Iroh no era una persona que temiera a los cambios, en realidad su naturaleza era bastante aventurera ¿Quién dejaba todo tipo de comodidades en su propia Nación para embarcarse (literalmente) en la defensa de otra Ciudad? ¿Y empezando desde abajo cuando siempre estuvo en la cúspide? Definitivamente sólo lo harían personas con hambre de nuevos rumbos.

Al General de las Naciones Unidas le encantaban los cambios.

Su Abuelo desde pequeño le había inculcado a no temerles, puesto que estos eran la oportunidad perfecta para crecer y si en alguien podía confiar era en Zuko, así que le creía ciegamente.

Jamás se había arrepentido de ésa forma de vida puesto que lo había llevado a vivir intensamente; aún el amor.

Si no se hubiera decidido a dejar de tener noviazgos casuales y aceptar los sentimientos que tenía por la Avatar, cortejarla y ganar su corazón, entonces no hubiera conocido lo intenso que puede ser el amor verdadero.

Y en definitiva cambiar su estado de soltero por uno de casado había sido la mejor decisión de su vida, puesto que Korra y él hacían un gran equipo, siempre estando para el otro como refuerzo, apoyo, camarería, consuelo, amantes y todos los aspectos que habían hecho que su vida cambiara para mejorar.

Pero a pesar de siempre verse favorecido por los cambios, estaba enfrentando uno que para nada estaba disfrutando.

Su enemigo más odiado.

— ¡Vamos Iroh! Yo sé que tú puedes hacerlo. — Alentó Korra a su lado derecho y el de ojos ámbar no pude evitar notar la frente sudada femenina; dudando de sus propias palabras.

El General la miró de manera incrédula.

— Sólo lo dices porque tú no quieres hacerlo.

Korra sonrió resplandecientemente.

— No es que no quiera. Sabes que no soy muy buena en éste tipo de cosas y las veces que lo he intentado sólo he hecho un desastre. Un buen guerrero sabe cuando rendirse y éste es mi caso.

El Príncipe de la Nación del Fuego rodó los ojos.

— ¿Entonces sólo quedo yo? — Esperó a que su esposa asintiera divertida de dejarle ésa responsabilidad. — Bien… Lo haré.

Korra le sonrió ampliamente de nuevo y levantó sus pulgares en señal de apoyo… sólo moral.

Con manos temblorosas se dirigió hacia su enemigo, deteniéndose a medio camino al pensar que sería mejor si se quitaba los guantes de su uniforme. Eso le dio otra idea.

— Acabo de regresar del entrenamiento con la flota. No me digas que todo éste tiempo no has…

— ¡No! Claro que no, no la dejaría así. Le pedí ayuda a Asami. — Se apresuró a desmentir Korra antes de que él se enojara; en su lugar haría lo mismo. Por fortuna la brillante Asami era su vecina y mucho más adecuada para casos como esos.

Iroh asintió y una vez quitado los guantes se dispuso a abrir las cintas del enemigo. Antes de bajar su cubierta miró a Korra para saber si estaba lista para lo vendría.

La Avatar asintió mientras tragó aclarando su garganta.

— ¿Crees que deberíamos quemarlo? — Preguntó a su esposo.

— No, es muy riesgoso hacer fuego control dentro de la casa. Creo que debemos hacer un plan… No sé si podría yo solo. — Aceptó enrojeciendo un poco.

Korra lo abrazó y le dio un beso en la mejilla.

— Yo tampoco puedo hacerlo sola. Pero estamos juntos en esto.

Al cabo de algunos minutos de planeación ambos se pusieron en posiciones de combate.

— ¿Lista?

— Por supuesto, General.

La pareja se sonrió divertida.

De un rápido movimiento Iroh bajó la cubierta del pañal de su hija mientras cortaba su popia respiración.

— ¡Por todos los espíritus! ¿Cómo es que la leche se transforma en eso? — Comentó Korra perdiendo su posición al cubrirse la nariz.

Iroh desvió el rostro sosteniendo las pequeñas piernas, alejándolas de la catástrofe.

— Vamos Korra, ahora.

La Avatar convocó a Raava haciendo que sus ojos brillaran entonces con aire control levantó el tóxico pañal haciéndolo bolita y mandándolo volando al cesto de basura.

Después con agua tibia que habían preparado limpió a su risueña hija; morena, de ojos ámbar, y procedió a tirar el liquido hacia el drenaje.

La pareja suspiró sabiéndose lejos del peligro.

El General comenzó a hacer el resto; secarla, aplicar algunos polvos y colocar un nuevo pañal. Mientras lo hacía sintió a Korra colocar su barbilla cerca de su brazo, esperando ver lo que hacía.

— No sé cómo es que lo hacen parecer tan fácil nuestras Madres y Asami.

Iroh se encogió de hombros.

— Ya aprenderemos, pero ¿No crees que es algo exagerado entrar en el Estado Avatar para cambiar un pañal?

Korra le hizo un mohín.

— Suenas como Tenzin y no, yo soy el Avatar y digo que está bien.

Iroh rió por lo bajo, levantó a su hija de dos semanas, percatándose que tenía la misma sonrisa de Korra. Con su brazo libre atrajo a su esposa y le dio un beso en la frente.

Bueno, ahora se había enfrentado a un "simple" cambio… de pañales, pero…

— Como desee, Avatar Korra. Qué suerte que hagamos tan buen equipo.

Estos dos capítulos se los quiero dedicar al babas de mi hermano que me ha hecho muy feliz estos días :D No sólo va tener una bebita (:3) si no, también probablemente nazca en mi cumpleaños el otro año \o/

Muchas felicidades tontis, sé que no leerás nunca esto, pero gracias por crecer juntos y pasar nuestros buenos y malos momentos sabiendo que nos teníamos uno al otro.