La Forja del propio destino.

Capítulo 12

"Tormenta de ideas"

El Gral. Yamagata se hallaba dentro de su tienda de campaña, situada en el lado Meiji de la frontera bélica que delimitaban Nagoya y Gifu. Estaba repasando minuciosamente una carta que le acababa de llegar desde la bahía de Osaka y apuntando la información que esta ofrecía en un inmenso mapa político de Japón, que tenía desplegado en una gran mesa. Le informaba de que el puerto de dicha ciudad acababa de ser controlado definitivamente por las tropas del Gobierno Meiji y la flota de la comunidad internacional, quienes habían quedado a la espera de las noticias que se recibiesen en el almacén al que habían marchado Saito y sus compañeros, para decidir su intervención, si fuese necesaria. Todo el asunto se había llevado a cabo de forma pacífica, haciendo valer la hegemonía del Gobierno Meiji en todo Japón. El gobierno local, al igual que había sucedido en las demás ciudades portuarias ocupadas, no había opuesto ningún tipo de resistencia, a pesar de que Mamoru había hecho tratos en la sombra con algunos de los jefes y dirigentes de la zona. Pero no había declarado la guerra abiertamente al Gobierno, lo que supuso que, en última instancia, los mandos locales no se vieron forzados a decidir, tan sólo acataron las órdenes del Gobierno Central de la nación. Esto le satisfizo, pues este puerto era el último que les quedaba por controlar alrededor de Kyoto. Las tropas de Mamoru se hallaban rodeadas y por ello quizá este decidiese no declarar finalmente la guerra al Gobierno. Con dicho fin el Gral. Yamagata había movilizado la mayoría de las tropas gubernamentales y trasladándolas donde ahora se encontraban, mintiendo a la población civil al decirles que tan sólo se trataba de maniobras del ejército para mantener en forma sus capacidades bélicas. La presencia de representantes de la flota de varias potencias de Europa y de Estados Unidos, la había justificado diciendo que eran profesionales que venían a formarles en nuevas y revolucionarias tácticas de combate. Esto había propiciado que, para Mamoru, las circunstancias se desarrollasen antes de lo previsto, ya que, por lo que el Gral. discernía, a él no le había dado tiempo de concentrar todo su poder en Kyoto y declarar la guerra abierta al Gobierno Meiji. Esto les había facilitado increíblemente la toma pacífica de las ciudades portuarias alrededor de dicho emplazamiento y la colocación estratégica de lo flota de la Comunidad Internacional. Ahora ya todo dependía de la fuerza real de Mamoru. Si disponía de suficientes contingentes, a pesar de tenerlos dispersos, quizá decidiría comenzar la contienda, pues era la última oportunidad de llevar sus planes a cabo. Eso sin contar con que el Gobierno era consciente de que Mamoru tenía bastante gente infiltrada en la zona de Tokyo, que en un momento determinado podrían rebelarse y socabar su poder en el bastión gubernamental. Pero, ¿dónde estaba Mamoru? ¿Estaría en Kyoto, donde al parecer tenía secuestrada a Kaoru? Nadie lo sabía. Lo ideal sería enviar un destacamento de fuerzas especiales que tratasen de capturarlo, esto pondría fin al conflicto antes incluso de comenzar, pero sin conocer su paradero, todo lo que hiciesen para detenerle podría fracasar en última instancia, ya que, a pesar de perder su ejército, tan sólo tenía que replegarse y forjar de nuevo su estrategia, con lo que, antes o después, todo el problema surgiría de nuevo. Había que cortar el mal de raíz, no había duda. ¿Aparecería Mamoru para tomar el mando de sus tropas? Por otro lado, nadie había podido calibrar estas últimas adecuadamente porque jamás se habían acuartelado en lugar alguno, ni pertrechado como un ejército. Tan sólo se conocía su existencia por el reclutamiento que había llevado a cabo el rebelde entre la gente de la peor ralea, pero nadie sabía hasta qué punto se le había unido el pueblo llano. Yamagata esperaba una guerra en toda regla, pero si finalmente se trataba de una guerra de guerrillas a lo que iban a enfrentarse, su planteamiento había sido totalmente erróneo desde el principio. Podían transcurrir años hasta que uno u otro bando tomase el control definitivamente. Y durante todo este tiempo, la Comunidad Internacional perdería el interés en Japón, ya que el país quedaría sensiblemente mermado y debilitado por escaramuzas internas que le restarían todo su atractivo potencial, tanto económico como estratégico. Quizá incluso Alemania, mecenas de Mamoru, les acabaría abandonando a su suerte.

Yamagata se hallaba perdido en sus cavilaciones, cuando uno de sus subordinados entró en la tienda respetuosamente y solicitó su atención.

Soldado (cuadrándose marcialmente ante su superior): traigo dos mensajes.

Gral. Yamagata (levantando la vista desde el mapa y posándola en el soldado): Infórmeme.

Soldado (procediendo a recitar los mensajes): El primero es de Ahime Saito. Informa de que los Comandantes Shinomori, Seta y él mismo, se encaminan hacia el bosque donde se halla el almacén de armas del ejército contrario y donde permanecen retenidos los rehenes cristianos. La escaramuza comenzará dentro de dos días.

Gra. Yamagata (impaciente): ¿Y el otro?

Soldado (no sabiendo cómo transmitir las malas noticias recibidas): El otro…

Gral. Yamagata (perdiendo la paciencia): ¡Sí, el otro! ¡Vamos, hombre! ¡ Que parece un novato!

Soldado (recomponiéndose, tras haber sido herida su profesionalidad): El otro señor, nos informa de que el ejército enemigo se está concentrando en Otsu. En tan sólo unas pocas horas han montado de la nada una base militar pertrechada con todo lo necesario para presentarnos batalla sin inferioridad de condiciones.

Gral. Yamagata (poniendo a funcionar su intelecto militar): ¿De cuántos soldados hablamos?

Soldado (soltando la bomba, por fin): De cinco mil hombres, General, armados hasta los dientes.

Gral Yamagata (sintiéndose contra la espada y la pared): Que Kamisama nos asista. Sin la colaboración de la armada internacional, poco podremos hacer. Ahora todo depende del éxito de Saito con el rescate de los cristianos. Si él fracasa, Mamoru nos declarará la guerra abiertamente. Con él teniendo el apoyo de Alemania y nosotros sin el apoyo del resto de países, esta contienda va a ser muy desigual. ¡Soldado! ¡Infórmeme de cualquier movimiento que realice el ejército enemigo! ¡Por vanal que parezca!

Soldado (volviéndose a cuadrar): ¡Sí, señor! ¡Se hará como usted ordene, señor! – y dándose la vuelva, abandonó la estancia, dejando al Gral. sumido en sus cavilaciones.

Saito se hallaba a cien metros de la entrada del almacén de Mamoru, bien oculto entre un macizo de árboles bastamente tupido. Tan sólo cuatro metros alrededor de lo que parecía una cueva natural a simple vista, estaban despejados de vegetación. Las tropas Meiji, quinientos hombres para ser exactos, ya que el General Yamagata se había negado a dejar desprotegida la zona en que se preveía la mayor contienda, se hallaban acuartelados en lo que otrora fue la aldea de Shougo, ahora una miserable ruina llena de desolación. De todos modos, algunos de los materiales que habían sido usados para construirla en sus mejores tiempos, todavía podían ser aprovechados para montar un campamento provisional, por lo que de este modo las tropas se habían evitado tener que talar árboles y transformarlos para poderse pertrechar, hecho, que por otro lado, habría alertado mucho antes a los secuaces de Mamoru. De este modo, la operación se había llevado a cabo en el más absoluto sigilo. Y ya que los rebeldes habían dado por destruido el asentamiento de la aldea, no era probable que enviaran espías de reconocimiento allí. Además, un rápido mensajero podía desplazarse entre ambos emplazamientos en apenas unos minutos, lo que facilitaría reforzar la actuación de los samurai, una vez hubiesen establecido la estrategia. Saito esperaba pacientemente, junto a Shouzo, Sanosuke, Misao y Aoki, quien se había empeñado en acompañarles, alegando que necesitarían un médico de urgencia durante la batalla, pero que realmente se negaba a separarse de Misao ni un solo instante. Todos habían accedido porque era muy probable que verdaderamente necesitasen un médico de campaña, pero con la condición de que no tomase parte activa en la lucha. Debía limitarse a realizar su trabajo y no entorpecer el de los guerreros. Aguardaban el regreso de Aoshi y Soujiro, quienes se habían aventurado alrededor de la cueva, para detectar sus puntos débiles y ver de qué forma podrían ser utilizados para rescatar a los cristianos en una operación rápida y limpia.

Transcurrieron varios minutos hasta que los samuráis regresaron del reconocimiento. Los que habían quedado a la espera adoptaron la posición de guardia, preparados para atacar sin piedad a los que venían a su encuentro en el caso de que no se tratase de sus compañeros. Al reconocerse ambos, se unieron formando un círculo, para trazar el plan de rescate con la información de que disponían.

- Aoshi (serio y concentrado): Está claro que la cueva por la parte de delante es impracticable sin una confrontación armada desde el principio – los demás asintieron. Era de prever.

- Soujiro (continuando con el hilo de la explicación): Hemos rodeado la cueva prácticamente sin problemas. Tenían varios centinelas apostados sobre la colina de la montaña a la que pertenece, pero podremos encargarnos de ellos sin que den la alarma. Hemos tomado buena nota mental de sus emplazamientos y os explicaremos cómo reducirles en cada caso.

- Aoshi (de forma serena pero firme): Lo principal es que hemos hallado un pequeño agujero por el que colarnos sin ser vistos. A unos cien metros colina arriba, existe un conducto de ventilación, de unos dos metros de diámetro, suficiente para que entremos uno por uno en su madriguera. Por lo que hemos observado, esta entrada conduce directamente a una especie de patio trasero, utilizado como almacén de intendencia, el cual no parece transitado más que por quien haga las tareas de cocina, que también se realizan allí, sirviendo el agujero entonces como conducto de salida de humos. – Dejó unos segundos para que sus compañeros asimilaran la información y continuó – El problema es que por ese agujero tan sólo se puede entrar. Aunque nosotros pudiésemos volver a salir por él, no podemos pedir a los cristianos que trepen más de veinte metros para escapar. No podrían, además, que al poder se usada la salida tan sólo por una persona al mismo tiempo, el escape se haría eterno, con lo que las probabilidades de ser detectados se multiplicarían increíblemente, haciendo el plan inviable. Tampoco conocemos su estado actual de salud, por lo que hemos de pensar en lo peor. Tendremos que salir luchando por la puerta principal, lo que hace que necesitemos conocer la distribución exacta de la cueva y el número de soldados con el que nos tendremos que enfrentar. Posiblemente nos deberá apoyar parte de la tropa en el rescate.

- Misao (preocupada): Y, ¿cómo conseguiremos esa información? ¡Infiltrar un espía entre sus filas es imposible! ¡No disponemos de tiempo para ello!

- Aoshi (resuelto): Yo lo haré. Me colaré por el agujero que os he descrito. Trataré de pasar lo más desapercibido posible y si alguien me hace preguntas, intentaré hacerme pasar por uno de ellos creando la mayor confusión de que sea capaz. Con suerte, podré atravesar toda la cueva longitudinalmente y salir por la puerta principal sin demasiados problemas.

- Misao (escandalizada): ¡Pero eso es una locura! ¡Es casi un suicidio porque en un reducto cerrado y controlado como este, deben conocerse todos a la perfección!

- Soujiro (con una sonrisa): Hemos observado que siguen entrando cargamentos, que llegan acompañados por personas ajenas al recinto. Siempre puede alegar que ha llegado escoltando uno de los envíos. Y en el caso de que los escoltas sean siempre los mismos, puede estar sustituyendo a un enfermo, por ejemplo. Mientras tratan de contrastar la información, Aoshi podría escabullirse sin demasiados problemas. La pega es que estarían alerta por la intrusión, lo que no nos conviene demasiado, pero es la única opción que tenemos.

- Misao (empeñada en negarse): ¡Sigue siendo una locura! ¡No lo haga, Sr. Aoshi! ¡Encontraremos otro medio de conseguir la información que necesitamos!

- Aoshi (manteniendo la mirada de ella, sereno): ¿Se te ocurre un modo mejor de hacerlo sin tener que esperar varios días una oportunidad que nos ofrezca ciertas garantías, jefa de los Oniwa Banshu? – esto último lo recalcó, queriendo hacer entender a Misao que debía pensar como profesional y no permitir que ningún tipo de sentimientos interfiriesen en sus decisiones.

- Sanosuke (envalentonado): ¡Yo entraré!

- Saito (negando con la cabeza): Tú eres el último al que encargaría este trabajo. Tu "novia" está ahí dentro. No me extrañaría que te dejases llevar y tratases de comunicarte con ella, dando al traste con toda la operación en un segundo. – Esta vez Sano tuvo que reconocer que estaba demasiado alterado y que quizá sus emociones podrían nublar su raciocinio.

- Misao (dirigiéndose a Aoshi, con tristeza): Y, ¿por qué usted? Yo podría…

- Aoshi (zanjando la conversación): Y, ¿por qué no? – Misao bajó la mirada, no sabiendo qué responder. Aoki no perdió detalle de todo lo sucedido desde que Aoshi y Soujiro habían regresado.

- Saito (decidido): Está bien. Lo haremos así. Pero debes entrar ya. Tan sólo quedan un par de horas hasta que los cocineros comiencen a preparar la comida. Si te ven descender por el agujero, darían la alarma sin pensarlo. Ese acto sí que no se puede disimular.

- Soujiro (alerta): Esperad, he escuchado algo. Saito, viene de los arbustos que están a tu espalda. – Todos guardaron silencio, tratando de escuchar lo que el samurai les describía. No oyeron nada, mas si Soujiro aseguraba que entre los arbustos se escondía alguien, ellos le creían.

- Saito (dirigiendo su mirada hacia la dirección que Soujiro les había indicado): ¡Muéstrate, seas quien seas! ¡Sabemos que estás ahí! ¡No tendremos piedad contigo si debemos ir a buscarte!

Durante unos segundos, nada sucedió. Todos estaban ya preparados para irrumpir sin miramiento en el escondite de su supuesto observador, cuando del lugar exacto que Soujiro había señalado, surgió una figura. En principio la confundieron con un gran animal, por lo encorvada, sucia y desarrapada que estaba, pero enseguida se dieron cuenta de que se trataba de un hombre. El sujeto en cuestión les observó fijamente, parado frente a ellos.

- Sanosuke (no dando crédito a sus ojos): ¿Shougo? ¡Shougo! – fue corriendo hacia el hombre, dándose cuenta de que estaba a punto de desplomarse. Llegó justo a tiempo para amortiguar su caída.

Sano recostó al cristiano contra un árbol. No había perdido la consciencia. Le dieron unos sorbos de agua de una de las cantimploras, que bebió con fruición.

- Shougo (dirigiéndose a Aoshi): No hace falta que te introduzcas en la cueva para conocer su disposición y el número de soldados que la custodian. Llevo varios días observándoles y no tendrán pertrechados más de cincuenta hombres. Cuando entran cargamentos pueden llegar a ser unos sesenta o sesenta y cinco, pero hoy tan sólo ha llegado un cargamento.

- Sano (emocionado): ¡Kenshin y Shouzo nos aseguraron que habías muerto!

- Shougo (mirándole, con tristeza): Para todos he estado muerto desde que destruyeron la aldea. Todos me dieron por muerto y nadie me vio salir, ni mi gente ni los soldados de Hans y Kuro. He sido prácticamente un muerto en vida. Mis heridas me han impedido entrar para tratar de rescatar a mi gente y he tenido que limitarme a esperar con la esperanza de que viniéseis. Himura fue inteligente al no oponer resistencia cuando le apresaron. Eso le permitió llegar hasta vosotros y que estéis aquí. ¿Dónde está él?

- Aoshi (cansado): Es una larga historia. Ya habrá tiempo para eso. Lo que acabas de contarnos cambia las cosas. Ya han pasado tres días desde que salimos de Kioto. Enishi, Yahiko y Himura estarán llevando a cabo su plan. Nosotros debemos cumplir nuestra parte. Saito, envía a Aoki al campamento para que las tropas lleguen aquí lo antes posible. Creo que, si los datos que Shougo nos ha proporcionado son correctos, unos treinta hombres, incluidos nosotros, deberían bastar para rescatar a los cristianos con éxito. Yo haría lo siguiente: escogería treinta hombres, que llevaría a la puerta principal y trataría de armar el mayor jaleo posible para que la mayoría de los soldados enemigos acudiesen a la entrada y nos despejasen el camino al resto para entrar por la abertura. Calculo que no podremos introducir más de veinte o treinta hombres desde arriba sin que seamos detectados. Es una gran pega que tan sólo podamos descolgarnos hasta la cueva de uno en uno. El resto de la tropa la dejaría bien escondida a unos metros de la cueva, para apoyarnos desde fuera cuando tratemos de salir con los cristianos.

- Misao (belicosa): ¿Y por qué no atacar la entrada con toda la tropa? Les daríamos un buen escarmiento.

- Soujiro (tomando parte activa en la conversación): Porque si se sienten en una inferioridad muy grande, en vez de salir a combatir, se parapetarán dentro y harán uso de sus rehenes para forzarnos a la rendición. Hemos de conseguir que salgan. Si no, todo está perdido.

- Misao (avergonzada por su desconocimiento estratégico): Comprendo… - Aoki le dio una palmada de ánimo en el hombro, a la que ella respondió con una mirada de agradecimiento. La cara de Aoshi se volvió granito.

- Saito (tomando las riendas de la situación): Me parece un buen plan, Shinomori. ¡Chico! – Llamó a Aoki sin ninguna consideración - ¡Ve en busca de la tropa! ¡Di que deben estar aquí, preparados para el combate, en media hora! ¡Vamos! ¡No pierdas tiempo! – el interpelado le mostró una mirada de reproche, pero corrió como alma que lleva el diablo a cumplir su cometido. – Yo comandaré la tropa. Los demás debéis entrar en la cueva. Seréis mucho más necesarios dentro, donde, a pesar de ir acompañados por varios soldados, todo dependerá de vosotros, mucho más aguerridos y acostumbrados al combate de todo tipo que los mocosos estos que salen últimamente de la academia militar. En campo abierto es más fácil mantener el tipo, tan sólo tenemos que provocar, combatir y aguantar.

- Shougo (levantándose con un gran esfuerzo, todavía apoyado en el árbol): Yo os acompañaré.

- Soujiro (con una sonrisa amable): Eso es imposible, si casi no puedes tenerte en pie…

- Shougo (decidido): Dadme más agua, algo de comida y dejadme descansar unos minutos. No os fallaré. La vida de los que amo pende de un hilo ahí dentro. No puedo quedarme parado esperando sin poder ayudar a salvarlos.

- Aoshi (muy serio): Comprendo cómo te sientes. Por mí, serás bien venido. Además, tus habilidades no son para nada despreciables, incluso en el estado en que te encuentras.

- Shougo (respirando con cierta dificultad): Entre los soldados enemigos hay un hombre. Uno de los dos comandantes de ese ejército. Se llama Kuro. Él fue quien ayudó a Kenshin a escapar. No sé bien de qué lado está, aunque me da la impresión de que tan sólo está del suyo propio. Pero quizá pueda echarnos una mano cuando estemos dentro de la cueva. Presiento que él sabe que vamos a intentar rescatar a mi gente, ya que él mismo facilitó la posibilidad de que les llegase ayuda. Y también presiento que nos va a ayudar con el rescate. Tened esto en cuenta cuando estemos dentro.

"Kaoru permanecía fuertemente atada a una silla y amordazada, justo al fondo de la habitación donde había permanecido retenida desde que los secuaces de Mamoru la secuestraran. Su figura era bien visible desde la puerta de entrada al cuarto. Pero no se hallaba sola. Mamoru permanecía oculto entre las sombras detrás de la puerta, esperando. La chica había escuchado numerosos ruidos que parecían de pelea, procedentes de varios puntos de la mansión. No sabía de qué podía tratarse, pero cuando Mamoru irrumpió como un huracán en la habitación, la había levantado de la cama con un fuerte tirón y se disponía a montar el numerito de la silla, lo intuyó.

- Kaoru (mirando a Mamoru con mezcla de desprecio y esperanza): Es Kenshin, viene a rescatarme.

- Mamoru (devolviéndole la mirada, llena de temor, ira y desprecio): ¡Cállate! ¡Nadie va a rescatarte! ¡Lo juro!

- Kaoru (envalentonándose): Kenshin te hará pedazos.

- Mamoru (propinandole un fuerte bofetón en la cara, amordazándola después): Será él quien salga de esta casa con los pies por delante, no yo. – La sentó en la silla bruscamente y la ató a ella con todas sus fuerzas. Después la colocó frente a la puerta, pero bien lejos de ella, en el fondo del cuarto. Kaoru se dio cuenta de que ella era un señuelo y se desesperó, pero no pudo hacer nada para evitarlo. Un fino hilo de sangre manaba de su labio, partido.

Tras esto, Mamoru se ocultó detrás de la puerta, completamente invisible para cualquier persona que no estuviese dentro del cuarto, mirándole desde el otro lado. Escucharon pasos. Alguien estaba abriendo todas las habitaciones, puerta por puerta, y reducía a todas las personas que encontraba por el camino. Los ruidos se acercaban, cada vez más, hasta que se detuvieron frente a la puerta del cuarto donde ellos se encontraban. Mamoru amartilló un arma que la chica no había detectado antes, lo cual la sumió en la más completa desesperación. Silenciosamente, la puerta fue abierta desde fuera y se desplazó hacia dentro, ocultando a Mamoru tras ella a la perfección. La figura de Kenshin apareció frente a la muchacha, una vez la puerta fue abierta completamente. El samurai quedó petrificado, con una mezcla de amor, rabia y urgencia, que le detuvo en el hueco, vacío, sin hacer ni un solo movimiento, durante unos segundos que a todos les parecieron eternos. Pero reaccionó rápidamente, entrando en el cuarto y dirigiéndose hacia Kaoru para desatarla y llevarla con él de vuelta al Aoiya.

- Kenshin (con infinita dulzura): Kaoru, mi vida, mi amor… Ya todo ha terminado…. – Ella le miraba desesperada, tratando de avisarle con los ojos de la siniestra amenaza que se cernía sobre él, justo a su espalda.

Apenas transcurridos dos segundos y sin haber dado tiempo a Kenshin de llegar hasta su amada, una fuerte detonación sonó desde la puerta, alcanzando de lleno al samurai en la espalda. Este se desplomó en el suelo como un peso muerto, no sin antes haber dedicado una última mirada cargada de infinito amor hacia la que habría deseado que fuese su esposa. Quedó en el suelo, inmóvil, con la vista perdida en la nada, rodeado de un charco de sangre, cada vez mayor. Finalmente, Mamoru había ejecutado su venganza."

Kaoru despertó, con el corazón desbocado y su rostro cubierto de lágrimas. Al principio no supo discernir qué formaba parte de su pesadilla y qué era realidad. Trató de acompasar su respiración y cuando lo hubo conseguido, al observar la habitación con detenimiento y al rozarse los labios con una mano, se dio cuenta de que todo lo que acababa de experimentar había sido tan sólo un mal sueño. Pero su corazón le alertó de que bien podía tratarse de una premonición. Se hallaba todavía acostada en la cama y no sabía a ciencia cierta cuántas horas había permanecido durmiendo. Se sintió extrañamente mojada, como si corriese agua por sus piernas. Se recostó, levemente apoyada en los almohadones, y miró hacia ellas. Un arrebato de pánico la desbordó. La parte baja de su vestido tenía una gran mancha de sangre. Ella estaba sangrando. Algo en su embarazo no marchaba bien.

Enishi, Yahiko y Kenshin se hallaban ocultos entre las sombras de unos árboles muy cercanos a la mansión de Mamoru. Efectivamente, en ese caserón se estaba tramando algún asunto importante, ya que no dejaban de entrar mensajeros con misivas, los cuales abandonaban la casa portando las respuestas, en todo momento estrictamente vigilados por varios hombres armados hasta los dientes, que custodiaban tanto la entrada de la casa como la cancela exterior, vigilada desde dentro del recinto. Ni el vuelo de una mosca escapaba a su escrutinio. Que ellos pudiesen ver, antes tan siquiera de poder entrar en la casa, deberían haber reducido al menos a quince hombres, aparentemente bien armados y entrenados.

- Enishi (acariciándose la perilla en un acto reflejo): Esto no es lo que hemos visto durante los dos días anteriores. Hoy la vigilancia se ha triplicado. Algo está pasando, Kenshin, la fiera se mueve.

- Kenshin (de acuerdo con el samurai): No creo que tenga que ver todavía con la operación de nuestros compañeros. Más bien, pienso que todo este movimiento es debido a que Mamoru planea mostrar sus cartas de forma inminente. La guerra se acerca…

- Enishi (pensativo): Dejar fuera de combate a los de fuera no va a resultar un gran problema. El asunto está en conseguir que los de dentro no se enteren de que lo estamos haciendo.

- Yahiko (totalmente serio y convencido): Lo mejor va a ser simultanear ambas cosas. Por ejemplo, Enishi y yo nos encargamos de los de fuera, lo que además les servirá de distracción para colarte dentro de la casa y buscar a Kaoru. En cuanto acabemos fuera, nosotros te ayudaremos con los de dentro.

- Kenshin (revolviendo el cabello de su pupilo, con admiración): Muy agudo. El pequeño samurai se está convirtiendo en un hombre.

- Yahiko (sintiendo una mezcla de orgullo y ofensa): Ya hace tiempo que soy un hombre.

- Kenshin (mirándole a los ojos, orgulloso de él, cosa que al otro no le pasa desapercibida): Lo sé.

- Enishi (ignorando tanta muestra de cariño y yendo al grano): Yo estoy de acuerdo con el chico. Los tres nos colaremos en el jardín saltando la verja sin ser detectados. Tú te dirigirás a la parte trasera de la vivienda y nosotros a la delantera. Te daremos un minuto para que te sitúes en posición. Después, comenzaremos la juerga. Trataremos de atraer hacia nosotros a todos los vigilantes, pero si encuentras alguno en tu camino, es cosa tuya. Entra en la casa lo más rápido posible. La conoces bien de cuando viviste durante un tiempo en ella, acompañando al Sr. Saiko. Según nuestros cálculos, debes anular al menos a otros quince vigilantes. Nosotros trataremos de ayudarte, pero, por si nos retrasásemos por algún problema inesperado, debes confiar tan sólo en tus posibilidades. Ya sé que es la parte más dura la que te dejamos, pero no querrás que sea al revés… - (terminó con una mirada sarcástica al samurai y una sonrisa socarrona).

- Kenshin (tomando muy en serio lo que acababa de escuchar, aunque ofreciéndole una sonrisa al que fuera su cuñado): Sabes perfectamente que confío plenamente en vosotros. Es más, pondría mi vida en vuestras manos sin dudar ni un segundo. Pero tratándose de Kaoru, si no soy yo mismo quien la rescate, no estaría tranquilo. Hay sentimientos muy intensos de por medio.

- Enishi (asintiendo): Lo daba por supuesto. No esperaba menos.

- Yahiko (ansioso por tener acción): Vamos, pues.

- Enishi (concentrado): Recordad: todos ellos van equipados con armas de fuego, además de las katanas. Tened esto muy en cuenta a la hora de abordarlos. Y chicos… No os dejéis matar.

- Kenshin (sonriendo): Ha llegado la hora. Gracias a ambos por ayudarme en el rescate de Kaoru. Jamás os lo podré agradecer bastante.

- Enishi (sonriendo, a la vez que tomaba la delantera hacia la mansión): Tranquilo, ya encontraremos la forma de que lo hagas.

Hacía pocos minutos que las tropas Meiji se habían apostado en las inmediaciones de la cueva, lo suficientemente lejos de ella para no ser detectadas. Saito había elegido a los treinta hombres que le acompañarían en la maniobra de entretenimiento y les había dado un breve resumen de la situación y de lo que se esperaba de ellos. Lo mismo habian hecho Aoshi y Soujiro con los suyos. Todo estaba dispuesto para comenzar la operación. Todos esperaban, atentos, la señal de Saito.

Durante unos segundos, Aoshi se alejó unos metros de los demás, tratando de poner en orden sus pensamientos y de concentrarse para la batalla inminente. El samurai se dio cuenta de que alguien le seguía. Identificó a Aoki pero le permitió continuar, aparentando no haberse dado cuenta de su actuación.

Cuando se hubieron alejado lo suficiente de las demás como para que no pudiesen escuchar nada, Aoshi, con un giro rápido y una pequeña carrera, sorprendió a Aoki por la espalda.

- Aoshi (amenazador): ¿Qué crees que estás haciendo?

- Aoki (con voz desafiante): Esa respuesta dámela tú. ¿Qué crees que estás haciendo?

- Aoshi (soltándolo y apartándolo de su lado de un empujón): Aparta de mí, jovenzuelo, o no respondo de mis actos.

- Aoki (sin dejarse amedrentar): ¿De cuales, en particular? No será de los de cobardía... Pobrecito... el gran maestro va a suicidarse sin querer...

- Aoshi (sorprendido por un momento): ¡Maldito crío! Un guerrero honorable jamás se suicida, muere luchando. ¡Siempre!

- Aoki (con voz de desprecio): ¿Entonces por qué sabes tan bien como yo que esta será tu última batalla? ¡Lo llevas escrito en los ojos y en todos tus actos de los últimos días, maldito egoísta!

- Aoshi (enfureciéndose cada vez más): ¡Maldita sea! Si no fueras quien eres...

- Aoki (sin dejar de provocar al samurai): Lo dices como si en verdad alguna vez te hubiera importado lo que ella siente.

- Aoshi (fingiendo no haberle entendido, a la defensiva): ¿De qué demonios me estás hablando?

- Aoki (sintiendo cada vez más desprecio por el otro): Lo sabes perfectamente. Mi juventud conlleva inexperiencia, pero no estupidez. Has decidido luchar a la desesperada, creyendo que así te será más fácil enmascarar tu muerte bajo la bandera de una causa justa. Quizá tras morir como un héroe incluso seas perdonado... Hipócrita... Si dejas que te maten te maldeciré una y mil veces, en todas tus reencarnaciones, para que sufras eternamente por el dolor que le habrás causado a ella.

- Aoshi (cogiendo a Aoki por el cuello y levantándolo, sin piedad): ¿Quién te crees que eres para hablarme de ese modo? ¡Mi vida no te incumbe! ¡Es más! ¡Tú no sabes nada sobre mí! ¡Nada! ¡Aparta de mi camino! – lo arrojó al suelo con todas sus fuerzas, comenzando a alejarse.

- Aoki (respirando con dificultad, asustado, pero tratando de no perder su dignidad): ¡Tú nunca la has querido!

- Aoshi (volviéndose de nuevo hacia él y dándole un bofetón): Porque la quiero no voy a matarte, miserable. Vuelve con ella y hazla feliz. Olvídame de una vez.

- Aoki (casi en un susurro, con pena): ¿Y ella? ¿Podrá olvidarte? ¿Podrá olvidar todo el sufrimiento y la soledad de las oscuras noches de invierno, reconfortada tan sólo por el recuerdo de un hombre que prefirió suicidarse a enfrentar sus propios sentimientos? ¡Eres un maldito egoísta! ¡Nunca la has querido! ¡Hasta el final!

- Aoshi (dándole otro bofetón, y acercándolo a dos centímetros de su cara, cogido de la camisa): Si vuelvo a encontrarte en esta u otra vida, te mataré.

- Aoki (desafiante): Ella te ama.

- Aoshi (soltándole de un empujón y señalándole con el dedo): Lo haré.

El samurai se dio la vuelta, airado y abandonó el lugar, dejando al joven médico postrado en el suelo, maltrecho y maldiciéndose para sus adentros.

"El verdadero poder consiste en saber que sí se puede,

pero no se quiere."

JULIET ALICIA JARVIS