La Forja del propio destino.
Capítulo 15
"Preludio del fin"
Sanosuke se hallaba en una de las tiendas de campaña habilitadas para cada uno de los comandantes de la operación, tratando de afeitarse ante un trozo de espejo que más bien parecía un rompecabezas donde él se veía reflejado con innumerables ojos. Desde que habían llegado a aquel lugar, él no hacía más que pensar en su ángel. Vagaba de un lado a otro sin rumbo, tratando de encontrársela casualmente, lo cual no había sucedido hasta el momento. No se atrevía a abordarla directamente. Quizá ella ni le recordase o hubiese cambiado de parecer durante el tiempo que ambos habían permanecido separados, que había sido infinitamente mayor que el que pudieron compartir juntos. De nuevo se encontraban en trágicas circunstancias, quizá su destino tan sólo fuese prestarse ayuda mutua en estas ocasiones, y en tiempos de paz sus caminos volverían a separase irremisiblemente. Así que día tras días se conformaba con adorarla en la distancia, observándola a hurtadillas cuando ella no podía verlo. Se miró al espejo. Unos rasgos morenos, jóvenes pero visiblemente maltratados por las inclemencias de la vida que había llevado hasta entonces como guerrero, dominados por unos ojos que le devolvían la mirada de forma triste y cansada, eran comparados en su mente con los suaves, dulces y delicados trazos de la escultural figura de ella. Definitivamente, juntos no tenían nada que hacer. Este pensamiento le turbó y por un momento le distrajo totalmente de la ya por sí complicada tarea del afeitado, causándole un insignificante corte superficial, que en cambio comenzó a sangrarle con profusión.
- Sanosuke (contrariado): ¡Maldita sea!
Trató de limpiarse la sangre como mejor pudo, sin darse cuenta de que alguien había entrado silenciosamente en la tienda y le observaba con una sonrisa divertida.
- Sayo (acercándose a él y tomando de su nerviosa mano la cuchilla de afeitar): ¿Puedo?
El hombre quedó paralizado, sin ser capaz de hace ningún movimiento ni pronunciar una sola palabra. Al observarle, la mujer interpretó su silencio como un "sí" tácito y, llevándole de la mano hasta un pequeño taburete improvisado, lo sentó como quien guía a un niño y comenzó a afeitarle, inclinándole suavemente la cabeza hacia atrás.
- Sayo (de forma natural): Oh, no te sorprendas. He afeitado miles de veces a mi hermano. Es algo que me encanta hacer, aunque desde hace tiempo, tiene quien se lo haga.
Sano continuó en silencio, dejándose hacer, inmóvil. Dio gracias de que, al tener la cabeza en una postura que impedía a la mujer observar su semblante con facilidad y al estar esta concentrada en su trabajo, no pudiese observar su inmensa turbación. Ella se movía con completa naturalidad, como si formase parte de su vida cotidiana aquello que le estaba haciendo. Se le veía cómoda, increíblemente liviana, incluso el hombre se atrevería a afirmar que estaba feliz. Al terminar con su tarea, tomó una toalla que él había dejado sobre la cama y le secó la cara suavemente. Por fin, las manos de él comenzaron a reaccionar y tomaron las de la mujer firmemente entre las suyas, consiguiendo que ella desviara su atención hacia él, siempre sin abandonar su dulce sonrisa. Ambos quedaron frente a frente, mirándose fijamente a los ojos. Los de ella comenzaron a emitir unos brillos diamantinos cuando pequeñas lágrimas rebeldes pugnaron por escapar y correr libremente hacia su adorable barbilla. Sin poder contenerse ni un segundo más, la mujer se abrazó a él fuertemente, con un desconsolado llanto que la sacudía en incontrolables espasmos. Sanosuke, tras un breve instante de indecisión, correspondió a su abrazo con fuerza pero con ternura, acariciando sus rubios cabellos con adoración.
- Sanosuke (casi incapaz de pronunciar palabra): Mi señora… - ninguno de ambos se dio cuenta de que una figura masculina estaba observándoles desde la entrada – Tú no eres así… Siempre has sido tan correcta, tan recatada… No deberías haber venido aquí.
- Sayo (mirándole a la cara, sin dejar de abrazarle, convulsionada aún por el llanto): ¿Qué es correcto y qué no lo es? ¿Puedes decírmelo tú? ¿Acaso alguien puede decírmelo? ¡He visto a mis compañeros luchar por aquello en que creían y morir! ¡He visto tiranos cometer atrocidades amparados en leyes falsamente correctas, que ellos mismos han creado para disfrazar sus propios remordimientos!
- Sano (incrédulo por lo que acababa de escuchar, viniendo de sus labios): Pero tu dios…
- Sayo (aún más airada): ¡Mi dios existe! ¡Y también el tuyo! ¡Dios está en nuestros corazones! ¡Es nuestra propia conciencia, nuestros remordimientos, nuestra capacidad de amor! Dime, samurai, ¿qué hay de malo en que te quiera? ¿Acaso tú no me quieres ya?
- Sano (estrechándola entre sus brazos con pasión): ¿Cómo puedes decir eso? ¡Desde que te conocí, te amo! ¡Siempre te he amado y siempre te amaré! ¡No ha pasado una noche desde que nos separamos, en que yo no haya soñado tu rostro, en que no haya gritado tu nombre entre pesadillas que me alejaban de ti y de tu amor! ¡Casi me he vuelto loco de dolor! ¡Pero tú misma lo dijiste! ¡Nuestros mundos recorren caminos distintos! ¡Yo no tengo oficio ni beneficio! ¡Como dice tu hermano, soy un don nadie! ¿Qué puedo ofrecerte que te haga feliz?
- Sayo (mirándole con furia): ¡Mi hermano ha encontrado su propio camino! ¡Debe entender que yo también decida recorrer el mío! ¡Tú y yo trabajaremos! ¡Haremos lo que sea! ¡Pero juntos! ¿Estás dispuesto a intentarlo? ¿Serás aquel hombre que jamás se rindió, que me salvó la vida y me dio esperanzas cuando yo creí que ya nada podría salvarme?
- Sano (gritando del mismo modo): ¡Absolutamente nada ha cambiado en mí! ¡Moriría por ti! ¡Pero no quiero que sufras!
- Sayo (separándose de él y mirándole firmemente a los ojos): No quiero que mueras por mí, quiero que me ames que y me permitas amarte. ¿Tanto te cuesta entender algo tan sencillo? Mi corazón sabe que tú jamás me harás sufrir, pero tu distancia sí lo hace. Ahora es el momento de elegir: sé mi esposo o aléjate de mí para siempre, pero luego no seas hipócrita haciéndote el mártir al decir cuánto sufres por mí.
- Sano (sacudiendo la cabeza): Eres fuerte. Eres más fuerte que yo. Quizá tú puedas volver a apartarte de mí, pero yo no puedo. Me moriría.
- Sayo (sonriéndole con dulzura): Yo tampoco puedo, Sagara Sanosuke. ¿Por qué crees que he venido hoy aquí? Me estaba muriendo por dentro.
Ambos se abrazaron, emocionados y permanecieron entrelazados, sin decidir a moverse por miedo a romper el bonito sueño que estaban viviendo. Pero finalmente, y después de poner en su lugar cada sentimiento y deseo propio, la figura que los había estado observando, se decidió a entrar e intervenir.
- Shougo (con voz tranquila pero firme): Sayo tiene razón. Ya va siendo hora de que formalicéis vuestra relación o la deis por terminada de una vez por todas.
La pareja dio un respingo y se separaron rápidamente, sorprendidos. Las mejillas de Sanosuke se tiñeron de un rojo fuego. No sabía qué hacer, ni qué decir, ni a dónde ir. No deseaba enfrentarse al hermano de su amada, a sabiendas de que eso la haría infeliz. Pero en su fuero interno quería poner a aquel hombre estricto e intransigente en su sitio y hacerle ver que ella tenía derecho a tomar su propia decisión. Por su parte, Sayo se puso a la defensiva, dispuesta a no permitir ni un minuto más que su hermano dirigiera su vida a su gusto y satisfacción, aunque él fuese su única familia. Había llegado el momento de poner a cada cual en su lugar, y todos allí eran conscientes de ello. Quiso hablar, pero a su hermano, acostumbrado a liderar, le fue fácil hacerla callar con un rápido y majestuoso ademán. Sayo decidió escuchar lo que tenía que decirles, pero no iba a tolerar que se saliese con la suya.
- Shougo (dirigiéndose a Sano, apaciguador): Al escucharte, me he dado cuenta de que gran parte del miedo que tienes a corresponder a mi hermana es debido a la vida que ella ha llevado conmigo hasta hace bien poco. A ese respecto no te diré que me equivoqué. Siempre he hecho lo que he creído mejor para ella buscando su bienestar. – su hermana trató de protestar, pero esta vez fue Sano quien se lo impidió, resuelto a escuchar lo que el otro tenía que decirle – Pero he de reconocer que he sido un completo egoísta al no permitir que ella fuera dueña de su vida y tomara sus propias decisiones, que no tienen por qué ser las mías. Pero no lo hice por posesión, lo hice por miedo. –Al escuchar esto, los dos se quedaron atónitos, sus ojos fijos en él – Sí, miedo. Miedo a perderla, a quedarme solo, miedo a ser un miserable con el corazón cerrado, sin ser capaz de amar, tan sólo entrenado para luchar. Ella me unía al mundo real, con su cariño, su fe, su amor… Ella era la única capaz de calmar mi rencor y mi ira hacia un pasado que creí totalmente injusto e inmerecido. Me encerré en mi mismo por temor a sufrir de nuevo, y pretendí hacer lo mismo con ella, consiguiendo así en vez de evitar su propio sufrimiento, agrandarlo.
- Sayo (negando con la cabeza, con lágrimas en los ojos): Hermano, tú nunca me has hecho súfrir…
- Shougo (mirándola con dolor): Déjame terminar, por favor. Sí te he hecho sufrir, sin pretenderlo, pero lo he hecho. Lo sabes tan bien como yo, aunque seas un ángel y siempre hayas pretendido ocultármelo para que fuese yo quien no sufriera. Ambos seréis unos cobardes si no le dais a vuestro amor la oportunidad que se merece. Y yo seré un miserable si trato de impedirlo.
Sayo corrió hacia su hermano, abrazándolo emocionada.
- Shougo (hablando de nuevo hacia Sanosuke): Sabes que nunca me has gustado, te creía poco para mi ángel. – Sano bajó la cabeza, consciente de la verdad implícita en sus palabras – Pero si has sido capaz de hacerla feliz, de conseguir que sueñe de nuevo, que quiera vivir de nuevo, que quiera volar, debes ser un hombre impresionante. Haced lo que queráis, yo no me inmiscuiré. Tan sólo sabed que, si decidís llevar adelante vuestra relación, será con mi bendición. Pero eso sí, Sagara Sanosuke, si osas hacerle daño a mi hermana alguna vez, ten por seguro que yo mismo te mataré con mis propias manos.
Sano inclinó la cabeza cortésmente hacia Shougo, aceptando sus palabras. Después tomó a Sayo de la mano y la atrajo hacia él suavemente, aunque no la abrazó. Tan sólo la observó atentamente, tratando de alcanzar los sentimientos de su corazón.
- Sano (con firmeza): Mi señora… Sayo… Eres tú y no lo eres. Veo en la mujer madura y decidida que hay en ti a la joven idealista y sacrificada que un día marchó de mi lado. Sin duda el dolor y la pena te han cambiado, en parte para bien, pero habría deseado con todas mis fuerzas que este cambio no hubiese sido propiciado por las extremas circunstancias que has tenido que sufrir. Te lo repito: sigo amándote, es más, te amo como jamás lo había hecho antes, con todos mis defectos pero también con toda la fuerza de mi corazón y haré todo lo que esté en mi mano para hacerte feliz. Pero dime, ¿realmente es una vida a mi lado lo que deseas?
- Sayo (segura de sí misma): Si alguna vez han estado de acuerdo mi alma y mi corazón, es en este momento, Sanosuke. Tan sólo concibo una vida feliz estando a tu lado.
- Sano (muy seriamente): Sea, pues. – Antes de que nadie pudiera evitarlo, hincó una rodilla en tierra y sujetando fuertemente la mano de Sayo que todavía sostenía entre las suyas, pronunció torpemente las siguientes palabras – Amakusa Sayo, ¿me concederás el inmenso honor de ser mi esposa?
- Sayo (emocionada): Sí, Sagara Sanosuke, seré tu esposa. Nada podría hacerme más dichosa. Pero levántate, por favor, nadie merece que se arrodillen ante él.
Él se levantó y la abrazó fuertemente, casi llorando de emoción. Shougo, que había permanecido en silencio después de su alocución, puso cada una de sus manos en el hombro de los recién prometidos y rió, visiblemente complacido.
-Shougo (jovial): Me marcho. Sin duda tendréis mucho de qué hablar al haberos reencontrado después de tanto tiempo. Para lo que necesitéis, ya sabéis dónde encontrarme. Estoy seguro de que mi esposa me dará hoy una buena cena cuando le cuente que he contribuido a conseguir vuestra unión.
- Sano (volviendo a la realidad): Es cierto. Ahora estás casado. En hora buena.
- Shougo (sonriendo): Gracias. Pero ya tendremos tiempo de hablar sobre ello y mucho más. Ahora disfrutad de vuestra mutua compañía. Tres son multitud.
- Sayo (abrazando a su hermano con infinito amor, antes de que este se marchase): Gracias.
- Shougo (cariñosamente): A ti, querida hermana. A ti.
Acababa de salir de la tienda de Sano cuando Shougo se encontró abruptamente con Aoshi, quien traía una cara de alarma que rápidamente le creó los peores presagios.
- Aoshi (frenando su acalorada carrera y tomando aliento): Venía en tu busca. Hay que levantar el campamento rápidamente. Reúne a todos los civiles. Que estén a punto para la marcha en media hora. Siento que no podamos quedarnos más, y que el tiempo apremia. Soujiro y los demás ya se están encargando de la tropa y la intendencia.
- Shougo (temiendo lo peor): Shinomori, pero, ¿qué pasa? ¿Por qué tan repentinamente? ¿Qué ha sucedido?
- Aoshi (negando con la cabeza y lamentándose): Hans se ha fugado. No sé cómo todavía, lo estamos investigando. Hemos creado una partida de hombres para abatirle, pero tan sólo han conseguido detectar su rastro. Se dirige a Kioto, mucho me temo que a alertar a Mamoru de lo que aquí ha sucedido. Si Kenshin ha conseguido rescatar a Kaoru, no sé qué hará ese loco cuando se de cuenta de que ya no tiene nada con qué negociar, pero de lo que sí estoy seguro es de que clamará por venganza y no me extrañaría nada que enviase parte de sus hombres a terminar el trabajo que Hans y Kuro no han sabido rematar. Y esta vez lo harán a conciencia.
- Shougo (incrédulo): ¿Himura ha ido a rescatar a Kaoru? ¿Es por eso que no ha podido acompañaros aquí? ¿Qué ha sucedido?
- Aoshi (con impaciencia): Ahora no hay tiempo para eso. Ya te lo contaré por el camino. Por favor, ten preparados a tus compañeros para la marcha. Será dura en las circunstancias en que nos encontramos. Debemos conseguir protección de soldados meiji lo antes posible, así que forzaremos nuestro paso todo lo que podamos. Si no, estamos perdidos.
- Shougo (haciéndose cargo de la situación): Hai, Shinomori-san. Media hora. Estaremos a punto. – corrió en busca de sus seguidores y comenzó a impartir órdenes.
Pasado el tiempo estipulado, tanto soldados como civiles se hallaban a la espera de recibir la orden de partida. Un denso silencio planeaba sobre todos ellos, eco de sus más aciagos pensamientos. Frente a ellos se hallaban Soujiro, Sanosuke, Shouzo, Shougo y Misao, esta última observando con preocupación a Aoshi, quien se había encaramado en uno de los más altos peñascos adyacentes y estaba examinando la situación del camino que debían recorrer, hasta donde su vista era capaz de alcanzar. Kuro no se perdía detalle de todo lo que sucedía a su alrededor, envuelto en su propio mutismo. Segundos después, Aoshi se precipitó corriendo hacia ellos.
- Aoshi (dirigiéndose a sus compañeros con decisión): No he hallado rastro de peligro, lo que no significa que no lo haya. Emprendamos la marcha, pero estad atentos al más mínimo detalle que os haga sospechar. Soujiro y Misao, conmigo en la vanguardia. Shougo, Shouzo y Sanosuke, proteged la retaguardia. Los soldados de que disponemos se encargarán de los flancos. Andando, pues. Aquí ya no hacemos más que perder un tiempo precioso. Shougo, necesito hablar un momento contigo.
- Kuro (interrumpiendo la inminente conversación de los dos samurai): Shinomori Aoshi, antes de de que partáis, te ruego que me escuches.
Aoshi se giró hacia él, presintiendo lo que iba a suceder.
- Aoshi (dirigiéndose a Shougo amablemente): Por favor, Shougo, toma tu lugar en la columna y da la orden de que empiecen a moverse. Yo estaré contigo enseguida.
Dicho esto, indicó a Kuro que le siguiera y ambos se apartaron unos metros de los demás.
- Aoshi (con respeto): Te escucho.
- Kuro (midiendo sus palabras): Aoshi-san: os he ayudado en todo lo que he podido, pero tú sabes que yo no soy partidario de los ideales del gobierno al que servís. Si lo he hecho es porque he comprendido que nada bueno daremos a este país si lo regamos con la sangre de cualquiera de sus hijos. Hay otras formas de luchar, por ejemplo la palabra, el esfuerzo y el tesón. Además, Mamoru busca nuestra esclavitud bajo el yugo alemán, no nuestro crecimiento como pueblo libre. Por ello, te pido que me dejes marchar y que no me obligues a seguiros a la lucha, ni me entregues a vuestras autoridades. No tengo miedo a ser encarcelado o a morir, pero ahora que he hallado mi propio camino me gustaría tener una oportunidad para seguirlo.
- Aoshi (asintiendo): Sabias palabras las que han salido de tu boca. Nendai Kuro, quedas libre de hacer lo que te plazca. Sigue tu camino en paz con tu propia conciencia y ojalá nuestras sendas vuelvan a cruzarse en mejores circunstancias.
- Kuro (agradecido): Así lo espero. Siempre te recordaré. De hecho, siempre os recordaré a todos. Ah, espero no abusar de tu amabilidad si te pido un pequeño favor más. Dile a Himura que le respeto y que, si alguna vez volvemos a encontrarnos, no hallará ningún ánimo de lucha por mi parte.
- Aoshi (inclinando su cabeza para saludarle): Así lo haré, y sé que él estará de acuerdo contigo. Ve en paz y que Kamisama te proteja.
Sin más palabras ambos hombres se separaron, directo cada cual hacia su propio destino.
Tal y como había prometido, Aoshi alcanzó a Shougo en la retaguardia y le habló casi en susurros para no ser oído.
- Aoshi (preocupado): ¿Cuál es el estado de tu gente? ¿Soportarán una marcha tan dura? Dime la verdad, Shougo, necesito saber si seremos capaces al menos de alcanzar la primera avanzadilla Meiji. Les he enviado un mensajero para que estén preparados para recibirnos, pero nos quedan más de cincuenta kilómetros hasta allí, que necesitamos recorrer en tres días como mucho. También les he pedido escolta pero no cuento con ella, dadas las circunstancias.
- Shougo (pensativo): Su debilidad física es patente, pero el haber sido rescatados cuando creían que tan sólo les quedaba esperar la muerte les ha dado un ánimo difícil de doblegar. Y no están dispuestos a volver a dejarse atrapar con tanta facilidad. Me hablas de una media de dieciséis kilómetros diarios. Lo soportarán.
- Aoshi (con una sonrisa): Escucharte ha iluminado mi ánimo. Ciertamente eres un gran líder. Gran parte de su esfuerzo les viene motivado gracias a ti.
- Shougo (devolviéndole la sonrisa): Tú también eres un gran líder, Shinomori. No descartaría que le cogieses gusto al ejército profesional una vez todo esto haya terminado.
- Aoshi (negando con la cabeza impetuosamente): ¡Oh, no! Estoy aquí por obligación hacia mi país, no por gusto. Si me dejan elegir, de ahora en adelante me alejaré de este tipo de vida todo lo que me sea posible. Tan sólo deseo una existencia en paz con mi familia. Quizá decida transmitir mis artes samurai abriendo una escuela para conseguirlo. O si no, siempre puedo ser cocinero o camarero en el Aoiya…
- Shougo (tomándole a broma): ¿Tú cocinero o camarero? ¡No me hagas reír!
- Aoshi (pensándolo mejor): Sí, no va conmigo… Bueno, ya tendremos tiempo para pensarlo.
- Shougo (mirándole con suspicacia): ¿Puedo preguntar quiénes tendréis ese tiempo?
- Aoshi (dándose cuenta de que había dado más información de la que deseaba ofrecer): Misao y yo vamos a casarnos en el próximo pueblo que encontremos durante nuestra marcha, que pueda ofrecernos a todos cierta seguridad. Bueno, ya hablaremos luego. Ahora debo tomar mi lugar en vanguardia.
Le dejó con un palmo de narices sin darle tiempo siquiera a responder.
&&&&&&&
El general Yamagata se hallaba rodeado de sus oficiales de más alto rango, disponiendo la estrategia para una batalla que presagiaba ser inminente.
- Oficial Shota (señalando sus indicaciones en el mapa con un puntero): Deberíamos atraerles hacia el pequeño desfiladero. Es bastante bajo, amplio y sin vegetación donde ocultarse, por lo que el enemigo no presagiará una emboscada desde allí. Colocaremos las nuevas gatling camufladas en lo más alto de las rocas, aprovechando su máxima distancia de disparo. Y cuando haya pasado nuestro ejército fingiendo una deshonrosa retirada, les freiremos desde allí.
- Yamagata (pensativo): Desde luego es una buena opción, pero no existe honor alguno en acorralarlos y matarlos como a animales.
- Oficial Kenji (haciendo gala del pragmatismo que le caracteriza): No es una opción honorable, pero salvaremos muchísimas vidas si damos un final rápido a esta guerra. Además de asegurarnos la victoria que tanto necesitamos.
- Yamagata (sopesando la situación): Caballeros, ¿qué otras opciones tenemos?
Ninguno pudo responderle, ya que fueron interrumpidos por la rápida e inesperada irrupción de Enishi en la escena. Llevaba a Mamoru atado y amordazado y lo arrojó ante ellos sin contemplaciones.
- Enishi (sin atender a ningún tipo de protocolo): General, aquí le dejo a este pájaro. Lo que haga con él, ya no es asunto mío.
- Yamagata (le vantando la mano derecha de forma autoritaria para calmar los ánimos de sus oficiales, quienes habían interpretado las palabras de Enishi como una falta de respeto que no debían pasar por alto): Yukishiro Enishi, jamás te has caracterizado por tu respeto a las normas. – el aludido le sonrió con descaro - ¿A quién retienes de forma tan inhumana y humillante?
- Enishi (sonriendo con suficiencia): Les entrego a Mamoru, cabeza pensante de toda esta locura. – todos miraron al reo con infinita sorpresa – Por cortesía de Himura y mía.
- Yamagata (ya repuesto de la impresión): Desatadle y quitadle la mordaza. No puede escapar de aquí.
Fue Enishi quien siguió sus órdenes con presteza, obligando a Mamoru a arrodillarse cuando se hubo liberado de sus ataduras. Se notaba que su captor estaba disfrutando inmensamente con la escena. Mamoru se masajeó las muñecas tratando de restablecer la circulación perdida por la fuerte presión de las cuerdas y miró al general desafiante. No había miedo en sus ojos, sino locura.
Yamagata le observó en silencio durante unos segundos, tras lo cual le dio la espalda y volvió a dirigirse a sus hombres.
- Yamagata (poniendo su mente en marcha con rapidez): Esto cambia las cosas considerablemente. No sé hasta qué punto el ejército enemigo sigue las órdenes de Mamoru en todo esto o si ya está vendido a los poderes alemanes. Pero él es la cabeza visible que ha reclutado con sus falsas promesas a todos esos maleantes que sirven en vanguardia como cabeza de turcos, por lo que sus dirigentes, alemanes o no, deberán fingir al menos que lamentan su pérdida y desean rescatarle si no quieren delatar sus verdaderos planes antes de haber conseguido la victoria. Lo usaremos como moneda de cambio para tratar de ganar tiempo.
- Mamoru (sarcástico): Mostradles mi cadáver. Ya veréis cuánto les hace felices.
- Yamagata (sintiéndose ofendido): ¡No pienso matar a un enemigo desarmado y reducido por mucho que lo merezca! ¡No vas a morir, maldita sabandija!
- Mamoru (con perversa satisfacción): Eso nadie puede impedirlo ya. Sólo he permitido que me trajesen hasta aquí con vida para ver tu cara de fastidio cuando yo muera y para regodearme con tu frustración al decirte que ya he transferido el mando del ejército a mi sucesor, más despiadado y cruel que yo mismo. Yo nunca pretendí luchar, mi querido general. No valgo para ello. Tan sólo puse en marcha la maquinaria. Ahora ya soy prescindible, no vas a poder sacar provecho alguno de mí.
Dicho esto, hizo un movimiento extraño con su mandíbula superior, acompañado de su lengua, como si él mismo se mordiese. Inmediatamente después se convulsionó en una danza macabra que duró escasos segundos, ante la mirada atónita de los generales. Enishi, comprendiendo que no se había mordido, si no que había liberado una cápsula de potente veneno que había permanecido escondida en su boca durante todo ese tiempo, trató de conseguir que vomitara, pero ya nada pudo hacer por él. Con un último y macabro estertor, Mamoru abandonó el mundo de los vivos, mostrando un rictus de corrompida satisfacción que le acompañaría a la tumba para siempre.
- Enishi (apartándose de él con asco): ¡Maldito bastardo! ¡Lo tenía todo planeado!
- Yamagata (mirándole con desprecio): Creí que nos enfrentábamos a una mente preclara, equivocada pero extremadamente inteligente y honorable. No a un maldito loco suicida.
- Enishi (llamando la atención del general): Los locos son los más peligrosos, ya que no tienen nada que perder. No caigamos en el error de volver a subestimar sus maquinaciones y centrémonos en ganar la batalla y con ella la guerra, si es posible.
- Yamagata (asintiendo): Tienes razón. Volvamos al mapa y… ¡Diablos! ¿Qué es lo que sucede ahora? – increpó a un soldado raso que había entrado en la tienda sin pedir permiso, escoltando a alguien que el seguía con cara de triunfo.
El soldado casi se desmaya, pero su acompañante miró al general con suficiencia.
- Saito (satisfecho): Traigo noticias, general. Hemos liberado a los cristianos. Ya puede pedir ayuda a quien le plazca.
- Yamagata (inflamado su ánimo bélico por las buenas noticias): ¡Ahora sí que han cambiado las cosas definitivamente! ¡Soldado! ¡Llame a mi secretario para que escriba una misiva urgente a los embajadores de la comunidad internacional! ¡Esto va a terminar muy pronto! ¡Y aquí mismo!
El soldado salió de la tienda como alma que lleva el diablo para cumplir la orden recibida, sintiéndose a salvo por fin.
&&&&&&&
En el Aoiya ya todos los ánimos se hallaban más calmados, aunque los corazones de todos los inquilinos de la casa penaban por no haber obtenido noticias del resto del grupo todavía. Kenshin deseaba fervientemente unirse a sus amigos pero no se atrevía a alejarse de Kaoru aunque esta quedase en las mejores manos. La noche le alcanzó sentado en el porche del restaurante, observando el horizonte con inquietud.
- Megumi (sentándose junto a él tras observarle en silencio durante unos segundos): Kaoru se ha dormido nuevamente. Pero ahora descansa con placidez. Es increíble lo balsámica que resulta en ella tu presencia.
Kenshin le sonrió, tranquilo.
- Megumi (volviendo a hablar, ya que parecía que su compañero no estaba dispuesto a hacerlo todavía): Yo también espero a alguien, samurai, pero no voy a conseguir que adelante su llegada por más vigilante que yo esté sobre su camino.
- Kenshin (rompiendo su silencio por fin): Él es un buen hombre.
- Megumi (observándole, sorprendida): ¿Acaso puedes sondear mi mente? ¿O es que las heridas que ha recibido tu cuerpo durante tanto tiempo te han otorgado el extraño poder de la videncia en vez de llevarte a la locura?
- Kenshin (riendo por primera vez en mucho tiempo): Ni lo uno, ni lo otro. Fue Aoki a quien se le escapó accidentalmente el nombre de Shouzo y tu felicidad, unidos de forma muy sospechosa.
- Megumi (queriendo aparentar un enfado que realmente no sentía): Ese mequetrefe… Siempre yéndose de la lengua y metiéndose donde no le llaman.
- Kenshin (volviendo a reír): No le regañes. Él te quiere mucho y se preocupa por ti. Además, hizo muy buen trabajo al encontrarme. Si no hubiese sido tan rápido y eficiente, yo habría llegado demasiado tarde para ayudar a Shougo y a su gente. Poco pude hacer, pero espero que Aoshi y los demás tengan mejor suerte en ese sentido y regresen acompañados de todos los supervivientes, entre ellos Setsuna, la viuda de Shougo. Te gustará. Es una mujer encantadora.
Al recordar a su amigo caído, la pena le recorrió todo su ser, haciéndole sentir un gran vacío.
- Megumi (apoyando cariñosamente su mano derecha en el brazo izquierdo de él): Volverán, ya lo verás.
- Kenshin (mirándola melancólico): Lo sé, pero él nunca regresará. Y pensar que el mundo ha perdido a un hombre tan grande como Shougo, el haberle perdido yo mismo, me sume en la tristeza.
- Megumi (entristecida también): Tú sabes mejor que nadie que la vida no siempre es justa, mostrándose incluso cruel en muchas ocasiones. Esperemos que su dios lo acune en su regazo, esté donde esté.
El samurai asintió, incapaz de continuar hablando. Al comprender que su amigo necesitaba soledad, Megumi se levantó y, antes de retirarse hacia el interior de la casa, le apretó el hombro con fuerza tratando de reconfortarle.
&&&&&&&
Dos días después, Misao y Aoshi se dieron el "sí, quiero" en el templo de una pequeña, acogedora y poco transitada aldea que albergó por una noche a todo su grupo, complacidos por recibir visitas y sin hacer preguntas sobre las que realmente les interesase conocer respuesta alguna.
Comentarios de la autora:
¡Hola a todos! ¡Ahora sí que sí empieza el final! Sé que este capítulo me ha quedado algo corto, pero he considerado que debía cerrarlo por aquí, ya que en el proximo comenzarán los acontecimientos que pondrán fin a esta historia. Espero que os guste. Y, como siempre, reviews, por favor, con tomatazos, consejos, alguna que otra alabanza... jejeje.... En serio, me interesa muchísimo vuestra opinión.
Abrazos para todos, especialmente para los que me dejásteis reviews sobre el cap. pasado: Cirze, Kaory, Shougo y Gabyhyatt. Y también para los que tenéis añadido este relato a vuestros favoritos, en concreto Oranjtenshi, Niernath y cindy-jhonny. Infinitas gracias por apoyarme y seguir conmigo hasta el final.
Rose.
