La Forja del Propio Destino
Capítulo 2:"
Y el mal acecha…….. Allá donde menos se espera. "
Durante toda la noche, la tormenta azotó la ciudad de Tokyo con una saña atroz. Los truenos y relámpagos se sucedieron ininterrumpidamente, acompañados de un fuerte viento que sembró por doquier ramas de árbol arrancadas salvajemente. Kenshin despertó varias veces, se sentía inquieto por muchas razones. La carta de Saito había llenado su mente de dudas: ¿En verdad era la situación tan alarmante como él se empeñaba en afirmar?. ¿Cuál sería su respuesta cuando ambos se reunieran?. ¿Cómo le contaría a Kaoru su proposición?. ¿Y cómo lo tomaría ella si la aceptaba?. Por lo que decía la carta, todavía le quedaban unos pocos días para pensarlo. Sanosuke lo tenía muy claro, demasiado. Tendría que hablar con él de nuevo para analizar entre los dos el problema con más detenimiento.
Al llegar la mañana, todos en el dojo Kamiya se levantaron y salieron a comprobar si la tormenta había causado algún daño.
Kaoru (gritando): ¡Qué desastre!. ¿Habéis visto todo este caos?. ¡Tejas rotas, ramas caídas! … ¡Vais a tener trabajo para varios días!
Yahiko (todavía desperezándose): ¿Qué es eso de "vais"?. Que yo sepa, esta es tu casa.
Kaoru (dando un cachete a Yahiko en la cabeza): ¡No te atrevas a replicar a tu maestra!. ¿No pretenderéis que una mujer repare todos estos destrozos habiendo en el dojo tres hombres que comen a su costa? – se les quedó mirando enfurecida - ¡Ya podéis empezar a trabajar o sabréis lo que es bueno!
, y nada menos que por Kenshin. En su fuero interno sentía que él tenía razón, pero su orgullo le impidió disculparse después de lo que había pasado. Apretó fuerteme
Yahiko: Eres una bruja. Yo no pienso levantar un dedo sin haber desayunado antes. – Se giró y volvió a entrar en el dojo.
Kaoru: ¿Te has dado cuenta, Kenshin?. – dijo alterada – Aquí ya nadie me hace caso.
Kenshin (observándola con seriedad): Creí que habíamos acordado que se habían acabado estas rabietas. ¿Se puede saber qué te pasa?.
Kaoru: ¿Que qué me pasa?. ¡Me ha faltado al respeto!. Tú has sido testigo.
Kenshin (hablando pausadamente, sin alterarse): Sabes que no me refiero a eso. Si te hubieses calmado y le hubieras hablado con respeto, a él le habría faltado tiempo para ayudarte. Él no es tu esclavo, Kaoru, ni nosotros tampoco. Sabes que estaremos encantados de ayudarte, sólo queremos que nos trates como te gustaría que te tratasen a ti.
Kaoru quedó muy sorprendida, y no supo qué contestar. Kenshin jamás le había reprendido tan duramente, y mucho menos en público. Sanosuke también se había quedado sin habla, pues estaba acostumbrado a la excesiva benevolencia de Kenshin con los accesos de ira de Kaoru.
Kenshin: Antes de que digas nada, déjame terminar. Si te he hablado así delante de Sano, es porque creo que les debes una disculpa.
Al escuchar estas palabras, Kaoru sintió rabia. Había sido humillada delante de Sanonte los puños, miró a Kenshin furiosa, y desapareció por la puerta del dojo sin dignarse a mirar atrás.
Sano se sintió azorado por la escena que acababa de presenciar, y cuando fue capaz de reaccionar, se colocó delante de Kenshin diciéndole:
Sano: No hacía falta que la riñeras, Kenshin. Sabes que estamos acostumbrados a que nos hable así. Incluso tú estás acostumbrado; más que nadie, diría yo. Por eso no puedo entender tu actitud.
Kenshin (con semblante decidido): Ese ha sido mi gran error durante todo este tiempo. Si Kaoru y yo queremos construir un futuro sólido juntos, deberemos madurar. De otra forma, lo nuestro fracasará incluso antes de empezar. Los dos vamos a tener que cambiar muchas cosas. – dijo con la mirada fija en el horizonte. – No lo pienses más, Sano. Desayunemos y veamos lo que podemos hacer para reparar el dojo.
Los dos se disponían a entrar en el dojo, cuando se dieron cuenta de que en la entrada del recinto, junto a la valla, un desconocido les estaba observando. El sujeto, al darse cuenta de que había sido descubierto, se acercó a ellos aparentemente avergonzado. Kenshin y Sano lo observaron interesados. Mostraba apariencia de hombre adinerado, cosa que era corroborada por su ropa. Vestía un ostentoso kimono en un discreto color verde que no conseguía hacerlo pasar desapercibido, pues se asemejaba más a un traje ceremonial de los usados en ocasiones especiales, que a un kimono diseñado para afrontar las actividades cotidianas.
Pero fuera lo que fuese con lo que se vistiera, sus maneras occidentales despertaban el interés a los ojos de cualquier observador. Así le sucedió a Kenshin, quien quedó intrigado con el visitante, pero muchísimo más con su mirada, que le pareció fría y calculadora.
Sujeto: Bubuenos días. Perdón, es que estoy muy nervioso.
Sano lo observaba visiblemente divertido, estaba disfrutando con la situación. Pero la inquietud de Kenshin se acentuó, pues el modo en que actuaba ese hombre no estaba de acuerdo en absoluto con lo que mostraba su mirada.
Sano (sonriendo): ¿Necesita algo, buen hombre?
Sujeto (con una inocente sonrisa): Sí, busco a un hombre. – mirando a Kenshin – Y creo que mi búsqueda ha finalizado. – Esta vez dirigiéndose a él directamente – Sensei Himura, ¿me equivoco?.
Kenshin (alerta): Himura nada más. ¿Le conozco?.
Sujeto (pensando): En verdad que este tipo es peligroso. No ha parado de analizarme desde que he aparecido, y no le ha gustado lo que ha visto. Por el momento, mi mejor estrategia es la sumisión. Hagamos el papel del rico no excesivamente inteligente y tanteemos el terreno. – Ahora en voz alta. – Personalmente no, pero seguro que mi padre le hablaría de mí. Mi nombre es Saiko Watashi, y vengo a comunicarle la muerte de mi padre.
Kenshin quedó tan asombrado por la noticia, que olvidó sus recelos iniciales hacia Watashi. Sintió un profundo dolor, que reflejó una gran tristeza en su semblante.
Sano notó el cambio en su amigo y comprendió que el asunto era de suma importancia.
Sano (haciendo un ademán a los otros dos para que le siguieran): Entremos dentro. ¿Te parece, Kenshin?. Y podréis hablar con más tranquilidad.
Kenshin asintió y los tres penetraron en el dojo.
En un pequeño y recóndito poblado, en algún lugar de Japón.
Dr. Eltsen: Esta situación es insostenible, mi buen amigo – dice apoyando su mano derecha en el hombro de su interlocutor. – La gente no puede evitar estar asustada. Ya han desaparecido diez personas, una cifra escandalosa en una población de noventa y tres. Ha cundido el pánico, todos están demasiado alterados para razonar. Temo que alguno de ellos cometa una locura.
Shougo Amakusa (sintiéndose furioso e impotente a un tiempo): ¡Maldición!. Nuestras investigaciones se han dado contra la pared una y otra vez. Decidimos no abandonar Japón porque la nostalgia de mi gente por su país, a pesar de lo mal que había sido tratada en él, les habría hecho infelices en cualquier otro lugar – dice mirando al Dr. en tono de disculpa, a lo que el Dr. levanta la mano indicando que comprende y que no hay nada que disculpar. – Hemos cambiado una existencia libre y pacífica en Holanda por vivir en esta tierra bajo el miedo y la opresión, ocultándonos de nuevo cual fugitivos. ¡Y así nos lo paga este maldito país! , ¡fallándonos de nuevo!.
Dr. Eltsen: Cálmate, por favor, así no vas a ayudarles. Lo que necesitamos es alguien que tenga libertad de movimientos en todo el país, y también contactos. Y lo más importante, que esté dispuesto a guardar nuestro secreto.
Shougo (mirando fijamente a su amigo): Himura.
Dr. Eltsen (asintiendo): Tú lo has dicho. Kenshin Himura es el hombre ideal. Es un hombre íntegro fuera de toda duda. Además, creo sinceramente que te aprecia.
Shougo (mostrando una sonrisa irónica): Es lógico, si intentas matar a un hombre, te coge cariño; pasa todos los días.
Dr. Eltsen: No intentes hacerte el duro conmigo, muchacho. Sabes que Kenshin fue el único capaz de leer en tu corazón, el único capaz de franquear todas esas absurdas barreras que habías puesto entre tú y el mundo. Y a mi juicio, le gustó lo que encontró tras ellas. Y te diré más: a ti debió gustarte que fuera él quien las superara, puesto que le aprecias también.
Shougo (aparentando sentirse ofendido, lo que arranca una sonrisa al Dr.): Basta, nos estamos desviando del tema que nos interesa. Partiré a buscar a Himura mañana mismo, en cuanto trace una ruta segura y discreta hasta Tokyo y deje a Shouzo a cargo de todo.
Dr. Eltsen: Eso es imposible. No quiero parecerte insensible, Shougo, pero tú elegiste ser la fuerza de toda esta gente; no puedes ausentarte cuando más te necesitan, ni siquiera por su bien. Si se ven solos ante este problema, el caos puede ser total.
Shougo: Mi hermana Sayo estará con ellos, y también usted y Shouzo.
Dr. Eltsen: Y no dudo que podamos darles el consuelo y el ánimo que necesitan, siempre que tú estés con ellos. No te esfuerces, joven samurai, para bien o para mal, Shougo Amakusa no hay más que uno, y ese eres tú.
Shougo no tuvo más remedio que reconocer la verdad que contenían las palabras del Dr., y por un momento se sintió desanimado. Siempre había pensado que los asuntos más satisfactorios para un individuo, eran los resueltos por uno mismo.
Dr. Eltsen: Deberías delegar esta misión en Shouzo. He estado pensando, y he llegado a la conclusión de que sólo podemos llevarla a cabo tú, Shouzo o yo. Puesto que tú quedas descartado, al igual que yo, ya que soy el único médico del lugar y mi ausencia acentuaría su miedo en caso de enfermedad, sólo queda Shouzo para ir en busca de Himura. Él es el único guerrero de la comunidad, a parte de ti, y por tanto, sólo él tiene posibilidades de éxito. Además, ha tomado tu ejemplo en cuanto a testarudez y disciplina. Si hay alguien que puede conseguir la ayuda de Kenshin, ese es él.
Shougo (sintiendo admiración por el Dr.): Como siempre, usted tiene razón. – Se queda callado por un momento, en actitud reflexiva, para luego proseguir.- Quiero que sepa que su opinión me ha sido de gran ayuda desde que decidimos establecernos aquí. Ellos creen que yo soy sabio y todopoderoso, - refiriéndose a sus seguidores – yo también quise creerlo una vez, y casi consigo su ruina con ello.
Dr. Eltsen (con semblante serio): Nuestros errores son la fuente de nuestra experiencia. Convierte tu pasado en enseñanzas, y no en frustraciones. Tus seguidores jamás te han juzgado, así que no inventes un castigo que nadie desea para ti.
Shougo (cambiando de tema, incómodo): Debo ver a mi esposa. Esta mañana le he prometido que en cuanto pudiera, la acompañaría a visitar a la esposa de Sintho, ya sabe, el último desaparecido. Ella cree que puedo darle ánimos para no derrumbarse en estos momentos. Ya la conoce.
Dr. Eltsen (sonriéndole): Sí. Setsuna es un ángel terrenal. Has tenido mucha suerte casándote con ella, aunque vuestro matrimonio haya sido sólo para su protección.
Shougo (mostrando una mirada melancólica): Lo sé.
En el dojo Kamiya, Kaoru se esforzaba en complacer a invitado en todo lo que podía. Le ofreció un copioso almuerzo, que había cocinado con sus mejores intenciones, y no paró de entrar y salir de la habitación donde estaban todos reunidos trayendo y retirando platos. En la media hora que duró el almuerzo, Kaoru no se dignó a mirar a Kenshin. Permaneció seria y callada, hasta que la conversación intrascendente que habían llevado los hombres se adentró en el tema de la tormenta.
Watashi: Al entrar he visto que a ustedes también les ha causado problemas la tormenta de anoche. ¿Han sido graves?.
Kenshin: Parece que no. No hemos examinado el dojo a conciencia, pero no creo que nos lleven más de unas cuantas horas las reparaciones.
Watashi: Les comprendo. En el hotel en el que me he hospedado, se han roto varios cristales por el impacto de ramas arrancadas de los árboles del jardín. Me han asegurado que serán reparados en breve, y eso espero, pues pienso quedarme en la ciudad un tiempo.
Kaoru: ¿Cómo?. ¿Va a dormir esta noche en una habitación con ventanas sin cristales?. ¿Por qué no se ha hospeda en otro hotel?.
Watashi: Precisamente lo he elegido por estar cerca de su dojo, Kaoru-san. Tengo serios asuntos que tratar con el sensei Himura, - dice mirándolo, y Kenshin le devuelve la mirada sintiéndose incómodo por el trato, pero decide no hacer ningún comentario para no interrumpirle – que quizá nos lleven varios días. Últimamente estaba alejado de mi padre, por diferentes puntos de vista, digamos, y quisiera que Kenshin me hablara del tiempo que pasó con él. Pero no hoy, que ya les he importunado suficiente con mi presencia.
Kenshin se disponía a hablar, cuando Kaoru se le adelantó dirigiéndose a Watashi.
Kaoru: Hagamos una cosa, pues. Quédese con nosotros al menos por esta noche. Como ve, no tenemos mucho que ofrecerle – dice mirando a Kenshin con reproche – pero será bien venido, si usted quiere. Así daremos tiempo a los dueños del hotel para cambiar los cristales.
Watashi: Sería un placer para mí, Kaoru-san, pero no deseo darles trabajo. Es mejor que me marche.
Kaoru: Insisto, y los demás están de acuerdo conmigo. ¿No es cierto?- dice mirando a Sano y Yahiko.
Sano (incómodo por la indiferencia que muestra Kaoru hacia Kenshin): Ssí, claro. ¿Tú qué dices, Kenshin?.
Kenshin (mostrando una sonrisa): Como bien dice Kaoru-san, será bien venido.
Watashi: Si es así … Acepto encantado. ¡Un momento!. ¡Tengo una idea!. Mañana mismo hablaré con los dueños del hotel para que envíen a sus empleados a reparar el dojo, una vez hayan acabado en el hotel. Por supuesto, yo pagaré todos los gastos, en agradecimiento a su hospitalidad.
Kenshin: Eso no será necesario. Nosotros mismos solemos encargarnos de las reparaciones. Pero agradecemos su ofrecimiento.
Watashi: Ahora es mi turno de insistir. Por favor, permítanme demostrarles mi agradecimiento de este modo.
Kaoru: No tiene nada que agradecer, de veras.
Watashi: Se lo ruego.
Kaoru: Bien … si es así … acepto. - dice dirigiéndole una mirada de triunfo a Kenshin, haciéndole ver que no es necesaria su ayuda.
Kenshin sintió un acceso de furia que sólo estaba acostumbrado a experimentar cuando Battousai tomaba posesión de su cuerpo y de su mente. Kaoru estaba comportándose como una muchacha malcriada, jamás había visto esa faceta en ella. Conocía su ingenuidad y sabía que todavía era un tanto infantil, pero este comportamiento orgulloso y vengativo le dejaba sin aliento. En ese momento hubiera deseado darle unos azotes, pero se impuso su férrea disciplina samurai y no dio ninguna muestra de sus sentimientos.
Kenshin: Watashi-san, demos un paseo.
Watashi (levantándose dispuesto para salir): Es una gran idea. Muchísimas gracias por este espléndido almuerzo, Kaoru-san.
Ambos salieron del dojo y dejaron a Sano, Kaoru y Yahiko sentados todavía antes los restos de las viandas. El dojo se sumió en un silencio embarazoso, que rompió Sano levantándose de pronto y diciéndole a Kaoru:
Sano (desdeñoso): Esto no va conmigo, chiquilla, pero te estás pasando con Kenshin.
Dicho esto, da media vuelta y desaparece por la puerta del dojo como minutos antes habían hecho los otros dos.
Yahiko miró a Kaoru confundido, pues no entendía nada de lo que estaba sucediendo. Si en algún momento había esperado una explicación de Kaoru, quedó claro que no iba a verse satisfecho cuando ella retiró los últimos platos en silencio y se dirigió a la cocina.
Watashi y Kenshin caminaban pausadamente por el bosque cercano al dojo. El sol lucía radiante por entre los árboles, reflejándose en las hojas bañadas por la lluvia de la noche pasada. Una amalgama de verdes peleaba alegremente por un imposible dominio del paisaje, salpicado aquí y allá por delicadas flores de cálidos colores, que anunciaban la primavera a todo aquél dispuesto a observar. Kenshin miró al cielo, oculto en su mayor parte tras la bóveda arbórea, que bullía de actividad con el constante ir y venir de pequeños pájaros juguetones buscando a su compañera ideal para hacer llegar de nuevo al mundo el milagro de la vida. Respiró hondo, inundando cada célula de su cuerpo con la paz que emanaba del bosque, fundiéndose con él. Los dos hombres caminaron en silencio por largo período de tiempo, hasta que Kenshin se sintió con fuerzas para hacer la pregunta que le había asaltado desde que el otro llegó al dojo.
Kenshin (mirando fijamente a los ojos de su acompañante): ¿Cómo fue?.
Por un momento, Watashi no supo a qué se refería, pero pronto se hizo la luz en su mente. Le estaba preguntando por su "padre".
Watashi (fingiendo consternación): Ni yo mismo lo sé con certeza, pues nadie le acompaño en el momento de su muerte. Lo que sí sé, es que murió a manos de los extorsionadores de los cuales usted le intentó proteger una vez. La policía los capturó en base a la identificación de un vecino que los vio salir de la mansión la misma noche en que murió mi padre, y que los asoció con los hechos al enterarse de que mi padre había muerto. Le dieron una gran paliza. Según ellos, tan sólo querían asustarlo, puesto que desde que usted cambió su vida haciendo que perdiese el miedo a su turbio pasado, se negaba a pagar las grandes sumas que exigían por su silencio. Se les fue la mano, y lo abandonaron en su habitación dándole por muerto, pero él todavía consiguió alcanzar su cama arrastrándose, y allí murió varias horas más tarde.
Kenshin: ¿Y los criados, Motoki y los demás?.
Watashi: Todos afirman no haber oído nada. La policía no ha podido obtener nada de sus testimonios.
Kenshin (mirándolo intrigado): En este asunto hay algo que no encaja. ¿No le parece?
Watashi: No creo. ¿Qué le hace pensar así?.
Kenshin (recordando su desconfianza inicial): Es tan sólo una sensación, no sabría decirle el motivo. Seguramente esté equivocado.
Pero siguió meditando el asunto. Realmente no sabía de qué se trataba, pero algo de lo que el otro le había contado le había puesto en alerta. Definitivamente, este sujeto le inspiraba recelo, a pesar de su esfuerzo por superar esa sensación.
El día transcurrió rápidamente. Habilitaron un cuarto de invitados para Watashi, y él marchó al hotel a recoger sus pertenencias, del que regresó bien entrada la noche. De camino al dojo, fue abordado por un sujeto que le atrajo hacia las sombras de un estrecho callejón.
Watashi: ¿Qué haces, inútil?. ¡Alguien podría vernos, y no quiero que me relacionen contigo!.
Sujeto: ¡Pero sensei!. He estado vigilando el hotel y usted no ha estado allí hasta esta tarde, y le he visto salir con la maleta. Sólo quería saber dónde poder localizarlo si necesito informarle de cómo van las cosas y recibir órdenes.
Watashi (perdiendo los nervios): Cuando quiera que me informes, te enterarás. ¿Hay algo que deba saber?. - terminó en tono de burla.
Sujeto: Todo funciona como esperábamos. Tan sólo ese Amakusa nos ha molestado con esa manía suya por encontrar a sus cristianos, pero no podrá descubrir nada. Ser un fugitivo lo tiene atado de pies y manos. Además, no lo permitiremos.
Watashi (con aires de grandeza): Perfecto. En poco tiempo me convertiré en el dueño de Japón, y pienso venderlo al mejor postor. – Ahora mirando con desprecio a su subordinado. – Y ahora desaparece de mi vista. Ya te haré saber cómo voy a comunicarme contigo.
Sujeto (aparentando sumisión): Sí, sensei.
Y se sumió en las sombras de las que había surgido. Mientras se alejaba, iba pensando: "¡Maldito bastardo!. ¿Quién te creerás que eres?. ¡Si no fuera por tu dinero, ya te habría eliminado hace mucho tiempo!.
"Ninguna situación es tan grave
que no sea susceptible de empeorar"
Frederic II de Prusia.
Notas de la autora:
¡Uf! ¡Cuántos recuerdos me vienen a la cabeza repasando este fic! Espero que os guste, lo escribí con mucha ilusión. Por favor, comentadme todo lo que queráis para mejorar.
Saludos.
Genevre.
