Sev se me había adelantado hacia la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras y ya esperaba sentado en el pupitre. Cuarta fila a la izquierda, cómo año tras año. Proferí un leve suspiro de fastidio, me coloqué bien la mochila y fui a sentarme a su lado, caminando a paso firme y mirando al frente, notando como decenas de ojos me seguían ansiosos, nerviosos. Yo seguía inmersa en mis pensamientos sobre nuestro futuro, el de Sev y el mío. No me valía la pena molestarme por eso, ya que tampoco podía hacer mucho en mi situación.
- Déjalo – murmuró Sev de repente, sin dejar de mirar la pizarra – No pienses más en ello.
Vaya, podía ser "sensible" en algunas ocasiones.
- Lo sé – respondí quedamente, apoyando el brazo en el pupitre y la cabeza en la palma de la mano – De todas formas, tienes ra….
Entonces, un ruidoso grupo de alumnos irrumpió en la clase, interrumpiendo mi momento de sinceridad. Eran Potter y compañía, como no podía ser de otra manera. Puse los ojos en blanco, aburrida. Sev, al contrario, miraba fijamente a Lily, demasiado ocupada abrazando a James como para dedicarle un mínimo saludo.
- No se puede ser más pava. – sentencié, sin reparar ni un segundo en que estuvieran todos los Merodeadores a poca distancia y que podían oírme perfectamente.
Y, efectivamente, alguno de ellos tenía que hacerlo.
Black había oído mi amable opinión sobre Lily y ahora me miraba con las cejas arqueadas. Aún así, me sonreía con sorna. Sacudí la cabeza, exasperada, al parecer a Black le daba exactamente igual que estuviera metiéndome con la novia de su mejor amigo. Capté la mirada que Lily le dedicó a Sev y la que iba dirigida a mi, la cual le mantuve hasta que no tuvo otra opción que desviarla hacia su adorado Potter. Volví a mirar a Black y para mi sorpresa, me lo encontré sentado encima del pupitre de detrás mío, con las piernas colgando hacia mi silla, charlando animadamente con Lupin, que por supuesto, se había sentado como una persona normal y corriente en su sitio. Dejando de lado la buena de educación de Lupin o la falta de ésta de Black a la hora de ocupar sus asientos, noté que el hermano de Reg estaba peligrosamente cerca de mi persona, haciendo peligrar mi muy adorado espacio vital. Lo que me faltaba, aguantar cerca al descerebrado aquél.
- ¿Te mueves hacia tu sitio o prefieres que lo haga yo? – sugerí con una extremadamente fingida sonrisa, de las mejores de mi repertorio.
Sirius esbozó media sonrisa y volvió la cabeza hacia mí con chulería, algo que, me apostaba cualquier cosa, sabía que odiaba con toda mi alma.
- Vaya – chasqueó la lengua, fingiendo decepción. – ¿Tanto te molesta tener a alguien normal cerca? – preguntó, sin moverse un ápice de su sitio. – Con normal me refiero a alguien que no tenga ningún parecido con una culebra. – lanzó una mirada cargada de odio hacia Sev.
Negué con la cabeza.
- En realidad me molesta que puedas contagiarme algo. La rabia o alguna enfermedad muggle peor. – ladeé la cabeza e hice una mueca angelical – por eso de andar con sangre-sucia y demás – y entonces yo sonreí a Lily, que me fulminaba con sus ojos verdes desde su sitio junto a Potter.
- Más debería preocuparme yo, ¿no? – esperé paciente, con los ojos entrecerrados, a ver qué tontería soltaba – Tú podrías llegar a envenenarme con tan solo tocarte, seguro.
Reí sin ganas ante las ideas disparatadas de aquél loco.
- Oh, no sufras. Eso solo pasa cuando muerdo – bromeé. Acto seguido le sonreí mostrando mi brillante dentadura.
Black se quedó inmóvil unos segundos, con sus ojos grises clavados en los míos. Parecía estar concentrado en algo sumamente importante, pensativo, preocupado. Algo imposible teniendo en cuenta la patética capacidad que debía tener su cerebro.
Normalmente, nadie me ganaba en «mantener miradas», pues rara vez llegaba a sentirme intimidada, pero en ese momento… sentí cómo si estuviera dejando entrar a Black dentro de mis pensamientos. Y no utilizando Legeremancia, obviamente. Desvié la vista, molesta, esperando, o más bien deseando, no haber quedado cómo cualquier chica débil de Hogwarts, aquellas que se sonrojan y ríen tontamente cuando su ídolo, Sirius Black, les dirige la mirada. Yo no era una de esas, y él muy bien lo sabía.
Volví a mirarle tras un par de segundos inspeccionando las frías losas del suelo. Puse los ojos en blanco. En el rostro de Black volvía a estar esa mueca chulesca que a todas, menos a mí, volvía locas. Afortunadamente.
- Estaría bien comprobarlo. – dijo entonces, intentando parecer serio.
Abrí los ojos cómo platos. Qué lástima de chico, cada vez estaba más desesperado. Tanto, que incluso era capaz de lanzarme indirectas a mí. Hice una mueca de asco, cerré los ojos con fuerza y respiré hondo, intentando tranquilizarme para no sacar la varita y matarlo allí mismo.
- Más quisieras. – le contesté entonces, siguiéndole el juego. Sev, que nos escuchaba desde hacía rato, me miró totalmente alarmado. Posiblemente debía estar sufriendo por si me había vuelto loca. En cualquier otro caso, Black ya estaría tendido en el suelo en un estado cercano a la muerte. Pero esta vez, no sabía por qué, me divertía comportarme de esa forma.
- El problema es que pondríamos demasiado celoso a mi hermano – pronunció esas palabras como si en realidad le supusieran un problema real.
- ¿Qué-quieres-decir-con-eso, Black? – exigí con voz aterciopelada, remarcando especialmente su apellido. Esto ya estaba pasando de castaño oscuro y había que cortar por lo sano. Todo el juego que seguíamos desde antes había acabado.
- Lo sabes perfectamente. – sonrió burlonamente – Riddle.
Existía en Hogwarts el rumor de que Reg y yo estábamos… como decirlo, saliendo. Rumor completamente falso, pura invención de la primitiva mente de Sirius, que había empezado a extenderlo desde hacía por lo menos un par de años.
- Así… así que es eso, ¿no? Ya entiendo – murmuré, después de cavilar en mi mente diferentes y retorcidos pensamientos. Black me miró confuso, con el ceño fruncido.
- ¿Qué entiendes, Slytherin? – preguntó, exasperado.
- Aquí el que está realmente celoso eres tú – sonreí triunfante. ¿Cómo no se me pudo ocurrir antes?
- Celoso. ¿Yo? – rió con ganas, aunque yo no borré mi triunfal sonrisa de la cara – ¿De ti? Vamos, ¿te crees que por ser quién eres todo el mundo se muere por estar junto a ti? Tienes un grave problema.
- Obviamente que no, porque, además, la que tiene el problema no soy yo – hice una pausa, para ponerlo más nervioso – Lo que te pasa es que estás acostumbrado a llevarte a todas y cada una de las chicas de calle… pero, ¡oh! – me señalé a mi misma – la única que nunca podrás conseguir, casualmente se lleva muy bien con tu odiado hermano. – sonreí maliciosamente – saca tus propias conclusiones, pero sabes perfectamente que no me equivoco.
Black me miró con repugnancia, gesto que me llenó de alegría, pues si no tuviera razón en lo dicho, se habría reído en mi cara.
- Retorcida víbora. – espetó, volviéndose a su sitio. Sonreí.
- Patético perro faldero – le contesté yo, asegurándome de que lo oía.
Entre tanto, Sev se había quedado completamente a cuadros observando nuestra amistosa conversación. No me dio tiempo a darle muchas explicaciones, pues el profesor, que ya lo dábamos por perdido, apareció por la puerta, para desilusión de todos. La clase fue bastante normal, siempre teniendo en cuenta que era la primera de nuestro último curso y que la palabra ÉXTASIS se repetía por lo menos tres veces en una misma frase. Lancé un par de miradas a Black, que, para mi sorpresa, seguía igual de molesto, y con eso me quedo corta. Normalmente, después de nuestras agradables peleas, a los cinco minutos se olvida de lo sucedido y sigue mirándome como las demás chicas del colegio. Y no necesitaba nada más para que se confirmara mi hipótesis sobre los celos de Black.
- Pero… ¿se puede saber que juego te traes con el maldito Black? – exigió Sev, en voz baja, nada más salir de la clase. Lo miré con indiferencia.
- ¿Por qué? – hice un gesto con la mano para quitarle importancia – Déjalo. ¿No te das cuenta? Ahora no me dirigirá la palabra para nada, - sonreí orgullosa – he herido su ego, su grandísimo ego.
- Ahora en serio, – esperó mientras buscaba las palabras adecuadas – no... no es por ser aguafiestas ni nada por el estilo, pero… - me miró como disculpándose. No entendí nada.
- ¿Qué? – espeté, arqueando una ceja.
- ¿De verdad crees que Black, Sirius Black, pueda sentir celos de su hermano… por ti? – Sev volvió a mirarme, con precaución.
- Ja. – lo fulminé con la mirada – Es el quiero y no puedo. Tiene a absolutamente todas las chicas a sus pies, pero eso no es suficiente para él. Es todo demasiado fácil. Y soy… un reto. Una meta. La inalcanzable, imposible. – sonreí, con maldad. Sin darme cuenta, había acabado deteniéndome en medio del pasillo.
Sev puso los ojos en blanco, exasperado. No parecía estar muy de acuerdo con mi hipótesis.
- Pongamos por caso que es así… - escuché atenta a Sev, sin desviar la mirada de Lily, que nos observaba desde lejos - ¿No te sientes cómo un trofeo?
- Sev, es Sirius Black – contesté rápidamente, como si tan solo eso lo explicara todo – ¿Crees que me importa mucho lo que pueda pensar de mí?
- Ya sé que no, pero…
- Siempre puedo pagarle con la misma moneda – interrumpí al chico, sonriendo siniestramente.
- Vale – murmuró él, dando por zanjado el tema. Empezó a caminar, pero llegué a atisbar en su rostro una sonrisa igual de siniestra que la mía.
- Eh, vamos – dije, dándole un codazo después de volver a alcanzarlo – Hay temas muchísimo más interesantes que nuestro amigo Black. – fingí pensar algo en profundidad – La repelente de Gryffindor, por ejemplo – comenté esto en voz más alta de lo normal, pues la aludida iba solo unos metros por delante nuestro. En realidad, ella y toda la comparsa.
- Déjalo, venga – se molestó Sev, acelerando el paso hacia la siguiente clase. Lily lo miró preocupada, y obviamente, luego me fulminó con sus ojos verdes.
- De acuerdo. ¿Dónde está el chiste? – exigió Reg, incrédulo.
Estábamos en el Gran Comedor, pues ya era la hora de la cena. El día había pasado rápido, pero aún así, fue extremadamente aburrido. Los profesores creían que repitiéndonos la palabra "ÉXTASIS" íbamos a centrarnos algo más en nuestros estudios, pero aún así seguíamos pasando ligeramente del tema.
A Sev no se le ocurrió otra cosa que contarle mi pequeño percance con Sirius a Reg, mi magnífica hipótesis incluida. Y eso le sentó como una patada en el estómago al pequeño de los Black, por razones obvias.
Le pisé el pie a Sev por debajo de la mesa, sonriendo alegremente.
- No hay ningún chiste, porque todo esto no tiene ninguna importancia, ¿vale? – miré a Sev – Bocazas.
- ¿Y de verdad crees que mi hermano quiere algo contigo? – la misma pregunta dos veces estaba empezando a hacerme sentir realmente mal.
- ¿Pero se puede saber por qué os parece tan descabellado? – pregunté, ofendida.
Se miraron entre ellos dos, pero no me contestaron.
- Me parece que es obvio… - empezó a decir Reg.
- Oh, por favor. – puse los ojos en blanco – Dejemos el tema. Al fin y al cabo, en realidad tampoco sé si es cierto…
- ¡Por fin dices algo sensato! – se sorprendió Sev.
- Pero yo lo sigo creyendo igual – sonreí, no pensaba rendirme.
- ¿Y qué ganas tú con eso? – la suspicacia con la que Sev digo aquello me hizo intuir a qué se refería en realidad.
Reg también lo notó, lo supe por la forma forma en que me miraba. Crispado, ansioso y ofendido.
- ¡Sigo odiando a tu hermano, Reg! – negué con la cabeza, incrédula y más ofendida incluso que él.
- ¿Quién ha dicho lo contrario? – se defendió, encogiendo los hombros.
- Bah. ¡Olvidadme! – lancé mi servilleta sobre la mesa, harta del tema, y me levanté bruscamente – Desde luego, no se os puede decir nada – añadí, mirando a los dos a los ojos y yéndome de allí, con la cabeza bien alta.
Caminé con decisión hacia la Sala Común, sin detenerme siquiera a comprobar si aquellos dos me seguían. Posiblemente no lo harían, me conocían lo suficientemente bien como para saber que en esos momentos bien poco me iba a importar lo que dijeran. Solté un bufido de indignación e hice gestos con las manos, fuera de mis casillas. No entendía como se les podía ocurrir semejante idea. Incluso con simplemente pensar "llevarme bien" con el descerebrado aquél me venían náuseas…
Me detuve en medio del pasillo, pensativa. Pensándolo bien, tampoco tenía mucho que hacer en la Sala Común, a parte de sentarme en el sillón y mirar el fuego, algo francamente aburrido. Volví hacia atrás, despacio, y caminé tranquilamente hacia el Hall, que ya empezaba a llenarse de alumnos que volvían a sus Salas Comunes. Con disimulo, me fui acercando a la gran puerta de entrada, lo más pegada a la pared posible. Nadie se percató de mi presencia… hasta que Sev y Reg salieron también del Gran Comedor. Me miraron, confusos, buscando una explicación. Reg articuló en silencio algo, "¿Dónde vas?", creí entender. Negué con la cabeza y me esfumé por la puerta, sin esperar sus reacciones. Esta vez tampoco me siguieron.
La noche era fresca, y el relente empezaba a empaparlo todo. Los jardines estaban apenas iluminados con algunas antorchas, pero aún así, me sentía a gusto. No había nadie que pudiera molestarme ni cuatro paredes en las que sentirme encerrada. Adoraba esos momentos… tranquilidad, silencio… bien, silencio aún no, pero en cuanto los demás alumnos empezaran a recogerse en sus salas comunes, sí que habría silencio. Y yo… me pasaría toda la noche de esa forma.
Esperé sentada en el pie de un árbol, lejos de la luz. Tenía hambre. Mucha hambre. Con la tontería, me había levantado de la mesa sin apenas cenar. Y todo por culpa de las absurdas ideas de Sev y el posesivo de Reg. Sacudí la cabeza, intentando no volver a pensar en ello, y la apoyé en el tronco. Cerré los ojos unos segundos, pero los volví a abrir, incómoda. Diablos, tenía mucha hambre.
Me levanté de un brinco, ágil y veloz. Miré a mi alrededor, asegurándome de que ningún alumno, al igual que yo, hubiera salido fuera del castillo. Vía libre. Corrí hacia el Bosque Prohibido, a través de la vasta extensión de campo, sin mirar atrás. Llegué al fin a la linde del bosque y penetré en él, ahora más libre, más ligera, más hambrienta.
