¡¡ ATENCIÓN !! Es la primera vez que publico este capítulo. Es inédito. Este fic se publicó en varias páginas, pero nadie, nunca, ha tenido este capítulo. DEDICADO A VOSOTROS, A TODOS LOS QUE ME LEÉIS HOY. OS QUIERO.
La Forja del Propio Destino
Capítulo 11:
" Futuro incierto….. ".
La noche cayó de nuevo, cubriendo con su manto de penumbra aquél maldito campamento, que la mujer había llegado a odiar poniendo en el empeño todas las fuerzas de su alma. Día tras día, ya no hallaba por qué vivir, para qué luchar contra los lúgubres pensamientos que se habían adueñado de su mente avanzando sin cesar, ganando terreno incansablemente a la ternura y comprensión que una vez dominaron su juventud. Se sorprendió a sí misma observando nuevamente las azules y marcadas venas de sus muñecas, acentuadas por la creciente delgadez que se estaba apoderando de su esbelta figura, ya una semana después de que todos los que allí la acompañaban fuesen capturados por aquellos locos, salidos de Kamisama sabe dónde, al igual que ella y el hombre que, disimuladamente, no cesaba de controlar hasta sus más leves movimientos.
Dr. Eltsen (fijando su mirada duramente en la mujer, totalmente seguro de que ella sabía que estaba siendo vigilada): ¿Y luego, qué?.
Setsuna quedó totalmente sorprendida, tuvo que reconocerlo. Había esperado reproches, reprimendas, o quizá un gesto escandalizado, pues era totalmente consciente de que el médico conocía sus más íntimos pensamientos, convertidos con el devenir de las oscuras horas en acuciantes deseos. Mas aquella simple pregunta, tan clara por su extrema sencillez y crudeza, la dejó más que desarmada.
Setsuna (aparentando indiferencia): ¿Y luego, qué, de qué?.
Dr. Eltsen (mostrando el mismo tono que ella había empleado con él): Tan sólo eso. ¿Y luego, qué?.
Setsuna (fingiendo impasividad, aunque su determinación estaba a unos pasos de derrumbarse): Y luego, nada... supongo.
Dr. Eltsen (penetrando con su mirada la de ella, lleno de compasión y cariño, mas mostrando toda la dureza de aquello que deseaba hacerle entender): Exactamente, mi niña. Y luego, nada. Suicidarte no te servirá para recuperar a Shougo, ni tampoco para reunirte con él en ninguna otra vida. - Sacudió la cabeza cuando ella trató de rebatirle esta última afirmación. - Sabes en lo más hondo de tu corazón, que es cierto aquello que te digo, mas si no lo fuera, ¿crees que Dios permitirá que renazca al lado de un gran guerrero que murió luchando por aquello que amaba, alguien que cobardemente despreció el sacrificio de tan abnegado hombre acabando con lo más preciado por lo que él luchó?.
Setsuna (observándole con una vencida, mas rencorosa y frustrada, mirada de reproche, aunque iba más dirigida a sí misma que al buen doctor): ¿Y qué puedo hacer?. ¿Qué...?, ¡ maldita sea mi alma !, ¿... me queda por hacer, cuando la persona que más amaba en este mundo me ha dejado semejante vacío?. ¡Debieron haberme matado cuando nos descubrieron!. ¿Es que hasta ahí llega su maldad?. ¿Por qué me han permitido vivir para hacerme presa de mi propio sufrimiento?. ¡La muerte es liberadora!.
Dr. Eltsen (perdiendo la paciencia ante tamañas sandeces): ¡La muerte es el principio del final, chiquilla idiota!. ¡El principio de la nada, del olvido de lo amado y de lo odiado!. ¡Liberar es otorgar libertad de elección y de acción!. ¿Qué libertad puede darte la muerte, obligándote a no ser nada?. Menos que nada, pues, ¿quién, siquiera, recuerda a un cobarde suicida, que le traiga cada vez a la mente, junto con su recuerdo, la consciencia de todas las más bajas miserias humanas?.
Dicho esto, el Dr. dio un fuerte puñetazo en el duro suelo, al lado de donde se hallaba sentado, que tuvo la facultad de transmitir a este, como si de una descarga eléctrica se tratase, toda la furia que amenazaba con destrozarle por dentro. Segundos después, al elevar su mirada nuevamente hacia su interlocutora, descubrió clavados en él unos ojos aterrados, pero fuertes y decididos. Vio en ella una madurez inusual para una juventud tan temprana, ya libre de negros pensamientos, mejor aún, consciente de que ciertos caminos jamás son una opción válida, aunque siempre se encuentren ahí, tentando a las mentes débiles, alimentándose de la indecisión.
Dr. Eltsen (tranquilo al observar tal evolución, mas apenado por el dolor que había llevado a ella a aquella gran mujer): Lo siento, mi querida amiga. No pretendía ser tan cruel.
Setsuna (con una leve sonrisa comprensiva): Sí lo prentendía, doctor, pues eso es lo que yo estaba mereciendo desde hace varios días. Todos aquí hemos perdido a seres queridos - dijo señalando con un ademán a todos sus compañeros, repartidos por la habitación vacía de mobiliario, excepto por unos cuantos jergones y unas cortinas, tras las cuales se hallaba un tosco agujero que hacía las veces de water.- Pero todavía nos tenemos los unos a los otros, y es por todos nosotros por los que no debemos desfallecer jamás. Nuestra unión reconforta nuestras almas, por ella debo seguir.
Dr. Eltsen (orgulloso de escuchar aquellas palabras): Ahora sé por qué Shougo te amaba tanto.
Setsuna (sacudiendo la cabeza tristemente): Él nunca me amó, no como yo deseaba, al menos. Jamás hizo nada que me demostrase lo contrario. Pero no tengo nada que reprocharle, siempre le estaré infinitamente agradecida por haberme amparado y protegido hasta el final. A pesar de no amarme, jamás permitió que me faltase de nada y a todos los efectos, y ante todo el mundo, yo siempre fui su mujer. ¿Qué importa que no sintiese nada por mí?. A su manera, él siempre me hizo feliz.
Dr. Eltsen (sacudiendo lentamente la cabeza con pesar): En una cosa tienes razón, querida Setsuna: él jamás hizo nada para demostrarte todo aquello que sentía por ti, y ahora es... demasiado tarde -terminó la frase apenas en un leve murmullo, bajando la mirada al suelo y alejándose de su compañera tras darle la espalda lenta y pensativamente.
Setsuna (alzando la voz lo suficiente para que no sólo el Dr., sino todos los allí presentes, pudiesen escucharle): ¡Dr. Eltsen!. ¡Kenshin volverá, estoy segura de ello!.
Dr. Eltsen (girándose para dirigirle una tierna y compasiva mirada): Lo sé, mi niña... lo sé. - Dicho esto, volvió a retomar su camino hacia el fondo del cuarto, en busca de un poco de soledad.
Todos los inseparables compañeros se hallaban en el salón más amplio de la casa Onni, atentos a los planes que Kenshin estaba a punto de exponerles, dominando su creciente excitación,. El samurai acababa de comunicarles las expectativas de éxito que les había creado a Enishi y a él la inesperada conclusión a la que habían llegado en su "casual" encuentro matinal. Mas hasta el presente momento, el ambiente delataba las inmensas dudas que les reportaba a todos ellos pasar a la acción, atados de pies y manos como estaban por la amenaza de muerte que pendía sobre la cabeza de los cristianos.
Sano (haciéndose eco por fin de los negros pensamientos de todos sus compañeros): No hay nada que me complazca más que el hecho de saber que Kaoru va a poder ser rescatada sana y salva, tú lo sabes bien, Kenshin, pero - añadió encarando fijamente la mirada de su amigo de forma resuelta y honrada - si hacemos el movimiento que vosotros proponéis, Mamoru no dudará en ejecutar su amenaza, acabando con las vidas de los cristianos... incluida Sayo. Tú eres un hombre enamorado, y hasta ahí puedo entenderlo, pero entiéndeme tú a mí, yo me hallo en una encrucijada parecida. He estado pensando mucho, y no encuentro la forma de salvar a ambos: si rescatamos a Kaoru, los cristianos morirán; si los salvamos a ellos, tu mujer y tu hijo serán asesinados por ese maldito. ¡Maldición y mil veces maldición!. ¡Que el infierno confunda a ese hijo del demonio!. ¡Pase lo que pase fracasaremos, pues alguien morirá sin poder remediarlo!.
Kenshin (observándolos uno a uno severamente, para dar énfasis a sus próximas palabras): No si llevamos a cabo ambos ataques a la vez. Todos vosotros habéis supuesto que tan sólo podemos acudir en ayuda de uno de ellos. ¿Por qué?.
Saito (incapaz de creer lo que estaba escuchando): ¿Dividir nuestras fuerzas?. ¡Dividir es morir!. ¡Los condenaremos a ambos a la muerte!. ¿Os habéis vuelto los dos locos?. ¡Sus huestes son increíblemente efectivas y bien organizadas!.
Enishi (tratando de reconducir la conversación hacia el punto a donde querían hacerles llegar): Tú lo has dicho, Saito: sus huestes. Si involucramos al ejército en esto, todos morirán, de esto no me cabe duda alguna. Los guerreros de Mamoru, hoy por hoy, llevan todas las de ganar ante un puñado de hombres demasiado acostumbrados ya a las mieles de la paz. Siempre han ido por delante nuestro en ingenio, capacidad y maniobrabilidad. Lo tiene todo demasiado bien planeado como para permitir que el Gobierno Meiji irrumpa en sus filas como un elefante en una cacharrería y los mande al infierno sin más. Ejército por ejército, el suyo es el más preparado y con posibilidades. ¿Qué temen, pues?. ¿Qué les ha impedido alzarse en una guerra civil que tantas probabilidades tienen de ganar?. ¿Por qué estos secuestros inútiles si saben que tanto el Gral. Yamagata como los países extranjeros implicados pasarán por encima de esos cadáveres si es necesario? - a estas últimas palabras, Saito tuvo que asentir, aunque a regañadientes, consciente de que esto último se lo había hecho saber también el Gral. en el más absoluto de los secretos, aunque él se le hubiese opuesto con todas las pocas fuerzas que le otorgaban su rango y reputación.
Soujiro (tomando el hilo de la explicación del samurai): Nosotros... eso es lo que temen...
Aoshi (sin saber si tomar a broma lo que acababa de escuchar): ¡Vamos, hombre!. ¡No me vengas ahora con guasas!. ¿A un puñado de samurais a punto de pasar ya a la leyenda?. ¿Con el ejército tan moderno y potente que les sustenta?.
Soujiro (ofreciéndole una de sus más inocentes sonrisas): Usted lo ha dicho, Shinomori-san: la leyenda. ¿Quién ha salvado del desastre una vez tras otra a este Gobierno todavía en pañales?. Por mucho que hayan tratado de ocultarlo, y por muchísimo más que les pese, gran parte del poder que ostentan los Meiji se debe a este puñado de locos y obsoletos samurai del cual forma parte. Nosotros contamos con algo con lo que este Gobierno todavía ni siquiera puede soñar: la confianza y el apoyo de la gente que cree en la libertad. ¿Junto a quién se alzarían en armas por defender esta libertad que tanta sangre derramada les costó no hace tanto como algunos quisieran creer?. En sus mentes, en sus corazones, no se hallan los actos de desfalco, de despotismo, de autoritarismo y crueldad gratuitos, tan conocidos por todos, y pésimamente disfrazados bajo aires de renovación y de cambio, sino los actos de este loco y altruista samurai por hacer realidad aquella ingenua utopía por la que luchó y en la que posiblemente tan sólo él creía, con la que hizo soñar a este puñado de hombres que hoy le siguen en todos los problemas en los que se empeña en meterse, que no son pocos ni triviales. Él ha conseguido sin proponérselo algo con lo que el Gobierno debe contentarse con soñar: el cariño, la confianza y la fidelidad de la gente pobre y sencilla como él, o sea, de la mayoría de este bendito país.
Shouzo: ¿Quieres decir que...?.
Soujiro (seguro de sus conclusiones): Quiero decir, que si apoyamos abiertamente al Gobierno Meiji, la gente no dudará en luchar con toda su ilusión y esperanza por alcanzar esa utopía que posiblemente jamás llegue, y a sabiendas de ello, no les importará lo más mínimo, pues quizá sí exista alguna vez para sus hijos o sus nietos. Pero s¡n nuestro humilde apoyo, lo más probable es que nadie mueva un dedo esta vez por respaldar su desgastada credibilidad, provocando que los gobiernos extranjeros tampoco lo hagan, ya que deben decantarse por quien más probabilidades tiene de victoria o a quien más van a poder utilizar, para obtener luego su favor. Mamoru no tendrá más que recoger los pedazos de este corrupto Gobierno, como todos los Gobiernos pasados y futuros en cualquier país del mundo, y ofrecerlos al mejor postor, ya sea él o sus más que interesados aliados. Nosotros, y algunos más como nosotros, somos la delgada línea que separa la esperanza del derrotismo, del abandono. Este Gobierno ha tomado por idiotas durante demasiado tiempo, a aquellos que le ayudaron a situarse donde está, a pesar de los continuos avisos en forma de Shishios y demás antiguos guerreros que, a pesar de expresar una inmensa obsesión rayana en la locura en la mayoría de los caos, no eran en el fondo más que una muestra del descontento general por el que está atravesando este país. No me agrada este gobierno, pero sí las ideas que subyacen bajo él, las que le elevaron al poder y que ya alcanzado su objetivo parece empeñado en olvidar. Yo lucharé hasta el final con la esperanza de poder ayudar a mejorar este país, mi patria, mas no pienso abandonar a mis queridos amigos, que tanto me han ayudado a encontrar un norte hacia el que avanzar en mi camino.
Sano (tras haberse tomado unos momentos de meditación): Yo mismo, antes, he dado en el clavo de la cuestión. Posiblemente ambos morirán si no tomamos parte en esta batalla, pues creo firmemente que la estrategia de Mamoru consiste en eliminarlos una vez alcanzados sus planes. Jamás los dejará en libertad. Y si tomamos partido para rescatar tan sólo a Kaoru o a los cristianos, el otro morirá irremisiblemente, eso contando con que alcancemos el éxito en el rescate. Si no, también serán ambos mártires de las locuras de ese demente. Por tanto, tan sólo tenemos una opción válida: tratar de rescatarlos a todos a la vez. – Dirigiendo una resuelta mirada hacia Enishi y Kenshin – Yo estoy con vosotros, exponedme el plan y lo seguiré hasta donde me lleve, y que Kamisama nos asista... a todos.
Misao (acercándose a Kenshin y apretándole el brazo cariñosamente): Creo que me expreso en nombre de todos al decir que te seguiremos ciegamente hasta el final. – Todos asintieron reafirmando sus palabras.- Exponnos tu plan y llevémoslo a cabo cuanto antes, pongamos fin de una vez a tanto dolor y sufrimiento.
Enishi (tomando el hilo conductor de la conversación): Después de meditarlo concienzudamente, hemos llegado a la conclusión de que, para rescatar a Kaoru, es necesaria una pequeña fuerza de ataque, capaz de introducirse en un edificio sin ser detectada y, si es posible, salir de él del mismo modo. El número de soldados que Mamoru tenga apostados en la casa no es realmente relevante, ya que se hallarán dispersos entre una gran cantidad de estancias a cubrir, pudiendo ser bloqueados poco a poco sin extender la alarma entre sus compañeros. Por eso creemos que con tres de nosotros bastará.
Yahiko (dirigiéndole a Kenshin una mirada resuelta): Sé que Enishi y tú vais a ir en busca de Kaoru: a ti te conozco demasiado bien, y en su caso lo supongo por la forma en que se ha comportado hasta ahora. Ella es mi maestra, Kenshin... sois la única familia que tengo, debo estar allí. Sé que puedo hacerlo, no pondría su vida en peligro si creyera lo contrario.
Kenshin (sosteniéndole la mirada fijamente, de forma solemne): Yo tampoco lo haría. No esperaba menos de ti, Yahiko, y ella tampoco. Así pues, - ahora dirigiéndose al resto – Yahiko, Enishi y yo nos dirigiremos a la mansión, y todos los demás marcharán a liberar a los cristianos.
Saito (meditabundo): Himura, si resultase cierta tu corazonada de que Watashi no es más que el disfraz tras el que ha ocultado Mamoru su verdadera identidad para ganarse vuestra confianza, es una probabilidad nada despreciable el hecho de que tu herencia resulte al final el cuartel general donde se maquina toda esta locura. Más si así fuese, puedo jurarte que no existen tropas acuarteladas en esa mansión ni en ninguna otra de esta ciudad. Sabemos, sin embargo, que en los bajos fondos se ha estado reclutando durante bastante tiempo una cantidad ingente de maleantes, desheredados y pendencieros a través de generosas sumas de dinero y aún más generosas promesas económicas y de poder al finalizar el trabajo propuesto, que jamás pudimos averiguar en qué consistía, pero que relacionamos con este movimiento revolucionario desde el principio. Quiero hacerte ver con todo esto, que a pesar de tratarse de una mansión aparentemente "desprotegida" en gran medida, a Mamoru no le costaría más que chasquear los dedos para someter todo Kioto bajo su yugo en unas pocas horas, situación que venimos temiendo desde hace algún tiempo. – Haciendo una pausa para tomar aire y exponer de forma ordenada sus pensamientos. – Sin embargo yo estoy firmemente convencido de que es muchísimo más probable hallar la mayoría de sus huestes en el emplazamiento donde se retienen a los cristianos, y por lo que nos has comentado sobre el trabajo al que los sometían antes de exterminarlos, también les asestaremos un grave revés logístico, ya que por lo visto ahí guardan la mayoría de sus provisiones armamentísticas, o al menos es la única pista fiable de la que disponemos por el momento. Si existe tan sólo una pequeña posibilidad de reducir las fuerzas de Mamoru antes de abocar al país en otra devastadora guerra civil, considero que este gobierno debe aprovecharla. Voy a solicitar al General Yamagata que nos traspase el mando de las tropas Meiji de una vez por todas para dirigir un ataque sin piedad sobre el campamento donde retienen a los cristianos.
Sano (gritando fuera de sí, con semblante horrorizado): ¡Pero eso no puede hacerse así!. ¡En cuanto os huelan siquiera matarán a Sayo y todos los demás!. ¡No habrá nadie allí por el que podamos luchar con esperanzas de rescatarlo vivo!. ¡La perdí una vez!. ¡No voy a pasar de nuevo por ello, ni por Japón ni por nada en este mundo!. ¡No lo voy a permitir!. ¡Pasarás por encima de mi cadáver para hacer eso!.
Saito (observando a Sano con un lobuno semblante, mezcla de diversión y secreta admiración): en otros tiempos habría sido un placer para mí aplastarte, pequeño insecto arrogante, pero ahora no tengo ni tiempo ni ganas como para entretenerme jugando. – Le mostró una sonrisa sarcástica y provocadora que a Sano casi sacó de sus casillas, mas fijándose mejor este último observó en él una mirada conciliadora y amigable que le instó a seguir escuchando, no sin un resquicio de ira contenida. – Pero tampoco hará falta. Tenía pensado daros el tiempo suficiente como para liberar a los cristianos en una operación discreta y lo más limpia posible, que les haga pensar que ha sido tan sólo fruto de una acción desesperada y aislada por parte de unos amigos desesperados. Mas tras ella, espero, no, exijo, que vosotros, Soujiro y Aoshi, os unáis a nuestro ejército como los comandantes que aceptasteis ser desde el principio, y entonces sí, nada ni nadie nos detendrá.
Misao (tomando la guía de la conversación): Como muy bien habéis hecho notar, ambas operaciones de rescate deberán simultanearse para no eliminar las mínimas garantías de éxito que conllevan. Ello supone aplazar el rescate de Kaoru al menos tres días para darnos tiempo a los demás de llegar al bosque donde sucederá la otra operación.
Kenshin (con una sonrisa cansada, pero llena de esperanza): Lo sé, de hecho ya había contado con ello. Si Mamoru la ha mantenido con vida hasta el momento, no hallo ningún motivo aparente para que no lo siga haciendo durante unos días más, al menos hasta que se cumpla el plazo otorgado al Gobierno para su rendición. Deseo más que nadie volver a tenerla a mi lado, pero ni ella, si pudiese opinar ahora mismo, ni yo, deseamos poner en peligro la operación de rescate de nuestros queridos amigos cristianos.
Aoshi (con ademán decidido): No hay nada más que decir, pues. Kenshin, Enishi, Yahiko, os deseo un rotundo éxito, y los demás, partamos, pues, no veo ninguna razón para seguir esperando. Cuanto antes lleguemos a nuestro destino, más tiempo tendremos para rastrear el terreno y desarrollar un plan razonablemente factible, si es que hoy por hoy existe algo a lo que llamar razonable en este país de locos. ¡Maldita sea! – dijo de pronto con una sonrisa sarcástica pero complacida - ¡General Shinomori!. ¡Hace tan sólo un año habría tomado por demente a cualquiera que se hubiese aventurado a afirmarme que esto pasaría!. Aunque hace un año tampoco fui capaz de darme cuenta de otros hechos totalmente reales y evidentes – terminó murmurando por lo bajo amargamente. - ¡Bueno!. ¡En marcha!. ¡Os quiero reunidos aquí en una hora con todo lo imprescindible!.
En completo silencio, uno a uno fueron desfilando hacia sus respectivas habitaciones para equipar un pequeño macuto con comida, agua y medicinas que les garantizasen mínimamente la supervivencia en situaciones extremas.
Se había acordado durante la conversación, mantener en su puesto al personal del Aoiya para no delatar su próxima actividad de rescate a través de un restaurante cerrado sumado a una casa completamente vacía. Los tres samurais encargados de la operación de Kyoto se comprometieron también a dejarse ver en contadas ocasiones durante su compás de espera, para contribuir dando credibilidad de su comedia . El Aoiya sería tan "aparentemente normal" como lo había sido siempre.
Tan sólo ya quedaba Aoshi en el cuarto, en espera de que Kenshin, el último de los compañeros que debía marchar hacia sus propias dependencias, atravesara la entrada del salón donde minutos antes habían estado reunidos. Pero Kenshin, en el último momento, a punto ya de marchar en pos de los demás, se detuvo sin motivo aparente, y girándose lentamente hacia Aoshi le posó la mano en el hombro de forma amistosa.
Kenshin (con una franca sonrisa de ánimo): Aoshi-san, te lo ruego, toma mi experiencia como muestra fehaciente de que a menudo las cosas no son como parecen. Yo habría entregado mi alma al diablo, le habría rogado que me otorgara la muerte desde lo más hondo de mi corazón, si no hubieses estado tú para sacarme del gran error en que yo mismo me había sumido al anteponer mis propios sentidos a la confianza en la persona que amo y en la razón. Podrás engañar a todos los demás, - En este momento Aoshi trató de negar con la cabeza, intentando hacer ver a Kenshin que se estaba equivocando, más el pelirrojo samurai mantuvo firme su esperanzada sonrisa y la mirada triste pero estoica de sus profundos ojos azules – pero yo sé que negros fantasmas se han apoderado de tu alma, puedo sentirlos. Sólo te diré, amigo, que espero encontrarte nuevamente aquí en cuanto concluya toda esta pesadilla, para compartir juntos esa botella de sake que un día te prometí. No me falles, no te falles a ti mismo… ni a las personas que te aman.
Dicho esto, retiró tranquilamente su mano de aquel hombre con quien tanto había compartido, y entonces sí, abandonó la estancia dejando a Aoshi sumido en la más profunda consternación.
Aoshi (para sí mismo): ¿Por qué has tenido que pedirme eso, querido amigo?. ¿Lo único que yo ya no te puedo dar?. Esta va a ser mi última lucha, emplearé en ella todo el honor que mi cuerpo, mi alma y mi corazón sean capaces de dar, toda mi vida… y luego descansaré, descansaré para siempre… ya no dañaré nada, ni a nadie… no seré nunca feliz, pero tampoco llevaré conmigo la tristeza, ni la impondré a aquellos que han vivido incondicionalmente por mí. Por fin he abierto los ojos, por fin… Tan sólo puedo aspirar a…. – caminó él también fuera de la estancia - … morir como un samurai.
OLVÍDAME TÚ
Todas nuestras tardes son
bajo estrellas escondidas
luces que mi corazón se pensaría.
Desnudarme como soy
siendo así como la arena
que resbale en tu querer
por donde pueda.
Darte para retenerte,
recelar si no me miras
con tus ojos, tu boca,
tu sabia, que es mía. ¡Mía!
Responde a mi nombre si te lo susurran,
arranca del todo mi piel que es tan tuya.
Que arda mi cuerpo si no estás conmigo, amor.
Olvídame tú, que yo no puedo,
No voy a entender el amor sin ti.
Olvídame tú,
que yo no puedo dejar de quererte,
por mucho que lo intente, no puedo.
Olvídame tú.
Qué bonito cuando el sol
derramó sobre nosotros
esa luz que se apagó y que se perdía.
Si tú quieres quiero yo
palpitar de otra manera
que nos lleve sin timón lo que nos queda.
Sentiremos tal vez frío
si no existe poesía.
Con tus ojos, tu boca,
tu sabia, que es mía. ¡Mía!.
Y el tiempo que pasa casi inadvertido
golpea con fuerza lo tuyo y lo mío.
Qué pena ignorarlo y dejarlo perdido, amor.
Olvídame tú, que yo no puedo,
No voy a entender el amor sin ti.
Olvídame tú,
que yo no puedo dejar de quererte,
por mucho que lo intente, no puedo.
Olvídame tú.
MIGUEL BOSÉ
"POR VOS MUERO"
Dedicada a Aoshi (en especial).
