Hola chicos,
Gracias enormes por leerme nuevamente. Este especial de San Valentín será breve, por lo tanto, hoy publico la segunda parte, mañana 14 publicaré la siguiente y final de este
mini fic, por llamarlo de algún modo. Gracias de nuevo por acompañarme en esta travesía que espero disfruten porque es diferente a todo lo q he escrito antes.
Les mando un beso enorme, creo que el link de la fotografía no salió pero luego la pongo de nuevo.

Gracias y disfruten del viaje!!


II. Cambios

El día del viaje a tierras itálicas no se hizo esperar. Los días fueron consumidos a una velocidad que Harry lamentó empacando sus ropas en una mochila. Resultaba curioso realizar todo ese cuento como perfectos muggles: viaje en avión, desembolso de dinero corriente, llegada controlada al aeropuerto. Hermione lo prefería así. Si Dorian le había pedido ir hasta allá de esa manera trivial, debía ser por el hecho de que no deseaba que los demás supieran su condición de bruja. Todo debía verse lo más normal posible. Por esto mismo, Tonks debió cambiar el color violeta de su cabello por uno más aceptable para ojos ajenos y convencionales. Después de largos alegatos con la castaña, volvió su tono a uno moreno que la hacía verse muy diferente. Todos en la sala de embarque del aeropuerto se hallaban alucinados. Cada uno por diversos motivos. Ron y Ginny estaban lívidos. Nunca antes se habían subido a un enorme pájaro de hierro que los esperaba con las compuertas abiertas. Luna miraba todo con los ojos embelesados. Ver que sus pertenencias desaparecían sobre una cinta andante hacia un agujero con cortinas, le generó desconfianza siendo tranquilizada por Harry, quien le explicó que no podía ir con todo su equipaje estrafalario en el asiento. Pronto todo se le sería devuelto.

El vuelo de Londres a Milán fue breve si podía denominarse de esa manera. Las aeromozas estaban hastiadas de esos jóvenes extraños que vociferaron cuando despegaron y gimieron cuando aterrizaron incomodando a los demás pasajeros. Tonks, a pesar de ser una Auror temeraria, apretaba los brazos de su asiento con los dedos crispados. Harry y Hermione reían disimuladamente al ver a la tripulación de la línea aérea con rostro desconcertado. De seguro deseaban que el viaje se terminara de una vez por todas. El desorden del aeropuerto italiano no ayudó mucho en la impresión casi infantil del grupo de magos. Luna insistía en que quería su equipaje de regreso, advirtiendo que si no llegaba al instante lo llamaría con un "Accio" sin importarle el número importante de testigos alrededor. Afortunadamente, la maleta floreada de la rubia apareció desde el agujero lenta y calmadamente.

Al salir de la sala, entre recién llegados y abrazos de bienvenida de docenas de desconocidos, un letrero en manos de un tipo de panza pronunciada enunciaba: "Hermione Granger" con letras grandes y claras. Tenía el aspecto común de un conductor de vehículo particular. Los jóvenes se acercaron a él recibiendo su saludo en italiano tronante. "Buongiorno, signorina", le dijo alegremente y la castaña le correspondió con un débil asentimiento de cabeza. Para tranquilidad de los jóvenes, el muggle sabía hablar inglés pero con un acento tan rudo como alguna vez le escucharon al búlgaro Víktor Krum. Le informó su itinerario y las atenciones especiales que Dorian Von Newman tenía reservadas para ella. No tendría que preocuparse por nada en lo absoluto. Sin embargo, al mirar al grupo numeroso que la acompañaba torció sus labios delgados.

-Me temo que no podré llevarlos a ellos- dijo en voz más alta de lo adecuado- Tengo órdenes precisas de llevarla sólo a usted al hotel que se ha reservado para su estadía. No esperaba que trajese compañía- Hermione se mostró agraviada y retrocedió un par de pasos para acercarse más hacia sus amigos.

-Lo siento, pero ellos vienen conmigo.

-Eso lo entiendo, pero no pueden…

-No te preocupes, Hermione- interrumpió Harry en el acto- Ve con él. Nos encontraremos en el hotel. ¿A cuál se dirigen?

-Hotel Brunelleschi, en Via Flavio Baracchini, centro de Milán- el ojiverde asintió mientras que la castaña volteó hacia él con la angustia marcada en cada línea de su rostro.

-No quiero dejarlos aquí- dijo en un susurro, sabiendo de antemano que quiso decir "dejarte". El moreno sacudió la cabeza tomando uno de sus hombros.

-Descuida, estaremos bien. Debes irte ya- No pudo contradecirlo. Ella, con los pies de plomo, caminó hacia el italiano con desconfianza. Sus amigos le ofrecieron una mirada de sincero apoyo y eso la ayudó a continuar su camino hacia las afueras del aeropuerto Malpensa en donde la esperaba un Alfa Romeo modelo 169 de color gris platinado. Hermione quedó con la boca abierta.

Las calles milanesas se abrieron ante los ojos impresionados de la chica inglesa, como quien veía el mundo por vez primera. La elegancia histórica de Italia siempre lograba conmover hasta al más displicente ser humano del planeta. A lo largo de la autopista dei Lagh, rumbo al centro de la ciudad, Hermione admiraba la arquitectura de la zona tan soberbia como al mismo tiempo, hermosa. Nunca había estado en un lugar como ése y sonrió dichosa de ser una turista extranjera sin siquiera imaginarlo. El chofer había puesto música italiana en la radio, cantando a voz en cuello los estridentes acordes de la melodía. Se embriagó de la fascinante pasión de esa lengua romántica. Cerró sus ojos, dejándose envolver por el encanto de tierras forasteras.

¿Quién iba a imaginar alguna vez que ella estuviese en un escenario como aquel, bajo un inusitado contexto de modas, apariencias y belleza? Quedaba claro que nadie, ni siquiera Luna con su deslumbrante inteligencia e imaginación. Qué vueltas locas daba la vida. Estar en Italia gracias a sus atributos físicos la asombraba tanto que estaba convencida de que todo aquello era un insólito sueño. Hermione vio el ajetreo por la ventanilla tornándose ansiosa por comenzar a vivir de manera diferente, tomar riesgos y conocer nuevas facetas. Verse a sí misma como una modelo de pasarelas importantes, la llevó a agradecer la insistencia de sus amigos por probar suerte, incluso por obligarla a usar ese vestido revelador en el Callejón Diagon, tan lejano en esos instantes como nunca lo pensó antes. "¿Y si no le gusto a Dorian?, ¿Y si no soy tan bella como esas espectaculares fotografías de estudio me hicieron parecer?", se decía incontables veces, sintiendo las manos húmedas de sudor. Intentó conservar la calma.

-Haremos una parada en las oficinas del señor Von Newman- le informó el conductor, mientras doblaba en una esquina cerrada- Él quiere conocerla primero que nadie en su equipo de diseño.

-¿Usted trabaja para él desde hace mucho tiempo?

-La verdad es que sí- respondió sin quitar la mirada del camino- Es un tipo muy talentoso. Siempre he considerado que el señor Von Newman tiene un olfato privilegiado para escoger a sus modelos. Y permítame decirle que nuevamente no se ha equivocado, bella signorina- Ese breve piropo consiguió que la aludida se sonrojara gravemente sin dejar de observarse las manos. El conductor sonrió al saber que la había afectado con sus palabras.

Al llegar a las dependencias del diseñador profesional, la exuberante infraestructura del inmueble dejó claro que no estaba tratando con un timador de mediocres condiciones. La elegancia que el edificio ostentaba, era real reflejo de la arrogancia italiana. Indicada por la recepcionista, Hermione llegó hasta el último piso de la torre, hallando a primera vista un escritorio amplio y de diseños navajos a varios metros frente a ella. No había puertas en esa oficina olímpica y dilatada, como tampoco modestias ni economías en su decoración. Allí, entre toda esa pomposidad, estaba el famoso Dorian Von Newman, quien al verla se puso de pie de un golpe con un manifiesto entusiasmo. El diseñador era joven, de sonrisa ancha y denotados treinta años bien vividos. Su estatura bordeaba el metro noventa acompañados por una espalda de nadador que envolvía a cualquiera de un sólo abrazo. El squib la saludó con un beso sonoro en su mejilla derecha. Parecía no respetar el espacio personal de nadie.

-Es realmente un placer conocerte al fin, Hermione Jean- le dijo, resaltando su segundo nombre con alevosía.

-Sólo Hermione- le corrigió ella. Dorian volvió a sonreír.

-¿Sólo Hermione?- subrayó extrañado- Interesante nombre… sin embargo, me gusta más cómo suena de forma compuesta.- La joven no supo qué decir. La mirada profunda de Von Newman la intimidó al punto de comerse todo tipo de respuesta.- Eres tan hermosa como en tus fotografías. Mi hermano no exageró en su carta.

-Gracias.

-No, no… no tienes que agradecerme nada a mí, gracias a ti por haber venido.

La plática entre ellos se desarrolló sin problemas. Dorian tenía una inteligencia muy seductora y ademanes varoniles que provocarían a cualquiera del sexo opuesto. Cada vez que resaltaba su hermosura y especialidad, Hermione no podía bajar el calor que subía hacia sus mejillas. Lo escuchaba hablar de la colección otoño – invierno que quería mostrar al mundo, de su apremiante necesidad de una modelo joven, fresca, nunca antes vista en el mercado y de los prontos preparativos para un desfile en el centro de Milán. Ella era sencillamente perfecta para ese trabajo. Tenía todos los condiciones que un excelente equipo de diseñadores podría aprovechar centímetro a centímetro. No podía esperar para verla usando uno de sus fabulosos trajes. Hermione estuvo sentada en ese escritorio por casi tres horas dialogando sin reparar que sus amigos estarían ya en el hotel esperándola. Al recordarlo, apuró su marcha obteniendo la amable negativa de Von Newman. Con una rápida llamada telefónica, el profesional dio información al recepcionista del hotel que diera invitaciones a los amigos directos de la señorita Granger. Esa noche se oficiaría una cena en aquel mismo edificio para lanzar oficialmente la temporada y de seguro ellos estarían encantados de asistir. Hermione se lo agradeció con una sonrisa llena. Al salir del despacho en compañía del mismo Dorian, la joven vio en las afueras del inmueble el mismo Alfa Romeo de color gris esperándola. Abordó el vehículo y sin instrucción alguna, el conductor la llevó al hotel sin perder tiempo…


-¿Entonces serán tres habitaciones individuales y una doble?- preguntó el recepcionista en un tropezado inglés. Harry rodó los ojos cuando Luna y Tonks soltaron una breve carcajada al ver su esfuerzo por hacerse entender.

-Así es- contestó el moreno, entregando la suma de dinero en moneda muggle.

-Esta posada no se parece en nada al Caldero Chorreante- opinó Luna, mirando a su alrededor.

-Eso es porque es un hotel… es como el Caldero pero más lujoso- dijo Tonks, guiñándole un ojo al recepcionista que no comprendía de qué lugar estaban hablando.

-¿En qué habitación estará Hermione?- preguntó Ginny- Ya debe estar aquí, ¿no?- Harry volteó para consultarle al tipo uniformado por su mejor amiga.

-La señorita Hermione Granger aún no ha llegado- informó con el mismo tono fuerte. El moreno al escucharlo no pudo evitar sentirse extrañado y a la vez temeroso.

Recostado en aquella cama ajena, Harry miraba el techo pensando en qué parte del tiempo se había quedado estancado, en qué parte desde el Callejón Diagon y ese estúpido vestido de corte ceñido todo se comenzó a verse distinto… ¿Por qué la extrañaba? ¿Por qué evocaba a la antigua Hermione una y otra vez? Nunca lo había hecho antes. Tal vez era porque no le gustaba la idea de verla como una mujer atrevida, fingiendo ante una cámara como la vio en ese estudio de fotografía. La chica de cabello enmarañado que conoció en Hogwarts jamás hubiese hecho algo así, primero muerta. Si había algo que le gustaba de su amiga era su sencillez. De eso estaba seguro. Trató de pensar en otra cosa pero le fue tan imposible que prefirió encender la televisión buscando algo en qué distraerse.

Luego de un par de horas, a la puerta de cada habitación de los chicos llegó una invitación a una cena de lanzamiento de Dorian Von Newman. Al reunirse todos en el cuarto de Luna y Ron, quedaron estupefactos ante esa cartulina dorada que los incitaba a asistir al salón de eventos del hotel. Supieron al instante que sólo pudo ser sugerencia de Hermione. Aquello arrancó una sonrisa en el ojiverde sintiendo algo cálido en el centro del pecho. Tonks cambió su look para la ocasión. El cabello moreno que había adoptado se transformó en un reluciente platinado de mechas indefinidas. Se veía muy al estilo de Milán mientras que Ron trataba de peinarse su cabello liso con cepillos que sabía Harry no utilizaría. Bajaron los tres pisos en donde estaban alojados y lo primero que vieron al abrirse las puertas del elevador fue a un tumulto de gente fotografiando por doquier y grabando el espectáculo como obsesionados paparazzis. Las luces relampagueaban incesantemente encegueciendo al grupo de magos en el acto. Todos sintieron de pronto la inevitable añoranza de estar cenando en la tranquilidad de la casa Weasley, fuera de toda esa locura. Cuando lograron avanzar mirando los rostros desconocidos en busca de uno en particular, la sonrisa de Hermione los deslumbró. La habían encontrado y estaba rodeada de tanta gente que fue casi imposible acercarse a ella.

-¡Hermione!- gritó Harry por sobre las voces estruendosas y la música que resonaba por los altoparlantes. La chica, al ver a sus amigos, caminó hacia ellos con notorio alivio.

-¡Qué bueno que están aquí!- exclamó- ¡No pude llegar antes porque debí reunirme con Dorian en su despacho primero!

-¡Te ves hermosa!- le dijo Tonks, tomándola de las manos. Y era verdad. La habían preparado para el evento con un vestido de noche color negro tan ajustado que reveló curvas desconocidas para todos los que la conocían.

-¿Quién es Dorian?- intervino Ron.

-Ya sabes… el diseñador que…

-¡Hizo todo esto posible para mi nueva modelo!- la voz del aludido interrumpió la de la castaña con tanta soberbia que Harry frunció el ceño con desprecio.- Bienvenidos a Milán, imagino que ya conocieron a la adorable Herm Jean- aquel apodo extrañó tanto a la propia Hermione como a sus amigos.

-Dorian, ellos son…

-Será mejor que nos demos prisa, cariño- volvió a interrumpirla- Debemos estar en nuestros lugares ya que sólo nos esperan a nosotros para dar comienzo. Pueden acomodarse donde gusten, chicos- Les dijo apuradamente y sin mayores preámbulos, tomó a la nueva modelo por la cintura para llevársela. Nadie pudo decir nada.

La cena elegante de delicados entremeses y licores extravagantes le supo a Harry como trozos de alfombra todo el tiempo. Ver a su amiga sentada entre esos presumidos le apretaba el estómago de la rabia sin saber que sus amigos lo miraban sospechosamente. Las entrevistas, las preguntas estúpidas que le formulaban a Hermione conseguían que el ojiverde se apresurara un trago de su copa con más frecuencia de la aconsejada. Tonks insistía en lo bella que se veía pero muy en el fondo estaba tan desilusionada como él en no poder estar cerca como quería realmente. Habían sido desplazados por un diseñador de pacotilla que sonreía a las cámaras con molesta suntuosidad. Ninguno de ellos pertenecía allí. Ni siquiera Hermione.

Pasaron los minutos de incesante parafernalia dejando al grupo de jóvenes tan mareados que optaron por retirarse a sus habitaciones. Por lo visto, hablar con su ya famosa amiga sería algo complicado por no decir imposible. Abandonaron el salón de fiestas caminando con los pies pesados hacia el elevador. El silencio entre ellos resultaba un barullo tortuoso. Nadie quiso referirse a lo que había pasado y casi sin despedirse cada uno se dirigió a su cuarto notablemente apenado. Harry por sobre todos ellos. Qué cena más espantosa. Nunca hubiera imaginado que sentiría una distancia tan enorme entre él y su mejor amiga, ni siquiera en el caso de que hubiesen sido de Casas diferentes en la escuela de magia. El abismo que temió comenzaba a forjarse y cerró sus ojos fuertemente deseando borrar las últimas horas vividas. Se tiró sobre la cama de nuevo boca abajo. No sabía si tendría la fuerza de aguantar un día más allí. Afortunadamente, el vuelo de regreso sería a la noche siguiente y trataría de volver a la normalidad casi con desesperación de hambriento. Después de dos horas completas de silencio, un golpeteo en su puerta lo sobresaltó. Se incorporó envuelto en desanimo.

-Lamento mucho si te desperté- las palabras de Hermione de pie en el umbral lo desequilibraron. No esperaba verla allí tan tarde.

-No, no te preocupes, no estaba durmiendo. Pasa.- la joven ingresó a la habitación abrazándose a sí misma. Parecía una niña perdida.

-Quería verlos después de la cena.

-Dudo mucho que nos pudieras ver, de todos modos. Estabas ocupada.

-Ha sido un día ajetreado desde que nos bajamos del avión- Harry asintió sentándose en la orilla de la cama. Hermione siguió de pie.- Mañana habrá un desfile de modas en el cual me presentaré sobre la pasarela por vez primera- informó casi como si fuese una disculpa. Su tono logró confundir al moreno- Será en El Grand Visconti Palace… asistirán ¿verdad?

-Mañana en la noche nuestro vuelo regresa a Inglaterra… ¿Te quedarás aquí?

-Tengo que hacerlo, Dorian me dijo que debíamos comenzar de inmediato- Harry no supo qué hacer más que levantarse y caminar hacia una de las ventanas. Ver el tráfico milanés en la avenida sólo le aumentó sus deseos de irse. Hermione no podía decir más. Necesitaba que estuvieran con ella en ese difícil momento, no deseaba pasar por ello sola, perdida entre un grupo de extraños preguntando su talla y estatura. Lo necesitaba cerca para poder tener los pies sobre la tierra. El muchacho suspiró antes de hablar.

-Nosotros debemos continuar con nuestras vidas… ésta es tu vida ahora, lo que has elegido- ante aquella afirmación la castaña no pudo replicarle nada. No podía disponer de sus amigos.

La tensión que había entre ellos casi no cabía en esa sala. Algo inexplicable estaba sucediendo en ambos, como si no se conocieran o temieran hablarse con sinceridad. Harry deseaba abrazarla para retenerla pero se contenía tanto que apretaba sus manos transformándolas en un par de puños inaccesibles. Hermione, por otro lado, le urgía recibir de él una palabra de aliento casi como un ahogado un respiro de aire. Se miraron un largo rato tratando de imponer el lenguaje que los unió en tiempos de escuela pero esa capacidad parecía estar hibernando en alguna parte. Ella, rompiendo todos los esquemas, se acercó con dos pasos dubitativos y besó la mejilla de su mejor amigo tan delicadamente que el muchacho tuvo que reprimir un suspiro. Le comunicó que debía volver con Dorian y su ejército de periodistas para terminar de acordar los detalles del dichoso desfile. Al oírla, Harry se alejó de ella. La castaña notó su reacción regresando hacia la puerta del cuarto, confundida. Salió por ella sin reparar en el intento fallido del ojiverde por abrir su boca y pedirle que se quedara. Si lo hacía no sabía muy bien por qué motivo.


Al día siguiente, el grupo de magos recorrió las calles de Milán como típicos turistas. Aprovechando el excelente clima de la ciudad, conocieron las plazas renombradas que con sus gloriosas virtudes acabaron con los epítetos positivos que lograron utilizar. Estaban fascinados. No obstante, saber que faltaba una miembro importante en el clan Italia llenó escasamente las expectativas de una hermosa nación. Los chicos se tropezaron con miles de portadas con el rostro de Hermione haciendo desplante. Todas hablaban de la revelación que era esa modelo de aquel célebre diseñador. Los artículos no dejaban de vanagloriar su belleza inusual como tampoco dejaban de especular idioteces como un romance prohibido entre ella y Dorian. Eso último hizo hervir la sangre de Harry.

-Vamos, anímate- le dijo Ron en la quinta manzana que recorrían sin cruzar palabra- Deberías alegrarte por Hermione al ver que todo está resultando como ella lo esperaba.

-No creo que ella haya esperado algo así- le refutó el moreno, testarudamente.

-Si aceptó esta propuesto en primer lugar, tenía clara noción de lo que se le vendría encima- comentó Tonks, apoyada por el asentimiento de Luna y Ginny a sus costados.

-Lamento el poco tiempo que tuvimos- añadió la pelirroja- Creo que no podremos ni despedirnos de ella antes de irnos.

Ese hecho escoció la piel del ojiverde. Saber que marcharían en pocas horas lo mantenía en una fluctuación que detestaba. Cuando se retiraron del hotel, aquella sensación parecía no querer abandonarlo. Estaba dándose cuenta que estar en Inglaterra sin la castaña sumía todo en el absurdo sinsentido. Ella siempre había estado cerca, al alcance de su mano. Perdería un apoyo elemental y no lo había valorado tanto hasta ese instante. Por esto mismo, al tomar el taxi que los llevaría hasta el aeropuerto, no pudo dejar de notar que habían pasado cerca del Grand Visconti Palace, lugar del primer desfilo de Hermione. Dos cuadras más de distancia bastaron para que el nudo en su cuello le negara el aire a sus pulmones. No podía irse así. Durante la luz roja en una esquina, se excusó con sus amigos rápidamente para descender del carro como una exhalación. Tonks se puso frenética.

-¡El vuelo saldrá dentro de una hora, Harry! ¡Se supone que haríamos este viaje… de forma normal!- el aludido golpeó la portezuela tras él y se volteó hacia ellos por la ventanilla.

-¡Lo sé! ¡Estaré allí a tiempo, sólo necesito desearle suerte a Hermione!- y con esa simple oración, corrió velozmente hacia ese palacio de eventos sociales. Todos dentro del taxi se miraron sin evitar repetir una única palabra que causó estupor: "¿Necesita?"

Ignorando los bocinazos de los autos, el joven corrió por la calzada esquivando a la gente que lo maldecía por su falta de sutileza. Harry estaba sordo. No pudo Aparecerse allí sin espantar a los muggles presentes ni a los que estarían dentro de ese inmueble al verlo tan de repente. No habría forma de justificarlo. Entró por la puerta del costado, en donde varios miembros de la prensa conversaban antes de dar por empezado el show. Unos fumaban, otros repasaban sus reportajes para dar el puntapié inicial a la nueva línea de moda. Con magia discreta, el joven hizo aparecer una cámara entre sus manos y se mezcló entre los fotógrafos como un espía entre nazis. Recorrió los pasillos deseando haber llevado su capa de invisibilidad con él, pero sería algo inútil, no podría evitar colisionar con alguien en aquel atestado lugar. De pronto, entre la larga fila de puertas, una de ellas tenía el nuevo nombre de su amiga pintado en un letrero: "Herm Jean" e hizo ingreso casi bruscamente. Allí estaba la muchacha. Maquillándose frente a un espejo con cientos de bombillas a sus orillas tal como la vería meses después. Hermione, al verlo a través del espejo, dejó el pincel sobre el tocador y volteó para mirarlo de frente. Callados, dejaron pasar varios segundos antes de hablar.

-Tengo miedo- le dijo simplemente. Harry le sonrió con sinceridad.

-Lo harás perfecto… como todo lo que emprendes.

-¿Y tu vuelo?

-Llegaré antes de que parta. Ya sabes que no tenemos Traslador.- Hermione asintió sonriendo- Vine a desearte suerte… - la chica se puso de pie con solemnidad y lo encerró en un abrazo de esos que lograban arrancar la piel del desenfreno. Se quedaron así por minutos que no supieron precisar. Se sintieron unos niños de nuevo, enfrentando una nueva prueba en sus vidas. De pronto, un deseo mayor se apoderó de Harry. Quiso besarla, quiso comer de esa boca sin detenerse a respirar siquiera. Quiso romper ese vestido y acariciarla por todos sus rincones hasta oírla gritar su nombre. Deseó su cuerpo como la llama al oxígeno, encenderse en ella y penetrarla para ocuparla completamente. Aquel arrebato en su mente, lo hizo temblar. Para molestia de ambos, el golpe de la puerta los sacó el ensueño: "¡Todo listo!", se escuchó del otro lado. Hermione se obligó a soltarlo- Confía en ti, puedes con ellos.

-Gracias, Harry- y como una fuerza sobrenatural, un brazo entró por la puerta y la tomó por la muñeca para llevarla hasta la pasarela. El muchacho la siguió muy de cerca hasta el límite de las bambalinas y el escenario. No pudo avanzar más que eso. Hermione inhaló hondo entregándole una mirada significativa y a la vez aterrada. Harry le asintió con determinación.

La castaña hizo ingreso al escuchar su apodo y un estruendo de aplausos la recibió al verla tan glamorosa. El vestido blanco de corte medieval, la transportó a una época divina en donde sólo una reina podía igualarla en elegancia. Caminaba como una profesional, sus pies flotaban de la tarima abriéndose paso como un ángel celestial y Harry reposó su mirada sobre ella. Estaba feliz de haber compartido ese instante de su vida aunque no fuese lo que él quería. Fue el segundo en donde supo que la había perdido. Ver cómo los periodistas enloquecían y los demás diseñadores murmuraban su envidia, sólo le reafirmó que había llegado la hora de tomar caminos diferentes. Para él ese abrazo delicioso en el camerino habría de ser la despedida real que tanto temió que llegara. Cuando ubicó un rincón solitario, desapareció del palacio tras un chasquido que nadie oyó más que Hermione…