Roger Edwards

Hermione estaba tumbada en su dormitorio, con la oscuridad aún penetrando sus ojos. Cómo odiaba esos ronquidos nada coquetos que Parvati se montaba en las noches, pero aún después de haber pasado seis años durmiendo en la misma habitación, esta era la primera vez que a las tres de la madrugada, Hermione Granger, aún estaba despierta, sin pensar en ningún hechizo, ni repasar la lección del día siguiente, ni siquiera en quién-nosotros-ya-sabemos, ella sólo podía pensar en Ginny Weasley, su peligrosa amiga pelirroja, en cuya curvatura de piernas se solía perder con un hilo de saliva en los labios cada vez que atravesaba el Gran Comedor, mirándola con ojos de vidrio, impotente ante tus caderas, demasiado vulnerable al botón apretado de su blusa a la altura de sus pechos.

Hermione torció el gesto. Ella no era una chica de pensar en imposibles. No. Hermione tenía todo meticulosamente planeado: Pociones, Transformaciones, Aritmancia, Runas Antiguas...Harry, Ron, sus padres....todo, excepto Ginny. Cómo puede un bache semejante cruzarse en el programa de vida de Hermione, un error de cálculo tan sensual y sexual, que comenzaba arriba y bajaba peligrosamente debajo de su vientre, eso no era justo, pensó Hermione bufando con el ceño fruncido. No Granger, lo tuyo no es volar alto, es irte a la estratosfera. Pero había una pequeña posibilidad a la que se aferraba, porque había notado, engañándose mucho de repente, que la relación con Ginny había mutado, no era la misma que hacía un año, no, tensando, tensando la cuerda de su amistad, a ver cuánto podían aguantar sus coqueteos, aquel martes a las cinco, se terminó por romper.

-Vamos a trabajar ¿si? A ver, dime qué te ha dejado Snape.

-Un redacción de tres páginas sobre Antídotos.

-¿Tienes tu libro de Elaboración de pociones avanzadas?

-¡Sí jefa!-Le dijo Ginny, haciendo un gesto de subordinación cómico.

-Para hacer antídotos más elaborados tienes que tener en cuanta la Tercera Ley de Golpa...-comenzó a cantar Hermione cuando una voz gruesa las interrumpió.

-Hola Hermione, soy Roger Edwards, cursamos juntos Runas Antiguas-le dijo con una sonrisa tímida pero con un pequeño brillo en los ojos.

Roger Edwards era un estudiante de Hufflepuff que cursaba el séptimo año, guapo, pero silencioso, sin esa picardía y bravuconería que tanto mueve a las chicas, hablador sólo con los cercanos, reacio a la popularidad. Era el guapo que no se sabía guapo. Y aquel martes estaba caminando solo hacia la Biblioteca para realizar la tarea de Runas Antiguas que le habían dejado en la mañana, hasta que vio una melena castaña, abultada y mal peinada: era la chica de Gryffindor, la que siempre levantaba la mano antes que ningún otro; primero la veía algo antipática, siempre sabiéndolo todo, pero luego se acostumbró a su mano erguida y comenzó a verla con agrado y alegría, con unas sonrisa de medio lado, para que nadie lo notase.

-Vi que hacías la tarea que nos dejó la profesora, ¿podrías ayudarme? Hay algunas partes que no entiendo-terminó Roger tratando de parecer lo más natural posible porque en sus adentros se estaba quemando ante tal osadía, una inacostumbrada actitud de su personalidad.

-Eh...bien, te ayudo.

Roger fue a traer su mochila de la mesa donde estaba estudiando. Hermione quiso ponerle una sonrisa cómoda a Ginny pero en su lugar brotó una mueca de nerviosismo como quien incumple una norma no especificada.

Roger regresó con las mochila, los libros y el pergamino, donde ya había avanzado casi la mitad.

-En esta parte me confunde...

Pero para Ginny ya no existía ni Pociones, ni deberes pendientes, ni nada más que la maldita voz de ese Roger no sé qué y de Hermione. Trató de ensimismarse, de concentrarse en su pluma y su pergamino vacío, en escuchar la voz de su amiga cada vez más lejana, y en esa lucha interna de su alma celosa, se preguntó quién carajos se creía ella para sentirse así, con qué derecho sentía ese fastidio, no existía un porqué, no podía existir, pero cómo le ardía el alma de rabia.

En los siguientes cuarenta y dos minutos Ginny completó como pudo su redacción, sabía que tenía muchos errores, pero no le importaba, había pasado de la rabia al miedo, esas primeras sensaciones de un mareo bilioso se estaban disipando porque antes que la rabia tenía que estar un motivo y Ginny temía que encima del motivo hubiese un sentimiento. No era capaz de admitirlo, no con sus cuatro letras, que estaba enamora de Hermione Granger, no quería pronunciarlo jamás por temor a que se vuelva real, no quería sentirlo por temor a que fuese palpable, pero era tan inevitable no ver el cabello de Hermione y sentir esas tremendas ganas de continuar la vida sólo porque valdría la pena morir enredada en su cabello.

Tan concentrada estaba Ginny en su retrasado descubrimiento, que no sintió cuando Roger Edwards se levantaba para irse y se despedía de Hermione.

-...así que, no sé si te gustaría que vayamos juntos, podríamos tomarnos una cerveza de mantequilla.

Hermione se sonrojó. Ginny ya no sentía rabia, sólo sentía tristeza, ¿qué podía decir? ¿acaso la mujer que se enamora de su mejor amiga tiene cabida a reclamar?

-Lo siento Roger, ya había quedado con mis amigos.

Roger ocultó en su mirada la profunda vergüenza que sentía, el niño tímido hasta los huesos había sido rechazado en su primer intento, había tenido la sonrisa mostrando todos los dientes, cual caballo feliz, pensando que esos minutos con Hermione le habían asegurado un sí.

-¡Bien!-Efusividad del nerviosismo.-Nos vemos, cuídate.

Y así Roger Edwards salió de la vida de Hermione, tal como entró, en cuarenta minutos, porque ese 'nos vemos' era un 'no-pienso-hablarte-nunca-más'. Tal vez Hermione jamás recordara al muchacho de Hufflepuff que la invitó a salir, pero Ginny Weasley siempre lo recordaría como aquel empujón necesario para aceptar el secreto tan manoseado en sus sueños: que amaba a Hermione.

Cuando ambas salieron de la Biblioteca, estaban muy silenciosas. Hermione suponía que Ginny no le hablaba porque no le había ayudado en su redacción de Pociones, pero había algo en los ojos tristes de su amiga que le indicaban que ese no era el motivo. La Ginny de siempre le habría comenzado a molestar con el tal Roger, ha hacerle preguntas de cualquier tipo, pero no.

-Ginny lo siento. Quería ayudarte con tu redacción pero...-se comenzó a disculpar Hermione.

-La terminé de igual manera, Hermione.

-¿Estás molesta por algo que hice?

-No, claro que no.-Ginny intentó poner la cara más despreocupada del mundo pero en su lugar surgió una mueca de muñeca de vidrio.

Hermione detuvo el paso y le agarró el brazo a Ginny para que ella también se detuviese.

-Me estás mintiendo y lo sabes.

-¿Por qué le dijiste que no?-Ginny lo dijo purgando un dolor demasiado agrio como para contenerlo más.

-Porque no me gusta, no quiero salir con él.

¡Qué simple!

-Pero es guapo.

-Eso no basta.

-Sí, tienes razón.-le dijo Ginny sin ocultar esa misteriosa alegría que la inundaba.-Ven para acá-la atrajo hacia sí dándole un fuerte abrazo, uno de los "estrujadores de huesos Weasley".-Te quiero, así seas una mala amiga que me deja por coquetear con un pavo como ese.

-¡Hey! Yo no te dejé, sabes que prefiero estar mil veces a tu lado.

-¿Lo dices en serio?

-Claro, tú eres mi persona favorita-y para cambiar de cariz la conversación le preguntó.-Por cierto... ¿me dejarías chequear esa redacción?

Ya sabía Ginny que Hermione no podía con ese impulso incontenible de hacer los deberes, hasta los ajenos.

-Ok-le dijo Ginny. Se detuvo en uno de los escalones, descansó la mochila y le tendió su redacción a Hermione.

-¡Ginny! Es la Tercera ley de Golpalott, ¡no la Quinta!

Las dos muchachas se echaron a reír. Se fueron caminando hacia la Sala Común de Gryffindor, cada una en sus cavilaciones pero seguras ambas de que ese sentimiento de amistad mal encubierto les hacía más feliz de lo que jamás recordaban haber sido antes.

------

Bueno este es el cuarto capi, es un poquito más largo que los demás, espero que les guste y los reviews son bien recibidos! ^^