La Forja del Propio Destino

Capítulo 8:

" El resurgir de un pasado en el ocaso de unas vidas ".

Kenshin frotó sus ojos suavemente, tratando de vencer al sueño que, después de varias horas de vigilia inevitable, comenzaba a derrotar por fin todas sus tribulaciones. Por entre su cansancio, una sensación se fue apoderando lentamente de su consciencia, hasta hacerle darse cuenta de que sus manos habían quedado manchadas por un líquido caliente y fluido, que resbalaba en pequeñas gotas hacia las mangas de su ge. Miró aquél líquido tratando de entender, para darse cuenta finalmente de que tantos años de dureza y control autoimpuestos no le habían hecho olvidar una de sus facetas más humanas. Estaba llorando.

Rápidamente secó con una de las mangas de su ge las pequeñas lágrimas que brotaban imparables de sus ojos, mientras experimentaba una mezcla de rabia y dolor que habría asombrado a la mayoría de sus amigos y conocidos. La rabia era un sentimiento que poquísimas de las personas relacionadas con él en algún momento de su vida habían observado en su comportamiento. Era un sentimiento del que siempre se había avergonzado, por el gran poder destructivo que otorgaba a quien se dejaba llevar por él, y por esta razón siempre había tratado de dominarlo, consiguiéndolo en la mayoría de los casos y ocultándolo en los restantes. El dolor sí formaba parte de su vida, al igual que el tormento provocado por un inmenso sentido de culpabilidad que los once años transcurridos desde que tomara la decisión de no volver a matar jamás no habían logrado mitigar, aunque cada vez con más frecuencia había sido enmascarado por los buenos ratos pasados al lado de sus personas queridas. Queridas … Kaoru … Kaoru era una de ellas, la más importante en su vida, la que le había proporcionado más alegría y un poquito de paz a su maltratado corazón. ¡Qué gran ironía que fuese también ella quien le estaba sumiendo de nuevo en las más grandes de sus miserias!.

Se frotó los ojos de nuevo, humedecidos otra vez por todas aquellas reflexiones que no hacían más que torturarle, y miró al horizonte, claramente discernible ya desde la atalaya artificial construida en la aldea de Shougo para controlar las posibles amenazas provenientes del inmediato bosque adyacente a ella.

Un fugaz destello le cegó por un instante, esfumándose tan rápidamente como se había generado, pero lo suficientemente potente como para hacer desaparecer inmediatamente de su cuerpo todo aquel cansancio fruto de otra noche más durmiendo tan sólo un par de horas, práctica que se había convertido en habitual desde aquel maldito día en que gran parte de sus apenas restaurados sueños se habían roto cual frágiles cristales. Alertó todos sus sentidos samurai con el fin de encontrar la fuente desde donde procedía aquel reflejo, intuyendo que había sido alguna persona escondida en el bosque anexo quien de algún modo todavía incierto lo había provocado.

Permaneció largo rato alerta, escudriñando todo el perímetro visible del bosque desde su privilegiado emplazamiento, pero nada perturbó su espera. El repentino destello no se produjo nuevamente, ni tampoco ningún indicio de que alguna persona ajena a los cristianos se encontrara camuflada entre la espesa fronda que les rodeaba. Finalmente desistió en su empeño, incluso ya no le parecía tan probable que aquello que le había deslumbrado por un ínfimo segundo no hubiese sido una muestra más del gran agotamiento que últimamente había hecho presa en su maltrecho cuerpo. "Debo tratar de descansar un poco. De esta forma tan sólo conseguiré que, cuando sea real el peligro, nos maten a todos por mis errores" – se dijo a sí mismo con convicción - "Pero, ¿qué es esta sensación de acoso que me alerta?. Posiblemente sea también consecuencia de la vigilia. De todos modos, se impone una rápida marcha hacia Kioto, como prometí ayer a Shougo. Debo conseguirles ayuda lo antes posible. Marcharé ahora mismo." Habiendo tomado por fin una firme decisión, se encaminó hacia las escaleras que le conducirían a la base de la torre. Después de despedirse de Shougo y su familia, abandonaría aquel emplazamiento para volver junto a sus otros amigos de Kioto, tal y como había prometido, pero con más problemas que sumar a todo aquel ya de por sí complicado asunto. ¿Cómo le recibirían en Kioto después del desconcertante abandono en el que les había sumido?. ¿Qué pensarían de todo este nuevo problema que les llevaba, en vez de dar soluciones al que ya tenían?. No era momento de pensar en todo aquello que no sabría con certeza hasta llegar a su destino. Definitivamente, cuanto antes llegara a Kioto, mejor para todos. Este último pensamiento le hizo acelerar el paso, imprimiéndole renovadas energías para acometer su importante tarea.



La mañana había comenzado difícil para el teniente Goro Fujita. Hacía horas que él y el General Yamagata estaban intentando convencer al secretario y consejero del ministro de la guerra para que diese la orden de movilizar a las tropas de una vez por todas. No querían alertar a la población, tan sólo ir concentrando gradualmente a todas las divisiones en las plazas estratégicas controladas por el Gobierno para estar absolutamente preparados ante cualquier imprevisto, ya fuese un ataque en toda regla o un intento de mermar sus fuerzas a través de las manzanas podridas que pululaban en el seno del propio ejército del país. Como en cualquier institución de gran tamaño e importancia, las discrepancias internas entre los miembros del contingente militar estaban al orden del día, y aunque genéricamente su lealtad hacia el Gobierno Meiji era incuestionable, últimamente se habían generado numerosos y pequeños grupos formados por la soldadesca y liderados por altos mandos todavía inidentificados, que fomentaban el desorden social entre las filas, tratando de inculcarles un sentimiento de rechazo hacia el nuevo régimen que habían jurado proteger. Ya era momento de arengar a las tropas, de unirlas bajo una causa común y destruir de raíz cualquier foco de insurrección, proveniente, sin duda, de la misma fuente que había desatado toda aquella inestabilidad política que muy pronto sería también social: Mamoru. Hacía tan sólo un día que Saito conocía ese nombre y ya le producía odio recordarlo.

Saito agitó la cabeza para alejar todas las ideas que le distraían de su cometido y puso atención de nuevo a la charla que se estaba produciendo entre los dos hombres que lo acompañaban.

Gral. Yamagata: ¡Se lo repito por última vez!. ¡Usted no es quién para negarme el poder de movilizar las tropas!. ¡Tan sólo el ministro de la guerra puede hacerlo!. ¡Exijo hablar con él inmediatamente!. ¡Esto es un ultraje!. ¡No tengo por qué estar discutiendo este asunto con usted ni con ningún otro chupatintas de pacotilla!.

Secretario: ¡Y yo le repito por última vez que el Sr. Ministro se encuentra indispuesto y ha delegado en mí todas sus tareas, incluida la de movilización de las tropas!, ¡ Y no pienso dar esa orden de ninguna manera!. ¿Entendido?.

El Gral. Yamagata hizo el amago de desenvainar su nihontou, estaba perdiendo la paciencia con aquel advenedizo que se creía por encima de sus capacidades, tan sólo por sustituir un día al ministro quedurante años había depositado en el Gral. su entera confianza. Pero Saito, previendo un desenlace similar desde hace rato, le agarró la muñeca suavemente pero con firmeza, impidiéndole cometer un acto que les retrasaría en su tarea sin duda alguna más de lo que ese mequetrefe lo estaba haciendo ya. El Gral. le miró enfurecido por un momento, pero Saito, sin dar muestras de haberse percatado de ello, le soltó tranquilamente y del mismo modo se dirigió hacia el Secretario, hasta quedar a tan sólo un par de pasos de su cara. Le miró pausadamente, esbozando una pequeña sonrisa apenas visible, más peligrosa que si hubiese mostrado la agresividad de un mastín enrabiado. Disfrutaba viendo el incipiente miedo causado en el otro, y lo saboreó durante unos segundos, en silencio, hasta que finalmente se decidió a hablar.

Saito (mostrando cara de inocencia): Y... ¿Es muy grave el mal que le aqueja a nuestro querido ministro?

El Gral. Yamagata lo miró lleno de fastidio. Definitivamente, Saito había perdido el juicio. ¿A santo de qué preguntaba ahora sobre ese asunto?. ¡Estaban tratando un tema de vital importancia para la nación y él se preocupaba por la salud del ministro!. Una frase más de ese tipo y perdería los nervios definitivamente.

Secretario (momentáneamente desconcertado por aquella pregunta tan inesperada): Sssssí, bastante.

Saito: Y... ¿Está en cama, entonces?. ¡Qué pena que haya tenido que regresar tan pronto a su mansión de Tokyo, él que tanto ama estas tierras!.

Secretario: No, si sigue aquí, en Kioto. - Rápidamente se interrumpió, al darse cuenta de que había caído cual un conejo en la trampa que le había tendido el otro con sus preguntas aparentemente inofensivas.

Saito: Bien, me agrada oír eso, porque el Gral. Yamagata es íntimo amigo suyo. Ahora mismo marcharemos a su casa para interesarnos por su salud personalmente. Si está tan enfermo como usted afirma, deberá delegar oficialmente su cometido en alguno de sus subordinados, y quién mejor que el Gral. de su ejército para manejar los entresijos de un cargo de tanta responsabilidad.

Secretario (sintiendo que el asunto se le escapaba de las manos por momentos): P, pero, ¡esperen!. ¡No pueden ir a su casa!. - De nuevo se sorprendió a sí mismo pronunciando las palabras más inoportunas ante el actual desarrollo de la situación. - Quiero decir... que el Sr. Ministro no debe ser molestado bajo ningún concepto. El doctor ha dicho que necesita un reposo absoluto para que su enfermedad evolucione positivamente sin contratiempos.

Saito (palmeando jovialmente la espalda del desolado secretario, quien ya no sabía qué más hacer para impedirles su marcha): No se preocupe por eso, Sr. Secretario, que el Gral. jamás es un estorbo en esa casa. Seguramente el ministro se repondrá antes por la alegría de ver a su mejor amigo y camarada. - Realmente el policía se sentía contento, había dado con la solución a un problema que amenazaba con mantenerlos varados allí durante todo el día, y más si cabe, teniendo en cuenta la posible gravedad de la enfermedad del ministro.

El Gral., habiendo comprendido por fin la estrategia seguida por su subordinado, le alcanzó con una sonrisa y ambos se dirigieron hacia la puerta, no sin antes haberse despedido correctamentede un más que consternado secretario. Yamagata abrió la puerta rápidamente, ya había perdido suficiente tiempo en charlas intrascendentes con aquél individuo incompetente como para no desear salir del edificio lo antes posible y no volver a pisarlo en el mayor tiempo que se pudiera permitir. Al salir por ella estuvo a punto de chocar con un individuo que quería atravesarla también, pero en sentido contrario, hacia los todavía presentes en aquel gabinete oficial.

El Secretario miró hacia la puerta y, curiosamente, su ya de por sí pálida faz adquirió un tono cadavérico, aunque ninguna reacción pudo ser observada en su persona.

Yamagata (dirigiéndose con impaciencia a la persona que se interponía entre él y el pasillo exterior): ¡Por todos los infiernos!. ¡Déjeme pasar!.

Saito (acercándose al recién llegado con una curiosa mezcla de furia y alegría que extrañó a todos por igual): ¡Maldita sea!. ¡Yukishiro!. ¿Dónde demonios te habías metido?. ¡En la comisaría han estado a punto de lincharme!. ¡Todos han dado por hecho que no volverías jamás!.

Enishi (devolviéndole una mirada dura, aunque respetuosa): Te dije que volvería y he vuelto. Tenía que resolver unos cuantos asuntos antes de reunirme contigo.

Se apartó a un lado de la puerta, y tras él apareció una figura ya entrada en años, pero todavía imponente, que causaba un respeto reverencial a cualquiera que se encontrara en su presencia. No fue menor el efecto producido en todos ellos, aunque estaban acostumbrados ya a esta peculiar sensación, mas esa sensación involuntaria fue sumada a la gran sorpresa de verle en aquel momento allí, precisamente en aquel lugar.

Ministro (traspasando sarcásticamente al secretario con la mirada): ¿Qué os pasa?. ¿Acaso habéis visto un fantasma?. Sr. Enishi, por favor, cierre la puerta. Usted, todos estos caballeros y yo vamos a sostener una larga charla.



Hans caminaba incesantemente, desde hacía un par de horas, de una lado a otro del pequeño refugio que habían improvisado a medio kilómetro de lo que él llamaba "Las Chabolas de la Fe". Se había visto obligado a posponer el plan de ataque que con tanto esmero había trazado al detalle durante dos días, por la extrema ineptitud de uno de sus subordinados, a quien no se le había ocurrido otra brillante idea, que afeitarse al castigador sol de la mañana para entrar en calor, usando para ello un pequeño espejito de mano, visible a varios kilómetros de allí por el reflejo que de él se desprendía a causa de los potentes rayos del astro rey.

El alemán no estaba seguro de que a tan altas horas de la mañana alguno de sus enemigos hubiese reparado en aquel reflejo, que, por otro lado, inmediatamente después de percatarse de lo sucedido él se había apresurado a eliminar, pero no podía correr el riesgo de lanzar un ataque como el previsto, que pretendía ser rápido y silencioso, contra una pequeña horda de enemigos alertados, pues las órdenes habían sido claras: eliminar a todos los cristianos silenciosamente y de la forma más rápida posible, no dejar el menor rastro de la estancia allí de ninguno de los dos bandos, y volver a su base como si nada hubiese sucedido, teniendo terminantemente prohibido volver a hablar del tema con nadie ajeno a los altos mandos de la organización. No es que le preocupara realmente desobedecer una orden de Mamoru ni de ningún otro japonesito inferior, como él pensaba para sus adentros de todos y cada uno de ellos, sino que un acto de asesinato en masa no beneficiaría en nada a la imagen exterior de su gobierno cuando mandase a su antojo de forma oficial sobre ese hatajo de arcaicos don nadie.

Por supuesto que había eliminado inmediatamente al imbécil que había dado al traste con sus planes originales de una forma tan patética e inesperada. Él mismo lo había atado a un robusto árbol y le había incrustado su inseparable hacha guerrera en el centro de su pecho, dejándola ahí clavada mientras se sostuviera fijada en el árbol que había alcanzado tras atravesar al pobre infeliz. No era un hombre amante de las medias tintas, y todos sus soldados debían recordar que bajo su mando nada es un juego de niños. Seguramente así lo harían, y por más tiempo del que posiblemente iban a permanecer a su lado.

Los carroñeros no eran algo que le preocupase de forma inmediata, pues era muy poco probable que se acercasen a husmear el cadáver estando él y su ejército en aquel lugar. Después... bueno, después podían arrancarle cada milímetro de su asquerosa carne. No, esperaba que así fuera, y que dieran buena cuenta de sus huesos también.

Miró atentamente su reloj. Estaba a punto de marcar las nueve de la mañana. Tenía que reconocer que no era la mejor hora para un ataque sorpresa, pero al menos así no tendrían que asaltar casa por casa para acabar con sus objetivos. Posiblemente se encontraran todos en aquel patético remedo de barracón que ellos se habían empeñado en llamar iglesia, tratando de hallar consuelo a unas penas que él se encargaría muy pronto de silenciar. Esperó a que la manecilla grande se situara justo encima de las doce, y seguidamente se dirigió hacia donde se hallaban sus quinientos soldados, ya ansiosos por entrar en acción.



Kenshin había agradecido a todas las mujeres del clan Mutoh las grandes atenciones que habían tenido con él desde su llegada, y les había comunicado a todos ellos su inminente marcha, pero, todavía inquieto por el breve sobresalto que había tenido en la torre, deseaba quedarse un momento a solas con Shougo para pedirle su opinión. Como experto samurai que era, Shougo procedería con cautela, y se aseguraría de la existencia de un peligro antes de dar la voz de alarma, no asustándose vanamente ni alarmando a los demás. Por ello, intentó que su amigo le acompañara fuera con el pretexto de revisar una viga de la torre que parecía flojear. Ambos subieron a la atalaya, y allí quedaron solos para hablar con entera libertad.

Shougo (inquieto): Adivino que no me has traído aquí tan sólo para revisar esta estructura. Sabes que de ello se encargan dos de mis compañeros. ¿O es que acaso hemos venido a admirar el paisaje?. - sonriendo divertido por la idea.

Kenshin (preocupado): En cierto modo, así es. Te he traído aquí para que observes conmigo el bosque. Hace rato, cuando estaba solo en este lugar, he sido deslumbrado durante un momento por lo que parecía el reflejo de un cristal, un espejo... no puedo saberlo con seguridad. Ha durado tan poco tiempo que pasados unos momentos ya no sabía si había sido producto de mi mente cansada o había sido real, pero me sentía intranquilo, preocupado. Mi intuición me decía que no se trataba de una alucinación, y que un gran peligro nos acecha desde el bosque. No tenía ningún argumento de peso en el cual basar mi teoría, por ello no he querido comentarte nada de este asunto delante de los demás, pero ahora que hemos vuelto, ya sé qué es aquello que captaban mis sentidos y que me alertaba de tal manera. - Haciendo un ademán hacia el bosque.- Fíjate en lo que te rodea. ¿No sientes algo extraño?.

Shougo puso en funcionamiento todos sus sentidos samurai y se dedicó a escudriñar todo el panorama que podían abarcar. Al principio no notó nada extraño, pero paulatinamente se dio cuenta de aquello a lo que se refería su camarada, y se produjo en él el mismo efecto: una fuerte sensación de peligro que acechaba desde todo el perímetro del bosque, desde todos sus rincones.

Shougo (muy serio): ¡Por el amor de Kamisama!, ¡Kenshin!, ¡El bosque está totalmente silencioso!. ¡No se escucha ningún sonido de animales, ningún ruido!. ¡Y tampoco se ven aves volando!.

Inmediatamente después, salió corriendo como alma que lleva el diablo, sin esperar a la respuesta del samurai. Ya casi había desaparecido por la escalera cuando se giró para decir algo a Himura, pero lo encontró pegado a sus talones, siguiéndole de la misma forma que él descendía.

Shougo (apremiante): ¡Encárgate de reunir a todas las personas que viven en la parte sur de la aldea!. ¡ Yo haré lo mismo con los de la parte norte!. ¡Os quiero a todos en la iglesia dentro de veinte minutos, si no menos!. ¡ Ah!. ¡Y no quiero gritos, ni tañido de campanas que pueda alertar al enemigo que acecha en el exterior!. ¡No debemos hacer entender a quien quiera que haya ahí fuera que nos hemos percatado de su presencia!.

Kenshin (asintiendo con la cabeza mientras ambos alcanzaban la base de la estructura): Se hará como dices. Te veo en veinte minutos.

Ambos desaparecieron en direcciones opuestas. Se dedicaron a alertar a todos los cristianos casa por casa. Como era relativamente pronto, casi todos ellos se encontraban al abrigo de la empalizada. Nada más unos diez se habían marchado a realizar las tareas habituales que abastecían a la pequeña aldea de materiales necesarios como leña, frutos silvestres y caza mayor y menor, que añadir a la frugal dieta proporcionada por las minúsculas plantaciones realizadas al abrigo de la rústica muralla.

Cinco minutos antes de lo previsto ya todos los presentes dentro de la fortificación se encontraban reunidos en la pequeña casa que hacía las veces de iglesia. Un mortecino silencio reinaba en el ambiente, lo que hizo a Kenshin darse cuenta de la magnitud del dolor por el que habían tenido que atravesar todas aquellas personas en el transcurso de sus vidas, tratando de ser fieles a su fe cristiana. Todos ellos esperaban de nuevo lo inevitable. Desde que se instalaron en aquel lugar supieron que algún día serían expulsados de él, al igual que lo habían sido de cualquier emplazamiento en que hubiesen tratado de asentar su colonia. Había sido así desde el principio, y lo sería también ahora, pero ninguno gritaba presa del pánico, nadie se había dejado llevar por el histerismo de un posible ataque inminente. Al contrario. Todos ellos esperaban en silencio a que el líder en quien siempre habían confiado ciegamente les instruyera sobre el siguiente paso que debían dar. Estaban acostumbrados a las huidas y al sufrimiento, mucho más de lo que la mayoría de personas en este mundo lo haría nunca.

Shougo repasó mentalmente todas las caras que allí había, tratando de hacerse una rápida idea de las personas que se hallaban fuera, y si se habían olvidado a alguien por alertar. Seguidamente, se encaramó a una pequeña tarima que habían improvisado a forma de altar cuando se había construido la iglesia, meses atrás.

Dr. Eltsen: ¿Qué pasa, hijo?. ¿Por qué todas estas prisas?. ¿Qué es tan importante para que nos hayáis convocado a todos de esta forma?.

Shougo (dándose perfecta cuenta de la repercusión que iban a tener sus próximas palabras): Himura y yo estamos prácticamente seguros de que en el bosque existe alguna amenaza inminente para la aldea. - pequeños murmullos se oyeron de fondo, pero fueron acallados prontamente por uno de sus gestos - No hemos visto ni oído nada. Pero ese es precisamente el problema. El bosque está sumido en un silencio sepulcral. Sabemos que algo acecha desde allí. No podemos adivinar si somos nosotros su objetivo, pero somos fugitivos, y si nos descubre, lo más seguro es que trate de detenernos nuevamente. Por ello, no voy a permitir que nos coja desprevenidos.

Todos asintieron aprobatoriamente las palabras de su director espiritual.

Shougo (después de una pequeña pausa para poner en orden sus ideas): Esto es lo que vamos a hacer. Kenshin, quiero que tú y el doctor Eltsen reunáis a todas las mujeres y los niños de la aldea y os encerréis con ellos en el subterráneo que hay excavado debajo de mi casa.

Dr. Eltsen: Pero, ¿qué demonios estás diciendo?. ¿Vas a impedir que el mejor hombre que tienes a tu lado te ayude, y me impedirás a mí cuidar de los heridos durante la batalla, si es que la hay?.

Shougo (consciente de que a primera vista no había mucha lógica en la sentencia que acababa de dar): Por ello mismo. Si existe alguna persona capaz de proteger a nuestras mujeres y nuestros hijos tan bien como yo podría hacerlo, ese es Kenshin. - Acercándose a él y posando una mano en su hombro, a la vez que le miraba fijamente a los ojos.- Amigo, te confío aquello que más quiero en esta vida, nuestro presente y nuestro futuro. Sé que velarás por ellos con tu vida, si es necesario. Así pues, quedan en tus manos. Y usted, - acercándose al Dr. con una sonrisa cariñosa, como si estuviera a punto de regañar a un niño que se ha portado mal- ¿cree, que será respetado si, como es mi presagio, se entabla una lucha con quien quiera que nos acecha?. Si son las mismas personas que reclutaban a nuestros hombres para trabajar en el almacén oculto en el bosque, saben de nosotros lo suficiente como para hacerse una idea de cuántos somos, cómo están distribuidas nuestras casas y con qué medios contamos. Y si verdaderamente son traficantes de armas como Kenshin me insinuó, o quizá nuevos rebeldes, - estas palabras sembraron la sorpresa y el desconcierto en la mayoría de los semblantes allí reunidos- contarán con las personas suficientes para superarnos en número tan ampliamente como para tomar la aldea sin ninguna clase de riesgo. Usted sería uno de los primeros en morir, y no podemos permitírnoslo. Si queda alguien vivo cuando esto acabe, nos hará más falta que nunca, entonces será su momento, no ahora.

El Dr. Eltsen asintió, sabiendo que eran ciertas las palabras del hombre al que había llegado a querer como si de su hijo se tratase.

Dr. Eltsen (decidido): Confía en mí, no te defraudaré.

Shougo: Lo sé.

Kenshin: ¿No será peligroso encerrarnos en un lugar que no tiene más que una salida?. ¿Qué pasará si nos descubren?.

Shougo: Si os descubren será porque nosotros hemos perdido la batalla. Nosotros habremos muerto, y quizá tú y el Dr. también muráis. Lo sabéis muy bien. Pero confío en que se apiaden de las mujeres y los niños, al menos, y que les permitan vivir, aunque finalmente deban abandonar las creencias por las que tanto hemos luchado.

Mujer (adelantándose hacia Shougo y tomándole de la mano): Creo que hablo en nombre de todas las mujeres al decir esto. Sabes tan bien como todos nosotros que nos masacrarán si nos encuentran, tanto a mujeres como a niños. Lo único que les impidió hacerlo la otra vez fue la opinión pública internacional, contraria a una masacre de tal magnitud, pero ahora nadie sabe que estamos aquí, por lo tanto no habrá nadie que les juzgue. Si hemos de morir, moriremos luchando, así que si descubren nuestro escondite, nos llevaremos a muchos por delante antes de que todo termine definitivamente. Además, ninguna de nosotras desea vivir viendo como maltratan y esclavizan a nuestros hijos y nos vejan a nosotras, no deseamos vivir sin vosotros. El destino de la comunidad lo compartiremos todos, sea el que sea. No hay nada más que decir.

Shougo (observando a las mujeres por un momento con admiración): Así pues, que cada uno tome su lugar en la lucha. Los hombres que me sigan. Ojalá todo sea una falsa alarma, pero si no es así, que Kamisama nos asista.



Enishi caminaba por las calles de Kioto absorto en sus pensamientos. Tan ensimismado estaba, que no se fijaba por donde iba caminando, pero tampoco le era imprescindible para llegar a su destino, pues su mente samurai, siempre alerta, se encargaba de guiarle invariablemente al encuentro de la persona con quien tanto había deseado conversar desde su último encuentro con Kenshin.

Pero esos no eran los pensamientos que le ocupaban en ese momento. Estaba repasando mentalmente toda la escena que se había desarrollado aquella mañana en el despacho del Ministro de la Guerra:

Flashback.

El Ministro pasó entre todos ellos tranquilamente. Rodeó su mesa de despacho con una calma pasmosa, premeditada... parecía desear enfermarles a todos de los nervios, pero su estrategia iba tan sólo dirigida a una única persona de aquella sala, su secretario. Finalmente alcanzó su silla y se sentó cómodamente en ella. Alzó los ojos y los fijó en los de su, por algún motivo, aterrado ayudante.

Enishi sonreía sádicamente, disfrutando de la escena que esperaba contemplar a continuación, y Saito los miraba de hito en hito sin comprender. Algo raro en él, pero esta vez decidió callar y esperar a ver qué daba de sí todo aquel galimatías.

Ministro (dirigiéndose al Gral. y a Saito con voz seria): Seguramente, mi "fiel" secretario les habrá informado de mi repentina y grave enfermedad, que me impediría ejercer las funciones de mi cargo por algún tiempo. Por ello les extrañará verme aquí en este momento tanto como a él. Como explicación he de decir que todo ha sido una farsa ideada por el Sr. Yukishiro para desenmascarar a un traidor, que, sin yo percatarme de ello, estaba informando a la alianza rebelde sobre todos nuestros planes, nuestras estrategias, y nuestros avances en el afán de destruirnos.

Saito y el Gral. Yamagata se miraron atónitos. De todas las cosas que les podía contar el Ministro, quizá esa era la última que habrían esperado escuchar. Un traidor en el Gobierno, lo último que les faltaba por oír.

Sin previo aviso, el secretario, que había permanecido en absoluto mutismo desde la teatral aparición del Ministro, echó a correr hacia la puerta, tratando de marcharse antes de que alguno de ellos pudiese impedírselo. Saito no se planteó el porqué de tan extraña conducta, pero corrió tras él sin pérdida alguna de tiempo y le impidió conseguir su propósito. Ya estaba demasiado cansado de aquel tipo, así que lo cogió por el cuello de su ge y lo arrastró sin mucho miramiento hasta arrojarlo sobre una silla situada ante la mesa de despacho de su superior. Estaba dispuesto a no permitir que ninguno de los allí reunidos abandonara aquella sala hasta haberse enterado de una vez por todas de qué demonios estaba sucediendo. El secretario no pronunció ni una palabra, ni siquiera se atrevió a moverse, y la sala quedó en silencio hasta que el propio Ministro continuó con su explicación.

Ministro (mirando a su subordinado con desprecio): Sr. Secretario, a quien consideré mi amigo. Con tu acción tú mismo te has delatado ante toda esta gente. Si alguna duda me quedaba de tu abyecta traición, que no era así, ya está disipada totalmente. - Dirigiéndose a todos los demás.- Señores, este hombre era el espía de Mamoru, mejor dicho, el espía situado en las más altas esferas, pues estoy seguro de que tiene muchos más infiltrados a más bajos niveles. Por su culpa nunca hemos podido saber con seguridad qué tramaba ese maldito, ni hemos podido coger infraganti a nadie de su organización. Nos hemos guiado por rumores, por el miedo a un posible ataque al que no podíamos exponernos, hemos hecho el imbécil tratando de anticipar unos movimientos que se guiaban precisamente por los nuestros. Ahora la nación está al borde de una nueva guerra civil por culpa de un demente peligroso que se ha aprovechado de japoneses buenos, pero ignorantes, para tratar de derrocarnos y vender nuestro país al mejor postor.

Gral. Yamagata (incrédulo todavía): ¿Pero de qué está hablando?.

Ministro: Yo soy el primero a quien le ha costado convencerse de la infinita maldad de los propósitos de Mamoru. El mismo señor Enishi tuvo que emplear varios días para que yo le diera siquiera una oportunidad de explicarme todo lo que sabía sobre la Organización que nos amenaza. Por sus importantísimos contactos en las bajas esferas - Saito resopló sarcástico -, sí, teniente, ya sé que le hemos perseguido durante años precisamente por esos contactos, pero eso no es lo que nos importa ahora, usted lo sabe mejor que nadie. Como decía, por la gran importancia de su red de contactos extendidos más allá de nuestras fronteras, y es más, por el trato personal que un día le relacionó con el sujeto que nos ocupa, Yukishiro se enteró hace tiempo de los planes de conquista que Mamoru quería desarrollar. Mucha gente de ese plano fue reclutada para servir a sus fines, y entre ellos no se hablaba de otra cosa que no fuera la inminente caída del Gobierno Meiji. Por motivos personales que a ninguno de nosotros incumben, y que yo particularmente respeto, Enishi se negó a colaborar con tamaña locura, y es más, desde entonces ha dedicado gran parte de su tiempo y de sus medios, tanto financieros como personales, al espionaje de los planes y acciones dirigidos en nuestra contra, para hacérnoslos llegar y ayudarnos a desbaratarlos de una vez por todas. Finalmente pude darme cuenta de la veracidad de sus palabras y de las buenas intenciones de sus presentes actos - Saito lo miró despectivo, todavía desconfiado - lo que personalmente me ha salvado de la manipulación ejercida sobre mí por mi secretario, y que nos permitirá por fin hacer frente de forma adecuada a esta amenaza, para vencerla y acabar con ella definitivamente.

Saito (levantando del sillón al secretario y arrojándolo contra la pared más próxima): Matémosle y demos al maldito bastardo ese una advertencia que no será capaz de olvidar.

Enishi: No, mejor haced como que no sabéis nada. En público, yo hablaré con vosotros lo menos posible, para que sus suspicacias sean mínimas. Hagámosles caer en la misma trampa en la que ellos han querido envolvernos.

Saito (mirando al secretario con malicia): No creas que te has librado, sabandija. Cuando todo esto termine no olvidaré que por tu culpa el maldito ese nos ha tenido jugando al gato y al ratón como si fuéramos marionetas. Nadie se ríe de mí y vive para contarlo, nadie.

Gral. Yamagata: Ya basta, Saito. - Dirigiéndose al Ministro y a Enishi - ¿Me equivoco, o ustedes dos ya han forjado algún plan de maniobra?.

Ministro (comenzando a disfrutar de su nueva libertad): No se equivoca en absoluto. - Extrajo un plano del cajón de su mesa, junto con unos cuantos apuntes escritos a mano - Acérquense a la mesa, señores, y les explicaré nuestros próximos movimientos. Ahora es cuando comienza la verdadera lucha por mantener la paz del Imperio Japonés.

Fin del Flashback.

Enishi sacudió la cabeza tratando de relegar a un segundo plano el recuerdo de todos aquellos acontecimientos. Estaba a punto de llegar a su destino y no deseaba ser visto, por lo menos no todavía. Unas palabras pronunciadas por Saito durante el encuentro que ambos mantuvieron en la cárcel le habían desconcertado: " luego Himura se esfuma sin decir a dónde va ni qué va a hacer allí". Así que Himura no se encontraba en Kioto, pero ella sí, la había visto de lejos por casualidad. Algo le olía mal en todo aquel asunto y quería confirmar sus sospechas. Había decidido ayudarle, con el tiempo había aprendido a perdonar, a ver las cosas de diferente manera, a comprender... pero si él osaba hacerle daño a ella, si la hacía infeliz, si de nuevo se repetía la historia, esta vez no habría perdón posible, acabaría con él. Debía disipar todas esas dudas, saber seguro si había actuado correctamente depositando toda su confianza en aquel hombre, tenía que asegurarse de si toda esa bondad que mostraba una y otra vez no era más que una fachada. En aquella casa se hallaba la solución. Esperó a que la calle se hallara desierta, trepó a un árbol contiguo al hogar que tanto le interesaba, se acomodó, y se dispuso a observar y esperar.

La casa contigua al lado del restaurante bullía con una actividad frenética. Tal y como le habían informado sus espías, la plana mayor de los samurais de Tokyo se encontraba hospedada en aquel lugar. Vio entrar a Aoshi en aquel recinto y salir momentos después seguido por Soujiro. Se encaminaron hacia la salida y allí se reunieron con... ¿Cho?. ¡Claro!. ¡El bueno de Fujita había mandado a su mejor sabueso para informar a sus colaboradores de lo sucedido aquella mañana en el Ministerio. Los tres hombres conversaron acaloradamente alrededor de un cuarto de hora y seguidamente se encaminaron calle abajo. Segundos después pasaban ante el árbol que Enishi había elegido para ocultarse. De pronto Aoshi se detuvo y observó a su alrededor con aire preocupado.

Cho: ¿Qué demonios haces, Shinomori?. ¿Por qué te paras?.

Aoshi (tomándose unos momentos antes de responder, sin dejar su actitud escrutadora): Me siento observado, es como si alguien espiara nuestros movimientos con interés.

Cho: Pero, ¿qué estás diciendo?. Estamos solos en toda la calle. ¡Como no sea algún gato de los que trepan a este árbol! - dice elevando su mirada hacia el árbol con una sonrisa socarrona.

Al sentirse amenazado, Enishi se pegó al tronco y contuvo la respiración. Sería harto difícil poder explicar por qué se encontraba acechando el Aoiya sin tener que revelar sus intenciones, y, ciertamente, a nadie le incumbían más que a él. Además, todavía no había encontrado aquello que había venido a buscar, por ello no era el momento de mostrar todavía su presencia. Afortunadamente, Aoshi, molesto por la mofa que había hecho el policía de sus premoniciones, dejó de observar a su alrededor y reanudó el paso rápidamente, haciendo que los otros dos lo siguieran del mismo modo para no perderlo.

Enishi relajó sus músculos y tomó aire. Se acomodó nuevamente y desvió su mirada hacia su objetivo principal, el patio del Aoiya. Enseguida dio un respingo, allí se encontraba su objetivo, aquello por lo que se había arriesgado a que lo encontraran en tan comprometida situación, ya que él no necesitaba espiar aquella casa para estar al tanto de lo que en ella acontecía, pues se había convertido en aliado de todos sus inquilinos. "Aliado". Todavía no sabía con certeza si le resultaba cómico, o imposible, o quizá una locura, pero era cierto, aquello por lo que habría llamado loco tiempo atrás a quien quiera que hubiera querido contárselo, en aquel momento era la más evidente de las realidades. Pero de aquella forma no habría obtenido la seguridad que necesitaba hallar con tanta desesperación para dar por zanjado todo su odio contra Battousai de una vez por todas, que era lo que más deseaba en esta vida por infinitos motivos.

La observó sin perder detalle de cada uno de sus movimientos. La muchacha había salido al patio, seguramente mientras él trataba de no ser descubierto por los compañeros de la chica, con una gran cesta llena de ropa que estaba tratando de tender en unas finas cuerdas instaladas a un lado de la construcción para aquel fin. No dejaba de agacharse para sacar las prendas de la cesta, y levantarse después a extenderlas para que se secaran, seguido lo cual se repetía el proceso nuevamente. Enishi la observó lleno de admiración.

Pero una de las tantas veces que la chica se alzó para tender la prenda que llevaba entre manos, se tambaleó como si hubiese perdido el sentido del equilibrio. La prenda se deslizó desde sus manos hasta el suelo, y sin poder hacer nada él por evitarlo, cayó a tierra aparentemente inconsciente. Enishi se lanzó al suelo sin tomar en cuenta la gran altura a la que se había encaramado para poder observarla por encima de la valla que la protegía, pero era algo que en aquel momento no tenía ninguna importancia para él. Lo único en lo que pensaba era socorrerla, debía ayudarla, saber qué le pasaba. Tenía que hacer algo, ahora.

Enishi se presentó en dos zancadas al lado de la muchacha que todavía yacía desmayada en el suelo, tal y como él la había visto segundos antes. Se arrodilló a su lado, levantó su cabeza delicadamente, y trató en vano de reanimarla.

Enishi (gritando desesperado): ¡Kaoru, despierta!. ¡Kaoru!. ¡Maldita sea!. ¡ Que alguien me ayude!. ¡Kaoru!.

Misao, que se hallaba dentro del Aoiya preparando parte de la comida que aquel día se iba a servir en el restaurante, oyó los gritos y reconoció aquella voz inmediatamente. Su cuerpo se convulsionó presa de un gran nerviosismo, estaba reviviendo las trágicas escenas vividas hacía tan sólo unos meses en Tokio, cuando aquel maldito les hizo creer que había matado a su amiga. Tomó lo primero que había hallado camino de la puerta, sin importarle que se tratara de una sartén, y salió como alma que lleva el diablo a combatir a aquel demonio. Aquella vez no sucedería lo mismo, ella no lo permitiría aunque le fuese la vida en ello.

Al salir al patio se encontró una escena aterradora. Kaoru se hallaba mortalmente quieta en el suelo, y Enishi la sostenía, rodeando su cabeza con su fuerte brazo. ¡La había matado!. ¡Y aquella vez realmente!. ¡Kamisama!. ¡Había llegado demasiado tarde!.

Misao (abalanzándose sobre el hombre enarbolando la sartén): ¡Lo pagarás, maldito!.- le asestó un fuerte golpe en la espalda.-

Yukishiro, que no la había visto llegar, nervioso como estaba, sintió un gran dolor en la espalda que casi le hizo desfallecer. Pero se giró raudo, y con una dura mirada detuvo a la ninja el tiempo suficiente como para poder llamarle la atención sobre lo ocurrido.

Enishi: ¡Muchacha histérica!. ¡Prepara un lecho para acostar a Kaoru!. ¡Se ha desmayado y no consigo reanimarla!. ¡He corrido lo más rápido posible para auxiliarla, pero cuando he llegado ya no he podido hacer nada para hacerla volver en sí!. ¿Me estás oyendo?. ¡Apresúrate!.

Misao (intentando asimilar las palabras que había escuchado): ¿Desmayada?... No está ... ¿muerta?.

Enishi (desesperado): ¡Lo estará si no te das prisa! - levantó a Kaoru en sus brazos y se encaminó hacia la entrada de la casa - ¡Vamos!.

Misao (reaccionando por fin): ¡Sí!. ¡Sígueme!. - y entró corriendo en el Aoiya seguida de Enishi.

La acomodaron en la cama que Kaoru usaba durante su estancia allí, Misao buscó rápidamente a sus compañeras y una de ellas corrió en busca de Megumi. La doctora llegó pasados unos cuantos minutos y se encerró en el cuarto a solas con la paciente.

Mientras esperaban, Enishi relató a Okina y los demás cómo había visto a Kaoru desmayarse y se había apresurado para ayudarla, omitiendo, eso sí, el hecho de que había estado escondido en el árbol de al lado del Aoiya tratando de espiar la casa. Les contó que había llegado en busca de Aoshi y Soujiro, encontrándose con aquel desgraciado suceso en su lugar. Aoshi les había informado de que inesperadamente se había unido a su causa contra Mamoru, así que, aunque no estaban muy convencidos de la explicación del joven, al menos dejaron las preguntas para otro momento.

Alrededor de dos horas tardó Megumi en abandonar el cuarto, y al hacerlo, todos se abalanzaron sobre ella intentando que les explicase qué era lo que le sucedía a la chica y queriendo saber si podían entrar a verla.

Megumi (haciendo un gesto negativo para impedirles entrar en el cuarto): Kaoru ya está despierta, pero necesita descansar. Por favor, hablemos en un lugar alejado de su habitación, en este momento no le convienen los alborotos.

Okina (asintiendo): Tiene razón, Megumi-dono. Seguidme, hablaremos en la sala de visitas mientras tomamos un té relajante. Allí nadie nos molestará. ¿Desea acompañarnos, Yukishiro-san?.

Enishi: Por supuesto.

Megumi: Perfecto, marchemos pues.



A las nueve en punto de la mañana la aldea de Shougo fue tomada por los sicarios de Hans. Prácticamente no hubo asedio, pues lo mayoría aplastante de los soldados comandados por el alemán no tuvo grandes problemas para derribar la empalizada por el lado este de la precaria fortificación, aunque muchos de los soldados que formaban la avanzadilla de las tropas murieron en el intento.

Shougo peleó como un auténtico dragón. Hizo uso de todas y cada una de sus técnicas y cada adversario que se exponía a su persona encontró el fin de sus días a manos del temible samurai. Pero sus valientes acciones no fueron ni por asomo suficientes para vencer a la tremenda horda de enemigos bien pertrechados a los que se enfrentaba la colonia. La mayoría de sus seguidores habían sido campesinos durante la mayor parte de su vida, y aunque Shougo había tomado bastante tiempo en instruirles en los principios de la lucha, inmediatamente se hizo patente su inferioridad respecto a los bien entrenados samurais a los que se enfrentaban.

Uno a uno fueron cayendo, y en cuestión de media hora, no quedaba nadie en pie que pudiera luchar codo con codo con el todavía imbatido samurai. Shougo, al percatarse de lo que había sucedido, perdió la concentración por un momento, que fue inmediatamente aprovechado por uno de sus adversarios para asestarle una fuerte estocada por la espalda, que le hizo desplomarse sin darle tiempo a reaccionar. Quedó tendido en el suelo, inmóvil, y al ver las tropas de Hans el deshonroso final del legendario guerrero, prorrumpieron en gritos de victoria que llegaron a oídos del grupo de Kenshin, todavía oculto en el subterráneo de la casas del fallecido samurai.

Dr. Eltsen: Kenshin, ¿los oyes?. Ese no es el comportamiento que habrían mostrado nuestros hombres de haber ganado la batalla. Estamos solos, amigo mío. Todo ha terminado.

Setsuna (acercándose a ellos y llamando la atención de todos los demás allí reunidos): No. No ha terminado. - dirigiéndose a todos ellos con una mirada dura y una voz resuelta-. ¿Quién de vosotros desea morir encerrado como una rata, quemado quizá, o pasado a katana en manos de unos malditos?. No sé vosotros, pero yo voy a salir a luchar. Si he de morir, seré yo quien elija la forma de hacerlo, podrán matarme, pero jamás doblegarán mi voluntad. ¿Quién está conmigo?.

Kenshin (situándose a su lado y posando su mano derecha en el hombro de la mujer): Yo estoy contigo. Muramos con honor. - En voz muy baja, para no ser escuchado por nadie- Kaoru, mi amor, en esta vida no ha podido ser, pero mi alma será tuya por siempre. Tomoe, pronto conversaremos de nuevo, y podré pedirte perdón por todo aquel dolor que te causé.

Se encaminó hacia la escalera que les llevaría al encuentro de sus agresores, seguido en silencio por todos los presentes, ya fueran mujeres o niños, todos ellos con la misma resolución dibujada en su semblante. Morirían luchando, morirían con honor.

Quiéreme cuando menos lo merezca,

Pues será entonces cuando más lo necesite.

Dr. Jeckyll.

Notas de la autora:

Este capítulo lo he comenzado algo desenfocada, me costaba concentrarme y dar fuerza a aquello que quería contar, pero poco a poco he ido encontrando mi camino y retomando su escritura como a mí me gusta, mostrando mis emociones, mostrando lo que soy. Al fin y al cabo, no es más que una prolongación de mí misma, y ha pasado por las mismas etapas que he pasado yo al escribirlo. Así que podría ser muchísimo mejor, pero no más auténtico.

Desde aquí agradezco en el alma a las personas que me apoyan con sus comentarios constructivos: a Shougo, a Allen Shezard, a Mª José Cañizal, a Alejandra Cotroneo (una nueva amiga, espero) y a todos aquellos que ahora me estoy dejando en el tintero (reñidme, por favor) , y les ruego que me perdonen por no estar tanto a su lado como debiera, aunque siempre están en mi corazón. De hecho, si sigo escribiendo, es en gran parte gracias a ellos. (De nuevo, así lo dediqué cuando lo escribí, hace más años de los que puedo recordar. Dejo la dedicatoria por todo lo que significaron esas personas para mí cuando escribí este cap. Si alguno de ellos me está leyendo aquí, por favor, poneos en contacto conmigo, me haríais feliz).