Disclaimer: Naruto no es de mi propiedad. Los derechos de la serie así como sus personajes, son Kishimoto Masashi.

Pairing: Gaatema

Aviso: Universo Alterno, En uno de los capítulos finales hay contenido sexual.

Nota: Respuesta a la comunidad: "Retos a la carta" para la tabla Angst. Una nueva historia inspirada en la canción Kingdom for a Heart de Sonata Arctica.


May he now rest under aegis of mirage
As the sands slowly turn to Elysian fields...

Sahara - Nightwish


I

Muerte

El viento del desierto hacía que su cabello se saliera de la capucha, haciendo movimientos ondeantes en el suave viento. El rubio de los mechones se reflejaba con el sol de la mañana haciendo que emanara de ellos un destello dorado poco común. Siempre era extraño ver a alguien con ese color de pelo en "La sartén del Infierno", el desierto más caluroso e indómito de las tierras del Sud.

Si bien, el deseo de ir expresamente allí no sólo había sido idea suya; lo había hecho por precaución, huyendo de un destino cruel e incierto. Puede que muriera del calor y el agotamiento entre las arenas de ese lugar, pero sería mejor que estar viviendo una existencia dura y difícil al lado de su padre; cualquiera podría pensar que hallarse en el desierto podía resultar peor que cualquier otra situación, mas la razón era simple: Ella amaba el desierto.

Se sacudió la ropa para sacudir el calor que la comenzaba a embargar; éste era una ofensa para su tez blanca como la nieve y su cabello, de un rubio más brillante debido al profundo esplendor del astro solar. Sus pies estaban descalzos pero envueltos por una tela que los protegía del ardor del suelo.

Pertenecía a otra tierra, con flores y llena de bosques, donde los pájaros cantaban a su antojo sin necesidad de ser vistos, donde todo florecía en cualquier época de año debido a la humedad; pero aquel paraje árido en el que se encontraba solamente daba pie a la esterilidad de sus tierras, en las que nunca crecía nada. Sin embargo tenía algo mágico y encantador que hacía que los que allí iban se perdiesen en la inmensidad de sus océanos de arena y que confundiesen la tierra con oasis llenos de vegetación. En las noches, cuando la luna iluminaba las dunas, el encanto y el misterio eran mayores.

Amaba aquel lugar, ya que aunque no fuese su hogar le recordaba al pasado, ¿Pero cómo si jamás había vivido allí? Hacia tiempo que buscaba un significado a esas preguntas, y sabía que sus fantasías tendrían pronto un fundamento; Una respuesta a un pasado primigenio y que la unía a ese mundo de la manera que une a todos los habitantes de su propia tierra. Un sentimiento inalcanzable e inabastable, que nos llena a todos de dicha el alma.

Quería poder sentir eso algún día, viviendo y muriendo en aquellas hermosas arenas que sentía como su casa. Lo corrosivo del sol, al que ya estaba acostumbrada comenzaba a turbarla, su garganta se encontraba casi seca, debido al árido ambiente; No pasaría mucho tiempo hasta que parase de caminar y se sentase a beber de su cantimplora, ya que estaba realmente sedienta.

Caminó durante un tiempo más, hasta que sus propios pies la pararon y se sentó en una duna, deshaciéndose del pequeño hatillo que llevaba atado al pecho con un nudo; seguidamente, sacó una cantimplora de piel de dentro. La destapó con cuidado y se la llevó a la boca, notando con desagrado lo que ya era de suponer: Estaba caliente.

El calor hacía desastres con los líquidos, incluso volverlos imbebibles, ese pensaba que era uno de ellos. Suspiró un par de veces y se pasó las manos por la cara, notando el sudor que le impregnaba la piel. Estaba bastante sucia –por no hablar de su ropa– pero sabía que no iba a encontrar ningún lago u oasis en mucho tiempo, así que la idea de lavarse se escurría por su cerebro hasta llegar a un punto muerto. El camino sería largo, sí, o quizás no tanto como suponía pero lo cierto es que aún le quedaban bastantes días de camino hasta la siguiente parada, por lo que se levantó, aferró más la capa a su cuerpo y comenzó de nuevo su ágil andar.

Las dunas se sucedían unas a otras en un eterno vaivén, como las olas del mar sobre los lejanos océanos. Caminar era duro pero a la vez hacía que un sentimiento hermoso recorriera cada fibra de su ser cada vez que realizaba dicha tarea. Sus pies eran acariciados por el suave roce de la arena al pasar sobre ellos; una sensación de magnificencia emergía del suelo, haciendo que sus anhelados sentimientos por la arena surgiesen como espadas y se clavasen en su mente, en todos y cada uno de sus miembros.

Cuándo la tarde la sumergió en una etérea inconsciencia, el sol se desplazó dejándola descansar un rato de su candor abrasador. El caminar sería aún más largo, pero ella lo seguiría pese a los dilemas y problemas que se interpusieran en él, aunque no supiera exactamente hacia donde se dirigía, pese a vagar errante por tierras desconocidas...

Desierto, ¡Oh amado desierto! Déjame aposentarme en tus costas, caminar por tus orillas, balancearme en tu eterna servidumbre al sol.

Déjame matar a aquel que ose maltratarte, déjame buscar en ti la sombra de tu crueldad; porqué dime ¿Eres tú quien me dará la vida? Respóndeme dulce señor, henchido de la sangre de los vivos, rey de los muertos caídos en las penas de la arena. Dime, ¿quién eres señor del amanecer errante?

La hermosa poesía salida de aquel cuento que había leído de pequeña, salía de sus labios en un dulce cantar, amansando el alma del señor del desierto, aquel que ansiaba encontrar en sus sueños de niña; el señor de la arena del que hablaba ese cuento era tan temible como dulce, jamás permitiendo que nadie dañase a quienes amaba; terrible con sus enemigos a los cuales desangraba y mataba. Sentía terror hacia él, pero desearía convertirse en su sierva más leal. Se sonrió a sí misma: Ese rey de la arena era tan sólo un mito.

Caminó unas horas más hasta que sus párpados cayeron, pesados con la noche. Se preparó la cama, haciendo un pequeño agujero debajo de la tierra y cubriéndolo para protegerse de las tormentas de arena. Hacía un tiempo que erraba por aquellos desconocidos parajes, así que sabía bien de los peligros que acosaban a los viajeros: Escorpiones, tormentas de arena y viento y la horrible helada que asolaba y se apoderaba en las noches de aquellos mágicos parajes.

Cerrando sus ojos volvió a caer en el candor de aquellos cantos, aquellos sabores inescrutables, sendas por recorrer en las que ningún pie humano había estado... ¿Qué más necesitaba para vivir, que sentir eso? Que magnífico lugar, que sentimiento de realización. Su decisión de marcharse de su casa había sido la acertada. Pensando en esto, cayó en los brazos de Morfeo.

¿Cuánto hacía que caminaba?

Volvió a abrir esas perlas verdes que tenía por ojos, el sol de la mañana nuevamente le dio en la cara, tras la noche de infinita crudeza que había soportado en el más profundo estremecimiento y dolor. Caminó sin rumbo, errante por aquel paraje indómito. Porqué el desierto era frío también, frío y lleno de la más ostensible crueldad; caluroso en el día, aunque sólo era una de las dos caras que mostraba. Malvado a la vez que hermoso, eso era lo que lo hacía tan atractivo para ella.

Muchas leyendas se contaban de él pero pocas eran ciertas. Adoraba ese lugar por demasiadas cosas y muchas de ellas eran esas leyendas; otra su terrible cara de muerte y vida, combinadas en el más crudo terror humano. Historias de amor, venganza, terribles reyes, tragedias... Jamás bondad, siempre esa cara de dolor y sufrimiento, temor y melancolía. Porqué esa última palabra era la que resurgía en su mente cada noche; la que le traía más quebraderos de cabeza, la que solía ser razón de todos sus pensamientos: Melancolía.

Bella aunque anciana palabra, sumía sus penas en un sinfín de desesperanza, desesperada en encontrar la verdad de todo lo que la rodeaba en esos momentos, varada en aquella playa, sin encontrar respuesta a ninguna de sus dudas. Por la arena del desierto y la melancolía, sucumbiría al destino que le había sido impuesto desde su concepción en el vientre de su madre, un destino que sólo el dios de los dioses podía hacer realidad, y que el mismo podía cambiar a placer.

No sabía cuantos días habían pasado, cuantos pasos habían dado los pies. El agua hacia tiempo que se había acabado, los días ni las semanas jamás pasan en vano para un humano, y las plantas de sus pies ardían en llagas expuestas al contacto con la caliente arena; sus labios tenían grietas por la falta del líquido dador de vida.

Cada paso que daba comenzaba a tornarse una tortura; todo le comenzaba a parecer una irremediable farsa en su existencia, una secuela más en el arduo camino de la vida. ¿Había llegado a algún lugar, completado su tarea inhumana de recorrer el infinito en busca de respuestas? Su cara y su cuerpo, llenos de suciedad, su alma y su corazón repletos de la mentira de un mundo que no se encontraba allí, de algo que era inadmisible para sus pupilas. El infinito plagado por una enorme extensión que no tenía principio ni fin, irremplazable y solitario.

"He caminado, he bebido el agua que bebieron mis antecesores... ¿Dónde está ese lugar que jamás llegaré a ver, ese paraíso indómito? ¿Por qué buscarlo, si ya camino en el más remoto y hermoso paraíso desértico jamás visto? Si deseo morir aquí, hasta donde he llegado, no sé por qué debería encontrar algo que no es parte de la realidad; desaparecido en las infinitas arenas del tiempo, cálido en el día, y frío en la noche; las dos caras impuestas en el mismo lugar. ¿Por qué querer otro lugar más que éste? Dioses, no me ayudéis si existís, dejadme en esta calma y soledad, para que limpie mi alma ahora que estoy apunto de morir."

Se derrumbó en la cálida superficie, llena de granos de arena que se filtraban por todos los rincones de su ropa y llegaban definitivamente a su piel cubierta. Sus llagados pies no encontraban con que aferrarse, infectados como estaban entre la tierra y el líquido carmesí que emanaba de ellos. La vida había sido dura, bella en algunas ocasiones; pero la muerte acaecida en el desierto era irremediablemente mejor. Su cadáver, piel y huesos serían parte de la arena cuando culminara el proceso de descomposición.

¿Qué más daba no volver si podía expirar allí por toda la eternidad?

Sus últimos recuerdos pararon justamente en momentos estrambóticos de su vida...

Vivía en un pueblo, a unos kilómetros de "La sartén del Infierno". Desde pequeña le habían relatado cuentos terroríficos sobre él, y ella quiso llegar a atravesarlo, mucho más que cualquier chico de su edad. Se decía que aquel que entraba no salía, consumido por las eternas llamas de la arena o engullido por los enormes monstruos que lo poblaban. Era una belleza prohibida a los mortales, y si se llegaba a incumplir esta norma, serían castigados a un mal divino.

"Mamá, algún día iré allí" Decía una pequeña niña, señalando a las dunas que cubrían el sudoeste de su pueblo. Su madre reía, con su hermoso rostro coloreado y risueño.

"Algún día, pero ahora eres muy pequeña, niñita traviesa." Le acariciaba el cabello y la volvía a tomar de la mano con la que había estado señalando escasos momentos antes.

Pero su madre había muerto junto a su tercer hermano, en el parto. Fue una gran tragedia, pero su otro hermano, ella y su padre no habían conseguido volver a ser los mismos, quizás si no hubiese sido por las palizas de su progenitor sería mejor. Qué doloroso había llegado a ser soportar aquella situación, cuando tenía que ocultar esa horrible verdad a su hermano.

Cuándo se marchó en busca de trabajo a los quince años la cosa no fue a mejor; las palizas y los abusos siguieron y ella decidió partir al desierto, la cosa que más había anhelado desde chiquilla, cuando todos se reían de ella por su escabrosa idea.

"Me marcho, padre" Dijo aquella noche con toda la dureza de la que fue capaz. "No me volverás a ver."

"¡No te irás sin mi consentimiento!" Le había negado su progenitor con una sonrisa de autosuficiencia. "No mientras no seas mayor de edad, y ni aún así te dejaré ir de aquí, estarás siempre con tu padre."

Se había abalanzado contra su ella con la intención de poseerla pero ella lo empujó y salió corriendo hacia su habitación. Ese comportamiento por parte de él salió a la luz desde que había cumplido los quince años, y le tenía miedo, por lo que se mantenía alejada de él todo lo posible. No había obviado el hecho de que ella se parecía mucho a su madre, y su padre no lo había olvidado. Que doloroso fue hacerse una mujer fuerte, vagando por los confines de la tierra, vagabundeando en los pueblos mientras recorría todo el mundo que conocía y desconocía.

Noches después huyó; ni siquiera se había dado un baño la mañana de partir, por temor. Simplemente tomó los útiles necesarios de viaje, algo de dinero, y con su ropa habitual y su capa había abierto la puerta, y marchado. Nunca más lo había vuelto a ver y desde eso hacía un año, cuando tenía tan sólo dieciséis años. El miedo hacia su padre desapareció, pero otros peores comenzaron a acosar sus sueños y su corazón.

Muchas veces la intentaron atracar en la oscuridad de la noche, y aunque huyó con el rabo entre las piernas, dejando en ocasiones todas sus pertenencias; que impropia conducta, que inútil rabia después de eso. Ahora que se había endurecido y que había cumplido los diecisiete no había problema, tenía claro que hacer en esos casos. Pero sin embargo yacía impertérrita sobre las dunas, acosada por la inminente muerte de quien se haya a las puertas del infierno, mas lo único que sentía era el calor del sol y de la luna que pronto la bañaría, congelándola y matándola con el frío de la noche, impasible. Lo único que tenía que hacer era esperar y un lindo final arremetería contra ella, sumiéndola en la oscuridad; ese otro mundo no lo conocía, pero al seguir por el camino de la luz probablemente se haría visible.

Diría adiós al mundo tal como lo conocía y sucumbiría finalmente.

Pero no, no sería tan fácil como pensó, ya que sintió como unos fuertes brazos la recogían de la arena y la elevaban en el aire. Quizás no iba tan errada y el dios de la tierra la llevaba con las demás almas, con su rostro puro y su pose etérea y espectral, tan brillante como amenazadora. Se dejó caer en los brazos del sol, sintiendo el muerto sonido de las pisadas y la verdadera muerte, que llegaría pronto.

Continuará...


¿Quién será la joven que recorre el desierto en busca de respuestas?, ¿Quién la recogió? Y, ¿Dónde la llevará su camino?

Nota de autora: Hola de nuevo, aquí el primer capítulo. Sí lo sé, ¿confuso? En el próximo capítulo se sabrá quien es nuestra errante viajera, aunque dudo que no lo sepáis ya. En fin, buen día y saludos a todos.