Este capítulo lo dedico por entero a dos personas: a Cirze, por ser quien me ha dado los ánimos suficientes como para continuar escribiendo, enviando un soplo de aire limpio y renovado a mi corazón. Y a Kaori, quien siempre ha estado ahí para leerme, contra viento y marea, publicase el fic donde lo publicase y tardase cuanto tardase en actualizarlo. Para las dos, ¡GRACIAS!

Quizá os llevéis alguna sorpresilla leyendo este capítulo y no adelanto más porque os destriparé el cap. y no se trata de hacer eso, ¿verdad? (^_ ¬).

Abrazos a discreción.

Rose.

La Forja del propio destino.

Capítulo 13

"Lucha encarnizada"

A la señal convenida de Saito, Aoshi comenzó a desplazarse felinamente hacia el emplazamiento donde se ubicaba el agujero de ventilación. Pasados unos segundos fue seguido por Shougo y muy de cerca de este último por Shouzo, quien se había auto encomendado la tarea de velar por el bienestar de su "milagrosamente resucitado" mentor. Al alcanzar Aoshi el borde del agujero, quedó completamente inmóvil cual una estatua. Todo el grupo contuvo la respiración deseando con todas sus fuerzas que este no hubiese sido descubierto, y esperó. Pasados unos interminables minutos, el hombre retomó su tarea, decidido. Una vez el primer samurai hubo lanzado una larga cuerda atada a un árbol cercano con la que descolgarse hasta la cueva, comenzando a deslizarse por ella, se sucedió un constante goteo de guerreros en la misma dirección, todos ellos con inmensa cautela y en absoluto silencio. Entre tanto, Saito Hajime y sus hombres se hacían notar a la entrada de la cueva, apareciendo de improviso ante los guardias y tomando rápidamente ordenadas posiciones que rodeaban totalmente su entrada, impidiendo cualquier resquicio de huida sin pasar antes por una encarnizada lucha contra ellos. Abriéndose paso entre la infranqueable barrera de sus hombres, Saito se colocó delante de ellos, a escasos metros de ambos guardianes, quienes habían adoptado inmediatamente posiciones defensivas que seguían manteniendo, al acecho de cualquier movimiento que realizasen sus atacantes. No perdían ojo especialmente de su comandante, quien se mantenía en silencio de forma teatral, causando expectación.

- Saito (rompiendo el silencio por fin): En nombre del Gobierno Meiji, vosotros y todos vuestros compinches quedáis arrestados. Se os ordena deponer las armas inmediatamente y poneros a disposición de este ejército sin oposición alguna, la cual si se produce, será interpretada como un acto de alta traición y nos obligará a reduciros sin miramiento. Así mismo, insto a uno de vosotros a que entre en busca del superior al mando aquí, para que formalmente acate mis órdenes y obligue a todos los insurrectos a adoptar la sumisión.

Su ademán era provocativo, intentando que se entablase la reyerta lo antes posible para poder dar cobertura a sus compañeros. Los dos guardias se miraron de hito en hito, indecisos, y finalmente uno de ellos optó por entrar en el almacén para poner al tanto a su propio Comandante de lo que estaba aconteciendo a la entrada.

- Soldado rebelde (de forma burlona e irrespetuosa): ¿Ejército? ¡Yo no veo ningún ejército! ¿Todos estos monos de feria, tú, y cuántos más vais a reducirnos? Se necesita algo más que insignificantes bravuconadas y cuatro tipos muertos de miedo para arrestar a hombres bravos y entrenados como nosotros.

- Saito (sonriéndole de forma socarrona): Por el momento voy a partirte la boca, y luego ya veremos. – Sus hombres prorrumpieron en carcajadas, coreando la ocurrencia de su comandante.

- Soldado rebelde (perdiendo los nervios y abalanzándose sobre Saito, enrabiado): ¡Maldito bastardo! ¡Pagarás esta afrenta con tu sangre!

Apenas hubo llegado a la altura del miburo, cayó de rodillas cual una marioneta a quien le han segado los hilos cruelmente, atravesado por la katana de su oponente. El soldado no fue capaz de reconocer el sádico gusto por la batalla que Saito había desatado dentro de sí mismo y había resultado una presa demasiado fácil, a gusto del policía.

- Saito (gritando hacia la cueva con voz perentoria): ¡Los de ahí dentro! ¡Tenéis un minuto para salir de uno en uno con las manos en alto y entregar las armas! ¡Un minuto! ¡No voy a esperar más!

Dentro de la caverna, lo suficientemente cerca de la abertura principal como para ser conscientes de todo lo que había sucedido hasta el momento, dos hombres, uno occidental y otro autóctono, conferenciaban en voz baja evaluando la situación, para adoptar medidas que acabaran rápidamente con tan inesperado contratiempo para sus planes.

- Hans (mirando amenazadoramente a su interlocutor): No sé de qué forma, pero tú estás metido en todo esto.

- Kuro (con voz retadora, pero tratando de llevar la conversación hacia el tema que realmente les ocupaba): No tengo tiempo para quedarme escuchando los desvaríos de un teutón con manía persecutoria. Hemos de acabar con este asunto ahora mismo. No sé quiénes son ni de dónde vienen, pero debemos aniquilarlos. No debe quedar ni uno capaz de escapar que cuente lo que aquí ha pasado. Eso nos dará tiempo para trasladarnos a un campamento provisional y estar bien lejos de este lugar cuando reciban refuerzos.

- Hans (insistiendo sobre su sospecha de traición): ¿Y cómo nos han encontrado? Es muy curioso que no dudes sobre ese hecho en particular.

- Kuro (harto ya del jueguecito): Te he dicho que no tengo tiempo para tus tonterías. Cogeré a los hombres y saldremos a acabar con esto. Si tú tienes miedo, puedes quedarte a esperarnos.

- Hans (sospechando todavía, pero dominado por su espíritu belicoso): ¡Cuando esto termine voy a hacerte tragar tus sucias palabras una a una antes de acabar contigo! ¡Por supuesto que voy a luchar! ¡Soldados! – gritó fuertemente hacia los hombres que les acompañaban, atrayendo su atención - ¡Todos conmigo! ¡Ahora! ¡Aniquilemos a esa chusma en nombre de Mamoru! ¡Por nuestro honor! ¿Lucharéis?

- Soldados (al unísono): ¡Sí!

- Hans (envalentonado): ¡Adelante!

Todos desenvainaron sus katanas y amartillaron sus armas, apelotonándose tras su jefe, prestos a la batalla.

- Kuro (para sí mismo): ¿Qué sabrás tú de honor? ¡Maldito inútil! Ni siquiera se te ha ocurrido pensar que entre los árboles pueden estarte esperando muchos más soldados que te van a masacrar como al cerdo que eres. Pero no seré yo quien te alerte sobre ello. Ya es hora de que acabe toda esta locura. Si se trata de quien creo que se trata, la mejor ayuda que puedo ofrecerle es no intervenir. Ya te encargarás tu solito de entrar en la boca del lobo. Tienes rehenes con los que negociar y ni siquiera te has acordado de ellos, imbécil. Está claro que se trata de una trampa. Si no lo fuese, en vez de plantarse descaradamente a la entrada nos habrían sorprendido por… - de pronto cayó en la cuenta, sospechando lo que iba a suceder - ¡El tragaluz!

Sin pensarlo dos veces, desapareció hacia las entrañas de la cueva, sin percatarse que Hans había enviado a tres hombres tras él al captar sus extraños movimientos en dirección contraria a donde se avecinaba la batalla.

&&&&&&&

La práctica totalidad del grupo de Aoshi se había deslizado ya en el interior de la cueva, desplegándose y tomando posiciones a medida que iban atravesando estancias. Hasta el momento no habían hallado ni rastro de resistencia pero tampoco habían dado todavía con los rehenes que debían rescatar. Shougo se encargaba de guiarles, protegido por varios hombres que velaban por que el cristiano tan sólo tuviese que preocuparse de encontrar a sus seguidores, tan débil como se encontraba. La oquedad era inmensamente grande y al irse adentrando en ella, paulatinamente fueron perdiendo toda pista sobre cualquier rumbo que hubiese tomado la batalla fuera de allí. Todos ellos tan sólo podían confiar en que Saito y sus hombres fuesen capaces de tener entretenidos a aquellos sin vergüenzas el tiempo suficiente como para camuflar su propia operación.

- Shougo (en voz muy baja, deteniéndose de pronto al entrar en una habitación especialmente amplia y haciendo señales a Aoshi para que se colocara a su lado): Algo va mal. Mis compañeros deberían estar aquí.

- Aoshi (calibrando la información de su amigo): ¿Sabes si durante el tiempo que han permanecido retenidos los han trasladado a distintos cuartos por cualquier motivo?

- Shougo (negando con la cabeza tras reflexionar la pregunta): No puedo asegurarlo. Yo tan sólo permanecí unas horas infiltrado aquí dentro, antes de verme obligado a marcharme por temor a ser descubierto. Pero por los hábitos que observé en los rehenes y la forma de ser tratados por sus guardianes, me atrevería a afirmar que jamás han salido de este cuarto hasta ahora. Te digo que nos están esperando.

- Aoshi (extremadamente serio): Es probable que hayan sospechado que la operación de la entrada se trata tan sólo de una mera distracción, pero no es posible que hayan tenido tiempo suficiente como para trasladar a todos los rehenes a otro cuarto sin dejar rastro. De todos modos, sea una trampa o no, Saito ha comenzado ya con los fuegos artificiales y no podemos volvernos atrás. Es ahora o nunca.

- Shougo (sonriéndole decididamente): Ahora, por supuesto.

El cristiano salió rápidamente del cuarto, dirigiéndose a otro habitáculo que recordaba lo suficientemente amplio como para albergar a un enorme grupo de personas. Aoshi, por su parte, se reunió con los demás samurai y les puso al corriente de forma breve de los temores de Shougo y luego lo siguió sin pérdida de tiempo.

No habían tardado ni siquiera treinta segundos en darle alcance, pero al reunirse con él en su destino, quedaron paralizados por la sorpresa. Shougo había hallado a los cristianos, quienes observaban la situación con infinito temor pero con un mayor asombro si cabe, por verle resucitado. Pero alguien se había adelantado al samurai y lo tenía aprisionado del cuello por una katana presta a degollarle si alguno de los allí presentes efectuaba cualquier movimiento sospechoso. Shouzo y su escolta permanecían al acecho, temerosos de realizar cualquier acción que pudiese acabar con su vida.

Pero tal y como la situación había cambiado, dio de nuevo un vuelco totalmente distinto. Tras observar a los recién llegados con insistencia y reconocer a varios de ellos por los informes que Mamoru le había facilitado, el agresor soltó a su presa.

- Kuro (acercándose lentamente a todos ellos tras haber lanzado al suelo la katana, mientras ayudaba a caminar a Shougo, demasiado debilitado por la escaramuza que acababa de tener con su atacante): Siento haberos alarmado. Vosotros sois los amigos de Himura Kenshin. Os estaba esperando. Pero, ¿dónde está él?

- Aoshi (sin dejar de observarlo, a la defensiva): Himura tenía otro frente donde luchar. Nosotros nos bastamos y sobramos para resolver este conflicto. ¿Quién eres tú?

- Kuro (mostrándose seguro de sí mismo pero hablando con cordialidad): Nendai Kuro, se supone que uno de los dos comandantes que lideran esta locura. Yo urdí todo este asunto de los rehenes y no Mamoru. Él había ordenado que acabásemos con todos. Yo sabía que con ello ataría de manos a las tropas internacionales, pero era la única forma de que todos ellos y Himura salieran con vida. Si conseguís desmantelar este antro, tendréis mucho ganado en la guerra que se avecina, pues aquí se guarda más del cuarenta por ciento de los pertrechos que deben ser suministrados a las tropas de Mamoru.

- Soujiro (mostrándose receloso): ¿Por qué haces esto?

- Kuro: Si Himura no os ha puesto en antecedentes sobre mí, este no es el momento oportuno para entretenernos haciéndolo. Habéis llegado por la abertura de ventilación, pero la única forma de sacar a todas estas personas de aquí es por la puerta principal. Ellos no son samurais entrenados como vosotros. Además, su estado de salud es bastante precario. Vamos a tener que abrirnos paso luchando. Por suerte, sorprenderemos por la espalda a toda esta horda de asesinos contratados y muchos de ellos se hallarán cansados, mal heridos o muertos por la confrontación que está teniendo lugar en la entrada de esta cueva.

- Shougo: Confiad en él. Se trata de quien os hablé.

- Aoshi: ¿Estás dispuesto a guiarnos, entonces?

- Kuro: ¿Para qué crees que os estaba esperando? Shougo, si todavía te quedan fuerzas, te aconsejo que te dirijas a tus seguidores, les informes de que vamos a rescatarles y les instes a que nos sigan de forma ordenada y sin hacer preguntas.

- Misao (situándose al lado del cristiano, sirviéndole de apoyo para caminar): Yo le ayudaré.

Ambos fueron hacia los demás cristianos, quienes se reunieron rápidamente en torno a su maestro para cerciorarse de que era él en un principio y para prestarle toda su ayuda y colaboración después. El Dr. Eltsen le echó un vistazo rápido, asegurándose de que su vida no corría un peligro inminente. Y una mujer lo observaba de forma especial, con los ojos y la boca abiertos desmesuradamente, totalmente paralizada. No se atrevió a acercarse a él.

- Shougo (tras unos momentos conferenciando con sus compañeros): Shinomori, estamos preparados. En cuanto digáis, os seguiremos.

El aludido estaba a punto de ordenar a Kuro que los guiase, cuando prácticamente a sus pies cayeron muertos los diez soldados que Aoshi había apostado como vigilantes en distintos puntos estratégicos cerca de aquella estancia. Habían sido lanzados sin miramiento por unos hombres que, rápidamente, acababan de cerrarles toda vía de retirada.

- Hans (infinitamente complacido): Eso no será necesario. Asqueroso perro – se dirigió a Kuro, adelantándose a sus hombres y enfrentándose al que, hasta hace tan sólo unos minutos, era su compañero al mando de las tropas rebeldes en aquel lugar – Desde el principio no me equivoqué contigo. No tenía pruebas en las que apoyar mis sospechas, así que he tenido que aguantarte porque el loco de Mamoru contaba contigo. Pero me lo pusiste demasiado fácil al soltar esa patraña sobre que el chalado ese quería rehenes. Reconozco que hubiese sido una magnífica idea, aunque demasiado brillante para él, pero no para ti. Nuestra última conversación con Mamoru fue estando ambos juntos y sus órdenes fueron tajantes: eliminar a todos los cristianos sin miramiento alguno. Y en ninguno de los despachos que hemos recibido hasta el momento, se mostraba cambio de órdenes. El único motivo por el que he mantenido a todos estos bastardos con vida ha sido para conseguir lo que voy a hacer aquí y ahora: cargarme a los "presuntos rescatadores" y a ti con ellos.

Una estridente risotada salió con fuerza de su garganta, formando un eco tétrico y horrendo en las paredes de la cueva.

- Kuro (escupiendo las palabras): Te subestimé.

- Hans (consiguiendo dominarse por fin, pero todavía divertido): Eso me temo. ¿A que soy perfecto aparentando un militar simplón con un gran sentido bélico pero sin cabeza? – cambió el semblante para dirigirse a sus hombres - ¡Soldados! ¡Acabad con ellos! ¡Y rápido! ¡Nos necesitan en la entrada!

- Aoshi (llamando levemente con su mirada la atención de Soujiro hacia la pistola que llevaba Hans en el cinto y dando un paso al frente): Como samurai que soy, reconozco cuando he sido derrotado y se acerca mi final. ¿Vas a ser un hombre de honor y me permitirás que cumpla mi último deseo? Tengo algo que decirle a la muchacha que está junto a Shougo.

- Hans (observando muy sorprendido al samurai, y meditando la petición por un momento): ¿Ese esperpento es Amakusa? ¡Le daba por muerto! ¡Aunque mirándole bien, bien poco le falta! – otra risotada encogió el corazón de los presentes – Dile lo que sea, samurai, pero rápido. Será patético pero divertido. Después te mataré para ver cómo sufre ella y así aumentar más la diversión.

Misao se tapó la boca con las manos, aterrorizada y desesperada por igual. Las lágrimas comenzaron a brotarle incontroladamente, fiel reflejo de la zozobra que estaba sintiendo en su interior.

- Aoshi (asintiendo con la cabeza y dirigiéndose hacia Misao, aunque se detuvo a mitad de camino entre ella y el alemán): Misao – llamó su atención con voz firme. La mujer se volvió a mirarle pero no se atrevió a reunirse con él, temiendo que Hans cumpliese su amenaza – Júrame que cuando termine esta guerra, te casarás conmigo.

Todos los allí presentes se quedaron de una pieza, más que nada porque si este era su último deseo, no podía expresarlo en términos futuros si deseaba que se cumpliese antes de abandonar este mundo. Y a la interpelada se le paró el corazón en aquel mismo instante, sintiendo que una congoja que le llegaba desde muy adentro amenazaba con asfixiarla.

- Misao (con voz apenas audible y lágrimas en los ojos): Ha-hai, Shinomori-san, te lo juro. – tan sólo acertó a decir.

- Hans (desatando su furia, humillado): ¿Y tú osas llamarte hombre de honor? ¡Tan sólo has querido burlarte de mí! ¡Voy a matarte ahora! ¡Y con mis propias manos!

Mientras decía esto, bajó la guardia durante un instante, rabioso como estaba, momento que fue suficiente para que Soujiro se abalanzase sobre él y, arrebatándole la pistola que había mantenido en el cinto hasta el momento, lo encañonó directamente a la cabeza, reteniéndolo con la otra mano. Dirigió una inocente sonrisa a Aoshi, quien se la devolvió, agradecido.

- Soujiro (con voz amable, pero imperiosa): Agradecería que todos vosotros depusiéseis las armas. No miento cuando os digo que no dudaré en eliminar a vuestro comandante si no lo hacéis de forma inmediata.

Los soldados dudaron, buscando en su jefe una guía sobre lo que debían hacer.

- Hans (gritando): ¡Disparad, malditos idiotas! ¡Sois soldados! ¡Disparad!

- Kuro (sembrando aún más la duda entre todos ellos): Ahora yo soy vuestro único comandante aquí. Os ordeno que tiréis las armas inmediatamente y no habrá represalias. ¡Hacedlo! ¡Ahora!

Durante un momento no supieron hacia quién de los dos inclinarse, pero pronto comprendieron que, por tan sólo haber dudado, Hans los eliminaría después de que ya no le fuesen útiles. Kuro era la única opción que les quedaba si deseaban continuar con vida. La mayor parte de ellos no abrazaba tan fuertemente la causa de Mamoru como para desear perder la vida en el intento e hicieron lo que Soujiro y Kuro les habían ordenado. El resto, al verse en inferioridad de condiciones, finalmente capitularon y se desarmaron también. Los soldados Meiji que habían acompañado a Aoshi y los demás recogieron las armas rápidamente y los apartaron de la escena, rodeándolos en estrecha vigilancia hasta que recibiesen las próximas órdenes de sus comandantes.

Hans no podía creer el acto de cobardía que acababa de presenciar, aunque para sus soldados fue un acto de pura inteligencia. Rebullía rabioso, todavía encañonado por su propia arma, pero no osó resistirse a sus captores. Sus únicos pensamientos eran para continuar viviendo a la espera de que llegase el día en que pudiese vengarse de todos aquellos miserables que le habían derrotado cuando todo estaba de su parte, por su propia incompetencia.

- Aoshi (volviendo a tomar el control de la situación): Yo iré al frente de los soldados que llevan a los enemigos rendidos. Al llegar hasta la puerta, me impondre ante los rebeldes que están luchando con Saito y les instaré a que se rindan diciéndoles que se encuentran rodeados y que sus comandantes han abandonado las armas. En cuanto podamos, haremos que Saito llame al resto de la tropa para que acaben con la insurrección definitivamente. Soujiro, vigila bien a ese pájaro para que no vuele. Hemos de mostrarlo para mermar la poca moral que quede en sus tropas. Irás delante de mí. Mostraos bien visibles en todo momento pero no te arriesgues demasiado. Kuro, por favor, acompáñenos y ayúdenos a convencer a sus tropas para que se rindan. – el aludido, asintió, de acuerdo con la petición - Shougo y Shouzo, agrupad a vuestros compañeros y ayudadles a salir después de nosotros, de forma ordenada y tranquila. En cuanto pare todo acto de lucha, abandonar rápidamente la cueva con ellos y llevadlos al campamento. Atended todas sus necesidades y esperad allí nuestro regreso. Esta pesadilla está a punto de concluir – esto último lo dirigió especialmente a los rehenes – Misao, tú cubrirás su retaguardia por si hay algún soldado escondido todavía que espera vengarse en ellos antes de sucumbir. Tus puñales los carga el diablo, serán suficientes como para abatir a cualquier enemigo que se te presente a solas. Dos soldados, id con Sanosuke. Vais a proteger la retaguardia de la cueva para no recibir sorpresas. Vamos, marchad. Nos reuniremos fuera cuando todo esto acabe.

Soujiro llevó a empellones a Hans para que caminase hacia la salida, tratándole sin miramiento si este se negaba a continuar. Aoshi desapareció tras ellos con los soldados y los rehenes. Los cristianos fueron detrás, respaldados por Misao, presta para el combate. Esta habría preferido quedarse a luchar junto a los demás, pero decidió no oponerse a los deseos del samurai, aceptando que el plan estaba muy bien elaborado. Al pasar junto a Sanosuke, este dirigió una fugaz mirada a una mujer que no paraba de observarle, esperanzada hasta el momento pero ligeramente atemorizada al darse cuenta de que el hombre no le había dirigido la más mínima atención, aunque comprendía perfectamente que la situación no estaba como para muchas charlas en aquel momento. Finalmente, Sano y sus hombres cubrieron la retaguardia, asegurándose de que por detrás el camino permaneciese franco.

Tanto que habían tardado en hacerse con la situación y, en cambio, todo terminó en cuestión de minutos. Al ver a Hans derrotado y a Kuro ordenándoles la rendición, sus hombres se vieron privados de toda guía y cundió la desbandada, que atajaron las fuerzas de Saito que esperaban escondidas, reduciendo a los que se rindieron y eliminando al resto para que no consiguiesen escapar y alertar a Mamoru de lo sucedido allí. La batalla acabó siendo mucho más sangrienta de lo que los samurai habían esperado, sufriendo ambos bandos numerosas bajas, aunque los rebeldes fueron los que se llevaron la peor parte. Pero la operación fue un rotundo éxito porque muy pronto todos los cristianos se vieron a salvo de sus captores en el campamento improvisado que había sido hasta hace muy pocos días su propio hogar. Su alma se quebró al regresar al lugar donde habían visto perecer a sus seres queridos, pero por otro lado el que ellos hubiesen conseguido sobrevivir contra viento y marea y hubiesen regresado allí suponía una especie de tributo hacia los caídos, que se sentirían felices y orgullosos de ellos en el seno de Dios, como Shougo les enseñaba desde hace tiempo.

Sanosuke tampoco obtuvo resistencia, pues los únicos soldados que habían quedado dentro de la cueva cuando comenzó la batalla fueron los destinados a tenderles la trampa a ellos y una vez reducidos estos, ningún rastro de ser humano quedó en el lugar. Aoshi fue el último en marcharse del lugar, comprobando que todos los rehenes eran dirigidos hacia el campamento, los soldados de Saito con los rendidos también, y que ya nada había que hacer allí excepto apropiarse de las armas y munición que yacían en la caverna. Dejó un destacamento de soldados para emboscar y apropiarse de los carros que siguiesen llegando, deteniendo también a sus conductores y enviándolos al campamento. Una vez todo hubo sido dispuesto, por fin tomó el camino de vuelta junto a sus compañeros. Todavía tenían mucho de qué hablar y varias decisiones que tomar. Al llegar allí, todos lo esperaban impacientes.

Shougo y Shouzo se hallaban junto a sus correligionarios, tratando de reconfortarlos y ayudarlos en la medida de lo posible. El Dr. Eltsen y Aoki no daban abasto atendiendo a los heridos de ambos bandos en un improvisado hospital de campaña que había sido dispuesto para tal fin.

- Aoshi (reuniéndose por fin junto a Soujiro, Sanosuke, Saito y Misao): Necesito una cosa más de uno de vosotros – atajó sus abrazos y apretones de mano con semblante cansado pero decidido – Alguien debe avisar al General Yamagata de que la comunidad internacional ya es libre de actuar si sus servicios son requeridos en batalla.

- Saito (con una sonrisa socarrona): Eso ya lo habíamos decidido. Mi trabajo aquí ha terminado, así que voy a marchar hacia Kyoto. La tropa se quedará aquí para ayudaros a proteger a los cristianos hasta que se hayan repuesto de su cautiverio y sean capaces de ir hacia la ciudad. Una vez ya no la necesitéis, se encargará de trasladar todas ese arsenal a nuestro cuartel en Kioto. Os aconsejo que sea lo antes posible porque no sabemos si Mamoru tiene más tropas acechando cerca de aquí, aunque todos mis informes apuntan a que no es así. Con respecto a avisar a Yamagata, uno de mis hombres se ha adelantado ya y va a su encuentro para ponerle en antecedentes de todo lo sucedido. Tú quedas al mando del ejército en este enclave, Shinomori Aoshi, ya que tan bien has demostrado liderarlo.

- Aoshi (de forma sincera): Debes creerme. Yo no pretendía…

- Soujiro (sonriendo afablemente): Tú siempre has sido un jefe nato y siempre lo serás. En todas las ocasiones se ha demostrado sobradamente a la hora de la verdad.

- Saito (cortando las objeciones de Aoshi antes de que este empezara a hablar): Soujiro tiene razón. Ya he dicho todo lo que tenía que decir, así que me marcho sin dilación. Habéis resultado ser una ayuda impagable. Nos veremos en Kioto.

Dicho esto fue a recoger sus pertenencias y los abandonó sin mirar atrás.

- Aoshi (dirigiéndose a sus compañeros): ¿Habéis organizado ya la guardia del campamento?

- Sanosuke: No te preocupes por nada. Todas las guardias están organizadas, así como los turnos de relevo. Se ha establecido la intendencia, el hospital de campaña y la tienda de operaciones. Los cristianos están siendo atendidos por Shougo y Shouzo. Y hemos levantado pequeñas tiendas para cada uno de nosotros. Puedes descansar, si lo deseas. Por el momento, no hay nada urgente que solucionar.

- Aoshi (taciturno): Necesito estar solo.

Los demás no esperaban aquella respuesta, pero no objetaron nada a sus deseos y le vieron alejarse hacia el bosque adyacente, convencidos de que, al menos por un tiempo, no tenían nada que temer por él allí.

&&&&&&&

Después de casi dos horas asegurándose de que a sus seguidores no les faltase nada en ningún sentido, Shougo consintió por fin que el Dr. Eltsen tratase sus heridas. El médico se maravilló de que el hombre continuase todavía en pie, con la cantidad de sangre que había perdido en los días pasados y la gravedad de algunas de sus heridas. El samurai había hecho un magnífico trabajo limpiándolas y vendándolas regularmente, así que las de menor envergadura comenzaban ya a cicatrizar. No quiso permanecer acostado en ningún momento, aunque se hallaba recostado en un asiento improvisado, observando el ir y venir del médico y su ayudante por el hospital de campaña. Setsuna estaba ayudando al doctor desde el principio, al igual que Sayo, mucho más tranquilas ambas después de que este les asegurase que su marido y hermano respectivamente se iba a curar sin problema alguno, aunque eso sí, llevaría su proceso.

Durante todo aquel tiempo, el herido no había hecho nada más que pensar en su esposa, a la que apenas había dedicado un saludo desde que se reencontraron. La observaba trabajar, deseando acercarse a ella sin demora, pero una timidez inusual en él se lo había impedido hasta el momento. Al darse cuenta de que estaba siendo vigilada, Setsuna se giró hacia él y le sonrió con ternura, hecho que soltó el resorte de su osadía y, acercándose a ella todo lo rápidamente que pudo, la abrazó con toda la fuerza de la que fue capaz en aquellas circunstancias, deseando con toda su alma que aquel contacto no acabara jamás. Ella se sintió sorprendida, abrumada y arropada por igual y, pasados unos segundos, también lo abrazó firmemente, dando rienda suelta por fin a las lágrimas que desde que lo había sabido vivo no había sido capaz de derramar. Al sentir los espasmos del cuerpo de su esposa pegado al suyo, el samurai se separó de ella suavemente, sin dejar de tenerla agarrada por la cintura.

- Shougo (secándole las lágrimas con sus dedos, temeroso de haberle causado dolor): ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡No llores! ¡Te lo ruego! ¡No quería dañarte!

- Setsuna (mirándolo a los ojos, enamorada y sonriendo, sintiéndose una tonta): No me hagas caso, lloro de alegría.

Al escuchar sus palabras, Shougo volvió a abrazarla y sin darse cuenta, dos palabras salieron libremente de su boca, como un suspiro de alivio y felicidad.

- Shougo (casi susurrando): Te amo.

Su esposa se separó de él más bruscamente de lo que ella misma hubiese deseado, pero la infinita sorpresa de las palabras que acababa de oír hizo que se le quedara mirando, totalmente incrédula.

- Shougo (abatido): Sé que debí decírtelo muchísimo antes… - dudó antes de proseguir, buscando las palabras adecuadas – Pero yo no quería molestarte. Fui perfectamente consciente de que te casaste conmigo porque estabas sola en este mundo. Lo último que haría en esta vida, es obligarte a hacer algo que no desees. Con el tiempo me di cuenta de que tú sentías más por mí de lo que yo había creído, pero tuve miedo de que tan sólo me estuviese engañando a mí mismo para proteger mis propios sentimientos y además… jamás había cortejado antes a una mujer. No sabía cómo comportarme… - Setsuna sonrió al escucharle – Es la primera vez en mi vida en la que me he sentido completamente bloqueado, sin saber qué hacer… Por eso he ocultado durante tanto tiempo lo que sentía por ti, tratándome de engañar como si nada sucediese. Comprendo que te sientas herida y no quieras saber nada más de mí.

- Setsuna (buscando las palabras también, emocionada): Quise suicidarme cuando te perdí y el Dr. Eltsen me lo impidió. – Shougo se espantó al escuchar aquello. Tan sólo imaginar una vida sin ella le hacía desfallecer – Cuando me casé contigo ya te amaba, pero sabía que tú me habías hecho tu mujer tan sólo por protección.

- Shougo (atónito y avergonzado): Así fue al principio pero… - fue interrumpido por ella.

- Setusuna (decidida a decirle todo lo que había guardado en su corazón durante demasiado tiempo): Habría sido feliz tan sólo por vivir toda mi vida a tu lado. No esperaba nada de ti, absolutamente nada y a pesar de ello decidí ser la mejor esposa que hubieses podido desear… porque te amaba. Pero si para algo no estaba preparada todavía, es para perderte. Cuando te creí muerto tuve que buscar un motivo para vivir porque la única persona que daba sentido a mi vida y me infundía esperanza para levantarme de la cama cada mañana, había desaparecido. – hizo una pausa, en la que el silencio se adueñó de la situación, hasta que pudo continuar – Creía que recuperarte era lo más grande que podía sucederme… hasta que he escuchado tus palabras. Ni en mis más esperanzados sueños imaginé jamás que oiría de tus labios que me amas. Y aquí te tengo ahora, haciendo realidad el único deseo de mi vida aparte de poder hacerte feliz. Por eso me he separado de tu cuerpo, para poder observarte detenidamente una y otra vez hasta que pueda convencerme de que todo lo que está sucediendo es verdad.

- Shougo (deseando tenerla nuevamente entre sus brazos): Pero es cierto. Yo te amo. Eres la única mujer a la que he amado en este mundo y la única con quien quiero pasar el resto de mi vida.

- Setsuna (acariciándole el rostro suavemente): Me lo estás poniendo realmente difícil.

- Shougo (totalmente perdido): ¿Difícil?

- Setsuna (cariñosamente): Creer que todo esto es cierto…

- Shougo (aún más sorprendido): ¿Por qué has sido capaz de creer firmemente la parte mala de nuestro matrimonio y no eres capaz igualmente de creer la buena?

- Setsuna (serenamente): Porque tú eres Amakusa Shougo, samurai portentoso y reconocido, guía espiritual de los cristianos japoneses. Y yo sólo…

- Shougo (viendo a dónde quería llegar y dispuesto a no permitirle que creyese que nadie era mejor que ella): Y tú eres mi magnífica esposa. Cariñosa con todo el que te rodea, entregada al socorro del más necesitado. Piadosa como nadie y sensata como ninguna. ¿No es eso suficiente? En este mundo nadie es más ni mejor que nadie. Todos merecemos que se nos trate con el mismo respeto y dignidad. La sangre que corre por nuestras venas es igual de roja. Eso es algo que comprendí al luchar con Himura.

- Setsuna (emocionada): Tan sólo abrázame, es lo único que te pido.

- Shougo (después de complacerla y permanecer unos minutos abrazados, volviéndola a separar): Por mucho que haya sido bendecido por Dios, nuestro matrimonio ha resultado ser toda una farsa hasta hoy. Mi querida Setsuna: mi amor, mi vida, mi alegría… Sabiendo que estoy perdidamente enamorado de ti y a pesar de que no puedo ofrecerte un futuro demasiado prometedor por la situación en que nos encontramos… ¿Deseas casarte conmigo?

- Setsuna (mirándolo fijamente, pensativa por unos momentos): Sí, deseo casarme contigo, pero tan sólo si tú permites a tu hermana Sayo que, ahora que se ha reencontrado con Sagara Sanosuke, el hombre al que ama, y en caso de que lo desee, se case también con él.

- Shougo (atónito y enfadado): ¿Mi hermana Sayo te ha dicho que todavía ama a ese…?

- Setsuna (muy seria): Amakusa Shougo, no digas nada de lo que debas arrepentirte después.

El samurai se quedó mirándola, dándose cuenta de por qué la amaba tanto, y trató de contener su ataque de rabia y pensar con claridad. Al mirar a los ojos de su esposa y ver tanto amor en ellos, finalmente toda su ira se desinfló como un globo y la abrazó de nuevo con frenesí, loco por ella.

- Shougo (con palabras firmes pero conciliadoras): Te prometo que hablaré con ese hombre y le daré una oportunidad de explicar lo que siente hacia mi hermana, si es que lo siente aún, y cómo piensa hacerla feliz. Si me satisface lo que escuche, no me opondré a su matrimonio. ¿Es eso suficiente para ti?

- Setsuna (complacida, acariciándole el rostro tímida pero cariñosamente): No esperaba menos de ti, esposo mío.

- Shougo (sonriendo, divertido): Mi hermana y tú sois unos ángeles manipuladores. ¿Puedo… besarte?

- Setsuna (totalmente entregada a él): Te lo ruego.

Ambos se besaron de forma tímida al principio pero apasionada a medida que se iban adueñando de los labios del otro con desesperación, sin darse cuenta de que se hallaban rodeados por una gran cantidad de gente, algunos de los cuales les observaban, como había hecho el doctor con impaciencia desde el principio.

&&&&&&&

Shinomori Aoshi había hallado un pequeño promontorio desde el que podía observar la práctica totalidad del campamento. Sentado en una piedra, miraba el devenir de lo que ahora era su propia responsabilidad más que nunca. Pero las imágenes se sucedían sin ser apenas observadas por él, perdido en sus propios pensamientos como estaba. A su lado, una estatua de mármol habría parecido más animada. De pronto sus sentidos le alertaron de que ya no se encontraba solo y supo inmediatamente quién le acechaba silenciosamente por la espalda. Decidió no intervenir, no tenía ánimos para ello. La persona permaneció quieta detrás de él durante unos minutos aparentemente interminables, hasta que se decidió a sentarse a su lado.

- Misao (dubitativa): Sr. Aoshi…

- Aoshi (sin girarse para mirarla): Lo has hecho bien hoy, Misao. Deberías estar celebrándolo con los demás.

- Misao (casi tartamudeando): Sr. Aoshi… Yo… En la cueva… Sé que lo que usted dijo fue tan sólo para distraer a Hans.

- Aoshi (volviéndose a mirarla a los ojos fijamente): No te preocupes, no voy a exigirte que cumplas tu juramento. Aunque es lo que más deseo en este mundo.

Misao se quedó mirándolo, todavía más estática de lo que había permanecido él hasta que ella había llegado.

- Aoshi (apenado): Dicen que siempre hay un momento para cada cosa y una cosa para cada momento. Mi momento a tu lado pasó sin que yo me diese apenas cuenta.

El samurai se levantó despacio, comenzando a caminar de vuelta al campamento. La morena se sentía anonadada y asustada, pero se obligó a actuar realmente y tomar para siempre las riendas de su propia vida, dejando de vivir a la sombra de aquel hombre que siempre la había tenido subyugada, ella creyó hasta aquel momento que muy a pesar de él mismo.

- Misao (ordenándoselo): ¡Sr. Aoshi! ¡Deténgase ahora mismo! – el interpelado se paró bruscamente, impresionado por el tono de sus palabras – No crea que esta vez voy a permitir que me deje turbada como siempre y que luego escurra el bulto sin más explicación. Esta va a ser nuestra primera conversación seria y quizá la última, pero usted no se irá de aquí sin dejar bien claro el significado de sus palabras.

El samurai se quedó mirándola absolutamente en silencio. Observando su pelo, como siempre recogido en una larga trenza azabache; sus ojos, con un brillo de decisión y osadía que desde que la conoció le había asombrado; sus brazos, armas letales cuando de lanzar cuchillos se trataba; sus piernas, fuertes y torneadas debido al intenso entrenamiento al que siempre se sometía. Y observó el sensual cuerpo de mujer que tan tarde había descubierto y que tanto le atormentaba, apareciéndose en todos sus sueños y deseos desde que aquel entrometido aprendiz de médico se había inmiscuido en su vida y ella había comenzado a dejar de dedicársela a él mismo por entero. Y se sintió harto. Harto de huir, de no comprender o de hacerlo tarde, de su propia soledad, de su tozudez, su seriedad. De sus temores… Se abalanzó sobre ella y la besó. La besó con la experiencia de un hombre maduro y el desespero de un adolescente enamorado, regalándole con cada beso todos sus sentimientos, sus miedos y… su amor. Para su sorpresa, ella se dejó llevar, abrazada a él fuertemente y con su misma desesperación. La sintió frágil entre sus brazos y supo que protegerla era lo que más deseaba en su vida. Proteger a su mujer, no a su pupila.

- Aoshi (dejando de besarla por un momento, para susurrarle al oído con pasión): Cásate conmigo o me volveré loco.

- Misao (dulcemente): Hace unas horas te lo he jurado.

- Aoshi (separándola de él bruscamente, apenado y airado): ¡Maldita sea! ¡Te libero de tu juramento! ¡Ya no me debes nada! ¡No deseo tu atadura a mí! ¡Deseo tu amor! ¡Y si no has de ser feliz a mi lado, prefiero una y mil veces que te eches en brazos de él a que sufras!

- Misao (enfadándose también al caer en la cuenta de a quién se refería con sus últimas palabras): ¡Pedazo de idiota! ¡A Aoki lo quiero como amigo! ¡A ti te quiero como hombre! ¿Me he pasado la vida amándote sin esperanza y todavía tengo que darte explicaciones? ¡Te he jurado que me casaré contigo y eso haré! ¡Incluso si he de pasar por encima de ti para conseguirlo!

- Aoshi (no pudiendo evitar reír al escucharla): Ahora me doy cuenta de que no era yo quien gobernaba tu vida. Eres tú quien has hecho siempre conmigo lo que has querido. Muchas veces me marché del Aoiya, decidido a no volver, pero por más que tratase de evitarlo, siempre regresaba al lugar desde donde partí. En lo más hondo de mi corazón siempre me pregunté a qué se debía. Y ahora comprendo que mi norte no era el Aoiya, sino que lo eras tú y que volvería siempre allí mientras tú permanecieses en él. Haz lo que quieras, pasa por encima de mí si es lo que deseas, pero cásate conmigo. Cásate conmigo, te lo ruego, o me moriré.

- Misao (mirándolo impresionada): ¿Quién eres tú y qué has hecho con el Sr. Aoshi?

- Aoshi (riendo de nuevo y dejando caer totalmente la máscara de seriedad que siempre le acompañaba): No sé quién soy cuando no estoy contigo. Si me amas, sé mi esposa.

- Misao (pegándose a él firme y descaradamente): Y tú, si me amas como dices que me amas, hazme tu mujer. Es la única condición que pongo antes de casarme contigo.

- Aoshi (escandalizado y desconcertado): ¿Pero qué dices? ¿Te has vuelto loca? ¡Te amo y por eso mismo deseo respetarte hasta que nos casemos!

- Misao (besándole de nuevo con ardor): Siempre me has tratado como a una niña. Ahora deseo que me trates como a una mujer. Si quieres que me case contigo, ya sabes lo que has de hacer. Es tu decisión, samurai.

- Aoshi (pegándola a su cuerpo con fuerza y besándole el cuello con ardor): Esto no debería estar pasando.

- Misao (gimiendo, excitada y acalorada): Hace mucho que esto debió haber pasado.

"No puedo cambiar la dirección del viento,

pero sí ajustar mis velas para llegar siempre a mi destino."

JAMES DEAN