Vale, Edgar tenía razón ¿Quién se lo iba a impedir?, yo era demasiado floja comparado con él.

-Por favor, deje a la ojou-sama en paz (ojou-sama es señorita)- me giré ¿Quién podía ser? Vi a un chico de pelo corto y blanco, tenía un ojo de color azul y el otro amarillo, era alto y delgado, y llevaba un traje negro – Ojou-sama, creo que este hombre la está incomodando- dijo el extraño, esta era mi oportunidad.

-Sí, no me lo puedo quitar de encima- Edgar me apretó contra él.

-No la pienso soltar-contestó Edgar.

-Ojou-sama, ¿Desea que se lo quite de encima?-preguntó el chico.

-Sí, por favor-contesté. El chico se transformó en un hermoso zorro blanco que me parecía reconocer.

-Pissium licantrum-murmuró el chico zorro. Unas piedras se empezaron a elevar y fueron directas a Edgar, pero él las esquivó y me echó a un lado soltándome. El chico zorro se transformó otra vez en humano-ya he cumplido mi objetivo-dijo el chico-por cierto, me llamo Miketsukami-dijo haciendo una reverencia.

-Encantada de conocerte-contesté, momentos después, el chico, Miketsukami, desapareció.

-¿Por qué has dicho que te incomodaba?-dijo Edgar acercándose a mí.

-Porque es lo que hacías, te dije que no me tendrías entre tus brazos y tú coges y me abrazas-refunfuñé.

-Pero en el fondo te gusta que te abracen, sobre todo yo-contestó Edgar con una sonrisa, él seguía acercándose y yo empecé a ir hacia atrás. Yo empecé a reír.

-Eso es lo que tú te crees-noté un bordé y paré.

-Si das un paso más, caerás por el acantilado, y si no te mueves, volverás a estar entre mis brazos, tú decides-dijo Edgar, miré detrás de mí y vi que Edgar tenía razón, habían unos 10 o 15 metros de altura. Miré hacia donde Edgar que estaba a unos pasos de mí, si me ponía a correr Edgar me cogería fácilmente y si me tiraba, el vestido podría estropearse y yo me podría matar.-Yo gano- dijo abrazándome, en realidad, si me gustaba que me abrazara, pero él no podía saber que a mí me gustaba-Sé que te gusta, no hace falta que lo ocultes.

-¿Q-q-qué estás diciendo?- pregunté, él no me podía leer la mente, eso era imposible.

-Lydia, eres como un libro, se puede saber lo que te gusta y lo que no con tal de observarte un poco, anda, vayamos a la casa-dijo cogiéndome de la mano. Yo acepté, al menos, no me hacía nada por haberle hecho pasar lo de antes de ese chico raro. Entramos en la casa, estaba decorada con muebles del estilo barroco y tenía muchos cuadros colgados. Edgar cerró con llave tras de sí.

-¿Porqué cierras?-pregunté nerviosa.

-Para que nadie nos moleste-dijo acercándose otra vez. Mi respiración se volvió rápida mientras Edgar se acercaba a mí. –Esto te pasa por decir que te incomodo-susurró en mi oído, después de eso me beso, yo intenté resistirme, pero a quién iba a engañar, me gustaba.

-Prométeme una cosa-murmuré entre beso y beso.

-¿SÍ?-preguntó él.

-Lo que pase en esta isla, se quedará en esta isla, por favor-pedí.

-De acuerdo-a partir de eso me entregué completamente a sus besos, mientras solo fuera cosa de un día, no me podría arrepentir, aunque lo que en verdad quería con él no era cosa de solo un día. Rodeé su cuello con mis brazos para atraerle más a mí y profundicé el beso, dejé paso a la lengua, empezamos a recorrer cada uno la boca del otro, descubriendo lugares donde nunca antes habíamos estado. Sus brazos me rodearon la cintura y me apretaron contra él haciendo que todo el espacio que había entre nosotros desapareciera.-Lydia, te quiero-murmuró, su voz se había vuelto ronca y grave, yo asentí dándole a entender que yo también. Mi cuerpo empezó a arder, era una sensación extraña y un nuevo sentimiento se apoderó de mí, el deseo, junto con ese sentimiento vino la lujuria. Era algo que nunca había experimentado y mi cuerpo pedía más. Mis manos se movían solas y empezaron a desabrochar la camisa de Edgar.

-No sé lo que me pasa- murmuré casi sin respiración, él me empezó a desabrochar el vestido.

-Yo sí lo sé, quieres pasar a otro nivel, pero no creo que eso sea la correcto contigo-dijo acariciándome mi espalda que ahora estaba al descubierto.

-Ya sé que no soy tan buena como las otras, pero por favor- pedí intentando controlar mi cuerpo que ahora temblaba de deseo.

-No, tú no eres como las otras, tú eres diferente de todas ellas, tú eres única y especial para mí-contestó él. Me quitó el vestido del todo, sabía que yo estaba a punto de perder mi virginidad pero no podía controlarme. Le quité su camisa que cayó al suelo. Mis manos empezaron a recorrer su desnudo torso mientras Edgar jugaba con el broche de mi sujetador.

-Te… te necesito-murmuré, le necesitaba ya, no podía aguantar.

-Así no cielo, este día va a ser inolvidable para los dos- dijo desabrochándome el sujetador.-No sabes cuánto llevo esperando este momento-se puso de rodillas delante de mí y sacó una cajita uno de los bolsillos de su camisa.- Lydia ¿Quieres casarte conmigo?-preguntó abriendo la cajita y dejando ver un precioso anillo de oro con un cuarcito en el medio ¿Cómo me podía hacer esto ahora? Él sabía mi urgencia, juro por Dios que lo sabía.

-Yo…-no sabía que decir, no podía pensar con claridad.

-Si no aceptas, no continuaré-dijo él levantándose.

-De acuerdo- dije sin pensar, no podía ni un segundo más, él se tomó su tiempo para ponerme el anillo.

-Te quiero mucho Lydia, y espero que esto que vamos a hacer lo demuestre- murmuró. Me cogió, me llevó a la habitación y me echó en la cama. Él se puso encima de mí y yo aproveché para quitarle los pantalones. -¿Estás segura?- preguntó quitándome las braguitas que llevaba, yo asentí sin pensar siquiera. Le quité los bóxer rápidamente, él empezó a besar mi vientre, con cada beso, mi cuerpo se descontrolaba más y más. Noté cómo introducía lentamente dentro de mí su dedo corazón y solté un gemido sin darme cuenta, era una sensación agradable.

-No puedo aguantar más – murmuré acercando mis labios a los suyos.

-No tendrás que hacerlo mucho más- dijo metiendo ahora dos dedos dentro de mí. Yo volví a gemir, el introducía sus dedos una y otra vez dentro de mí y luego paró- Lydia, esto te va a doler, perdóname- noté como él por fin entraba dentro de mí. Él tenía razón, dolía, pero una sensación única. Él empezó despacio, mi cuerpo temblaba entero, tenía miedo, pero sabía que con Edgar no podía pasarme nada. El dolor incrementaba al igual que la sensación de placer, yo gemía de placer y a la vez aullaba de dolor. –Mi amor, estoy contigo-dijo Edgar en mi oído. Yo asentí con los ojos llenos de lágrimas, me di cuenta de que mis manos apretaban su espalda fuertemente por el dolor que sentía.

-Lo… lo siento-murmuré sabía que le estaba haciendo daño.

-No te preocupes, mi pequeña princesa-susurró él. Después de un rato, los dos llegamos al orgasmo, yo sentía como si mi cuerpo acabara de ser masacrado.-Lydia, te amo-dijo echándose a mi lado. Yo puse mi cara sobre su pecho desnudo, ahora sabía que yo, en verdad, le amaba también. Él me tapó con la sábana y me empezó a acariciar el brazo.- Ahora, será mejor que duermas.-murmuró dándome un beso en la frente.

-Edgar, creo que tenías razón, estoy enamorada de ti-murmuré antes de quedarme plácidamente dormida.

Seguiré subiendo ;)