DISCLAIMER: Harry Potter pertenece a J.K. Rowling y a todos a los que le hayan pagado para utilizarlo. Esta publicación no fue realizada con fines lucrativos.

RESUMEN:
Después de derrotar al Señor Oscuro, Harry Potter ingresó al Departamento de Misterios, en la división de travesías temporales, donde permaneció por siete años. Al retirarse decide regresar a Hogwarts para convertirse en el nuevo Profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, sin embargo Trelawney pronuncia una nueva profecía y el destino le impone una prueba más. Así, Harry regresa a 1975, y después de entrevistarse con Dumbledore, obtiene la posición como profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, donde preparará su camino para cumplir con las palabras formuladas por su antigua profesora.

RESUMEN DEL CAPITULO ANTERIOR:
Harry imparte la primera clase a los merodeadores, misma que aprovecha para solicitarle a uno de ellos (Remus Lupin) un favor especial. Remus comparte su recuerdo del día de la llegada de los mortífagos con Harry a través del pensadero, hecho que le trajo un poco de paz al adolescente y muchas preocupaciones al inefable.

Bajo Juramento
Capítulo XIV. Lo que existe dentro mí

El mes de septiembre llegaba a su fin demasiado pronto. Recargado mirando al horizonte, Harry bebía un vaso de licor mientras en su mente daban vueltas los últimos acontecimientos en su investigación.

Contemplar el recuerdo de Remus lo había alterado significativamente. No sólo por el sufrimiento que había pasado el muchacho sino también por la reacción que había tenido el lobo al poder escondido dentro de la urna.

Sin embargo, la urna en sí no era lo que preocupaba al joven, sino más bien su contenidoel cual, había despedido una serie de lamentos que aún, a través del recuerdo de Remus, había percibido.

Lo único que le quedaba a Harry era hacer una visita al "almacén" de la familia Malfoy e inconscientemente Harry apretó su mano derecha, donde se encontraba la última carta recibida proveniente del Departamento de Misterios.

Imposible visitar Wiltshire. El pescado no cabe en la red.

Harry cerró sus ojos ocultando lo que poco a poco iba creciendo en su interior.

– Una magnífica vista ¿no lo crees?... Willy la eligió para tí.

Harry volteó bruscamente y encontró a Dumbledore parado frente a su escritorio. El director le miro de una forma apacible y le dedicó una de sus bondadosas sonrisas al tiempo que se instalaba en un sillón transfigurado por el mismo.

– Minerva me ha hablado mucho acerca de tus chocolates y pensé en venir a visitarte, uno nunca debe perder la oportunidad de disfrutar de una buena golosina.

Harry sonrió sin que la sonrisa llegara a sus ojos y se acercó a uno de los cajones ocultando la carta, sacando también la caja de chocolates con los últimos trozos que le quedaban.

– Oh, vaya – dijo el anciano mientras revisaba cada uno de los bombones – Al parecer ya es tiempo de una visita a Hogsmeade sino me equivocó.

El director se decidió por un chocolate blanco y se lo metió a la boca, saboreándolo.

– Mmm, delicioso Ray. Tendrás que decirme donde los compraste, yo mismo desearía un par de cajas si no te importa.

Harry sonrió pero esta vez lo hizo verdaderamente. La próxima vez que visitara Suiza se aseguraría de llevarle unos recuerdos al noble anciano.

Dumbledore entonces le entregó un sobre con varios sellos postales.

–Es para la señorita Austin. Creí que te agradaría entregársela tú mismo – Harry tomó la carta que el Director le tendió agradeciéndole con la mirada. No hubiera sido posible cumplir con aquella promesa de no ser por él.

El silencio se extendió entonces en el despacho al tiempo que una a una se iban apagando las antorchas que alumbraban el enorme recinto: era un nuevo día en Hogwarts.


– Buen día profesor – retumbó la alegre voz de Rubeus Hagrid a través de todo el Gran Comedor cuando Harry se acercaba a su lugar a desayunar.

– Buenos días Hagrid¿qué tal el cachorro, has decidido como llamarlo? – dijo Harry mientras se servía un poco de avena...

Así iniciaba el viernes para los habitantes del castillo, y poco a poco el Gran Comedor se iba llenando de los alumnos que empezaban sus actividades.

En una de las mesas, en los asientos de los alumnos de primer año, se encontraba sentada una chica rubia que era ignorada por sus compañeros por su extraña fascinación por lo esotérico.

Sybill Patricia Trelawney sentía cierta compulsión por conocer el futuro y no había parado de desarrollar su potencial, pues ella, desde muy pequeña se sabía la heredera del verdadero arte de la adivinación y estaba dispuesta a demostrárselo a cualquiera.

De pronto la chiquilla sintió que el lugar que estaba a su lado (que siempre permanecía vacío) era ocupado por alguien. Curiosa, la niña levantó la mirada y sus ojos se cruzaron con los esmeraldas de una alumna mayor, con la insignia de premio anual colocada sobre su túnica.

Lily le brindó una cálida sonrisa – Hola, soy Lily ¿Cómo te llamas?.

– Sybill – contestó tímidamente sonrojándose y bajando la mirada...

Minerva suspiró junto a Harry. El joven volteo a mirar a su colega y antigua jefa de casa. McGonagall notando su escrutinio le sonrió complacida – Pensaba hablar con la pequeña esta tarde, es una suerte que la Srita. Evans sea tan cuidadosa con sus compañeras. En realidad no quería interferir.

Harry dirigió su mirada hacia la mesa de los Gryffindor para posarla sobre las dos figuras que discutían en las primeras sillas de la mesa de Gryffindor para sorpresa de propios y extraños...

Era ya jueves de esa... su terrible primera semana, y aún no había revisado con detenimiento las listas de los primeros años. Estaba en la última clase del día. Doble turno con los alumnos de Gryffindor y Slytherin. Al menos pensaba que las cosas no podrían ir peor que con los otros alumnos de primero.

No tienen porque ponerse tan nerviosos – habló Harry a los intimidados chicos de primero.

Cualquiera pensaría que tratarían al menos de demostrar valentía siendo de Gryffindor.

Harry repasaba con la mirada a los alumnos presentes mientras leía la lista, al llegar a la T casi soltó la hoja de sus manos, levantó la vista tratando de encontrar con la mirada una mítica figurada envuelta en chales.

Trelawney, Sybill – susurró y al final de la última fila se alzó confiadamente la mano de una chiquilla de ojos claros y pelo rubio. Sybill Patricia Trelawney acababa de empezar su educación en la escuela.

Después de salir de su estupor la clase continuo normalmente (aunque Harry no dejaba de mirar a la chica cuando creía que todos los alumnos estaban distraídos). Le parecía inverosímil encontrar en esas circunstancias a su profesora de adivinación.

Al finalizar la clase (la última del día para los chicos de primero) Sybill se acercó a su escritorio, abrazando su mochila contra sí. Con una sonrisa enigmática dibujada en su rostro. Harry casi pudo imaginársela puliendo sus gafas afuera del despacho del Director.

Bienvenido profesor – una voz que no le había oído usar en toda la clase lo distrajo. Y por un momento su mirada se cruzó con la de Trelawney – He estado observándolo desde que iniciaron las clases y ha hecho un buen trabajo.

Harry frunció el ceño confundido y antes de que pudiera decir nada, la niña parpadeo un par de veces y volteo a mirar a su alrededor.

Al encontrarse Sybill con el escrutinio de su profesor, se sonrojo vigorosamente y apretando sus útiles más fuerte contra sí, salió casi corriendo del salón. Harry se quedó mirando hacia la puerta sorprendido por varios minutos, y cuando comenzó a arreglar los papeles una voz le susurró desde la puerta.

Recuerde no demorarse tanto profesor, no es bueno para su salud...

Cuando Harry volteo a ver al interlocutor sólo alcanzó a ver el revuelo de una túnica y el destello de unos cabellos dorados desaparecer rumbo al Gran Comedor.


– ¡BUENOS DÍAS SOL!

– ¡SEÑOR BLACK, HÁGAME EL FAVOR DE CONTROLARSE!

Remus abrió poco a poco sus ojos al sentir el calor del sol sobre su rostro. Entre sueños le parecía ver a sus amigos alrededor de su cama y más alejada alcanzó a divisar la silueta de la Señora Pomfrey desapareciendo detrás de las cortinas que rodeaban su cama.

– ¿Cómo te sientes amigo? – distinguió el hombre lobo la voz de Cornamenta a su derecha, al mismo tiempo que sintió como le tomaba una de sus manos.

– Igual que siempre – respondió el chico con un hilillo de voz. Sus amigos notaron su aspereza, jamás se había quedado hasta el último minuto de su transformación.

Debían regresar a la torre antes de que fuera notada su ausencia y por ello siempre se perdían de las peores partes. Pero pronto idearían un plan para estar más cerca de su amigo cuando más les necesitara.

Peter sacó una manzana de su bolsillo y comenzó a morderla ruidosamente. Remus, que aún sufría de nauseas por las pociones que le hacían tomar, lo reflejo en su rostro. Lo que ocasionó que Sirius le arrebatara la fruta a Peter para lanzársela a James.

– Oigan chicos, devuélvanmela – protestó Peter.

Pero James, quien le seguía el juego a Sirius volvía a lanzarla cuando Colagusano se acercaba a él para recuperar su desayuno.

– ¡Ya, es enserio! Aún tengo hambre y no alcanzaremos a desayunar – siguió Peter ahora más irritado.

Remus negó con la cabeza y justo cuando iba a protestar la señora Pomfrey volvió a asomarse a través de las cortinas, esta vez llevándose consigo a los tres merodeadores, quienes "no sabían como comportarse en una enfermería, por lo que no podrían regresar hasta obtener un poco de madurez".


La campanilla sonó por última vez en el día. Finalmente había terminado las clases y era hora de la cena, no para todos sin embargo.

Severus Snape, alumno de Slytherin del séptimo curso, miraba ensimismado el campo de Quidditch desde la parte más alta del castillo: la Torre de Astronomía.

Abajo, zumbando a lo largo del campo frente a los seis aros, practicaban varios borrones carmesíes y uno de ellos parecía siempre sobresalir entre los que le rodeaban.

Severus frunció la boca mientras destellos de algo oscuro se reflejaban en sus ojos.

Ese tonto... ¿De qué carecía para ser rebajado a menos que una molestia por ese maldito Potter?. Aún ahora, después de un mes de iniciadas las clases ese torpe parecía haberse olvidado de su rivalidad. No era justo.

Después de todos estos años luchando por sobresalir, siempre tenía que ser él... Si al menos pudiera humillarlo frente a esa sangre sucia que tanto perseguía se sentiría satisfecho, pero de un tiempo para acá el único de esos imbéciles que caía en sus provocaciones era el estúpido de Black.

Eso no era lo único, justo ahora comprobaba como todos los profesores lo favorecían al haberle otorgado el premio anual, ese premio le correspondía a él solamente... ¿Quién era el mejor alumno en pociones, quién había representado a Hogwarts en un concurso escolar con las demás escuelas y salido victorioso?.

Sólo porque se le daba bien el Quidditch no significaba que fuera lo mejor para la escuela ¡Él, Severus Snape, era muy superior al maldito Potter!.

¡Él, un sangre pura de las familias más antiguas!... y sólo UNA persona lo había apreciado...

Y él había aceptado ser parte de su círculo... a un precio demasiado caro.

Aún ahora, bañado por los rayos del sol, sentía como un frío helado le carcomía su interior... aún resonaban en sus sueños los gritos de dolor que había emitido el primer hombre que había sucumbido bajo sus manos...

Sus manos... Ahora estrechaban fuertemente sus brazos y continuamente se estremecían al recordar la agradable sonrisa que mostraba su Señor aquella noche.

Por fin era aceptado, después de esa prueba, Severus Snape finalmente fue aceptado y celebrado por su Señor, y sin embargo, sin embargo...

Los rayos del sol desaparecieron finalmente dejando destellos rojizos en el horizonte, y por encima del Slytherin el frío azul nocturno dejaba ver las primeras estrellas.


Mucho más tarde, cuando ya nadie estaba de pie en Hogwarts, cuando las rondas a través de los corredores eran terminadas y cada uno de los habitantes del castillo entraban en un mundo alterno...

Lejos... bajo un cielo cuajado de estrellas, se encontraba un bosque de coníferas especialmente tupido. Y en lo más profundo del bosque, oculto tras una espesa capa de árboles y resguardado por una enorme montaña, se abría un oscuro boquete.

Diversas criaturas que solían hacer de esa fosa su hogar, tenían ya mucho de no frecuentarla. Las aves y roedores, los animales más empáticos con sus alrededores, había abandonado aquel lugar.

Varios sujetos en atuendos oscuros, en cambio, atravesaban la entrada sin siquiera pestañear.

La entrada de la cueva era un sendero estrecho que se extendía hasta el corazón de la montaña, y se bifurcaba a su vez en varios caminos. De no tener ningún medio de orientación, cualquiera de aquellos hombres estaba sujeto a desaparecer dentro de aquel agujero para no volvera ser visto jamás.

Justo en la parte medular se encontraba un enorme trono hecho de calizas y piedra volcánica, y en el, postrado, se encontraba un ser envuelto en un manto de oscuridad que parecía no emanar de ninguna parte.

La temperatura descendía significativamente mientras se estaba en su presencia.

Rizos castaños resbalaban sobre sus hombros y unos parpados con largas pestañas ocultaban unos terribles ojos índigos que habían visto el fallecimiento de cientos de almas y disfrutado de cada minuto de su agonía.

Aún ahora, la mente del hombre disfrutaba del espectáculo que le proporcionaban sus recuerdos. Mientras, a su lado uno de sus vasallos se deshacía en gemidos apretando fuertemente contra sí su brazo izquierdo, el brazo que se dirigía hacia su corazón.

El hombre abrió sus ojos, un brillo siniestro se extendió por la sala y a la orden de su voluntad las tenues luces que rodeaban el trono adquirieron un tono sanguinolento. Era la hora de comenzar la reunión.

Sus ojos recorrieron la antecámara en toda su extensión. Y mientras sus vasallos la ocupaban sus cejas se juntaron sobre sus ojos.

– Eusebius... – siseo desde el trono – trae a nuestros invitados.

La luz de las antorchas disminuyó entonces en intensidad. Todos los sujetos presentes miraban nerviosos a su alrededor, sintiendo como un frío siniestro les helaba la sangre y recorría su espalda.

Una puerta detrás del trono se abrió dejando ver tres siluetas envueltas en túnicas color rojo, casi negro. La que iba encabezándolas llevaba entre sus manos una urna de tejo con algunas piedras que resplandecían con las llamas sobre las paredes, presentando así ante tan peculiar comitiva un espectáculo siniestro y atemorizante.

Los súbditos más al frente de la antecámara, se hicieron hacia atrás cuando los tres sujetos se postraron frente a su Señor. Jamás habían sentido tal malignidad y no pensaban acercarse a la urna a menos que su señor se los ordenara.

Una sonrisa maniática se dibujo en el rostro de la persona que sostenía la urna, mientras las dos siluetas que le acompañaban intercambiaban miradas de temerosas. ¿Quién sería el siguiente?

Lord Voldemort se levantó de su trono súbitamente y se acercó poco a poco a los tres sujetos postrados frente a él.

Muy dentro de sí sabía que había llegado el momento, la perfecta oportunidad para llevar a cabo sus planes, pero antes tenía que hablar con estos tres seres de la oscuridad. Justo antes de articular palabra el guardián de la urna cruzó su mirada con la del Señor Oscuro, y un brillo rojizo resplandeció al fondo de sus pupilas grises.

Era la señal...

Lord Voldemort... Tom Sorvolo Riddle sonrió como nunca antes lo había hecho.


Lily Evans despertó súbitamente bañada en sudor. Mirando temerosamente sus alrededores y sin recordar nada de lo que había soñado momentos antes, sólo pudo tratar de consolarse meciéndosesobre su cama con dosel, sintiéndose completamente desprotegida.