Notas: Bien chicos, me ha costado un poco más de lo habitual pero el primer capítulo ya está terminado; debo decir que el ritmo de esta historia será un tanto más lento que el de la anterior, que actualizaba aproximadamente cada semana. Espero poder lograr, si no mejores, resultados similares a los que tuvo Dachau y espero contar con su apoyo para ello. Muchas gracias por tomarse el tiempo para leer y darle una oportunidad a este nuevo proyecto.
Muchas gracias a todos, espero sus opiniones. ¡Saludos!
Disclaimer: Attack on Titan pertenece a Hajime Isayama
Capítulo I - Frio
-¿Christa?- La voz a sus espaldas, conocida pero repentina, la sobresalta al punto en que la taza medio llena casi resbala de sus manos, tambaleándose un par de veces antes de terminar en la misma posición donde comenzó. Su cliente, un muchacho desgarbado cuyo nombre le es difícil recordar por el momento, le dedica una sonrisa estúpida antes de regresar, con café en mano, a la mesa donde le esperan su ordenador y gran parte de sus deberes.
-Ten más cuidado- Susurra antes de irse, haciendo que el bello rostro de la diosa estalle en distintos matices de carmesí.
-Vuelve pronto- Pronuncia débilmente, lo suficiente para que el chico no la pueda escuchar.
"Lo he hecho de nuevo"
Un sutil grupo de risas ahogadas llegan a ella desde la trastienda y, como por arte de magia, sus ojos se humedecen más de lo habitual; si, había ocurrido lo mismo el día anterior, y el anterior, y el anterior a ese, pero nunca de forma tan bochornosa como esta ocasión. Con dificultad, traga el recién formado nudo en su garganta mientras acaricia el dorso de su mano izquierda, ahí donde pequeñas gotas del líquido hirviente tocaron su piel.
-¿Estas bien?- Susurra la misma voz, justo tras ella.
No duele, no más que un rasguño, pero la preocupada mirada de su preocupado supervisor logra todo menos hacerla sentir mejor: después de todo, fue él quien inició el problema.
-¡Marco!- Regaña entre pucheros fingidos, intentando no llorar -No me sorprendas así.
-Lo lamento- Marco Bodt, su supervisor en turno, aprisiona su muñeca con la fuerza de un titán: no es un chico particularmente fuerte, pero aun así puede controlarla como si fuera una niña o una marioneta -Es solo que te ves algo rara últimamente.
"¿Y quién no podría hacerlo?" Piensa en silencio, obsequiándole la mejor sonrisa que puede fingir. Nunca se ha sentido como una adulta, y esto se parece más a las vivencias de una niña que se lastimó en el parque que a un accidente real "Y duele igual, supongo"
Los delgados dedos se posan sobre la quemadura, y la diosa no puede contener un respingo. Alza la mirada con curiosidad. Marco es muy distinto a ella, con cabello corto y negro, tanto que se asemeja al ébano y ojos de un color tan claro que difícilmente alcanzan la gama del marrón.
-Quiero decir- Duda un momento, como si estuviera buscando las palabras adecuadas dentro de su arsenal. Sus manos adultas toman un pañuelo húmedo, frotándolo suavemente contra la zona adolorida hasta hacer desaparecer el ardor -Te ves algo… Diferente.
Parpadea un par de veces en completo silencio.
¿Diferente? Mira su reflejo a través del cristal de una copa olvidada sobre el mostrador (La cual, por cierto, está sucia y necesita ser lavada de inmediato). El término diferente, quizá, podría quedarse corto. Se ve pálida y lamentable, con el cabello rubio alborotado de mala manera y un aura de abandono que insinúa un par de noches sin dormir.
"Solo fue una" Corrige a su reflejo, sin perderlo de vista "Pase más de cinco horas recostada y el sueño nunca llegó"
Incluso sus ojos, normalmente ávidos y vivaces, parecen haber perdido su característico color azul.
¿Acaso se estará haciendo vieja? En ocasiones lo pensaba, y más seriamente de lo que está permitido. Incluso Sasha, su única amiga en el colegio, le había comentado hace tan solo un par de días que su cuerpo había comenzado a ganar un aspecto más adulto, moldeándose para convertirla en la diosa por la que todos la tomaban. Ella, en aquel omento, solo había atinado a reír.
"Crezco un poco día con día" Se dice en tono tranquilizador, observando las pecas dispersas sobre la mejilla de Marco mientras este coloca sobre su quemadura una bandita que sacó de no-sé-que-lugar "Han sido cinco centímetros desde el año pasado, o quizá desde el año anterior"
Pero aun parece y se siente como una niña.
Mira su imagen, y esta vez se siente atrapada en un antiguo cliché. Si tuviera puesto un crucifijo, habría completado la escena: su delantal verde, que posee un par de alas blancas impresas en la parte frontal, apenas puede disimular un sobrio suéter negro tan amplio que las mangas ocultan la mitad de sus dedos menudos. Su falda, un simple trozo de tela, cae hasta sus tobillos, ocultando gran parte de sus largas botas de cuero y dejando mucho a la imaginación.
"Soy bastante extraña, supongo, al menos para alguien de mi edad"
No. Por un instante, casi tan fugaz como un parpadeo, Christa Renz se permite sonreír; por supuesto que no, nadie envejece a los quince años.
-N-No hablaba de la mala manera- Aclara Marco, más nervioso de lo que estaba hace unos minutos -Es sólo que…
-Es tu imaginación.
Y así, con la elegante cordialidad que la distingue, Christa aparta la mano de su jefe, mirando a su alrededor en un intento por desviar el tema de su persona. A esta hora, cuando la luna se alza sobre los edificios más altos de Múnich, los únicos que frecuentan The Wings of Freedom son viejos oficinistas que van camino a casa o jóvenes adultos que se recuperan de un mal día en la universidad. En ocasiones los visitan chicos más jóvenes, pero son tan insólitos como una aguja en un pajar, y tan anticuados como ella.
Ahora mismo, por ejemplo, sus únicos clientes son el chico de la sonrisa boba, quien no le quita los ojos de encima mientras alista sus pertenencias, y una mujer de cabello rubio claro que parece vigilar todo a su alrededor.
Es esta mujer de apariencia extraña e introvertida la que captura su atención totalmente.
-¡Suerte en tu investigación, Tom!- Grita Marco a su lado; el chico, aún sonriente, se gira para corresponder el saludo y dedicarle un guiño del que no se percata -¿Sabes? Creo que le gustas.
No responde. En realidad, si hay algo de lo que pueden jactarse los escasos empleados de una olvidada cafetería como esta, es que conocen tan bien a sus clientes que podrían llamarlos a todos por su nombre. Todos vuelven y, desde que ella había comenzado su corta vida laboral, vuelven con más razón; sus clientes disfrutan el sonido de sus botas cuando se pasea de un lado a otro con la cafetera entre manos, con su hermoso cabello rubio ondeando a sus espaldas como las alas de un ángel mientras tararea una alegre canción… O al menos eso es lo que Mina suele decirle.
Lo cierto es que a esa mujer, tan extraña y silenciosa, no la ha visto jamás.
-Vamos, pídele su número- Thomas Wagner, uno de los meseros, sonríe pícaramente mientras empuja a un hombre pálido y de aspecto aterrado a donde se encuentra la mujer -¿Qué es lo peor que puede pasar, Dazz?
-¡Todo!- Murmura Dazz tiritando, a punto de derramar un par de lágrimas -¡Podría herirme!
-¡No digas tonterías!
Deja de escucharlos para concentrar su atención en la mujer. Es extraño, no parece una estudiante y mucho menos una oficinista, pero hay algo en su rostro fino, en su nariz aguileña, o en su elegante flequillo rubio que produce en su estómago un nudo que casi la hace arquearse de dolor.
"¿De dónde habrá salido?"
Ni siquiera su ropa, o el resto de su aspecto, ofrece una pista de su procedencia: su espalda esta tan recta e inmóvil que casi parece la figura de un maniquí. Christa la observa por unos segundos, nerviosa, mientras el discreto tintineo de la campanilla empotrada sobre la puerta le indica que el chico de las sonrisas ha abandonado el local. Solo es ella, ahora solo está ella; pidió un descafeinado hace dos horas y no hay indicios de que lo haya terminado o este próxima a partir. Solo teclea sobre su ordenador blanco. Rápido, muy rápido.
"No hay nada más extraño que un escritor"
Pero no, eso no es del todo cierto: ella misma escribe a veces para animar a Sasha, y el sueño de Armin es ser un gran escritor. No, esto es algo más, algo más oscuro e inexplicable. Mantiene sus ojos sobre ella, atentos, hasta que el rostro desconocido se alza para encontrarse con el suyo como en un llamamiento premeditado. Permanece firme, inmóvil. Quiere ver sus ojos. Debe ver sus ojos.
"¿Debo?" Sus ojos azules, por un momento, parecen brillar otra vez "¿Por qué debo?"
Pero, cuando están a punto de encontrarse cara a cara, la voz de Marco rompe el silencio, callando su respingo tal como lo hace con el incesante sonido de los dedos de la rubia que caen sobre el teclado como una lluvia invernal.
-¿Algo anda mal?- Pregunta él.
Una ráfaga de aire helado recorre sus huesos. De pronto hace frío, mucho frio. Mira nuevamente a la mujer pero esta parece inmersa en sus actividades de nueva cuenta, gruñendo entre dientes algo que no puede escuchar. Christa arregla tras su oreja un mechón de su propio cabello color oro; esta tan decepcionada que ni siquiera presta atención a las risas de Hannah y Franz, acompañadas del incomodo tintineo de platos, tazas y cubiertos.
-Apuesto a que recibió otra declaración de amor- Susurra Hannah entre risas traviesas, retirando de sus mejillas algunos restos de jabón -¿Cuántas veces ha sucedido esta semana? ¿Siete?
-Nueve- Corrige Franz a su lado, sosteniendo una esponja húmeda -El chico que viene los miércoles lo intentó otra vez.
-¡Ni hablar!
-¡Un ruido más y ambos fregaran los platos hasta que termine su contrato!- Ambos callaron al instante. Por primera vez en semanas, Marco frunce su habitual ceño tranquilo, murmurado discretas maldiciones por lo bajo; había castigado a la pareja esa misma tarde, y no hay nada que le impida hacerlo otra vez -¿Cómo fue que contraté a estos dos?
Christa sonríe, casi de mala gana, descansando sus brazos sobre el mostrador. Escucha a Dazz quejarse por la basura que acarrea y a Thomas conversando alegremente con Samuel.
Le agrada el ambiente, tanto el de la convivencia entre empleados como el del pequeño local: fresco en el verano y cálido cuando el invierno golpea con fuerza, con suelos de madera impecable, del mismo tipo que cubre la mitad inferior de unos muros color vino, adornados con paisajes y escenas ecuestres. Ahora, bajo el cielo oscuro, lo ilumina la luz mercurial, pero durante el día, cuando el sol se posa en lo alto, esa tarea recae en los dos amplios ventanales que flanquean la puerta, adornados con gruesas cortinas de un color más oscuro que el de los muros.
Toma una gran bocanada de aire impregnado con aroma a vainilla, más acogedor que el de sus solitarias mañanas en el colegio o el de su incomprensible vida familiar.
-Christa- Llama su supervisor en un suspiro -¡Christa!
Guarda silencio. Su nombre fue pronunciado con tanta fuerza que la mujer de cabello rubio echa un vistazo a su dirección, pausando su escritura para atraparla en sus ojos helados. Por un momento, mientras el azul se encuentra con el azul, Christa recuerda los carámbanos que se forman sobre el techo de la cafetería de su colegio luego de una tormenta helada.
Tiene escalofríos, de pronto siente que la protección del suéter no basta para hacerla entrar en calor.
Ese hielo. Ese recuerdo la hace palpar su hombro izquierdo, permitiendo que un punzante dolor atraviese desde la base de su cuello hasta el final de su espina dorsal. Marco la llama, pero apenas y puede comprender el sonido de su voz, su mente se llena de recuerdos y de miedo.
Ojala nunca hubieses nacido.
-¿Christa?- Cuando el chico toma su mano temblorosa, y su calor se impregna en su propia piel, Christa vuelve al presente y a la realidad, percatándose de lo pálida que estaba hasta el momento -Estas fría.
Parpadea un par de veces. La mujer de cabello claro alza una ceja, sumergiéndose en su trabajo nuevamente, como si nunca hubiesen cruzado miradas en primer lugar; palpa su pecho e intenta recuperar la respiración que, sin saberlo, había perdido. Conoce ese hielo, lo ha visto en otro lugar.
-Lo lamento- Murmura entre dientes -El estudio me tiene preocupada y no he dormido bien.
-¿Estudio?- Ella asiente. Marco la observa pensativo y, por unos segundos, pareciera como si buscara alguna mentira en su rostro; todo es verdad, ahora debe esforzarse el doble.
Su madre no es la misma, no desde la mañana en que despertó para encontrarla arrodillada frente al televisor, llorando crudamente mientras la noticia sobre el asesinato de un político importante se reproducía una y otra vez en el noticiero: fue encontrado tendido en una concurrida calle de Ámsterdam (Según dictaba la fría voz del presentador), sin nada más que un agujero de bala entre ceja y ceja. No tuvo tiempo de saber su nombre o conocer más de él, tampoco de salir de casa o de la habitación antes de que su madre se abalanzara sobre ella.
-¡Por ti!- Le gritó entonces, hundiendo sus uñas en sus hombros y su espalda, mirándola con ojos enrojecidos mientras el viento helado que entraba por la ventana abierta la hacía tiritar -¡Por ti se ha ido!
No le ha dirigido la palabra desde entonces, mucho menos se ha preocupado por sus necesidades o su bienestar, solo mira el televisor, en espera de una nueva noticia que revele más detalles del cadáver.
"No es muy diferente a como era antes" Acaricia sus sienes, mirando al suelo mientras escucha una inútil conversación entre Thomas, Samuel y Dazz "Solo que ahora necesito una beca"
En el fondo, con todas esas emociones viajando por su pecho como un par de dragones coléricos, extraña la traviesa voz de Mina Carolina paseando de un lado a otro, compartiendo con cada uno de sus compañeros una anécdota o dos.
¿Por qué habrá tenido que ausentarse precisamente este día, cuando más la necesita?
-No tienes remedio- Marco da un gran sorbo a una taza de café cargado que preparó, al parecer, mientras ella se encontraba distraída. Christa mira el reloj, percatándose del tiempo que ha estado enfrascada en sus propios pensamientos -Si no me preocupara por mis empleados, te hubiese despedido hoy mismo.
Traga saliva. Con las manos de un amigo, Marco la hace darle la espalda para desatar cuidadosamente el frágil nudo que mantiene el delantal en su sitio. Ella permanece inmóvil, silente, jugando con un hilo suelto de su falda color rosa pálido hasta que este se rompe, perdiéndose en alguna parte del suelo.
-¿Me despedirás?- Pregunta con voz y piernas temblorosas, a lo que Marco comienza a reír.
-¿No escuchaste nada de lo que acabo de decir, cierto?- Pregunta fingiendo molestia, mirando de soslayo el reloj -Es hora de que vayas a casa.
-¿Eh?
Gira la mirada y encuentra al chico doblando el delantal en movimientos elegantes. Marco es mucho más alto que ella, pero las pecas sobre sus mejillas lo hacen parecer más un chiquillo problemático que el adulto responsable que en realidad desea ser; recuerda vagamente que Jean Kirschtein, el administrador personal de la cuenta bancaria de Marco, constantemente lo acusaba de ser demasiado bondadoso para su propio bien.
-Marco siempre ha sido así- Le dijo Jean una vez, acariciando su cabello bicolor mientras daba un distraído sorbo a su expreso -Si te caes, te levantará; si te deprimes, te animará; si lloras pidiendo un aumento, te lo dará de inmediato.
Recuerda el poderoso rubor sobre el rostro de su jefe y la sonrisa irónica de Jean.
-¿A qué te refieres con ir a casa?- Pregunta en el momento en que la prenda es depositada en sus manos, llamando la atención del resto del personal -Esta noche debo hacer la limpieza…
-Christa- Una mano enorme alborota su cabello, como si fuera la de un padre o la de un hermano mayor -Si no quieres hablar, lo comprendo, pero sé que necesitas descansar.
Guarda silencio, meditando acerca de la mano sobre su cabeza y las cálidas miradas que le dirigen todos a su alrededor. Hannah abandona la trastienda para tomar su mano, dirigiéndola con prisa fuera del mostrador; su mano, al igual que la de Marco, desprende un calor agradable.
-Llama a Mina y presúmele, quiero ver su reacción mañana.
-Pero… La limpieza…
-Hannah y Franz la harán- Hannah se detiene en seco, con un gesto de indignación. Thomas, por otro lado, le entrega sus pertenencias con una sonrisa cómplice: el bolso blanco que contiene su móvil, su bufanda y los libros que utilizó en sus clases matutinas: historia mundial y anatomía -Recuerda que están castigados.
Una gota desciende por su frente, de pronto, se siente sobrecogida por toda la atención que atrae. La única que ha decidido no mirarla es la mujer del ordenador, que ahora teclea más lento que nunca.
Ruborizada hasta las orejas, Christa hace un gesto de despedida con su mano; sabe perfectamente que Marco no la dejará decir que no.
-Mañana estaré aquí- Declara con un puchero fingido -A primera hora.
-Nada de eso. Descansarás mañana también.
-¡¿Qué?!- Esta vez es Dazz quien alza la voz, viéndose tan pálido y asustado como siempre -¡Llevo semanas pidiéndote un día libre!
-Debes ganártelo, ¿sabes?- Marco hace rodar sus ojos, cruzando sus brazos sobre el pecho -Si fueras tan eficiente como Christa, no tendrías problemas en ello.
-¡Entonces seré tan bueno como ella!- Samuel se echa a reír, rodeando el cuello del pálido hombre; viéndolo detenidamente, le parece que Dazz volvió a envejecer -¿Q-Que?
-Si fueras como ella, no pedirías descansos.
-Touché.
Una sonrisa, fugaz pero sincera, escapa de su rostro mientras se encamina tentativamente a la puerta, girando la mirada cada cierto tiempo para observar la amena discusión. Odia ser el centro de atención, lo odia tanto que sus orejas arden de solo pensarlo, pero recordar el extraño dolor en sus hombros trae a ella un pensamiento en particular.
"¿Así es una familia?"
Coloca una mano sobre su carazón. Había leído unos cuantos libros al respecto y también había pasado suficiente tiempo en casa de los Braus para comprender la cuestión principal, pero nunca antes había sentido tanta calidez en su pecho.
-¡Marco, yo también quiero un día libre!- Lloriquea Samuel de pronto, haciendo ademan de quitarse su propio delantal.
-Si te quitas eso, te despido.
-¡Cuidado camino a casa!- Es lo único que murmura Dazz entre extraños sollozos, aterrado y desilusionado como cada mañana, tarde o noche. Ella se detiene un momento, sonriéndole a él y al resto que componen The Wings of Freedom, llevando uno de sus puños al corazón.
-Lo tendré.
Antes de cruzar la puerta, bajo el desagradable tintineo de la campanilla, Christa posa sus ojos azules por última vez en la mujer, quien ahora atiende discretamente una llamada en su móvil; susurra, tan bajo que tiene que concentrarse para escuchar.
-Al sitio, avisen al titán.
Lo más extraño, además de esa sospechosa discreción, es lo que ve en la pantalla de su ordenador, plasmado en la doceava hoja de un archivo de texto: un inmenso conjunto de números y letras al azar.
-Ya se los he dicho, dense prisa.
Una vez afuera, acompañada solo por el frio de la noche y la soledad, Christa coloca su bufanda blanca alrededor de su cuello, frotando sus manos para intentar calmar el frio sobrenatural.
"Quizá solo fue mi imaginación" Piensa luego de un rato, revisando su teléfono móvil para encontrar un mensaje nuevo de Mina y una llamada perdida por parte de Sasha Braus "De cualquier manera, espiar ha sido descortés"
Odia caminar sola, sin la compañía de la alegre chica de coletas que no parecía conocer el silencio. La calle está vacía, impregnada de una deserción sobrecogedora que la hace desear regresar a la cafetería y suplicar a Marco para que la deje quedarse hasta la hora de cierre. Múnich nunca ha estado tan silenciosa, nunca.
"Debería dejar de imaginar" Camina calle abajo, con paso constante y una enorme sonrisa cruzando sus facciones de diosa; el hombro aún le duele, y sabe con seguridad que su madre estará esperándola para asegurarse de que siga así, pero no importa, no puede dejar de sonreír. Al día siguiente volvería a The Wings of Freedom, no como una empleada, sino como un cliente, acompañada de la glotona Sasha o de uno de esos gruesos libros que no ha terminado de leer "Sólo necesito dormir un poco"
Quizá, de haberse quedado más tiempo en su sitio o de haber regresado al local, habría visto al par de hombres extraños, vestidos completamente de negro, que entraron por la puerta principal, haciendo sonar la campanilla y cerrando las cortinas rojas por completo.
-¿Necesitan algo?- Habría escuchado susurrar a Marco, retrocediendo mientras la mujer de mirada helada se ponía de pie, envuelta en un extraño aire frio. Quizá, de haberla observado más tiempo, habría previsto lo que habría de suceder, o al menos la forma en la que avanzó hacia el mostrador en completo silencio.
-No es nada personal.
