La Forja del propio destino
Capítulo 6:
" El destino de un reencuentro".
A las cinco de la madrugada, ya todos los inquilinos del dojo Kamiya se encontraban en pie y listos para la inminente marcha. Yahiko había despertado con gran sobresalto y confusión, pues nadie se había molestado en avisarle la noche anterior del viaje a Kioto que todos ellos iban a realizar al día siguiente. Había comenzado con sus protestas de buena mañana, pero ese día todas sus puyas contra Kaoru se habían dado contra un muro de indiferencia por parte de la chica, y un total silencio por parte de Kenshin, quien acostumbraba a mediar entre ellos cada vez que se enzarzaban en alguna pelea, lo que sucedía más a menudo de lo que él quisiera. Aquello le dejó más confundido todavía. No era capaz de entender nada de lo que estaba sucediendo a su alrededor, y ninguno de los adultos que le rodeaban parecía dispuesto a perder ni un minuto de su tiempo en explicaciones, así que decidió guardar silencio y observar, esperando obtener algún indicio que respondiera al menos alguna de todas las cuestiones que envolvían aquel repentino viaje.
Se había acordado no realizarlo por los caminos transitados, sino amparándose en los frondosos bosques que se hallaban entre estas dos ciudades, aprovechando la particular orografía de Japón, compuesta en más de un ochenta por ciento por territorio montañoso plagado de vetustas y legendarias frondas.
Los compañeros partieron sigilosamente en la noche, y del mismo modo se internaron en el bosque de Tokyo, sumido todavía en las sombras, al igual que la misión que se habían empeñado en perseguir. La mente de todos los samurais se perdía en hondas divagaciones a cerca de lo que les depararía su misión. No conocían la identidad del enemigo, ni sus fines, ni las estrategias que usaría para conseguirlos… pero sí que estaba armado, y muy bien armado, a juzgar por todas aquellas pistolas y fusiles que Saito había descubierto por casualidad, haciendo que su irrefrenable ira sirviera para algo por una vez. Durante varios meses el enemigo había estado pasando armas de contrabando, camuflándolas bajo la apariencia de metales pesados. Pero, ¿por qué precisamente metales pesados?. Haber llenado las cajas con cualquier otro material, quizá telas, comida… o cualquier otro producto para el consumo doméstico, no habría despertado las susceptibilidades del Gobierno, y quién sabe cuánto tiempo más habrían estado entrando las cajas en Japón, hasta que hubieran abastecido a un nutrido ejército capaz de conquistar toda la isla con su moderno armamento.
No, no había que subestimar a quien quiera que liderase tal movimiento, pues era obvio que estaba dando una muestra de la total confianza en su victoria. Les había mandado un reto en toda regla, esperando que fuese aceptado, justo lo que ellos habían hecho en el preciso momento en que tomaron el almacén. Por el momento no hacían más que seguir las reglas del juego que otro había establecido. Deberían ser capaces de crearlas ellos, y pronto, si querían disfrutar de la ventaja de jugar en su propio terreno; a menudo tomar la iniciativa es síntoma de un futuro éxito, y todos los allí reunidos eran totalmente conscientes de ello.
Caminaron en silencio durante todo el día, tan sólo interrumpiendo su marcha para disfrutar de una frugal comida, momento que fue aprovechado por los hombres para reunirse en una especie de concilio, del que quedaron excluidos Yahiko, por ser un niño, Kaoru, a quien extrañamente no le importó, y Misao, que después de hacerles saber a través de varios accesos de rabia, que la próxima vez no estaba dispuesta a aceptar una situación semejante, se reunió con Yahiko, a quien refirió toda la historia, al menos hasta donde ella había podido enterarse. Aoshi permanecía más serio y distante con ella que de costumbre, y esa fue una de las razones por las que la chica aceptó aún a regañadientes, quedar fuera de la conversación por esta vez. Kaoru se había sumido en un mutismo preocupante, que no había pasado desapercibido a ninguno de los compañeros, pero ninguno de ellos se había atrevido a preguntar, y además en aquel preciso momento les venía de perlas para mantener una conversación exenta de cualquier interrupción. Ninguno de los guerreros tomaba a Yahiko, Misao o Kaoru como una molestia propiamente dicha, pero los temas a debatir eran demasiado trascendentales como para permitir que ningún asunto los distrajera.
Saito (frustrado): ¡Que Kamisama los confunda!. ¿Quiénes demonios serán?. ¿Qué querrán?. ¡Si supiéramos qué pretenden conseguir con todo esto seríamos capaces de analizarlos para poder encontrar un punto débil!. ¡Pero nos muestran tan sólo lo que quieren que veamos!. ¡Pueden estar dándonos una imagen totalmente errónea de su fuerza y su capacidad bélica!.
Soujiro (con su perenne sonrisa): Sean quienes sean, y pretendan lo que pretendan, está claro que el móvil de todo esto es conseguir el poder. Poder político, poder económico, poder social… ¡qué más da!. Cualquiera de ellos pondría Japón en sus manos de una u otra forma, redundando finalmente en la caída del actual Gobierno, ya que todo este teatro no creo que vaya encaminado a apoyarlo, precisamente. Todos los aquí presentes tenemos muy claro que queremos conservar el régimen actual, con sus aciertos y sus fallos, y hacer que sirva para construir un país mejor en un futuro no muy lejano, esperemos. Así que nos enfrentamos a un enemigo, maquinador y potencialmente poderoso. De estas ideas debemos partir.
Saito (asombrado): ¿Cómo puede escudarse tras la sonrisa de un niño una mente capaz de tamaña reflexión?.
Soujiro (sin mudar la expresión de su rostro): Digamos que lo tomaré como un cumplido, Saito.
Aoshi (tomando la palabra): Supongamos que pretenden lo que todos antes que ellos hasta ahora: conseguir el poder político en Japón e instaurar un nuevo régimen basado en las costumbres anteriores. Si fuese así, ¿dónde creéis que establecerían su base de operaciones?.
Todos lo miraron concentrados en la pregunta que les había formulado, intentando seguir el hilo de sus pensamientos.
Kenshin: Si yo fuera partidario del antiguo régimen, establecería mi base en Kioto, intentando devolverle el antiguo esplendor de que disfrutó durante ese período. Es más, si mi móvil fuera tan sólo económico, también elegiría Kioto para centrar mis movimientos, ya que es la ciudad más poderosa después de Tokyo en todos los sentidos, y la capital ya está controlada totalmente por el Gobierno. Mi decisión sería claramente esa, Kioto. – Haciendo una pausa para aclarar sus pensamientos -. No sé por qué, pero creo que los puertos navales juegan un papel muy importante en todo este asunto. Pienso que sin pretenderlo, al hacer tan evidente el tránsito marítimo que estaban utilizando, nos han destapado una de sus estrategias.
Kenshin extrajo de uno de los muchos bolsillos ocultos de su ge, un mapa de Japón cuidadosamente trazado, e igualmente conservado. Lo desenrolló ante ellos con sumo cuidado, haciéndoles un movimiento para que todos se acercaran a observarlo con detenimiento. Esperó unos pocos minutos para que se familiarizaran con los signos que había trazado en él, y cuando todos hubieron dado muestras de estar en situación de comprender la estrategia que estaba a punto de plantearles, comenzó con su explicación.
Kenshin (concentrado): Muy bien. Demos por supuesto que han establecido su base en Kioto y que reciben la mayoría de sus suministros por vía marítima. Lo primero que yo haría, es poner en alerta al Gobierno Meiji para que intensifique el control sobre el área de Tokyo, donde tienen concentrados sus efectivos. En esta zona no debe haber ningún error de defensa, pues de aquí partirán todas nuestras tropas y lo más importante, los suministros. Por lo tanto, también se deberá controlar su espacio marítimo, pues es previsible que nos ataquen desde ahí, ya que para asaltarnos por tierra, deberán superarnos primero en la línea de fuego que seguramente se establecerá en Nagoya y Gifu. Quien tome estas dos ciudades, habrá tomado el control de la guerra en gran medida, aunque nada estará perdido todavía.
En lo que respecta al área controlada por ellos, yo no desplegaría las tropas inmediatamente para dirigir un ataque contra sus fuerzas, ya que no sabemos cuántos son, ni de dónde partirá exactamente su ofensiva. Despleguemos la red de espionaje del Gobierno para intentar averiguar todo lo posible sobre su organización y concentrémonos en bloquear militarmente todos los puertos adyacentes al área controlada por ellos, para cortarles el suministro, tanto de armas como de alimentos. Esta acción, al tiempo que nos beneficiará, les obligará a moverse bélicamente, cosa que, por no haber hecho hasta ahora, no nos ha revelado ningún dato importante sobre el contingente del que seguramente disponen.
Saito (después de reflexionar un momento): Parece un plan inteligente, Himura, pero hay un problema. El Gobierno no dispone de una potente flota de guerra todavía, y si la usamos para defender Tokyo, tendríamos que recurrir a la ayuda internacional para asediar los puertos circundantes a Kioto. Esto plantea dos problemas más. El primero es que no sabemos si ellos ya han acaparado la ayuda de los países de occidente. Y el otro problema es que siempre que un país solicita ayuda internacional, se está hipotecando. Se compromete a devolverla luego en alguna forma, situación que no nos conviene ahora, pues ya estamos lo suficientemente endeudados con el exterior por su ayuda a la reconstrucción del país después del Bakumatsu.
Aoshi (continuando con la explicación de Kenshin): Es cierto lo que afirmas, Saito. Pero no creo que la ayuda que hayan podido obtener del exterior, y contemos con que la hayan conseguido, sea oficial. Los gobiernos aceptan la autoridad formal de nuestro Gobierno, pues está a favor de las relaciones abiertas con sus respectivos países, y no creo que estos rebeldes puedan hacerles una oferta mejor. En cuanto a lo de ponernos en sus manos, esto sí que supone un gran problema, pero si no contáramos con su ayuda, estaríamos un paso por detrás de nuestro oponente, ya que ellos de seguro la tendrán como punto fuerte de su estrategia de conquista.
Saito (rezongando, incómodo con la decisión que le había tocado tomar): Esta solución no me gusta, pero no tenemos ninguna otra mejor. Será cuestión de hablar con el ministro de la guerra y pedirle que ofrezca un tratado que nos beneficie a todos, aunque el que pide ayuda siempre es el que sale más perjudicado. ¡Demonios!. ¡Cuando estábamos solos todo era mucho más fácil!. ¡Sabíamos que contábamos con nuestra fuerza, el coraje de nuestros hombres, y nuestro honor!. ¡No había más armas que las fabricadas por nuestros maestros armeros, ni otros intereses que buscar el bien para nuestro país, cada bando de forma distinta, pero el fin era el mismo!. ¿Qué sabrán los extranjeros del honor de un japonés?. ¡Ellos intervienen en las guerras siguiendo sus propios intereses de riqueza o conquista!. ¡Ya nada volverá a ser igual!.
Kenshin (con aire resignado): Hace mucho que el mundo ya no es como nosotros lo conocíamos, Saito. En Japón estábamos totalmente aislados, pero los demás países hace muchos años que basan parte de su fuerza e influencia en sus relaciones internacionales. Si nos seguimos empeñando en negar este hecho, finalmente seremos conquistados y reducidos por la tecnología y poder de todos aquellos países que han sabido cambiar con los tiempos. O nos unimos al cambio, o perecemos fruto de él. Tan sólo está en nuestras manos.
Saito continuó quejándose por lo bajo, pero sabía que la única vía para consolidar el poder de Japón frente al resto del mundo era establecer inteligentemente relaciones con los países de occidente, que en ese momento ostentaban el poder económico, aprender de ellos hasta que pudieran conseguir que ellos aprendieran y dependieran de él. Y esa situación algún día llegaría, ¿por qué no?.
Para finalizar con la reunión, establecieron los turnos de guardia que seguirían durante esa noche, y todas las demás hasta su llegada a Kioto. Sano y Aoshi comenzaron con el primero, siendo relevados dos horas después por Kenshin y Misao, que fue incluida desde el principio, sabiendo todos ellos que la ninja no permitiría que la excluyeran esta vez, y tras dos horas más, los relevaron Saito y Soujiro.
Dos días más pasaron del mismo modo, caminando ininterrumpidamente durante el día, reuniéndose para seguir trazando y discutiendo planes al caer la noche, y cenando y realizando las guardias hasta que el sol comenzaba a despuntar, momento en que se ponían en camino nuevamente.
El cuarto día estaban visiblemente extenuados, el ritmo que imponían a su marcha era extremadamente fuerte, pero todos ellos lo soportaban estoicamente, pensando en la poca distancia que ya les separaba de su destino. Sus cuerpos estaban cansados, pero no así sus mentes, que anhelaban todas aquellas respuestas que supuestamente encontrarían al llegar a la ciudad.
Kenshin observaba a Kaoru visiblemente preocupado, pero siempre apartaba su mirada de la mujer cuando esta, al sentirse observada, detenía sus ojos en el atormentado samurai. Él continuaba su marcha al frente del grupo, en un silencio que tan sólo interrumpía para contestar amablemente alguna pregunta de sus compañeros.
Cercano ya el ocaso, Aoshi se detuvo repentinamente, haciendo tropezar a Saito y Misao, que le seguían inmediatamente detrás. Quedó quieto, como una estatua de cera, e hizo con la mano una señal de silencio encaminada a Saito, que ya se disponía a invocar a todos los demonios del infierno por lo cerca que había estado de caer.
Del mismo modo en que se había detenido, Aoshi arrancó una frenética carrera hacia los árboles que quedaban al lado izquierdo de la insignificante senda seguida por los compañeros, y desapareció tras ellos sin dar tiempo a nadie de entender qué estaba sucediendo. Unos segundos se sucedieron en absoluto silencio, interrumpido en algunos momentos por el ruido de arbustos apartados y el chasquido de ramas rotas, procedente del lugar por el que el ninja había desaparecido.
Todos los compañeros optaron por permanecer inmóviles, escuchando y observando atentamente el foco de los sonidos, confiando en que pronto obtendrían el porqué de tan extraño comportamiento. Y sucedió de ese modo. Pasados un par de minutos, Aoshi regresó por donde había partido, sosteniendo bajo su brazo izquierdo una masa inidentificable por los constantes movimientos convulsos de que era presa todo su ser. A medida que se acercó a ellos, pudieron distinguir un joven muchacho que se afanaba por intentar soltarse del firme agarrón del samurai, que al llegar junto a sus compañeros, soltó repentinamente al chico, haciendo que todos sus huesos dieran con el duro suelo. Cuando el muchacho se recuperó del aturdimiento producido por el golpe, los miró a todos ellos con odio apenas contenido, pero no intentó escapar.
Saito (en tono jocoso): ¡Vaya!. ¡Veo que has atrapado una pequeña presa para la cena!.
Ambos, el chico y Aoshi, miraron al Miburo molestos, lo que arrancó la sonrisa de todos los demás miembros del grupo. Kenshin, compadecido del muchacho, y comprendiendo el temor que debía estar sintiendo, se acercó a él lentamente y con una sonrisa le ofreció la mano para ayudarle a levantarse. Pero el joven, en vez de tomarla como el samurai pretendía, se quedó completamente quieto, su mirada fija en su cicatriz en forma de cruz.
Sano (sonriéndole): ¿Qué pasa, chico?. ¿Acaso has visto un fantasma?.
Muchacho (en forma reverente): ¿Se…… sensei Himura?.
Kenshin (con una sonrisa amistosa): ¿Nos conocemos, jovencito?.
Muchacho: No he tenido personalmente el placer de conocerle hasta ahora, Himura-san, pero mi sensei Megumi-dono me ha hablado muy bien de usted, lo que ha despertado mi admiración por su bondad y las ganas de conocerle.
Sano (sorprendido): ¿Megumi dices?. ¿Qué te une a la mujer zorro, chico?.
Muchacho (molesto): Mi nombre no es "chico", sino Aoki, y Megumi-dono es la mejor sensei de medicina que se puede encontrar en el Japón. – Ahora dirigiéndose a Kenshin de nuevo.- Me ha enviado con un mensaje para usted, y debo dárselo EN PRIVADO. – Estas últimas palabras dirigiéndoselas a Sano intencionadamente.
Kenshin (en tono de disculpa hacia los demás): Debo atender a un joven tan decidido, que ha hecho un viaje tan largo para darme un mensaje de la doctora. Ella no me requeriría si no se tratara de algo de suma importancia. Además – dirigiéndole una sonrisa al muchacho – no creo que este joven doctor vaya a hacerme ningún daño.
El muchacho los miró dándose aires de importancia, y sonriendo a Kenshin, le siguió hasta alejarse unos veinte metros de los demás, que quedaron visiblemente intrigados, pero no pusieron ningún reparo a su marcha.
Aoki (con aire solemne): Este es el mensaje que me ha dado sensei Megumi para usted. Ella me ha dicho que entendería. "El hijo de Dios ha vuelto – me ha dicho – y necesita tu ayuda. Marcha donde las rocas vierten su canto y tus recuerdos se unirán a su agradecimiento". Por supuesto todo esto no significa nada para mí – ofreciéndole una sonrisa ingenua – Espero que usted lo tenga más claro.
Kenshin quedó tan sorprendido, que por un momento no pudo siquiera articular palabra.
Kenshin (pensando): El hijo de Dios ha vuelto……. ¡Shougo está en Japón!. ¡Es increíble!. ¿Qué le habrá traído aquí, desafiando la ira del Gobierno?. ¿Y cuál será ese problema tan grave por el que Megumi ha sido capaz de arriesgar la vida de un niño para hacérmelo saber y solicitar mi ayuda?. ¡La roca que vierte su canto!. ¡No hay duda de que es el mismo Shougo quien ha dictado ese mensaje, pues sólo él conoce la historia!.
Flashback.
Shougo se debatía, inquieto, contra las ataduras que inmovilizaban sus manos. El olor rancio de la celda mal ventilada en que lo habían confinado le recordaba las innumerables cuevas que habían marcado su niñez, cuando los cristianos dependían totalmente de ellas para realizar sus rituales de fe, bajo la amenaza de muerte de los sicarios del Gobierno, ansiosos de sangre, que habrían disfrutado sobremanera si los hubiesen descubierto. Nada pudo hacer para liberarse, y finalmente se abandonó encima del andrajoso catre, único mueble en la pequeñísima habitación.
Inesperadamente, un policía abrió la celda, y con una mirada de profundo desprecio hacia él, dejó pasar a una persona, que le dirigió la última sonrisa que vería en las pocas horas que permanecería todavía con vida.
Policía (con una sonrisa desdeñosa): Tienes una visita, perro. Si de mí dependiera, morirías en este mismo momento, de la forma más atroz que pudiera imaginar.
Visita (con una sonrisa amable que contenía una velada advertencia): Pero no depende de usted. ¿Verdad, oficial?.
El policía se retiró, asustado, pero lo disimuló pagando su frustración con el que otrora fuera considerado Hijo de Dios.
Policía (furioso): ¡Media hora, Mutoh!. ¡No lo olvides!. ¡O yo me encargaré de que lo recuerdes toda tu corta vida!.
Shougo (agradecido por ver a su amigo): ¿Qué haces aquí, Himura?. ¡Estás arriesgando tu vida!. ¡Van a acabar conmigo y con todo lo que represento!.
Kenshin (sonriendo): No, amigo mío. El Dr. Eltsen y yo hemos conseguido que te perdonen la vida. Eso sí, deberás pagar un alto precio, algo que muchas personas no serían capaces de soportar, pero sé que tú lo harás por el bien de tu gente, sobre todo de tu hermana Sayo.
Shougo (al borde de la impaciencia): ¡Acaba ya, maldita sea!. ¡Ya tenía asumida mi muerte!. ¿Qué puede ser peor que eso?.
Kenshin (apesadumbrado): Quizá el destierro……
Shougo (intentando asimilar sus palabras, inmensamente sorprendido): El destierro…… Tienes razón, Himura, el destierro es peor que muchas muertes.
Kenshin: Tu vida es demasiado valiosa para todos aquellos que te quieren, como para sacrificarla tan pronto. Debes seguir luchando por lo que crees, amigo, ya no por la fuerza, sino a través de la razón. Ríndete hoy para poder seguir luchando mañana, y algún día conseguirás regresar, todos lo conseguiréis. – Continuando con una profunda tristeza.- Tus seguidores, así como tu hermana Sayo y Shouzo, deberán acompañarte.
Shougo (llorando por primera vez en muchos años): ¿Qué he hecho, Kenshin?. ¡Mi soberbia les ha llevado a todos al destierro!. ¡Lo que me pase a mí no tiene importancia!, pero, ¿y ellos?. ¿Por qué deben pagar ellos todos mis errores?. ¿Dónde está la justicia de este país?.
Kenshin (apesadumbrado): No están pagando por tus errores, sino por su fe. Llegará el día en que cada persona podrá creer libremente en aquello que desee, sin temer persecución alguna ni muerte por ello, pero este no es el momento. El Gobierno os teme, siempre lo ha hecho, no por el número que sois ahora, sino porque la belleza de vuestras palabras y vuestras creencias podrían atraer en un futuro a mucha gente, lo que sería una amenaza a su poder. No te culpes también por ello.
Shougo (tras reflexionar unos momentos): Hazme un favor, Himura.
Kenshin (sonriendo de nuevo): Lo que desees.
Shougo: Háblame de la belleza de Japón, de todo aquello que jamás volveré a ver, de mi querida patria.
Kenshin quedó sorprendido, pues no esperaba aquella petición. Reflexionó un momento, y mirándolo fijamente comenzó a hablar.
Kenshin: Hay un lugar en este país, de una belleza tal que tan sólo es comparable al paraíso que disfrutan los dioses. Al noroeste de Kioto, tras unos cuatro días de camino a pie, existe un bosque de frondosos árboles y caudalosos ríos. Una perfecta armonía se respira en cada uno de sus rincones, haciendo soñar con innumerables maravillas al extenuado viajero que se detiene a descansar en él. En su mismo centro, existe una pequeña cascada que discurre entre dos grandes rocas, y allí donde el viento se une con el agua, a su paso entre ellas, los corazones puros, capaces de disfrutar de la paz y de no llevar consigo malos sentimientos ni rencores, pueden escuchar una bella canción, que reconforta su alma y expulsa su soledad, que embriaga todos sus sentidos, y les hace desear no abandonarlo jamás.
Shougo (maravillado): ¿En verdad existe ese lugar?.
Kenshin (sonriendo nostálgico): En verdad existe, amigo mío. Yo estuve allí de niño con mis padres, antes de su muerte. Y llegará el día en que tú y yo conseguiremos la paz que ansían nuestros corazones e iremos a visitarlo, capaces de disfrutar de aquella canción, capaces de volver a vivir de nuevo. No te rindas jamás, amigo mío, vive para acompañarme algún día. Prométemelo.
Shougo (emocionado): Te lo prometo, por mi honor.
Ambos samurais se estrecharon las manos, sellando un pacto de amistad más allá de la distancia, de la vida o la muerte, un pacto atemporal que viviría por siempre.
Unos pasos resonaron a través del pasillo, devolviéndoles a la realidad del mugroso cuarto en que se encontraban, y los gritos del policía esta vez les arrancaron una sonrisa, pues sus corazones habían sido reconfortados por su creciente vínculo.
Policía (enfadado, como siempre): ¡Es la hora!. ¡Tú, el pelirrojo!. ¡Fuera de aquí!. ¡No creas que por ser amiguito del medicucho ese te voy a tratar mejor que al pordiosero este que tengo que custodiar!.
Kenshin (mirando a los ojos de su amigo): Volveremos a vernos, lo sé.
Shougo (ofreciéndole una sonrisa esta vez): Yo también lo sé, amigo, volveremos a vernos.
Kenshin salió de la celda y el policía se aprestó a cerrarla de nuevo, temiendo en su fuero interno la fuga de uno de los samurais más legendarios del Japón de todos los tiempos. Shougo se sentó nuevamente en el catre, y sonrió sin poder evitarlo, al escuchar de forma tenue una frase al final del corredor.
Kenshin : ¿Le he hablado alguna vez de mi amigo, el teniente Goro Fujita?
Fin del flashback.
Cuando volvieron al lado de los demás compañeros, Kenshin ya había tomado una decisión. Debía ir en busca de Shougo para prestarle su ayuda, fuera cual fuera su problema. Por el momento, Saito y los demás se bastarían para seguir adelante perfectamente sin él, y volvería lo más pronto que le fuera posible, a tiempo para la batalla que seguramente se desencadenaría en cuanto el Gobierno desplegara su capacidad bélica para defender Tokyo y cercar Kioto, aunque lo harían lo más disimuladamente posible para no alertar a la población, al menos hasta que fuera evidente que el enemigo estaba dispuesto a entablar la lucha.
Sano (mirando a Aoki con sorna): A ver. ¿Qué era eso tan importante que debía comunicarte el gran hombre?.
Kenshin (dirigiéndose a todos ellos con determinación): Gomen nasai, pero no puedo haceros partícipes de ello. Debo partir esta misma noche, hay un asunto muy importante que me reclama. Estaré de vuelta lo antes posible.
Saito: ¡Himura!. ¿Estás loco?. Ahora es cuando el asunto se está volviendo interesante, y presagia crudos enfrentamientos.
Kenshin (intentando hacerse comprender, cosa muy difícil si no daba una explicación de sus actos): Alguien muy importante necesita mi ayuda, y estoy obligado a corresponderle por mi honor y mi amistad hacia él. De veras lo siento, pero debo ir. Ahora no puedo explicaros nada más, pero ruego a cada uno de vosotros que confíe en mí. Os prometo que estaré en Kioto cuando me necesitéis.
Misao (con cara incrédula): ¿Ese alguien es más importante que tu país y que nosotros, tus amigos?.
Kenshin: Os ruego que no saquéis esto de contexto, por favor. Este asunto no tiene nada que ver con vosotros, aunque sí de forma indirecta con la situación que está viviendo nuestro país.
Saito (furioso por no poder convencer al samurai para que permanezca con ellos): ¿Acaso piensas traicionarnos, Himura?. ¿Es eso lo que vas a hacer?.
Kaoru (perdiendo los nervios por un momento, presa de una gran desesperación por su inesperada y extraña marcha): Te vas con Megumi, ¿no es así?. Sabía que pasaría esto tarde o temprano. Esa mujer es muy lista y sabe cómo conquistar a un ingenuo como tú.
Los demás quedaron asombrados por las palabras que acababan de pronunciar Saito y Kaoru. Jamás podrían imaginar a Kenshin haciendo ninguna de las dos cosas que ellos le atribuían.
Kenshin (mirando a Kaoru con profunda tristeza y luego desviando su mirada hacia los demás): Os ruego de nuevo que confiéis en mí. Si pudiera, os contaría a dónde voy y para qué, pero me es imposible, además de que ni yo mismo lo sé con certeza. Pero de todos modos, sois libres de pensar lo que queráis. Mi promesa sigue en pie, lo antes posible estaré en Kioto para daros mi ayuda, si entonces todavía la aceptáis. – Acercándose a Aoshi y mirándole seriamente a los ojos. – Aoshi-san, te confío la custodia de Yahiko, te ruego que veles por él mientras yo me encuentro fuera. Sé que en tus manos estará seguro. – Dicho esto, se aleja hacia Yahiko y le revuelve el pelo con una sonrisa cariñosa.
Kaoru quedó muy afectada, pues no la había nombrado en ningún momento de aquella conversación. Se giró lentamente y se retiró hacia los árboles, donde se sentó apoyada en uno de ellos mirando al vacío. Kenshin deseó seguirla con todas sus fuerzas, consolarla y asegurarle que volvería a su lado, que seguía siendo la única reina de su corazón…… Pero no pudo. Algo dentro de él estaba roto, un dolor demasiado fuerte azotaba su alma, un dolor que debía analizar. Necesitaba pensar a solas. Con profunda tristeza debió aceptar que en estos momentos no era capaz de ofrecerle nada de lo que ella anhelaba.
Aoshi (decidido): Se hará como deseas, Himura-san, yo siempre confiaré en tu palabra.
Sano (exaltado): ¡Yo te acompaño a donde quiera que vayas!. ¡No creas que me dejarás fuera, como has intentado hacerlo con este asunto!. ¡No te desharás de mí, quieras o no!. Siempre te he acompañado, ¿por qué ahora debería ser diferente?.
Kenshin (acercándose a él y estrechándole la mano con una sonrisa afectiva): Ahora más que nunca desearía que me acompañaras, Sano. Si supieras……..
Sano: ¡Baka!. ¡Pues cuéntamelo y te seguiré al fin del mundo, si hace falta!.
Kenshin: Eso no es posible, no me hagas las cosas más difíciles y acéptalo. – Les dirigió a todos una última mirada y después desapareció entre los árboles.- Hasta muy pronto, amigos.
Todos quedaron atónitos y desconcertados. No había pasado ni media hora desde que Aoki había aparecido en sus vidas, y ya Kenshin se había marchado a donde Kamisama había perdido la túnica, o sea, quién sabe a dónde. Tomaron unos momentos para reflexionar. Ninguno de ellos quería ser el primero en expresar sus opiniones, temeroso de lo que pudieran estar pensando los demás. La confianza que todos ellos habían depositado en Kenshin, cada uno por sus propios motivos, era incuestionable, pero la situación era demasiado extraña como para poderla asimilar tan fácilmente.
Soujiro (al cabo de unos cuantos minutos de intenso silencio por parte de todos): Ahora más que nunca debemos llegar a Kioto lo antes posible. ¿No queremos respuestas?. – mirándolos con decisión -. Muy bien, Megumi-san nos las dará. – Dirigiéndose a Aoki escrutador -. ¿No has dicho que venías de su parte?.
Aoki (aparentando un valor que no sentía): Sí, es ella quien me envía, pero no os contará nada, ni yo tampoco, aunque me abandonéis aquí o me matéis.
Saito (acercándose a él con cara sádica): ¿De veras piensas eso, chico?.
Aoshi (cansado ya del asunto): Saito, haz el favor de dejarlo en paz, y olvidémonos de esto, por lo menos hasta llegar a Kioto y hablar con Megumi, como ha indicado Soujiro sabiamente. – Dicho esto, dio media vuelta y se alejó en busca de Kaoru, quien, mecánicamente, había comenzado a disponer todo lo necesario para la cena de esa noche.
Kenshin se recostó por un momento en una gran piedra llena de musgo que se apoyaba pesadamente en la orilla del río. Por primera vez en los cinco días que llevaba de marcha prácticamente ininterrumpida, se detuvo a mirar el paisaje que le envolvía. Frente a él se encontraba un pequeño río de aguas cristalinas, que discurría por entre un frondoso bosque de altos y añejos árboles, que tan sólo dejaban pasar pequeños rayos de sol aquí y allá, suficientes para disipar la triste penumbra que la maraña de hojas se empeñaba en imponer sobre su cabeza. Miró hacia el norte, remontando el curso del río. Una hora. Tan sólo una hora más y llegaría al lugar que muchas noches había ocupado sus sueños, aquellos sueños que le devolvían la esperanza cuando eran capaces de imponerse sobre Battousai, único soberano todavía en el reino de sus pesadillas nocturnas.
Tomó aliento para recuperar fuerzas, y continuó corriendo hacia el nacimiento de aquel pequeño río, donde supuestamente encontraría al que en otro tiempo fuera su más poderoso adversario, convertido ahora en uno de sus mejores amigos.
Al llegar a su destino encontró el lugar desierto. Ninguna persona lo estaba esperando, pero inmediatamente supo que esta afirmación tan sólo era pura apariencia. Sus sentidos lo alertaron de la presencia de no una persona, como él esperaba, sino de un número de ellas no inferior a veinte, y todos ellos con no muy buenas intenciones. El aire estaba cargado de vibraciones negativas que le forzaron a adoptar instintivamente una postura defensiva.
Como había previsto, de entre los árboles surgieron numerosas figuras que se abalanzaron hacia él a gran velocidad, lanzando gritos de batalla que rompieron la paz que emanaba de aquel lugar. Sin duda lo estaban esperando, o quizá a la persona que lo había citado allí. El asunto se complicaba por momentos, y todas sus preguntas tan sólo eran respondidas con otras nuevas. Suspirando con resignación, Kenshin se lanzó hacia ellos del mismo modo. Cuando estuvo a escasos metros de sus oponentes, se detuvo de forma repentina, y acompañando sus actos con un grito, ejecutó su Do Ryu Sen.
La combinación de viento y temblor de tierra que generó, lanzó hacia atrás a uno de sus oponentes que marchaba en primera fila, haciéndolo chocar con el que le seguía inmediatamente detrás. Ambos cayeron al suelo aturdidos, pero todavía quedaban en pie muchos otros, que al ver lo que había sucedido, rodearon al samurai por todos lados, estudiándolo con cautela para obtener una brecha en su defensa y poderle atacar. A pesar de que le superaban en número más de veinte veces, todos ellos apreciaban demasiado sus vidas como para apostarlas irreflexivamente contra aquella persona que había demostrado su maestría con la espada de una forma tan efectiva.
Kenshin giraba sobre sí mismo, amenazante. Sabía que la tregua duraría muy poco tiempo, y aunque su destreza le llevaría a derribar a muchos de ellos antes de ser detenido, sabía que posiblemente alguno de los que quedasen en pie acabaría derribándolo, pues eran demasiados, aun para aquél que había dado nombre a la más sangrienta leyenda de la época Bakumatsu del Japón.
No deseaba morir, no ahora que había encontrado el amor, y que tenía pendiente una decisión tan importante para su futuro. Una poderosa rabia alimentada por la frustración se apoderó de él poco a poco, y decidió darlo todo en aquél combate. "Matar o morir", pensó, y con un grito desgarrado los provocó para que comenzasen la lucha de una vez.
Pero algo no funcionó como él esperaba. Sus adversarios habían vuelto la mirada hacia las alturas, de donde repentinamente se dejó caer en medio de todos ellos, y al lado de Kenshin, un nuevo personaje que los dejó a todos sorprendidos, incluso al experimentado samurai. Esta persona se situó espalda contra espalda con Kenshin, y junto a él se preparó para afrontar a todos aquellos cobardes sin honor que se escudaban en su gran ventaja numérica para decidir a su favor una batalla que de ningún otro modo podrían ganar.
Kenshin (prácticamente sin palabras): ¿Orooooooo?.
Shougo (riendo divertido): Himura, no cambiarás nunca. ¿Por qué tienes la fea costumbre de querer sólo para ti todo el protagonismo?. ¡Me alegro mucho de verte nuevamente!.
Kenshin (con una sarcástica sonrisa hacia sus adversarios): Y yo creo que jamás me he alegrado tanto de verte como ahora. Me da gusto verte de nuevo en nuestro país.
Shougo (haciendo una mueca ofensiva a sus adversarios): Nunca me marché.
Kenshin no pudo responder a eso, pues sus atacantes se abalanzaron sobre ellos con renovada furia, para terminar el combate lo antes posible, sin darles tiempo a trazar ninguna estrategia que, a pesar de su reducido número, pudiera darles la victoria. Ambos samurais se concentraron en la lucha, dejando todas las preguntas y explicaciones para después.
Kenshin (entregado a la lucha): ¡Riu Tsui Sen!.
Shougo (con determinación): ¡Shin no Ippu!.
Entre los samurais y sus agresores se entabló una cruenta batalla, que tan sólo acabaría con la aplastante victoria de uno de los dos grupos, y quizá con la muerte del otro.
Que el camino venga a tu encuentro,
que el viento sople siempre a tus espaldas,
que el sol entibie tu rostro
que la lluvia caiga con suavidad sobre tus campos
y, hasta que volvamos a vernos,
que Dios te sostenga en la palma de su mano.
Antigua bendición irlandesa.
ACLARACIONES DE LA AUTORA
Habréis notado que el mapa de Japón que me sirve para reflejar todas estas estrategias, es actual. Lo siento en el alma, pero no he sido capaz de encontrar en Internet una página donde pudiera usar uno de aquella época. Espero que sabréis disculparme, y si alguien sabe de dónde puedo extraer esa información, le agradeceré que me lo comunique y rectificaré lo antes posible. (Aquí he podido colgar el mapa: quien lo quiera, que me deje un mensaje y se lo mando).
Finalmente no ha aparecido el personaje que os prometí, pero será uno de los protagonistas del próximo capítulo con toda seguridad. Palabra.
