La luz de la luna llena se colaba entre la tupida cúpula de hojas del Bosque Prohibido. Pese a que no se oía un alma, la rebosante actividad era incluso mayor que a la luz del día. Me paseaba por la hojarasca, silenciosa, sin rumbo, tan solo pensando en la discusión con los chicos. No es porque me sintiera mal ni mucho menos, al contrario, aún estaba asimilando que llegaran siquiera a creer eso de mí. Más bien, me preguntaba a cuento de qué se les había ocurrido esa idea. ¿Era por algo que había hecho o dicho? ¿Qué pudieron malinterpretar? Y lo más alarmante… ¿De verdad parecía que sintiera un mínimo interés por el maldito Black?
Con el apetito calmado y más relajada, decidí que había llegado el momento de salir del oscuro bosque para volver al castillo. Eso, y que no me gustaba pasar tanto tiempo de aquella forma. Me hacía sentir más pequeña y débil, aunque fuera justamente lo contrario, ahora era simplemente mortífera. Eso estaba bien. Muy bien, de hecho.
Agudicé el oído conforme más me acercaba al final del bosque. Se oían pasos, voces, murmullos… Para mi sorpresa, había alguien más ahí fuera, lo que significaba que no podría llegar hasta el castillo en mi forma normal. Solté un siseo agudo, molesta. Aquel día se me estaba haciendo extremadamente largo. ¿Quién se suponía que estaba a esas horas paseando por los terrenos? Agudicé el oído de nuevo, aunque tampoco necesité hacerlo, porque aquellos individuos gritaban como si se estuviera celebrando una fiesta ahí fuera. Escuché atentamente a esas dos voces, dos voces terriblemente familiares. Sólo alcanzaba a escuchar retales de la conversación, nada útiles para llegar a entender de qué hablaban, pero conseguí reconocer a los dos alumnos. Maldita sea, ¿tenía que encontrarme a Black justo en esos momentos?
Bien.
Tenía dos opciones dadas las circunstancias. La primera, esperar en el linde del bosque hasta que Black y Pettigrew, el otro visitante, se largaran de allí y yo pudiera volver al castillo. Opción que, realmente, no me apetecía nada. Empezaba a hacer frío y no pensaba quedarme ahí esperando sólo porque el idiota de Black estuviera ahí de picnic o lo que quisiera estar haciendo.
Esto me llevaba a replantearme la segunda opción: avanzar hasta el castillo en mi forma no-humana, corriendo el riesgo de que aquél par se fijaran en mí. En realidad, no era tan peligroso, sólo que no estaba segura de poder resistirme a jugarles una mala pasada a los dos. Pensándolo bien, eso no era tan horrible.
Salí del bosque lentamente, buscando con la mirada a los intrusos. Sobresaltada, me di cuenta de que estaban más cerca de lo que creía, aunque ahora ambos avanzaban hacia el Sauce Boxeador. Sev ya me había contado que Black y sus amigos se traían algo entre manos por aquél lugar, pero ese momento no era el adecuado para ponerme a investigar. Aproveché la oportunidad para cruzar los terrenos que me separaban del castillo y en pocos segundos estaba frente a la puerta de cristal de los invernaderos, los cuales conectaban con el interior del colegio. Era la forma más fácil de salir y entrar a placer del interior de Hogwarts sin ser visto. Ya en mi forma humana, apunté con la varita el candado con el que la puerta de cristal estaba cerrada, que sonó con un "click" sordo. Empujé la puerta con cuidado y la cerré tras de mí, dándole un leve golpe con el pie. Crucé la estancia, esquivando las mesas llenas de macetas, arena y diversas herramientas de botánica, vigilando también para no pisar ninguna de las ramitas esparcidas por todo el suelo.
El pasillo estaba en completo silencio cuando irrumpí sigilosamente en él. Aún así, debía ir con cuidado, pues la Señora Norris ya había conseguido descubrirme más de una vez. Maldita gata.
Avancé y recorrí los largos y oscuros pasillos hasta que al fin llegué a las escaleras que conducían a las mazmorras. Bajé los escalones de dos en dos, acelerando el paso y no prestando tanta atención en seguir siendo tan sigilosa y silenciosa como tan bien se me daba… Lo que fue un gran, grandísimo error.
La excéntrica figura de Filch se situaba entre el pasillo que llevaba a mi sala común y yo. Me miraba con los ojos muy abiertos, algo habitual en él, adornando esa cara de loco que le caracterizaba, ahora rebosante de triunfo. Caminaba hacia mí cojeando ligeramente.
- Vaya, vaya – susurró, sorprendido –. ¿Has visto eso, querida? Una culebra de excursión.
La señora Norris daba vueltas alrededor mío, profiriendo un molesto bufido, mientras cada vez más se le erizaba todo el pelo del lomo. Yo me mantenía inmóvil, con los brazos cruzados firmemente sobre el pecho y una mueca de repugnancia dibujada en mi cara.
- No dices nada, ¿eh? – el conserje seguía insistiendo. Retrocedí un par de pasos cuando se me acercó para recoger a la asquerosa gata del suelo-. Bien entonces. Vamos cría, verás cómo a partir de hoy se te pasan las ganas de salir de aventura.
Filch hizo un gesto con la mano para que saliera de allí delante de él. Le hice caso, pero le dediqué una sonrisa maliciosa. Si se pensaba que iba a someterme y permitir que me castigara, es que no conocía a Belle Riddle. En realidad, no sabía muy bien quién era, pues nadie se atrevía ni siquiera a plantearse la idea de castigarme.
Avancemos por los pasillos, yo a un paso que sabía que le era imposible seguir y él, esforzándose por no perderme de vista. Pero no lo consiguió.
Cambié de forma tan pronto como pude girar por uno de los muchísimos pasillos del castillo. El conserje se encontraba a muchos pasos por detrás de mí, por lo que me dio tiempo de escurrirme por uno de los muchos rincones y huecos que abundaban en el pasillo. Oí desde mi escondite cómo Filch y su gata pasaban corriendo a escasos centímetros de mí, pensando, ingenuos ellos, que yo también había echado a correr. Esperé unos minutos, inmóvil, y entonces salí de nuevo, dispuesta, ahora sí, a correr en mi forma humana hacia la sala común.
La principal razón por la que prefería correr en mi forma natural era simplemente porque dos piernas eran más rápidas que ninguna. Ya me había encargado de comprobar eso, sí.
Y siguiendo la rutina de sobresaltos de aquella noche, algún otro obstáculo tenía que cruzarse en mi camino otra vez, para acabar de rematarlo todo. Literalmente.
Al volver la vista hacia delante después de comprobar que Filch no me seguía, me detuve en seco, sorprendida. Delante de mí , una figura de espaldas, mirando por una de las grandes ventanas del pasillo. No se percató de mi presencia, y si lo hizo, no me prestó atención. Retomé el paso lentamente, con cuidado de que mis pasos no resonaran en las paredes, sin hacerle mucho caso a esa figura. Entonces se giró, con despreocupación.
Sus ojos grises se toparon con los míos. Yo desvié la mirada, molesta. Él sonrió, divertido.
Chasqueé la lengua, con fastidio. Si, definitivamente, tenía que encontrarme a Black en todos los malditos sitios a los que iba.
Mantuve la postura orgullosa que mostraba siempre ante él y volví a mirarle a los ojos. No parecía estar a la defensiva, como siempre estaba. Tampoco me miraba con asco o repugnancia. Había algo extraño en el ambiente. Ninguno de los dos se movió durante esos segundos de tensión.
- ¿Te aburres en la cama, Riddle? – preguntó, curioso. Arqueé una ceja – Vaya, eso va a deprimir mucho a mi hermano…
Reí para mis adentros. No supe muy bien por qué, pero aquél comentario liberó algo de mi tensión acumulada.
- No, qué va. – contesté despreocupadamente – Y si fuera así, ¿qué pasa? – me acerqué a él, con premeditada lentitud - ¿A caso eres tú el que me va a divertir? – susurré.
Sirius rió con ganas, aunque esa risa no se reflejó en sus ojos. Reí silenciosamente y clavé la mirada en una de las losas de piedra del suelo. Aquello se estaba volviendo raro. Muy, demasiado raro.
Era fácil permanecer de esa manera. Ninguno de los dos hablamos, no nos movimos. Una fuerza extraña me obligaba a alzar la vista y toparme de nuevo con aquellos ojos grises. Pero no quería. No tenía sentido hacerlo. Es más, no debía hacerlo. Esos ojos… Eran preciosos, realmente. Tristes. Nunca había reparado en ellos. No, sí que lo había hecho. Aquella misma mañana. El momento en el que no pude mantenerle la mirada. Tenían algo. Antes me repelían, ahora eran como dos imanes. Hasta hoy habían sido totalmente indiferentes a mí, pero algo empezaba a cambiar.
Era inevitable. Caí. Y me sentí estúpida por ello.
Entonces me odié. Me odie porque no me topé con su mirada. Me odié porque aquello me entristeció. Y no estaba bien. Eso no debía hacerme sentir mal. Porque Sirius no era nada para mí.
Clavé mis ojos en su rostro, bañado por la luz de la luna. Me di cuenta de que estábamos demasiado cerca, y la única culpable de eso fui yo. Yo me acerqué. Sin quererlo, pero lo hice.
Suspiré, entonces él me oyó. Parecía tan confuso como yo lo estaba. Me mordí el labio inferior y comencé a alejarme de él, de espaldas. No quería perder de vista sus ojos.
- Me voy – le espeté bruscamente, intentando parecer serena.
Me giré de repente, evitando sus ojos. Desaparecí de allí a la mayor velocidad que me fue posible, desesperada por llegar al dormitorio y hundir la cabeza bajo la almohada.
Aumenté la velocidad, como si alguien me persiguiera. Aunque ese alguien, no iba a aparecer.
«Si tu padre llegara a conocer esto…»
Sentí asco de mí misma. No me merecía ser la hija de Lord Voldemort. No siendo tan débil.
No podía ser igual que las demás, no lo era.
Aquella iba a ser una noche muy larga.