Disclaimer: Attack on Titan pertenece a Hajime Isayama


Capítulo II - Miedo

Cuando se encuentra en el exterior, respirando la agobiante brisa nocturna que hace a sus pulmones arder desde dentro, Christa se detiene de golpe, gira la mirada y observa detalladamente el largo sendero que acaba de recorrer; con los labios secos, titubea un momento.

"Quizá lo mejor sea regresar"

Lo piensa unos segundos, en silencio, de pie a mitad de una acera iluminada pobremente por un farol averiado y el tenue brillo del teléfono móvil que despliega un número a medio marcar. No ha pasado más de media hora desde que abandonó a regañadientes The Wings of Freedom, pero sus piernas parecen tan caprichosas y renuentes como lo estarían si llevara horas caminando en círculos.

"No deseo volver a casa"

Traga saliva nerviosamente, mostrando una extraña mueca de divertida resignación sobre su rostro hermoso; no desea aprovecharse de la amabilidad de su jefe, mucho menos cuando la situación involucra un asunto tan subjetivo como aquel, pero no puede evitarlo: esta noche, en que todo parece ligeramente distinto, lo menos que desea es regresar.

"Seguro lo comprenderá" Se dice a sí misma, mientras ajusta la cálida bufanda blanca alrededor de su cuello, mordiendo distraídamente su labio inferior: la brisa nocturna es mucho más fría de lo que le hubiese gustado "Podría decirle que quiero evitar volver a casa sola. Es algo tarde"

La bocina de un auto cercano rompe el silencio, provocándole un ligero respingo y acabando de golpe con su concentración; desde una dirección desconocida, la cual no se toma la molestia de identificar apropiadamente, un par de perros aúllan. Lo cierto es que, si bien demuestra cierto nivel de paranoia al moverse sola por calles oscuras, esta no es la primera vez que lo hace: cuando Mina tiene deberes pendientes, y no desea presionarla con su presencia o presionarse a sí misma ofreciendo ayuda que su compañera evidentemente rechazará, abandona el local por su cuenta.

Avanza un par de pasos tentativamente, como si sus botas estuviesen hechas de hierro calentado al rojo vivo que lacera sus tobillos con cada roce. No perdería nada con intentarlo. ¿Cierto?

"Solo un par de semanas lavando los platos" Sus dedos temblorosos terminan de teclear los dígitos que componen el número del móvil de Marco, colocando inmediatamente la bocina sobre su oído; Christa muerde inquieta la uña de su dedo pulgar "Vamos, atiende y sígueme la corriente"

Realmente, de todo corazón, no desea volver a casa.

El frio del dispositivo contra su piel desnuda casi la hace tiritar; la diosa mira hacia ambos lados antes de cruzar una calle desierta. Al otro lado de la línea, el molesto timbre de espera se reproduce una y otra vez, breve pero escalofriante, hasta ser interrumpido por la amable (Y un tanto mecanizada) voz de la operadora que responde a su llamado con palabras contundentes.

Lo sentimos, el número que usted marcó esta fuera de servicio.

Christa se retuerce inconforme, mirando a su alrededor para cerciorarse de que el paisaje no haya cambiado del todo. En silencio, caminando a través de otra acera igual de desierta que la anterior, intenta otra vez, tecleando más rápido, depositando una pizca de fe en cada número que toca sus dedos fríos: nuevamente, por alguna razón que desconoce, la línea parece estar indispuesta.

Frunce el ceño. Marco recibe como mínimo dos llamadas urgentes de algunos de sus proveedores a diario. Su móvil nunca está apagado. Nunca.

-Quizá solo imaginó que intentaría llamarlo- Se dice resignada, intentando encontrar confianza en el sonido de su voz que, a causa del frío, ha adquirido un timbre ronco. Camina nerviosa, de prisa, revisando sus mensajes de texto; a sus espaldas, en la dirección del local, escucha una serie de estruendos extraños -Si tuviera que lidiar con un grupo de subordinados miedosos también lo haría.

Aunque ella, mejor que nadie, sabe que no es verdad.

Abandona aquella calle solitaria para adentrarse al bullicio de una intersección considerablemente más amplia y concurrida. La abundante luz de los faroles en buen estado lastima su vista y los autos que pasan a su lado no hacen nada más que aturdirla o cegarla parcialmente. Ahora que ha descartado un regreso oportuno a The Wings of Freedom, Christa considera dos opciones: continuar su camino o dormir en las calles.

"Y admito que la segunda no parece tan mala opción"

Sonríe divertida, deslizando sus dedos por la gastada pantalla táctil de su teléfono móvil. Esquiva a un par de oficinistas de mal genio que bloquean su camino, pero el resto de la acera esta tan fluida que no tiene necesidad de hacerlo otra vez.

-¡Mira por donde caminas, niña!

-¡Lo siento!- Bueno, quizá si deba hacerlo otro par de veces.

Conforme pasan los minutos y el camino comienza a parecerle eterno y sumamente repetitivo, su pequeña sonrisa desaparece poco a poco, mientras sus pasos moderados se detienen de golpe.

"¿Mi madre habrá cenado algo?"

Juega con sus dedos sin darse cuenta de ello, tan distraída que apenas consigue quitarse del camino de una bicicleta que circula cuesta abajo a toda velocidad. Si, su madre siempre ha parecido tener un par de tornillos sueltos, pero últimamente parecía como si hubiese averiado todo su carburador: no bebe, tampoco come a menos que la obliguen a hacerlo, no habla ni se mueve de su permanente posición frente al televisor.

Siempre murmurando, llamando entre dientes a alguien que parece no estar ahí.

Sus manos tiemblan, intenta calentarlas con su aliento a la vez que lamenta no haber empacado aquella mañana los guantes que Sasha le regaló en navidad. Ver a su madre en ese estado era triste, tan desgarrador que había tratado de consolarla hace un par de días, abrazándola del mismo modo en que las hijas abrazaban a sus madres en todas las novelas que ha leído: se acercó cuidadosamente a ella, en completo silencio, rodeando sus hombros desde atrás.

-Está bien, madre- Recuerda haber susurrado a su oído con voz tranquilizadora -Todo estará bien.

El resultado: una complicada hemorragia nasal que tardó horas en detenerse, producto del empujón que le propinó su madre al ponerse en pie. El dolor fue malo, pues nunca antes nadie la había hecho sangrar, pero lo peor fueron las palabras que llegaron a sus oídos segundos después, provenientes de su madre.

Ojala nunca hubieses nacido.

"Me necesita" Medita a la vez que abre el mensaje pendiente con cierta impaciencia, mirando momentáneamente al frente para asegurarse de no tropezar; por sus labios escapa una ráfaga de vaho "Y no es como si tuviera otro lugar a donde ir"

Y lo que encuentra en su móvil corrobora su idea.

El mensaje, recibido aproximadamente al mediodía, es acompañado por una fotografía en la que se aprecia el rostro sonriente de Mina Carolina guiñando a la cámara mientras su brazo izquierdo rodea los hombros de alguien que parece haberse movido en el instante en que la imagen se capturó, convirtiendo su rostro en una mancha de colores pastel.

Una amiga de mi antiguo colegio vino de visita esta mañana- Reza el pequeño párrafo escrito pulcramente; Christa cree escuchar la risueña voz de su compañera narrando la experiencia -Ha pasado mucho tiempo fuera del país, por lo que me pareció buena idea darle la bienvenida y, de paso, pasar la tarde con ella. ¡Dile a Marco que lo lamento mucho!

Aliviada, pero no sin cierto vacío en el centro de su pecho, Christa despliega el área disponible para teclear su respuesta; levanta la mirada un momento para analizar la acera repleta de negocios cerrados y obstáculos con los que podría tropezar. Era reconfortante dejar de lado el tema de su madre.

Al menos por un momento.

Los peatones han ido desapareciendo poco a poco, de modo que solo un par de ellos acompañan su camino; de entre la oscuridad, los faros delanteros de un auto negro la encandilan al pasar muy cerca de ella, impidiéndole ver la discreta banca de madera que se alza en su punto ciego y esta, obviamente, la hace tropezar.

-¡Dios!

Una mezcla de sorpresa y ridículo cruza su rostro, a sus espaldas escucha las risitas burlonas de un par de adolescentes que caminan en dirección contraria a la suya. Recuerda su pequeño accidente en el café y, con el rostro rojo como un tomate, se sienta en dicha banca, observando a quienes parecen no notarla del todo. No está en su sano juicio, está cansada y sus parpados comienzan a cerrarse contra su voluntad.

Quizá es su repentino cansancio lo que la hace imaginar cosas tan estúpidas como faroles lejanos apagándose poco a poco, o sombras furtivas que se mueven a su alrededor, rodeándola entre el escaso gentío.

"O simplemente me hace tropezar con personas y cosas" Sonríe, mirando nuevamente la imagen, prestando especial atención a esa extraña sombra color pastel que acompaña a su amiga de coletas; ladea la cabeza levemente "Debe significar mucho para ella, o de lo contrario no se habría atrevido a ausentarse cuando Marco ya la ha amonestado unas tres veces"

Redacta el texto lo más rápido que le es posible, narrando desde lo ocurrido con Marco hasta el hilarante castigo impuesto a Hannah y Franz, pasando por el frío implacable y su extraña manía de chocar contra personas y objetos; apenas unos segundos luego de pulsar el botón de enviar, casi cae de lado al recibir una respuesta.

"P-Pero si no ha pasado ni un minuto…"

¡¿Día libre?!- Dicta dicho texto -¿Es en serio? Diablos. ¡Marco no me dio el día libre ni siquiera cuando estuve enferma de verdad! Si no tuviera una relación tan sospechosamente cercana con Jean juraría que le gustas- Christa deja escapar una risa forzada; sabia de sobremanera la clase de rumores que corren acerca del supervisor y su asistente -Deberías ir a casa ahora mismo, es algo tarde y, según lo que me cuentas, te mueres de sueño. También Annie está tardando mucho

-Entonces se está quedando en su casa…

Repentinamente, la diosa siente el peso de la soledad. En realidad, socializar nunca ha sido una de sus especialidades: recuerda vagamente sus primeros días en el colegio, cuando no tenía nada que hacer durante los recesos más que ir a la biblioteca, tomar prestado un libro y quedarse ahí, sola, esperando. En ese entonces ni siquiera tenía un móvil, no lo necesitaba, hasta que Sasha Braus, la glotona amiga a quien conoció un tiempo después, le obsequió el que ahora posee.

Descansa completamente su espalda sobre el respaldo de la banca, observando con desinterés la vitrina de lo que ahora reconoce como una tienda deportiva. Ahora que lo piensa, no ha conseguido muchos amigos desde ese entonces: habla con Mikasa Ackerman de vez en cuando (Si es que a eso se le puede llamar hablar), también disfruta la presencia de Armin Arlert, e incluso la de Eren y Connie. ¿Eso los convertía en sus amigos? ¿Qué hay de los chicos de su trabajo? ¿Los conocía lo suficiente para eso?

En realidad, cada que pasa tiempo con ellos, Christa se siente más como una mascota.

"No es su intención hacerme sentir así" Se recuerda con una sonrisa "Simplemente algunos no nacemos para ello"

Luego de un tiempo, cuando considera haber descansado lo suficiente, Christa decide ponerse en pie de un salto, sacudiéndose la ligera capa de polvo sobre la que se había sentado. Un auto (Que a su parecer es el mismo que observó hace unos minutos) se desliza a su lado a toda velocidad, meciendo su cabello suavemente y proyectando su sombra; mucho más alta que ella, su propia figura se alza sobre ella de una forma que no cree posible. El sonido de los peatones a su alrededor ha desaparecido, siendo reemplazado por murmullos tenues y pasos ligeros.

-¿Eh?- Murmura casi sin darse cuenta de ello. No es su estatura, escasa y humilde, la que proyecta esa figura; no está sola, esa sombra no le pertenece.

Entonces, en el preciso momento en que se gira para buscar el origen, el farol sobre su cabeza se apaga de golpe, dejándola en la oscuridad.

-¿H-Hola?

Su voz es ahora un simple siseo inaudible para alguien más que no sea ella, de pronto, por alguna razón, se siente asustada e indefensa, al punto en que cree escuchar como ese grupo de pasos suaves ganan intensidad. Un brillo extraño llama su atención: un hombre la observa de pie al otro lado de la calle, tan real que incluso en las sombras puede apreciar su silueta imponente y el brillo enloquecido de sus ojos color azul. A su izquierda, en la lejanía, otro farol se apaga.

Quizá el sistema eléctrico se averió (Aunque, en el tiempo que lleva recorriendo esas calles, Christa nunca había visto nada parecido), y el hombre solo necesita ayuda para moverse en la oscuridad.

Pero algo no le parece correcto, algo muy dentro de su pecho le dice que no debe hablar.

Un feroz rechinido al final de la calle la obliga a girar el rostro: a tan solo un par de metros, un auto deportivo negro, que ahora le parece familiar, detiene su marcha abruptamente en ángulo perpendicular, obstruyendo el paso a otros vehículos. No puede negarlo por más tiempo, algo malo sucede a su alrededor.

"¿Pero qué es?"

No aparta la mirada del hombre, pues él no aparta la mirada de ella, pero los pasos que solía creer producto de su paranoia están ahí, más reales que nunca. La rodean y la asechan.

¿Es esto un robo? Una extraña corazonada le dice que no, parece algo más peligroso, más real. Un par de pasos más pesados que el resto, como si provinieran de una persona bastante alta, pasan a su costado izquierdo velozmente; retrocede, intentando reunir fuerzas para correr.

"El móvil" Con los labios secos, y tan asustada como un perro pequeño, Christa levanta el aparato discretamente, mostrándolo para luego depositarlo sobre el suelo. Su luz azulada ilumina sus botas. Quizá si les da lo que desean la dejaran en paz.

¿Pero porque sus acosadores parecen acercarse más? ¿Querrán también su dinero?

Más pronto que tarde se siente al borde de las lágrimas, sin saber qué hacer, con sus frágiles piernas paralizadas a causa del miedo. No soporta la incertidumbre, no cuando esta le impide comprender lo que ocurre a su alrededor. Los faroles del auto negro, que hasta ese momento se mantenían apagados, se encienden de golpe.

"Corre" Grita su mente con desesperación "¡Demonios, corre!"

Pero, para su sorpresa, solo reúne las fuerzas suficientes para caminar, temblando y sollozando en silencio, con las piernas hechas de goma mientras busca el único farol encendido en un horizonte no tan lejano. Los pasos la siguen con calma; gira la mirada y descubre que su móvil continua en el suelo, en el mismo lugar donde lo dejó.

¿Acaso la quieren a ella?

Son tres, los escucha perfectamente. Christa camina cada vez más aprisa, trastabillando con cada piedra suelta, con la mirada fija en el hombre robusto que continua observándola al otro lado de la calle. No es hasta que ese hombre se mueve, dando un paso lento y pesado en su dirección, cuando la diosa obedece a su instinto.

"¡Corre!"

Sus botas se abren paso en golpeteos continuos, salpicando el asfalto aún húmedo a causa de las lluvias recientes, adentrándose a la primera calle que encuentra, igual de solitaria y oscura. Tanto su móvil como su compostura han quedado atrás.

"¿Qué está pasando? ¿Qué es lo que está pasando?"

Mira hacia ambos lados de la calle, encontrando una serie de puertas de colores rojizos. En ese barrio, tan alejado del bullicio permanente del centro de Múnich, los edificios son alargados y antiguos, con detalles rústicos magistrales que en las sombras se convierten en silenciosas garras demoniacas; no está asustada, pues ha recorrido aquellas calles con anterioridad, pero ahora entiende porque la situación le parece tan perturbadora: siempre hay personas sentadas en los umbrales de esos mohosos condominios, jugando, charlando o bebiendo brandy.

"Pero no hay nadie aquí"

Corre unos cuantos minutos más, pasando de calle en calle cada cierto tiempo, deslizándose furtivamente como si fuera una rata. Mira el reloj sobre la cúspide de un edificio antiguo dándose cuenta de lo tempano que en realidad es.

-Creo que los he perdido- Murmura de forma casi inaudible, refugiándose tras el escuálido muro de un viejo y destartalado bar: a este punto, las luces están encendidas del todo, pero eso no le otorga ni una pizca de tranquilidad -Aunque no creo que intentaran seguirme.

Se sienta un momento sobre la acera húmeda, limpiando su sudor con el dorso de su mano, forzando su vista hasta la calle del fondo; puede ver su edificio desde ahí, solitario como nunca antes, con las luces de sus muchas ventanas apagadas. ¿Dónde están los niños jugando a la pelota? ¿Y los hombres que llegan recién del trabajo que tanto odian? ¿Dónde?

"Quizá deba llamar a Marco" Golpea su rostro suavemente, recordando que dejó su móvil atrás hace varios minutos. Casi una hora ha pasado desde que abandonó a regañadientes The Wings of Freedom y ahora está ahí, esperando, luchando para no devolver su ultimo alimento; quizá esta malinterpretando las cosas, quizá los ladrones estuvieron conformes con su teléfono y decidieron dejarla ir "Tengo que llegar a casa a como dé lugar"

Tragando hondo, deshaciéndose de la última gota de su temor, Christa sale de las sombras.

Avanza a través de su último obstáculo. El sendero es amplio, tanto que cualquiera podría verla desde alguna de las ventanas de los edificios más próximos, desde los callejones estrechos o desde alguna parte de la oscuridad; de hecho, una mirada furtiva parece espiarla desde su propio edificio.

"¿Madre?" Mira directamente a la ventana de su departamento, pero no encuentra nada "Un poco más y estaré en casa"

¿Qué estará haciendo Mina en estos momentos? ¿Y Sasha? ¿Y Jean? En realidad le gustaría saberlo. Abre la puerta principal del condominio con cuidado, asomando su cabeza discretamente antes de adentrarse de lleno a él. Es pequeño pero bastante cómodo para vivir: sin contar con la recepción, el edificio consta de tres plantas que albergan un departamento cada una, con dos habitaciones, un baño, una cocina y la sala de estar.

En realidad, todos los pisos están vacíos a excepción del de la recepcionista y el de su familia.

"Sasha solía decirme que estaba embrujado cuando recién la conocí" Aunque, en realidad, si eso fuera una cuestión sobrenatural se sentiría más tranquila "Quizá lo decía para molestarme"

La recepción está completamente vacía, pero eso no es nada fuera de lo normal: Christa duda que a su casera, una extraña anciana llamada Helen, le importara su trabajo. Encogiéndose de hombros sube la gastada escalera poco a poco, escuchando los rechinidos de sus pasos mientras se estremece con el constante pero cotidiano parpadeo de la luz mercurial. Esos detalles nunca le habían preocupado, al menos no hasta hoy.

Algo húmedo roza su dedo índice derecho, el cual se aferra al pasamanos de la escalera que asciende en círculos hasta el piso superior donde vive junto a su madre. Toma un poco con dos de sus dedos delgados, intentando analizarlo con ayuda de la escasa luz: parece ser negro.

-¿Madre?

Asciende un poco más mirando siempre hacia arriba; sus botas parecen salpicar pequeños charcos del mismo líquido que resbala por la escalera, el cual aumenta gradualmente su cantidad. Su corazón late tan fuerte y el sudor sobre su frente es tan denso que casi olvida que hace apenas unas horas se moría de frio.

El primero de los pisos está vacío, como siempre, pero el segundo, en donde vive la vieja y malhumorada casera, parece más oscuro de lo normal. Sea lo que sea, ese extraño líquido parece provenir de ahí.

"Quizá se averió su lavamanos, escuche que tenía serios problemas de inundaciones por él"

Pero si su lavamanos era el culpable, ¿Por qué el líquido no parece tener una distribución uniforme?

Traga hondo, temblando desde adentro. Sea lo que sea, Christa debe asegurarse de que aquella pobre señora se encuentra bien. ¿Qué clase de persona seria si Helen se hubiese accidentado en algún lugar de su departamento y no acudiera a ayudar?

"Definitivamente, no una diosa" Ríe por lo bajo, casi de mala gana mientras se encamina al umbral desierto: ahora más que nunca, no desea ser una diosa.

-¿Señora?- Llama en un tono de voz ligeramente más alto del usual mientras las luces continúan parpadeando con violencia, dejándola en penumbra por breves pero constantes periodos de tiempo. Camina con cuidado, sujetando el pomo de la puerta de caoba acabada por el tiempo y las termitas -¿señora Helen?

La perilla, para su sorpresa, esta caliente al tacto, como si hubiera sido usada recientemente. Todo es demasiado extraño, al punto en que Christa siente que aquella mañana debió levantarse de su cama con el pie izquierdo, del lado izquierdo y utilizado su mano izquierda para apagar su despertador.

La puerta está abierta, tal como lo había sospechado, y cubierta de más de ese líquido extraño que encontró en las escaleras y el corredor. Lo analiza de cerca, utilizando un breve momento de claridad cortesía de las caprichosas luces: es ligeramente espeso y de un rojo tan oscuro que casi parece negro.

Ni siquiera Christa Renz, la diosa, sería tan ingenua para no comprender que aquello que se impregna en su palma es sangre.

-¡Señora! ¡¿Está bien?!- Camina más aprisa, olvidándose de las precauciones que mantenía desde que abandonó su puesto de trabajo, utilizando la luz parpadeante para guiarse en el alargado corredor de paredes blancas, horribles cortinas de colores chillones y adornos estrafalarios que ahora se encuentran dispersos sobre el suelo, hechos pedazos -¿Señora?

A duras penas puede ver un grupo de huellas en las paredes, provenientes de manos frenéticas y sanguinolentas. Christa disminuye la velocidad, su corazón late con tanta fuerza que siente como si fuera a salir de su pecho, y la adrenalina es tanta que casi olvida su cansancio.

Esto no es un accidente y lo que sea que encuentre en la habitación del fondo, de donde parecen provenir mayores cantidades de aquel líquido, lo confirmará.

-¿Hola?- Murmura titubeante, dando un paso tras otro mientras intenta no hacer más ruido del necesario -¿S-Señora Helen?

La sala de estar, al fondo del pasillo, está en completa oscuridad, pero la escasa luz de luna que atraviesa las delgadas cortinas rotas le muestra una escena que, de no estar tan asustada, la haría gritar: cae al suelo de espaldas, retrocediendo a tientas del catastrófico rastro de sangre que emana de la anciana muerta cuyas manos aun intentan contener el violento corte que atraviesa su garganta de lado a lado. Es impresionante imaginar la forma en la que debió llegar ahí, corriendo a través de las escaleras mientras intentaba no perder demasiada sangre, tropezando con todo.

Christa lleva ambas manos a sus labios para contener las violentas arcadas que provocan la visión de una pequeña cantidad de moscas sobre el cuerpo inerte, luchando contra la nube que amenaza con obstruir su visión y hacerla desvanecerse en aquel mismo sitio. Como puede se pone en pie, casi resbalando con los rastros de sangre esparcidos por el suelo cubierto de madera.

"Madre" Sale corriendo; el aroma es insoportable "¡Madre!"

Encuentra el teléfono de la recepcionista descolgado, caóticamente cubierto de una ligera capa de su líquido vital. No sin cierta repugnancia lo lleva a su oído, pero ninguna clase de sonido sale de ahí; analizándolo detenidamente, descubre que el cable de la línea ha sido cortado.

-¡No puede ser!- Su grito exasperado provoca una serie de golpes desde el piso superior. Su piso.

Abandona ese departamento a toda prisa, lanzándose escaleras arriba como una bala camino a la última planta, donde vive con su madre. No siente cansancio, pero sus piernas parecen estar hechas de gelatina y su corazón hecho de cristal.

De un momento a otro, un clavo fuera de lugar captura la parte baja de su falda, enredándose al punto en que ella misma debe rasgarla por completo para continuar; en alguna parte del camino se ha quitado su suéter. No soportaba el calor.

"Un poco más, solo un poco más" Sube a trompicones el último tramo de escaleras que la llevan a la última planta. Su hogar, poseedor de una puerta en un estado aún más decadente que la de Helen, la espera tal como la dejó esa misma mañana: cerrada con llave "Gracias a Dios"

Un poco más tranquila, pero sin dejar de temblar compulsivamente, Christa extrae de su bolso el pequeño juego de llaves, dejando caer accidentalmente uno de sus libros de texto.

"Está bien" Se repite mentalmente, colocando la llave dentro de la cerradura oxidada con torpeza, abriéndola en medio de un chirrido seco "La puerta estaba cerrada, nadie la pudo forzar"

Pero en cuanto atraviesa el marco de la puerta, precedido por la oscuridad, Christa sabe que acaba de cometer el peor error de su vida.

Su madre está ahí, del mismo modo en que lo estaba cuando salió esta mañana: sentada frente al televisor en medio de la sala de estar, el cual libera un brillo tenue entre la negrura espesa; la diosa, temblando, recorre el largo pasillo paso a paso. Todo a su alrededor, pese a parecer en orden, le produce un mal presentimiento.

-¿Madre?- La mujer, de cabello rubio como el suyo, no levanta la mirada -Madre tenemos que irnos, alguien atacó a Helen…

Pero apenas nombra a la anciana, un momento de lucidez le roba el aliento. Las luces mercuriales regresan por un instante y Christa pega la espalda a la pared más próxima: su madre no está sola, sentada plácidamente en uno de los mullidos sofás se encuentra una figura de gran estatura, esbelta, con desaliñado cabello castaño que flanquea una enorme sonrisa de dientes brillantes; enfermiza, tanto como sus guantes de cuero goteando la sangre de su casera. Se siente al borde del desmayo cuando regresa la oscuridad y la escucha levantarse de un salto.

-¿M-Madre?- Murmura torpemente, arrancando una carcajada de su invitada.

-¡Oh no! Lo lamento pequeña, pero tu madre está demasiado aturdida como para pensar- La voz, en la que reconoce un timbre femenino, se acerca más y más, rodeando a su madre, doblando su brazo y obligándola a ponerse en pie.

-¡Madre!- Su madre emite un grito de agonía.

Tanto ella como la asesina parecen desconcertadas. Gruesas lágrimas descienden por el hermoso semblante marcando sus ojeras y las arrugas que apenas comienzan a surgir, dándole un aspecto miserable; en la oscuridad, sus ojos azules brillan con desesperación y miedo.

-¡No es mi hija!- Grita en un hilo de voz -¡No tiene nada que ver conmigo!

Christa se paraliza, retrocediendo hasta que no le queda más espacio para seguir haciéndolo. Su invitada, que porta un largo abrigo de cuero impregnado por el olor a muerte, extrae de uno de sus bolsillos un largo cuchillo antiguo, aun cubierto con la sangre y carne de su víctima anterior.

-He visto muchas idioteces en mi vida, señora- Hala su cabello hacia atrás, arrancando de la mujer otro grito; sus palabras liberan un sutil hedor a hierba -Pero negar a una belleza como su hija, es quizá lo más idiota que he visto.

-¡No!

Estira su brazo derecho intentando alcanzarla, pero poco más puede hacer; está paralizada. El brillo marrón de los ojos de la asesina se une momentáneamente a su mirada azul, y un sentimiento extraño invade desde la boca de su estómago hasta el interior de sus intestinos.

-Es tu culpa- Murmura su madre repentinamente, señalándola y volviendo a llorar -Por tu culpa…

-Es su culpa por enamorarse de un canalla, señora -La mujer hala el cabello de su madre hacia atrás violentamente, haciéndola gritar y descubriendo un gran segmento de su cuello -Y usted también lo es. Adelante, chica, tendrás el honor.

La luz regresa unos segundos, mostrándole un sonriente rostro cubierto de simpáticas pecas que casi le dan aires de inocencia mientras sus dedos alargados le ofrecen el arma ensangrentada.

-No- Murmura en voz apenas audible -No puedo…

-¿No?- La mujer hace una dramática mueca de decepción, tomando el cuchillo por su mango -Es una verdadera lástima, eso habría hecho nuestra relación un tanto más llevadera.

Esta vez, en un movimiento rápido, el filo del arma se posa peligrosamente cerca del cuello de la mujer; su madre lloriquea.

-Volverá a ver a Rhodes, quizá se encuentre en el infierno.

Christa observa la escena con la mirada vidriosa, concentrándose en los húmedos orbes azules de su madre que la buscan con suplica. Nunca, en sus quince años de vida, había visto un rostro que albergara tanto rencor.

-Ojala nunca hubieses nacido.

Entonces, con apenas noción de lo que acaba de ocurrir y con la imagen del cuello de su madre siendo abierto de lado a lado, Christa cae al suelo sin fuerzas, desvaneciéndose poco a poco, observando como un par de botas ensangrentadas se acercan a ella con cautela y goce.

-Nos divertiremos mucho, mi Christa.