Disclaimer: Attack on Titan pertenece a Hajime Isayama


Capítulo III - Despertar

En medio de un extraño letargo, tan parecido a la muerte, Christa vuelve a soñar.

Sueña sin interrupciones o molestias, sueña con esas cosas extrañas que, sin lugar a dudas, ha soñado más de una vez. De hecho, ha tenido pesadillas desde siempre, desde que era una niña asustadiza que observaba a su madre escabullirse en el asiento trasero de un auto desconocido; monstruos hambrientos en las profundidades de su armario abierto o una sombra siniestra en el lugar que su desconocido padre debería ocupar. Todos esos sueños la hacían despertar a altas horas de la noche respirando agitadamente, luchando por contener las lágrimas mientras se abrazaba a sí misma para no tiritar.

Eran experiencias aterradoras, no puede ni quiere negarlo, pero ahora sabe que no eran más que fantasías infantiles destinadas a prepararla para algo mucho peor, algo que ahora vive plenamente.

La mirada marrón de un demonio que intentaba alimentarla con un gotero o un par de asquerosas sanguijuelas que anidaban incómodamente en la curva de su cuello. Son cosas simples y ni por asomo tan escalofriantes como las experiencias de antaño, en ellas no ve a los monstruos malvados que desean devorar su carne o producirle un horrible dolor; en ellas ve algo que, ahora que tiene edad suficiente para entenderlo, le parece más amedrentador: un espeluznante e innegable realismo.

Sin embargo, no existe forma de que algo como aquello sea real, después de todo, solo eran pesadillas.

Se retuerce, pero no siente sus propios músculos al hacerlo; quizá su mente despertó muchas horas antes que su cuerpo, haciendo que sea imposible el poderse controlar.

"No sería la primera vez" Piensa con cierto alivio, intentando abrir sus ojos sin obtener resultados. Lo intenta una vez, luego otra, luego otra, hasta que termina cediendo. Cosas como esa le habían ocurrido en solo un par de ocasiones, pero la última había tenido lugar hace tan solo un par de semanas atrás "Quizá verdaderamente hay algo mal en mi cabeza"

De pronto, quizá a causa de haber revivido esos recuerdos, llega a su mente una idea fugaz que, de poder moverse, la habría hecho suspirar exasperada: ¿Será que se le ha hecho tarde para ir al colegio? Sin duda lleva mucho tiempo durmiendo y no parece próxima a despertar. A este paso se perdería las dos primeras asignaturas del día y nunca tendría el tiempo suficiente para ponerse al corriente en todos los temas que ha descuidado hasta el día de hoy.

"Armin me advirtió que esto pasaría cuando conseguí el empleo" En su mente aparece de forma inconsciente la imagen de un pequeño chico de cabello rubio con unas delicadas gafas de lectura sobre su nariz, sonriéndole victorioso "Aunque, desde el principio Marco se ofreció a asesorarme si se presentaba la oportunidad"

De inmediato, la imagen mental cambia a un rostro de apariencia un tanto más gentil, decorado con pequeñas pecas que se extienden por sus mejillas como estrellas en el firmamento. Marco Bodt es el supervisor general del café de los suburbios en el que lleva poco más de medio año trabajando: The Wings of Freedom; un chico amable, de apenas un par de años más que ella, que ha sido muy comprensivo con sus problemas desde el momento mismo en que comenzó a trabajar. Quizá sea por esa razón que Christa no consigue entender porque ha soñado con él tantas veces, con la mitad del cuerpo horriblemente mutilado y la piel del rostro tan carente que dejaba al descubierto sus encías y el hueso blanquecino bajo ellas. A veces lo soñaba preparando café, y trozos de su carne caían distraídamente en el líquido negro.

"La próxima vez que lo vea, me disculparé con él" Se dice con la boca seca y unas indescriptibles ganas de llorar "Se preocupa por mí y no he hecho nada más que evitarlo"

Quizá si hago eso, los sueños desaparecerán, olvidó añadir. En realidad siempre había sido así: nadie sabe lo que ocurre con su madre; nadie sabe que, cuando llega al colegio con un vendaje nuevo o un enorme moretón negruzco en alguna parte de su piel, no es a causa de su aparente torpeza. Nunca ha sentido la necesidad de preocupar a los demás pero, con todos estos sueños tan extraños no cree poder contenerse por más tiempo.

"Me pregunto si mi madre ya habrá tomado el desayuno" No, probablemente aún se encontrara frente al televisor, llorando.

Tiembla; algo en el recuerdo de su madre le produce cierta sensación de ardor en las muñecas, como si el roce de algo frío las hiciera sangrar. ¿Qué ocurre? ¿Por qué no puede abrir sus ojos por más que lucha por hacerlo? ¿Había dormido hasta tarde? ¿Había estudiado tanto que sucumbió ante el cansancio y no se ha recuperado aun?

De hecho, esa ni siquiera parece ser su habitación. No siente sus propios músculos, pero si la ausencia de las gruesas mantas que cubren su cama y la falta de la fresca brisa nocturna que entra por la ventana abierta para despertarla con el beso de una madre que nunca la amó. De hecho, lo único que siente es miedo.

"Todos esos sueños los he tenido esta misma noche" Reconoce de pronto. Poco a poco va ganando consciencia de sí misma y, cada que lo hace, recuerda algo que hubiera preferido olvidar "Pero han sido demasiados. ¿Por cuánto tiempo he estado durmiendo?"

En el fondo desearía nunca haber hecho esa pregunta. Pocos segundos después, en la oscuridad de lo que imagina que son sus parpados cerrados, escucha el eco de un par de pesadas botas moviéndose a través de un suelo de grava, siendo opacadas por el rechinido de unas bisagras viejas al abrirse tortuosamente. No, no estaba en su hogar: siempre, desde pequeña, se había encargado de engrasar muy bien las puertas para que no produjeran ruidos molestos y de memorizar el distintivo sonido de pisadas cerca de su habitación.

"¿Madre?" Cuestiona para sus adentros, luchando por despertar "No. Ella nunca ha visitado mi habitación, ella ni siquiera recuerda que existo"

Los pasos se acercan más, y más, hasta que una sensación abrumadora acaba con sus pensamientos de golpe, confirmando de una vez por todas que no se encuentra en nada parecido a su habitación: un torrente de agua helada golpea su cuerpo con violencia, despertándola en medio de un ataque de tos.

-Abre los ojos de una maldita vez.

Esa voz, rasposa como ninguna que haya escuchado antes, no pertenece a nadie que conozca; aunque, de hecho, recuerda haberla escuchado con anterioridad. No percibe nada mientras se debate dolorosamente ante el tacto del agua helada escurriendo por su cabello dorado, paseando entre sus pechos y perdiéndose entre sus muslos.

-Parece que dormir te ha sentado bastante bien, princesa, casi parece que hay algo de color en tu rostro.

Christa respira agitadamente, una y otra vez, sin lograr recuperar del todo el aliento. Esta confundida y el hecho de estar empapada de pies a cabeza no la ayuda a sentirse mejor; intenta tallar sus ojos cegados por la luz pero más temprano que tarde se percata de que sus manos están inmovilizadas en algún lugar a sus espaldas, contenidas por una gruesa cadena adherida a un muro pegajoso y maloliente.

"Dolía por esa razón" Piensa con la lucidez que proporciona un baño de agua fria, sintiendo el roce de sus heridas abiertas por la constante fricción de los grilletes "¿Qué está pasando?"

No siente nada más que dolor, ni aun el peso de su propia ropa al empaparse: mira hacia abajo, hacia sí misma, solo para notar que todas sus prendas han desaparecido a excepción de su sobria ropa interior de color gris. Frunce el ceño, todo aquello parece cada vez más fuera de la realidad.

-Sé que disfrutas verte en ese estado- Dice la voz de antes con algo de sorna -También lo hago, nada mejor que un poco de agua para hacer lucir sensual a una mujer. ¿No crees?

"La voz" Recuerda luego de un tiempo, tratando de ponerse en pie. El lugar huele a humedad y las paredes de concreto solido se ven, según parece, como si hubieran pasado siglos bajo el agua. Ella se encuentra en la pared contraria a la puerta de donde proviene la escasa luz de lo que parece ser el corredor principal: de rodillas. La persona a quien pertenece la voz esta frente a ella, de espaldas a la luz, sosteniendo una cubeta que aun derrama parte de su contenido "No la conozco, nunca he estado aquí"

-Nunca había tenido a alguien que durmiera tantos como tú- La que ahora reconoce como una mujer ríe sarcásticamente, burlándose de su situación, haciendo un gesto de indiferencia con su mano libre -Normalmente todas lloran o suplican cuando descubren las cadenas o el lugar.

"¿Cadenas?" Christa siente un líquido frio bajando por su frente, uno distinto al agua que aun corre por su cuerpo. La sombra da una larga calada a un cigarrillo que desprende un olor muy fuerte que la obliga a arrugar la nariz; ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué las cadenas le impiden ponerse en pie? ¿Por qué esta inmóvil frente a una silueta desconocida que parece conocerla a la perfección?

La sombra sonríe, o eso supone debido al brillo blancuzco de sus dientes cortando la oscuridad; por un momento cree que puede leer sus pensamientos, sentir su desesperación y aprovecharse de ella.

-Dónde estás, te preguntas- Comenta en un jugueteo, tomando su silencio como una afirmación. Camina de un lado a otro velozmente -No es tan difícil, puedes imaginarlo. Vamos, adivina.

La ve colocar sus manos sobre sus rodillas, inclinándose emocionada para mantener la mirada fija en su rostro y en cada una de sus expresiones. Hace memoria, ignorando el fuerte dolor que cubre sus muñecas. Había acudido a clases esa mañana e incluso recuerda haber visto algo referente a la Segunda Guerra Mundial en la clase impartida por el profesor Keith Shardis.

"Luego de ello fui a trabajar; Marco me dio el día libre" Su cabeza duele, buscando detonar cualquier recuerdo que pueda proporcionarle una pista de lo ocurrido la noche anterior. Parpadea repetidamente "Sé que volví a casa, pero no recuerdo haber visto a Helen en el recibidor"

-¿Ya estas cerca?- Pregunta la silueta meciéndose de atrás hacia adelante, acercándose lo suficiente para que el desagradable olor de la hierba que se desprende de sus labios llegue a ella, vicioso y fuerte -¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Recuerda cómo fue que volviste a casa! ¡Recuerda lo que le sucedió a tu maldita madre!

¿Su madre? ¿Por qué esta desconocida habla de su madre? Lentamente, como si acabara de recuperare de un trance alcohólico, los recuerdos de la noche anterior vuelven a su cabeza de uno a uno; recuerda su perturbador recorrido a casa, rodeada de sombras extrañas y de faroles que parecían apagarse en el momento en que caminaba bajo ellos; recuerda haberse ocultado entre las sombras de callejuelas estrechas para escabullirse de las miradas indiscretas de perseguidores que parecían no existir; recuerda los desesperantes momentos que pasó observando el cuerpo inerte de su casera en medio de su propia sala de estar, sosteniendo su cuello para contener la hemorragia que acabó con su vida.

Es esa la noche que tanto intentaba olvidar, la que provocó todas esas horribles pesadillas; ahora lo sabía, había despertado muchas veces a lo largo de su cautiverio, pero la oscuridad de la habitación y el dolor en sus muñecas la habían motivado a dormir otra vez. Todas esas pesadillas y todos sus temores fueron producto de una misma noche.

-Madre…

Una lágrima solitaria desciende a través de su rostro; no siente sus heridas, ni la humedad de su piel, ni el frio implacable de una celda que, podría apostar, se encuentra bajo tierra. Ahora solo siente una ensordecedora negación. No había forma de que aquello fuese real, es decir, no había forma de que algo como eso estuviese sucediéndole a ella, precisamente a ella. Seguro es otra pesadilla, uno de esos horribles sueños producto de la incómoda situación.

Pero si lo que vive en esos momentos es real, entonces sus sueños…

¡No! ¿Cómo podría explicarlo? ¡Debe haber una solución! Una manera en que pueda despertarse en su habitación como cualquier otro día, acurrucada en su almohada con un desagradable hilo de saliva recorriendo sus labios; debe ser solo una alucinación. Pero esos grilletes. El agua fría que aun la hace temblar.

Dios mío. ¿Qué ha ocurrido?

Intenta liberar sus manos deslizándolas fuera de los grilletes pero cada vez que lo intenta no logra otra cosa que lastimarse aún más. La chica frente a ella, tan alta como un demonio acechándola desde arriba, deja escapar un pequeño grito de éxtasis que puede sentirse a través de unas solidas paredes de concreto que, en teoría, no dejan escapar el sonido.

-¡Bingo! ¡Sumamente brillante! ¡Normalmente a todas les cuesta una semana entenderlo!- Aplaude desenfrenadamente, de forma tan sobreactuada que consigue colorear las mejillas de su prisionera con colores carmesí; Christa se muerde el labio -Eres todo un caso excepcional.

Hala una última vez, con todas las fuerzas que aún le quedan, con una indescriptible sensación de pánico corriendo por cada una de sus venas próximas a estallar. No es hasta el momento en que siente un hilo de líquido espeso bajando por sus muñecas cuando decide darse por vencida, relajando su cuerpo e intentando recuperar la respiración.

No puede escapar, alguien se ha asegurado bien de ello.

-¡Increíble! ¡Ese rostro hace que me lamente en no haber traído una cámara!- La excéntrica voz continua riendo, acercándose un poco más -Tu ímpetu es excelente, no es nada que haya visto con anterioridad. Fue una buena decisión haberte traído hasta aquí.

Algo en esas palabras le da mala espina. Baja la mirada hasta enfocarla en sus rodillas húmedas, en su abdomen maltratado y en la curvatura de sus pechos cubierta de marcas purpureas y mordidas sutiles. No puede ser cierto: en sus sueños, esas marcas eran producidas por sanguijuelas o por insectos parasitarios irreales.

-Nada de esto es real.

Los aplausos cesan de pronto y, mucho antes de que pudiera pronunciar otra palabra, una mano fuerte envuelta en un guante de cuero toma su rostro con brusquedad, elevándolo hasta que sus ojos estuvieron a la altura de su colérica mirada marrón; ve de cerca su piel bronceada cubierta de irónicas pecas impregnadas de polvo y de un extraño liquido parecido a la sangre. Por fin la reconoce; la recuerda extendiendo un cuchillo hacia ella, tomando el cabello de su madre para halarlo hacia atrás.

-¿No crees que soy real?- Pregunta la mujer seriamente; cada que habla presiona su rostro con un poco más de fuerza, al punto en que la diosa siente que esos dedos delgados dejarán horribles marcas en su piel -¿No crees que estas cadenas sean reales? ¿No crees que todo lo que hay a tu alrededor es real?

Guarda silencio, pues no puede ni pretende responder. Decide distraerse prestando atención a la vestimenta del demonio, especialmente a la camisa roja que posee muchas manchas aún más rojas a lo largo de sus mangas y torso, como continentes en el mapa de un mundo desconocido.

"¿A quién pertenecerá?" Se pregunta sin querer una respuesta. Traga saliva; su figura es esbelta, atractiva hasta cierto punto y tan fuerte que pudo haberla partido en dos "No parece tener ninguna clase de lesión"

-Dime, pequeña Christa- Tiembla ante la mención de su nombre, observando como el rostro de la mujer parece ser atravesado de lado a lado por una idea brillante, la cual reemplaza su ira por una aterradora felicidad. Inesperadamente, la presión sobre sus mejillas se transforma en una suave caricia -¿No recuerdas como le abrí el cuello a tu madre?

Christa esperaba muchas cosas: un grito, un golpe, incluso una bala dirigida a su sien, pero nunca, ni en un millón de años habría imaginado aquello. Comienza a gimotear, jadeando, intentando a toda costa desviar la mirada del semblante que la obliga a recordar el torrente de sangre que escapó de la yugular rota de su madre, complacida ante su expresión de dolor. No quiere recordar que su último deseo fue que nunca hubiese nacido.

Su verdugo sonríe, observando atentamente hasta el mínimo cambio en su rostro, deslizando su dedo índice por el estrecho espacio entre sus pechos. Su rostro esta tan cerca que puede sentir el roce de su cabello castaño sobre su frente y la calidez de su aliento sobre sus labios.

-¿Ahora lo recuerdas?- Su mano recorre su rostro con cuidado, como si tuviera miedo de que este se pudiera romper; en un movimiento rápido, lanza su cigarrillo hacia un charco al otro lado de la habitación, apagándolo de golpe -Tome su estúpido cabello y te ofrecí el estúpido cuchillo para que tuvieras el valor de acabar por ti misma esa estúpida situación.

No responde, se limita a sollozar.

-Vi sus ojos, y en ellos pude ver que te odiaba- No puede apartar la mirada de esos ojos enrojecidos con éxtasis -¿Era una ramera, no es así? ¿Fue esa la razón por la que naciste en primer lugar? ¿Eh? Eres el resultado de una paga ostentosa en la cama de un motel barato, no eres ni serás nada más.

Su vista se nubla a causa de las lágrimas, funcionando como una barrera entre ella y el demonio. Todo parece tan irreal, tan imposible que nunca habría imaginado vivirlo ni aun teniendo un pasado como el suyo: lleno de dolor.

-Por favor- Murmura entrecortadamente, sorprendiendo a su captora y a si misma -No diré nada a nadie. No acudiré a la policía. Solo…

-Nadie se ira de aquí- El rostro alargado que, hasta ese momento, portaba una enorme pero molesta sonrisa burlona, adquiere una mueca que quedará grabada en su memoria por toda la eternidad como recordatorio de las desventajas de su imprudencia; la presión de sus dedos regresa como ganchos en un trozo de carne, con tanta fuerza que siente que su mandíbula se romperá -He arriesgado mucho por ti. Estarás aquí y te comportaras adecuadamente hasta que consiga a alguien que pueda pagar lo que vales.

-P-Por favor. Yo solo…

-¡Silencio!

La mujer se pone en pie de golpe, causando que el impulso empuje a Christa hacia atrás, golpeando la parte trasera de su cabeza con el grueso muro; quizá es el insoportable cansancio físico o la sobrecarga emocional que produce la situación lo que la lleva a pensar que, para sus estándares mínimos, aquello es el dolor más fuerte que ha sentido jamás.

-Antes de que desees intentar algo estúpido- Dice aquella voz mientras sacude el polvo de sus ahora húmedas rodillas, sin mirarla -Recuerda que pude encontrarte sin problemas, y que puedo encontrar fácilmente a las personas cercanas a ti. Sé que no te gustaría que algo malo les sucediera a los chicos con los que trabajas.

Deja de llorar, como si una fuerza divina la hubiera incitado a hacerlo. Se paraliza en su sitio con tanto miedo que el fuerte dolor que recorre su nuca comienza a desaparecer; observa el rostro de la mujer de pecas en medio de un asombro inimaginable, encontrando seriedad en un semblante frío y monótono. Habla en serio; desde el fondo de su corazón, sabe que cada cosa que ha dicho es verdad.

Sus brazos se relajan; se siente aliviada pues, de haber estado en pie, la debilidad en sus piernas la habría hecho caer. Siente la mirada de esa mujer tan alta clavada en su rostro, aunque no se atreve a enfrentarla o a mantener contacto visual de ningún tipo: está ahí, a su merced, y no planea que sea de otra manera.

-Lo siento- Dice en un hilo de voz, esforzándose por mantener su compostura -L-Lo siento.

Escucha un suspiro, y algo en él la motiva a abrir sus ojos como platos, levantando la mirada para encontrarse con ese rostro volátil obsequiándole una curiosa mueca de comprensión.

"Debe estar demente" Piensa sin quererlo, tragando una cantidad de saliva tan grande que duele al momento de pasar por su paladar "Tantos cambios de humor no pueden ser normales en un ser humano"

¿O sí? La mujer le da la espalda; huele los restos de la droga que escapan de su respiración cuando atraviesa parcialmente el umbral de su celda, buscando algo en una pequeña mesita móvil a su costado izquierdo. Dos cosas se encuentran en sus manos para el momento en que decide volver: un tazón marrón y un látigo negro.

-La cena está servida. Debes tener hambre, ya que llevas muchos días durmiendo.

¿Acaso aquello era un tazón de perro? Su estómago ruge, ansioso, causando que sus manos encadenadas tiemblen con indignación. La mujer se acuclilla a su lado nuevamente, con cautela, como si se tratara de un buen samaritano tratando de alimentar a un animal perdido y aterrado; contiene las lágrimas cuando el tazón es depositado suavemente frente a ella. Lo huele, y su estómago vuelve a rugir.

-Vamos, no está envenenada- Señala la mujer a su lado, paseando su dedo pulgar por un látigo bien engrasado que no parece dispuesta a usar aun. Christa hace lo imposible para evitar su mirada -Sé que su apariencia es poco alentadora, pero es prácticamente lo mismo que como yo, más o menos…

Duda un momento, con las mejillas húmedas pero sin rastro de nuevas lagrimas deslizándose entre sus pestañas. El olor que desprende su contenido es muy agradable, como el de la cena de un restaurante costoso, pero su apariencia hace todo menos despertar el apetito de alguien que lleva bastante tiempo sin comer. Es marrón, viscoso, tan parecido a la verdadera comida de perro que casi le produce arcadas.

"Pero huele delicioso" Contra su voluntad, su saliva comienza a acumularse en el interior de su boca. Quizá era así como se sentía Sasha al olfatear un almuerzo recién hecho en la distancia "¿Cuánto hace que comí por última vez?"

¿Un día? ¿Dos? ¿Cuánto tiempo llevaba durmiendo exactamente?

El brazo de la mujer rodea sus hombros con delicadeza, enviando un escalofrío que recorre desde su espalda baja hasta la cima de su espina dorsal; sus largos dedos se deslizan por la piel desnuda de sus hombros, formando círculos y figuras irreales sin ningún sentido.

-Lo creas o no, es carne de res de la mejor calidad; nuestro cocinero la sirvió acompañada de algunos vegetales hervidos pero, tú sabes- Desliza su mano por los grilletes alrededor de sus muñecas, acariciando sus heridas antes de devolver su brazo a sus hombros -No hay forma en que puedas comer un filete entero con las manos atadas así…

Hace un gesto con la cabeza para indicarle la obviedad de su oración. Christa repentinamente se siente débil, tan cansada que no puede sostenerse por sí misma; se permite caer entre los brazos de su captora para descansar un momento, respirando lentamente para recuperar energía que se ha escapado de su control. El brazo alrededor de sus hombros se tensa; siente que titubea, tiembla, como si meditase una idea que lleva considerando bastante tiempo, recorriéndola y analizándola, hasta que parece tomar una decisión.

-¿Sabes?- Llama su atención, acariciando su brazo de arriba abajo -El protocolo dice que debo mantener tus manos atadas, pero…

No dice nada más. La diosa esta tan cansada que apenas siente como una mano enguantada aparta un mechón dorado de su frente húmeda, colocándolo tras su oreja antes de acariciar su mejilla.

-Por ti, sin duda, podría hacer una excepción.

No piensa, no hasta que una segunda mano se posa en su mejilla libre, inmovilizando por completo su rostro hasta que una presión ajena invade sus labios, llenándolos de calor, sudor y un extraño sabor a hierba quemada.

"¿Qué?" Ese, sin duda, es el pensamiento más racional que ha tenido en mucho, mucho, tiempo. Siente que el cansancio se esfuma cuando un grupo de dientes aprisionan su labio inferior suavemente, sin hacer nada más que llenarla de confusión.

Christa siempre ha sido una mujer muy hermosa, o al menos eso es lo que todos le suelen decir: su carácter reservado y su apariencia sobria no impidieron que recibiera las confesiones de más de siete chicos a lo largo de su último año escolar, y tres de esos rechazados habían intentado besarla a la fuerza.

-¡Menos mal que los detuviste!- Recuerda haber escuchado decir a Sasha, su mejor amiga, hace ya bastante tiempo, durante el receso entre clase y clase en el que había decidido contarle lo ocurrido con aquellos compañeros de curso a los que procuraba evitar; la vio dar una violenta mordida a su panecillo relleno de crema antes de continuar, con la boca llena y migajas de pan por su mejilla -El primer beso es el recuerdo más importante en la vida de una chica. ¡No puedes dejar que alguien te bese así porque si!

-¿Tan importante es?- Preguntó dando un sorbo a su jugo de manzana, tomando distraídamente un poco de la bolsa de frituras extra grande que su amiga había comprado en un ataque de gula -Quiero decir. ¿Realmente es tan significativo?

-¡Por supuesto!- El entusiasmo de la Chica Patata la abrumó; se inclinó hacia atrás mientras su amiga tomaba un puñado de papas fritas de la bolsa, engulléndolas a la vez -Bueno, no he dado el mío aun, pero supongo que debe ser así de importante.

-Supongo que tienes razón- Christa miró al cielo sorprendentemente azul, suspiró e intento pensar en el futuro: no consiguió hacerlo -Supongo que mientras sea una buena persona, estará bien.

-Supongo- Permanecieron en silencio un rato, escuchando el canto de las aves y las charlas alegres de los estudiantes que, como ellas, disfrutaban el receso. Repentinamente, Sasha tomó la bolsa de frituras entre sus manos, alzándola para observarla mejor -Besaré esta bolsa.

Christa recuerda haber escupido parte de su jugo.

Esa había sido la primera vez que había hablado de algo así: estuvo de acuerdo con la idea durante bastante tiempo, al punto en que intentó fantasear con el momento en que viviría esa experiencia al lado de la persona más importante de su vida. Era algo cursi, quizá demasiado, pero suponía que era adecuado para su extraña forma de ser.

Regresando al presente, intenta abrir sus labios para emitir un nostálgico sollozo pero, de inmediato, siente como algo viscoso se escabulle entre ellos, explorando vorazmente todo a su alrededor; era su lengua, la misma que posee una consistencia extraña que logra envolver la suya, sometiéndola, atrapándola como si fuera una serpiente. Su vista se nubla, su frente se llena de sudor y las cadenas alrededor de sus muñecas parecen danzar ante sus temblores.

"No está pasando" Se dice a sí misma, sintiendo como una de esas manos se desliza por su vientre, descendiendo hasta tocar el borde de su ropa interior "Nada de esto es real"

Sin duda, ni mil conversaciones sobre el tema habrían hecho que imaginara un escenario como este.

Luego de un tiempo eterno sus labios se separan, siendo unidos únicamente por un delgado pero grotesco hilo de sus salivas mezcladas; la mujer sonríe de oreja a oreja, complacida, rompiendo dicho hilo en cuanto comienza a hablar.

-No puede ser esta vez, pero si eres una buena chica, podría considerar moverte a un ambiente más cómodo- Sus manos abandonan su cuerpo y ella tiene que hacer un intento sobrehumano para no parecer aliviada -Por ahora, no deberías tener problemas con el hecho de no poder utilizar las manos. Necesitas comer.

El olor a hierba golpea su rostro nuevamente e incluso un poco de él parece haberse impregnado en su propio paladar. La observa separarse de ella renuente, pasando el látigo de mano a mano mientras camina hasta la puerta de hierro que lleva al pasillo principal. Ahí, ahora que es más consciente, puede ver un grupo de puertas parecidas a la suya, alineadas perfectamente una frente a la otra.

¿En qué clase de lugar ha ido a parar?

-Debo irme, mi princesa- Dice la mujer, mostrándole el látigo que sostiene -Tengo que encargarme de las estúpidas doncellas que se rehúsan a comer; ninguna de ellas es como tú, todas han gritado hasta dejarme sorda.

-¿Dónde estamos?- Se atreve a preguntar con voz temblorosa; la mujer enarca una ceja.

-Si te lo dijera tendría que matarte. Ninguna de nosotras quiere eso. ¿Verdad?

No responde, no es necesario. La observa recargarse en el marco de la puerta en completo silencio, vigilándola como si estuviera observando el más suculento de los filetes; Christa comienza a temblar una vez más.

-Dentro de poco, escucharas lo que les sucede a ellas- La mujer se incorpora -Deberías aprender, no me gustaría que pasaras por lo mismo.

Por último le dedica una sonrisa de medio lado: amenazante y cruel, tomando entre sus manos el pomo de la puerta abierta. Antes de cerrarla tras de sí, y otorgándole una plena visión de su espalda, su voz hace eco una vez más, produciéndole una serie de inquietudes extrañas y perturbadoras.

-Por cierto, mi nombre es Ymir.

Y así, inmediatamente, Christa regresa a la oscuridad, iluminada por una pequeña rejilla incrustada en la pesada puerta de hierro; la débil luz alumbra el tazón marrón como si estuviese diseñada para cumplir ese objetivo.

"¿Qué debería hacer?"

Echa la cabeza hacia atrás como si en realidad la oscuridad le permitiera apreciar el techo. Por unos breves instantes piensa en gritar, en golpear de algún modo las paredes y destrozarse la garganta pidiendo auxilio. Siente el dolor en sus muñecas y cree que, si se atreve a usar su propia sangre como lubricante, en menos de una era podrá liberarse y ponerse en pie.

"Si alguien me escucha, vendrá por mí. Y si alguien viene por mí, liberará al resto" Se dice a si misma sin intentar comprender el extenso terreno que abarca la frase el resto. Mira hacia atrás, fuerza la mirada y ve sus propias manos atadas al muro "Si me esfuerzo lo suficiente"

Pero entonces, como el cumplimiento de una promesa o, peor aún, una profecía, lo escucha.

No había percibido nada fuera de lo normal hasta ese momento: si, había escuchado una puerta de hierro bastante pesada abriéndose muy cerca de la suya; si, había oído claramente una serie de gimoteos desesperados provenientes de una garganta femenina; pero ahora, lo único que puede escuchar es un grito desgarrador.

-¡No! ¡No! ¡Por favor! ¡Hare lo que sea!

Las suplicas, aparentemente, no funcionaron, pues el látigo de cuero fue blandido en el aire hasta golpear, y quizá arrancar, buena parte de su piel, dejando con seguridad una serie de perfectas líneas rojizas a lo largo de su espalda. Sus aullidos eran intensos con cada golpe, pero los de su verdugo lo eran aún más.

-¡Contra la pared, perra!

Entonces, saboreando con cuidado la esencia ajena que aun inunda sus labios, Christa se da cuenta de lo afortunada que en realidad es.

Con el espíritu roto y un grupo de gruesas lágrimas corriendo cuesta abajo por sus pómulos, agacha la mirada y, contra todo pronóstico positivo, se decide a comer: acerca su rostro al tazón y comienza a tomar pequeños bocados de la masa marrón que sabe muchísimo mejor de lo que pudo haber imaginado.

-¡Aun no he terminado contigo!- Los alaridos son sustituidos por una serie de grititos cortos pero agónicos; sin embargo, la diosa no los puede escuchar. Se abandona a si misma ante el sonido de su propio masticas y el de los grandes trozos de comida descendiendo por su garganta.

Está bien; no parece querer hacerle daño por ahora. Tal vez si hace lo que ella quiere, si cumple hasta el más mínimo de sus caprichos, si le muestra que ha roto toda su voluntad, le permita abandonar aquel lugar con vida; le permitiría volver al colegio, donde contaría a Sasha las penurias ocurridas durante su primer beso; le permitiría volver al trabajo, donde invitaría a Marco una taza de café.

"Espero que este bien"

Por supuesto que, de haber sabido lo que se ocultaba tan solo a un par de celdas de la suya, Christa habría tirado todo aquel plan por la ventana y se abría resignado a gritar. No había forma en que supiera que muchos de sus amigos ya habían pagado el precio.