena excusa y él lo sabe muy bien.

-¿La policía? ¡Quería llamar a la policía!- Se burla nuevamente y, esta vez, algunos de sus hombres le siguen el juego –Usted no es un estúpido, Reiss, sabe que ellos son como nuestros ojos. Es la policía la que nos ha dicho dónde buscar.

Traga saliva. Mira a su alrededor, pero no encuentra ninguna alma amigable; mira las ventanas de los edificios próximos, pero las luces están apagadas y las persianas cerradas. Es una tranquilidad monstruosa y sobrenatural.

-Wall Sina no olvida, Rhodes, mucho menos cuando se trata de dinero- La mujer lo rodea, a paso lento y, para ciertos gustos excéntricos, sensual -Y usted nos debe mucho, mucho dinero.

-¡Se los pagaré!- Responde de inmediato, con toda la fuerza que sus labios temblorosos le permiten usar -S-Sólo necesito algo de tiempo, denme un par de semanas y…

-¿Pagarnos? ¿Con qué diablos lo harás?- Dos hombres robustos lo toman de los hombros, vaciando el contenido de sus bolsillos frente a la mujer -¿Con cuarenta miserables euros?

No responde, tampoco opone resistencia. Sabe perfectamente que, si por alguna razón deshace el agarre de esos hombres, quedará bajo las garras de cuatro más.

-No hagamos nada estúpido- Mira a la mujer y, con todo el esfuerzo del mundo, sonríe -Kenny es mi amigo, si me permites hablar con él podríamos llegar a un acuerdo.

-Kenny está cansado de ti- La chica de pecas se acerca, colocando la daga sobre su cuello. Es mucho más alta que él –Él nos envió. Le prometiste personalmente que si financiaba tu campaña le devolverías el doble de su inversión.

-¡Aún puedo hacerlo!- La daga se hunde en su piel, robando de ella un delgado hilo rojo -Puedo vender mis posesiones. ¡Puedo recuperar su inversión!

-Recuperar no es lo mismo que duplicar- Ella se aleja, mirándolo hacia abajo con esa sonrisa estúpida que recuerda de mucho tiempo atrás; siempre lo ha visto como un idiota, como si fuera superior a él -Sin la cancillería, tus malditas cosas solo alcanzarían para pagar los intereses.

-¡N-No! ¡Déjame hablar con él! ¡Te juro que…!

-Ymir- Ambos, tanto él como su verdugo, giran la mirada, encontrando el rostro helado de la chica rubia que espera con impaciencia en el mismo lugar donde la vio por primera vez, con las brazos cruzados sobre el pecho y una expresión sombría sobre su rostro -Deja de jugar.

-¡Annie, no seas aguafiestas!- Ymir gira el cuchillo entre sus dedos, salpicando el rostro de Reiss con pequeñas gotas de su propia sangre -Hace tiempo que no me divertía tanto. ¿Cuánto pasará para que me encomienden otra buena misión?

Annie permanece inmutable.

-Si vas a matarlo, más te vale que lo hagas de una buena vez.

Sus ojos se abren como platos, dándole senda libre a nuevas lágrimas que crean cráteres en sus mejillas. Ymir niega, como si aquellas palabras le produjesen una amarga decepción. El ex candidato para la cancillería de Alemania, Rhodes Reiss, siente como la sangre se congela en sus venas.

-No- Murmura con la poca fuerza que le queda -No puedes.

Los dos hombres que sostienen sus hombros lo obligan a levantarse. Ymir toma el cabello de su nuca con rudeza, obligándolo a echar la cabeza hacia atrás para dejar al descubierto una amplia extensión de su cuello; su sombrero cae al suelo, hundiéndose en el lodo y la suciedad.

-Sin resentimientos, Rhodes. No es nada personal.

Toda su vida pasa frente a sus ojos. Recuerda todo acontecimiento a lo largo de ella, bueno o malo, cosas que de haber sido diferentes podrían haberlo llevado a cualquier otra situación. Las mujeres que calentaron su lecho, de largo cabello rubio y hermosos ojos azules; los periodistas indiscretos a los que se vio obligado a amedrentar para proteger su imagen pública; las veces que ordenó a Ymir asesinar a sus opositores. El metal besa su cuello, y Rhodes siente como si su vida hubiera sido la jugarreta de un niño.

"Un niño" Ymir suspira a sus espaldas "¡Eso es!"

-¡Espera!

La cuchilla se paraliza en su cuello. Los hombres que lo sostienen miran atentos a su líder en espera de una nueva orden que cumplir. Ymir hace rodar sus ojos.

-¿Ahora qué quieres, Rhodes?- El hombre libera un gritito agudo en cuanto el agarre sobre su cabello se suaviza -Sabes que es tu vida o la mía, Kenny es quien da las ordenes aquí.

-P-Pero tengo algo que le puede interesar- Ymir suelta su cabello, parándose frente a él para dedicarle una mirada de cansancio -Tengo una hija.

-¿Crees que me importa que seas un hombre de familia?- Rhodes niega con vehemencia.

-No es a lo que me refiero.

Ymir duda por un momento, comprendiendo poco a poco lo que quiere decir hasta que hace un gesto en dirección a sus camaradas, quienes sueltan sus brazos y lo hacen caer; busca entre sus pertenencias, las cuales habían sido vaciadas en el suelo minutos atrás, hasta encontrar su billetera empapada.

"Tiene que estar aquí" Boletos de tren, recibos, amenazas escritas, permite a infinidad de papeles arruinados caer mientras libera una escurridiza lagrima de terror. Ella es su única esperanza. Ella es lo único que lo puede salvar "Debo de tenerla en algún lugar"

-Terminemos con esto.

-¡No!- Ymir vuelve a mirarlo. Sus dedos tiemblan sobre la fotografía, sucia y maltrecha, que recién encontró enredada entre un recibo de cerveza y uno de los panfletos de su última campaña electoral: el único recuerdo de su hija biológica –A-Aquí está, mírala. Solo mírala.

En cuanto la fotografía toca las manos de la mujer, su expresión cambia. Es imposible describir el alivio que siente cuando los guantes ensangrentados de la asesina pasean sobre los pliegues con admiración y solemnidad, como si de una imagen religiosa se tratara.

Rhodes no la culpa: la chiquilla, por si sola, ya parece una diosa.

-E-Es hermosa. ¿No crees?- Ella no responde -Es de una de mis amantes favoritas, la única lo suficientemente inteligente para forzarme a darle una jugosa pensión. Puedes apostar a que...

-¿Qué edad tiene?

-No más de quince- Una sonrisa discreta cruza el rostro de Ymir -Es una buena chica, virgen hasta donde yo sé. Seguro que muchos hombres pagarían miles de euros para pasar cinco minutos con ella.

La mujer permanece en silencio, absorta en la imagen de la niña como si todo a su alrededor no fuera rival para su belleza. La lluvia se detuvo, pero el frio aún recorre sus huesos y la luz de la luna da a sus ojos la vitalidad que creyó perdida desde su juventud.

-¿La quieres?

Sus ojos marrones brillan con demencia, el cuchillo casi resbala de entre sus manos torpes que se tensan cuando termina de hablar. Annie, quien hasta ahora sólo esperaba en silencio, se acerca a ellos lentamente, frunciendo el ceño mientras observa su reloj.

-Ymir, termina con eso y vámonos.

-Dame un minuto- Sus miradas se encuentran, y la ansiedad en ella hace a Rhodes sonreír. La tiene en sus manos, en su poder; podrá vivir, finalmente saldrá de toda aquella demente situación -¿Cuál es su nombre?

-Primero júrame que viviré, luego te llevaré hasta ella.

Ymir frunce el ceño. Hace un gesto a Annie para que se acerque, mostrándole la fotografía arrugada con recelo mientras se relame los labios; Rhodes aún percibe el olor a hierba cada vez que la escucha hablar.

-¿Crees que a Kenny le interese?- Pregunta Annie, arreglando un mechón de su cabello rubio tras su oreja con desinterés –Se ve inexperta.

-Yo puedo arreglar eso- Ymir sonríe de lado –Es una diosa, un diamante en bruto.

Rhodes observa impaciente, esperando el momento indicado para ponerse en pie y, en el mejor de los casos, retirarse a realizar la tarea que tanto desea en estos momentos: descasar. Ymir asiente luego de un rato, indicándoles a los dos hombres que deben sujetarlo una vez más. Uno de ellos, un hombretón cuyo rostro queda oculto en la penumbra, dobla su brazo en un ángulo imposible, haciéndolo gritar.

-¡E-Espera!- Llama Rhodes entre gritos, usando sus últimas fuerzas para forcejear –Es hermosa, ¡¿No te interesa?! ¡¿No sabes la cantidad de dinero que puedes ganar a costa suya?!

-¿Puedes encontrarla utilizando sólo su fotografía?- Ymir lo ignora, dándole la espalda para dirigirse a Annie directamente -Puedes rastrear a su madre mediante las cuentas bancarias de Rhodes, posiblemente la pensione bajo una identidad falsa.

-Será sencillo- Admite la rubia -Pero Kenny nos ordenó terminar con la vida de este hombre, no reclutar a una nueva chica para su colección.

-¿Y quién dice que es para él?

Un nuevo temblor recorre la espina dorsal del hombre en cuanto entiende el rumbo que lleva la situación. Ymir y Annie intercambian miradas por unos segundos que a él, ya abatido por el dolor de un brazo roto, le parecen una eternidad.

-¿Qué te hace pensar que estoy dispuesta a encubrirte?

-¡Vamos, Annie!- Ymir toma la fotografía nuevamente, sosteniéndola a pocos centímetros del rostro de la otra mujer -No lo desobedeceremos, solo tendremos nuestras propias inversiones.

La mujer guarda el cuchillo en su funda, buscando su teléfono móvil para marcar los primeros dígitos de un número que parece más largo de lo normal. Annie suspira.

-Quiero parte de las ganancias

-Le informaré al jefe los resultados del trabajo de hoy- Ymir sonríe de oreja a oreja, visiblemente emocionada, colocando la bocina en su oído -También le pediré unos días de descanso para tratar nuestro asunto. Encárgate de él.

Cuando Ymir le da la espalda, y Rhodes se encuentra frente a frente con la mujer de ojos helados, sabe que todo ha llegado a su fin. Recuerda las pocas veces que vio a su hija desde la lejanía, alejada de los otros niños mientras leía algún libro demasiado complicado para su edad. Recuerda su suave cabello rubio y sus ojos color cielo resplandeciendo ante la luz del sol. Esa era su semilla, una mujer de gran belleza que ahora estaba destinada a caer en las manos de esos monstruos que solo una basura como él podía invocar.

"Lo siento mucho, Historia"

Annie extrae un arma de fuego del interior de su abrigo, colocando el cañón entre sus ojos; el metal quema como un mar de llamas.

-No es nada personal.

El rostro de su hija es lo último que ve antes de que todo se vuelva negro.