LA BODA DEL REY
CAPÍTULO 4: Mar
El rey Makoto no pudo conciliar el sueño esa noche. Dudas acerca de la conversación que había escuchado por accidente le abrumaban y le impedía pensar en otra cosa. No sabía qué pensar acerca del descubrimiento que había hecho, y tampoco sabía si debía de hablarlo con alguien. Pensó en decírselo a Nagisa, pero rechazó la idea. Conocía al joven y sabía que siempre actuaba de manera precipitada, especialmente si se trataba de Haruka. También consideró preguntarle directamente al príncipe Rin, pero presentía que no obtendría una respuesta sincera de él. La única opción que le quedaba era la princesa Gou, pero sabía que no iba a ser sencillo acercarse a ella mientras estuviera bajo la mirada vigilante de su hermano.
Pronto se le hizo de día mientras se enredaba cada vez más en sus cavilaciones. Para empezar no comprendía por qué el conde se había cambiado el nombre para entrar al palacio. Se le ocurrieron muchas explicaciones para ello. Quizás al conde no le gustaba su nombre y se lo había cambiado, o tal vez el nombre por el que Rin le había llamado era solo un apodo. No podía estar seguro, pero se obligó a convencerse de que eso era lo que había ocurrido. De cualquier forma tendría que averiguar la razón de que Rin pareciera asombrado de su presencia en el palacio. Convencido de que el cambio de nombre del conde se debía a una razón inocente que Rin desconocía, el rey Makoto finalmente pudo estar lo suficientemente en calma para conciliar el sueño.
Nagisa había acudido a los aposentos del rey Makoto, pero no había logrado despertarlo a pesar de que ya era muy tarde por la mañana. Decidió dejarlo descansar, aunque le pareció extraño que el dedicado rey se hubiese quedado dormido tan profundamente un día como ese. Se suponía que era su turno de estar a solas con el rey Haruka, pero al no tener éxito al tratar de levantarlo, optó por dejarle tranquilo y decirle a uno de los otros pretendientes que pasara el día con el rey.
Hasta el momento solo Rin y Sousuke había tenido la oportunidad de pasar tiempo a solas con el rey Haruka, así que ahora debía decidirse si debía de dejar que la princesa Gou tomara el lugar de Makoto por ese día o si debía permitir al nuevo invitado, el príncipe Rei, ser quien acompañara al monarca. Decidió que por orden de llegada, Gou era la que tenía más derecho de estar con él, así que salió en su búsqueda. La encontró tomando un desayuno tardío con su hermano en la cocina del palacio. Hizo el anuncio de que el rey Makoto estaba indispuesto ese día y que la princesa podía tomar su lugar. Los hermanos se miraron con rostro algo preocupado y luego regresaron su vista al consejero.
- - Teníamos planeado hacer un recorrido por el pueblo que está más cerca de aquí – se disculpó la princesa – no quisiera posponerlo.
- - Por favor, dile a Haruka que Gou lo lamenta mucho. Se lo había prometido desde que llegamos.
Nagisa asintió y les ofreció servicio de transporte por el pueblo, pero los hermanos insistieron en que querían caminar.
Después de que su oferta fue rechazada, Nagisa se sintió un poco deprimido. Deseaba más que nada que el rey contrajera matrimonio con una persona que pudiera llevarse bien con él, y deseaba que esa persona pudiese darse cuenta de que a pesar de la primera impresión que Haruka causaba, en el fondo era una persona de lo más interesante que se preocupaba por los demás más de lo que le gustaba admitir. Derrotado, fue en busca del siguiente en la lista.
Encontró al príncipe Rei leyendo un pergamino en la biblioteca del palacio. Nagisa no pudo contener una sonrisa burlona al notar que los lentes del príncipe se habían resbalado hasta llegar a la punta de su nariz, dándole un aspecto bastante divertido.
- - ¡Ey! ¡Ratón de biblioteca!
Rei levantó la mirada irritado por el comentario. Hizo algunas observaciones a Nagisa sobre su mal comportamiento y luego regresó la vista a su lectura.
- - ¡Oh vamos! ¿No te emociona poder estar a solas con el rey Haru el día de hoy?
- - ¿Hoy?
- - Sí, hubo algunos ligeros cambios en los planes, así que hoy es tu turno de pasar el día con él mientras yo preparo el siguiente evento.
Los ojos azules de Rei brillaron de la emoción y una sonrisa de victoria iluminó su rostro. ¡Por fin podría pasar tiempo a solas con el rey! ¡Y apenas un día después de conocerse! Se sentía la persona más afortunada del universo. Sin pensarlo dos veces se puso de pie y dejó el pergamino en el lugar en que lo había encontrado y caminó hacia la puerta de la biblioteca.
- - ¡Espera Rei!
- - ¿Sí?
Un destello de cabello dorado le nubló la visión al príncipe cuando sintió una mano en el puente de su nariz arrastrando sus lentes al lugar en que debían estar. Avergonzado por haber mostrado una apariencia tan poco atractiva se disculpó de inmediato con el consejero y se dio la media vuelta para marcharse.
Encontró al rey en el estanque donde lo había visto el día anterior.
- - Buenos días, Su Majestad.
- - Buen día, Rei.
El príncipe, algo tímido, se sentó a su lado y le observó juguetear el agua con los pies. El rey estaba pensativo, pero parecía sonreír para sí mismo de vez en cuando. Hubo un largo silencio entre ambos, de esos que hacían que Rei se sintiera incómodo, pero al rey Haruka no parecía importarle mucho. Él simplemente se concentraba en observar la superficie del estanque.
- - No hablas mucho, ¿verdad? – inquirió el rey después de haber retirado un pie del estanque.
- - ¡Ah! Discúlpeme si fui grosero, no quería distraerle de sus pensamientos. Parecía muy concentrado.
- - Para nada, solo me gusta el agua. Ella no tiene que preocuparse por nada, simplemente está ahí. Tampoco le importa que la mantenga encerrada en este pequeño estanque, se adapta a él y lo hace suyo…
- - ¿Majestad?
- - Me refiero, Rei, a que sé la razón de que hayas venido. O por lo menos puedo imaginarla.
Rei se atrevió a mirar el rostro del rey por primera vez y se avergonzó al descubrir que él también le miraba. Sus ojos azules reflejaban curiosidad, pero también mucha sabiduría. El príncipe se preguntó si en verdad sabría su razón para ir.
- - Tu nunca te convertirás en Rey, por eso viniste, ¿o me equivoco?
El príncipe abrió los ojos desmesuradamente ante la acertada adivinación. Era imposible que lo hubiese descubierto así como así, ¿no?
- - ¿Quién le ha dicho?
El rey se pellizcó con delicadeza la barbilla entre su índice y su pulgar antes de contestarle.
- - A decir verdad estaba algo preocupado, así que hice que uno de mis mensajeros enviara una carta a tus familiares en cuanto recibí tu respuesta a la invitación hace unos días. Debes saber que ni Nagisa, ni ninguno de los otros pretendientes está al corriente de que yo sabía que llegarías. Así pues, el mensajero logró hablar con tu Hermana y ella se lo contó. Como fuiste concebido muchos años después del último hijo del rey y la reina, y como siendo el menor te mimaron e hicieron creer que te convertirías en rey algún día te decepcionaste al descubrir que eso no pasaría y por eso decidiste probar a tus hermanos que a pesar de ser el hijo menor aún podías convertirte en rey.
- - Majestad…
Rei sintió muchísima tristeza al pensar que solo estaba utilizando al rey de esa manera, a pesar de que él había ido con la firme intención de enamorarse de él. Se disculpó honestamente con Haruka y le prometió que haría lo que estuviera en sus manos para enamorarse de él y para que el rey aceptara sus sentimientos.
- - Estoy seguro – dijo el rey – de que te enamorarás.
Una radiante sonrisa iluminó el rostro del nuevo pretendiente al tiempo que asentía con los ojos húmedos. El rey Haruka le dijo entonces que debía acompañarlo a hablar con unos comerciantes de telas del reino del Este que habían acudido a hacerle las medidas de su traje de novio. El príncipe se sorprendió, pero el rey le tranquilizó diciéndole que no había elegido a nadie aún, y que solo estaba preparándose para poder desposar a quien eligiera.
- - Además, no fue idea mía, sino de Nagisa.
El consejero iba de un lado a otro del palacio haciendo los preparativos de esa noche. Esperaba que fuera algo perfecto. El rey Makoto había despertado por fin y le ayudaba a tener todo en orden para la noche. Todo el ajetreo se realizaba en el comedor, donde Nagisa había ordenado mover la mesa y las sillas para abrir espacio suficiente en el centro de la habitación. De las paredes colgaban algunas cintas de varios tonos de azul que contrastaban con el color crema de las paredes. Todo parecía ir a la perfección.
Cuando hubieron terminado, Makoto y Nagisa se sentaron a tomar un merecido descanso en la cocina mientras tomaban una taza de té. Por la región abundaban ese tipo de costumbres inglesas, así que era algo habitual para ellos.
- - ¡Vaya que ha sido un día largo! – Nagisa soplaba el vapor que salía de su taza mientras movía el contenido con una pequeña cucharilla.
- - Ni que lo digas, y eso que yo me la he pasado durmiendo toda la mañana.
- - Sí, sobre eso…
- - ¿Sí?
- - No sé, no es algo habitual ese comportamiento en ti Makoto. ¿Acaso no lograste dormir anoche?
Makoto tomó un sorbo de té mientras pensaba en qué contestarle. No quería mentirle a su amigo, pero se había decidido a no contar nada hasta que no supiera más sobre el asunto.
- - ¡JA! ¿Es por eso verdad? ¡Sí! ¡Sí! ¡Ahora entiendo!
- - ¿Entiendes qué, Nagisa?
- - ¡Es por el beso de anoche seguramente!
El rey Makoto hizo un esfuerzo enorme para no escupir su té. Se tragó lo que tenía en la boca y quiso comenzar a hablar, pero notó que la voz no le salía. Había olvidado por completo ese asunto por lo preocupado que había estado debido a lo que había escuchado sobre el conde Yamazaki.
- - ¿Acaso Haru está enojado conmigo?
- - ¿Por qué lo estaría? Ustedes se la pasaban tomados de las manos cuando eran más pequeños, no creo que le haya importado un besito tuyo.
La desilusión se dibujó en el rostro de Makoto, y Nagisa no lo pasó desapercibido.
- - ¡Me refiero a que no se molestó para nada! No quería que sonara como si en verdad no le importara de ese modo, ya sabes, que le hubiera dado igual…
- - Será mejor que te detengas, Nagisa, solo lo estás empeorando.
- - ¡Lo siento!
Una larga pausa le siguió al incómodo momento, que Nagisa rompió con una pregunta.
- - Y bien, ¿cómo te sentiste?
A Makoto lo tomó desprevenido la pregunta, y se puso completamente rojo hasta las orejas. Intentó ocultar su rostro con las manos, pero Nagisa se lo impidió al detenerlas a la mitad del camino.
- - Vamos, sabes que no quería hacerte sentir mal, de hecho, estoy seguro de que Haru se sorprendió, pero también se alegró muchísimo de que lo hayas besado. Ya sabes cómo es él, no suele decir esas cosas en voz alta.
- - Fue… increíble – logró articular el rey. – Quiero decir… apenas y abrimos los labios para que pudiera pasar la menta, y no hubo mucho contacto tampoco pero…
- - ¡Qué envidia Makoto! ¡Debes estar muy enamorado para hablar de ese modo!
- - ¿Qué hay de ti Nagisa? ¿No hay algún chico o chica que te interese en el pueblo?
- - Sí, pero mis sentimientos no son correspondidos.
- - Te deseo suerte, estoy seguro de que con tu brillante personalidad lograrás robar su corazón.
En su mente el consejero se repetía a sí mismo lo cruel que estaba siendo Makoto sin darse cuenta, pero por fuera su rostro reflejaba alegría y despreocupación.
"Si sigues hablando así, Makoto, me será más difícil odiarte..."
Más tarde ese día, Rei y Haruka se despedían de los comerciantes de tela en la entrada del castillo. Eran del reino del Rey Makoto, y él los había mandado para allá a petición de Nagisa. Rei se había dedicado casi todo el tiempo a juzgar las telas que le ofrecían a Haruka de acuerdo a su calidad, color, estampado, resistencia y comodidad. Estaba dispuesto a hacer lo que fuera para impresionar al rey.
- - Ya verá Majestad que el día de su boda lucirá fantástico con esa tela. Los colores eran la perfecta combinación de azul y dorado, y además era una tela ligera fácil de llevar en un lugar desértico como este sin que se llegue a sentir incómodo.
- - Sí, te lo agradezco.
- - No tiene por qué, después de todo solo quiero lo mejor para el día en que nos casemos.
- - Pareces muy confiado.
- - ¡Por supuesto! Si no lo estuviera no podría hacerle competencia a los demás.
Rei pasó largo rato hablando de diversos temas. De sus diversos conocimientos sobre telas, pasó a hablar de los sastres que habían confeccionado el vestido de bodas de su hermana, y de ahí a hablar acerca de la recepción y de su familia. Finalmente había terminado hablando acerca de su tierra natal, el reino del Noroeste; un país pesquero cuyas costas estaban siempre llenas de navegantes y barcos de toda clase. Habló de los pescadores que solían invitarlo a sus botes durante la temporada de marea baja y de como siempre lo trataron con la mejor educación y amabilidad a pesar de que no tomaban en cuenta su título. Después de eso mencionó lo bello que se veía el mar desde los botes.
- - Debo admitir que le temo un poco al mar y tampoco sé nadar, así que siempre me quedaba en el bote mientras los pescadores bajaban a recoger las redes que tenían puestas cerca de los arrecifes. Pero el mar es impresionantemente bello al atardecer, cuando refleja el cielo y al sol ocultándose detrás de él.
- - Este mar del que hablas, ¿luce igual que en las fotografías?
- - Ah, sí, supongo.
- - Quisiera poder verlo.
La mirada del rey Haruka se desvió del camino y se detuvo en el firmamento. Aún era de día, pero podía verse la prematura silueta de la luna asomada entre las nubes.
- - ¡Nubes!
La repentina exclamación de Haruka tomó desprevenido a Rei que no pudo evitar sonreír al ver los ojos ligeramente empañados de lágrimas y el rostro aliviado del rey. Limpió sus lentes y se los puso de nuevo para poder mirar el mismo cielo que Haruka veía.
- - Majestad – dijo entonces – le llevaré a conocer el mar. Es una promesa.
- - ¿Eh?
- - No tiene que decirlo en voz alta. Lo comprendí ayer en la noche. Jamás lo ha visto antes ¿cierto? Es por eso que se lo repito: lo llevaré a conocer el mar.
El rey le dedico una sonrisa y luego siguió admirando las nubes. El príncipe Rei era orgulloso, narcisista e inexperto; pero todos sus defectos los compensaba con ese brillo inteligente que tenían sus ojos y esa bondad que demostraba sin querer. Ambos eran, de cierto modo, similares y al mismo tiempo muy diferentes. Haruka hizo una nota mental para poder recordarlo más adelante.
La luna continuó mostrando su iluminada figura durante todo el resto de la tarde. La princesa Gou la observaba desde un balcón en el segundo piso, donde estaba su habitación, después de haber tomado una ducha al regresar de su paseo con su hermano. Tenía el cabello suelto y liso, todavía un poco húmedo. Su barbilla descansaba sobre sus brazos, que estaban cruzados sobre el barandal del balcón. Su mirada denotaba algo de preocupación y tenía el ceño fruncido. Entonces alguien llamó a la puerta.
- - Princesa, buenas noches. ¿Interrumpo algo?
- - No, adelante.
- - Muchas gracias.
- - ¿Qué ocurre Nagisa? Aún faltan un par horas para el evento.
- - Sí, pero ya me había aburrido, y necesitaba distraerme un poco. ¿Está bien si te acompaño?
A la princesa ya no le molestaba la falta de cortesía con que le hablaba el consejero. Se había habituado a ella en poco tiempo y no le había costado demasiado. Hacía un tiempo que deseaba no ser una princesa. Dejó a Nagisa entrar a la habitación y le ofreció el banquillo de su tocador para que se sentara.
- - ¿Puedo preguntar por qué yo?
- - Eso es porque tenemos la misma edad.
- - Esa no es una buena razón…
Nagisa hizo caso omiso del aparente malhumor de la princesa y prosiguió.
- - Es bueno tener un poco de compañía femenina de vez en cuando. Quizás eso falta por aquí.
- - Si vienes a convencerme de casarme con el rey, pierdes tu tiempo.
- - Tranquila, lo dejaste muy claro el otro día. No vine por eso. Como iba diciendo, a veces necesito una compañía diferente de la que suelo tener.
- - Te refieres al rey Haruka. ¿Tanto le echas de menos?
Nagisa sonrió, pero su sonrisa fue una sin verdadero sentimiento. Gou tomó un lazo del cajón del tocador y comenzó a atarse el cabello en una cola de caballo.
- - Es horrible no poder estar con la persona que amas.
- - ¿Princesa?
Gou detuvo el movimiento de atar el lazo cuando escuchó su título, pero luego continuó como si no le hubiese importado. Terminó de arreglarse el cabello y el flequillo antes de cruzar las manos sobre su regazo y sentarse en la orilla de la cama, frente a Nagisa.
- - Dejé a alguien muy especial en casa. Es un tonto, nunca se toma nada en serio y siempre me hace enojar; pero también es dulce y atento, y me trata como a una persona normal. Pero eso no importa, porque no podemos estar juntos.
- - ¿Por qué no? ¿Acaso no te corresponde?
- - No es eso.
- - ¿Entonces cuál es el problema?
- - Que yo estoy aquí, y él ahí. No es por la distancia, sino por la situación. Pensar que estoy pretendiendo a otro hombre me hace sentir fatal.
- - Pero no tienes por qué sentirte así. Si ambos conocen sus sentimientos entonces el comprenderá que es tu deber estar aquí y que no aceptarás casarte con Haru.
- - Tú comprendes que el rey Haruka tiene que casarse por su nación y que por eso no puede estar contigo, ¿no es así? Bien, es lo mismo con él. Él es un sirviente del palacio, es imposible para nosotros estar juntos.
Nagisa hizo una pausa al darse cuenta por fin de que la princesa había descubierto sus sentimientos por el rey del País de la Arena y por eso había cambiado de tema tan repentinamente. También sintió mucha lástima por el joven que Gou había abandonado, pues comprendía su situación mejor que nadie. Viendo el momento como una oportunidad de desahogarse y contar todo aquello que se había guardado por años, le preguntó a Gou cómo se había dado cuenta de que estaba enamorado del rey.
- - Por favor, no le quitas los ojos de encima. Todo el día haces lo posible por permanecer a su lado. Además te ríes de cualquier cosa mientras estás con él. Más que obvio, yo pienso que es algo natural. Tenía que pasar luego de estar juntos por tanto tiempo.
Nagisa dejó escapar una risa nerviosa, y una sola y gruesa lágrima se deslizó por su mejilla. Gou le extendió un pañuelo para que se secara el rostro, pero Nagisa la rechazó educadamente.
- - ¿Le has dicho cómo te sientes?
- - Lo hice hace un par de años, pero naturalmente fui rechazado.
Gou se sorprendió de la valentía del joven. Seguía enamorado del rey a pesar de haber sido rechazado y peor aún, se mantuvo a su lado todo ese tiempo. Su mente se inundó de nuevo de imágenes de su prometido, ese del cual solo sabía su hermano, y se preguntó si a pesar de la despreocupada actitud que solía mostrar en realidad sufría tanto como Nagisa porque ella se había marchado.
Nagisa logró calmarse lo suficiente luego de darse cuenta de que Gou también lloraba. Ella se enjugó las lágrimas rápidamente cuando se vio descubierta y le dedicó al rubio una encantadora sonrisa de consolación. La fricción inicial entre ambos parecía haber disminuido un poco.
- - Debe ser difícil tener que observarnos coquetear con el rey, ¿no es así? – la princesa había extendido la mano y ahora le acariciaba la cabeza de manera maternal al chico.
- - Sí, lo es – contestó el con una amarga sonrisa en el rostro. – Pero es por eso que me es tan sencillo hablar contigo, tú en realidad no lo haces aunque te esfuerzas para que parezca que así es ¡y ahora sé la razón!
- - Oye, quisiera ayudarte, pero si el rey ha tomado la decisión de estar con alguien que no eres tú, entonces no deberíamos de intentar cambiarla.
- - Lo sé.
Los pensamientos del consejero volaron hacia el rey Haruka, que luego de haber preparado la cena se encontraba cambiándose de ropa para el evento de aquella noche. No se sentía nada entusiasmado por ello, pero había prometido hacer todo eso para encontrar con quien casarse, y su orgullo y deber hacia el pueblo le obligaban a cumplir su palabra.
Se detuvo frente al espejo una última vez para acomodar su turbante y luego salió de la habitación hacia el comedor. Al abrir las puertas descubrió que ya todos estaban ahí esperando. Nagisa se levantó de su asiento inmediatamente y le indicó a Haruka que su lugar era el centro de la habitación. En el momento en que el rey tomó la posición que se le había indicado, las luces se apagaron y una melodía comenzó a sonar.
- - ¿Un vals? – el príncipe Rin observaba la habitación de un lado a otro tratando de descifrar el lugar del que provenía la música.
- - ¡Correcto! Esta noche todos tomarán un turno para bailar con el rey, ¡y quien logre hacerlo bailar mejor será quien gane! Comenzará el ganador del evento anterior. Ese eres tú, Makoto.
El rey del País del Este se levantó tembloroso de su asiento y se aproximó al rey Haruka. Hizo una pequeña reverencia y luego extendió su mano hacia él. Cuando sintió el tacto de la otra mano comenzó a moverse al ritmo de la música lo mejor que pudo.
El desempeño de la mayoría fue regular, exceptuando a la princesa Gou, quien al ser mujer no supo si dirigir el baile o dejar que el rey la dirigiera torpemente; y al príncipe Rei, cuyos pies izquierdos parecían competir con los del rey Haruka.
Sobresalieron el príncipe Rin y el conde Yamazaki, a pesar de que ambos habían recibido algunos pisotones durante su turno. Ahora tocaba el turno de que Nagisa y los otros jueces, sirvientes del palacio que había presenciado todo, votaran y determinaran su veredicto.
- - Bien, esta noche anunciaremos al ganador en seguida, porque luego algunos no pueden dormir si les hacemos esperar al día siguiente. – El rey Makoto frunció el ceño disgustado y le lanzó una mirada reprobatoria a Nagisa por su comentario, que obviamente iba dirigido a él. – Fue una difícil elección, pero finalmente hemos decidido que el ganador de esta noche es el conde Yamazaki. ¡Muchas felicidades!
Una lluvia de sonoros aplausos inundó la habitación mientras el conde daba un paso al frente y hacía una reverencia de agradecimiento. Con la mayor naturalidad se aproximó al rey y tomándole una mano entre las suyas pronunció:
- - Le agradezco, su alteza. Pero dígame, ¿qué se supone que gana el vencedor de cada evento? No me queda del todo claro cómo esto le ayudará a elegir a uno de nosotros.
- - ¿Eh?
- - ¡Ah! ¡Muy buena pregunta, Yamazaki! – interrumpió el consejero. Los demás comenzaron a hablar al mismo tiempo expresando dudas similares a la del conde. Nagisa pidió silencio y prosiguió a explicar. – ¡El ganador de cada evento en realidad no adquiere absolutamente nada!
Nagisa había dicho eso con tal sonrisa en su rostro que hizo que dos de los presentes se irritaran y dejaran salir a la superficie sus personalidades más oscuras, y es que el príncipe Rei odiaba perder, pero odiaba perder aún más cuando no había tenido una buena razón para participar; mientras que el príncipe Rin había sentido desde el principio que todo era una enorme pérdida de tiempo.
- - ¡Calma, Rei! Estoy seguro de que Nagisa tiene una explicación – El rey Makoto le acariciaba la cabeza al príncipe de lentes para intentar tranquilizarlo.
- - Sí, tal como él dice, seguro el consejero nos lo explicará ahora, Rin, ¿no es así joven? – el conde Yamazaki se había apartado del rey Haruka para ir a sostener al príncipe Rin de los hombros con la finalidad de detenerlo en caso de que quisiera ponerse agresivo.
- - ¡Suéltame Sou…! ¡Solo quiero una explicación!
El verdadero nombre del conde casi se le había escapado a Rin en su enojo, pero había logrado darse cuenta a tiempo. Se quedó callado y le dirigió a Yamazaki una mirada cómplice, como asegurándose de que no estuviera disgustado por su descuido. Evidentemente nadie lo había notado, pero Makoto no pudo evitar levantar nuevas sospechas acerca de la relación de esos dos.
- - Bien, bien – el rey susurraba algo al oído de su consejero, cuyo rostro era a travesado por un tenue rubor en las mejillas. – Ya, les voy a explicar. Es cierto que si ganan o pierden estas competencias que organizo no les hace tener más o menos ventaja que los demás. De hecho todo esto es por diversión, para que puedan convivir con el Rey Haruka y puedan conocerse mejor entre él y todos ustedes. Además, pueden ver las debilidades de sus oponentes de este modo, ¿no creen?
El príncipe Rin comenzó a reír a carcajadas para sorpresa de todos. Al parecer le había parecido hilarante la idea del consejero. El rey Haruka vio como uno a uno, todos los demás comenzaban a reír también y esbozó una tenue sonrisa. Así le gustaba más, con todos felices. Sin embargo el ambiente cálido y amigable despareció cuando el príncipe Rin logró contener la risa.
- - Haruka, escuche con atención. Me parece muy bien que quiera conocer mejor a sus candidatos. Tampoco yo querría casarme por la fuerza sin por lo menos conocer un poco a la persona, pero usted y yo sabemos que no tenemos tiempo para estas tonterías. Le quedan unos veinte días para la fecha límite que establecieron mis padres para el acuerdo, después de eso no me hago responsable por lo que suceda. Si me disculpan, me retiro a mis aposentos. ¿Gou? Vámonos.
Los sirvientes comenzaron a murmurar entre ellos acerca de la actitud del joven príncipe. A su vez, el príncipe Rei había terminado por resguardarse detrás del rey Haruka junto con Nagisa y el rey Makoto, y les preguntaba atemorizado si antes se había comportado de esa misma forma, a lo que le contestaron que no.
- - Suele ser un poco antipático en ocasiones, pero jamás lo había visto hablar tan serio como hace unos instantes – dijo Nagisa.
- - Lo mismo digo – intervino Makoto. – Creo que debemos hacer algo, Nagisa. No preguntes por qué, pero estoy seguro de que algo oculta el príncipe, aunque quisiera pensar que no es así.
- - Pues no me había dado ningún motivo para preocuparme hasta ahora. Creo que lo mejor es que lo mantengamos vigilado, y creo saber la manera de lograrlo.
El rey Haruka escuchaba la conversación mientras veía al conde ir detrás del príncipe Rin cuando este salió del comedor. Si las sospechas que se formulaban en su mente eran correctas no solo él, si no todo su reino, estarían en graves problemas en caso de que no lograra elegir a alguien apropiado lo más pronto posible.
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- ¡Conde! ¡Señor!
El chico pelirrojo corría a través del pasillo hacia una enorme puerta que estaba al final de este. La puerta estaba abierta y en la habitación que guardaba se podía ver a la distancia la silueta pequeña de un joven que escribía sobre un pergamino con una pluma de ganso.
- - ¿Qué ocurre Momo?
El aludido había llegado por fin a la presencia del joven. Estaba jadeando por el cansancio de haber corrido escaleras abajo para encontrarlo y darle las noticias. El joven, conde del lugar, limpió la tinta de su pluma y la dejó a un lado esperando a que el chico pelirrojo recuperara la respiración. Sus brillantes ojos azules lucían apacibles y comprensivos siempre, excepto cuando se trataba de lidiar con su consejero. Lo quería mucho y se sentía muy agradecido con él, pero tener que convivir con Momotaro a diario se había convertido desde hacía mucho tiempo en un verdadero dolor de cabeza. Por suerte tenía la paciencia suficiente como para no perder la calma en su presencia la mayoría de las veces.
- - Es sobre el príncipe Rin, Conde.
- - ¿Qué dijo acerca de la invitación a cenar dentro de una semana?
- - No le he podido informar…
- - Ah… - el Conde soltó un largo suspiro - ¿Entonces qué vienes a decirme? Se suponía que llamaras por teléfono para avisarle, Momo.
- - ¡Y lo hice!
- - ¿Pero…?
- - ¿Recuerda aquella invitación del reino de la arena que llegó hace como una semana y que usted rechazó?
- - Ajá, la de la búsqueda de candidatos solteros para una boda con el rey de ese país, ¿no? ¿Qué tiene eso que ver con lo otro?
- - Pues que he llamado al palacio del príncipe Rin para hacerle llegar tu invitación. – el Conde dejó pasar el tuteo repentino de su consejero y espero a que continuara. – Mi hermano contestó. Al parecer el príncipe no está ahí… ¡porque ha aceptado la invitación que usted rechazó!
Sin pensarlo el Conde se puso de pie y volcó accidentalmente el tintero sobre su ropa. El consejero se apresuró a ayudarle a limpiarse. Solo al mirar al Conde a la cara se dio cuenta de que algo andaba mal.
- ¿Nitori? ¿Te encuentras bien?
