LLa Forja Del Propio Destino

Capítulo 5:

" La astucia de un gran enemigo subestimado"

Los cuatro samurais llevaban más de una hora sin salir de la cámara donde estaban reunidos. Saito les había puesto al corriente de la actual situación, aunque no había variado significativamente desde que les había sido comunicada por carta. En aquél recinto se estaba debatiendo temas trascendentales para su futuro, y quizá para la misma marcha de Japón, pero cualquier observador externo, si es que lo hubiera habido, habría pensado que se trataba tan sólo de una reunión entre amigos, pues el ambiente normal y distendido que se respiraba entre ellos, así lo hacía parecer.

En efecto, todos ellos se encontraban como pez en el agua, en su medio natural, haciendo aquello que mejor sabían hacer: forjar estrategias y planes de actuación para la inminente lucha. En definitiva, fueran lo que fuesen en su vida personal, y en momentos de paz, ninguno de ellos podía negar que les agradaba la acción y jugarse la vida por sus ideales. Su corazón sería por siempre samurai.

Kenshin: Saito-san. ¿Todavía siguen desembarcando mercancía en los principales puertos de Japón?.

Saito (mirando inquisitivo a Kenshin, intuyendo que algo importante asaltaba su mente): ¿Qué es, Himura?. ¿Qué demonios es lo que te pasa por la cabeza?.

Kenshin (devolviéndole la mirada, con una media sonrisa astuta): Este es mi plan. No utilicemos las tropas por ahora. Vayamos los cuatro a unos cuantos de los puertos más importantes, y confisquemos la carga.

Soujiro (sorprendido): ¿Confiscarla?. ¿Por qué?. ¿Y de qué nos servirá eso?.

Aoshi (mostrando un semblante inexpresivo): Tan sólo es una forma de comenzar la partida. Hagamos un movimiento aparentemente inútil, pero que les obligará a hacer ellos el siguiente. De paso dejaremos clara nuestra postura ante todo el país, haciéndoles ver que la "historia" respalda al Gobierno Meiji. ¿No es así, Kenshin?.

Kenshin (sonriendo): Quizá yo lo habría explicado de una forma diferente, pero así es, Aoshi-san. Pero hay algo que me preocupa. Supongo que el Gobierno nunca ha confiscado esa carga porque no quiere enturbiar sus relaciones con el exterior, ahora que su política es favorecerlas abiertamente, ya que no tiene motivos contundentes para hacerlo, sino meras sospechas. – Haciendo una pausa para pensar - ¡Saito-san!. ¿Tendremos la confianza plena de sus superiores para actuar con libertad?.

Saito (decidido): Sí, la tendremos, pero deberemos rendir cuentas de todas nuestras acciones ante los jefes del ejército y el Ministro de la Guerra.

Kenshin: Por supuesto, con eso contaba. Bien. Alegaremos que la carga no puede entrar en el país sin decir a quién va destinada, por motivos de seguridad nacional. Estoy convencido de que se negarán a facilitarnos los datos que les pedimos, quizá ni los conozcan, lo que nos dará un perfecto motivo para retenerla.

Saito: ¡Eres un demonio!. ¿Así que no sólo te unes a nosotros, sino que contamos con un estratega, además de un guerrero?.

Kenshin (adoptando una seriedad preocupante): Todavía queda una cuestión, Saito-san. Cuando decidiste pedir mi colaboración, sabías que no sólo me estabas haciendo una pregunta, sino que esta llevaba implícita otra: si estaría dispuesto a volver a matar. –Saito asintió, muy serio también, y los demás los observaron preocupados.- No es mi deseo volver a hacerlo, pero no soy un ingenuo que pretende participar en una guerra y salir de ella con las manos limpias. Por ahora tendrás que aceptarme con esa duda. Si posteriormente se confirman nuestras peores sospechas y Japón se sume de nuevo en una guerra, estaré preparado para adoptar una postura definitiva. De una forma u otra, no os abandonaré.

Saito: Me parece justo… por ahora.

Por un momento, un incómodo silencio se apoderó de la habitación, para ser eliminado finalmente por la voz de Aoshi, que formuló una pregunta con aires de reflexión.

Aoshi: ¿Qué puerto visitamos primero?.

Soujiro (mirando a Kenshin con su característica sonrisa): ¿Qué tal el de nuestro anfitrión?.

Saito (zanjando el tema): Perfecto. Empezaremos en Tokyo, pues. ¡Y ahora comamos!. ¡Por todos los dioses!. ¡Estoy hambriento!.

Los cuatro rieron, compartiendo la opinión del Miburo, y salieron del cuarto. Acordaron comer de camino al puerto de Tokyo, ya que todos ellos conocían de sobra los guisos de Kaoru, y no deseaban enfrentarse a la posible lucha con una indigestión. Kenshin se despidió de ella dejándola muy contrariada, pero no le puso ninguna objeción, cosa que él agradeció profundamente, pues su apoyo y comprensión se habían convertido en cruciales en su vida.

El sol comenzaba a declinar cuando los cuatro guerreros salieron del Akabeko y comenzaron a caminar hacia la bahía de Tokyo. Allá por donde pasaban, el arsenal con el que iban visiblemente equipados llamaba la atención de todos aquellos con quienes se iban cruzando.

Una vez concluida la guerra que había acabado con el aislacionismo japonés definitivamente, hacía doce años ya, la mayoría de los japoneses habían intentado olvidar todos los horrores vividos lo antes posible, tarea a la que había contribuido en gran medida la prohibición de llevar armas, dirigida por el nuevo Gobierno a todos los civiles, que, prácticamente sin excepción, había sido respetada desde entonces. Consecuentemente, a nadie agradaba ver personas armadas hasta los dientes perturbando la paz que tanto costó conseguir, y menos si eran hombres con toda la apariencia de ser maestros en el manejo de tantas y tan variadas espadas. Pero nadie osó interponerse en su camino, ni siquiera para hacer preguntas.

Saito estaba disfrutando de lo lindo, intimidando a todo aquel que se atrevía a mirarlo, cuando acercaba lentamente su mano izquierda a la funda de su katana. Aquel día había decidido no mostrarse como policía, y había mudado su uniforme cotidiano por un kimono de lucha que enmascaraba totalmente su condición de agente de la ley para todo aquel que no le conociese.

Kenshin se debatía entre el desagrado que le producía la actitud del lobo de Mibu, y la comprensión que sentía hacia ella, pues tan sólo mostraba reminiscencias del pasado, de otros tiempos que esta nueva amenaza había recuperado sin pretenderlo, en las mentes de todos ellos. Pero para él, aquel pasado había muerto, debía estar muerto, y haría cualquier cosa para que no volviera a repetirse. Si de las guerras, además de muerte, no podía extraerse una valiosa lección que impidiera su regreso, ¿de qué servían?. Miró nuevamente a Saito con desaprobación, y continuó caminando en silencio.

Aoshi caminaba al lado de Soujiro, lo que mostraba un contraste interesante, al menos. El primero con una seriedad rayana en la inexpresividad, y el otro con una perenne sonrisa que jamás mostraba su verdadera personalidad. Pero ambos sumidos en sus pensamientos más profundos. Sí, quizá los dos eran las dos caras de una misma moneda: el dolor producido por una profunda culpabilidad, que ninguno de ellos estaba dispuesto a perdonarse, pues se habían convertido en los jueces más duros que pudieran encontrar, con sus propios errores. Esa culpa tan sólo era mostrada de formas diferentes, pero igual de significativas.

Pasado un tiempo, el paisaje fue cambiando paulatinamente. Dejaron de cruzarse con personas de todos los sexos y condiciones, para encontrarse, cada vez con más frecuencia, con otro tipo de gente bien definido. Las personas con las que ahora se cruzaban, eran mayoritariamente hombres, fornidos, musculosos y ajados por el sol, a quienes no sorprendía su presencia armada ni mucho ni poco, ya que todos ellos, por las condiciones del entorno en que se desenvolvía su trabajo, habían aprendido a no hacer preguntas, y a no sorprenderse prácticamente por nada.

Se trataba de estibadores, hombres contratados para cargar o descargar los buques que no dejaban de atracar en la bahía de Tokyo desde la apertura de Japón al comercio exterior.

De la misma forma se vieron rodeados por inmensos almacenes, ninguno de ellos con más de diez años de antigüedad, que hacían las veces de estación transitoria de los más dispares e inverosímiles cargamentos imaginables, hasta que les era encomendado un destino final.

De pronto, Saito se detuvo, y comenzó a observar las distintas edificaciones, concentrándose en cada una de sus características.

Aoshi (dirigiéndose a Saito, incrédulo): ¡No me digas que no tienes ni idea de cual de ellos es el que buscamos!.

Saito (amenazador): Preocúpate de luchar cuando se te necesite y el resto déjamelo a mí. ¿Entendido?.

Aoshi se encaró a él con claras intenciones de agredirlo, a lo que el otro mostró una de sus sonrisas de desprecio y se puso en guardia para la pelea, pero Kenshin se interpuso entre ambos con resolución.

Kenshin (indignado): ¡Basta los dos!. ¡Bonita oposición vamos a ofrecer a esos locos si ni siquiera nos hacen falta para destruirnos! – Aoshi miró a Kenshin todavía molesto, pero le dedicó una leve inclinación de cabeza abandonando su postura agresiva. Saito también se relajó, pero continuó ofreciendo a Aoshi su más cruel sonrisa despreciativa.- Saito-san, en lo sucesivo, tenga muy en cuenta que ninguno de los aquí presentes hemos venido para hacer tan sólo el trabajo sucio. Somos un equipo, y como tal, todos nosotros debemos participar en la toma de decisiones, así como en cualquier otro asunto que nos concierna.

Saito (admitiendo, aunque a regañadientes, las palabras de su compañero): Aunque estoy al mando de la investigación, no he podido comparecer físicamente en todos los puertos que la policía ha inspeccionado, y este es uno de ellos. Tan sólo tengo referencias descriptivas del lugar y el almacén en concreto, por lo que deberemos buscar uno a uno hasta encontrar el que se adapte a la descripción que hicieron de él mis subordinados.

Soujiro: Si no es indiscreción… ¿Quién ha dirigido las operaciones a las que usted no ha podido asistir?.

Saito: Cho, por supuesto.

Kenshin (con una sonrisa llena de recuerdos): Por supuesto.

Continuaron caminando, inspeccionando concienzudamente cada almacén por el que pasaban. Repentinamente, Saito se detuvo ante un edificio, que aparentemente no mostraba diferencia alguna con los demás que habían investigado hasta el momento. Se giró hacia sus compañeros con una sonrisa de triunfo, mientras extendía su brazo derecho señalando la edificación.

Saito: Aquí lo tenemos. En este lugar se almacenan en primera instancia todos los cargamentos de metales pesados que hemos estado controlando.

Kenshin (dubitativo): ¿Está seguro?. Todos los almacenes parecen iguales. ¿En qué se diferencia este de los demás?.

Saito (muy seguro de la veracidad de sus conclusiones): En que este es de factura occidental.

Soujiro (incapaz de creer lo que había escuchado): Perdone, Saito-san, pero o usted es arquitecto, o no entiendo cómo puede conocer ese hecho, si en apariencia es prácticamente idéntico a todos los demás.

Saito (acercándose a un agujero practicado en la parte más baja del lado derecho de la fachada, y señalándolo): ¿Veis esto?. Es el desagüe de una tubería que recorre interiormente toda la fachada en perpendicular. Su existencia sólo puede indicar una cosa: que este edificio no acaba en un tejado como todos los demás, sino en una terraza. ¿Qué edificios conocéis que estén hechos por japoneses y que tengan terraza, a parte de las fortificaciones y ciertas sedes gubernamentales?.

Los otros tres samurais meditaron por un momento, y reconocieron lo acertado del razonamiento del Miburo, pero eso aún no explicaba que ese precisamente fuera el almacén que estaban buscando, y así lo reflejaron sus semblantes escépticos.

Saito (comenzando a perder la paciencia): Sí, ya sé lo que pensáis ahora, pero es este. Cho me dijo que tan sólo encontraría una edificación con canalización interior de desagüe, y que eso la identificaría. ¡Entremos de una vez y acabemos con lo que hemos venido a hacer!.

De improviso, por el agujero que todos observaban comenzó a salir lo que parecía simple agua, pero que al alcanzar a Saito en las piernas, le arrancó un fuerte grito de dolor.

Saito (perdiendo las fuerzas a causa del intenso dolor): ¡Ahhhhhhhh!.

Aoshi reaccionó rápidamente, lo alcanzó antes de que se desplomara, y lo desvió de la trayectoria del líquido, que seguía brotando. Soujiro y Kenshin se acercaron a ellos, preocupados, mientras Aoshi recostaba al herido en una pared.

Aoshi (acercándose con cautela al líquido, rozándolo con la punta de los dedos, oliéndolo y probándolo después): Tan sólo es agua… - los otros dos le miraron sin entender – hirviendo.

Saito (jadeando, todavía presa de un gran dolor): ¡Esos malditos nos estaban esperando!. Pero, ¿cómo es posible?. ¡Nadie a parte de nosotros sabía que vendríamos aquí, y hemos permanecido juntos desde que tomamos la decisión!.

Kenshin: No tengo ni idea, pero eso ahora no debe preocuparnos. Hemos venido a confiscar la carga que aquí se almacena y eso debemos hacer. Esto se ha convertido en una escaramuza, un primer ensayo que medirá nuestras fuerzas y que si ganan, les dará una victoria moral. No podemos retirarnos y volver por donde hemos venido.

Aoshi (asintiendo): Estoy de acuerdo contigo, pero Saito está herido y no podrá continuar. No sabemos cuántos contrincantes vamos a encontrar ahí dentro. No sé si es prudente que actuemos solos sin ayuda de las tropas.

Saito (poniéndose en pie con una mueca de dolor): Yo también pienso entrar, no voy a dejar que os divirtáis solos. Además, si vamos ahora en busca de refuerzos, también les daremos tiempo a ellos para incrementar sus fuerzas, y eso no lo podemos permitir. No podemos entablar una batalla así como así, recordad que todavía no tenemos ni idea de sus propósitos. ¿Cómo justificaríamos una batalla masiva en estos momentos?.

Soujiro: Saito-san tiene toda la razón. Entremos ahora y que Kamisama nos proteja.

Kenshin (sorprendido): ¿Creyente, Soujiro-san?.

Soujiro (sonriendo inocentemente): Se puede decir que tan sólo es una forma de expresión, aunque… ¿por qué no?.

Aoshi: ¿Qué estrategia usaremos para entrar?.

Inmediatamente después de ser pronunciadas estas palabras, una fuerte explosión a sus espaldas les tomó por sorpresa. Todos se giraron, esperando encontrar un gran número de enemigos dispuestos a exterminarlos, pero en su lugar tan sólo hallaron un hombre vestido con un kimono blanco, rematado en la espalda por un símbolo de "malo", y un montón de astillas, último vestigio de lo que hasta hace unos segundos fuera la puerta de entrada al almacén. Les miraba con una sonrisa sarcástica, manteniendo todavía su puño en posición de ejecutar su golpe maestro, el futae nokiwami.

Sanosuke: Esta.

Saito (con cara de fastidio): ¿Quién ha llamado al pollo? – mirando a Kenshin acusador, a lo que este niega con la cabeza, sin ser creído por él.

Sano: No necesito que nadie me lo diga. Me ha bastado con seguiros. Ya que no he sido invitado a la fiesta, me he autoincluído yo.

¿?: Lo mismo digo.

Una nueva persona surgió, aparentemente de la nada, aunque era su extremado sigilo el que no había permitido que los samurais la detectaran, hasta que no fue demasiado tarde.

Aoshi (expresando contrariedad): ¡Misao!. ¿Cómo te has enterado de dónde me encontraba?. ¡No dije nada en el Aoiya, precisamente para que no me siguieras!.

Misao (mostrando una sonrisa decidida): Se te olvida que soy la jefe de los Onniwa Banshu, la red de información más importante de Japón.

Saito (con semblante de desprecio hacia las palabras de la chica): Después de la del Gobierno, por supuesto.

Misao lo miró como si pudiera usar sus ojos para exterminarlo, en vez de sus dagas, para después seguir sonriendo a Aoshi con determinación.

Aoshi: ¡Pero esto no es una broma!. ¡Tú jamás has peleado en una verdadera batalla, sino en escaramuzas insignificantes, comparadas con lo que este negro asunto puede deparar!.

Misao: Alguna vez tenía que ser la primera. ¿Entramos, o preferís discutir eternamente?.

Saito (agoviado, aunque asumiendo que ninguno de los dos nuevos "miembros" del equipo aceptaría un no por respuesta): Entremos.

Soujiro y Kenshin penetraron en el interior del recinto, haciendo uso de su velocidad divina, y se situaron a ambos lados del edificio, desenvainando sus katanas tan rápidamente que ningún ojo humano pudo contemplar la acción. Seguidamente, penetraron Aoshi y Misao, esta última empuñando sus dagas, dispuesta a lanzarlas al menor movimiento sospechoso. Saito y Sano se quedaron para el final, ya que el policía había pedido su normal velocidad, y Sano no utilizaba ningún arma capaz de defenderlos de otras armas lanzadas desde gran distancia.

Lo que observaron les dejó desconcertados. Ante ellos se mostraron alrededor de veinte hombres, armados con simples palos, que al presenciar la capacidad combativa de los sujetos con los que, supuestamente, iban a enfrentarse, perdieron todas su euforia por la lucha y, uno tras otro, dejaron caer las rudimentarias armas que les iban a servir de ataque y defensa.

De entre ellos surgió un sujeto, pequeño aunque fornido, al que todos miraron con reverencia, haciendo suponer a los compañeros que se trataba de su jefe, o al menos de su portavoz. Se adivinaba miedo en sus ojos, pero siguió caminando, hasta llegar a unos dos metros del grupo de samurais.

Sujeto: Os ruego que no dañéis a estos hombres, tan sólo son peones que trabajan muy duro para poder dar de comer a sus familias. Yo fui quien arrojó el agua hirviendo, haced lo que queráis conmigo.

Saito se acercó a él, con claras intenciones de hacérselo pagar muy caro, pero lo pensó mejor, y tan sólo lo sacudió impetuosamente, asustándolo más de lo que el pobre hombre ya lo estaba.

Saito (furioso): ¿Quién te ha ordenado hacerlo?. ¡Vamos, contesta!.

Sujeto (tartamudeando por las fuertes sacudidas a que estaba siendo sometido): Un extranjero rubio, alto y fuerte. Esto es lo único que cualquiera de nosotros podrá decirle. Nos contrató para descargar varios barcos de su propiedad, según nos dijo, y nos pagó generosamente para atacar a un grupo de personas, que antes o después llegarían, describiéndolos exactamente igual a ustedes, excepto que eran luchadores expertos. Si nos lo hubiera dicho, jamás habríamos aceptado su dinero, no queremos problemas. Creímos que se trataría de simples ladrones o maleantes.

Sus compañeros asintieron, expresando todos ellos la misma opinión.

Kenshin (volviéndose hacia sus compañeros, negativamente sorprendido): ¡Sabían que vendríamos, incluso antes de que hubiésemos formado el grupo!. Nos enfrentamos a un enemigo altamente peligroso, si es capaz de anticipar el futuro de esta manera. Estamos en franca desventaja, pues él nos conoce perfectamente y nosotros ni siquiera tenemos idea de quién se trata. – Ahora dirigiéndose al hombre que les había hablado - ¿Cuánto hace desde que os avisó de nuestra posible llegada?.

Sujeto: Un mes, señor, no más de un mes.

Saito (no dejándose vencer por la sorpresa): Bueno, terminemos esto de una vez.

Se dirigió hacia las cajas, apiladas tras los trabajadores, quienes al principio se interpusieron entre él y la mercancía, pues se estaban jugando el trabajo si le permitían tocarla.

Saito: ¿Pensáis impedirme pasar con esos palos?.

Aoshi (intentando tranquilizarlos): Tranquilos, es un agente de policía.

Sujeto (comenzando a asustarse por la carga): Señor, ¿es algo ilegal?. ¿Estamos haciendo algo malo?.

Saito (dirigiéndose a una de las cajas, y rompiéndola con un fuerte golpe de su katana): Ahora lo veremos.

La caja se rompió limpiamente por la mitad, de forma horizontal. Trozos de metal se esparcieron en un metro a la redonda, como todos los samurais allí presentes habían esperado. Saito le dio un nuevo golpe, aparentemente innecesario, intentando calmar la ira que todo ese asunto le había producido, y fue entonces cuando todos los allí presentes contuvieron la respiración, no se sabe si más sorprendidos o incrédulos.

Saito había roto un nuevo departamento de la caja, disimulado hasta entonces por los metales que había encima de él. Lo que ahora se encontraba diseminado por doquier eran armas: pistolas, fusiles, munición… Ninguno de ellos articuló palabra alguna, hasta que el mismo Saito, rehecho ya de la impresión, comenzó a impartir órdenes.

Saito (imperativo): ¡Toda esta carga queda confiscada por orden del Gobierno Meiji!. ¡Ninguno de vosotros podrá abandonar este recinto hasta que llegue la policía de Tokyo y os interrogue!. – Ahora dirigiéndose a Kenshin.- Himura. ¿Me haríais el favor de retener a estos hombres mientras voy a avisar a mis compañeros de la comisaría?. ¡Debo alertar a Cho para que confisque la carga de todos los demás puertos también!.

Kenshin (atónito por el hecho de que el otro se lo pidiera de esa forma): Hai, Saito-san.

Saito: Perfecto. – Encaminándose hacia la salida, y volviéndose de nuevo hacia Kenshin antes de desaparecer.- Y… Himura, olvida los formalismos. Basta de "san". Aunque me duela decirlo, hora estamos en el mismo barco, ¿recuerdas?.

Kenshin (mostrando una sonrisa): De acuerdo, Saito.

En media hora, Saito se presentó de nuevo con el grueso de la policía de Tokyo, que pasó el resto de la tarde interrogando a cada uno de los trabajadores, de quienes no obtuvieron nada más que las palabras que el portavoz ya había comunicado a los compañeros. Se procedió a destapar el resto de las cajas, y se obtuvo de todas ellas el mismo resultado: la parte superior contenía metales, y disimulada bajo ellos, la parte inferior, con todo tipo de armas de fuego y munición.

Concluido el interrogatorio, se expulsó del recinto a todo el mundo que no perteneciera a la policía, quien dejó a un pequeño contingente de hombres vigilando las cajas, hasta que al siguiente día se procediera a su traslado a dependencias del Gobierno.

Nadie se percató de que, durante casi toda la tarde, un extranjero de pelo rubio, fornido y muy bien vestido, se dedicó a merodear por las inmediaciones del almacén, no perdiendo detalle de todos los movimiento de la policía y los compañeros, tanto en el exterior como en el interior, para desaparecer entre las sombras de la inminente noche, una vez se hubo zanjado la operación.

Hans (pensativo): Esto desagradará a Mamoru.

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Las primeras sombras de la noche se cernían ya sobre el dojo Kamiya. Kaoru había pasado la tarde ordenando la casa, intentando entretenerse lo máximo posible, y así restar tiempo de actividad a su mente, que se empeñaba en angustiarse por lo que estaría sucediendo en el puerto. Había esperado que Kenshin y los demás regresaran pronto, pero era casi la hora de cenar y todavía no habían dado señales de vida.

En su mano izquierda llevaba un jarrón decorativo, que había bajado de una repisa con el objeto de desempolvarlo. Una vez conseguido, apoyó una pequeña escalera en la pared bajo la repisa, y trepó por ella para restituir el jarrón en su lugar original. Había subido unos cuantos peldaños, cuando resbaló y perdió el equilibrio, y no queriendo soltar el objeto por miedo a que se rompiera contra el suelo, tan sólo intentó agarrarse a la escalera con la mano derecha, pero esta le resbaló y no pudo evitar la caída. Cerró los ojos, esperando el fuerte golpe que seguidamente sufriría, pero unos brazos la sostuvieron, evitando el encontronazo con el suelo. La mujer giró la cabeza en busca de su salvador, esperando ver a Kenshin, pero en su lugar se encontró con Watashi, que le mostró una cálida sonrisa.

Watashi (aliviado): Uffff… Llegué a tiempo.

Kaoru (azorada): Muchísimas gracias, Watashi-san, pero… ¿Podría depositarme en el suelo, por favor?.

Watashi no respondió. En su lugar, quedó observándola, con su mirada fija en la de la chica. Todavía la mantenía en sus brazos, fuertemente sujeta. El rostro de Kaoru quedaba a escasos centímetros del de Watashi, y él continuaba mirándola y sonriendo seductoramente.

Estando así las cosas, Kenshin entró por la puerta del dojo con los demás, todos ellos cansados por el ajetreo de la tarde, deseando disfrutar de una cena reparadora y un sueño bien merecido. Kenshin se dirigió en busca de Kaoru, hacia donde se encontraba todavía en brazos de Watashi. Este, viendo que el samurai se aproximaba a ellos, en vez de dejarla en el suelo, como había solicitado, la besó apasionadamente, sin darle tiempo a reaccionar.

Kenshin: ¡Kaoru!, ¿dónde estás?. ¡Jamás podrás imaginar cómo ha concluído este asunt….!.-

Al ver la escena que se estaba desarrollando ante sus ojos, quedó desconcertado. Watashi mantenía a Kaoru en sus brazos, fuertemente cogida, y la besaba con una pasión incontrolada, salvaje. Su mujer se encontraba subyugada por los brazos de otro, por los besos de otro… ver lo que jamás habría imaginado superó sus nervios, su paciencia. Una oleada de rabia tomó el lugar del desconcierto que había sentido inicialmente, y un fuego que amenazaba con abrasarle vivo se apoderó de sus sentidos, otorgando a su mirada un brillo rojizo que infundía el terror a todo aquel que osara mirarle.

Watashi y Kaoru se dieron cuenta del radical cambio que se había operado en el samurai, reconociendo el primero al asesino legendario, aún sin haberlo visto jamás en acción. Un terror inconfesable se apoderó de ambos, y el hombre depositó a la mujer en el suelo con cuidado, aunque todavía agarrado a ella en actitud desesperada, y comenzó a recular hacia la pared, intentando huir de aquella furia más propia de mundos irreales, de dimensiones no alcanzables por un simple mortal.

Kenshin (acercándose a Watashi lentamente, con una voz tan fría que el Polo Norte a su lado era el dominio del demonio): Te ordeno que la dejes inmediatamente.

Watashi sintió que sus piernas le fallaban. Él contaba con los celos del rurouni, pero no con que su reacción liberaría a su parte más oscura e inconfesable: Battousai. Kaoru lloraba desconsolada, temiendo por Kenshin, no por que este sufriera ningún tipo de dolor físico en la pelea que de seguro se desarrollaría ante sus ojos, sino porque temía que hiciera algo de lo que luego tuviera que arrepentirse… matando a Watashi. Por ello, se soltó con un fuerte tirón del abrazo de aquel cobarde que la estaba usando como escudo, y se interpuso decididamente en el camino del samurai para evitar una tragedia.

Kaoru (apaciguadora): Kenshin, por favor…

Kenshin (fijando en ella una mirada dura, aunque llena de dolor, y continuando su avance imparable hacia Watashi): ¡Apártate de mi camino!. ¡Aún osas defenderlo!.

Kaoru (desesperada): ¡Kenshin!. ¡No!. ¡Te lo ruego!. ¡Yo te quiero!.

Kenshin (aún más furioso, si cabe): ¡He dicho que te apartes!.

Pasó ante ella sin importarle el desconsolado llanto de la mujer, finalmente llegó a la altura de su aterrado oponente, que semblaba un despojo acurrucado ante la pared, sin ninguna posibilidad de escapar, y repentinamente agarró a Watashi por el cuello del kimono y lo lanzó contra la pared que había tras él, estrellándolo con la escalera que antes había servido a Kaoru para colocar el jarrón en su lugar. El hombre agredido, temiendo su inminente fin, cerró los ojos, perdiendo totalmente el control de sí mismo y orinándose encima.

Kenshin (con una furia animal, increíblemente aterradora, por la frialdad de las palabras de que era acompañada): ¡Desaparece de mi vista!. ¡Ahora!. ¡Si no quieres que acabe contigo aquí mismo!. – Del mismo modo en que se había acercado al pobre infeliz, se dirigió a la salida del cuarto, y al pasar ante Kaoru, le dirigió unas palabras sin detenerse ni mirarla siquiera.- Mañana nos vamos a Kioto. Recoge lo imprescindible, nada más.

Desapareció del cuarto dejando a las dos personas que había en él totalmente paralizadas. Ninguno de los dos era capaz de reaccionar, y siguieron allí parados, como estatuas, hasta que un fuerte portazo en alguna de las habitaciones del dojo les sacó del trance en que Battousai les había dejado. Kaoru reconoció en el ruido la puerta del cuarto de Kenshin. Por fin Watashi se levantó del suelo y salió del cuarto a todo correr, dejando a Kaoru totalmente sola. Todavía no podía asimilar todo lo que había sucedido en tan sólo unos pocos minutos. No era capaz de comprender cómo podía haber pasado todo aquello, ni siquiera creía que hubiese pasado. Siguió en el cuarto por un rato, hasta que las voces de los invitados de la casa le recordaron que debía preparar algo que ofrecerles para cenar. Finalmente, se dirigió a la cocina aparentando una total normalidad.

Media hora más tarde, todos se reunieron ante la cena que había preparado Kaoru, a excepción de Watashi, que se había marchado de la casa, y Kenshin, que no había salido de su cuarto desde lo sucedido. La conversación fue animada. Aparentemente, ninguno de ellos se había percatado del incidente que había sucedido entre Kenshin, Watashi y Kaoru, aunque sí echaron de menos al hombre, pero tampoco les sorprendió mucho, ya que tenían la mente puesta en asuntos más importantes. Tampoco se dieron cuenta de la actitud de su anfitriona, que había permanecido callada durante toda la cena.

Una vez terminada, cada cual se fue a su cuarto a descansar. Se asignó un cuarto a Misao, y Sano ocupó el que usaba habitualmente, ya que pasaba la mayoría del tiempo en el dojo, aunque tenía su propio apartamento.

Kaoru fregó los platos sin mostrar interés alguno en lo que hacía, y una vez hubo terminado salió al porche en busca de un poco de aire fresco que calmara su corazón maltrecho y atormentado. Se sentó en las escaleras, y fijó su vista en la oscuridad, tal y como un día había encontrado a Kenshin, momento que recordó con ternura.

¿?: ¿Qué tiene?, Kaoru-chan.

Kaoru dio un respingo, pues no había notado la presencia del hombre que, a su espalda, estaba apoyado en la pared, ya antes de que ella llegara, quizá buscando lo mismo en la soledad de la noche.

Kaoru (con tristeza): Perdone, Aoshi-san. No le había visto.

Aoshi (sentándose a su lado, pausadamente): Ya me he dado cuenta. Como también he notado que a usted le sucede algo. Siempre me ha tratado con cariño, y me ha ofrecido su ayuda y su amistad. Déjeme ayudarle ahora.

Kaoru (intentando aparentar una serenidad que se encontraba muy lejos de sentir): No es nada, en serio, ya pasará.

Aoshi: Usted misma se ha descubierto. Si ya pasará, es que ahora sí le sucede algo. Cuéntemelo, quizá le ayude.

Kaoru no pudo aguantar más, y rompió a llorar. Aoshi no había esperado esta reacción, y quedó sorprendido, aunque esperó a que pasara el acceso de llanto para hacer preguntas. Una vez la mujer se hubo serenado lo suficiente, relató al samurai el accidente con el jarrón, la actuación de Watashi, y cómo había concluido todo sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo.

Aoshi (pensativo): Ummmm… Entiendo. Muy astuto, ese Watashi.

Kaoru (sorprendida): ¿Perdón?. No entiendo.

Aoshi: ¿No se da cuenta, Kaoru-chan?. Watashi aprovechó una situación accidental para intentar separarles, a usted y a Kenshin.

Kaoru quedó sorprendida. No había mirado la situación de esa manera.

Kaoru (extrañada): ¿Y por qué haría eso?.

Aoshi: Yo tan sólo digo lo que veo. No puedo adivinar sus motivos.

Kaoru: ¿Qué puedo hacer ahora?. Kenshin no ha querido escucharme, y se ha encerrado en su cuarto. Quizá cuando salga se separe de mi lado sin dejarme tiempo a explicaciones. Está muy claro lo que ha visto, y yo no puedo negarlo. Watashi me tenía en sus brazos y me estaba besando. Y cuando he querido evitar que Kenshin lo matara, pues estaba segura de que iba a hacerlo, él ha creído que lo defendía porque lo amaba, y eso ha empeorado las cosas entre nosotros hasta un punto límite.

Aoshi: Kaoru-chan, ahí sí que ha errado, no confiando en el hombre de quien está enamorada, después de tanto tiempo y tantos problemas resueltos sin ninguna muerte. Pero de todos modos, yo no me preocuparía.

Kaoru: ¿Por qué dice eso?.

Aoshi: El Kenshin que yo conocí habría matado a Watashi sin vacilación, sin darle tiempo ni a respirar. Pero el Kenshin que la ama a usted le ha perdonado la vida sin hacerle ni siquiera un rasguño. Él la ama de verdad, y usted ahora es la funda que cubre a Battousai. No la abandonará por una cosa semejante, puede estar segura.

Kaoru: Deseo con todo mi corazón que así sea, Aoshi-san.

Aoshi (convencido): Tan sólo dele tiempo, pues es seguro que estará muy dolido, pero por ningún motivo se aparte de su lado. No convierta en realidad un malentendido y confíe en él. Con respecto a lo de Kioto, yo puedo responder esa cuestión. Esta tarde hemos decidido trasladarnos allí para continuar con nuestras investigaciones, así que es normal que desee llevarla consigo. Si yo tuviera alguien a quien amar, haría lo mismo, ya que ante la posibilidad de una nueva guerra, no permitiría que permaneciera sola sin protección, lejos de mí.

Kaoru (agradecida): No puede imaginar cuánto me ha ayudado. Es un gran hombre, Aoshi-san. Espero que consiga una mujer que sepa apreciar toda su valía, aunque quizá esa mujer no está tan lejos de usted como imagina.

Aoshi quedó visiblemente sorprendido, y deseó preguntarle el porqué de esa última frase, pero Kaoru ya se había levantado y se alejaba de él hacia su habitación, sumida en sus pensamientos.

La vida es el arte de sacar

conclusiones suficientes, de

datos insuficientes.

Samuel Butler Yeats

Notas de la autora:

Las ideas rondaban por mi cabeza, pero no era capaz de cristalizarlas en papel, hasta que prácticamente en un día, y sin pretenderlo, he escrito el capítulo completo.

No sé si os decepcionará u os gustará, pero con cada capítulo que termino, me implico mucho más con la historia, que es más mía, pues reflejo en ella parte de mí: mis vivencias, experiencias y deseos.

No puedo adelantar nada del siguiente capítulo, salvo que falta una persona para entrar en escena, alguien que cobrará protagonismo y aportará su propia complejidad a la trama.

Hasta pronto, pues.

Genevre