La Forja Del Propio Destino

Capítulo 3:

" Momentos de preludio "

" El silencio del páramo oprimía su corazón. La inmensa soledad era la dueña y señora de un paisaje desolado, tan frío como el sudor que bañaba todo su cuerpo. Miró al horizonte sin aliento, pero tan sólo vio el mismo color gris que unía cielo y tierra en un continuo sin fin, desde hacía tanto, que el tiempo ya no era nada para él. A su espalda el miedo, un terror irracional encarnando el mal en su estado puro, se acercaba a él lentamente, saboreando de antemano su victoria, paladeando el temor que consumía a su presa, y del cual se alimentaba, como había soñado desde hacía una eternidad.

Kenshin comenzó a correr de nuevo, en un vano intento por escapar de aquel demonio empeñado en consumar el destino que tenía reservado para él, sólo para él. En aquel instante, el sonido lastimero de una olvidada campana se convirtió en su siniestro compañero. Escuchó, pues conocía bien aquel lamento; la campana tañía a muerte.

Algo llamó su atención. Una silueta humana surgida de la nada apareció al frente, inmóvil pero viva. Por fin compañía. Fuera quien fuera, quizá podría ayudarle. Kenshin sintió sus fuerzas renovadas, y corrió como alma que lleva el diablo, al encuentro de su última esperanza.

Pocos pasos le separaban ya de su inmutable observador, cuando distinguió en él una cara conocida, una cara que había guardado con celo en su mente, pues una vez creyó que jamás la volvería a ver.

Kenshin (emocionado): ¡Tomoe!

La que fue su esposa le miró con desprecio, y él por un momento bajó la cabeza, avergonzado. Decidió que al darle alcance le rogaría perdón por todo el dolor que le había causado hace tanto ya, y elevó sus ojos para contemplarla, mas la silueta había cambiado. Ya no era Tomoe quien le castigaba con su mirada, sino Kaoru, quien le observó con tanto odio, que encogió su corazón, aprisionado por la pena. El samurai llegó junto a ella e intentó abrazarla para mostrarle su amor, pero una tercera persona apareció ante él, donde segundos antes había estado la razón de ser de su existencia, su alegría, su futuro, su esperanza.

De nuevo el terror se adueñó de él de forma arrolladora, sin tregua, sin piedad alguna, y cayó de rodillas vencido, derrotado. Cerró los ojos, esperando el golpe final, casi deseándolo, anhelando la paz que le traería la muerte, ahora su mejor aliada.

Aparición (mostrando una sonrisa maliciosa): Abre los ojos, despojo humano, pues morir no va a serte tan fácil, aún no. Primero me escucharás.

Kenshin (con los ojos inyectados en sangre): ¡Ya has vencido, maldito!. ¿Qué más quieres?. ¿Reírte de mí?. ¡Hazlo!. ¡Ya no puede importarme!. ¡Hitokiri Battousai ha ganado la batalla!. ¡Puedes sentirte orgulloso!.

Battousai (mudando su expresión por una de profunda tristeza): No has entendido nada. Tú y yo somos uno, invencible mientras no te empeñaste en eliminarme. No puedo dejarte, maldito idiota, porque formo parte de ti, la parte fría, despiadada. ¡Mírame bien!. ¿Ves alguna cicatriz en mi rostro?. ¡No!. ¡Porque no tengo conciencia!. ¡No existe nada en este mundo capaz de afectarme!.

El asesino desenfundó su nihontou y atravesó a Kenshin sin piedad. El aterrado samurai sintió un dolor insufrible, se encontraba al borde del desmayo, pero incomprensiblemente no murió como él deseaba, sino que el dolor remitió. Se tocó el pecho con cuidado, y allí donde debería existir una herida mortal, no había nada más que su piel intacta. Quedó aturdido, desorientado.

Battousai: ¿Comprendes ahora?. No puedes eliminarme, al igual que yo no puedo hacerlo contigo. Estás condenado a vivir a mi lado, acéptalo y cumple tu destino.

Battousai comenzó a reír con impetuoso desprecio.

Kenshin (con desesperación): ¡Nooooooo! "

Kenshin despertó sobresaltado, agarrado al futón con toda su fuerza, y empapado en sudor. Cuando consiguió ser consciente de que se encontraba a salvo en su cama, se tranquilizó y pensó con claridad.

Kenshin (meditando, todavía intranquilo): No ha sido más que un sueño, pero parecía tan real. – Se levantó y se acercó a la ventana.- Esta situación me está matando. Por un lado Saito, con su maldita carta, y por otro Kaoru, que se empeña en torturarme. Han pasado tres días desde que se enojó conmigo, y todo sigue igual. Pero yo no puedo soportarlo más. Hemos de discutir la situación o me volveré loco. La amo demasiado, demasiado. ¿Y ese tal Watashi?. ¿Por qué siento desasosiego estando a su lado?. Quizá es porque Kaoru le dedica demasiado tiempo, pero no, ya tuve esta sensación la primera vez que le vi. No sé qué es lo que tiene, pero me inquieta.



Shouzo se deslizaba entre las sombras de los árboles con suma cautela, cual un depredador nocturno, acostumbrado a no hacer el más mínimo ruido, pues de ello depende su supervivencia. Y en cierto modo así se sentía realmente, ya que mientras fuera un fugitivo a los ojos del Gobierno Meiji, no podía permitirse el lujo de entrar en ninguna aldea o ciudad a comprar comida, alguien podría reconocerle. Pero no era la caza lo que ahora le ocupaba, sino el deseo de llegar al dojo Kamiya lo antes posible. Tan sólo viajaba por la noche, para reducir el riesgo de ser descubierto, pero esa noche debía llevar más cuidado, pues la luna lucía llena en todo su esplendor, regalando su luz generosamente. Por un momento, algo detuvo su carrera. Aguzó el oído, le había parecido escuchar algo. Miró al frente, pues esa era la dirección que había identificado como fuente del ruido. De pronto, dos figuras enfundadas en negros kimonos, con sendas máscaras negras que tan sólo dejaban al descubierto sus ojos, se mostraron ante él. Shouzo adoptó una postura defensiva, lo que causó las risas de los dos sujetos.

Sujeto 1: ¡Qué graciosa la rata esta!. ¿Qué crees que conseguirás con eso?

Shouzo (amenazador): ¡ Acércate a mí, si te atreves, y comprobarás lo peligrosa que puede ser esta rata!.

Sujeto 2 (dirigiéndose a su compañero): Acabemos con él de una vez por todas. El Ejército Para La Liberación de Japón tiene asuntos más importantes de los que ocuparse.

Shouzo (sin entender): ¿Ejército?. ¿Liberación?. ¿Qué hay que liberar?. ¿Y de qué?. Japón está en paz ahora. ¿Para qué un ejército?. ¿Y por qué queréis matarme?. Yo no os conozco de nada.

Sujeto 2: Te lo contaríamos, porque de todos modos vas a morir … pero no vamos a perder el tiempo contigo.

Dicho esto, extrajo una nihontou y se abalanzó sobre Shouzo, pero este usó su Karyu, y la sucesión de sus rápidos golpes detuvo a su oponente, lanzándolo de espaldas contra el suelo. El otro sujeto intentó golpearlo por detrás, pero Shouzo sintió el desplazamiento del aire producido por los movimientos de su agresor, giró rápidamente y le asestó un fuerte puñetazo en la cara, aprovechando también la velocidad que el otro había tomado para golpearle. Creyéndolo fuera de combate, se giró hacia el que había dejado en el suelo, a tiempo de ver cómo extraía una pequeña pistola del interior de su kimono. Pensó rápido, y mientras rodaba hacia un lado, sacó el látigo que siempre llevaba consigo, y en un rápido golpe lo desarmó. Hecho esto, corrió hacia él y le golpeó el cráneo, dejándolo sin sentido.

Una detonación surcó el aire. De pronto, Shouzo sintió un intenso dolor en el costado izquierdo, y cayó al suelo inconsciente. El sujeto que había quedado a su espalda se acercó a él empuñando todavía la pistola con la que había disparado, y le dio una fuerte patada, a la que el cristiano no respondió. Dándolo por muerto, reanimó a su compañero y ambos se alejaron del lugar, maltrechos.



En los tres días que Watashi se hospedaba en el dojo, no cesó de colmar de atenciones a Kaoru. Le llenó la despensa de manjares exquisitos, cortó leña, preparó la comida … y ella no se separó de su lado ni un momento, dándole una animada conversación. Kenshin se reunió a menudo con Sano. Kaoru no dejaba de observarles disimuladamente. Por un lado, su ira no había disminuido, Kenshin la había humillado sin compasión, y su orgullo se encargaba de recordárselo una y otra vez. Pero por otro lado, ella se sentía culpable porque era cierto lo que él le reprochaba, y es más, se encontraba sola, muy sola sin él. Ken no le había mostrado indiferencia, la trataba cortésmente, como a una buena amiga, como antes de que ellos se declararan su amor. Esto le llenaba de temores. Si de ella se hubiese tratado, no habría parado hasta decirle lo que sentía y hacer que él hiciera lo mismo. Pero no se trataba de ella, sino de él. Ella había sido la ofendida, se encargó de recordarle de nuevo su orgullo. ¡Oh!. ¡Se sentía tan asustada!. Esta situación era nueva en su relación, y se le había ido de las manos.

Kaoru iba pensando todo esto mientras caminaba hacia el exterior del dojo, cuando tropezó en la puerta con Kenshin.

Kaoru: Lo … lo siento.

Kenshin (con una sonrisa): Kaoru, yo …

Watashi (que lo había observado todo, yendo al encuentro del samurai): Sensei Himura, tengo algo que entregarle.

Kaoru recuperó su actitud soberbia y autosuficiente, y se introdujo de nuevo en el dojo. Kenshin sacudió la cabeza exasperado. Deseó no hacer caso a Watashi, no tenía ganas de historias, pero recapacitó y decidió escucharle para quitárselo de encima lo antes posible. Watashi le entregó un documento.

Watashi: Este es el legado de mi padre para usted. Es el documento que demuestra que es suya su mansión de Kioto, junto a un millón de yenes.

Kenshin (incrédulo): ¿Pero qué dice?. ¿Está loco?. En este momento no tengo tiempo para juegos.

Watashi (mirándole fijamente a los ojos con semblante serio): ¿Acaso me ve cara de broma? – alargándole los papeles -. Léalo detenidamente y fíjese en la letra. Si conocía la letra de mi padre, comprobará que fue su mano la que lo redactó.

Kenshin cogió el documento y comenzó a examinarlo con cierta reticencia, pero esta se fue diluyendo cuando comprobó que efectivamente, la letra pertenecía al fallecido.

Kenshin: Hai, Watashi-san, esta es la letra de su padre, pero yo no deseo este legado. Jamás le pedí nada, me bastó su comida, su compañía y su amistad. Él sabía que no había deuda entre nosotros. No puedo aceptarlo, no quiero aceptarlo.

Watashi: Pero es su deber aceptarlo, está vinculado por el último deseo de un hombre que lo dispuso así. Sabe bien que no es correcto rechazar el legado de alguien a quien se ha apreciado en vida. Además, él lo hizo de corazón, estoy seguro.

Kenshin asintió con la cabeza, a pesar del rechazo que le producía la idea de tener que aceptar una herencia que jamás había deseado.

Kenshin (inquisitivo): Dígame una última cosa. ¿Por qué ahora?. ¿Por qué no ha mencionado nada hasta este momento?

Watashi (aguantando inmutable la dura mirada del otro): Porque no le conocía realmente, tan sólo tenía las palabras de mi padre. No lo tome a mal, yo confiaba en él, pero mi obligación es velar porque sus posesiones estén en buenas manos, que no se usen para fines que él no hubiera deseado.

Kenshin (después de reflexionar un momento): Es comprensible. Pero le ruego una cosa. No cuente nada de esto a nadie. Tan sólo yo debo elegir cómo y cuándo debo comunicarlo, y no lo haré hasta no haber meditado a conciencia cómo debo llevar esta situación.

Watashi: Muy bien, Himura-san, se hará como usted desea.

Kenshin se retiró a su habitación y pasó allí el resto del día. Llegada la noche, prefirió no asistir a la cena. Todavía se sentía perplejo, sorprendido… y también confuso, porque un nuevo problema se había sumado a los que ya le intranquilizaban. ¿Qué hacer con una mansión y una cuantiosa suma que no deseaba?. Él no tenía apego a los bienes materiales, pues estaba convencido de que atan el alma de los hombres a pesadas cadenas sin sentido, y coartan su libertad, que cambian por un esclavismo voluntario y engañosamente atractivo.

No deseaba dar explicaciones de su actitud, no todavía. Se despojó de su ji para meterse en el futón e intentar dormir un rato, pro cambió de idea al darse cuenta de que estaba demasiado nervioso como para conciliar el sueño. Se acercó a la ventana y apoyó las manos a ambos lados de ella, en su parte más elevada, fijando su mirada en la negrura uniforme que desde allí se divisaba, eso le ayudaba a concentrarse.

Kaoru se sentía intranquila por la actitud de su amado. Intuía que algo estaba pasando, y pensó que ella tan sólo estaba contribuyendo a hacer más dolorosos sus problemas, aumentándolos en vez de ofrecerle su apoyo y su comprensión. Decidió que le llevaría a su habitación un poco de cena, y quizá podrían acabar con este absurdo de una vez por todas. Al llegar a su cuarto, vio la puerta entreabierta, y decidió mirar primero si Kenshin estaba dormido, para no molestarlo sin razón. Así lo hizo, y lo que vio le dejó sin habla. Kenshin se encontraba de espaldas a ella, semidesnudo, alumbrado tan sólo por la tenue luz de una vela. Sus brazos alzados se apoyaban contra los lados de la ventana, lo que hacía que sus músculos aguantaran toda la tensión de su cuerpo, y se hincharan por el esfuerzo. Nunca antes se había fijado en él como ahora, con admiración, con un deseo contenido que amenazaba con desbordarla.

Kenshin (sin moverse): Entra o cierra la puerta, Kaoru, pero no me aceches en las sombras.

Kaoru dio un respingo, sorprendida, pero se decidió por pasar dentro, y depositó la cena al lado del futón.

Kaoru: Lo siento, Kenshin. Sólo te traigo un poco de cena, no deseo que enfermes. – se dio la vuelta, dirigiéndose a la puerta.

Kenshin fue más rápido que ella y siguiendo sus pasos, la alcanzó y la rodeó por detrás con sus fuertes brazos, impidiéndole salir.

Kenshin: Soy yo quien lo siente. Dilcúlpame, por favor, tú no tienes por qué pagar por mis problemas.

Kaoru se giró hacia él mirándole a los ojos.

Kaoru: Es mi culpa, ¿verdad? - dice acercándose a él y apoyando su cabeza en su pecho desnudo.

Kenshin sintió un deseo casi incontrolable de abrazarla, acariciarla y… De pronto se separó de su lado bruscamente temiendo no poder resistir por más tiempo sus impulsos. Kaoru lo interpretó como rechazo hacia ella, que sintió tener bien merecido. Su corazón se desgarró con un dolor insoportable.

Kaoru: Me lo merezco, lo sé. Me he portado mal contigo, con todos vosotros. Me ha podido el orgullo. No sé si llego a tiempo, pero quiero pedirte perdón, delante de todos si lo deseas.

Kenshin (incrédulo y furioso a la vez): ¿Eso es lo que piensas de mí, que vivo de lo que puedan pensar los demás?. Veo que no nos conocemos tanto como yo creía, Kaoru. Mi error fue pensar que tenía algo que ofrecerte. Me engañé. No tengo oficio ni beneficio, tan sólo soy un recogido en esta casa, pero esto va a cambiar.

Kaoru (temiendo las consecuencias de las palabras de Kenshin): ¿Pero de qué estás hablando?.

Kenshin extrajo la carta de Saito de un bolsillo de sus pantalones y se la arrojó sin miramiento. Después volvió a su posición inicial frente a la ventana. Kaoru la desplegó lentamente, la leyó en silencio, y a medida que llegaba al final, un miedo irracional se apoderó de ella. Comenzó a llorar desconsolada.

Kaoru: ¡No hablaba en serio cuando dije que comíais a mi costa!. ¡Estaba furiosa por los destrozos y lo pagué con vosotros!. ¡Yo te quiero así, Kenshin!. ¡Rurouni te conocí y así te quiero!. ¡No como un comandante entregado a la guerra!. ¡Llámame egoísta si quieres, pero te quiero a mi lado!. ¡No deseo plantearme cada noche si estarás vivo al día siguiente!.

Kenshin (acercándose a ella y abrazándola con fuerza): Lo siento, mi vida. No quería hacerte llorar. No tengo perdón. – Ahora apoyando su cabeza en el hombro de ella. – Pero sabes que soy un samurai. Yo participé en crear esta nueva era, y es normal que cada vez que surja un problema me pidan que colabore para mantenerla.

Kaoru: Bien, contribuiste a crearla, pero que llamen a otro para resolver sus problemas. ¿Es que no hay en este país nadie más que tú que pueda ayudarles?. ¿No son capaces de comprender que cambiaste de vida?. ¿Que elegiste otro camino?. – Girándose frente a él y mostrándole todo el amor y la ternura que estaba sintiendo - ¿que ahora hay una mujer que te necesita y se muere por tu felicidad?.

Kenshin (rememorando el pasado con tristeza): Entonces también la había, Kaoru, y eso no impidió que siguiera el destino que elegí. No puedo dejar a medias algo que yo decidí comenzar, tan sólo porque ya no deseo continuar. Debo ser coherente con mis convicciones, ya no por mí, sino porque estoy comprometido con todos aquellos por los que luché para conseguirles un país mejor. Si abandono ahora, no tendrían ningún sentido todas esas muertes que llevo sobre mi conciencia. Entonces sí que estaría hundido para siempre. No podría darte todo lo que mereces, pues no sería capaz de amar a nadie, a nada, no habría un rumbo que seguir, no para mí.

Kaoru lo miró a los ojos y buscó sus labios con los suyos. Se entregaron a un beso apasionado, salvaje. Kenshin acarició su cara con una mezcla de ternura y pasión, y volvió a besarla, sintiendo crecer su deseo a cada momento, como un caballo salvaje que lucha por su libertad, por mostrar todo su poder, su furia, su ímpetu. La separó de su lado suavemente, consciente de que si permanecía tan sólo un segundo más pegado a su cuerpo se vería obligado a liberar todo ese deseo que se apoderaba de su cuerpo y de su mente.

Kenshin (acariciando sus negros cabellos con un amor desmedido): No debes estar aquí. Eres una tentación demasiado grande, demasiado bella.

Kaoru sintió como suya toda esa pasión que emanaba de su amado, llena de cariño, de ternura y de un amor que hacía daño al corazón de tan intenso como era. Volvió a acercarlo hacia ella y lo besó con suavidad, retirando sus labios cuando él intentaba corresponderle, haciéndole desear sus besos.

Kenshin (atrayéndola hacia sí con fuerza y besándola con pasión): Kaoru, no sabes lo que estás haciendo.

Kaoru (coqueta y provocativa): Sí, lo sé.

" Sólo cerrando las puertas tras uno,

se abren las ventanas del porvenir."

Carl Sagan.