El plan, inicialmente, era hacer de esto un ONE-SHOT y oh, sorpresa, no me pude contener. Como de costumbre ¬¬ Lo mismo me pasó con "Girasoles". Tal como van las cosas, quiero hacer un tercer capítulo pero hasta ahí llegaré. Ya voy a empezar las clases en la universidad y quiero volcarme de lleno en eso, sin olvidar que tengo muchos fics incompletos. Tenía tantas ganas de hacer un ItaDei que no me pude contener y, para no variar, tampoco no me pude contener de hacer una continuación. Bueno... Es su culpa, asterlicia09, akari-kaze! Ustedes me obligaron! No estaba en mis planes, ustedes son las culpables! Por cierto, el título del primer capítulo es "Vampiro", tal como lo indica el título del fic. No se me ocurre uno bueno para éste ni para el otro porque, como ya dije, era un ONE-SHOT.

Resoluciones

Naruto se sentó pesadamente a mi lado, suspirando. Era extraño verlo suspirar, era un chico tan enérgico, alegre y agitado que los suspiros simplemente no iban con él. Le ofrecí de mi bebida, pero la rechazó amablemente con una seña: a él no le gustaba la cerveza.

Yo tomé un sorbo.

-¿No han habido muertes? –sonrió con amargura. Bien, no lo culpaba, recién la incomodidad no se sentía, se palpaba.

-Por lo menos ha desistido de golpearlo.

-Quieres decir que está agotado.

-Aja. Fue una buena idea desarmarlo.

-Claro que lo fue, todas mis ideas son buenas.

El muy maldito me ignoró.

-Si lo piensas, tiene sentido. Resistió bastante, algo así como media hora.

-Mañana estará afónico –compartimos un intento de sonrisa. Podía ver la incomodidad, la frustración, la impotencia, un ligero tinte de resentimiento y el agotamiento, por sobre todo. Golpeé su hombro con el mío cariñosamente. Yo era su maestro-. Todo se arreglará.

-Eso espero –otro suspiro. De acuerdo, debía detenerse o empezaría a sentirme culpable. Era casi doloroso ver su rostro sin sonrisa (por más falsa que fuera) y sus ojos sin brillo alguno-. Tsunabe-baachan no estará feliz.

-Lo sé...

-Yo tampoco lo estoy mucho.

-Sabes que no podía decírtelo.

-Hubiera preferido enterarme por tus labios que por los pasados... acontecimientos –tanteó, no sabiendo qué termino usar. Lo consideré un momento. Jugó tiernamente con sus dedos. Podíamos escuchar los gritos y exclamaciones exaltadas a lo lejos. Reclamos, injurias, palabras hechas bramidos por el resentimiento.

-Tomaste mejor de lo que pude haber esperado la noticia de que mi Danna, la persona que me enseñó a matar vampiros, fuera uno de ellos. Entiende que no tenía la misma certeza para este caso. No me pareció que reaccionarías bien si te dijera que sostenía una relación con un vampiro.

-Una vez me dijiste –empezó, esquivando mi mirada-: "Soy tu maestro, por lo tanto no deberás nunca cuestionar mis palabras, decisiones o pensamientos así como debes saber que la desconfianza no puede existir aquí".

-No fue la desconfianza lo que me detuvo, Naruto –dije con rotundidad y fastidio. Un nuevo grito se alzaba por sobre los demás sonidos a nuestro alrededor-. Más que temer tu reacción, temí el peligro que pudiera significar para ti. La información es poder así como también el máximo peligro.

-Puedo cuidarme solo –gruñó con resentimiento. Mocoso descerebrado e idiota... ¡Qué cabeza dura! Era peor que yo cuando Danna... existía (cuando él estaba vivo, quizá mi tátara tatarabuelo era un adolescente). Me armé de toda la paciencia que había aprendido a acumular y usar desde que me fue asignado como estudiante. Debía admitir que había cambiado: casi puedo decir que soy mejor persona.

-La venda en tu cabeza y brazo debilitan tu credibilidad.

-¡Y a ti qué te importa!

-¡Me importa porque te aprecio, eres importante para mí! –me miró anonadado. Los gritos cesaron de pronto, supuse que Sasuke se había quedado sin voz-. No es fácil, nada fácil. Es... injusto –dije usando las palabras de aquella vez, que se me hacía tan lejana-. Perdí a mi familia, a Danna, esta noche estuve a punto de perderte a ti y... No soportaría que alguien más se fuera, que me arrebataran más personas importantes.

-Dei-niichan... –con mis dedos golpeé juguetonamente su frente. Él la cubrió como acto reflejo, que en conjunto con su mirada enojada le regresaron un poco de aquél Naruto que apareció un día ante mí diciendo que no necesitaba de ningún maestro porque podía convertirse en el mejor caza vampiros de la historia sin ninguna ayuda.

En ese entonces, conocí a Itachi. Recordarlo hacía que un nudo se creara en mi garganta. Lo maldije para mis adentros, tomando otro sorbo de cerveza. Fue por conocerlo, porque apareció en mi vida que pude comprender ciertas cosas. Sus palabras acertadas, dulces, elegantes habían destrozado las barreras que se reforzaron hasta límites insospechados luego de la muerte de Sasori.

Pensé que Sasori me miraría con ironía, sonriendo levemente con sorna y diría algo como: "Veo que has sucumbido a la belleza y perfección de lo eterno". Por supuesto, buscando ser lo más respetuoso que podía, yo rebatiría ese comentario, diciéndole que era un soñador empedernido y que mejor bajaba de su nube.

Miré por la ventana el cielo estrellado cada vez más claro por la pronta aparición del amanecer. Me gustaban los amaneceres más que los crepúsculos. Los crepúsculos duraban mucho rato y, aunque fueran como una explosión de colores cálidos, igual a las que producían mis balas cuando impactaban contra un vampiro, me recordaban lo importante que era el color rojo en mi vida.

La sangre que rodeaba a los cadáveres de mi familia. El cabello rojo de Sasori, corto, lleno de rizos de querubín y con olor a cedro. Los ojos rojos de Itachi.

Los amaneceres, en cambio, eran más reconfortantes. Era ver esfumarse el que yo sabía eterno manto negro de la noche, y las estrellas que estarían allí mucho después de que yo abandonara este mundo y la oscuridad que se cierne por todos lados.

Era un repentino estallido de vida y color que rompía con lo imperturbable de la noche. Los amaba por ello, los odiaba porque me hacían dudar acerca de la elección más importante en mi vida.

Quería vivir para despertar al despuntar el alba y ver cómo el mundo despertaba pero aquello significaba darle la espalda a la promesa más importante que me habían hecho.

Sería apartar de un golpe brusco la mano perfecta de Itachi tendida hacia mí.

Sería renunciar a una vida inacabable junto a él.

-Si fueras mi hijo, te hubiera abrazado hasta matarte yo mismo de la asfixia, si fueras mi pareja, te hubiera llenado de besos aliviados y fogosos, si fueras mi hermano, te apalearía y gritaría hasta lo humanamente posible, mejor, hasta lo inhumanamente posible. Pero eres mi aprendiz, mi alumno, mi protegido. Debo recibirte dispuesto a curar tus heridas, hacerte entender la razón de tus tropiezos, entrenarte con el fin de que seas más fuerte, hablarte duramente sobre lo escasas que son las segundas oportunidades y lo muy agradecido que deberías estar por tener una, en este caso, seguir con vida. Es lo único que puedo hacer por ti ahora.

Estaba herido, no sólo físicamente (aunque Itachi hizo un trabajo excepcional protegiéndome durante la batalla, incluso cuando Sasuke lo apuntó con su arma presa de la ira y yo me interpuse entre ambos). Había abierto las capas que me separaban del mundo para decir todo esto, quedándome vulnerable, débil, convirtiéndome en un blanco fácil. Había dejado ver a Naruto lo mucho que me importaba, a Sasuke lo humano que podía llegar a ser, a mí mismo por la reverencia que volcaba en el recuerdo y las enseñanzas de Sasori.

El único que no parecía estar sorprendido era Itachi, él y su perfección. Era una criatura perfecta, un ser sin error ni fallas, un vampiro al fin y al cabo.

Una vez, recuerdo claramente, me dijo susurrando contra mi labios que lo que más quería ahora era conocerme, era un capricho. Dijo que quería ver cada faceta cambiante, inestable, explosiva de mí: mi lado paternal, mi sobre protectora conducta de hermano mayor, lo revoltoso de un hermano menor, el inagotable lado artístico que dominaba cada uno de los otros aspectos. Dijo que quería conocer lo que ya sabía que estaba allí, así tuviera que sacrificar su eternidad.

Él tenía planes para morir.

Estaba decidido a matarse si yo fallecía. Por ello luché por mantenerme con vida, para que su maravillosa existencia perdurara tanto como estaba en mis manos, porque sabía que, en dado caso que él fuera quien muriera, debía luchar aún más fuerte para seguir siendo yo, preservando su recuerdo, manteniéndolo vivo para mí, dentro de mí.

Yo no quería que muriera, que se fuera y me abandonara. Me había vuelto tan dependiente de él...

No le cocinaba, tampoco salíamos a pasear juntos o a comer, porque no podíamos hacer esto. Y no refiriéndome sólo al hecho de que el sol le afecta. Era peligroso que supieran de nosotros, no de él, no de mí, de nosotros. Pero sí me tendía sobre su pecho, a esperar sus mimos tiernos que siempre llegaban más temprano que tarde. Le hablaba, le insultaba, él me respondía con sus palabras rebuscadas, su vehemencia habitual, su cruel espontaneidad. Dejaba que me desnudara o que fuera al revés, no me importaba la vergüenza, el deshonor o el inminente riesgo de morir.

Podía sobrevivir varios días sin verlo, semanas sin saber de él, pero jamás abandonaba mis recuerdos, nunca dejaba tranquila mi mente con su plácida sonrisa, a veces socarrona que destilaba superioridad, no podía olvidar sus ojos sabios, tan jóvenes y viejos al mismo tiempo, tampoco su voz de arcángel, esa que preguntaba si estaba bien que se quedara a mi lado y pronunciaba mi nombre, saboreando cada letra.

Yo no podía olvidar a Itachi, era lo único constante en mi vida, lo único que se mantenía imperturbable, estático... Eterno.

Sasori-danna pagaría por escucharme justo ahora. Pero él no fue eterno, eché en falta su presencia y lo culpé de no estar aquí, ahora. Desearía que viera que ahora tengo un alumno al cual enseñar y proteger, que sigo sus consejos a la hora de cazar vampiros y que finalmente aprecié (por mucho que odiara admitirlo) su visión del arte, de la vida.

Me metí al cuarto donde estaba Itachi y lo descubrí reteniendo el cuerpo de su hermano con el suyo propio, acariciando con su boca el pálido cuello. Ahora manchado de escarlata y perforado, marcado con un estigma, una cicatriz que se repetiría cada vez que Sasuke lo deseara y sintiera sed.

Itachi me miró, los labios rojos y húmedos por la sangre esparcida en ellos. Lucía herido pero a la vez feliz. Sasuke gritaba, ahogaba gemidos y se agitaba convulso. Cerré la puerta, no debía entrar luz bajo ningún concepto.

Naruto gritó horrorizado, tal vez teniendo las mismas reservas que yo en cuanto al Don Oscuro. Sasuke se retorció, musitando entrecortadamente su nombre y el de Itachi. Creo que tuve ganas de llorar y sonreír pero no fui capaz de ninguna de las dos. Apenas podía respirar.

-Te odio –susurré, separando mis labios un centímetro. Itachi me escuchó y lamió un hilillo de sangre en el cuello de su hermano. Salí apresuradamente de allí. No sentí celos, ni ira, mucho menos impotencia.

Me di un baño tan largo, que la piel de mis dedos se arrugó como una pasa. Entré a la pequeña recámara cuya puerta sólo yo podía abrir (y tal vez un vampiro, si yo no le volaba los sesos antes), me arrodillé solemnemente frente a la marioneta de madera, ricamente vestida sentada sobre un hermoso asiento. Era idéntico a mi maestro, fue su última obra, su creación final. A su lado uno ligeramente más bajo y delgado estaba desplomado sin gracia, en una actitud más bien desinteresada, relajada. Tenía el cabello rubio como yo, las mismas facciones, quizá más aniñadas, las medidas que a base de su experta vista Sasori no Danna talló cuando yo tenía quince años.

No tenía ojos, eso era lo único que le faltaba. Mis ojos eran azules, rasgados en la comisura, de pestañas largas y oscuras (legado genético) e irises cristalinos, explosivos. El muñeco no podía ver pero me sentía mucho más ciego que él.

-Ya no tengo nada que perder –le hablé al silencio-. Tú me dirías: si no te apresuras, perderás la inmortalidad. Tú –me dirigí a la marioneta rubia- que despierte y reaccione, que ignore el ofrecimiento del Don Eterno.

Quise que las respuestas llegaran de la forma que fuera pero el yo más maduro y sabio me recordó que sólo las encontraría en mí mismo.

Naruto dejó una nota garabateada, tachada y húmeda sobre la mesa de la sala de estar. Había salido a caminar, queriendo despejarse. Sabía que no volvería en un rato, tal vez hasta la noche. Revisé que hubiera ramen en la alacena y jugo de naranja en el refrigerador. También busqué vendas, gasas, yodo y algún ungüento de los de Shizune.

Salí a comer para el almuerzo a mi restaurante favorito, con el estómago rugiendo por no haber desayunado. Compré un cartón de leche, uno con jugo de naranja, varios tazones de ramen, un paquete de vendas y una botella de alcohol antes de volver a casa.

Quise desviarme del camino hasta un parque situado en una colina. Me retracté: no quería encontrarme con Naruto. El parque estaba repleto de árboles y él amaba los bosques.

Guardé las cosas que compré para él y regué las pocas plantas que tenía: las misiones podían mantenerme alejado mucho tiempo de casa. Limpié la sangre en el piso y la mesa del comedor, donde había vendado a Naruto.

Me tendí en el sofá favorito de Itachi con una lata de Coca-cola y una revista de arte en el pecho. Poco tiempo después, caí dormido, rezando para mi adentros que aquello que deseaba, pasara.

Efectivamente, al abrir los ojos, me encontré siendo abrazado por Itachi, que me miraba atentamente. Escuché los gritos y llantos de Naruto y Sasuke en la misma habitación de la otra noche pero no les presté mucha atención. Sasuke era débil a la luz del sol, al fuego y a algún material precioso como la perla (cada vampiro es débil a algún agente físico, de allí el mito de la plata). No tenía fuerza sobrehumana, ni rapidez o sentidos tan desarrollados como un vampiro. Acababa de nacer, le faltaba algún tiempo antes de que él fuera peligroso. Naruto no moriría.

Me lancé sobre Itachi con desmedida fuerza y velocidad. Tironeé de su cabello, clavé las uñas en su piel nívea, fui lo más salvaje que pude, lo más rudo que mi desesperación me permitió. Él, por el contrario, se mostró tan dulce, delicado y apacible como siempre, devolviendo mis fogosos besos con total calma, rozando con sus dedos mi figura como si fuera una pieza del más fino cristal veneciano.

No me disculpé por haberle dicho que lo odiaba, tampoco por mi actitud reservada, hosca y furiosa. La única manera en que podría disculparme sería tomándome con la guardia baja, distraído o en casos tontos como derramar algún líquido, tropezar con alguien, gritar de pronto y sorprender a las personas. Yo no me disculpaba por temas serios, si olvidaba cumpleaños mentía, si lastimaba a Naruto, me limitaba a protegerlo y cuidarlo con más esmero, pero yo no me disculpaba. Era demasiado orgulloso para ello.

La verdad, Itachi lo sabía, yo no le odiaba. Bajo ningún concepto (quizá su inmortalidad sí, pero eso es un asunto artístico que prefiero dejar de lado momentáneamente). Itachi se convirtió en una persona terriblemente importante para mí. No podía estar celoso de Sasuke, sería aberrado, tétrico, mucho menos de su condición de inmortal. Eso es imposible.

Sólo estaba muy triste, desesperado y dolido.

La última vez que había llorado, fue una semana después de la muerte de Sasori no Danna. Curé mi heridas, me escabullí para que no me mataran y, en caso de que me siguieran, perdieran el rastro. Subí la montaña que él me dijo y vi el amanecer. Caí de rodillas, llorando como un niño pequeño, aquel niño pequeño y débil que Danna rescató para educarlo y criarlo.

Maldición, se trataba de mi maestro, mi salvador, mi amigo. Y yo era un niño a quien le habían arrebatado a las personas que más significaban para él. Tiempo después, entré en la organización de Tsunade. Era tan bueno, que gané reconocimiento, principalmente, por mi edad.

Entonces conocí a Itachi y terminé por dudar de mí y mi arte. Eso sí que no era sencillo.

Recuerdo a muchos de los vampiros que he matado. A muchos otros los veo en mis recuerdos como simples manchas, haces de colores que desaparecían tras un certero disparo de los míos, que le volaba el cuerpo en pedazos (balas expansivas... qué sería del mundo sin ellas), o con un despilfarre de balas de Naruto (la experiencia de un entrenamiento a la experiencia de la lucha es terriblemente distinta).

Recuerdo a ese tal Yuura, uno especialmente listo que se entremezcló en el gobierno y trató de exponernos a nosotros además de alimentarse de los peces gordos del Estado. Tsunade me alabó mucho por acabarlo y luego, al leer las noticias en el periódico la noche anterior, gritó desaforadamente el innecesario espectáculo pirotécnico que había armado y las tripas de Yuura esparcidas por la cámara del senado. Mis tímpanos volvieron a la normalidad una semana después.

También recuerdo a Kimimaro por ser uno de los más emblemáticos para Naruto. Mi alumno (luego de pasar la prueba en la montaña hace meses se convirtió en mi compañero a los ojos de todos pero era más fácil para mí ser su maestro así como era más fácil para él ser mi protegido) mataba torpemente, sin gracia alguna, ni mucho menos elegancia. Cabe destacar que discutimos por el asunto de matar. Él dijo que nunca mataría a nadie y que jamás lo había hecho, entonces decidí llamar "eliminación" a la cacería de vampiros, principalmente porque ellos no estaban vivos. Por eso eran no muerdos, duh.

Kimimaro era uno de los seguidores de Orochimaru. Tenía una belleza increíble, su aspecto no tan andrógino como el mío, pero era obvio que Orochimaru lo consideraba más que un sirviente, o que por ser un sirviente Kimimaro era su juguete. Habló de lo mucho que admiraba al coso lengua larga (Naruto siempre reía cuando decía eso) y que lo serviría hasta que le fuera útil. Le grité que era perfecto, mientras más fugaz su vida mejor mi sueldo.

Pero el bastardo no era cualquier cosa, comprendí por las malas. No sólo era uno de los subordinados del coso lengua larga, sino que era uno de los más importantes (el otro era un tal Kabuto pero Shizune ya se había prometido matarlo varios años atrás). Y con razón. Kimimaro era el vampiro perfecto: fuerte, rápido, con los sentidos agudizados hasta lo inimaginable y una habilidad especial desarrollada (todos los vampiros tienen una). Sus huesos eran más duros que los de cualquier vampiro y todas las balas que impactaron contra su frente rebotaron o estallaron simplemente lastimando su piel, que, cabe destacar, como buen vampiro que era se regeneraba. Particularmente rápido, si quieren mi opinión.

Tuve muchos problemas para mantener la balanza en un punto intermedio, dado que para inclinarla a mi favor hubiera necesitado ser un vampiro (cosa que seguía sin convencerme del todo). Naruto era otra historia. Kimimaro tenía más de una habilidad especial. Pensé que su vida inmortal le había permitido agudizarla. Jugaba muy bien con la mente de los demás. Sasori no Danna me había hecho prácticamente inmune pero Naruto tenía una mente demasiado infantil (en el buen sentido), volátil y manipulable en el ámbito sentimental. Para mí, Naruto era demasiado visceral.

Kimimaro, siendo el degenerado que era, supo percibirlo, llevándolo a desorientarse y perderse en sí mismo, hasta el punto de no atacar mis órdenes. Yo tenía el brazo derecho roto, a pesar de que soy ambidiestro, dolía lo suficiente para dejarme parcialmente fuera de combate (Shizune dijo que mi brazo era un rompecabezas de treinta y cuatro pedazos). No podía hacer nada por Naruto y eso era lo que más me molestaba.

Pero, por supuesto, Naruto es el número uno en sorprender a la gente, yo entre ellos. Cuando Kimimaro acercó los colmillos a su cuello, Naruto, recomponiendo en un segundo su expresión desesperada, levantó el arma y pego el cañón en bajo la mandíbula del vampiro. La detonación fue seguida del repulsivo espectáculo de la sangre. Kimimaro cayó muerto a sus pies y Naruto gritó desesperadamente. Aquel fue el detonante para que yo despertara.

Gateé hasta él torpemente, le arrebaté el arma, la lancé lejos e hice algo tan impropio de mí como del momento: lo abracé. Sólo Itachi me abrazaba y yo sólo abarazaba a Itachi. Haber hecho eso, me sorprendió. Pero fue efectivo: Naruto se soltó a llorar por uno o dos minutos, luego me ayudó a volver para que curaran mis heridas, ya repuesto. Tsunade en persona nos atendió: amaba a ese mocoso como a su hijo, sin duda.

Eso, dentro de lo traumático, espantoso o doloroso que pueda ser, era parte de mi trabajo y si bien no era fácil, era mucho más fácil que enfrentarme a Itachi y sus ojos, esos ojos preciosos que parecían brillar con mi presencia y que me pedían estar a su lado. Itachi deseaba que yo me convirtiera, eso era lo más difícil.

¿Cómo abandonar mis creencias, mi filosofía, mi arte (es decir, mi vida) de lado para seguir lo que podría considerarse un capricho de un vampiro idiota?

Pero...

¿Cómo ignorar la presencia de quien sabía me tenía más aprecio a mí que a su propia existencia, que era capaz de buscar su propia muerte si yo moría?

¿Cómo decidir la dirección que tomarían mis pasos, mi vida, mi futuro?

Jamás serás eterno.

¿Cómo decirle que no cuando era lo único seguro en mi inestable, fugaz, efímera vida?

Sasori tendría dos opciones justo ahora: reírse o hacer una fiesta de celebración.

Cuando acabaron con Danna (era un vampiro, por lo cual era un no muerto y no estaba vivo) apenas tuve tiempo de escapar. Él intentó defendernos pero conocían su punto débil, lo único en él que era vulnerable. No necesitaba sangre, no le afectaba el sol, no tardaba en sanar... Muchos no, ¿verdad? Ojalá el fuego hubiera estado entre ellos.

El fuego y su corazón.

Eso de que los sentimientos nacían en el corazón siempre me pareció absurdo; el corazón es un órgano que bombea y regula la sangre de nuestro cuerpo, un montón de tejido deforme y asqueroso, débil y frágil. Receptáculo de sentimientos... ¡Sí, cómo no!

Danna era experto en llevarme la contraria (así como yo a él) por lo que, por supuesto, su corazón era directamente su punto débil. Atravesaron el lado izquierdo de su pecho y ya no se pudo mover. Me miró y, haciendo uso de los pocos segundos que le quedaban, me lanzó un estuche pesado. Yo estaba herido por el enfrentamiento de hacía unos minutos, además de aterrado. Danna había perdido. Se suponía que Danna era eterno, que no podía perder, que no podía morir.

-Huye, Deidara. No te tardes.

Él y su maldito fetiche con el tiempo.

Siempre el tiempo era importante. Por una vez, debía darle la razón. Escapé a tiempo para salvar mi vida pero no para evitarme el espectáculo de su cuerpo siendo consumido por las llamas. Ardió como si estuviera hecho de madera, como esas marionetas que tanto disfrutaba hacer.

¡Las marionetas!

Saqué del estuche de madera (tallado por él, era muy hermoso) una pistola hermosa, brillante y plateada con mi nombre y las palabras "El arte es vida, la vida es arte" grabadas en ella. Si bien Sasori-danna y yo discutíamos a diario por nuestras filosofías tan distintas, aquello era en lo único que estábamos de acuerdo.

Cargué la pistola y entré en su taller, una habitación que tenía prohibida a no ser que él me invitara. Listo para defenderme y seguro de que iba a morir, extraje dos marionetas y escapé de allí. Escondí los muñecos (otra forma de decirles que solía molestarlo para mi diversión) antes de irme lejos. Los recuperé en cuanto pude y desde entonces los guardo; dos réplicas exactas de mí a los quince años y una de él.

A veces suelo detenerme a pensar en lo curiosos que debíamos vernos para el resto de las personas. Él era mayor que yo por innumerables años (jamás fue específico, el muy maldito) pero si estuviera vivo parecería un niño a mi lado. Tenía un rostro hermoso, angelical y perfecto: cada maldito rasgo estaba donde debía, con las proporciones perfectas pero aniñadas, con aquel toque de infante que nunca lo abandonó. En aquél entonces me llevaba unos diez centímetros a lo mucho (tal vez estoy exagerando), si no hubiera muerto sería más bajo que yo. Y mis burlas serían inacabables.

Su voz, imposible de olvidar, era mucho más dulce de lo que alguna vez fue la mía. No me refiero a que él hablaba con dulzura, sino que el timbre de su voz era tan o más sublime que cualquier otro sonido.

-¿En qué piensas? –me sobresalté. Miré a los ojos rojos fijos en mi persona y negué con la cabeza.

-Nada importante.

-¿Puedo hacer algo por ti? –¿Qué parte de "nada" no acabó de entender? Lo olvidaba, Itachi es invencible.

-¿Conservas memorias importantes? –lució, por una vez, sorprendido. Emitió un murmullo de concentración, observándome como la cosa más interesante en el mundo y enredó sus dedos de pianista en mi cabello, peinándolo distraídamente.

-Memorias... Sí, las de mi vida como humano y ahora como vampiro.

-¿Son dolorosas? –pareció considerarlo seriamente, pero fue por unos segundos.

-No. Sólo son eso: memorias.

-¿Quisieras olvidarlas? –estaba inquieto, para variar, por su culpa-. ¿Las atesoras?

-¿Quisieras que las olvidara? –eso no tenía sentido.

-¿Por qué habrías de hacer eso?

-Si de alguna manera te lastiman, puedo borrar las mías para ayudarte a cargar con las tuyas.

Oh, me quería morir. En el buen sentido, no malentiendan. Lo del vampirismo seguía sin ser lo suficientemente atractivo.

Pegué mi cuerpo desnudo a él. Era extraño y reconfortante a la vez sentir cómo su piel de mármol se entibiaba con el contacto con la mía. Hacía tiempo que no lo hacíamos. Bastante. Fue como siempre y, por supuesto, distinto a cualquier otra.

Vaya, lo había comprendido.

De pronto, todo tuvo mucho sentido.

Itachi era como la música: la música siempre sería música pero, aunque existan semejanzas, cada nota poseía algo distinto a cualquier otra. Y la música es arte, y el arte es vida. Sasori decía que el arte (por lo tanto, la vida) era eterno. Yo pensaba distinto; el arte ha de ser efímero, fugaz, inestable: cambiante.

A ambos nos gustaba la música. A él porque era tan constante en la vida, la existencia, en cualquier cultura o época, que se podría tomar como algo eterno. A mí porque cada nota, fuera de la corriente que fuera, duraba instantes, era seguida por otra, podía alcanzar un tono elevado y al siguiente momento convertirse en un susurro apagado.

Itachi era música: eterno, constante, inacabable, pero también era cambiante, sorprendente, transitorio. Eterno en su inmortalidad. Constante en su presencia. Inacabable ante el tiempo. Cambiante, porque un momento podía callar y al otro reír. Sorprendente, porque nada nunca era igual con él. Transitorio, porque iba y venía, como la marea, como las notas de una pieza particularmente hermosa.

Quise, en ese momento más que nunca, que Sasori estuviera allí, para explicarle que por fin había encontrado un equilibrio entre su filosofía, su arte, con la mía. Que estaba frente a mí, besándome con calma, pasión y algo que prefería definir directamente como arte. Que, finalmente, había logrado fusionar sus creencias, mis creencias en una sola.

Ya sé que quedó completamente inconcluso, esto iba a ser un omake (que, hasta donde tengo entendido, es una especie de epílogo... o algo así, no sé) pero me inspiré y salió esto. Me sorprendí de que fuera en primera persona y les juro que no debió haber sido tan fácil escribir desde el punto de vista de Deidara. El otro día, discutiendo sobre Naruto con mi hermana, me sorprendió diciendo que no me parecía ni a Naruto (filosofía de "si te caes, levántate y sigue adelante" que adopté precisamente gracias a él), ni a Neji (soy increíblemente fatalista, creyente en el destino y toda esa cosa de la energía, además, él se viste como a mí me gusta hacerlo... raro, ya sé). Me dijo, para mi total asombro, que me parecía mucho a Deidara: soy calmada y un poco fría pero puedo volverme increíblemente explosiva y enloquecer de un momento a otro (cosa que cada vez se equilibra más, para la suerte de mi mamá ¬¬U). Eso me halagó muchísimo, no porque ella me lo dijera, sino porque es... Deidara! Yo lo amo, quizá por eso me sentí tan cómoda haciéndolo, y salió tan natural, como si fuera yo misma. Pero no tengo novio, ni conozco vampiros, tampoco los mato o soy rubia. Sobre lo de arriba: sí va a haber un tercer capítulo, a pesar de que sí sé qué pasará, no tengo idea desde qué perspectiva escribirlo. Ayuda!! Cómo se les hizo mejor: como en el primero o en el segundo? A mí me da igual, quisiera regalares eso: opinen! Sirven hasta mail si lo desean. MUY ARGADECIDA CON LAS LINDAS PERSONITAS QUE DEJARON R&R!! Este capítulo está dedicado a ustedes. Ciao!! Y, en serio, díganme en qué perspectiva quieren que escriba el siguiente, que es muy gracioso... bueno, no tanto pero ya lo intentaré ¬¬