Como pensaréis después de leer este capítulo, esto se acaba. Por fin, se acaba, después de ocho años durante los que a veces he escrito compulsivamente y en otras ocasiones he tenido esta historia abandonada años enteros. Casi no lo puedo creer. Siempre quise terminarla, pero algo me lo impedía, yo misma, me temo, pues no encontraba los ánimos y el camino para continuarla. Un cúmulo de circunstancias hicieron que publicase aquí lo que tenía escrito sobre ella, y de ahí a casi terminarla, tan sólo ha mediado un paso. Pero no os preocupéis, todavía quedan unos pocos capítulos con muchas explicaciones que dar y algunas historias (¿de amor?) que cerrar. Agradezco a todos vosotros el apoyo que me habéis mostrado al leerla, a los que me dejan reviews les mando un abrazo fortísimo porque han sido uno de los principales motores para continuar. Y especialmente se lo agradezco a Cirze, que como dije el otro día, me dio el empujoncito que necesitaba para no volver a perderme (cielo, te debo un mail y alguna que otra noticia marujona, y varios reviews. Esta semana ando liadísima. Te adoro) y a Kaory, a quien también le dediqué el anterior capítulo pero desafortunadamente escribí mal su nick, por estar ahí, siempre ahí, aún cuando no lo merecía.
A todos vosotros: ¡GRACIAS!
La Forja del propio destino.
Capítulo 14
"El final de un amor obsesivo"
Kenshin había empleado mucho más tiempo del que hubiese deseado reduciendo a los guardianes que custodiaban la planta baja de la mansión. Al parecer, el mayor contingente de vigilantes se hallaba en dicha planta con la esperanza de convertir la casa en inexpugnable e impedir que cualquier atacante potencial rebasase siquiera la entrada. Por todos lados podía observarse cuerpos desvanecidos, algunos de ellos con serias heridas o magulladuras. El samurai había hecho su trabajo a conciencia, asegurándose de que ninguno de sus atacantes despertase antes de una hora, al menos. Teniendo en cuenta que él había reducido una cantidad de vigilantes bastante similar a la que Enishi y Yahiko debían estar enfrentándose fuera, calculaba que sus compañeros deberían estar ya a punto de entrar. Por ello esperó inmóvil durante unos minutos, escuchando atentamente en busca de cualquier indicio de batalla que se estuviese produciendo en el exterior de la casa, pero el único sonido que le martilleaba las sienes eran los latidos acompasados de su propio corazón. Exasperado, decidió no esperar más. Era muy extraño que no hubiese bajado ninguno de los vigilantes que custodiaban la primera planta al escuchar el final de la contienda, para cerciorarse del resultado con que se había zanjado esta, o quizá los guardianes de ambas plantas habían acordado que si no se producía noticia alguna desde abajo, ello significaría que cualquier problema estaba ya solucionado y que no hacían falta refuerzos. El pelirrojo estaba completamente seguro de que ningún hombre se había escapado en busca de sus compañeros del piso superior. Comenzó a subir las escaleras que conectaban ambos pisos de forma cauta y silenciosa. Si la distribución de la mansión continuaba estando como cuando él la conoció, en la parte superior tan sólo existían dormitorios y varios cuartos de aseo, a ambos lados de un ancho pasillo interminable. Ningún hombre se interpuso en su camino, es más, no existía señal visible de vida que podérsele oponer. Dedujo que le estarían esperando en todas y cada una de las habitaciones, que permanecían con las puertas cerradas, y por ello decidió que la mejor estrategia que podía llevar a cabo sin la ayuda de sus compañeros era ir liberando todas las habitaciones una a una comenzando por las más cercanas a la escalera, para asegurarse de que nadie le sorprendiese por la retaguardia. Él podía controlar sin problema alguno uno de los lados del pasillo, pero sin nadie que le ayudase a asegurar el otro, la tarea iba a resultar muy peligrosa y arriesgada. Volvió a escuchar, esta vez en busca de algún sonido que le arrojase alguna pista sobre la actividad que iba a encontrar tras cada una de las puertas. De nuevo, el silencio se había adueñado por entero de la situación.
Su mente se debatía agónicamente entre elegir un ataque a solas para no dilatar durante más tiempo el cautiverio de Kaoru o esperar a sus dos compañeros para asegurarse una victoria sin incidentes. Durante unos instantes que se hicieron eternos, sin apenas darse cuenta revivió todo el miedo, el dolor y la culpa que había sentido en el momento de la muerte de Tomoe. Todos los nervios de su cuerpo quedaron en tensión mientras él libraba una batalla muy distinta a la actual pero de forma irónica inmensamente igual, a mucha distancia de allí, tanto en el espacio como en el tiempo, pero tan vívida como si la estuviese sufriendo en aquel mismo momento. El tormento lo azotó con toda la fuerza y crueldad de su corazón todavía herido y, preso de una ira de la que había creído desprenderse hace mucho tiempo, comenzó a avanzar hacia la primera puerta.
Tan sólo había dado un pequeño paso cuando una férrea mano lo detuvo, devolviéndole sin miramiento alguno al lugar donde se encontraba. El pelirrojo samurai ejecutó un giro pasmoso por su velocidad, que el hombre que lo había interrumpido apenas pudo contrarrestar. Ambos hombres quedaron frente a frente, las katanas en posición de guardia, el primero por temor a enfrentarse a otro agresor y el segundo por miedo a que el otro no le reconociese y le atacase, tan ofuscado con estaba.
- Enishi (observando fijamente los ojos de Kenshin, sin bajar la guardia todavía): Himura, ¿estás bien? ¡Vuelve a la realidad! ¡Por Kamisama!
- Kenshin (sin dejar de mirarle también, con una mirada totalmente centrada): No te preocupes, no he enloquecido. Ha llegado el momento de liberar mi ira, nada más. Sabes a lo que me refiero, ¿verdad? – le dijo con una sonrisa a la vez cruel, melancólica y fría, mostrando un semblante que Enishi jamás había conocido pero que reconoció por las leyendas.
- Enishi (gratamente sorprendido): Claro que lo sé. La verdad, no lo esperaba de ti, ni siquiera ahora, pero reconozco que no has podido elegir un momento mejor para cambiar de parecer.
- Yahiko (asustado por la implicación de las palabras que ambos hombres estaban pronunciando): Kenshin…
- Kenshin (mirando a su pupilo rogando su perdón, pero sin arrepentirse de lo que estaba a punto de hacer): Siento en el alma lo que va a pasar, pero nadie hace daño a mi familia y queda impune. Nadie. No digo que lo haga, pero si me veo obligado a hacerlo, lo haré.
El joven asintió, comprendiendo que si una persona tiene la capacidad suficiente para proteger a su familia y no la utiliza para hacerlo, dicha capacidad no tiene sentido alguno.
- Enishi (observando la distribución de la planta y adivinando los planes del samurai): ¿Izquierda o derecha?
- Kenshin (sonriéndole con sarcasmo, pensando que la elección era totalmente indiferente sin más información que la avalara): Vosotros, derecha, y yo, izquierda.
Sin mediar ninguna palabra más, corrió hacia la primera puerta, preparado para la batalla. Enishi dio una palmada de ánimo a Yahiko en la espalda y se aprestó a invadir la primera habitación del lado derecho del pasillo.
Enishi y Yahiko redujeron a los defensores de los catorce cuartos que tuvieron que asegurar, a un promedio de dos hombres por habitación, todos ellos soldados con la formación básica para el combate, pero no diestros samuráis como ellos. En una ocasión una bala rozó la oreja izquierda de Yahiko, lo que lo enfureció tanto que redujo a su atacante de un simple y contundente mandoble en el pecho.
Este último iba ya a introducirse en la quinceava habitación, cuando Enishi, le detuvo, cauteloso.
- Enishi (observando la puerta con los ojos entornados): Siento dos auras especiales ahí dentro. Ambas son poderosas, aunque percibo más peligro procedente de una de ellas. Estos no son hombres comunes y corrientes.
- Yahiko (envalentonado): Podremos con ellos, estoy seguro.
- Enishi (traspasándole con la mirada): No es eso lo que me preocupa, sino que tú te lo creas demasiado y bajes la guardia. No siempre sale triunfante el que tiene más poder, sino el que mejor utiliza el poder del que dispone. No te distraigas ni te confíes en ningún momento. ¿Entendido?
El moreno asintió, concentrado y expectante. Inesperadamente, Enishi ejecutó una rápida variante de su Shouha Tousei consiguiendo que su espada, en vez de abrir en canal a un enemigo, consiguiese al caer rápidamente desgajar la puerta que ocultaba a sus próximos contrincantes. Inmediatamente después le propinó una descomunal patada que terminó con la puerta expelida hacia el interior de la habitación, hecha pedazos. Como él había intuido, dentro aguardaban dos hombres, uno considerablemente más alto y robusto que el otro, con sus katanas en posición de guardia. El samurai de pelo plateado había conseguido su objetivo: impresionar a ambos hombres y conseguir que los temiesen incluso antes de aparecer realmente en escena. Pero los dos se recompusieron rápidamente, aunque su propia confianza jamás sería la que tenían en un principio.
- Hombre alto (mirando a Enishi con desprecio): ¿Me tienes miedo, muchachito enclenque?
- Enishi (devolviéndole la mirada con suficiencia): ¿Debería? – Se dirigió a Yahiko, murmurándole – Tú encárgate de este fanfarrón, yo lo haré de su jefe. Y recuerda, no te confíes.
- Yahiko (tomando posiciones hacia donde el otro le indicaba): Entendido. Yo también he presentido el aura de tu oponente y sé que es demasiado para mí.
La batalla comenzó, sumiendo el cuarto en un caos atronador.
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Por su parte, Kenshin estaba a punto de entrar en el último cuarto del lado izquierdo del pasillo cuando, al igual que había sucedido a sus compañeros unos minutos antes, detectó un aura que puso en guardia sus más agudos instintos de conservación. Tan sólo había un hombre tras la puerta, de eso estaba completamente seguro, pero de "común" aquel hombre no tenía nada. Es más, su instinto le indicaba que había en él algo familiar, conocido, incluso superado. No dudó, pero se tomó unos segundos para preparar su mente hacia el encuentro de lo que fuese que le estaba aguardando. Fue consciente de que su oponente sabía con qué tipo de guerrero iba a encontrarse cuando se abriera la puerta, lo cual decía mucho a su favor, así que no perdió el tiempo en realizar una entrada triunfal, simplemente giró el pomo de la cerradura y la puerta le franqueó el paso dócilmente, pues tan sólo había permanecido entornada.
Lo que encontró allí le sorprendió y asqueó por igual. Un hombre aparentemente joven, aunque su edad no se podía intuir prácticamente nada más que por su esbelto y enhiesto porte, se ocultaba tras infinidad de vendas que cubrían todo su cuerpo, dejando al descubierto tan sólo unos ojos atentos pero vivarachos y una boca de bellos labios. Un escueto ge cubría parte de su cuerpo disimulando algunas de las vendas, que por otro lado las dejaba adivinar y unos guantes, muy significativos para su adversario, protegían sus manos. De su lado izquierdo pendía una katana que no se había molestado en desenfundar. Simplemente lo observaba… y lo observaba… en absoluto silencio, esperando su reacción. Por fin se dignó a hablar.
- Sujeto vendado (gratamente sorprendido): No esperaba encontrarte aquí, hitokiri. Deberías estar muerto. – Kenshin se encogió de hombros, empeñado en su silencio - Ahora me doy cuenta de que hice bien en unirme a Mamoru para encumbrar de nuevo el recuerdo de mi señor.
- Kenshin (después de haberse tomado su tiempo en diseccionar con la vista y oídos a su oponente): Tú no eres Shishio. ¿Creíste acaso que me ibas a confundir con esa burda imitación? Para ello no tendrías que haber cambiado tan sólo tu cuerpo y tu voz, sino también tu aura. Aunque reconozco que se parece vagamente a la de Makoto Shishio. Dime, alma que te escudas en fantasmas del pasado. ¿Quién eres?
- Sujeto vendado (aparentando seguridad): Soy el hijo de Makoto Shishio, y su sucesor.
- Kenshin (muy serio): Su sucesor, lo dudo, pero su hijo, no, aunque por tu edad podrías serlo. Eres tan sólo un adolescente.
- Sujeto vendado (tratando de ocultar su incipiente temor): ¿Y cómo puedes saber tú que no lo soy, samurai fracasado?
- Kenshin (con firmeza): Porque tú acabas de revelármelo. Tu aura se ha distorsionado cuando has intentado colarme una mentira que ni tú mismo puedes creer. Si fueses digno sucesor de Shishio no habrías tratado de mentirme sin antes ser capaz de mantener bien ocultos tus propios sentimientos. Te aconsejo que abandones esta lucha, que no es la tuya. Abandona, te lo ruego.
- Sujeto vendado (con veneno en su voz): Pagarás por creer que no soy digno sucesor de mi maestro. Mejor dicho – le ofreció una sonrisa sibilina – ya hace tiempo que lo estás pagando. No puedes imaginar lo que nos hemos divertido con tu zorra desde que está aquí, retenida. Y ahora yo mismo me encargaré de acabar con tu asquerosa vida para seguir divirtiéndonos con ella hasta que nos hartemos.
- Kenshin (aparentando una calma que estaba comenzando a perder): Mientes de nuevo.
- Sujeto vendado (tratando de herirle por todos los medios a su alcance): Quizá yo no haya disfrutado con tu puta, pero Mamoru sí lo ha hecho, y de qué manera. Los gritos de ella se escuchaban por toda la mansión…
- Kenshin (con un tono de ironía y crueldad que helaban la sangre): Ya me he dado cuenta al entrar en esta casa de que hoy iba a incumplir mi juramento. Deberías haber elegido un día mejor para hacer tu burda imitación. Hoy no es tu día, pequeño.
- Sujeto vendado (confundido y más alterado por momentos): ¡Yo no soy pequeño! ¡Estás completamente loco! ¡No me vengas con tonterías! ¿De que estás hablando?
El samurai recordó la peligrosísima e interminable pelea que mantuvo con Makoto Shishio: el sufrimiento de sus compañeros, de Kaoru y de Yahiko, la incertidumbre por el desenlace de aquella situación, que estuvo a punto de acabar con su vida y la de todos sus amigos, su empeño férreo por no acabar con aquel hombre endemoniado… Tenía muy claro que esta vez no se podía permitir mantener una lucha larga con el hombre que ahora tenía delante, la vida de su mujer dependía de ello. Aparentemente el discípulo de Shishio poseía su determinación, pero no su talento. Aún así, ¿y si su aparente incompetencia tan sólo fuese una treta para que él se confiase y pillarle luego desprevenido? Si sufría cualquier herida, por leve que fuese, sus capacidades disminuirían, algo que en modo alguno podía tolerar en este caso. Por todo ello, se reafirmó en su convicción de que este era el momento de volver a… matar. Y rápido.
- Kenshin (gélidamente): Estoy hablando de que vas a morir. Esta es tu última oportunidad. Abandona, por favor.
- Sujeto vendado (perdiendo los nervios): ¡Tú sí que vas a morir! ¡Yo, el mejor discípulo de Makoto Shishio, quien debió haberme llevado a la batalla para acabar contigo y no tratar de protegerme por mi corta edad! ¡Su digno sucesor! ¡Voy a acabar con tu leyenda, aquí y ahora!
- Kenshin (no despegando sus ojos del otro, con los iris enrojecidos): No sigas soñando. Si tanto deseas morir, dime al menos tu nombre. Quiero saber por el alma de quién he de rezar cuando te mate.
- Sujeto vendado (con arrogancia): El único nombre que necesita conocerse aquí para rezar, es el tuyo. Además, no mereces siquiera saber quién soy.
- Kenshin (negando con la cabeza, apesadumbrado): Como desees.
Antes de decidirse a atacar al samurai, el otro prendió en llamas su espada, imitando la técnica Homuradama-Ichi No Hiken que Shishio esgrimiera contra él durante la encarnizada lucha que mantuvieron por sus vidas. Corrió hacia el pelirrojo y trató de acompañar esta técnica con un Gurenkaina-Ni No Hiken para que Kenshin sucumbiera a una explosión provocada por la pólvora que llevaba en uno de sus guantes. Pero el samurai era ya perro viejo y, admitiendo el más que aceptable nivel de lucha de su atacante, que podía incluso llegar a herirle, y harto de revivir el pasado, se abalanzó sobre su oponente y, ejecutando un impecable Kuzu Ryu Sen a través de su velocidad divina, le propinó nueve golpes maestros: karatake, en la cabeza; kesagiri, en el hombro derecho; sakagesa, en el hombro izquierdo; miginamgi, en el brazo derecho; hidarinagi, en el brazo izquierdo; mickiriage, en la mano derecha; hidarikiriage, en la mano izquierda; sakakaze, en medio de los dos pies; y tsuki, cerca del pecho. Inmediatamente después el sujeto se desplomó en el suelo, totalmente inerte, fluyendo por sus múltiples heridas una vida que era ya incapaz de conservar. Falleció sin poder pronunciar palabra alguna y al soltar la espada que había incendiado y entrar en contacto esta con sus propias vendas, las gasas ardieron alimentadas por el diablo y todo el cuerpo se incendió en cuestión de escasos segundos. Kenshin sofocó el fuego rápidamente, pensando que una madre desesperada podría estarle esperando, pendiente de su regreso. Una madre a quien le gustaría recibir aunque fuera su cuerpo sin vida, para poderle honrar debidamente.
- Kenshin (dirigiéndose al cuerpo yaciente): Hay algo que Makoto Shishio conocía perfectamente y que no fue capaz de transmitirte o que tú no fuiste capaz de aprender: respetar a tu oponente y no tratar de humillarle, como has hecho tú. Nunca pensaste que si él te evitó participar en la batalla contra los míos y contra mí fue porque te quería y deseaba evitar este final. No ha sido contra mí contra quien has luchado, sino contra ti mismo y tus propios miedos y rencores. Ojalá tu alma pueda descansar en paz.
Dicho esto, salió del cuarto en busca de sus compañeros y de su amada Kaoru.
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Enishi y Yahiko tuvieron que emplear parte de sus técnicas más refinadas para hacer frente a sus dos atacantes. Al luchar contra ellos quedó claro que, como habían supuesto, no se trataba de dos soldados corrientes adiestrados en el arte de la lucha, sino que conocían parte de las técnicas samurai y ninja, pero su ejecución no era depurada ni de muy alto nivel. Eran hombres que, hasta el momento, tan sólo habían luchado contra soldados del ejército y gente de baja estofa y a su lado parecían grandes guerreros. Aun así, ambos samurai hicieron bien en no subestimarlos, pues los otros suplían gran parte de sus carencias en técnica y ejecución con una gran experiencia que les convertía en armas complicadas de inutilizar. Yahiko se deshizo de su oponente con mayor dificultad de la deseada pues, a pesar de su gran envergadura, se movía como una anguila, escapando a la mayoría de sus ataques con exasperante facilidad. Finalmente el joven lo dejó fuera de combate con una hábil combinación del Hiza Hishigi-Tsuka No Gedan para torcerle la rodilla y entorpecer sus movimientos y Ryu Tsui Sen con un fuerte golpe en la cabeza que le dejó inconsciente. Mientras, Enishi eliminó a su oponente con un sádico Goutsi Tousei, clavando la punta de su katana en el oponente y, con una fuerza y velocidad insospechadas en él, lo levantó en el aire desplomándolo al suelo después.
Yahiko se disponía a rematar a su oponente cuando Enishi le detuvo con fuerza y firmeza.
- Eishi (tratando de tranquilizarle): no hace falta que acabes con él, está fuera de combate y no despertará en varias horas. Ya no es una amenaza para ninguno de nosotros.
Yahiko lo observó durante un momento, manteniendo peligrosamente su katana por encima de la cabeza del vencido, indeciso, y el samurai pudo adivinar qué le rondaba la cabeza.
- Enishi (apretándole el hombro con firmeza): Kenshin está recorriendo su propio camino, que no tiene porqué ser el tuyo. Además, se elimina al oponente cuando es estrictamente necesario. No hay ningún honor en lo que tú estás a punto de hacer. Y debes ahorrar fuerzas. Todavía no hemos rescatado a Kaoru.
- Yahiko (entendiendo finalmente): Hai. Tienes razón. Vayamos en busca de Kaoru dono.
Los dos hombres acometieron con cautela la empresa de penetrar en la última habitación. Al salir al pasillo para dirigirse a ella, y por el ruido que provenía de la décimo sexta habitación del otro lado, supieron que Kenshin estaba librando una cruenta batalla, por lo que era perfectamente deducible que su amada no se encontraba en ella. Por tanto, Kaoru tan sólo podía encontrarse en la habitación que a ellos les quedaba por invadir: la décimo sexta del lado derecho.
- Enishi (turbado): Kaoru está dentro. Puedo sentir su aura particular. No está sola, pero no percibo ningún guerrero, tan sólo negatividad, dolor, rencor… Esto es muy raro.
- Yahiko (dubitativo): Entonces, ¿entramos?
- Enishi (decidido): Debemos hacerlo. El tiempo apremia. Por el momento sigue viva, pero no podemos saber qué terribles ideas están pasando ahora mismo por la cabeza de su captor, y más después de haber escuchado la lucha que se viene manteniendo en toda la planta desde hace un rato, cada vez más y más cercana a ellos. Limítate a abrir la puerta y empujarla hacia dentro sin más, pero apártate de ella.
El moreno así lo hizo. Giró con cautela el pomo de la puerta y al ver que este no se resistía a sus manipulaciones, abrió la puerta y la empujó hacia adentro, permitiendo que se abriera lentamente hasta alcanzar la pared con un sonido seco. Los dos hombres hicieron bien en permanecer uno a cada lado de la puerta porque a través del hueco que esta había dejado, una bala pasó silbando y acabó por incrustarse en la pared de enfrente. Enishi trató de engañar a su atacante haciendo un movimiento rápido con su espada como si fuese a entrar y al ver que ningún disparo surgía del interior, supuso que quien fuese que retuviera a Kaoru estaba tratando de recargar su arma, de un solo disparo. Hizo una señal al más joven y ambos irrumpieron en tromba dentro del cuarto, que se hallaba en semipenumbra. Quedaron inmediatamente paralizados, no por la ceguera temporal que podría haberles causado el paso de una estancia totalmente iluminada a otra prácticamente a oscuras, sino por la situación que allí se estaba desarrollando. Justo frente a ellos se hallaba atravesada una cama e inmediatamente detrás de esta, Kaoru permanecía inmóvil, sentada en una silla, aparentemente sin ataduras. Y tras ella, un hombre de mediana edad apretaba peligrosamente un gran cuchillo sobre su cuello desnudo.
- Mamoru (encantado): Pasad, pasad, no os quedéis ahí como pasmarotes. Sabía que esquivaríais mi bala, pero debía intentarlo. También lo habríais hecho vosotros de encontraros en mi lugar. ¿O no? – emitió una sonora carcajada que recordaba demasiado a la de un enajenado.
- Enishi (tratando de distinguir todos los detalles en aquella oscuridad): Kaoru, ¿te encuentras bien?
Pero ningún sonido brotó de los labios de la mujer, quien ni siquiera se movió, al menos de forma perceptible.
- Yahiko (presa del pánico): ¡Está muerta!
- Enishi (mirando fijamente hacia la mujer y el sujeto que la amenazaba): Tranquilízate, Yahiko. Tan sólo está inconsciente.
- Mamoru (con una sardónica sonrisa): Eres muy perspicaz, samurai. Debí hacer que te eliminaran cuando comenzaste a husmear en mis asuntos, a pesar de que aparentemente dejaron de interesarte. Si quieres que te diga la verdad, no lo hice porque esperaba que con el tiempo te dieses cuenta de la incomparable causa por la que estoy luchando y decidieses unirte a ella por propia voluntad.
- Enishi (devolviéndole una sonrisa idéntica): Lo siento, pero secuestrar mujeres no me parece una causa digna de mi atención.
El hombre rebulló, lleno de ira, apretando involuntariamente el cuchillo sobre el cuello de la cautiva. Un insignificante hilillo de sangre se deslizó desde este hacia su pecho.
- Mamoru (observando lo sucedido con visible satisfacción): Yo de ti intentaría no irritarme. Ya ves que soy de pulso… frágil.
Otra estridente carcajada se adueñó de la habitación.
Yahiko se hallaba paralizado por el miedo. No estaba preparado para enfrentarse a semejante situación por la vida de la persona en particular que se hallaba en peligro. En cambio, la mente de Enishi bullía con una efervescencia brutal, tratando de hallar la estrategia idónea para rescatar a la kendoka sin que esta sufriese daño alguno. Por el momento, todos sus intentos estaban siendo infructuosos. Tan sólo se le ocurrió tratar de ganar tiempo hasta que la situación se tornara de su parte y pudiesen actuar.
- Enishi (con voz tranquilizadora): ¿Y cuáles son esos planes de los que tanto te vanaglorias? Quizá esté a tiempo de replantearme mi decisión.
- Mamoru (sin dejarse embaucar): Demasiado tarde, samurai. Tu tiempo ya pasó, al igual que el mío. Esperaba poder escapar con mi mujer para poder emprender juntos una vida feliz después de ganar la guerra que se avecina, pero ya veo que eso va a resultarme imposible. No puedo salir de aquí junto a ella si ella misma no camina por su propio pie y si la abandono aquí, inmediatamente caeréis sobre mí como los perros rabiosos que sois. Así que la única opción que nos queda a ambos es morir con dignidad. Tras matarla a ella me suicidaré y no vais a ser capaces de impedírmelo. Y no temáis por la guerra, he dejado quien la gane por mí. Este país caerá irremisiblemente en la destrucción y la esclavitud. Y yo me regodearé desde el infierno.
- Enishi (tratando de quitarle la idea de la cabeza): Podrás matar a Kaoru, pero te juro que no te dará tiempo de suicidarte, y en el fondo tú lo sabes tan bien como yo. Tu única salida es permitirnos rescatarla sana y salva y quizá el Gobierno decida dejarte con vida después de la conspiración que has montado contra él. Una estancia en la cárcel con todos los gastos pagados no es tan mala opción.
- Mamoru (sonriendo, esta vez con melancolía): ¿Eso crees? El proceso ya ha comenzado. Para mí ya no hay salvación, y tampoco para ella… Quizá en el otro mundo podamos disfrutar por fin de nuestro amor.
Mamoru hizo ademán de asesinar a Kaoru pero sin saber cómo ni porqué había sucedido, de pronto se encontró sujeto por ambas manos, pegadas a su espalda, retenidas por una fuerza con la que le era totalmente imposible competir. El cuchillo se había deslizado de su mano hasta el suelo sin darse cuenta siquiera.
- Kenshin (hablándole al oído lo suficientemente fuerte como para que también le escuchasen los demás): Me tienes harto, muy harto. – Sus ojos enrojecidos lo miraron amenazadoramente, haciéndole casi enloquecer de terror - La muerte es un castigo demasiado piadoso para ti. Enishi – se dirigió ahora a su cuñado, con voz perentoria – Por favor, lleva a este gusano ante el General Yamagata. Él sabrá otorgarle el puesto que se merece ante esta nación a la que tanto venera.
El aludido, mostrando todavía una inmensa sorpresa por lo que acababa de presenciar, se aprestó a seguir sus órdenes y, cogiendo a Mamoru con fuerza para que no tratase de escapar, le obligó con malos modos a caminar hacia la salida de la mansión para conseguir un transporte que les llevase a donde Kenshin había ordenado. El reo se resistió al principio, completamente pasmado y horrorizado a un tiempo por la silueta que estaba frente a él, seguro de que había vuelto del averno.
- Mamoru (incrédulo): Esto no puede ser. ¡No puede ser! ¡Tú estás muerto! ¡Muerto!
Enishi intensificó sus empujones hasta que Mamoru no tuvo más remedio que obedecer y ambos desaparecieron por el pasillo.
El pelirrojo cogió a Kaoru en brazos con delicadeza, mientras indicaba a un anonadado Yahiko que fuese a la calle en busca de un carruaje capaz de llevarles al Aoiya lo más rápidamente posible. Este corrió como alma que lleva el diablo a cumplir sus órdenes.
Mientras Kenshin bajaba las escaleras del primer piso, también hacia la entrada, con su mujer dulcemente acunada entre sus brazos, lentos y pesados lagrimones de duelo surcaban su faz. Deseaba con todas sus fuerzas que Megumi pudiese salvar a su amada, pero temía haberla rescatado demasiado tarde, y ambos sentimientos peleaban por adueñarse de su ánimo, junto con muchos otros que llenaban de desesperación todo su ser.
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Hacía más de media hora que Megumi se había encerrado a cal y canto con Kaoru en uno de los cuartos del Aoiya para tratar de salvar la vida de la kendoka y de su bebé. Desde entonces, Kenshin yacía sentado en el suelo frente a la puerta de la habitación donde ambas se encontraban, con las piernas recogidas y la mirada perdida en un punto que nadie era capaz de determinar. No había cambiado de postura en ningún momento, ni siquiera había movido un solo dedo. Okina y los demás habitantes de la casa le observaban con una pena y un dolor imposibles de describir, pues todos sentían un gran cariño por la joven y el samurai y conocían las vicisitudes que ambos habían tenido que superar para llegar a vivir su amor.
Desde fuera del cuarto reinaba el silencio absoluto que caía a peso sobre sus conciencias como una sábana mortuoria. Si dentro se estaba haciendo ruido o no, desde luego no podía saberse sin estar allí. Hasta un insomne habría hallado un grato descanso en medio de aquel sonido de una tumba.
Más de diez horas habían pasado en casi sólo una cuando la médico abrió por fin la puerta y salió al pasillo, provocando una ráfaga de anhelo en los que allí aguardaban. Al verla Kenshin, que hasta entonces difería bien poco de una estatua inanimada, se levantó como alcanzado por un rayo y corrió hacia ella en busca de noticias.
- Kenshin (desesperado): Megumi, ¿cómo está?
- Megumi (mirándole con ternura): Kaoru no ha perdido tanta sangre como parecía en un principio. Al haberse extendido la sangre por su vestido y ser esta tan escandalosa, daba la impresión de que prácticamente se había desangrado. Pero no te preocupes. Con unos días de reposo absoluto y totales cuidados y atenciones, tanto míos como de todos vosotros, pronto se repondrá.
- Kenshin (temeroso de la respuesta que recibiría si formulaba la pregunta que le estaba atormentando): ¿Y el bebé? Kaoru sangraba debido a su embarazo. ¿Verdad? ¿Cómo se encuentra el bebé?
- Megumi (suavemente): El bebé… No sé cómo decirlo. Por ahora el bebé se ha salvado, pero el riesgo de aborto es todavía muy elevado. No me atrevo a asegurarte que esté fuera de peligro, ni mucho menos.
Al escuchar esto, el samurai se apoyó contra la pared y cerró los ojos, destrozado, tratando de asimilar la noticia. Okina se acercó a él y apoyó una mano en su hombro quedamente, tratando de reconfortarle. Finalmente el samurai volvió a hablar, prácticamente en un susurro.
- Kenshin: Puedo… ¿verla?
- Megumi (resuelta): No puedes verla, Kenshin. Debes verla. Lo que más le hará bien en su estado y las actuales circunstancias es que sea tu cara lo primero que vea cuando despierte, pues ahora está dormida, agotada por los terribles acontecimientos que ha vivido los últimos días y su propio estado de salud.
- Kenshin (antes de entrar a la habitación): ¿Sabe ella el estado de la situación?
- Megumi (negando con la cabeza): No, no lo sabe. No he podido hablar con ella. Ha vuelto a la consciencia apenas unos segundos, los justos para reconocerme y reconocer el lugar donde se halla y se ha vuelto a desmayar. Debes ser tú quien se lo cuente.
- Kenshin (asintiendo, más sereno): Comprendo.
Sin añadir nada más, el hombre fue en pos de su mujer. Ella yacía dormida, con serenidad en su semblante, seguramente debido a que se había dado cuenta de que por fin se hallaba entre amigos. Aunque cierta inquietud sacudía levemente su cuerpo en pequeños movimientos de sus labios y sus dedos. El pelirrojo no pudo evitar acariciarle la cara con ternura, susurrándole al oído.
- Kenshin (con adoración): Mi vida, mi reina, mi amada. Estáis a salvo, tú y el bebé. Todo ha terminado. Nadie volverá a dañarte. Yo estoy aquí para velar tu sueño. Descansa tranquila, amor mío.
Sorprendentemente, los nerviosos movimientos de la mujer cesaron y esta se sumió en un sueño más profundo todavía. Al notarlo, el hombre le dio un tierno beso en los labios y se acomodó sentado en el suelo con la espalda pegada a la pared más cercana al futón de Kaoru y, adoptando nuevamente una postura estática, se dispuso a esperar, sin abandonar ni por un segundo la vigilancia de cada movimiento de ella y de su evolución.
Transcurrieron varias horas, durante las que ni ella despertó ni él movió un solo músculo. Nadie se atrevió a acompañar al samurai en su vigilia, respetando el descanso de su amiga y el hermetismo en el que él había sumido su propio corazón. Tan sólo Megumi los visitaba de cuando en cuando para asegurarse de que la paciente no necesitaba sus atenciones. En una ocasión trató de convencer a su amigo de que comiese algo, pero este la ignoró completamente y ella desitió, perfectamente consciente de la tozudez que lo caracterizaba.
Apunto de caer la noche, por fin Kaoru dio muestras de vitalidad, abriendo los ojos lentamente. Al observarla, Kenshin corrió a su lado, tomándola de la mano y fijando sus ojos en los de ella, con una sonrisa que contrastaba paradójicamente con las lágrimas que comenzaban a escurrirse de sus ojos. Una vez despierta del todo y observando la cascada de sentimientos que se agolpaban en el rostro del samurai, ella sonrió también y levantó un brazo lentamente para posar su mano derecha en el rostro de él.
- Kaoru (sonriendo con cansancio): Kenshin… Lo siento… Fui una tonta…
- Kenshin (sintiéndose el hombre más miserable sobre la Tierra y sonriendo como un tonto): No tienes que sentir nada, mi vida. Yo sí que lo siento. Fui un imbécil dejándome llevar por unos celos irracionales que me convirtieron en un inútil que perdió el norte. Si yo hubiese estado a tu lado, todo esto no habría sucedido. Yo lo habría impedido. Jamás me lo perdonaré.
- Kaoru (amorosamente): Has sido tú, ¿no es cierto? Tú me has salvado.
El hombre bajó la cabeza, azorado.
- Kenshin (con dolor): Hemos sido Enishi, Yahiko y yo. No habría podido llegar a tiempo sin ellos. Aunque te juro que habría derrotado a todos los ejércitos del mundo para salvarte. Hasta mi último aliento lo habría dado por ti.
- Kaoru (mirándolo con ternura): Sabes que vamos a ser padres, ¿verdad? Sé que nuestro bebé se ha salvado, puedo sentirlo dentro de mí. De algún modo puedo sentirlo.
- Kenshin (comenzando a llorar de nuevo): Lo sé, amor mío, y ahora mismo soy el hombre más feliz del mundo. Pero debes cuidarte y hacer caso a Megumi en todo lo que te diga. Yo me encargaré de que no tengas que mover ni un solo dedo hasta que estés totalmente restablecida y el bebé esté fuera de peligro.
- Kaoru (asustada): ¿El bebé está en peligro? ¿Puedo perder al bebé?
- Kenshin (acariciándole el pelo para calmarla): Amor, has sufrido mucho y has perdido bastante sangre. Es lógico que en este momento la vida de nuestro hijo peligre, pero ya verás como juntos conseguiremos que nazca sano y salvo. No has de preocuparte por nada, tan sólo por cuidarte y ser la esposa más mimada y consentida del mundo. Porque te casarás conmigo, ¿verdad, mi vida?
La kendoka se incorporó con paciencia y se abrazó a él fuertemente, comenzando a llorar. Él le devolvió el abrazo con la misma pasión y necesidad, haciéndola sentir segura de nuevo entre sus brazos. Cuando se hubo calmado, la separó de su cuerpo lentamente para poder mirarla a los ojos.
- Kenshin (con picardía): Ah, no. Si te hace llorar mi proposición, la retiro. Lo que más deseo en este mundo es hacerte feliz.
- Kaoru (emocionada): ¡Tonto! – el hombre le ofreció una gran sonrisa como nunca antes ella le había visto sonreír – Es solo que… - se acurrucó entre sus brazos, mimosa – Es que nunca imaginé que desearías casarte conmigo por…
- Kenshin (volviendo a estar serio): Por mi pasado, ¿verdad? Quiero que entiendas algo: Mi pasado siempre estará ahí, e incluso de vez en cuando continuará volviendo para atormentarme en forma de amigos o familiares de aquellos a quienes segué la vida, o locos agraviados en busca de venganza, pero espero que cada vez lo haga con menor frecuencia hasta que llegue un día en que nadie recordará lo que fui, es más, en que me convertiré en un don nadie, como deseo ser desde hace mucho y jamás me lo han permitido. Realmente nunca he deseado ser un vagabundo, lo que quería es tener paz y pasar desapercibido, y lo sigo anhelando. Pero desde que te conocí mi corazón encontró un hogar a tu lado y jamás he vuelto a necesitar marcharme, aunque todos sepan donde vivo y eso permita que me siga alcanzando mi pasado. Me juré que no volvería a matar y he quebrantado mi juramento, - Kaoru se tapó la boca con las manos, sorprendida y asustada - pero no me arrepiento ni me arrepentiré jamás, porque hacerlo me ha permitido poder salvarte a tiempo. Tú eres la persona a quien más quiero en esta vida: eres mi compañera, mi mejor amiga, mi mujer y mi amante. Y lo único que me alejaba de ti era no ser capaz de protegerte como mereces porque no estaba dispuesto a llegar hasta el final, y eso me atormentaba por temor a fallarte cuando más me necesitases, como hoy. Por eso tardé tanto en declararte mi amor, por eso no he sido el hombre que tú mereces, dispuesto a todo por tu bienestar. No quería unirme a nadie porque, hoy por hoy, pongo en peligro a todo aquel que está a mi lado, pero me he dado cuenta de que he sido un completo egoísta porque no he permitido que las personas a las que amo decidiesen por sí mismas. No volveré a matar, no por honor, ni por ideales, ni por nada más que no sea proteger a las personas que lo son todo para mí. Si eso me convierte en un asesino, así sea. Ahora sí, no me arrepentiré de serlo, aunque ruego a Kamisama que no vuelva a ponerme en la tesitura de tener que matar a nadie de nuevo. Ahora, más que nunca, puedes elegir. Sabes lo que he sido, lo que soy y todo lo que ello implica. ¿Deseas compartir tu vida conmigo? Tómate tu tiempo antes de responderme. Yo esperaré tu decisión con paciencia y la aceptaré sin protestar.
- Kaoru (con la mirada fija en los ojos de él): No tengo nada que pensar. Yo no decidí amarte. Te amo sin más. Y he de decir que es el sentimiento más puro y maravilloso que he poseído jamás. Por nada del mundo me apartaría de ti porque estaría loca si lo hiciera. Y es más, comprendo tu decisión final que ha cerrado el círculo vicioso de tu pasado. Si algún día alguien se atreve a intentar dañarte a ti o a nuestro hijo, lo mataré sin dudar. Tú eres un hombre bueno que ha redimido sus culpas. Quien no sea capaz de entender este hecho y continúe queriendo dañarte, se las tendrá que ver conmigo.
- Kenshin (abrazándola de nuevo, sintiéndose liberado y agradecido): Realmente no sé qué he hecho para merecer que me ame un ángel como tú. Prometo que te protegeré con mi vida hasta mi último aliento y dedicaré todos mis esfuerzos a hacerte la mujer más feliz de este mundo.
- Kaoru (rebosante de dicha): ¿Para cuándo la boda?
- Kenshin (enamorado): Tú dedícate sólo a recuperarte. Y a partir de ahí, cuando desees. Soy todo tuyo y nada podrá hacer que eso cambie. – La acarició de nuevo, volviéndola a acostar y se levantó, yendo hacia la puerta – ahora debes alimentarte. Hace demasiadas horas que no has comido nada. Voy en busca de Megumi para que nos aconseje qué debemos cocinarte y enseguida te traeremos la comida. Todos están locos por abrazarte. No puedes imaginar lo contentos que se pondrán cuando les diga que has despertado.
- Kaoru (mimosa de nuevo): Kenshin, no te marches. Estos días han sido demasiado tristes sin ti. No quiero pasar ni un segundo más sin tu amor.
- Kenshin (volviendo hacia ella y besándola con ternura): ¿En qué hemos quedado, señorita refunfuñona? Ahora vas a descansar y relajarte hasta que vengamos con la comida. Y ni una palabra más.
- Kaoru (haciendo pucheros): Malo…
- Kenshin (riendo): Manipuladora.
Y por fin desapareció en busca de Megumi y los demás para darles la grata noticia.
"Amar es una locura
tan sólo si no se ama con locura"
