La Forja Del Propio Destino
Capítulo 7:
" Ayudas inesperadas".
Espalda contra espalda, Shougo y Kenshin eran auténticos monstruos de la batalla. No debiendo preocuparse por sus respectivas retaguardias, ambos se concentraron en atacar tan sólo a los oponentes que se les enfrentaban directamente. Por su parte, los adversarios, habiendo descartado cogerles desprevenidos debido al nuevo cariz que había tomado la contienda, y no estando acostumbrados desde hace mucho tiempo a la lucha con genuinos maestros, perdieron la sangre fría, y uno tras otro, se lanzaban hacia ellos en un caótico desorden, lo que facilitaba sobremanera a los samurais el dejarlos fuera de combate sin tener que acabar con sus vidas.
Kenshin asestaba golpes con su espada a diestro y siniestro, no permitiendo jamás que ninguno de sus desgraciados contrincantes invadiera su espacio de lucha. Le era bastante fácil bloquear las estocadas de sus atacantes, aunque debió reconocer que tenían cierta experiencia en la lucha. Se fijó en ellos vagamente, pero en todos sus rasgos se mostraba con claridad uno común, la extrema juventud. Por ello, no pudiendo haber participado en la guerra del Bakumatsu, debían haberse entrenado en alguna escuela de las múltiples existentes en Japón especializadas en el dominio de las artes marciales.
Por su parte, Shougo era algo menos comedido. Es cierto que no estaba dispuesto a eliminar a ninguno de ellos, si podía evitarlo, pero no se limitó a golpearles y dejarles inconscientes, como hacía su compañero, sino que su espada, no poseyendo el filo invertido al igual que la de Kenshin, al entrar en contacto con cualquier parte de sus cuerpos a donde su dueño la dirigía, les infligía cortes de diversa consideración, aunque ninguno de ellos grave, pues el maestro samurai era capaz de controlar perfectamente su fuerza destructora, y hacía mucho que había decidido no segar ninguna vida nuevamente.
En poco más de diez minutos, los dos expertos samurais dejaron fuera de combate a todos sus oponentes. Capacitados ya para actuar con libertad, los dos amigos quedaron frente a frente, observándose con curiosidad. Ambos estaban despeinados, con sus ropas sucias y arrugadas, y no pudiendo evitar la penosa imagen que ofrecían la primera vez que se encontraban después de tanto tiempo separados, estallaron en carcajadas, abrazándose finalmente con afecto.
Kenshin (separándose de Shougo y mirándole con profunda tristeza y agradecimiento): No puedes imaginar cuánto agradezco tu aparición, llegaste en el mejor momento, pues me sentía acorralado y habría matado de nuevo, lo tenía decidido.
Shougo (muy impresionado, pero retomando su habitual compostura): Marchémonos de aquí, Kenshin. No sé quiénes son estos hombres, pero intuyo que están relacionados de algún modo con el asunto por el que te he hecho venir de forma tan precipitada. – Sorprendido de pronto – Ahora que lo pienso. ¿Dónde está Shouzo?. ¿No ha venido contigo?.
Kenshin (con un ademán tranquilizador): Shouzo se está recuperando de sus heridas en casa de Megumi-dono, una doctora amiga mía. – Shougo le miró alarmado, pero Kenshin no le dio tiempo a preguntar – Está bien, por lo que sé. No he podido verle. Su mensaje me fue entregado por otra persona, pero según me ha contado esta persona, su vida no corre peligro, aunque debo admitir que su estado era lamentable cuando lo encontraron por casualidad tirado en un bosque de las afueras de Kioto. Al parecer, fue atacado por alguien que no deseaba que llegase a su destino. No sé, Shougo, pero tengo la corazonada de que todo esto que ha pasado no es ajeno a la actual situación de inestabilidad y crispación por la que está atravesando Japón.
Shougo (tratando de asimilar todas las palabras de Kenshin, sin mucho éxito): ¿Qué me estás contando?. ¿También hay problemas a nivel nacional?. ¿Qué tipo de problemas?. ¿Y qué puede tener que ver ese asunto con el hecho de nuestra permanencia en el país, si teóricamente nadie está enterado de ella?.
Kenshin (paciente, enfundando su sokabatou y quedando a la espera de las instrucciones de su amigo): Como tú dices, marchemos de este lugar. Puede que alguien de su grupo nos esté espiando. Por el camino a donde quiera que me lleves, intentaré ponerte en antecedentes de toda la historia, pero te advierto que es bastante larga y complicada.
Los dos samurais caminaron ininterrumpidamente alrededor de veinte minutos atravesando el bosque. Shougo no usó sendas anteriormente establecidas en ningún momento, evitando en todo lo posible alejarse de la espesa vegetación, y aguzando sus sentidos para detectar el menor ruido que delatara la presencia de personas ajenas a ellos. Había conseguido contagiar a Kenshin su cautela, por lo que este le seguía actuando del mismo modo, hasta que finalmente llegaron al linde de un claro situado en medio del bosque.
Shougo había detenido sus pasos, y observaba a Kenshin visiblemente interesado en su reacción al ver lo que se mostraba ante sus ojos. Como esperaba, su compañero sintió una gran sorpresa que le dejó sin habla por unos instantes. Ante él tenía toda una aldea, construida de la nada, no exactamente así, sino con los troncos de los árboles que habían sido usados para despejar el claro en el que se asentaba. Kenshin calculó que alrededor de veinte casas componían el cuerpo principal de dicha colonia, formada además por un gran depósito de agua y una empalizada rodeando todas las edificaciones. Finalmente Kenshin volvió su vista hacia el cristiano, mezcla de admiración y persistente sorpresa, a lo que Shougo le mostró una sonrisa orgullosa.
Shougo (trazando un semicírculo ante él con su mano izquierda para abarcar todo el claro): Esto es lo que he estado haciendo durante todo este tiempo en el que todos me suponían fuera de Japón. – Comenzando a caminar hacia la empalizada decididamente – Entremos, amigo, creo que hay dentro unas cuantas personas que se alegrarán mucho de verte.
Kenshin le siguió en silencio, consciente de lo importante que era para su amigo el lugar en donde estaban a punto de penetrar.
Por fin los compañeros habían llegado a su destino, Kioto, ya estrada la noche. Aoshi y Misao se encargaron de alojar a todos ellos en el Aoiya. Okina y los demás no esperaban invitados, pero en cuanto se enteraron de que los dos ninjas habían regresado acompañados de sus buenos amigos de Tokyo, insistieron en que se quedaran con ellos, uniendo sus palabras de prontas acciones, al disponer tres habitaciones para los invitados. Ofrecieron una a Kaoru, al tiempo que se extrañaban por la ausencia de Kenshin, a lo que Aoshi sacó a la chica del problema, diciéndoles que más tarde les explicaría las nuevas circunstancias que definían toda la historia. Las otras dos habitaciones fueron otorgadas, una a Sano y Yahiko, y la otra a Soujiro, aunque esta última con ciertas miradas reticentes, pues aunque no fue él físicamente quien había destruido el Aoiya durante la batalla contra los diez espadas de Shishio, no podían olvidar que sí había formado parte de ellos en aquellos tiempos.
También invitaron a Saito a compartir su cena, pero él insistió en marchar inmediatamente a la comisaría para hablar con Cho y sus superiores sobre los extraños sucesos de los últimos días. Además, secretamente deseaba más que nada en el mundo regresar al lado de su esposa y sentir su calor, aunque seguramente también tendría que soportar todas sus protestas por haber estado fuera mucho más tiempo del que le había prometido. Pero valía la pena, sí, la valía, una y mil veces.
El policía encendió un pitillo mientras caminaba sin prisa, pero sin pausa, hacia la comisaría, respirando de nuevo el aire de Kioto, su casa desde hacía más tiempo del que deseaba recordar. Muy pocas personas se cruzaron en su camino, pues la mayoría de la gente se encontraba ya durmiendo, intentando descansar unas cuantas horas antes de reemprender sus trabajos cotidianos. "Sí, - pensó el miburo para sus adentros de forma satisfecha – todavía no se han extendido a esta ciudad los rumores de una nueva guerra. No sé cuánto durará todavía esta paz, pero disfrutémosla mientras podamos":
Siguió caminando distraídamente, hasta que alguien frente a él se cuadró al verle aparecer, lo que le hizo darse cuenta de que había llegado a la comisaría de policía. Saludó al policía de guardia sin ningún tipo de protocolo y se introdujo en el edificio, dirigiéndose directamente a la oficina de Cho, a sabiendas de que, a pesar de lo intempestivo del momento, su subordinado todavía permanecería por allí, controlando que no hubiera ningún problema. Era increíble la responsabilidad y seriedad con que había tomado Cho su cargo, posiblemente era el único de los diez espadas "rehabilitados" para el Gobierno que hacía su trabajo de corazón, a pesar de todos sus intentos por disimularlo.
Jefe de policía (acercándose a él con semblante enfadado, aunque visiblemente aliviado por su presencia): ¡Fujita!. ¡Ya era hora de que llegaras!. Tenemos aquí un preso que te sorprenderá. Él mismo vino aquí para entregarse, pero insiste en que será solo contigo con quien hable. – Con un ademán despectivo. – Tiene muchas cosas que confesar sobre sus contactos con la mafia china y el tráfico de todo tipo que viene realizando durante años con ese país, nos ha llevado de cabeza durante mucho tiempo. Sé que no le sacaremos nada si él no quiere, aunque le torturemos hasta morir, así que ve con él y consigue toda la información que puedas, aunque creo que hay algo más. No puedo creer que no nos pida nada a cambio de toda esa información. ¡Condenado Yukishiro!. ¡Nunca ha sido una persona común y nunca lo será!.
Saito (totalmente sorprendido): ¿Yukishiro?. ¿Yukishiro Enishi?.
Jefe (con semblante preocupado): El mismo. Así he reaccionado yo la primera vez que le he visto y me ha confesado quién era. Ve con él, vamos.
En cuanto su jefe se hubo marchado, Saito caminó rápidamente hacia los calabozos. Realmente no comprendía el porqué del comportamiento de aquel condenado chiquillo que había llevado a la policía por la calle de la amargura durante varios años. Probablemente era el japonés mejor relacionado con la mafia china, tenía una mente brillante, prueba de ello era el excelente barco que había fabricado para Shishio, el Rengoku, imponente en todos los sentidos aunque malogrado finalmente. Y no podía olvidar el drama que les hizo pasar con el aparente asesinato de Kaoru, aunque fue Kenshin quién más sufrió ese asunto. Kenshin, otro tipo muy particular, iba pensando.
Enseguida se personó en la celda que habían asignado a tan peligroso sujeto. Lo encontró sentado en el catre, con la mirada fija en la pared. Su vestimenta era muy parecida a la que le había visto llevar en su pelea con Kenshin, aunque no portaba esos pesados y horrendos brazaletes que en aquél momento tanto habían llamado su atención. Parecía pensativo, y el policía creyó que no había notado su presencia, craso error que muy pronto el otro se encargó de hacerle notar.
Enishi (volviendo su vista lentamente hacia Saito y sonriéndole sarcásticamente): Entra, Hajime, no te prives, la puerta está abierta.
Saito comprobó no muy sorprendido que, efectivamente, la puerta que se suponía debía impedirle escapar de la celda, estaba sin el cerrojo. Miró a Enishi devolviéndole la misma sonrisa sarcástica que el otro le había ofrecido y pasó dentro. Se recostó en una de las paredes, y sin dejar de mirar al supuesto reo, esperó a que fuera el otro quien comenzara la conversación.
Enishi (dándose cuenta de la estrategia de su interlocutor): Estos pobres tontos pensaron que realmente podrían encerrarme contra mi voluntad, pero tú no lo has pensado ni por un momento, incluso antes de encontrarte conmigo. ¿Me equivoco?.
Saito (ignorando la pregunta del otro y formulando la suya propia): ¿Por qué?.
Enishi (visiblemente satisfecho por la expectación que había creado): ¿Por qué?. – Adoptando un semblante serio y ceremonial.- Sí, Saito. ¿Por qué?. Fácil. Quiero unirme a vosotros para luchar contra Mamoru.
Saito (sin entender nada): ¿Mamoru?. ¿Quién demonios es?.
Enishi (ahora era su turno para sorprenderse): ¿Cómo?. ¿Pensáis luchar contra él y no sabéis a quién os estáis enfrentando?. Mamoru es el cerdo que está a punto de conseguir el control de Japón como no hagáis algo pronto para evitarlo, más efectivo que el pequeño jueguecito que montasteis en Tokyo.
Saito (dejando salir toda su frustración por toda la información de que disponía el otro): ¿Cómo demonios sabes eso?. – Acercándose a Enishi y cogiéndole fuertemente por el chaleco - ¿Qué más sabes, condenado demonio?. ¿Te ha mandado ese sujeto?. ¡Habla!. ¡Ahora!.
Enishi se zafó hábilmente del agarrón de su atacante, a la vez que le propinó un fuerte puñetazo en el estómago que le dejó sin respiración por unos momentos, eternos para el policía. Saito se dobló sobre sí mismo, tosiendo y jadeando, para finalmente sentarse a un lado del catre y recuperar poco a poco su ritmo cardíaco normal. El joven de pelo plateado continuó sentado sin demostrar violencia alguna, hasta que el miburo estuvo de nuevo en condiciones de continuar su conversación.
Enishi (en tono pausado, como si estuviera hablándole a un niño con dificultades para comprender): No he venido buscando pelea, Saito. Si la quisiera, te habría matado en cualquier momento y lugar, y tú lo sabes. Como te he dicho, quiero ayudaros a evitar otra guerra.
Saito (mostrando un profundo rencor hacia su atacante): ¿Tú a mí?. Donde quieras y cuando quieras. Necesitas que alguien te baje los humos. – Calmándose un poco, pero sin perder la desconfianza -. ¿Y por qué deberías ayudarnos precisamente tú, que tan poco aprecias a la autoridad, sea cual sea y venga de donde venga?.
Enishi (recuperando su seria apariencia): Himura.
Saito (presagiando un nuevo encuentro de estos dos, quizá esta vez con fatales consecuencias para alguien más que ellos mismos): ¡Himura, no!. ¿De nuevo quieres vengarte de él?. ¿Por qué no os matáis de una vez y dejáis al país en paz?.
Enishi (aún más serio, si cabe): No me entendiste. Quiero ayudar a Himura, no matarlo.
Saito (mirándolo como si jamás en su vida hubiese comprendido nada de lo que sucedía a su alrededor): Primero aparece un loco de no se sabe dónde que quiere dominar Japón, luego Himura se esfuma sin decir a dónde va ni qué va a hacer allí, y ahora su peor enemigo quiere aliarse con él para destruir al loco peligroso. – Moviendo la cabeza a un lado y a otro, resignado. – Definitivamente, las cosas ya no son lo que eran. No sé si debo unirme a esta locura o fingir que mañana despertaré de un mal sueño y que nada habrá cambiado en este condenado país. – Mirando nuevamente a Enishi.- Como he dicho, Himura se ha marchado, dice que a resolver un asunto personal que le tendrá alejado de Kioto unos pocos días. Te pondré en contacto con él en cuanto ese maldito excéntrico venga, pero hasta entonces, ¿podrías ponernos en antecedentes sobre todo lo que sabes de ese tal Mamoru?.
Enishi sopesó la petición del policía, y tras unos momentos de reflexión, asintió con la cabeza.
Enishi: De acuerdo. Pero consigue mi libertad. No me importa cómo lo hagas, pero quiero lejos de mí todos los cargos que pesaban en mi contra hasta ahora. No me apetece ir por ahí siendo interrumpido al dos por tres por ingenuos policías dispuestos a intentar detenerme.Tendrás toda la información de que dispongo sobre Mamoru, sus tropas y todos sus planes y movimientos.
Saito (decidido): Vete a dormir donde quiera que vivas, que mañana nadie en este país podrá ponerte legalmente una mano encima, déjalo de mi cuenta. Pero te quiero aquí a primera hora para comenzar con tus explicaciones. Ese sujeto nos está dando demasiados quebraderos de cabeza, y si como dices, dispone de tropas, los problemas no han hecho más que comenzar. Debemos estar preparados para detenerle, o pararle los pies usando tu información antes de que ataque, suponiendo que sea realmente tan buena como tú alardeas.
Enishi (con una media sonrisa complacida, nada acorde con el fuego de sus ojos): Mañana. Aquí estaré.
Ambos hombres salieron de la celda que había albergado toda su charla. Caminaron hacia la salida de la comisaría en silencio, sin hacer el menor caso de las miradas sorprendidas de todos los policías que se encontraban a su paso. Poco antes de traspasar la puerta, el Jefe de Policía se acercó a ellos corriendo, sin parar de gritar y hacer aspavientos.
Jefe: ¿Qué crees que estás haciendo, Fujita?.
Saito (mirando a su Jefe con una velada amenaza, aunque hablándole con conciliadoras palabras): El señor Yukishiro debe descansar, y yo también. Mañana usted recibirá más información de la que será capaz de asimilar, se lo prometo, a cambio de retirar todos los cargos contra él. ¿Confía en mí, señor comisario?.
Estas últimas palabras fueron el arma definitiva para convencer al Jefe de Policía de dejar hacer al miburo lo que se proponía. Había demostrado su valía y fidelidad a la policía total e incondicionalmente en muchísimas ocasiones, arriesgando su vida sin pedir nada a cambio. Su intuición solía ser certera en la mayoría de los casos, por lo que el Jefe no hizo más preguntas, mirando fijamente a su subordinado, antes de concluir con estas palabras:
Jefe: Muy bien. Voy a solucionar el asunto de su ficha policial, pero tú te haces responsable de él y de todo lo que pase en este asunto. ¿Me has entendido bien?.
Saito (mostrando su agradecimiento con un gruñido): Alto y claro. Hasta mañana entonces, comisario.
Kaoru caminaba de lado a lado de su habitación mecánicamente, como si fuera sólo su cuerpo quien estaba presente en aquella cámara, pero lo cierto es que su mente estaba sumida en un inmenso caos de emociones que no podía contener. Kenshin se había marchado de una forma extraña, sin dar explicaciones, y era precisamente esto lo que le daba la absoluta certeza de que no se había ido en pos de una mujer. Él no era un hombre que evadía sus responsabilidades, y mentir tampoco formaba parte de su forma de ser.
Realmente debía ser algo importante el asunto que le había llevado lejos de sus amigos y compañeros, y más ahora que se presagiaba una nueva batalla, quizá otra guerra civil que derramaría de nuevo la sangre japonesa, tan sacrificada ya. Y ella, en vez de darle su apoyo, le había creado más problemas, como era su costumbre, a pesar de desear todo lo contrario en lo más profundo de su ser.
Debía darle tiempo para reflexionar, y lo sabía. Ella se moría por estar a su lado, por que todo fuera exactamente igual a los momentos vividos antes del maldito incidente con Watashi, pues tan sólo había resultado eso, un maldito y desafortunado error, y Kenshin debía comprenderlo así. Pero no podía forzarle a pensar como ella, debía respetar el orden lógico de los acontecimientos, y el siguiente paso en esta situación que debía estar atravesando el samurai era un mar de confusión, de duda. ¿A quiénes debía creer, a sus sentimientos o a sus sentidos, que tanto dolor le habían causado?. Tan sólo él podía dar respuesta a esta pregunta, y era solamente un sentimiento el que finalmente la solucionaría, la solidez de su amor hacia ella. Kenshin estaba atravesando la prueba más dura para su amor, la que dejaría clara de una vez por todas la fuerza de los lazos que lo unían a la que era su mujer.
"Sí, pensaba Kaoru, quizá haya sido para bien que Kenshin se haya separado de nosotros por un tiempo, pues, a pesar de que sabía que él necesitaba la soledad para la reflexión, no me habría creído capaz de respetarla, y no pudiendo acelerar el tiempo para conseguir un desenlace, fuese el que fuese, habría empeorado la situación con mi habitual genio incontrolado."
Finalmente se introdujo en el futón. Quedó mirando fijamente la vela que alumbraba el cuarto, y unos breves instantes después apagó la llama y quedó presa de la insondable oscuridad que dominaba Kioto aquella noche. Hacía mucho tiempo que no rezaba, pero deseó hacerlo con todas sus fuerzas, esperando encontrar en la ayuda de Kamisama la serenidad que le faltaba. Todavía recordaba cómo hacerlo, pues sus padres siempre la habían educado en la práctica de su religión, y poco a poco, sumida su mente en una mezcla de rezos, recuerdos y deseos, se abandonó al sueño.
En otra casa de Kioto, no tan lejos del Aoiya como todos creían inconscientemente, un hombre desató toda la furia que estaba sintiendo dando un potente golpe en una exquisita mesa de despacho que tenía ante él. Estaba sentado en una butaca acorde con la ostentación de toda la habitación en la que se encontraba. Tres de las cuatro paredes de la cámara estaban ocultas totalmente tras sendas estanterías, todas ellas repletas de numerosos y variados libros. Un erudito pensador habría hallado el paraíso en aquel lugar, pues en él se podían encontrar las más famosas e importantes obras de la literatura mundial. Algunas delataban su origen vetusto a través de sus frágiles páginas, castigadas por el devenir de los innumerables años que habían contemplado en silencio, ofreciendo su particular tesoro. Otras aportaban su juventud y renovación a tan singular templo de la sabiduría, pero todas ellas constituían la vida misma, el inconmensurable valor de la sapiencia de los hombres, a través de su miserable historia humana.
Nada de esto importaba al iracundo sujeto que se agitaba tras la mesa, quien alzándose finalmente y girando sobre sí mismo, quedó de espaldas a los interlocutores que le acompañaban, mirando silenciosamente a través del gran ventanal que ocupaba la pared desnuda que completaba el cuarto. Por unos instantes que a los demás les parecieron eternos, la habitación quedó sumida en el más absoluto silencio.
Sin previo aviso, y tal como había dado la espalda a sus lugartenientes, Mamoru volvió a quedar de frente ante ellos, mirándoles con una furia que amenazaba con destruirlos con sólo desearlo.
Mamoru (mostrando una calma lejana al vendaval que delataban sus ojos): A ver si me entero. Himura, al que CREÍAIS camino de Kioto, ha humillado a mis hombres junto a Shougo, al que TAMBIÉN CREÍAIS desamparado y totalmente imposibilitado para conseguir ayuda, pues según CREÍAIS, Shouzo había muerto antes de conseguirla. Por si esto fuera poco, la sanguijuela de Enishi, más pesado y molesto que las moscas, ha sido visto en la comisaría del maldito lobo ese, lo que no presagia nada bueno para nosotros, sabiendo cuánto nos "aprecia" ese desgraciado. Y hablando del lobito. El maldito imbécil ha estado presionando al ministro de la guerra … ¡sí, no me miréis con esas caras de idiotas!, el mismo ministro de la guerra que yo, con tanto esfuerzo había conseguido dominar a mi antojo, infiltrando en el Gobierno de Japón a un hábil político que actuara como su consejero, claro, en mi beneficio, eliminando al anterior, ese viejo inútil, que a pesar de su invalidez seguía siendo el mayor y mejor estratega conocido. – Acercándose a ellos amenazando con golpearles, deteniéndose tras una breve reflexión que le había hecho cambiar de parecer, aunque sin haber remitido su furia ni un ápice – Decidme, par de inútiles. Dime tú, Hans, o tú Kuro, que tanto alardeáis de vuestra fuerza bruta, lo único que tenéis en la cabeza, al parecer. ¿Para qué me esfuerzo creando un plan prácticamente infalible si vosotros dos, hatajo de imbéciles, os empeñáis en destruirlo por todos los flancos una y otra vez?.
Hans (cansado del trato despreciativo del japonés): Mire, patrón. Yo he venido en representación de mi país para ayudarle a conseguir sus objetivos porque nos conviene, nunca lo olvide ni se engañe. Por supuesto que queremos que triunfe, pero cómo lo consiga es cosa suya, y si fracasa, yo me lavo las manos. Así de claro. Le ayudaré en todo lo que pueda, pero no me culpe de la ineptitud de sus hombres. Convinimos que yo me encargaría de dirigir a su ejército en la batalla y cuando lo haga, quedará absolutamente satisfecho con los resultados, se lo aseguro, pero no me incluya en sus historias, eso ni me interesa ni va conmigo.
Kuro (mirando al alemán con un profundo desprecio e ira a la vez, pero dirigiéndose a Mamoru): ¡Jamás conseguirá ganar una guerra con la ayuda de estos bárbaros albinos, ni de ningún extranjero que no sienta el orgullo de ser japonés, ni luche por sus creencias y su patria!. ¡Deshágase de ellos ahora que todavía puede, jefe, hágame caso, vuelva a sus orígenes de los que jamás debió salir!, ¡Y triunfemos juntos sobre todos esos vendidos que han traicionado a su patria!.
Hans lo agarró por el cuello de su ge y estuvo a punto de golpearle, pero fue detenido en el último instante por Mamoru, que siempre disfrutaba con el odio irreconciliable que se tenían esos dos, pero consciente de que ese mismo odio podía dar al traste con sus planes.
Mamoru (resignado a no obtener inteligencia de sus subordinados, y decidido a hacer el mejor uso posible de su fuerza): Una vez más, está visto que seré yo quien tenga que resolver todo este asunto. Hans, ha llegado el momento de dirigir a mi ejército, como tú bien dices. Pero el primer ataque no será contra el Gobierno Meiji, sino contra esas ratas molestas que ya no nos sirven para nada, los cristianos. Estuvo bien usarlos como peones en nuestro mayor arsenal de armas, ya que, al ser fugitivos, sus lenguas estaban atadas, y a pesar de no saber qué contenían las cajas que cargaban, otros podrían haber comentado la gran actividad que se desarrollaba en el almacén y haber despertado las suspicacias de la policía. Pero algunos descubrieron nuestras actividades, y al negarse a seguir trabajando por ir en contra de su religión y de su "país" aquello que estaban haciendo, hubo que eliminarlos. Pero con esto pusimos en alerta al maldito hijo de Dios, que no es tan imbécil como todos sus seguidores, y que no ha parado de molestar, intentando salir de su aislamiento en busca de ayuda. Tan sólo ha conseguido a Himura, espero, aunque no puedo estar seguro de si conoce alguien más su estancia en Japón, pero confiando en que no les conviene, supondré que no es así, por ahora. Ve con un destacamento de quinientos hombres y destrúyelos, no quiero que quede nada de ellos, ni sus desvencijadas casas, nada. Que nadie pueda saber jamás que nunca salieron del país. ¿Entendido?. Por supuesto, mata también al desgraciado de Battousai, que osó humillarme delante de la chica y que se ha atrevido a interferir en mis planes.
Hans (visiblemente complacido): Por fin hablamos la misma lengua, Mamoru.
Mamoru (dirigiéndose ahora a su otro subordinado): Y tú, Kuro, guárdate esas ansias combativas y dedícate a averiguar si los compañeros del asesino saben algo de la estancia de Shougo en Japón. – Ahora volviendo a hablar a los dos. – Del ministro de la guerra me encargo yo. Para cuando los dos hayáis vuelto de vuestras misiones, mis ejércitos estarán preparados para la batalla final, la más grande jamás vista en Japón, que convertirá en esclavos de Alemania a todos aquellos que no supieron tratar a su país ni a sus iguales con respeto y dignidad. Su tiempo ya pasó, para todos ellos, buenos o malos, justos o injustos … todos pagarán.
Kuro (pensando): Esto no me gusta nada, no es lo que quiero para mi patria. ¿Qué es lo que debo hacer?. Tengo que pensar, debo hacerlo.
Saludando marcialmente a su jefe, se alejó de la cámara con paso rápido, buscando la tranquilidad de algún lugar donde poder meditar la disyuntiva actual de su vida: traicionar a su jefe, el único que había osado enfrentarse contra ese gobierno corrupto, aunque por motivos erróneos, o seguir adelante con su plan, permitiendo que todo aquello en lo que siempre había creído y por lo que siempre había luchado se esfumara como el sueño que, al despertar, uno se da cuenta de que realmente nunca existió. Esto último era impensable, no lo podía permitir. Debía pensar detenidamente qué hacer, pensar …
Sayo y Setsuna se desvivían por complacer a Kenshin, ofreciéndole una copiosa cena y toda clase de atenciones, tratando de conseguir que su estancia en la aldea fuera lo más agradable posible. Shougo no había parado de hablarle sobre todo el esfuerzo que les había costado crear un nuevo lugar donde vivir al que poder llamar hogar, mostrando su orgullo por la fortaleza y unión que había sido la base de todos aquellos logros, quizá en los peores momentos por lo que la comunidad cristiana de Shimabara había atravesado. Intentó no abordar el gran problema que amenazaba la aldea durante toda la cena, tratando de conseguir un rato de armonía y paz para todos los presentes, hartos ya de tantas penas que días tras día oprimían sus corazones.
Shougo (con una sonrisa pícara y jovial): ¿Y tú, Himura?. ¿Ya has conquistado a la joven Kamiya o todavía sigues en la parra como siempre?. Estaba claro que te gusta, y ella estaba loquita por ti, supongo que tu característica ingenuidad te permitiría ver esto. ¿O no?.
Kenshin sintió que una punzada de dolor atravesaba todo su ser de forma tan aguda y lacerante, que no pudo evitar cerrar los ojos por un instante, haciendo una pequeña mueca involuntaria de pesar. Esta reacción desapreció tan rápidamente como se había manifestado, pero fue lo suficientemente evidente como para que todos ellos se dieran cuenta de que algo importante había sucedido entre él y Kaoru, algo que atormentaba al samurai. Shougo mudó su expresión risueña por una de preocupación y duda, y quedó silenciosamente a la espera de que su acompañante diera alguna señal sobre el próximo rumbo que debía tomar la conversación.
Kenshin (mirando a su amigo con cara de disculpa, pero con gran determinación): Ese es un tema del que no deseo hablar, Shougo, al menos por ahora. Lo siento mucho.
Shougo y Sayo quedaron visiblemente sorprendidos, pues conocían de sobra el profundo sentimiento que desde siempre había unido a sus dos amigos, a pesar del gran empeño que ambos habían puesto en negarlo cada vez que eran interrogados sobre ello. Pero jamás se habían molestado por dichas preguntas, y mucho menos su cara había expresado el profundo dolor que había cruzado por un momento por la del samurai.
Setsuna, que no tenía gran idea de lo que en aquel momento estaba sucediendo entre todos ellos, los observó con detenimiento. Notó el sufrimiento del samurai, y también la gran preocupación que había despertado en su marido y su cuñada. Decidió que, si el tiempo y las circunstancias se lo permitían, ofrecería su ayuda al hombre a quien tanto apreciaba su esposo, y, segura de que Kenshin apreciaba a Shougo y jamás le haría daño, quizá le pediría consejo sobre su propio problema. Al ser ambos pesares del amor, quizá pudieran ofrecerse algún consejo, o al menos mutuo consuelo para el sufrimiento de sus corazones.
Aprovechando la actual coyuntura de tristeza y tensión, Shougo decidió por fin abordar el fatídico tema que había llevado a su amigo samurai de nuevo a su lado. Atrajo la atención de todos los allí reunidos con un leve carraspeo, y comenzó a contarle a Himura todos los pormenores del asunto que más les preocupaba.
Shougo (mirando a Kenshin con una expresión dura y preocupada): Siempre habría deseado que nuestro próximo encuentro se diese en circunstancias mucho más felices, pero parece ser que nuestro destino es reunirnos siempre en medio del caos. – Le dirigió una pequeña sonrisa mezcla de disculpa y pesar -. Si necesito urgentemente tu ayuda es porque alguien está amenazando la paz de nuestra aldea. Como comprenderás, nosotros no podemos acudir a las autoridades en busca de auxilio, pues en cuanto se percaten de nuestra presencia, lo mínimo que nos harán es enviarnos de nuevo al exilio, eso teniendo en cuenta que su enojo por nuestra desobediencia tan sólo se limite a hacer cumplir sus órdenes de una vez por todas. – Kenshin le dirigió una mirada comprensiva, haciendo ver a su amigo que se hacía cargo de la situación. – Desde hace un tiempo, algunos hombres de la aldea salían muy temprano por las mañanas, se internaban en el bosque y no regresaban a sus casas hasta bien entrada la noche. Yo les interrogué varias veces sobre el destino de su marcha diaria, pero ellos siempre me respondían que salían a recoger leña, hierbas necesarias para las medicinas que prepara el Dr. Eltsen, o simplemente a olvidarse de su enclaustramiento en este lugar perdiéndose por el bosque. Yo siempre sospeché que había algo más, y estuve tentado a poner a Shouzo tras sus pasos para averiguar la verdad, pero el hecho de que regresaban con las hierbas y la leña, y que las relaciones entre todos nosotros siempre se habían basado en la mutua confianza, me hicieron desistir hasta hace poco más de un mes, en que comenzaron a producirse sucesos extraños.
Kenshin (visiblemente intrigado e interesado): ¿A qué sucesos te refieres?.
Shougo (recordando todo aquello con consternación): Comenzó a desaparecer gente, Himura. – Kenshin quedó muy sorprendido.- Como lo oyes. Algunos hombres se despidieron de sus familiares una mañana y esa fue la última vez que fueron vistos en la aldea. Como comprenderás, entonces sí envié a Shouzo a realizar una investigación por la zona. Haciendo ver que lo enviaba a los pueblos cercanos para comprobar si tenían constancia de nuestra presencia aquí, lo mandé un día tras otro a seguir a algunos de esos hombres. Enseguida Shouzo se dio cuenta de que todos ellos se dirigían a un único lugar: una especie de gran almacén, a juzgar por sus características y por las grandes cajas que todos ellos transportaban a su interior, descargando grandes carromatos que alguien había conducido hasta allí.
Llegados a este punto, Kenshin se puso alerta. Esta situación le recordaba demasiado a la vivida por sus amigos y él en Tokyo.
Kenshin (presa de una gran excitación): ¿Cajas?. ¿Qué tipo de cajas? .
Shougo (extrañado por aquella pregunta): Himura, ¿qué puede importar eso?.
Kenshin (muy exaltado por la información que esperaba obtener del cristiano): ¡Importa!. ¡Créeme!. Por favor, dime a qué tipo de cajas te estás refiriendo.
Shougo (no comprendiendo el nerviosismo de su amigo, pero dispuesto a responder su pregunta): Se trata de grandes cajas de madera, más bien cajones cuadrados. Parecen bastante pesados, a juzgar por el gran trabajo que costaba a los hombres transportarlos.
Kenshin (más alterado si cabe): ¿Nunca has sabido qué contenían en su interior?.
Shougo (pensativo): Una vez Shouzo me dijo que se había roto uno de ellos, y que uno de nuestros compañeros, quien lo transportaba, se había agachado de espaldas a él a recoger la carga. No pudo ver bien de qué se trataba, pero en la distancia le pareció ver que recogía piedras. Esto le extrañó mucho, pues no podía comprender para qué demonios alguien les podía haber encargado transportar rocas a un almacén. Por cierto.- continuando ahora extrañado él también.- Este hombre fue uno de los desaparecidos. Tras este incidente, al día siguiente ya no regresó de su salida.
Kenshin: ¿Existe la posibilidad de que fuesen metales en bruto lo que vio Shouzo?.
Shougo (intentando recordar exactamente la mayor parte posible de los detalles que Shouzo le relató, y tomando una decisión, finalmente): Sí … podrían ser. Es una posibilidad probable.
Kenshin meditó por un momento. Con todo lo explicado por el samurai, algunas piezas comenzaban a encajar en lo que hasta entonces parecía un rompecabezas de difícil solución. Quedó muy impresionado, pues no esperaba encontrar en este lugar algunas de las respuestas a todas las cuestiones que volvían locos a sus amigos y a él mismo desde hacía bastante tiempo.
Kenshin (hablando despacio, pues era consciente de que no sería fácil para sus amigos entender lo que estaba a punto de explicarles): Tus compañeros han estado transportando armas todo este tiempo.
Shougo (pensando que a su amigo se le había calentado demasiado la cabeza durante el viaje): Himura, ¿pero qué estás diciendo? : ¿Para qué me preguntas si son piedras de metal para luego salirme con que lo que transportaban eran armas? . ¿No te he dicho que eran simples piedras?.
Kenshin (con una astuta sonrisa): Sí, piedras que servían como camuflaje a pequeños cargamentos de armas disimulados en el doble fondo de cada una de esas cajas. Por eso hacían desaparecer a cualquier hombre que, por cualquier motivo, se enterase de la verdadera carga que transportaba cada día. Posiblemente Shouzo, por su difícil posición, aquel día no se dio cuenta de que aquel hombre, además de recoger piedras, también estaba volviendo a guardar en su lugar algún arma, o quizá munición, que por ser más pequeña pasó desapercibida ante él.
Shougo (inquisitivo): Reconozco que sería una explicación lógica. Pero, ¿cómo rayos sabes tú todo esto?.
Kenshin: No puedo estar totalmente seguro, pero ya nos hemos enfrentado antes con una situación parecida.
Shougo: ¿Hemos?. ¿Quiénes?. ¡Por el amor de Dios, Kenshin!. ¡Cuéntame de una vez por todas qué está pasando!.
Kenshin le relató todo lo sucedido, y le dio toda la información que tenía en su poder, que era poca todavía, pero suficiente como para hacer comprender a su interlocutor el gran riesgo al que se estaba enfrentando de nuevo Japón.
Kenshin (resuelto): Mañana mismo regresaré a Kioto. Pienso conseguir de una vez por todas vuestra libertad, y regresaré con ayuda, te lo aseguro. Resolveremos este asunto, y después te rogaré que nos ayudes a derrotar a estos maníacos definitivamente, pero de eso ya hablaremos cuando hayamos rescatado a tus seguidores, aunque si quieres que te sea sincero, no creo que los hayan mantenido con vida, una vez que ya no les sirven para nada.
Shougo (más sorprendido que nunca en su vida): ¡No podrás anular la orden de exilio!. ¿Crees que triunfarás esta vez donde ya fallaste hace tiempo?.
Kenshin (poniendo una mano en el hombro del samurai cristiano): La situación ha cambiado mucho, amigo. Es cierto que el Gobierno de Japón podría luchar perfectamente sin nuestra ayuda, pero el pueblo todavía no ha olvidado quiénes somos. Esta va a ser la primera, y espero que única vez, que deba alegrarme de haber sido un asesino para este Gobierno. Si nosotros aprobamos sus métodos, el pueblo les apoyará, y ellos lo saben. Ya es hora de que hagan algo también por nosotros.
Shougo: Tu explicación no me convence mucho, pero debo aceptar que tiene su parte de lógica. Está bien. Regresa una vez te hayas repuesto del viaje y ayúdanos, te lo ruego. Tengo una deuda de sangre contigo para siempre, sabes que te ayudaría en cualquier cosa que me pidieses, pero si salvas a mi pueblo de nuevo, te juro que haré lo imposible por ti, incluso luchar a favor de este gobierno que tan mal nos ha tratado, si lo deseas.
Kenshin: No te preocupes, amigo. Jamás haré algo que tú no desees hacer, o que vaya en contra de tu conciencia. Si una vez solucionado vuestros problemas, consideras que no debes participar en este conflicto, serás totalmente libre para no hacerlo. Conozco las deudas de sangre, y sé que sacrificarías tu alma para compensar la que tú mismo te has impuesto, pues a mí no me debes nada. Pero no pienso permitirlo, te lo aseguro.
Shougo (profundamente conmovido): Eres una gran persona, Himura. Pero tendremos bastante tiempo para hablar de ello cuando regreses. Descansa ahora, mi buen amigo. No nos esperan días fáciles.
Kenshin agradeció su hospitalidad a las dos mujeres, que habían permanecido en silencio durante toda la conversación, sonrió a Shougo con cariño, y se retiró al cuarto que habían dispuesto para su reposo aquella noche.
"Los recuerdos de la felicidad pasada
Son las arrugas del alma".
Javier de Maistre
COMENTARIOS DE LA AUTORIA
Como prometí, en este capítulo ha aparecido el último personaje que faltaba en la trama para hacer su complejidad completa: Yukishiro Enishi. Voy a dedicar su aparición a un compañero que escribe un fic genial, supongo que lo conocéis. Se llama "Cicatriz en forma de cruz: La venganza de Yukishiro Enishi", y su autor es Allen Shezard. La causa es porque él está tratando a Enishi como un gran malo de forma magistral. Espero, ya que en este fic voy a hacer que sea un carismático "bueno", hacerlo la mitad de bien que Allen en el suyo. (En su momento así lo dediqué. Creo que "Cicatriz en forma de cruz" nunca se terminó. Una. No puedo permitir que pase lo mismo con este).
Agradeceré todas las críticas constructivas que podáis darme acerca de este fic, y os aseguro que todas ellas las tendré en cuenta para mejorarlo, pues escribo para todos aquellos que me leen, o que lo han hecho o lo harán alguna vez.
Profundamente agradecida a todos.
Genevre
