La Forja del Propio Destino
Capítulo 9:
" Todo un mundo cabeza abajo. Futuros inciertos. ".
Una vez hubo concluido la desigual batalla, los soldados de Hans se acercaron a él en busca de nuevas órdenes que seguir. El rubio guerrero esperó a tenerlos a todos reunidos, y una vez conseguido, miró a su alrededor, observando con manifiesto placer la multitud de cadáveres esparcidos por todo aquel lugar donde posaba su vista. Transcurridos unos segundos, fijó nuevamente su mirada en aquellos que tan bien le habían servido como herramienta de destrucción, y asintió.
Hans (haciendo notar la dureza del tono de su voz): Habéis luchado bien, pero siempre puede hacerse mejor. - algunos de sus hombres lo miraron con rencor. ¿Es que jamás estaba satisfecho ese maníaco?. - Pero el trabajo aquí no ha hecho más que comenzar. ¡Shingo!. ¿Cuántos hombres hemos perdido?.
Shingo (adelantándose con cautela hacia su inmediato superior): No he tenido tiempo de contarlos, pero a groso modo calculo que habrán sido unos sesenta o setenta.
Hans (presa de un ataque de cólera): ¡Quinientos hombres contra tan sólo sesenta!. ¿Y han muerto el mismo número en ambos bandos?. ¿Y vosotros os hacéis llamar los mejores guerreros del Japón?. ¿Vosotros, que no habéis sido capaces de matar sin bajas a cuatro campesinos muertos de hambre?.
Al escuchar esto, uno de los oyentes allí reunidos se adelantó hacia Hans, cansado de tanta prepotencia y humillación.
Soldado: Una batalla sin bajas es un falso propósito, lo sabes muy bien. Además, a ti nada te importa el número de tus guerreros que muera en cada contienda. Nos odias, nos desprecias, tan sólo nos usas para alcanzar tus propios fines. ¿Acaso crees que somos tan inocentes como para no darnos cuenta que tú mismo nos matarías si no fuera porque nos necesitas?. Los cristianos han luchado arropados por la fuerza de su fe. ¿Qué es lo que guía tus pasos?. ¿No sabes decírnoslo, o acaso es que no puedes, pues tus intenciones son tan retorcidas que ninguno de nosotros movería un dedo por ti ni tu dictatorial país?.
Hans (acercándose al hombre que con tanta osadía le había increpado por tamaña conducta, y mirándole fríamente): ¿Has acabado ya?.
Soldado (manteniéndole la mirada sin inmutarse): He dicho todo lo que tenía que decir.
Hans: Perfecto.
Sin pronunciar ni una palabra más, y con una rapidez más efectiva si cabe por lo inesperado de su acto, Hans extrajo de su funda la ninhotou que hasta aquel preciso momento había llevado en el cinto el samurai que osó oponérsele con semejantes palabras. La enarboló con precisa eficacia, a pesar de no formar parte inicialmente de su arsenal habitual, y le atravesó el estómago de parte a parte, dejándosela clavada hasta la empuñadura. Seguidamente, dirigió una sádica mirada hacia los demás soldados, aterrados y asqueados por igual ante tamaña atrocidad. Un silencio que podría haber sido cortado a cuchillo se adueñó del lugar.
Hans (con un desprecio rayano en la locura): Por supuesto que vuestras vidas no valen un marco siquiera. ¿Qué os habíais creído?. Pero por cada uno de vosotros muerto, se debe agrandar un poco más la zanja que hay que cavar para enterrarlos a todos. ¡Las órdenes de Mamoru son muy claras!. ¡Debemos hacer desaparecer cualquier vestigio de civilización en este claro!. ¡Así que ahora quedan menos para cavar y más para ser enterrados!. Además, no sois más imbéciles porque no es humanamente posible. - Hizo un gesto con su brazo derecho abarcando toda la aldea a su alrededor -. ¿Creéis que esto ya se ha acabado?. ¿Dónde están las mujeres, las madres y los hijos de todos estos despojos?.
Los hombres se miraron unos a otros sorprendidos. Ninguno de ellos había reparado en que ni un solo cadáver de mujer o niño plagaba aquella incipiente necrópolis.
Hans (harto ya de tanta explicación): ¡Entrad a todas las casas y arrasadlas!. ¡Quiero que la mitad de vosotros encuentre a esos miserables y que no quede ni uno vivo!. ¡El resto ya puede comenzar a cavar la fosa más grande que hayáis visto jamás!. ¡Andando!.
??: No hará falta, maldito bastardo. Aquí nos tienes, y no va a serte tan fácil acabar con nuestras vidas.
A pesar de la certeza de saber que en algún lugar de aquella malograda colonia, seguían latiendo varias vidas, Hans quedó verdaderamente sorprendido. La voz que acababa de hacerse notar no provenía de una asustada mujer o de un lloroso niño, como cabía esperar, sino de un hombre hecho y derecho, dispuesto a presentar batalla hasta la muerte, si fuese necesario. Mientras giraba lentamente tratando de localizar el origen de la retadora voz, se vio complacido para sus adentros, pues tendría una nueva oportunidad de gozar con el sufrimiento de un amarillo más. A este lo haría sufrir especialmente, sus hombres se estaban comenzando a revelar, y ver morir de forma atroz a uno de sus compatriotas, aunque fuese del bando contrario, calmaría sus ansias de revuelta. Los iba a utilizar a su manera hasta que ya no le sirvieran de nada, cuanto antes fueran conscientes de ello, mejor, para él, por supuesto.
Halló finalmente la fuente de dicha voz acercándose desde unos diez metros a su izquierda. En cuanto fue capaz de distinguir el rostro del hombre, que se había detenido a una distancia prudencial frente a él para poder estudiarle detenidamente, fue perfectamente consciente de la magnitud de aquel " fortuito ", o al menos no incluido en sus planes a corto plazo, encuentro. Aquel guerrero era suyo, sólo suyo. Sería un golpe de efecto la muerte de aquel sujeto. Sí, para él iba a ser pan comido, lo mataría, acabaría con Battousai, y todos aquellos imbéciles le temerían como nadie puede hacerlo en este mundo.
Hans (observando a Kenshin de arriba abajo con deliberado desprecio): He aquí un cobarde arrepentido, escondido durante la batalla entre las faldas de las mujeres por quienes todos estos despojos han dado sus miserables vidas, y retando a última hora a todo un ejército tratando desesperadamente de que algún otro desgraciado le recuerde con honor. - En aquel momento se dio cuenta de que varios metros detrás del samurai caminaban, también a su encuentro, todas las mujeres y los niños que habían estado tratando de hallar. Maravilloso, les iban a ahorrar un tiempo precioso. Su voz se dirigió nuevamente al retador, pero su mirada no dejaba de observar a todas aquellas débiles criaturas con complacencia.- No habrá nadie que te recuerde, Battousai el asesino - estas palabras fueron dichas con evidente sarcasmo - pues todos moriréis aquí y ahora. - Dirigiéndose seguidamente a sus estupefactos soldados - Este cobarde es mío. A los demás, matadlos. ¡Ahora!.
?? (Imperiosamente): Nadie más va a morir aquí, al menos no hoy.
Hans (reconociendo inmediatamente la voz que trataba de darle órdenes a su espalda, y sin dignarse a volverse siquiera): Está visto que interrumpir mis planes se está convirtiendo en una fea costumbre muy extendida últimamente. Primero él, y luego tú. ¿Qué tripa se te ha roto ahora, Kuro?. ¿No deberías estar lamiéndole el culo a tu amo mientras tratas de saber cómo acabar miserablemente con él sin que eso afecte a tus propios planes?.
Kuro (mostrando el mismo desprecio del que estaba siendo víctima): ¿Y tú no deberías estar haciéndole la cama a alguno de los grandes mandatarios de tu país?. No, Hans, - visiblemente complacido al ver que su puya había dado en el blanco, por el ligero temblor del labio superior del germano y su mirada poco menos que asesina - a mí no vas a impresionarme con tu actuación de tipo duro. ¿No tienes nada nuevo en tu repertorio?.
Sin darle tiempo a una respuesta, Kuro se situó frente a los hombres de Mamoru. Kenshin había quedado desconcertado por la disputa entre dos hombres que se suponía deberían estar unidos en el mismo bando, y decidió observar y esperar el posterior desarrollo de los acontecimientos. Siempre habría tiempo después para morir inútilmente, si había que hacerlo, pero quizá pudiese extraer algo positivo de aquella situación. Hans también había quedado sorprendentemente mudo y expectante, así que Kuro tuvo el camino libre para dirigirse a los soldados sin ser interrumpido.
Kuro: ¡El Sr. Mamoru ha tenido una brillante idea!. ¡Por eso estoy aquí, entre vosotros!. ¡Todos nosotros vamos a llevarla a cabo y participaremos de su triunfo y de su gloria!. - A Kuro se le revolvió el estómago por haber tenido que decir aquellas palabras, pero los hombres lo vitorearon entusiasmados. Gloria y honor era justo lo que necesitaban oír después de la barbarie a la que aquél demente les estaba sometiendo continuamente. Tras hacer una pausa de efecto para dar rienda suelta a los exaltados ánimos de la multitud, se aprestó a continuar.- ¡Él va a conseguir el poder de Japón sin que debamos entrar en guerra!. ¡Ninguno de vosotros va a morir en batalla!. - Los hombres quedaron tan sorprendidos como si les hubiesen dicho que algún día sus nietos podrían volar en aparatos hechos por manos humanas - No, no estoy loco. Escuchad atentamente, pues este es el plan. Todas estas mujeres, los niños, y el Dr. Eltsen también aquí presente, van a quedar en nuestras manos como rehenes. De este modo nos aseguraremos la no participación en el conflicto de los principales civiles que apoyan al Gobierno Meiji, es decir, Himura y sus amigos, y de la comunidad internacional, por miedo a un conflicto armado entre Holanda y cualquier otro país del oeste si alguno de ellos osa poner en peligro la vida del Dr. Sin su respaldo oficial, este Gobierno perderá gran parte de su credibilidad dentro del país y también fuera de sus fronteras, con lo que tan sólo nos restará poner en marcha a nuestros mejores hombres, situados en puestos estratégicos gubernamentales, militares y civiles esperando el momento oportuno, que no tardará en llegar, para dar el golpe final y apoderarnos de todo el país sin derramamiento de sangre alguno. ¿Quién de vosotros va a secundarnos?.
Todos los samurai allí reunidos prorrumpieron en vítores, alabando el nombre de Mamoru, excepto Kenshin, quien se dio cuenta inmediatamente de que él no iba incluido en los planes expuestos por Kuro. Pensó que lo más probable es que fuese entregado a Mamoru para ser asesinado en un "ajusticiamiento" público, con el fin de dar ejemplo a todos aquellos que hubiesen estado pensando en oponerse al nuevo régimen que aquel loco desaprensivo estaba tratando de instaurar. Por lo que había dicho Kuro, Mamoru deseaba un triunfo sin bajas en su propio bando, lo que no descartaba en absoluto las represalias contra todos aquellos que se hubieran enfrentado a sus designios o que pudiesen representar una seria amenaza en un futuro no lejano. No deseaba morir, pero tampoco haría nada tratando de escapar que pusiese en peligro las vidasdetodas aquellas personas que Shougo le había confiado con tanta fe. Ahora su amigo había muerto víctima de la incomprensión, la violencia y la ambición, y él moriría de la forma menos honorable y decorosa posible, lo que le demostraba una vez más que el mal jamás desaparecería del mundo. Se habían entregado duramente por alcanzar la paz y el bienestar de todos a su alrededor, consiguiendo tan sólo muerte y desolación como recompensa. ¿Para qué habían luchado?. ¿Por qué valía la pena vivir?. Sabía que en algún lugar recóndito de su alma guardaba una respuesta de esperanza, pero en aquel momento no fue capaz de hallarla con un mensaje de consuelo. A pesar de sus negros pensamientos, mantuvo su mirada impasible y alerta sus sentidos, en espera de la sentencia que Kuro tenía preparada para su persona.
Mientras tanto, todos los cristianos que aún permanecían con vida, fueron rodeados por los soldados de Mamoru, quienes permanecieron alerta a cualquiera de sus movimientos que pudiera resultar evasivo o sospechoso, para acabar raudamente con la vida de aquella persona que lo ejecutara.
Kuro se acercó lentamente a Kenshin, desenvainando su ninhotou a medida que se reducía la distancia entre ellos. Himura trató de desenvainar su sokabatou también, pero un amenazador gesto de los soldados que custodiaban a sus amigos le obligó a permanecer pasivo, en espera de una muerte que sin duda le estaba reservada. El agresor quedó frente a él, y con un rápido movimiento le produjo una gran incisión en su brazo izquierdo. Kenshin cayó de rodillas doblado por el dolor, pero poco a poco regularizó de nuevo su respiración y, no sin esfuerzo, consiguió alzarse de nuevo, quedando su mirada llena de cólera, frustración y desafío, frente a la del samurai que le había atacado.
Kuro (Alejándose de Kenshin lo suficiente como para que sus hombres escuchasen perfectamente lo que iba a decirle): Sé lo que piensas, samurai, pero no todo va a acabar para ti tan fácilmente. La muerte suele ser una liberación para una mente atormentada como la tuya, algo que ni tú ni ninguno de tus amigos de Tokyo merecéis, aunque todo llegará a su debido tiempo. Marcharás a Kioto a reunirte con los que has dejado allí, y les comunicarás que jamás, ninguno de ellos moverá un solo dedo en contra de nuestros actos, y eso va también para los Meiji y todos los demás gobiernos mundiales, o de lo contrario todas estas mujeres y niños, y también el Dr. Eltsen, morirán de la forma más atroz y despiadada que podáis imaginar en vuestras peores pesadillas. Os rendiréis sin condiciones pasada una semana, el tiempo que os da nuestro señor Mamoru para que les comuniques sus deseos y reflexionéis detenidamente sus palabras. Si tan sólo uno de vosotros osa oponerse a mi señor, morirán, si una sola bala es disparada en nuestra contra, morirán, y por supuesto, si tratáis de rescatarlos, morirán. ¿Entendido?.
Hans (a punto de perder el control): ¡No puedes hacer eso!. ¡Él es mío!. ¡Mío!. ¡Debo matarle, aquí y ahora!.
Kuro (mirándole con profundo desprecio): ¿Acaso osas oponerte a los designios de tu señor Mamoru, alemán?. ¿Demostrarás con eso que tu gobierno no apoya nuestros planes?. - Hans enmudeció rojo de ira, pero se mantuvo en su puesto sin proferir ni una sola palabra más. - Tu momento de gloria llegará, no lo dudes, pero no de una forma inútil que tan sólo sirva para alimentar tu vanidad sin reportar a nuestra causa ningún beneficio. Ordena a los hombres que lleven a cabo la destrucción de la aldea como estaba previsto. Yo escoltaré al samurai hasta el bosque para asegurarme que no se le ocurre tratar de rescatar a los cristianos en un acto inútil y suicida, y cuando regrese os ayudaré a eliminar todo rastro de presencia humana aquí. Andando, Himura.
Kenshin comenzó a caminar hacia la ahora destrozada puerta de la empalizada, renqueante al principio, pues la sangre no dejaba de brotar de su herida, pero a medida que avanzaba sus pasos fueron adquiriendo firmeza y seguridad. Pasados unos momentos abandonó los restos de lo que hacía poco había sido una próspera aldea, seguido siempre muy de cerca por Kuro, quien no se separó de su lado ni un instante. Finalmente alcanzaron el lindero del bosque y se adentraron unos cuantos pasos en la espesura. Una vez Kuro se hubo cerciorado de que ninguno de sus compañeros podía observarles desde donde se había producido la masacre, increpó al otro para que se parara.
Kuro (cortante): ¡Detente!.
Kenshin (con una sonrisa cansada): ¿Qué pasa?. Quieres enfrentarte a mí y derrotarme como todos, ¿no?. Acaba de una vez, ya no tengo ganas de repetir la misma historia, estoy agotado. - Se desabrochó la funda de la sokabatou, que chocó estrepitosamente contra el suelo.
Kuro (rajándole la manga izquierda del gi con movimiento hábiles y observando atentamente la herida): No seas patético y escúchame. Voy a vendar tu herida. Si sigues así no tardarás en desmayarte por la pérdida de sangre, y debes alertar a tus amigos para que derroten a Mamoru. Yo os ayudaré en todo lo que pueda.
Mientras Kuro limpiaba y vendaba la herida como había prometido, Kenshin lo observaba en un perplejo silencio, totalmente desorientado, pero no osó interrumpir la concentración de su inesperado aliado con sus preguntas hasta que este hubo concluido su tarea con éxito.
Kenshin (pasando su mirada del vendaje a los ojos de su interlocutor): ¿Por qué?.
Kuro (devolviéndole la mirada seriamente): No creas que lo hago por ti, ni por ninguna de tus creencias. Al ver a Hans no sé si te habrás dado cuenta de que está loco, lo que me reafirma en la convicción de que los extranjeros no pueden aportarnos nada bueno, pero Mamoru es igual que todos ellos. A él tan sólo le importa la riqueza, el poder... todas esas posesiones superfluas que en gran cantidad tan sólo corrompen el alma. Su intención es dejar nuestro amado Japón en las pérfidas manos de esos dementes, y eso jamás lo voy a permitir. Prefiero que esta vez triunfen vuestros ideales a que lo que más amo se hunda irremediablemente en la perdición. - Hizo una leve pausa, pues la emoción le impedía continuar, para hacer después a Kenshin un ademán para que se alejase.- Márchate ya, tus amigos te esperan, y esas pobres gentes necesitan toda la ayuda que podáis brindarles. Una cosa más. Si nos reencontramos algún día en una situación diferente a esta, morirás, jamás lo dudes.
Kenshin (posando su mano en el hombro de su salvador): No lo hago. En nombre de todo Japón, gracias. - Retiró la mano y comenzó una carrera desenfrenada hacia Kioto.
Kuro prefirió no contestar nada, tampoco habría sabido muy bien qué decir, así que observó cómo el samurai se alejaba en pos de aquellos con el poder suficiente para derrotar definitivamente a Mamoru, quizá no el más loco de todos aquellos que habían tratado de hacerse con el poder en Japón, pero sí el más osado, pues ninguno de los anteriores había pensado jamás en renegar de su patria y ponerla en manos de los extranjeros, tan ajenos a todas las creencias y costumbres de sus habitantes.
Mientras todo aquello sucedía, una ensangrentada figura se escabulló de la ahora maldita aldea sin ser vista por nadie.
Aoshi contemplaba fijamente el postrer intento de un sol agonizante por mantener su dominio sobre toda materia, viviente o exánime, enfocando sus ahora rojos rayos sobre el horizonte. Era curioso, pensó, que los momentos más hermosos ofrecidos cada día por el astro rey se diesen precisamente en el momento de su derrota, cuando la noche le arrebataba su hegemonía y mudaba la alegría y el esplendor por tétricos paisajes que invitaban al recogimiento y a la leyenda.
Había tratado de aislarse en el templo cercano al Aoiya toda la tarde y entregarse a la profunda meditación necesaria para alcanzar el oculto entendimiento de la vida, de todas las cosas, de todos los actos. Pero aquel día había resultado particularmente infructuoso. Había demasiada inestabilidad flotando a su alrededor como para enfocar todas sus fuerzas en la lógica y la razón. Mamoru seguía acechando, ocultos sus movimientos bajo un apenas perceptible manto de sutilidad; Enishi había socorrido a Kaoru, mostrando una predisposición nada usual por ella, y más teniendo en cuenta que él mismo la había sometido hace tiempo a secuestro y tortura psicológica. Además se había aliado con ellos contra ese maldito monstruo de invisibles cabezas. Y Kenshin, el norte elegido por todos ellos instintivamente para seguir en la lucha, había desaparecido sembrando la incertidumbre y el desconcierto entre todos ellos, por mucho que se empeñasen en negarlo. Hacía ya varios días que los había abandonado en medio del bosque tras una misión fantasma, y ninguno era capaz de discernir cuándo se produciría su ansiado regreso. Cierto es que había prometido reunírseles pronto, pero Aoshi no estaba seguro de cuánto tiempo más serían capaces de cooperar bajo aquella situación de incertidumbre sin su valiosa y juiciosa mediación. Y para colmo Kaoru, quien atravesaba su peor situación en la relación con el pelirrojo samurai, precisamente ahora, que lo necesitaba a su lado más que nunca. ¿Pero él sentiría todavía lo mismo por ella?. Esperaba que sí, por el bien de aquella muchacha.
Así que, tras comprobar una y otra vez la infructuosidad de sus intentos, se había encaramado en el tejado del restaurante, aprovechando la hermosa puesta de sol, para relajar su mente y dejarla volar hacia donde quisiera llevarle.
De pronto, una intensa sensación de dejà vu se apoderó de su persona. Aquel mismo día había sentido lo mismo cuando pasaron bajo el viejo árbol cercano a la casa. Se había sentido observado, aunque en aquel momento no había sido capaz de descubrir a nadie, teniendo que admitir finalmente la imposibilidad de la situación. Pero dos veces en el mismo día...
Aoshi (ahora profundamente convencido de que sus sentidos no le habían engañado en ninguna de las dos ocasiones): Quien quiera que seas, haz el favor de dejar a un lado esa fea costumbre que tienes de espiarme en las sombras y descúbrete. Si tienes algo que decir, hazlo de una vez por todas, y si quieres matarme, presenta batalla como un hombre de honor y déjate de juegos infantiles.
Una alta, enjuta, pero musculosa figura se deslizó ágilmente desde detrás suyo, situándose finalmente a su lado y sentándose imitando su postura de piernas cruzadas. Una vez hecho esto le sonrió con una mezcla de afabilidad y dureza que todavía no dejaba de sorprenderle.
Enishi (admirado): Esta mañana sabía que tú sí me habías descubierto, y no ese par de aprendicillos que te habías agenciado como acompañantes. Sabías que alguien te observaba, estabas seguro, y no es nada fácil descubrirme a mí, que he hecho del camuflaje un arte para sobrevivir durante todos estos años bajo el letal manto de la mafia china. No todo es ser el más fuerte, despiadado y decidido, para ostentar cierto dominio sobre los demás, sino que gran parte del éxito radica en saber desaparecer de escena y ocultarse cuando una situación se torna demasiado difícil como para ser sostenida exponiéndose a una muerte prácticamente segura.
Aoshi (taciturno): ¿Has venido aquí para darme lecciones de supervivencia, o es algo más lo que te ha traído a mi encuentro en este momento?.
Enishi: Tú siempre tan directo y poco diplomático. Así no tendrás mucho éxito con las mujeres.
Aoshi (resoplando desdeñoso): Como si me importaran algo las mujeres. Para alcanzar las metas en la vida, el corazón debe ser libre, capaz de sacrificar cualquier cosa en aras de los propios sueños e ideales. Cada vez que amamos a alguien, ya sean amigos o familia, somos un poco menos libres porque sacrificamos nuestro propio bien en beneficio de su bienestar. Como para atarse también a una mujer que te coarte totalmente la poca libertad que todavía puedes permitirte en esta vida.
Enishi: ¿Realmente sientes eso? - Aoshi lo miró con una curiosa mezcla de enfado y culpabilidad. - Yo hace mucho tiempo que estaba convencido de que esa era la única manera práctica de vivir sin problemas ni preocupaciones que no sean los que uno mismo elige por propia voluntad.
Aoshi: ¿Y?
Enishi (repentinamente molesto, dándose cuenta de que había estado a punto de mostrarle su corazón): ¿Y, qué?. Que no deseo seguir hablando de este tema.
Aoshi (enervado ya por la extraña actitud de su acompañante): No olvides que tú has comenzado esta conversación. Yo no te he llamado, ni me interesa realmente lo que tengas que decir.
Enishi: Es cierto. Y tú ten muy presente que no era a ti a quien observaba y que no me importas en lo más mínimo. Tan sólo he subido al tejado y te he encontrado aquí. No inventes toda una historia de una simple coincidencia. - Se levantó rápidamente y le dio la espalda al ninja, marchándose después.
Aoshi (pensando): Esta es la conversación más extraña y extravagante que he mantenido en mi vida. Este tipo no dejará jamás de sorprenderme. ¿A quién demonios estaría observando esta mañana encaramado en ese árbol?. ¡Un momento!. ¿Por quien ha mostrado una especial atención desde que ha llegado con Kaoru en brazos?. ¿Será ella la presa de sus intrigas?. ¿Querrá dañar a Himura nuevamente a través suyo, pero esta vez tratando de no levantar sospechas?. ¿De ahí su nueva actitud colaboradora?. No sé qué pensar, pero decididamente, voy a vigilarlo muy de cerca.
Inmediatamente después, y como surgidos de la nada, unos profundos y desgarradores gritos se oyeron en el interior de la casa. Inicialmente habrían podido ser confundidos con el rugido de algún animal en plena lucha por defender su territorio, pero tras escuchar detenidamente, Aoshi se dio cuenta que provenían del que tan sólo hace unos escasos momentos le había brindado su más que particular compañía: Enishi.
Aoshi descendió rápidamente del tejado para introducirse en la casa a la carrera. Los gritos provenían de la parte trasera, así que se dirigió instintivamente al cuarto de Kaoru. Al llegar allí notó que no había sido el primero en arribar, sino que ya el cuarto estaba repleto con todos los miembros y residentes en aquel lugar. Localizó a Enishi desde la puerta y se abrió paso entre sus compañeros hasta alcanzarle, encarándose a él como si tuviera que vérselas con un perfecto loco.
Aoshi (iracundo): ¿Qué demonios te pasa, Yukishiro?. ¿Pretendes matarnos de un susto o es que has perdido la cabeza?.
Enishi (devolviéndole la mirada de cólera, aunque la suya llevaba implícito un tinte de desesperación): ¡Se la han llevado!. ¡Se han llevado a Kaoru!.
Por primera vez desde que había penetrado en el cuarto, se dio cuenta de que Kaoru no yacía en su cama, donde había permanecido desde su desmayo por expreso deseo de la doctora Megumi. Pero se resistió a barajar la posibilidad de un secuestro, había infinitas explicaciones razonables para la ausencia de la kendoka.
Aoshi (reprendiendo a todos los allí presentes): Kaoru está embarazada, no inválida. Habrá salido a pasear. Cualquiera se volvería loco si pasase mucho tiempo postrado en una cama.
Enishi (sacudiendo la cabeza con ímpetu): Eso pensé yo inicialmente, no me tomes por idiota. Pero me fijé en que había un papel encima de su cama, me acerqué con curiosidad para ver si nos había dicho dónde se había marchado, y esto es lo que leí. - Seguidamente, abrió su mano izquierda, mostrándole un pergamino totalmente arrugado y ofreciéndoselo para que él mismo leyera su contenido.
Aoshi (leyendo en voz alta): La chica permanecerá en mi poder como garantía de vuestra "buena voluntad". Si movéis un solo dedo en mi contra, morirá. Esperad a Himura con todas las instrucciones pertinentes. Que os sea leve. Mamoru.
Enishi (más enfadado por momentos): Himura va a tener que responder muchísimas preguntas.
Aoshi (totalmente desconcertado): Sí, eso creo yo también. - Ahora mirando suspicazmente al samurai de pelo plateado.- ¡Qué coincidencia que hayas sido precisamente tú quien ha encontrado el mensaje!.
Enishi (más encolerizado por momentos): ¿Qué estás insinuando?.
Aoshi (sarcástico): Nada... Tan sólo que esta situación me recuerda vagamente a otra, que, mira tú por dónde, os tuvo a vosotros dos también como protagonistas. No es la primera vez que Kaoru es secuestrada... por... ¿ti?.
Enishi (abalanzándose sobre el ninja totalmente descontrolado): ¿Cómo te atreves, maldito imbécil?. ¡Acabaré contigo por lo que has dicho!.- Aoshi marchó a su encuentro y los dos se vieron enzarzados en una pelea con sus puños como única arma de ataque y defensa.-
Repentinamente, Okina pronunció una imperiosa y cortante frase, que, no sin muchas dificultades al principio, consiguió que ambos contendientes detuviesen la pelea, aunque seguían mirándose fijamente con veladas promesas de muerte.
Okina (tajante): ¡Basta!. ¡He dicho que basta, ahora!. - Hizo una pausa para que los ánimos se calmaran poco a poco.- Sr. Enishi, reconozca que su nueva actitud hacia todos nosotros, y especialmente hacia Kaoru-dono, pueda crear recelos después de todos los problemas que nos causó en un pasado no tan lejano. Pero, - entonces enfrentó con su dura mirada al que fuera su pupilo en otros tiempos - todos hemos decidido aceptarle ahora de nuestro lado, lo que lleva implícito un voto de confianza que ninguno de nosotros debe violar. Así pues, por lo que a mí respecta, usted queda fuera de toda duda, y todos los demás deberían actuar del mismo modo.
Ninguno de los dos pronunció ni una sola palabra de disculpa hacia el otro. Enishi permaneció de pie, con una mirada de desafío que expresaba lo poco que le importaba lo que todos ellos pudiesen pensar o no de él, excepto si ese pensamiento iba dirigido a la posibilidad de que él dañase a Kaoru, como ya había demostrado. Por su parte, Aoshi permaneció en un total silencio, y se marchó al lugar más alejado del cuarto, donde se recostó en una de las paredes, haciendo notar que, aunque lo que había dicho Okina era totalmente cierto, él no dejaría de vigilar al ex delincuente ni por un solo momento.
Misao (expresando una pregunta que planeaba como una sombra en las mentes de todos los allí reunidos): ¿Y qué vamos a hacer ahora?.
Aoshi (haciéndose notar por fin, aunque todavía resentido): Lo mejor es comunicar a Saito las novedades y esperar a Himura. Ya habéis oído lo que pone en la nota, si tratamos de rescatarla, la matarán. De todas formas, tampoco sabríamos por dónde empezar.
Enishi (decidido): Yo no pienso permanecer de brazos cruzados. No os preocupéis, que no pondré en peligro la vida de la chica, pero sí puedo mover mis contactos para averiguar todo lo posible sobre su paradero y los efectivos que la custodian. Toda la información que seamos capaces de reunir nos será de mucha utilidad.
Okina: Estoy totalmente de acuerdo con usted. - Ahora dirigiéndose a Misao con una sonrisa.- ¿Qué te parece, jefa?. ¿Nos ponemos en marcha nosotros también?.
Misao sabía que ella no era realmente la okashira de los onni, que cualquiera de ellos, y sobre todo los propios Okina o Aoshi, estaba mucho más capacitado que ella para ostentar ese rango. Pero ella misma se lo había atribuido tras la marcha de Aoshi, y ninguno de ellos había osado jamás contradecirla, aunque su título fuese tan sólo honorario.
Misao (devolviéndole la sonrisa): Hagámoslo.
Todos salieron del cuarto para poner en práctica sus particulares métodos de recopilación de información. Aoshi quedó el último, todavía recostado contra la pared, esperando que todos los demás marcharan, para realizar sus propias pesquisas. Misao estaba a punto de cruzar la puerta tras sus compañeros, pero algún pensamiento la detuvo, haciéndole cambiar de idea. Repentinamente se giró hacia Aoshi y se acercó a él. Una rabia nacida de los numerosos años de espera a que el ninja desarrollara un sentimiento de amor por ella, maltratados poco a poco por su cruel indiferencia, la indujo a enfrentarse a él y decirle unas cuantas cosas, que para ella estaban muy claras.
Misao (con una mezcla de desprecio y lástima): Es un imbécil, señor Aoshi. ¿Cómo ha podido decirle eso?. Realmente nunca se entera de nada. - Habiéndole dicho lo que tenía que decirle, se dispuso a marchar hacia la puerta para salir de una vez por todas de la dichosa habitación.
Aoshi la detuvo rápidamente, agarrándola por el brazo.
Aoshi (impresionado y molesto por igual con la rebelde actitud de la chica): ¿A qué viene eso?. Y tú... tú sí que te enteras, ¿no?. ¿De qué se supone que tendría que haberme enterado?. ¡Vamos!. ¡Dilo de una maldita vez!.
Misao (zafándose con un seco tirón de la fuerte mano de Aoshi y mirándolo con tristeza): Enishi la quiere mucho, no sé por qué, pero así es. Eso es algo que se nota a simple vista, nadie necesita ser un lince para darse cuenta de ello... menos usted. Pero, claro. ¿Qué sabrá usted de sentimientos?. ¿Usted que no es capaz de sentir nada por nadie?. ¿Usted que fue capaz de levantar la espada en contra del hombre que arriesgó su vida por la suya en tantas ocasiones, que le trató como un padre y que le creyó digno sucesor de sus enseñanzas y su rango?. Me da pena. - Dicho esto se marchó, dejando a un atónito y destrozado Aoshi tras ella.
Posiblemente era de noche cuando Kaoru abrió los ojos, aunque no podría asegurarlo, pues las contraventanas de la habitación donde se encontraba estaban cerradas por gruesos pestillos. Ningún rayo de luz alegraba el desconocido cuarto, mas ella pudo distinguir el mobiliario que lo vestía, ya que la débil luz de un pequeño candil había sido habilitada a tal efecto.
Se incorporó despacio, pues sus sentidos eran todavía presa de un vago embotamiento, debido seguramente a algún tipo de droga que le habían hecho inhalar a través de un paño colocado en su nariz. Eso sí que era capaz de recordarlo, aunque no tenía ni idea de qué había sucedido después ni cómo había llegado a aquel lugar, y mucho menos de dónde se encontraba, aunque por las circunstancias que habían rodeado su ingreso en él, estaba segura de que nada agradable le esperaba a partir de ahora.
De forma totalmente inesperada, el ruido procedente de algún objeto ligero golpeado contra el suelo la alertó de que no se encontraba sola en aquel cuarto, como había supuesto inicialmente. Dirigió su mirada al lugar contra el que la habían alertado sus sentidos. Una oscuridad más profunda, procedente de la sombra proyectada por una gran cómoda de estilo victoriano, regentaba la esquina de la habitación que se encontraba más alejada de ella, sumiendo en la semipenumbra lo que perfectamente podía ser un individuo, o cualquier otro ser vivo, ya que su vista tan sólo distinguía un leve movimiento, y unos ojos profundos, brillantes, totalmente fijos en ella.
Kaoru (resuelta a no parecer desbordada por la situación): Si eres humano, muéstrate, y dime por qué me retienes en este lugar en contra de mi voluntad.
?? (con voz segura y dominante): Tan sólo es cuestión de tiempo que llegues a amar este cuarto, pues será tu casa hasta el día en que nos casemos, en que pasarás a hacerme compañía en mis aposentos, por supuesto.
Kaoru (ocultando lo mejor posible la histérica situación en que estaban a punto de penetrar sus nervios): Por supuesto... - Vaciló un momento. Esa voz... la voz que acababa de dirigirse a ella... la conocía... Hizo un esfuerzo por recordar de qué le resultaba tan familiar ese modo de hablar, tan suave pero veladamente amenazador, pero por más que trataba de hacer memoria, su mente no conseguía asociar esa cadencia de voz con un rostro en particular. Decidió darle conversación, hacer que siguiese hablando y así dar a su mente nuevas oportunidades y un tiempo valioso para reconocerlo.- Y... ¿con quién se supone que voy a casarme?.
??: No con ese patán de Battousai, tan sólo bueno en el pasado para segar cuellos despiadadamente, y ahora válido para nada. Te casarás conmigo, con un hombre poderoso, seguro de sí mismo, con una inteligencia superior a la de todos los demás...
Kaoru: Y con un ego superior al de todos los demás, según veo.
?? (perdiendo la compostura por un momento): ¡Maldita zorra! - Al darse cuenta de que Kaoru lo había hecho peligrar en su terreno, recuperó rápidamente la serenidad y la calma. Respiró hondo y continuó hablándole. Por el tono de voz de la chiquilla, sabía que todavía no lo había reconocido, aunque no tardaría mucho más tiempo en hacerlo. Eso le divertía, y debía aprovechar al máximo su momento de incertidumbre. - Veo que no me he equivocado contigo. Sabía que seguirías siendo la misma déspota cruel, vil y despiadada que hace mucho conocí. Pero ahora todo va a ser totalmente diferente, yo tengo el mando, yo soy el dueño de tu vida, y tú harás lo que yo te diga, tal y como te mereces, tal y como debió ser entonces.
Kaoru seguía meditando, totalmente desconcertada. "¿Entonces?". O sea, ¿que hacía mucho tiempo que se conocían?. ¡Estaba segura de que aquello era totalmente imposible!. ¡Esa voz la asociaba con alguien conocido no hace mucho, alguien que de algún modo había formado parte de su vida durante un breve período de tiempo. Pero ¿quién podía ser?. Su confinamiento, y las dementes palabras procedentes de su interlocutor, no contribuían precisamente a aclarar su mente, agitada de forma incontrolada por el miedo.
?? (destilando su voz un velado tono sarcástico): Tu silencio es prolongado. ¿Cómo es posible?. ¿A pesar de lo que disfrutaste en mis brazos no eres capaz de reconocer mi voz?.
A Kaoru comenzaba a darle vueltas la cabeza. Cada palabra que pronunciaba aquel fantasma de hiriente voz suponía un nuevo acertijo para ella y cada frase parecía tener menos sentido que la anterior. Todas las fuerzas que le quedaban después de la grave conmoción sufrida tras su secuestro, fueron puestas al servicio de discernir de una vez por todas a quién pertenecía aquella voz que parecía ser extrañamente ajena a cualquier cuerpo de la forma más antinatural. Había dicho que ella había disfrutado en sus brazos. ¡Imposible!. ¡Ese hombre estaba totalmente loco!. ¡Si tan sólo había estado en los brazos de Kenshin en toda su vida!. Dejó libre el hilo de sus pensamientos, recordando una situación... ¡Había estado en aquellos brazos por error!. ¡Y tan sólo durante un brevísimo momento!. ¡Para ella eso no contaba pero...!.
Kaoru (cayendo de golpe en la cuenta de dónde había oído antes aquella maldita voz, dándole por fin un rostro a aquel fantasmagórico espectro): Watashi...
Mamoru (imitando lánguidamente la voz de la mujer): "¡Watashiiiiii!". ¿Quién si no?. Eres bastante simple como para tener tantas pretensiones y andar por ahí dándote tanta importancia. Ahora me doy cuenta de que mi padre jamás debió tratar de concertar un matrimonio entre nosotros, no me llegas ni a la suela de los zapatos. Pero este era su deseo, y lo cumplirás, de eso me encargo yo aunque para ello tengas que aparecer ante el monje atada y amordazada. Podría tener cualquier mujer que se me antojase, pero serás tú, tú, la que vas a pasar el resto de tu vida a mi lado.
Kaoru (totalmente desconcertada): ¿Tu padre?. ¿Qué tiene que ver tu padre, sea quien sea en todo esto?. ¿Un matrimonio?. ¿De qué me estás hablando?. Haz el favor de hablar claro de una vez.
Mamoru (deleitándose a pequeños sorbos con la desesperación de la chica): Piensa y recuerda, y si no, rabia. No voy a darte la satisfacción de oír de mi propia boca la humillación a la que sometiste a toda mi familia.
Kaoru (sacando fuerzas de flaqueza y aparentando sentirse serena y segura de sí misma): Da igual lo que pienses, o lo que hagas. Kenshin jamás te permitirá que te salgas con la tuya. Él vendrá en cualquier momento, y ruego por tu alma esta vez cuando eso suceda, maldito demente.
Mamoru (sintiendo un temor atroz al recordar el momento en que creyó estar próximo a ser asesinado por el alter ego de Kenshin, Battousai, pero recuperando la compostura rápidamente y adoptando una sonrisa sádica, aunque la chica no pudiera ver su expresión tras las profundas sombras donde se había resguardado): ¿Eso crees?. Te voy a dar una información de primera mano, para que veas que me preocupo por ti y que vas a ser muy feliz a mi lado. Él no vendrá. A estas horas debe estar a varios metros bajo tierra, al lado de su queridísimo amigo Shougo. - Kaoru palidecía más y más a ojos vista. Su rostro había adoptado un semblante cadavérico, agravado por la mezcla de terror y confusión que mostraban sus ojos. ¿Kenshin muerto?. ¿Cómo?. ¿Dónde?. ¿Y con Shougo?. ¡Era totalmente imposible!. Es cierto que Kenshin se había marchado de una forma tan sorprendente como precipitada, pero hacían falta varias semanas para llegar a Holanda. De ningún modo podía haber llegado al lado del cristiano en tan pocos días.- No me mires de ese modo, mujer, la locura no forma parte de mis planes. Amakusa siempre ha estado aquí, mejor dicho, jamás salió para Holanda y siempre estuvo aquí, pues ahora el único lugar que regenta su alma es la dura y húmeda tierra de una fosa común, donde yace al lado de todos sus seguidores y de tu "amado" samurai. De eso ya me he encargado yo sobradamente.
Kaoru no pudo soportar por más tiempo toda aquella fusión de sorpresa, confusión, miedo e incertidumbre, vio como el contorno de todo aquello donde fijaba la vista se convertia en manchas cada vez más borrosas, hasta que perdió totalmente el control sobre su cuerpo hasta acabar postrada nuevamente en aquella hostil cama. Mamoru la observó fijamente durante unos minutos más, para luego, y tras prorrumpir en una sonora a la par que demente carcajada, salir lentamente de su escondite y atravesar la puerta del cuarto, cerrándola con llave tras él.
La noche había hecho suyo cada árbol, cada piedra, cada gota de agua que discurría por el arroyo que hasta hace muy poco había sido fuente de vida y algarabía. El bosque había pasado de ser el escenario de numerosos juegos entre los diversos moradores que lo habitaban, a ser el tétrico reino de los carnívoros nocturnos, únicos dueños y señores de una oscuridad que no sería capaz de proteger a cualquier díscolo animalillo tan osado como para proseguir sus juegos en vez de entregar su cuerpo al tan merecido descanso, a resguardo de su confortable madriguera.
Pero aquella noche no era como todas las demás, pues un hecho insólito perturbaba la peculiar paz que solía respirarse en aquel entorno. Una masa grande, que podría haber sido perfectamente un tigre o cualquier otro depredador, se desplazaba torpemente por entre la baja vegetación, rompiendo ramas, aplastando pequeños arbustos. Desde lo alto de un gran eucalipto, un búho lo contemplaba enfurecido. ¿De dónde demonios había salido aquel animal tan ruidoso que le había espantado el pequeño ratón que iba a formar parte de su cena?. ¿Y qué esperaba cazar semejante vicho si seguía armando tal barullo?. Si por él hubiera sido, lo habría hecho engrosar su despensa, pero, a pesar de ser tan inmensamente patoso, su envergadura hacía presagiar una fuerte defensa si se sentía amenazado. Aunque... pensándolo bien, quizá todavía podría cenar aquella noche, pensó observando un pequeño reguero de sangre que aquel desafortunado animal iba dejando por todo aquel lugar por donde pasaba.
El hombre siguió caminando durante lo que a él le parecieron meses enteros, hasta cobijarse al abrigo de una pequeña cueva, relativamente fácil de proteger por sus reducidas dimensiones. Aunque esto fue lo que menos le importó, ya que sabía que en cuanto dejase de caminar, el sueño, o quizá un desvanecimiento, le impedirían luchar contra cualquier animal que le amenazase, aunque fuera un simple y pequeño ratón. Había comenzado a sangrar de nuevo y si no ponía remedio a aquella situación lo antes posible, sus fuerzas no le alcanzarían para lograr su objetivo, el campamento donde tenían retenido lo que más amaba en este mundo. Con una mueca de dolor que le hizo apretar los dientes con todas sus fuerzas para no gritar, retiró lentamente el girón de camisa que le había servido de improvisado vendaje, y lo sustituyó por otro idénticoque había lavado horas antes, la última vez que había vadeado el arroyo, considerado hasta no hace mucho parte de su hogar. Ahora no tenía nada a lo que llamar "hogar", y ni falta que le haría si no conseguía rescatar a todos aquellos que había jurado proteger, en particular a la mujer que tanto y tan intensamente amaba. Era una inmensa locura pensar que él solo y herido podría contra más de cincuenta hombres pertrechados hasta los dientes, pero lo intentaría a cualquier precio, pues era la única opción que le quedaba. Si lo conseguía, podría morir en paz.
Con este pensamiento, se abandonó finalmente a las sombras de su debilidad, cayendo en un profundo sopor que le mantuvo inconsciente varias horas en un sueño plagado de pesadillas.
Okina miró a través de la ventana del salón del Aoiya, como había hecho cada diez minutos desde que había comenzado la reunión que daría un rumbo definitivo a la estrategia bélica de los samurais más poderosos, aliados al Gobierno Meiji. Saito había llegado puntualmente, portando noticias sobre las órdenes que había desplegado el Ministro de la Guerra a través del Gral. Yamagata, y a las que ellos mismos deberían adaptar su próxima conducta.
Pero no era aquello lo que rondaba por su mente cual una pesada mosca, sino el hecho de que muchas cosas habían cambiado en tan sólo un día, desde el enigmático secuestro de su buena amiga Kaoru. Aoshi había pasado todo el día fuera de casa, cosa totalmente normal, a no ser por la actitud sumamente irascible con la que se había marchado aquella mañana. Si aquel hecho se unía a que Misao no había solicitado llevarle el desayuno a su cuarto, como se moría por hacer nada más levantarse, para marchar muy temprano en busca de Aoki, el joven discípulo de la Dra. Megumi, con el que había regresado, y con el que había pasado charlando la mayoría del día, no era tan raro aceptar el hecho de que el viejo maestro hubiese notado cierta desazón, que lo que estaba sucediendo en el porche de la casa en aquel preciso momento contribuía a fomentar.
No podía verlos desde donde estaba, pero era totalmente consciente de que seguían juntos todavía. Tras escuchar las instrucciones que Saito les había comunicado, Misao se negó a tomar parte en la planificación de estrategias y en la posterior toma de decisiones, alegando que le era totalmente imposible concentrarse aquella noche y que tan sólo sería un estorbo para los allí reunidos. Se había excusado y seguidamente les dijo que si necesitaban algo de ella la encontrarían en el porche de la casa tomando aire y tratando de relajarse para retomar sus obligaciones con la mente despejada.
El joven Aoki, al que habían permitido quedarse y observar, como deferencia a los servicios prestados por encargo de su sensei, no tardó ni un minuto en excusarse también y marchar tras la muchacha. Okina había sonreído para sus adentros, pensando en lo rápidamente que iba a volver a entrar el muchacho, pues conocía de sobra el carácter impulsivo y amenazador que Misao desplegaba cuando las cosas no marchaban bien, o simplemente cuando no deseaba ser molestada. Pero transcurrieron los minutos, y nadie volvió a traspasar la puerta de entrada, hecho que vino a sumarse al ya de por si desconcertante comportamiento de la muchacha durante todo aquel día.
De pronto, el viejo y ajado ninja dio un sonoro respingo, dirigió su vista a sus contertulios, y volvió a concentrarse en la conversación que se estaba desarrollando junto a él.
Saito (malhumorado): ¡Maldita sea!. ¿Me estás escuchando?: ¿O tú también necesitas un baño de aire como la condenada chiquilla?.
Okina (sonrojándose y adoptando una mueca de disculpa): Lo siento, Ajime. ¿Te importaría repetirme tu pregunta?.
Saito (mirándole con semblante serio, advirtiéndole con los ojos que no estaba dispuesto a tolerar otro despiste semejante): ¿Cuáles son las medidas que estáis dispuestos a tomar?.
Okina: ¿Medidas?.
Soujiro, dándose cuenta que Okina no tenía ni la más remota idea de a qué se refería el miburo, y tratando de evitar una nueva explosión de rabia del policía, se apresuró a resumir lo más destacado de la conversación que se había desarrollado hasta aquel momento.
Soujiro: El Sr. Saito nos estaba haciendo notar la conveniencia de que cada uno de los samurais escogidos para ayudarle con sus pesquisas en un primer momento, nos pongamos al frente de uno de los batallones del Gral. Yamagata. Todos los aquí presentes - hizo una pausa para sonreír afablemente a Sanosuke, que había insistido varias veces a lo largo de la reunión en las ganas que tenía de romper alguna cabeza - hemos aceptado el honor y la responsabilidad, así que nos incorporaremos a nuestros puestos tan pronto como sea posible. Pero seguiremos necesitando el insustituible apoyo de los onniwa banshu, si todavía seguís deseando contribuir a la erradicación de estos nuevos enemigos. ¿Crees que esto será posible?. Y si es así, ¿cuáles serán vuestras pautas de actuación?.
Okina (observando nuevamente la ventana por un breve instante, meditabundo): Había pensado devolver el mando de los onni a Aoshi, aunque todavía no le he comentado nada. Creo que Misao, por mucho empeño que ponga en desempeñar con éxito su cometido, no tiene la experiencia suficiente como para liderar una red de espionaje tan sofisticada como la nuestra, en tiempos de guerra. Pero si decís que Aoshi será reclamado para llevar a la guerra uno de los batallones de Yamagata, deberéis darme un poco de tiempo para tomar una nueva decisión. Como comprenderéis - dijo con una sonrisa de disculpa - yo ya estoy demasiado viejo como para hacer la guerra, queridos amigos. Espero que me disculpéis, y que contéis con mi apoyo logístico en todo lo necesario. Quizá mi vieja experiencia os sea todavía útil a la hora de planear estrategias, o de buscar fuentes de información. Pero, por supuesto, sea quien sea la persona que finalmente nos lidere, podéis contar con el apoyo incondicional de todos los onniwa banshu. Hablo por todos nosotros.
Saito le hizo una apenas imperceptible inclinación de cabeza, agradeciendo su colaboración, luego dirigió su mirada hacia Enishi, pues era su turno para dejar bien clara la postura que tomaría en esta nueva confrontación.
Saito (con tono duro, aunque respetuoso): No sé si Yamagata es un loco, o un visionario, pero me ha dicho que te pida que lideres uno de los batallones de guerreros. Lo extraño es que yo pienso que es un visionario. ¿Qué me respondes?.
Enishi (decidido): Lo siento, pero debo rechazar tu ofrecimiento... - todos comenzaron a hablarle a la vez, mostrando su descontento ante tamaña decisión - hasta que haya rescatado a Kaoru. Estoy prácticamente convencido de que es Mamoru quien la retiene para hacer que ninguno de nosotros, y especialmente Himura, quien tantas veces ha sacado las castañas del fuego a este débil Gobierno, tomemos parte en la que podría ser la batalla decisiva para el futuro de Japón. No puedo permitir que esto suceda, por nuestro país y por motivos personales. Espero que lo comprendáis, pero si no es así, tanto me da. Mi rumbo está tomado.
Inesperadamente, una figura apareció en el salón. Seguramente había penetrado en la casa por la puerta trasera, y había estado escuchando la conversación desde hacía rato ya.
Aoshi (mirando a Enishi desafiante, casi esperando que este osara contradecir sus palabras): Y yo te acompañaré, exactamente por los mismos motivos que has expuesto tú.
Por un momento, todos creyeron que se iba a entablar una cruenta lucha entre ambos samurais, pues la aparente aversión que se tenían se hizo casi palpable en ese instante, pero finalmente Enishi optó por adoptar una postura diametralmente opuesta a todas las expectativas.
Enishi (con una mirada veladamente agradecida, aunque alerta): Cualquier ayuda que puedas prestarme será bien venida.
Iban a continuar con el importante concilio, cuando precipitadamente, se abrió la puerta principal de la casa y una figura traspasó el umbral de forma pausada, casi arrastrando los pies. Todos los allí presentes quedaron totalmente sorprendidos, pues, aunque su aparición había sido anhelantemente deseada por todos y cada uno de ellos, ya se hacía casi irreal su pronto regreso.
Aoshi: ¡Kenshin!. ¡Por fin!. ¿Dónde demonios...?.
Enishi (interrumpiendo al ninja y abalanzándose sobre el recién llegado): ¿Qué era tan importante como para estar lejos de ella cuando la estaban sec...? - No pudo terminar su frase él tampoco, pues el samurai se desplomó en sus brazos totalmente inconsciente, sin apenas darle tiempo para reaccionar.
La vida es como una leyenda:
No hace falta que sea larga,
sino que esté bien narrada.
Lucio Anneu Séneca
