La Forja del Propio Destino
Capítulo 10:
" Regreso, derrotas, revelaciones".
Aquella había sido una de las noches más largas que, tan cansada como estaba, Megumi era capaz de recordar. Aoshi había llegado en su busca prácticamente a medianoche, urgiéndola a acompañarlo al Aoiya, pues Kenshin precisaba de su ayuda médica. Kenshin, nuevamente Kenshin. ¡Cuántas veces había tratado de echarlo de su vida de una vez para siempre!. Abandonó Tokyo para salir del círculo vicioso en que se encontraba, pues permaneciendo en aquella ciudad, jamás podría estar al lado del samurai del modo en que ella habría deseado, mas la cercanía tampoco le permitiría olvidarlo. La esperanza de seguir un nuevo camino condujo sus pasos a Kioto, siempre firme hacia delante. Y quizá con el tiempo, al volver la vista a aquello que un día fue, podría ver a aquel hombre como un bonito recuerdo, pero recuerdo nada más.
Pero allí se encontraba ella, otra vez a su lado, velando por su vida. ¿Es que no había más doctores a los que recurrir?, pensó en un acceso de ira. Pero no, ella misma prefería ser su apoyo en aquellos duros momentos, no se habría quedado tranquila siendo de otro modo. Paciencia, pues. Como siempre, él se recuperaría, y ella podría retomar el camino que tan estoicamente había elegido.
Ahora se hallaba tranquila, recostada en la barandilla del porche de aquella acogedora casa observando amanecer, pero no podía olvidar las duras horas que ella y Misao habían pasado tratando de salvar la vida de aquel tozudo que siempre se metía en asuntos con un mismo final, nunca bueno para él, una y otra vez. Cómo no, esta vez también había llegado en un estado lamentable. La herida de su brazo no era muy profunda, pero un improvisado torniquete, aplicado por Kamisama sabe quién, había acabado infectándola, aunque era justo reconocer que también había cortado la hemorragia eficazmente. Se hallaba en un estado febril que amenazaba con colapsarlo, y las dos mujeres, tras desinfectar la doctora aquella herida y vendarlo inmovilizando el brazo maltrecho, habían luchado contra reloj, con la débil esperanza de rescatarlo de nuevo del persistente abrazo de la muerte.
Finalmente, y próxima ya el alba, Kenshin se había sumido en un sueño tranquilo, prueba de que la fiebre había remitido, y ellas dos se habían podido tomar un respiro. Misao había marchado a descansar, cosa que también ella haría en cuanto el frío viento de la mañana le arrancara de una vez por todas aquella sensación de peligro, mezclada con un atroz miedo a la pérdida.
Escuchó el sonido de unos leves pasos a su espalda, y giró serenamente, adivinando sin dificultad a quién hallaría tras ella.
Megumi (con voz cansada): Debería descansar, Shouzo-san. Para ser la primera vez que sale tras su recuperación, no es conveniente abusar.
Shouzo (con una sonrisa afable): ¿Y usted qué, Megumi-dono?. Mírese, apenas puede tenerse en pie. Yo he descansado unas horas en un futón que amablemente me ha prestado Okina-san, tan sólo vine a acompañarla para que nadie pudiese hacerle daño a tan altas horas de la noche como vino, pero usted ha estado trabajando sin descanso, no ha dormido ni cinco minutos siquiera. Vaya, señorita. Duerma unas horas, que yo velaré por Himura-san. Le doy mi palabra de que si se produce en él algún cambio digno de su atención, se lo comunicaré sin demora.
Megumi: Pero...
Shouzo (haciendo un gesto tranquilizador): Vaya, se lo ruego. Okina también ha preparado un futón para usted, temiendo que no desearía abandonar la casa hasta estar totalmente segura de que Himura-san se iba a reponer. Hágalo por mí.
Megumi (no pudiendo evitar sonreír de nuevo, agradecida por la preocupación del samurai): Tiene razón. No seré de mucha utilidad si no soy capaz de tenerme en pie. Me lo ha prometido, avíseme si Kenshin empeora. Comenzó a caminar hacia el interior de la casa, pero al pasar junto a Shouzo se detuvo un breve momento, posando su mano en el hombro de aquel hombre, que, a pesar de ser un completo desconocido, tanto velaba por ella. Con este amistoso gesto trató de demostrarle todo el valor que tenía en su vida ese apoyo en tan duros momentos.
Megumi: Gracias, Shouzo-san.
Shouzo (enrojeciendo, azorado): No hay de qué, señorita.
Megumi se acostó tal y como había prometido, y aunque su preocupación por el enfermo le impidió disfrutar de un profundo sueño, al menos aquel tranquilo duermevela fue reparador para su agotado cuerpo.
Shouzo esperó unos leves instantes, pensativo. Mas de pronto se encaminó hacia el cuarto del samurai, recordando que él no debería encontrarse en aquel lugar. Nadie era consciente de la presencia de los cristianos en Japón y no podía ser él quien los delatara. Por lo intempestivo del momento en que llegaron a la casa, tan sólo se habían encontrado con Okina y Aoshi, quienes posiblemente habrían oído hablar de él a través de Himura, pero no le conocían personalmente. Los demás se hallaban reunidos en una pequeña sala para no entorpecer la labor de la doctora durante su cura al herido. Okina, amablemente, le había ofrecido un futón donde dormir, y él lo había aceptado, a sabiendas de que no transcurriría mucho tiempo antes de ser descubierta su verdadera identidad. Megumi le había comentado por casualidad que Sanosuke estaba presente en la casa, y aquella muchacha... Miaso... estaba seguro de que también sería capaz de reconocerle. Pero para él era totalmente imposible abandonar al hombre que tanto había hecho por su pueblo y su sensei hace tiempo, y que seguramente se encontraba en aquel estado por haber vuelto a prestarles su ayuda, tal y como él le suplicó a través del críptico mensaje transmitido por Aoki. Y la doctora... Megumi-dono, también le debía mucho a ella, que lo había sanado y cuidado sin formular jamás ni una sola pregunta. Era una gran mujer. Suspiró, resignado a quedarse y ser descubierto. Después de todo, todos los de aquella casa eran las mejores personas a las que podía encomendar su secreto. Penetró en la habitación donde todavía yacía Kenshin dormido, y permaneció sin separarse de él ni un momento, tal y como había prometido, hasta ser relevado por la doctora a media tarde.
Kenshin yació inconsciente todo un día con su respectiva noche, mientras en el restaurante nada había cambiado. La intensa preocupación por Kaoru fue la nota dominante en todo los corazones de sus residentes, quienes no cesaron ni un momento en su empeño de conseguir por cualquier medio a su alcance, alguna información que pudiera darles aunque fuese una vaga idea de su paradero. Pero hasta el momento todos los intentos habían resultado desalentadoramente infructuosos.
Por esta causa, había una persona particularmente nerviosa: Enishi. Cada minuto que transcurría sin una mejoría del samurai, a este se le hacía eterno. Ardía en deseos de pedirle explicaciones, de saber dónde había estado durante todo aquel tiempo, y por qué en la nota encontrada por él, decía que en su poder se hallaban las instrucciones que todos ellos debían seguir. Aunque pasó fuera la mayor parte del día, su mente retornaba una y otra vez a todas las preguntas que tan sólo aquel hombre postrado en un futón era capaz de responder.
También la conducta de otro de los compañeros se había hecho especialmente insoportable. Coincidiendo con el secuestro de la joven kendoka, Aoshi se había vuelto una sombra, un espectro que vagaba por la casa, durante los pocos momentos en que se decidía a permanecer en ella, arrastrando su melancolía y su tristeza. Cierto que su seriedad e introspección eran inherentes a su carácter desde hacía mucho tiempo, pero ahora, esa seriedad había alcanzado el grado extremo, ayudada por un dolor que el ninja era incapaz de esconder tras la máscara de indiferencia que tan bien había aprendido a mostrar varios años atrás, tras la muerte de sus mejores amigos y compañeros. Se limitaba a entrar, comer, perderse por la casa, todo ello acompañado de una mirada vaga, extraviada en algún punto que ninguno de los demás era capaz de contemplar. Cierto era que ninguno de ellos tenía tiempo de preocuparse mucho por aquel tema, pues su prioridad era la muchacha, pero aquella actitud de apatía contra el mundo de que hacía gala el ninja, no contribuía en ningún caso a mitigar sus temores, sino que los fomentaba.
En cambio, y en marcado contraste con tan magna demostración de tristeza, Misao se mostraba pletórica de actividad. No paraba ni un momento, atendiendo los asuntos de la organización, ayudando a Megumi y a sus compañeros del restaurante cada vez que era requerida su presencia, y conversando con Aoki, el ayudante de la Dra. Megumi, quien se acercaba por la casa cada vez que las obligaciones en la pequeña consulta de la médico se lo permitían, ya que se había tenido que hacer cargo de ella mientras su mentora siguiera cuidando a Kenshin en el Aoiya. El muchacho estaba totalmente orgulloso de la confianza que su sensei había depositado en su persona, y aquella seguridad y fortaleza que mostraba beneficiaban a Misao, a quien se podía ver mucho más centrada y responsable. Aunque, para aquel acostumbrado a observar, una nota curiosa habría atraído su atención: la muchacha ya no reía, se limitaba a sonreír cortésmente si ello era estrictamente requerido por la ocasión. Aunque tampoco era este el momento adecuado para que ninguno de ellos se pusiese a estudiar a los demás.
Llegada la noche, todos se reunieron para compartir sus progresos, al igual que venían haciendo cada día desde que se establecieron en la casa. En este caso era Okina el que había tomado la voz cantante en la conversación, Estaba exponiendo la conclusión a la que había llegado tras meditar largo y tendido sobre el tema de su sucesión al frente de los onniwa-banshu.
Okina (desalentado): Muy a mi pesar, es mi deber comunicaros que voy a seguir liderando la organización, al menos hasta que se de por resuelto el asunto del secuestro de Kaoru y Aoshi pueda retomar sus obligaciones de una vez por todas. - Misao le observaba fijamente, pero ninguna palabra salió de sus labios.- No voy a permitir que el gran peso del liderato recaiga sobre los hombros de mi querida Misao, no sería justo ni tampoco correcto en la dura situación por la que atravesamos, y a todos los demás miembros los necesitamos en activo, infiltrados en diversas organizaciones y mafias, pues ese es el secreto de nuestro éxito. - Mirando a Misao con ademán de disculpa.- Lo siento, mi niña, jamás debí dejar que creyeras, ni en broma, que toda esa responsabilidad podía recaer en tus frágiles hombros. Debí...
Misao (con voz segura, decidida y autoritaria): ... Debiste traspasarme el mando efectivamente, no sólo de forma honorífica, de cara a la galería, como un título que se muestra para enmascarar la falta de autoestima, tan ficticio como la seguridad que se pretende aparentar a través de él. Tiempo hace que ya no soy una niña, y hasta ahora me enfurecía notar que ninguno de vosotros tomaba en serio mi madurez. Pero no tenía por qué quejarme realmente, ya que yo misma me escudé tras vuestra protección paternalista por miedo: miedo a crecer, miedo a afrontar responsabilidades, miedo a fallar a las personas que amo. En definitiva, miedo a vivir. Pero eso ha terminado. Soy una mujer hecha y derecha. He perdido padres, amigos, he luchado al igual que todos vosotros... Cierto que nadie ha muerto presa de mis armas, pero el hecho de que vosotros hayáis hecho precisamente eso no es algo de lo que os sintáis especialmente orgullosos. De todas formas, con el tiempo también formará parte de todo aquello que desearé olvidar. - Estas últimas palabras fueron acompañadas de una fugaz mirada al lugar donde se encontraba Aoshi. Todos ellos bajaron la cabeza instintivamente, sintiéndose en parte culpables por el pueril trato dispensado a la ninja durante todo aquel tiempo.- El lugar de Aoshi está con Enishi, después liderando el ejército, y finalmente donde él elija. En su momento decidió abandonar la organización, y no puedes pretender que regrese porque los demás no somos capaces de apañárnoslas solos. Tú elegiste tu camino, él ha elegido el suyo... y yo también el mío. No quieres reconocerlo, Okina, pero yo soy la única opción lógica que le queda a la organización en estos momentos. ¿Que no sé todo lo que hay que saber para liderarla?. ¿Y para qué demonios estás tú?. Asesórame, enséñame, guíame, muéstrame todos los secretos de un buen líder. Aquí me tienes para ello, ese es el camino que voy a seguir, y tú no tienes ningún derecho a impedírmelo. Vosotros permitisteis que me hiciera cargo de ese título, haberlo pensado antes si realmente no era ese vuestro deseo. Voy a demostraros que soy totalmente digna de él. ¿Vais a ayudarme o tendré que hacerlo sola?. Sea como sea, el resultado no variará en absoluto.
Okina la observaba totalmente sorprendido, al igual que Aoshi. Todos los demás prefirieron permanecer al margen de aquella conversación, pues el tema tratado en ella era un problema interno de los onni, que tan sólo ellos debían resolver. Sin embargo, no pudieron evitar quedar gratamente sorprendidos por las palabras de la muchacha, a la que deberían aprender a tratar como a una mujer, a juzgar por el nuevo rumbo tomado por los acontecimientos.
La irrupción en la sala de una persona evitó el desagradable mal trago para todos ellos, de tener que romper el tenso silencio que se había creado tras las duras palabras de la ninja. El recién llegado los observó con semblante duro y preocupado, aunque su cara demacrada denotaba todavía la extrema gravedad que su cuerpo estaba tratando de superar.
Kenshin ( con actitud seria, aunque sus ojos delataban desesperación): ¿Dónde está Kaoru?.
Enishi (fijando sus ojos en los del pelirrojo samurai, de forma dura y amenazadora): Dínoslo tú.
Kenshin observó a Enishi con estupor. No podía creer lo que estaban viendo sus ojos. ¿Él al lado de las personas a quienes había tratado de matar, compartiendo mesa y, lo que es más, los planes secretos de batalla?. ¿Y qué trataba de decirle con aquellas palabras?. ¿Debía él conocer el paradero de Kaoru, como aquel sujeto le había hecho entender?. ¿Qué raros acontecimientos se había perdido durante su ausencia?.
Kenshin (mostrando su desconcierto): ¿Decíroslo yo?. ¿Debería saberlo?. ¿Eso significa que ella tendría que haber estado ahora conmigo?. ¿Acaso partió en mi busca?. ¡Decidme algo! - Kenshin se alarmaba más y más por momentos.- Al no verla aquí, lo primero que he pensado es que había marchado a su cuarto para no encontrarse conmigo. ¡No he vuelto a verla desde que me fui en busca de...!.
Shouzo (haciendo acto de presencia en la habitación): ...Shougo. ¿Cómo está él, Himura-san?.
Sanosuke, hasta entonces de espaldas a la entrada del cuarto, se giró rápidamente, reconociendo la voz del cristiano, que no había sido capaz de olvidar, al igual que la de Amakusa y su hermana Sayo, su querida Sayo. Era tanta la sorpresa que sentía, que los ojos amenazaban con salírsele de las órbitas. Casi había conseguido aceptar que jamás volvería a verlos, costándole este hecho muchas noches en vela y un intenso dolor. ¡Y ahora aparecía Shouzo a su lado!. ¡Y preguntaba a Kenshin por Shougo como si hubiese estado con él ayer mismo!. ¿Qué estaba pasando?. Quería saberlo... tenía que saberlo.
Sano (exigiendo una clara respuesta): ¡Shouzo!. ¿Tú aquí?. ¿Cómo es posible?. ¿Has venido solo?. ¿Acaso también ella se halla en Japón?.
A pesar de haber escuchado perfectamente las palabras del joven samurai, Shouzo no desvió la mirada del hombre de quien él pretendía obtener sus propias respuestas.
Kenshin (acercándose hacia el cristiano con un intenso dolor reflejado en su rostro): Estuve a su lado, querido amigo. Estuve a su lado planeando la defensa de la aldea. Pero... - sacudiendo la cabeza, derrotado- ... nos superaban en más de cinco a uno. Me asignaron a la protección de las mujeres, al igual que al Dr. Eltsen, y no participé activamente en la lucha.- Llegados a este punto, Kenshin tuvo que hacer una pausa, pues la congoja producida por el recuerdo de las atrocidades que había presenciado al salir del escondite que había jurado proteger, le impedían pronunciar una sola palabra. Finalmente, y cuando se hubo serenado lo suficiente, se armó de valor para contarle al cristiano toda la verdad.- Todos los hombres han muerto, todos.
Shouzo (encarándose con el samurai, totalmente incapaz de creer lo que estaba escuchando): ¡No puede ser cierto!. ¡Todos muertos!. ¿Muertos?. ¿Y tú por qué sigues vivo?. ¿Por qué no te han matado?. ¿Por qué ha muerto mi señor, mi amigo, y no tú?. - Shouzo, dándose cuenta finalmente de la magnitud de las palabras que acababa de pronunciar, miró fijamente a los ojos del samurai, buscando la respuesta a aquella pregunta que en el fondo, y aunque sin comprender lo que estaba pasando, todos se estaban formulando también. Lo que vio en ellos no fue cobardía, ni traición, sino una profunda pena, una inmensa angustia y una gran tristeza que posiblemente el transcurso de los años no sería capaz de hacer desaparecer.
Kenshin (apenado): También contemplé mi muerte muy de cerca, al igual que las mujeres y los niños de la comunidad. Una vez muertos todos los hombres, decidimos luchar a la desesperada para alcanzar un fin rápido y piadoso, y no el futuro de torturas que seguramente nos aguardaba si nos rendíamos. Pero algo totalmente inesperado cambió el curso de los acontecimientos.- Ahora sosteniendo la mirada de su amigo.- Sé que no eliminará la pena de tu corazón lo que voy a decirte, pero no todo está perdido. Setsuna, Sayo y las demás mujeres, al igual que los niños y el Dr. Eltsen, están retenidos por nuestros atacantes, al parecer el ejército de un tal Mamoru.
Sano (desesperado): ¿Sayo?. ¿Retenida?. ¿De qué demonios estáis hablando?. ¡Decid!.
Enishi (perdiendo la paciencia): Lo único que he entendido de todo esto es el nombre de Mamoru. ¿Qué relación tienes tú con ese tipo?. ¡Responde, si no quieres que acabe contigo de una vez por todas!.
Soujiro (tratando de hacerse una idea ordenada de aquello que el samurai estaba tratando de contarles): No estaría de más que comenzase a relatarnos todo lo que le ha sucedido a partir de su separación de nosotros cerca de Kioto. ¿El Sr. Mutho y el Dr. Eltsen no se encontraban en Holanda?. Empiece por el principio, se lo ruego.
Kenshin (recorriendo la mirada de todos sus compañeros en busca de una respuesta a a la pregunta que le corroía por dentro): Antes decidme. ¿Dónde está Kaoru?.
Okina (buscando las palabras adecuadas para darle la noticia al pelirrojo guerrero, pues era evidente que él sabía tanto o menos que ellos sobre aquel asunto): Realmente esperábamos que tú nos lo dijeras, muchacho, pues Mamoru dejó una nota diciéndonos que aguardáramos las instrucciones que tú nos traerías. Él... la tiene secuestrada desde hace tres días.
Kenshin (perdiendo los nervios): ¡Mamoru!. ¡Mamoru!. ¡Por allá por donde paso tan sólo escucho el nombre de ese maldito!. ¿Quién demonios es?. ¿Por qué ha secuestrado a mi mujer?. ¡Decidme dónde está porque ahora mismo voy a acabar con su miserable vida!. ¿Qué estáis haciendo todavía aquí?. ¡Maldita sea!. ¡Ayudadme a encontrarla!.
Aoshi (dándole al samurai un apretón amistoso en el hombro ileso, tratando de tranquilizarle para que pudiese explicarse por fin, y quizá con ello darles una pista para rescatar a la mujer): Estamos haciendo todo lo que podemos, amigo mío. Tan sólo regresamos a casa para dormir, pero hasta ahora nuestra búsqueda ha sido totalmente infructuosa. Te ruego que nos cuentes tu historia. Quizá añadiéndola a todo lo que nos ha sucedido durante tu ausencia podamos llegar a alguna conclusión que nos haga dar por fin con el paradero de tu esposa. Te lo juro, Kenshin, que las acciones de ese loco no quedarán impunes, todos nosotros estamos a tu lado.
Los allí presentes, aunque totalmente de acuerdo con las palabras del ninja, quedaron sorprendidos. ¿Shinomori Aoshi rogando?. Es más, había jurado su apoyo y lealtad a un compañero, algo que nadie le había visto hacer desde que sus antiguos subordinados y amigos muriesen a manos de aquel desaprensivo, el día en que ellos, Himura y él rescataron a Megumi. Aoshi no pareció advertir el estupor desatado con sus palabras en todos sus compañeros, o quizá no quiso hacerlo, es más, posiblemente ya no le importaba las críticas que pudiesen hacer de él. Había tomado una decisión después de haber meditado seriamente durante muchas horas. Ciertamente, por fin había elegido su camino, y ninguno de los allí presentes le haría volver atrás. El destino estaba trazado, un destino triste, quizá cruel... pero era el único que él merecía, el único que estaba dispuesto a aceptar.
Una vez se hizo el silencio, todos quedaron observándose unos a otros, con el mismo pensamiento rondando por la mente de cada uno de ellos. "¿Debían hacerle saber el embarazo de Kaoru?". Algo estaba muy claro: los dos estaban separados por una discusión que la precipitada marcha de Kenshin había impedido resolver, aunque ninguno de ambos había hecho público el asunto. También en este caso, Aoshi decidió por sus amigos, y nuevamente enfrentó la destrozada mirada del rurouni, para continuar hablándole.
Aoshi (titubeante al principio, pero decidido a contarle toda la verdad): Debes saber algo más. Kaoru fue secuestrada cuando estaba reposando en uno de los cuartos de esta casa. Ella se había sentido enferma, y Megumi le había recomendado no moverse de la cama en algunos días.
Kenshin (totalmente fuera de sí): ¿Enferma dices?. ¿Qué es lo que tiene?. ¿Es grave?.
Aoshi (afrontando por fin las posibles consecuencias): Ella está embarazada. Kenshin, vas a ser padre.
El pelirrojo samurai quedó perplejo, totalmente paralizado. En la distancia, nadie habría sido capaz de diferenciarlo de una estatua cualquiera. Mas su mente era un hervidero de emociones encontradas.
Kenshin (pensando): ¡Kaoru embarazada!. ¡Qué alegria!. Pero... ¡Un momento!. ¿Es que ya no recuerdo por qué me separé de su lado?. ¡Los hallé besándose!. ¡Ella en los brazos de él!. ¿Y si...?. ¡No!. ¡No es posible!. Aunque... ¿Y si aquella no era la primera vez que ella era feliz en sus brazos?. ¿Quizá en otras ocasiones había sido tan feliz con él que incluso...?. ¡Watashi!..., ¡Mamoru!... ¿Qué importa cómo se llame?. ¡Demasiada casualidad que haya sido secuestrada en este preciso momento, estando rodeada de los mejores samurais de Japón!. Pero si ella hubiese colaborado... ¡Oh, Kami!. ¡Voy a volverme loco de tan sólo pensarlo!. ¡Pero es la respuesta más lógica a este secuestro!. ¿O no lo es?. ¡Debes aceptarlo, Himura!. ¡ Maldita sea tu alma!. ¡Ella te ha dejado!. ¡Te ha mentido!. ¡Se ha burlado de ti!. ¡Es lo único que mereces por todos los actos viles que has cometido en tu vida!. ¡Acéptalo como un hombre y retírate!. ¡Deja que al menos ella sea feliz lejos de ti!. ¡No permitas que acabe muerta como... Tomoe!.
Interminables segundos pasaron antes de que diese señal de haber entendido lo que el antiguo jefe de los onni acababa de contarle. Poco a poco fue reaccionando con lentos movimientos, observando a todos ellos con cara inexpresiva, ausente. Después de unos instantes que a los demás parecieron eternos, comenzó a caminar hacia la puerta de la casa, y antes de atravesarla, se dirigió a ellos con unas palabras que jamás hubiesen creído poder escuchar de sus labios.
Kenshin (inexpresivo): Yo no voy a ir en busca de Kaoru, y os aconsejo que tampoco vosotros lo hagáis. Dejad las cosas como están, que es así como deben estar. Me marcho. No voy a participar en esta guerra, me retiro. No me busquéis, pues nada me hará cambiar de idea. Espero que todo os vaya bien y que podáis ser felices por fin. - Dicho esto, traspasó la puerta, cerrándola tras él y dejándolos a todos estupefactos, sin saber qué hacer ni qué decir.
Pero Enishi no estaba dispuesto a dejar las cosas de ese modo. Estaba furioso, muy furioso, y no iba a acallar todo el desprecio, el odio, y la frustración que embargaban todo su ser. Salió en tromba detrás de Kenshin, lo alcanzó a unos cuantos metros de la casa, y abalanzándose sobre él, lo derribó sin ningún miramiento. Comenzó descargando sobre él fuertes puñetazos, pero en cuestión de segundos el otro fue capaz de revolverse, haciendo que la situación quedara justamente a la inversa, asestándole él también increíbles golpes.
Los dos hombres se hallaban fuera de control, estaban exteriorizando una rabia contenida, tan grande que los hacía parecer salvajes bestias, y no humanos. Todos los demás habían corrido tras el samurai de pelo plateado, temiendo que fuese a dañar al otro, convaleciente todavía de su herida, aunque, por lo que se veía, esto no le impedía estar a la altura de su agresor en modo alguno.
Ambos se pusieron en pie finalmente, y fue entonces el turno de desenvainar sus respectivas espadas, para, seguidamente, adoptar una postura de guardia, atentos al más leve movimiento de su adversario que diese una clara señal de comenzar la inevitable lucha.
Los moradores del Aoiya no eran capaces de entender absolutamente nada de lo que estaba sucediendo tan vertiginosamente, y mucho menos de los motivos que ambos hombres esgrimían para comportarse de aquella manera tan cruel, así que la única opción lógica fue limitarse a observar, dándose cuenta de que tan sólo conseguirían salir dañados si osaban interponerse en lo que parecía una rencilla totalmente personal.
Enishi (provocando al otro samurai con palabras impregnadas de un fuerte veneno): ¡Maldito bastardo!. ¡Debí haber acabado contigo hace muchísimos años!. ¡No has hecho más que causar dolor en todas aquellas personas que alguna vez te han amado!. Te gusta que mueran por ti, ¿no es así?. ¡Eso te hace sentir importante!.
Kenshin, totalmente furioso, le embistió usando su fuerza y su velocidad divinas, no dándole opción a esquivar sus golpes de ningún modo, así que el otro no tuvo más remedio que afrontarlos, bloqueándolos para contraatacarlos después, aunque, si hubiese podido eludir al enloquecido guerrero, jamás lo habría hecho, pues sus ansias de combate estaban parejas con las de su contrincante. Se sucedieron varios lances entre ambos, muy igualados en ventaja, hasta que pasados unos minutos quedaron separados para recuperar aire y regular las pulsaciones de sus galopantes corazones.
Kenshin (escupiendo a través de sus palabras, toda la bilis que envenenaba su cuerpo): Tú no eres nadie para pedir cuentas de mis actos. Aléjate de mí o morirás, eso puedo jurártelo.
Enishi (lamiendo con actitud prepotente un hilillo de sangre que manaba de su labio inferior, partido): No, tú morirás, asqueroso asesino. Finalmente te alcanzará la justicia divina, ya que jamás debiste vivir. Te equivocas si piensas que no soy quien para juzgarte, pues ella me importa, me importa, y mucho, no puedes imaginar cuánto.
Kenshin (con un gran desprecio, teñido de inmensa tristeza): ¿Qué pasa, Yukishiro?. ¿Tú también la pretendes?. Pues has llegado demasiado tarde, al igual que yo.
Enishi (furioso y desconcertado a la vez): ¡Jamás la he pretendido, maldito idiota!. ¡Esas no han sido nunca mis intenciones, sabiendo cuánto te ama!. ¿De qué estás hablando?. ¿Para qué has llegado tarde?. ¡Ella te ama!. ¡Desespera por ti!. ¿No es suficiente prueba de ello el hijo que va a darte, el mayor acto de amor que puede ofrecer una mujer por el hombre de su vida?.
Al escuchar estas últimas palabras, Kenshin se abalanzó sobre Enishi con furia renovada, le asestó una sucesión casi interminable de diestras estocadas, que ahora sí, estuvieron a punto de dar en el blanco varias veces. En una de ellas, alcanzó a su adversario en el hombro izquierdo de forma demoledora. Por un momento esto hizo que Enishi perdiera su concentración, y Kenshin estuvo a punto de lograr que la pelea acabara con la muerte del que tan bien había luchado en su contra, al colocar su sokabatou contra el cuello del vencido, que yacía tumbado de espaldas al suelo por el fuerte empujón que le había propinado. Pero el grito de uno de los, hasta ahora meros observadores, impidió aquello que ya todos daban por hecho.
Aoshi (tajante): ¡Kenshin!. ¡Kenshin!. ¡Escúchame!. ¡Te equivocas!. ¡Kaoru jamás te ha traicionado!. ¡El bebé es tuyo!. ¡Lo sé!. ¡No sucedió nada más de lo que viste!. ¡Por amor de Kamisama!. ¡Ella te ama tan sólo a ti!.
Kenshin desvió la mirada del vencido samurai al hombre que estaba tratando de detener la inminente ejecución, interrogándole.
Aoshi (con voz serena y segura): Deja que Enishi se levante, Kenshin, y acompañadme todos dentro. Allí te contaré cómo se desarrolló todo. Confía en mí, amigo.
El admirable guerrero dudó por un momento, pero finalmente optó por seguir las indicaciones del hombre que tantas veces le había demostrado su lealtad inquebrantable. Retiró su sokabatou del cuello de Enishi, envainándola después, y seguidamente caminó en pos del nija, ya próximo a la casa, al igual que todos los demás, más sorprendidos y desconcertados por momentos con todo lo que acababan de presenciar.
Una vez acomodados todos en la sala que les había servido últimamente como centro de reuniones, Aoshi comenzó su relato, dirigiendo principalmente su mirada al hombre al que iban destinadas todas aquellas palabras.
Aoshi: Permíteme que aclare todo esto delante de los demás, pues tendrás que reconocer que se hallan en el derecho moral de saber qué demonios está pasando, después de la escena que Enishi y tú les habéis ofrecido. Además, todos los aquí presentes os tenemos a Kaoru y a ti en gran estima. Necesitan saber qué es todo eso que os atormenta.
El samurai aludido no movió ni un solo músculo de su cara, pero su silencio hizo entender a todos que estaba conforme. Así pues, Aoshi se aprestó a comenzar.
Aoshi (con semblante serio): La noche en que volvimos de la pequeña escaramuza en el puerto, la misma en que tú presenciaste la escena entre Watashi y Kaoru, estuve hablando con ella. No imaginas el dolor y la angustia que delataban sus ojos cuando me contó, ya que yo no le di más opción que hacerlo al descubrirla casualmente en un estado de total desesperación, lo que había sucedido unas pocas horas antes. Ella se dedicó a limpiar las estanterías durante toda la tarde, y era ese cometido el que todavía habría estado realizando cuando tú llegaste, a no ser por el hecho de que, tratando de colocar un jarrón en su lugar, resbaló de la escalera usada para alcanzarlas, siendo recogida por Watashi.
Kenshin (iracundo todavía): Eso no fue lo que yo vi.
Aoshi (alzando una mano): ¡Lo sé!. ¡Maldita sea!. ¡Déjame continuar!. Watashi, al observar tu llegada, y aprovechando que todavía la tenía en sus brazos, la besó sin explicación alguna, a lo que Kaoru quedó tan sorprendida, que no tuvo tiempo de reaccionar, e inmediatamente después tú entraste en el cuarto y sin más preámbulos amenazaste a ese sujeto, haciéndoles temer a ambos por su vida. Kaoru no comprendía por qué aquel hombre se había comportado de esa manera, y se estrujaba la mente una y otra vez, temiendo que tú no la creyeses, ya que no podía ofrecerte ninguna prueba de lo sucedido, a parte de lo que tú mismo habías observado, y que seguramente te haría llegar a una errónea conclusión, como de hecho ha sucedido. A mí tan sólo se me ocurrió la explicación que le di, que ese sujeto te odiaba de algún modo, y no se le ocurrió otra forma mejor de dañarte que hacerte creer que habías perdido aquello que más amabas: tu mujer. La tranquilicé, haciéndole ver que tu amor por ella sería más grande que tu desconfianza, y diciéndole que permaneciera a tu lado, que te hiciera entender toda la verdad, que luchara por vuestro amor. Luego tuvimos que marchar apresuradamente, y el hecho de que no pudierais disfrutar de ningún momento para estar a solas durante el camino a Kioto, unido a su miedo a tu reacción, y tu repentina ausencia, hicieron que el tiempo y la distancia hiciesen creíble algo que, si hubierais tenido el valor de compartir inicialmente, no habría pasado de una simple anécdota. No te dije nada porque erais vosotros quienes debíais arreglar la situación sin la intromisión de nadie. Jamás te habrías enterado de nuestra conversación si esta pelea no hubiese sucedido. No creo que el Sr. Enishi haya hecho bien entrometiéndose donde no le llaman, pero quizá esta vez su intervención haya sido oportuna, pues si yo no hubiera escuchado las palabras que le decías durante vuestra lucha, jamás hubiese entendido el porqué de tu actitud, no pudiendo hacer nada para tratar de reparar el error de juicio en el que estabas sumido.
Kenshin (presa de una profunda emoción): ¿Es eso cierto?.
Aoshi (sosteniéndole la mirada fijamente): Tan cierto como que voy a ayudarte a rescatarla.
Kenshin (cubriéndose los ojos con las manos, sintiendo una culpabilidad desgarradora): ¡Kamisama!. ¿Qué he estado a punto de hacer?. ¿Cómo voy a poder perdonarme?. ¿Cómo?.
Aoshi (tratando de animarlo, a pesar de su propia mirada, llena de tristeza): Has hecho lo mismo que habría hecho yo en tu lugar, seguramente, aunque dudo mucho que me quede tiempo para que me suceda alguna vez esta situación.
Kenshin se dejó arrastrar contra la pared, rivalizando su semblante con la inmaculada blancura de esta, y tras ello resbaló hasta sentarse pesadamente en el duro suelo. Todos los allí presentes, especialmente Misao y Megumi, se acercaron a él alarmados, temiendo una recaída del todavía convaleciente guerrero.
Misao (agachándose a su lado): ¿Te encuentras mal?. ¡Kenshin!.
Kenshin (apenas capaz de balbucear las palabras): Embarazada... Kaoru... Espera un bebé... Nuestro hijo... Vo-vo-voy a ser pa-padre... El amor de mi vida va a darme un hijo. ¡Kamisama!. ¡Tengo que salvarla!. ¡Ahora mismo!.
Trató de ponerse en pie, pero la dura batalla que lo había enfrentado nuevamente con su pasado, encarnado esta vez en la figura de Enishi, y lo inesperado de las revelaciones de Aoshi, junto su propia debilidad por la herida sufrida, hicieron que tan sólo alcanzase a ponerse de rodillas, amenazando con dar con todos sus huesos en el suelo nuevamente. Aoshi lo sostuvo con cuidado, ayudándole a ponerse en pie.Tras ello, dirigió su mirada hacia todos los presentes.
Aoshi (con voz cansada): Creo que por esta noche ya hemos tenido suficientes emociones. Lo mejor será que cada cual vaya a su cuarto y descanse, pues mañana nos espera otro día duro. Todavía tenemos que hablar sobre muchas cosas con Himura, sobre todo del tema de los Amakusa, que nos concierne por estar relacionado con Mamoru. Y a ver si conseguimos de una vez por todas la información necesaria para rescatar a Kaoru, y a las mujeres y los niños de los que antes nos ha hablado él. Ya sé que todos estos temas son muy importantes, pero no vamos a ser capaces de hacernos una idea clara de la situación sin antes haber otorgado a nuestro cuerpo el descanso suficiente. Así pues, os emplazo a todos a que mañana nos reunamos aquí nuevamente lo antes posible.
Sano estaba a punto de protestar, mas la dura mirada de advertencia dirigida por Enishi y Aoshi hacia su persona, le convencieron de la conveniencia de un merecido descanso.
Uno tras otro, y después de dirigirle a Kenshin algunas palabras de consuelo y ánimo, excepto Enishi, que abandonó la casa sin despedirse, marcharon a sus respectivas habitaciones, tratando de conciliar el sueño, aunque aquella noche iba a ser extremadamente difícil para todos ellos, tras tantos y tan devastadores acontecimientos sucedidos en tan poco tiempo.
Saito se encaminó rápidamente a la casa del Gral. Yamagata. Debía ponerlo lo antes posible en conocimiento de las nuevas e importantísimas noticias que Kenshin les había dado después de su atropellada aparición y en medio de la no menos espectacular escenita protagonizada junto a Yukishiro.
Les había hecho saber que los cristianos, nuevamente al frente de Shougo Amakusa, se hallaban en Japón. Aunque, al parecer, la gran diferencia con el momento en que fueron expulsados, es que ya no quedaban hombres para defender su particular forma de vida, sino que tan sólo mujeres y niños seguían vivos para mantener intacta la llama de la fe que con tanta devoción Amakusa había protegido en otro tiempo.
¡Era totalmente increíble!. ¡Shougo muerto!. No podía evitar sentirse extraño con esta noticia, pues todavía recordaba cuando aquel egocéntrico individuo era respetado y temido incluso por los más hábiles espadachines de Japón, y reverenciado por sus seguidores como Hijo de Dios. ¡Por supuesto que él jamás había creído en su naturaleza divina, al igual que Himura!. Pero debía reconocer que su estilo de lucha distaba muy poco del que habría ostentado cualquier dios, si es que alguno se dignaba tutelar este mundo de locos.
Mas no era este asunto el que le encaminaba hacia la casa de su superior a tan altas horas de la noche. Aquello realmente importante para el futuro de Japón era un tema muy diferente, aunque íntimamente relacionado con el fallecido guerrero.
Alcanzado su destino, Saito penetró en la casa, tras haber golpeado discretamente la puerta trasera, utilizada normalmente por los sirvientes de la no demasiado ostentosa mansión, a pesar de pertenecer a uno de los miembros más admirados y condecorados del actual Gobierno.
El mayordomo, al que conocía de otras ocasiones en que había visitado al General, le hizo esperar en una espartana sala de visitas, tan básicamente amueblada como el resto de la casa. Estaba a punto de encender un nuevo cigarrillo, cuando ante él se presentó la persona a la que había venido buscando, con una mirada somñolienta, aunque perpetuamente alerta.
Gral. Yamagata: Cuando tú me sacas de la cama a tan intempestivas horas de la noche, es que es muy gordo el asunto que te traes entre manos. - Se acomodó en uno de los escasos cojines que cubrían la estancia.- Anda, ofréceme al menos uno de tus cigarros, y cuéntame qué es eso tan importante que no puede esperar hasta mañana.
Saito (alargándole un cigarro, sorprendido, a la vez que le ofrecía fuego): El Dr. Eltsen ha sido secuestrado por Mamoru.
Yamagata: ¿También?. - Permaneció en silencio por unos momentos, reflexionando sobre la nueva que acababa de escuchar.- ¿Y en qué medida nos afecta ese hecho?. Si es necesario, cuando atrapemos a ese demente, lo ofreceremos a Holanda para que sea juzgado por ello, pero nada tenemos que ver nosotros con el Dr., una vez que este hubo abandonado el país.
Saito (tras maldecir por lo bajo): Ese es precisamente el problema, que ha sido secuestrado en Japón, y es aquí donde está siendo retenido.
Yamagata (incrédulo): ¡Eso es imposible!. ¡Hace más de medio año que decidió acompañar a los cristianos de Mutho en su exilio!. Que se sepa, jamás ha vuelto a pisar nuestras tierras.
Saito (mostrando más paciencia de la que realmente podía disponer): Ahí está la cuestión. Por lo que ha contado Himura, todos ellos estaban en Japón cuando esto ha sucedido. Y eso no es todo: Mutho ha muerto, al igual que todos sus compañeros. Y las mujeres y los niños de la comunidad, se hallan retenidos en el mismo lugar en que se encuentra el Dr. Al parecer, Mamoru quiere usar estos secuestros para atarnos de pies y manos, tanto a nosotros, como a la comunidad internacional, que podría ser un gran obstáculo en sus ansias de conquista.
Yamagata: ¿Himura ha regresado ya?. ¡Ese hombre será muy bueno con la katana, pero siempre hace lo que le viene en gana!. ¿Y de dónde diablos ha sacado él esa noticia?.
Saito (tratando de exponer sus ideas de forma ordenada): Al parecer, él estaba presente cuando sucedió la matanza, y también cuando se apoderaron del Dr. y los cristianos que quedan vivos. Por ahora, yo tampoco tengo nada claro qué es toda esta historia, se suponía que ninguno de ellos debía estar aquí, pero lo que he sacado en claro de todo ello es que no es así, y que si no hacemos algo pronto para hacernos con el Dr., lo vamos a tener muy difícil a la hora de contar con el apoyo internacional.
Yamagata (perdiendo la paciencia): ¡Haz que Himura te explique de una vez por todas cómo, y por qué, ha sucedido todo esto!. ¿A qué esperas?. ¿Cómo puede ser que te conformes con la información a medias que estás ofreciéndome?. ¡No es propio de ti, que te pasas la vida pidiendo explicaciones!.
Saito (enfrentando a su superior con orgullo): ¡Lo habría hecho, si hubiera tenido la menor opción para ello!. ¡A mí es al primero a quien a menudo desespera ese excéntrico sujeto!. Pero llegó al Aoiya literalmente hecho polvo, ha tardado todo un día en recuperarse al menos un poco, y a pesar de ello ha tenido tiempo para poner a Yukishiro contra la pared. Como usted bien dice, siempre hace lo que le da la gana. Las cosas son así, o lo aceptamos o nos buscamos la vida por nuestra cuenta. De todos modos, - dijo tratando de calmar los ánimos - hemos acordado vernos mañana a primera hora para tratar el tema en profundidad y tomar decisiones al respecto. Tan sólo quería tenerlo al corriente de la actual situación. Últimamente no deja de darme la impresión de que el Gobierno no pinta nada en este asunto, a pesar de que es la seguridad nacional la que está en juego. En cuanto salga de la reunión le mantendré informado. Usted haga lo que crea conveniente mientras tanto.
Dicho esto, se levantó del cojín donde también él se había sentado, y salió de la casa tal y como había llegado a ella.
Comenzaba a despuntar el alba cuando Kenshin salió del Aoiya en busca de un paseo reconfortante, capaz de alejar la bruma que hasta el momento había embotado su mente. Eran demasiadas las desgracias en las que había participado en tan sólo unos pocos días, y la impotencia, la rabia y el dolor que todas ellas le habían producido, le impedían pensar con claridad, para centrarse en el futuro, tratando de evitar desastres aún mayores para todas aquellas personas que amaba.
Se acercó al jardín repleto de flores de todos los tamaños y colores, que alegraban la entrada de la casa, y acarició una de ellas al azar con sumo cuidado, el mismo cuidado que empleaba al acariciar a su mujer... Esa era la única forma de admirar la fragilidad y sencillez de la belleza, venerándola a través de tiernas caricias, de admirada adoración. Era mucho lo que se podía obtener a cambio de tan insignificantes cuidados: la paz de espíritu que reconfortaba su maltrecho corazón, la esperanza de un nuevo amanecer, la desinteresada bondad que hacía estremecer de emoción todo su ser...
Pero este día, todos los hermosos pensamientos que acudían a su mente hicieron encoger su alma, era demasiado el dolor que de ellos se desprendía, pues la persona que más amaba, aquella que debería estar disfrutando todas aquellas emociones a su lado, estaba sufriendo quién sabe cuántos tormentos a solas, pendiente su vida de un hilo, y sin poder hacer él nada por evitarlo. Comenzó a llorar amargamente al darse cuenta por fin de cuánto significaba Kaoru en su existencia, al sentir el fuerte y despiadado desgarro que estaba sufriendo su corazón al pensar en el dolor de la muchacha. Y su próximo hijo... la culminación de una unión sin barreras, aquel ser tan íntimamente deseado que quizá jamás podría saber de qué gran amor era fruto. Se sentó en uno de los bancos que jalonaban el jardín, desesperado.
Enishi (acercándose silenciosamente a él, tras haberlo observado detenidamente durante varios minutos): La rescataremos, Kenshin, a ella y a tu hijo, ambos sanos y salvos. No puedes rendirte ahora que por fin estás tan cerca de ser feliz... y de hacer feliz a la persona que amas. No te lo voy a permitir.
Kenshin (enfocándolo por fin tras la cortina de lágrimas que desbordaba sus ojos, sin poder apartar la inmensa tristeza de su corazón): ¿Por qué tanto empeño en ayudarnos?. ¿Por qué precisamente a mí, que tanto daño he causado en esta vida, que tan irreparable daño he causado en tu vida?.
Enishi (negando impetuosamente con la cabeza): Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que tú tan sólo habías sido una víctima más de los acontecimientos. Cierto es que tu pasado te perseguía. - Al escuchar esto, Kenshin le miró con ademán derrotado. - Y todavía te persigue... al igual que a mí. Pero no aceptaste el destino al que ese maldito pasado te arrastraba con fuerza, sino que pusiste todas tus energías e ilusiones al servicio de la lucha contra él, creyendo en un futuro mejor, donde pudieses alcanzar por fin la felicidad, mejor dicho, donde pudieses mantener aquella felicidad que tú y mi hermana alcanzasteis. Eso es lo que no fui capaz de entender: que la conseguisteis juntos, que era vuestra unión lo que creaba felicidad. - Recogió una pequeña piedra del suelo y la lanzó furiosamente lo más lejos que su brazo le alcanzó.- Una de las pocas veces que visité a mi hermana durante su vida contigo, la vi riendo, y en vez de darme cuenta del verdadero significado de aquella dulce risa, me empeciné pensando en que tú la estabas llevando hacia la locura, pues no podía ser que fuese feliz al lado del hombre que había matado a su amor. Pero lo era... y cuánto. Ahora lo veo claro al recordar.
Kenshin ( sintiendo que su corazón iba a desaparecer en cualquier momento, de tan empequeñecido por el intenso dolor que lo oprimía): Yo fui inmensamente feliz a su lado, demasiado feliz comparado con lo que realmente merecía. Quizá fue por ello por lo que Kamisama se llevó a Tomoe de mi lado tan pronto, porque no la merecía. Durante mucho tiempo estuve convencido de que era yo quien debió haber muerto en su lugar, hasta que... Hasta que conocí a Kaoru.
Enishi alcanzando un punto crucial de la conversación): Exactamente, hermano. Ahí es a donde yo quería llegar.
Kenshin (observándole totalmente anonadado): ¿Hermano?.
Enishi (manteniéndole la mirada, impertérrito): ¿Qué pasa?. ¿Tienes algún problema con ello?. ¡ Mi madre murió siendo yo un bebé!. ¡ Mi padre no me quería a mí, sino a un ideal, un guerrero fuerte que honrara su casa!. ¡Lo demás le daba igual!. ¡Me crié tan sólo con el amor de Tomoe!. ¡Mi querida hermana Tomoe, a la que tú me arrebataste, aunque fuese sin quererlo!. ¡He hecho todo aquello de lo que las mujeres se escandalizan y los hombres se asquean!. ¡He sido cruel, despiadado, déspota!. ¡No he querido jamás a nadie!. ¡Tú me dejaste sin la única persona a la que amaba!. ¡ Así que a ti corresponde darme una nueva familia!. ¿Te queda claro?.
Kenshin (quien no habría estado más sorprendido si le hubiese caído a la cabeza un jarro de agua fría en aquel preciso momento): ¿Oroooooo?.
Enishi (sin saber si reír o darle un puñetazo): ¡Muy original, tú!. Esta es mi forma de hacerte ver que no te guardo rencor por todo aquello que sucedió y no conseguirás de mis labios ninguna otra, así que no me toques las narices. Preferí tener mi parte de culpa en la muerte de aquella persona a quien más amaba a aceptar que ella había alcanzado la felicidad, de la forma más inesperada posible, pero felicidad al fin y al cabo. Lo he estado pagando desde entonces día tras día, corroído por un sentimiento de culpabilidad que me ahogaba. He sido un auténtico cobarde, tratando de hacer recaer en ti una venganza que realmente ninguno de nosotros puede acaparar, desesperado por enmascarar el hecho de que jamás he podido perdonarme a mí mismo por todo lo sucedido.
Kenshin (más sorprendido a cada momento por las profundas revelaciones de Enishi): No puedes pretender nuestra inocencia en la muerte de Tomoe. Ambos participamos en los acontecimientos que desembocaron en ese terrible desenlace. ¿Crees que no he lamentado miles de veces haberla conocido?. No soy capaz de contar las ocasiones en que pienso que jamás debí haberla hecho mi esposa. No supe ver que cualquier persona que se relacionase conmigo, por el simple hecho de conocerme, tenía una alta probabilidad de sufrir por todos mis errores, que no son pocos. Era algo inevitable. ¡Pero de nuevo he caído en el mismo error!. ¿Por culpa de quién crees que está sufriendo ahora Kaoru?.
Enishi (sintiendo una fuerte rabia al observar el profundo derrotismo que embargaba a su cuñado): ¡Culpa!. ¡Culpa!. ¡Estoy harto de escuchar siempre la misma cantinela!. ¡Las cosas son como son, Kenshin!. ¿No te das cuenta?. ¡Todo lo que sucede en la vida de cada persona tiene que pasar y punto!. ¡La idiotez más grande es torturarse por todo aquello que pudo ser y no fue!.
Kenshin (totalmente derrotado): ¿Estás tratando de decirme que cada cual tiene un destino y que nada de lo que hagamos va a poder cambiarlo?. ¿Que no podemos culparnos de nada, ya que no está en nuestras manos todo aquello que hacemos o decimos?. ¡Esa es una forma totalmente irresponsable de plantearse la vida!.
Enishi (cerrando los puños con fuerza, a la vez que traspasaba a Kenshin con una mirada furiosa): ¡No!. ¡Maldición!. ¡Estoy intentando decirte que si en aquel momento no actuamos de otro modo es porque no estábamos preparados para ello!. ¡Tú eres otra persona ahora!. ¡Más experta, más madura!. ¡Por supuesto que otra sería tu actuación usando toda la sabiduría de que ahora dispones!. ¡Pero entonces no estaba a tu alcance!. ¿No lo comprendes?. ¡Hiciste lo que pudiste con todo aquello que formaba parte de ti en aquel momento!.
Kenshin (no dejándose convencer aún): ¿Y ahora qué?. ¿No estoy repitiendo en cierto modo todos los errores que cometí?.
Enishi (tratando de razonar): ¿Y quién te asegura que este secuestro es debido a un odio contra ti?. Tú no conoces a Mamoru... ¡Un momento! - dijo cayendo en la cuenta de un hecho curioso - ¿Por qué cuando Aoshi te dio la noticia del embarazo de Kaoru asociaste su secuestro con ese tipo... Watashi?. Aoshi te había dejado bien claro que su captor es Mamoru.
Kenshin (totalmente estupefacto): No había reparado en ello... No sé, fue intuición, es algo en Watashi que jamás me ha convencido, como si él no fuese él. ¡Kamisama!. ¡Estoy diciendo estupideces!. Pero algo en él no es normal. - Quedó mirando fijamente al vacío, totalmente concentrado. - ¡Eso es!. ¡Enishi!. ¡Algo en él es normal, pero no debería serlo!. ¡Ahora lo sé!.
Enishi (totalmente perdido): Mira, si no te explicas, también yo voy a pensar que has perdido la cabeza. ¿Algo normal pero que no lo es?. ¿Qué narices quieres decir con eso?.
Kenshin (exaltado): ¡He sido un idiota!. ¡Un inútil!. ¡Un imbécil!. ¡He dejado que Kaoru quedara a solas varias veces con un individuo que no tengo ni idea de quién es, tan sólo por presentarse en mi casa portando un testamento de un hombre que sí conocía. ¡Él no es el hijo de Saiko!. ¡No puede serlo!.
Enishi: ¿Saiko?. ¿Quién es?.
Kenshin (poniendo a su compañero en antecedentes): Saiko era un r¡co hacendado de esta ciudad, a quien hace años protegí de unos extorsionadores que pretendían esgrimir su más que turbio pasado al lado del gobierno Edo para conseguir sus bienes. Era un hombre arrepentido, lo único que deseaba era vivir en paz al lado de su único hijo, Watashi, al que por aquellos tiempos tenía estudiando en Alemania. Nunca conocí a este muchacho, pero ahora he sido perfectamente capaz de recordar unas palabras con las que me lo describió su padre: "Es un pensador, un intelectual. Totalmente contrario a las guerras. Pero de todos modos jamás podría participar activamente en una de ellas, pues un defecto congénito se lo dificultaría demasiado: no lleva dedos en la mano izquierda. Por ello, siempre usa guantes de cuero negro, tratando de disimular lo que para él es tan sólo un pequeño problemilla fácil de superar en el día a día, pero que se convierte en un gran complejo al sentirse observado de forma morbosa por los demás". ¡Watashi tiene las dos manos perfectamente formadas! . ¿Comprendes lo que significa eso?. ¡Quizá por ello lo asocié con ese tal Mamoru!. ¡Podría ser perfectamente él o cualquier otro!. ¡Mi cerebro siempre supo que había algo que no marchaba bien, por eso me alertó sin apenas advertirlo yo.
Enishi (meditando cuidadosamente las palabras que acababa de escuchar): ¿Y dices que el hijo de ese tal Saiko estudiaba en Alemania?.
Kenshin: Así es. ¿Por qué?.
Enishi: Qué curioso... Porque Mamoru está en tratos con Alemania. De hecho, uno de sus más peligrosos lugartenientes es alemán.
Kenshin (recordando súbitamente su encontronazo con el rubio tipo que arrasó la aldea de Shougo): Lo conozco. Si por él fuese, todas las mujeres y los niños de la comunidad de Shougo yacerían ahora a varios metros bajo tierra, incluidos el Dr. Eltsen y yo. Me pareció un tipo no demasiado inteligente, pero por ello quizá más peligroso de lo que debiera, pues no está totalmente en sus cabales.
Enishi (rotundo): Definitivamente lo conoces, pues lo has descrito a la perfección.
Kenshin: Eso significa...
Enishi: Todo o nada. Puede significar que Mamoru y Watashi son la misma persona o puede resultar una desafortunada coincidencia, nada más. Pero por lo menos es un principio. ¿Sabes dónde podemos encontrar a ese falso Watashi?. Al menos cuando hace uso de su identidad falsa. ¿Dónde vivía su padre?.
Kenshin (presa de una total excitación): ¡En mi casa!.
Enishi: ¿Cómo que en tu casa?. ¿Lo dejaste en Tokyo?.
Kenshin (sacudiendo la cabeza con ímpetu): ¡Por supuesto que no!. Ese tipo me entregó un documento totalmente legal, escrito por el Sr. Saiko, donde este me legaba su mansión de Kioto. Probablemente lo robó a su verdadero hijo, pues reconocí como auténtica la letra del potentado. Por ello no encontraba ninguna razón lógica para desconfiar de él, aunque mi corazón me alertaba en su contra en todo momento.
Enishi: ¿Y crees que habrá usado esa casa sabiendo que si conseguías desenmascararlo sería el primer sitio donde la irías a buscar?.
Kenshin: ¿Por qué no?. Si, como sospechamos, él es Mamoru, a estas horas me creerá muerto, pues no habrá tenido todavía tiempo de hablar con Hans ni tampoco con Kuro. Y conmigo fuera de circulación, nadie más sería capaz de llegar a esta deducción. Además, si ese tipo es otro loco como los muchos a los que nos hemos enfrentado, ese riesgo supondrá un aliciente añadido al secuestro. ¿No crees?.
Enishi : ¿Entonces no fue por orden de Mamoru que quedaste libre para entregarnos algún mensaje, que por cierto, todavía no nos has dado?.
Kenshin : No. En cuanto nos reunamos con los demás hablaremos de todo ello. Es una historia más complicada de lo que aparenta. Os sorprenderá.
Enishi (presa de gran emoción): ¿Tienes aquí los documentos que prueban que esa mansión te pertenece?.
Kenshin: Desde que entraron en mi poder, siempre los he llevado conmigo, a pesar de que no me es grato aceptar un regalo de este tipo. - Haciendo una pausa para extraer el testamento de uno de los bolsillos ocultos de su ge. - Definitivamente, ya es hora de que tome posesión de aquello que me pertenece. Si es allí donde se halla retenida Kaoru, la rescataré, y cuando lo haga, ese maldito ya puede rezar sus últimas plegarias, pues esta vez se acabaron las contemplaciones. Nadie hace daño a mi mujer y queda vivo para contarlo.
Enishi (mirándolo fijamente con los ojos abiertos como platos): ¿Me estás diciendo que deseas matarlo?.
Kenshin (totalmente enfurecido): ¡Maldita sea!. ¡Lo deseo!. ¡Mataré a cualquiera que haga daño a mi mujer o a mi hijo!. ¡Él ha buscado mi ira!. ¡Y él la hallará!.
Enishi (todavía dubitativo con una cuestión): ¿Pero por qué a ti?. Tú no sabías nada de él antes de presentarse en tu casa... Estamos acostumbrados a que nos reten y nos amenacen por el tipo de vida que hemos llevado, pero... ¿No se te ha ocurrido pensar que a quien realmente busca ese maníaco es a Kaoru?. No tiene ningún sentido que haga todo esto por llamar tu atención. Quizá es una antigua venganza contra su padre. Quién sabe. Tan sólo digo que no nos cerremos a las demás posibilidades.
Kenshin (totalmente sorprendido, pero no por ello sin reconocer la veracidad de las palabras del otro): Aunque no le haya conocido personalmente durante mi etapa como hitokiri, quizá asesiné a alguien muy querido para él, no sería la primera vez que me ha sucedido un caso similar. Jamás se me habría pasado por la mente la posibilidad que tú argumentas. Pero es cierto. Ya Kaoru se vio envuelta una vez en una venganza contra su padre, precisamente yo la conocí por ayudarle a resolver aquel asunto. Deberemos tenerla en cuenta. - Miró fijamente al horizonte, pues los incipientes rayos del astro rey acapararon su atención por un breve instante al deslumbrarle con sus rojizos brillos. Quedó extasiado unos momentos presa de tan bello amanecer, pero enseguida recordó que él no tenía derecho a sentir tal felicidad, mientras su adorada Kaoru permaneciera presa de quién sabe cuántos tormentos. Se levantó de su asiento con actitud cansada, a la vez que instaba a su compañero a hacer lo propio .- Entremos en la casa. Ya casi es la hora de la reunión, y tenemos que hacerles partícipes de nuestras conjeturas, a la vez que he de contaros todo lo sucedido en la aldea de Amakusa, pues es crucial que estéis al tanto de ello.
Ambos hombres caminaron hacia la casa, víctimas de un intenso silencio.
"Cuando más tranquilo estaba sin pensar en el cariño,
quisiste que te quisiera, y te quiero con delirio.
y te seguiré queriendo hasta el final de la muerte,
pues te quiero con el alma, y el alma jamás, nunca, muere."
NOTAS DE LA AUTORA
Hoy, haciendo memoria, he estado repasando las razones por las que comenzó esta historia. Era un intento de entretenimiento, de superación, de contribución a la felicidad de aquellos, muchos o poquitos, que deseasen pasar un rato entretenido con ella. Llegó en un momento realmente difícil en mi vida, un momento que muchas veces creí no ser capaz de superar, pero la verdad es que, ahora un año después de su comienzo, aquel momento tan sólo es un vago recuerdo, una pesadilla que el tiempo diluye poco a poco en el río de la vida, mas este relato ha cobrado entidad propia en mi corazón.
Dicen que, para que una persona se sienta totalmente realizada en esta vida, debe llevar a cabo estos tres actos: plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Yo he plantado muchos árboles, pues la naturaleza es mi pasión. Hijos no tengo, aunque quizá algún día... quién sabe. Quizá los que discurrieron esta frase habrían debido decir: plantar un árbol, escribir un hijo y tener un bebé.
Esta historia no es un libro en sí mismo, eso lo dejo para mi proyecto actual, que pienso compaginar con su desenlace, quizá próximo ya, y no obstante más lejano de lo que aparenta. Mas siento en mi corazón que en cierto modo, una historia es un pequeño hijo. Desearías que fuese perfecto, que todo el mundo lo adorara, que fuese un dechado de virtudes. Como en un hijo real, esto jamás se consigue, pero quizá se ama mucho más por ello, pues su adorable imperfección lo hace único a los ojos de sus progenitores.
Tan sólo deseo agradecer a todas aquellas personas que la siguen, anónimas o conocidas por mí, el gran honor que me hacen depositando su confianza para hallar un rato de ensoñación en mis humildes páginas. Prometo estar ahí siempre hasta el final, unos días mejor, otros más insoportable... Siempre yo, siempre a vuestro lado, en mi corazón.
De todo corazón: GRACIAS.
febrero de 2002
Imaginad, hace seis años y medio. Mi vida ha cambiado mucho desde entonces. Muchas personas han entrado en mi vida y no se han quedado, otras estaban ya en ella y han salido, y otras, las que hoy me hacen feliz, siguen aquí, a mi lado. Para todas ellas: Carlos, Carmina, Esther, Mari Carmen, Nuria (la mayoría no tienen nick, no son frikis, como yo, jeje). GRACIAS. OS AMO.
Agosto 2.008
Genevre.
