Como saben, muchas veces esta época del año deja a muchos autores sin tiempo suficiente para escribir, y ese ha sido mi caso. De todas formas, esta semana intentaré recuperar el tiempo perdido con algunos drabbles que estoy preparando y otra clase de material en el blog. Lamento de verdad esta demora, pero intento revisar innumerables veces los capítulos para procurarles la mayor calidad posible.

Feliz navidad y próspero año. Muchas gracias por ayudarme a llegar hasta aquí.

Saludos y disfruten la lectura.


Capítulo V - Pérdida

-Lo siento mucho.

Esas tres palabras hacen que pierda la paciencia. Su puño cerrado se tensa sobre sus rodillas, palideciendo a un punto que la hace creer que, de haber estado en pie, habría caído de bruces contra el suelo o, como mínimo, habría golpeado con fuerza la mandíbula del hombretón rubio que desde el momento en que entraron a la comisaria no se había atrevido a mirarlas ni una sola vez.

-¿Lo siente? ¿Sólo lo siente?

Personas de uniformes negros y azules caminan de un lado a otro, llenando el tenso ambiente con el aún más tenso tintineo de las esposas, las armas y los cierres metálicos de sus botas de combate; el sudor desciende abundante por su frente y mejillas sin importar que el abanico de techo estuviese encendido y tambaleándose de un lado a otro como un ebrio. La cabeza le da vueltas, tiene sueño y mucha, mucha hambre.

Llevan sentadas en esas incomodas sillas más de cuarenta minutos, esperando sin resultados que el Departamento de Policía local, a cargo del Sargento Reiner Braun, les ofrezca una solución; y, de acuerdo a su experiencia, no estaban ni cerca de obtenerla.

-¡Lo que debería sentir es…!

Trata de levantar la mirada, pero siente como sus lágrimas amenazan con abandonar sus parpados y como sus mejillas se ruborizan ante la imagen indiferente del hombre frente a ella; sus dientes castañean y de pronto se siente como un depredador conteniendo sus ansias de matar.

-¡Es…! Es…

No puede hacerlo. Se hunde patéticamente en su asiento conteniendo el dolor en su garganta; la chica a su lado, que había permanecido en silencio todo ese tiempo, coloca una de sus manos sobre las suyas en un roce gentil.

Me haré cargo a partir de ahora. Gesticula sin producir sonido, pero con la claridad suficiente para que pueda entenderla de inmediato. Por un segundo completo, casi se siente capaz de sonreír.

-Me gustaría recordarle algo, Sargento Braun.

Mikasa Ackerman, una de sus primeras amigas en el instituto, acerca la imagen monocromática que imprimieron esa misma mañana, deslizándola sobre el papeleo en el que el hombre intentaba concentrarse. Sus ojos azules, pequeños sobre un rostro que parece tallado en piedra, se posan en ellas con dureza.

-Se los acabo de decir- Gruñe el Sargento Braun apartando la imagen como si esta quemase sus retinas, dañándola en el camino con sus dedos enormes y rugosos -Llevo años en este negocio y no tienen idea de lo frecuentes que son este tipo de cosas hoy en día.

-Solo mírela- Mikasa la acerca una vez más, provocando otro par de arrugas en el ceño del hombre -Unos segundos, con eso bastará.

Solo unos segundos. Bastan un par de segundos para que todos a su alrededor guarden silencio, e incluso el inquietante tintineo de los artefactos metálicos de los oficiales para en seco; el hastiado sargento retira su gorra con una mano temblorosa, pasando su mano restante a través de su corta cabellera rubia en un intento por encontrar una manera de librarse de aquella situación.

-La he visto el tiempo suficiente, gracias.

El tiempo pasa lentamente, marcado por el sonido de las manecillas del reloj; cortando la tensión, un gran hombre de uniforme negro se acerca a ellos ofreciendo con gesto dócil una cafetera humeante, la cual desprende un delicioso aroma a café. Ese olor, pese a que lo amargo nunca ha sido de su agrado, despierta su apetito.

-¿Café?

Se atreve a mirarlo, encontrándose con una sombra colosal de mirada gentil. Mikasa, sin despegar la vista del amedrentado sargento niega con un gesto y ella, teniendo plena consciencia de lo estúpidos que deben verse sus temblores y balbuceos, murmura un débil 'no, gracias'.

-¿Reiner?

-Uno cargado, Bertholdt- Mikasa frunce el ceño. El enorme chico, pues sus rasgos lo hacen parecer un tanto más joven que su compañero, llena por completo una taza vacía con el líquido de la cafetera antes de retirarse dedicándoles una temblorosa sonrisa; Reiner aclara su garganta antes de continuar -Escuchen, los adolescentes hacen un montón de cosas locas. Incluso yo mismo consideré escapar de casa cuando tenía su edad…

-Lo cual no fue hace tanto. ¿Cierto?

-Nunca...- Continua sin prestar atención a la interrupción -Conoces lo suficiente a una persona, sé lo que les digo.

Acto seguido: toma la taza por el aza y da un gran sorbo al café recién hecho. Mikasa esconde su rostro tras su bufanda roja, luego de conocerla durante tanto tiempo, puede inferir que se está mordiendo el labio; en realidad no la culpa, pues ella lo hace también. El Sargento Braun, quien en efecto no parece más que un año mayor que ellas, da otro sorbo ausente.

-Creo que comprenderán que tenemos crímenes mucho más preocupantes de los que debemos de ocuparnos- Hace con su mano una señal de impaciencia, la misma que aprovecha para señalar la montaña de papeleo incompleto a su costado izquierdo, conformada por archivos, copias y ostentosos documentos con sellos y firmas desconocidas -Además, ¿Cuántos días lleva desaparecida? ¿Tres?

-En efecto, tres- Reiner comienza a reír, callando por completo en cuanto Mikasa termina su frase; de hecho, su expresión cambia tan radicalmente que podría haber envejecido unos cuantos años -Tres semanas completas.

Esta vez, ella toma la taza caliente directamente de las manos del policía, dejándola de lado mientras la reemplaza con la misma imagen que imprimieron esa mañana y que llevaban toda la tarde intentando mostrarle: un cartel de 'Se Busca', con la imagen de una sonriente adolescente rubia de brillantes ojos azules llamada Christa Renz.

Si, su amiga de instinto llevaba desaparecida más de tres semanas, no contestaba sus llamadas (Más bien su móvil parecía haber desaparecido de la faz de la tierra) y algo muy extraño le había sucedido al lugar en que solía trabajar. Solo Mikasa, a quien lleva conociendo un par de años, se había ofrecido a acompañarla aquel día a la comisaria.

-El local en el que trabaja ha sido clausurado- Mikasa clava su mirada sobría sobre el rostro del Sargento Braun, quien se esfuerza sin éxito por sostenerla -La fachada esta tan limpia como en el día de su inauguración y las entradas están bloqueadas.

-¿Ya hablaron con sus compañeros de trabajo?

-No hemos logrado localizar a ninguno de ellos- El hombre abre su boca, pero Mikasa continua sin llegar a notarlo -Solo a Jean Kirchstein, quien era uno de los socios del dueño. Tampoco sabe lo que ha sucedido.

-¿Y visitaron el hogar de su compañera?- Y, gracias a esa pregunta, la hambrienta Sasha Braus encuentra un brillo de duda en los vacíos y abisales orbes de Ackerman; el Sargento, al encontrar por fin una grieta en su defensa, sonríe -¿No lo saben? ¿Y así creen conocerla?

Otro incomodo nudo se abre paso a través de su garganta: por más que le cueste admitirlo, él tiene razón. En todo el tiempo que llevan de conocerse, Christa nunca ha confiado en ella lo suficiente para invitarla a cenar o señalarle su hogar desde lejos. De hecho, siempre le pareció que la pequeña rubia evitaba a toda costa tocar temas que involucraran su vida fuera del colegio o del trabajo.

Por un minuto completo, todos los presentes permanecen en silencio.

-Escuchen bien, señoritas- El oficial aclara su garganta antes de continuar, mirando directamente y sin tapujos a los ojos de Mikasa, ocultando su satisfacción tras un gesto tranquilo. Sasha, por unos momentos, piensa en recalcarlo, pero prefiere esperar -Muchos negocios involucrados con… Bandas criminales… Cierran sin previo aviso algunas veces…

-Marco no…

-Marco Bodt estaba involucrado en cosas turbias- Mira hacia atrás, señalando con el pulgar otra pequeña pila de documentos -Ahora que se ha dado a la fuga, estamos revisando su caso.

Evita mirarlo a los ojos. Muerde su labio una vez más, observando sus nudillos pálidos como si en ellos se encontrara la persona a la que buscan con tanto anhelo; agradece en silencio la tranquilidad de Mikasa pues, de no ser por ella, estaría a punto de colapsar. Mira la imagen sobre el escritorio y ella le devuelve la mirada…

Es cierto que nunca llegó a conocerla lo suficiente, pero… Él no…

-No tiene idea de lo que está hablando- Esta vez, el mismo impulso que mantenía su mirada sobre su regazo la obliga a girarse, siguiendo la determinación en la voz de una mujer que podría derrotar a un pequeño ejército sin sudar -No tiene idea.

El sargento chasquea su lengua.

-¿Acaso no lo entiendes?

-Una persona desapareció y es su deber encontrarla.

-Mi deber es proteger y servir- El hombre, sobresaltado, se pone en pie de un salto, haciendo que su silla caiga de golpe y su taza de café salpique la importante papelería sobre su escritorio; él parece no notarlo -Tengo cosas más importantes que hacer que preocuparme por una chiquilla rebelde que escapó de casa.

Los policías en servicio interrumpen sus deberes solo para mirarlas, y preguntarse los unos a los otros como alguien podría haber roto los estribos de su sargento con tanta facilidad. Para su sorpresa, Mikasa, quien siempre ha sido conocida por su temple de acero, echa la bufanda roja sobre su hombro, da media vuelta y comienza a caminar por la comisaria a grandes zancadas, sin importarle el hecho de derribar a un par de subordinados enclenques. Sasha percibe sus temblores antes de que su esbelta figura, envuelta en una gruesa chaqueta negra y un uniforme escolar, atraviese la puerta de cristal.

Esta confundida, tiene hambre y releva su mirada entre la puerta, que se mueve de adelanta hacia atrás, al jefe de policía y la puerta otra vez, balbuceando incoherencias.

Sola, en aquel ambiente tan hostil, no tiene idea de que hacer.

-Lo siento- La voz ronca del Sargento Braun llama su atención -Ha sido un mes muy ajetreado y tu amiga es un poco… Intimidante…

No sin cierto temor, observa interesada como el hombre rasca su nuca, intentando ocultar su rostro bajo la sombra de su gorra; ahora no parece más que un chico con un uniforme muy importante, pero su sola presencia produce en ella un extraño presentimiento. Algo, muy parecido al instinto, le suplica salir de ahí.

"Quizá es mi imaginación" Aunque, por si las dudas, estaría alerta.

-N-No se preocupe- Murmura con una sonrisa fingida -Ha sido difícil para nosotros también. Christa es una persona muy gentil, y no tenemos idea de porque pudo desaparecer sin decir ni una palabra.

-Es sin duda bastarte hermosa- Por una fracción de segundo cree ver un pequeño rubor en las mejillas del oficial, las cuales parecían estar hechas de piedra hace tan solo un minuto; observa la fotografía como si la fuera a devorar -¿L-Le importa si me quedó con esto? Organizo patrullas en los alrededores con frecuencia, así que mantendré a mis subordinados en alerta.

Algo en sus dedos paseando por el cartel le hace sentir un desagradable vacío en el estómago, como si no hubiera comido en semanas. Sin embargo, Sasha se obliga a sonreír, al tiempo en que se pone en pie para estrechar la mano del hombre con todas sus fuerzas; el contacto de su piel y el calor de ella no le parecen de fiar.

-Muchas gracias, sargento.

-Es lo más que puedo hacer.

Desde pequeña, Sasha había sido entrenada para cazar y adentrarse al peligro: cada cierto tiempo su padre la despertaba mucho antes del amanecer, otorgándole un arco, sus respectivas flechas y una cantimplora rebosante antes de internarse en el bosque por separado. Caminaba durante horas, de sol a sol, ocultándose de los carnívoros salvajes que podrían ver a una niña como una presa fácil. Pero, lejos de parecerle amedrentador, cazar se convirtió en lo más importante en la vida de la única hija de la familia Braus: el fluir de la adrenalina por su torrente sanguíneo le hacía sentir que el mundo estaba bajo sus pies.

Pero ahora, con esas extrañas miradas siguiendo su andar, la cazadora se siente como uno de todos aquellos ciervos a los que logró asesinar con sus flechas. Como si estuviese rodeada de escopetas o lobos.

"Debo salir de aquí"

Baja la mirada y apresura su paso, maldiciendo inconscientemente a Mikasa por haber traído toda esa atención hacia ellas. Levanta su mirada un momento, calculando el número de pasos necesarios para alcanzar la puerta de cristal; a través de ella, en el exterior, puede ver la luz del sol golpeando gentilmente una acera concurrida.

"Ahí estaré a salvo"

Entonces, como en una emboscada o en una trampa, su camino es cortado de pronto. Su mano hala la puerta al mismo tiempo que ésta es empujada del otro lado y, como es de esperarse, colisiona de lleno contra el torso de la persona frente a ella. Sasha pierde el equilibro, tambaleándose al punto en que, de no haber sido por la mano enguantada que toma su muñeca, habría caído de espaldas al suelo encerado de la comisaria.

-¡Mira por donde diablos vas!

La mujer, de la que apenas alcanza a distinguir unos alargados ojos marrones y el pequeño grupo de pecas bajo ellos, pasa a su lado bruscamente, chocando con su hombro y provocando que casi pierda el equilibrio otra vez. Sasha retrocede, pidiendo disculpas a gritos y escapando tan deprisa que solo logra escuchar un fragmento de la conversación de esa persona tan extraña, la cual se sienta, como si de una vieja conocida se tratara, frente al escritorio del Sargento Braun.

-¿Cómo va todo, Reiner?

Cuando logra salir del edificio, y su rostro es golpeado por los tardíos rayos del sol, Sasha se siente como un conejo alcanzando su madriguera.

-¿Estas bien?

Mikasa la espera no lejos de ahí, recargando su espalda contra la pared de ladrillos con la mirada puesta en el horizonte. Sasha siempre había notado algo extraño en ella, como si pudiese descifrar las fortalezas y debilidades de una persona con el simple hecho de mirar su andar, su postura o el ritmo de sus pasos; sin duda ella sería una excelente cazadora si se lo propusiera. Una mucho mejor que ella.

-Nada en realidad- Se acerca, dejando en el suelo su bolso repleto de libros y descansando su espalda hecha trizas sobre la misma pared. Su uniforme esta algo arrugado y quizá sucio -Es solo que el ambiente ahí dentro era algo… Extraño…

-¿Cómo si no fuésemos bienvenidas?

-No- Suspira, recuperando poco a poco la tranquilidad -Era algo más.

Observa el muro con más detalle, especialmente al cartel fijado en él, idéntico al que había dejado en la comisaria momentos antes: a su lado, en la superficie de un farol, se encuentra otro, y cerca de aquel, a dos faroles de distancia, otro más. Los habían colocado muy temprano ese día, con ayuda del resto de sus compañeros de clase que, como ella, se encontraban preocupados.

-Eren quiere ser policía- Dice Sasha emitiendo un bufido -Debería considerarlo mejor, aquellas personas son escalofriantes.

-Intento que cambie de opinión, pero dudo que me escuche- El tono en la voz de Mikasa disminuye, convirtiéndose en un susurro -También ha estado preocupado.

-Lo siento- Trago hondo, mirando sus propios zapatos deportivos cubiertos de tierra y manchas de lodo seco -No quería involucrarlos a todos… Es solo que…

-Si ellos no han intentado encontrarla, nosotros lo haremos- Decide mirarla y se sorprende cuando encuentra esos ojos negruzcos observándola fijamente -Todo estará bien.

No dice nada más y, sin previo aviso, comienza a caminar por una acera que conforme pasan los minutos comienza a saturarse. Sasha se sobresalta, tomando su bolso con prisa y corriendo para seguir de cerca las grandes zancadas de Ackerman, a través del sendero que marcan los carteles.

Seguirían intentando al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente, hasta que la dulce sonrisa de Christa volviera a estar a su alcance y juntas volvieran a compartir un delicioso almuerzo.

-Si, todo estará bien.

Pero sus instintos nunca se equivocan e, incluso en el fondo, sabe que algo no anda bien. Esa es solo la punta del iceberg.

...

No quiere despertar.

Se retuerce sobre su sitio, incomoda, con el chirrido de los grilletes perforando violentamente sus oídos con cada movimiento; por más contradictorio que sea, lo único que le recuerda que sigue con vida es el dolor.

¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que despertó? No lo sabe, puesto que en aquel lugar no puede entrar ni el más mínimo haz de luz. De hecho, lo único que marca el transcurso de los días es la aparición de nuevas ampollas y el exquisito aroma de una comida de reyes hecha puré.

¿Acaso ya era hora de comer?

Se incorpora poco a poco, adolorida, agradeciendo en silencio que la presión en sus grilletes hubiera disminuido y sus cadenas hubieran sido aflojadas lo suficiente para permitirle recostarse en el suelo. Los primeros días permaneció así, recostada como un perro sobre la grava húmeda, pero pronto comprendió que la inactividad solo empeoraba el dolor.

"No es como si ella se preocupara de mi bienestar, de todos modos"

Agudiza el oído; aquel es un día particularmente silencioso pues no escucha gritos, llantos o el grave castañeo de mandíbulas temerosas. Nunca se ha molestado en averiguar a quien pertenecen esas voces cuyos gemidos conoce tan bien, pues cada que sale de su celda para ir a los aseos, sus ojos son cubiertos con una venda impregnada con el olor de la suciedad y la sangre. Aunque, en realidad, aquel olor parecía impregnado en todo el lugar.

Nada malo les pasaría si evitaran gritar. O al menos eso era lo que su verdugo decía a diario.

Pronto sus oídos logran detectar el silbido del viento a través de una puerta abierta y las ruedas rechinantes de la mesa metálica que, al igual que las voces, conoce muy bien. Agacha la cabeza; está paralizada y siente que, con cualquier movimiento imprudente, la puerta de hierro se abrirá.

"No debo hablar" Su cuerpo tiembla. Ahora puede escuchar el paso perezoso de un par de botas salpicadas con pequeñas gotas de sangre "No le gusta el ruido"

Pero, hasta ese momento, lo ha hecho bastante bien. No ha gritado desde el ahora lejano día en que despertó en aquella celda maloliente, incluso ahora, aunque lo hubiese querido, su garganta no hubiera emitido ni un gemido. Esos alargados ojos marrones, astutos como los de un zorro, estarían muy decepcionados y sumamente molestos.

Las otras mujeres siempre lloran, las mismas mujeres a las que escucha gritar ante el movimiento del látigo.

Mira a su derecha, a la sombra de la prenda colgada sobre un gancho discreto: sabe lo que es, sabe que es un mandil verde manchado de carmesí, con un gran hoyo carbonizado en el centro del pecho, donde se encuentran un par de alas en tinta blanca. Su verdugo, la muchacha alta de sonrisa mordaz, se lo había mostrado durante su primera semana.

¿A quien pertenece? ¿A Marco? ¿A Dazz?

Pega su frente contra el suelo, ahogando los sollozos que pasan por su garganta. Hace mucho tiempo (Quizá no tanto como cree), solía tener una vida relativamente normal: acudía al colegio, tenía una amiga o dos e incluso trabajaba en un café urbano llamado The Wings of Freedom.

¿Cuándo habían terminado esos días? ¿En el momento en que decidió tener un empleo? ¿En el momento en que rechazó la idea de salir temprano de dicho empleo?

¿Desde el momento en que observó a su madre morir?

Solloza, y las ruedas de la mesa metálica se detienen poco antes de llegar a su puerta. Se muerde la lengua, contiene la respiración hasta que el sonido oxidado de las pequeñas ruedas se reanuda. A su paso, los prisioneros despiertan, externando aullidos llenos de temor.

Algo extraño ocurre ese día, pues las ruedas se movían velozmente y los pasos parecen más felices de lo habitual.

Siente como su sangre se enfría completamente cuando pequeños sonidos metálicos, provenientes de un par de herramientas diversas que, por fortuna, nunca ha llegado a ver. La ligera fornitura se detiene fuera de su puerta y aquella voz tan conocida comienza a reír; no huele comida, pero el tintineo metálico no parece desaparecer. ¿Qué estará pasando?

-¿Te emociona verme, mi Christa?- Grita su verdugo desde afuera y, casi con seguridad, sabe que se está burlando de ella. Sus manos ansiosas se posan sobre la puerta de hierro, abriéndola en medio de un rechinido horroroso, similar al que producen un grupo de largas garras arañando una pizarra.

La luz del pasillo la encandila, haciendo que la persona que pasa por el umbral de la puerta no sea más que una sombra oscura. Contuvo las lágrimas e intento en vano abrazarse a sí misma, tragando sus lágrimas y procurando mantener sus labios sellados. No puede llorar, no debe hacerlo.

-Tienes buen aspecto- Levanta la mirada, lo suficiente para observar como sus botas la rodean lenta y vorazmente –En realidad, te ves bastante bien.

Escucha la emoción en su voz. No recuerda mucho de su rostro, pues ha aprendido que levantar la mirada puede ser un grave error, pero sabe que está sonriendo. Se mueve de un lado a otro como una niña emocionada con un juguete nuevo, aunque aquel fuera un juguete con el que tenía mucho tiempo ya.

Sus puños se cierran, pero recuerda el mandil colgado en el muro y recuerda que lo mejor es callar. Después de todo, ella tiene a sus amigos.

La mujer se acuclilla frente a ella, permitiéndole ver sus pantalones negros rodeados de correas que sirven de apoyo para fundas y cuchillos; uno de ellos, uno grande de mango negro, le parece familiar. Una mano grande se desliza por su cabello sucio, acariciándolo de la raíz a la punta. Todo su cuerpo tiembla y, por primera vez en lo que parecen semanas, extraña el resto de su ropa.

-¿Tienes hambre?- No responde, solo asiente en un gesto seco. Algo en la cintura de la mujer frente a ella emite un tintineo extraño, como el de las herramientas de la mesa con ruedas -¡Justo como esperaba de mi Christa!

Su mano toma su rostro, alzándolo y obligándola a despegar su frente del suelo. Una parte de ella desea agradecerle pues, de otra forma, no sería capaz de recordar quien es en realidad: su nombre es Christa Renz, tiene quince años y fue secuestrada hace más de tres semanas por aquella persona, a quien solo conoce como Ymir.

Su rostro se eleva, pero su mirada no deja el suelo. Siente la respiración agitada de Ymir en su frente y sus dedos paseando su rostro. Su pulgar se desliza por su mentón y se detiene en sus labios. Siente sus temblores ansiosos y siniestros.

-Este es un gran día- Dice entre risas, apretando su rostro; Christa sabe perfectamente lo que está por venir -¡Vamos! Sabes lo que las mascotas hacen cuando sus dueños tienen un gran día. Hazlo.

¿Dueña? ¿Era su dueña? Esa no es la primera vez que recibe esa orden, pero si la primera en que comprende la fuerza en aquellas palabras. ¿Qué significa ser una mascota? ¿Serlo la ayudaría a salir de ahí?

"Obedece a todo lo que te dicen" Se recuerda en medio de escalofríos, tragando dolorosamente una considerable cantidad de saliva "Hazlo todo; así quizá…"

-¿Y bien?- La voz de Ymir parece impaciente mientras su pulgar presiona con fuerza su labio, casi colándose para alcanzar su paladar; eleva más su mentón y la aterrada Christa se ve obligada a subir la mirada –Estoy esperando.

Esta vez, el escalofrío que recorre su vertebra es más violento que cualquiera que recuerde, como si su vida estuviera dependiera de que realizara con éxito una simple acción; el tintineo metálico en la cintura de Ymir le recuerda a las cuchillas de unas tijeras, abriéndose y cerrándose al tiempo que esperan ser usadas. Su risa, esa abominación sarcástica que siempre es acompañada por el olor de alguna droga, se impregna de una emoción infantil.

-De prisa…

Se resigna, lo hace. Lame su dedo pulgar con la punta de su lengua, saboreando la sangre y algo que le parecen ser los fluidos corporales de las muchas otras mujeres que escucha gritar en el resto de las celdas, dejando en su boca un desagradable sabor a hierro y sal.

-Bien. Lo haces bastante bien- Le ánima a seguir, abriendo su palma y acercándola un poco más a sus labios –Muero por saber cuánto pagarán las personas para que uses tu lengua de esa manera.

No entiende, pero cree que el presentimiento que la invade con esas palabras es una terrible señal. Su rostro es elevado contra su voluntad, obligándola a mirar a su verdugo a los ojos y perderse en ellos para bien o para mal; su lengua se desliza entre sus dedos largos.

Siente su respiración agitada sobre su frente. Siempre le ha parecido extraño como aquella persona, rodeada de un aura de sátira locura, pueda hacer tanto daño al puñado de personas que se encuentran en ese lugar sin llegar a tocarle a ella un solo cabello; frecuenta su celda, sí, pero solo para llevar comida, sentarse con ella a hablar de cosas sin sentido o realizar uno de los tontos juegos que le fascina jugar.

Una vez jugaron ajedrez y una fascinante jugada le permitió a Christa arrasar con la partida. Para su sorpresa, Ymir lo tomó bastante bien, sonrió y la felicitó por su agudeza, prometiéndole que le conseguiría algunos bocadillos o cosas con que entretenerse como recompensa por ganar; sin embargo, cuando escuchó sollozos ahogados en la celda de al lado, tomó su látigo y salió disparada con una expresión de interminable ira.

-Me pregunto si…- Su mano abandona su rostro y, cuando levanta la mirada, se encuentra con que sus frentes se han unido y solo un par de centímetros las separa de un contacto completo –Quizá podría…

Sabe que estará a salvo; por alguna razón sabe que no le hará daño, pero tenerla tan cerca, con su aliento golpeando su rostro y sin ningún lugar a donde correr hace que su cuerpo tiemble de arriba abajo; recuerda la facilidad con la que abrió el cuello de su madre. Eso parece complacer a su verdugo pues se acerca un poco más.

El tintineo vuelve, meciéndose lentamente cuando una de sus manos asciende hasta su cuello, rodeándolo; no hace presión, pero Christa siente el sudor frio descendiendo por su frente. No recuerda haber visto sus ojos tan de cerca y tampoco recuerda haber visto en ellos aquel brillo de ansiedad.

-Será solo un momento- Se acerca un poco más, dejando sus pecas a su alcance. Christa retrocede, pero más temprano que tarde, su espalda toca la pared. La mano en su cuello se cierra poco a poco, y ella no hace nada para impedirlo o para pedirle que se detenga: no puede ni debe hablar –No es como si te fuera a romper…

Piensa en las cosas que tuvo alguna vez: piensa en Sasha, en Mikasa Ackerman y en el resto de chicos con los que nunca estuvo segura si en realidad forjó una amistad; piensa en lo que haría su glotona mejor amiga en aquellos momentos, en si notará su ausencia o se esforzará por averiguar en donde está.

"Debí al menos invitarla a cenar" Piensa conforme siente su tráquea cerrándose y la sonrisa de Ymir crecer "Quizá no recuerde ni mi nombre"

-No me molestaré si opones resistencia- Ymir aprieta su cuello con fuerza, dejando escapar de vez en cuando una risotada –Después de todo, dentro de poco no estarás aquí.

No, si esto sigue, pronto dejará de existir. Sus manos tiemblan, ansiosas y adoloridas, suplicando a su cerebro que las ayude a llegar hasta la mano de la mujer. Debe, por lo menos, esforzarse.

-P-Por favor…

-Oh, pero si aún tienes lengua- Ymir la empuja hasta que su espalda toca por completo la pared. Las cadenas la lastiman y su vista comienza a nublarse –Veamos si puedes decir algo más.

No podrá. Para ella, las imágenes se transforman poco a poco en negro.

-¿Qué diablos estás haciendo?

La voz desconocida llena la celda. Ymir la suelta, dándole oportunidad de caer al suelo para abrir su boca desesperadamente en busca de aire; poco a poco las imágenes recuperan su claridad y las lágrimas que lleva tanto tiempo conteniendo se liberan en un torrente silencioso. Después de todo, aun no olvida que el silencio es prioridad.

-¡Mira quien llegó! ¡Annie!- Llama Ymir con lo que, supone, es una media sonrisa; se aparta de ella, poniéndose en pie de un salto para mirar a la figura que la espera, molesta -¿Qué te trae por aquí?

Christa, tosiendo y exhalando grandes cantidades de aire, levanta la mirada. No había visto a otra persona aparte de Ymir desde su llegada a aquel lugar: era ella quien la alimentaba, la revisaba y se encargaba de sus necesidades. Por ello, ver como aquella figura negra se transformaba en la silueta de una mujer rubia casi tan pequeña como ella, le parece una aparición divina o, de un modo más realista, una visión paranormal. Annie, la mujer, cruza los brazos.

-Me aseguro de que no hagas las estupideces que sabía qué harías- Su voz es madura, fría y sumamente cruel -¿Recuerdas lo que acordamos cuando comenzaste todo esto?

-Compartir las ganancias, lo sé- Ymir coloca sus manos en su cintura, suspirando –Solo me estaba divirtiendo un rato.

-Te recuerdo que los negocios no están…

-...Hechos para divertir- Completa la frase. La mujer frente a ellas frunce el ceño -¿Tienes algo más útil que hacer que estar sermoneando?

-¿Recuerdas el asunto de la comisaría?- Ymir asiente -Él esta aquí.

Eso es todo. Ymir, sin decir una palabra, y con un semblante un tanto sombrío, se gira hacia ella; para su sorpresa, el extraño tintineo en su cintura provienede un gran llavero repleto de llaves de todo tipo, color y tamaño; una pequeña, oxidada y de color oro es la que toma antes de colocarse tras ella, donde sus muñecas se encuentran atrapadas por los grilletes. Christa tiembla, esta confundida y el hecho de que sus cadenas hayan sido liberadas tan repentinamente no la hacen sentir mejor.

-No- Murmura débilmente, ofreciendo una sutil resistencia cuando Ymir la hala hacia arriba, tratando de ponerla en pie –No.

-No te haremos daño- Cuando se pone en pie, sus piernas temblorosas amenazan con hacerla caer de nuevo. Ymir sostiene su cintura indicándole, después de tres semanas en el suelo, como volver a caminar –Al menos yo no lo haré, no te garantizo que el resto se contenga.

¿El resto? ¿Quién es el resto?

Cuando por fin abandona su celda, sin ninguna venda sobre sus ojos, Christa no sabe cuál detalle le sorprende más: si el hecho de que a lo largo del pasillo, que parece extenderse hasta donde alcanza la vista, hay una decena de puertas más de las que esperaba encontrar, con desgarradores gritos provenientes del interior de cada una de ellas, o que la mujer rubia, que responde al nombre de Annie, sea la misma mujer que vio al abandonar The Wings of Freedom hace tiempo, escribiendo dígitos y letras sin sentido en su ordenador.

Solo necesita dar un par de pasos antes de desmayarse en los brazos de Ymir.