Hola a todos de nuevo,
Siento mucho mi tardanza, esperaba publicar para el 14 de febrero pero mil problemas tuve con internet y otros no tan cibernéticos.
Bueno, he llegado con la tercera parte y final de este mini fic, espero que lo disfruten, este capítulo contiene de todo así que ojalá se entretengan bastante.
Comenzamos a conocer la lucha interna en Hermione y las reacciones de Harry al ver amenazada la normalidad de sus vidas por culpa de los cambios.
Gracias a todos por sus comentarios y por darse el tiempo de leerme. Nos encontramos luego con otra historia que se vendrá muy interesante ;)
Un beso enorme a todos y gracias de nuevo!
III. Nada importa ya
Habían pasado diez meses y contando. Las cartas de Hermione cada vez se hacían más distantes la una de la otra mientras que las noticias muggles que Harry escuchaba o leía sobre ella se volvían mucho más frecuentes. El éxito de Von Newman con su línea de alta costura, había tomado mayor fuerza gracias a esa nueva modelo tan demandada. La castaña ya había participado en cientos de comerciales, había acaparado miles de revistas y protagonizados diversos programas de entrevistas en dónde siempre las preguntas resultaban ser las mismas. Todos comentaban su vida, hasta su círculo de amigos más cercano. Cada cena familiar terminaba en conversaciones referentes a Hermione y Harry odiaba hablar sobre el tema. Guardó en el celo de su pecho cualquier opinión que se enfilara hacia su mejor amiga y nadie se atrevía a cuestionarlo. El moreno se había tornado hermético, bajó las calificaciones en la Academia de Aurores y preocupaba a sus seres queridos que no sabían cómo romper su coraza. Él estaba sumido a la total negación.
La velocidad de los acontecimientos sólo dejaba pendiendo de un hilo su vulnerable cordura. Harry deseaba ver a Hermione en persona, no por medio de una pantalla o una maldita fotografía. Cada vez que veía el rostro de ella en la pared de un autobús, daba media vuelta dándole la espalda caminando en sentido contrario. Ron y los demás estaban seguros que inevitablemente el moreno se había enamorado de ella demasiado tarde. Su fama era un globo aerostático que subía y subía sin parar. La idea de verla nuevamente en La Madriguera o al interior de la mansión de Grimmauld Place, era casi insensata. Estaban hablando de una celebridad ahora. El recorrido de Dorian Von Newman con su nueva colección, terminaba en Londres pero aún así, ninguno quiso hacer alusión sobre esa noticia. Resultaría muy doloroso despertar ilusiones que no tendrían fundamentos. Ella se iría de nuevo, dejando en su estela la amargura del vacío.
No obstante, una mañana en que Harry despertaba en su cama como todos los monótonos días, una lechuza de color gris se posó en el marco de su ventana. Al picar el vidrio, el ojiverde se levantó para recibir la carta que llevaba en su pico. La letra de Hermione en ella casi le extirpa el corazón de un zarpazo. La abrió violentamente temiendo haber roto incluso la misma nota en su interior:
"Harry,
Acabo de llegar a Londres y deseo con todas mis fuerzas poder visitarlos.
Estos meses han sido una locura de país en país, pero el sólo hecho de estar aquí
Me llena el corazón de una felicidad indescriptible. Reunámonos todos mañana.
Es el único día en el que puedo disponer de unas horas libres. Escríbeme.
Tu amiga, Hermione"
Fue como una electricidad que devolvió la vida a ese corazón inerte y aporreado. Dobló la carta con el cuidado de quien preserva un antiquísimo papiro añorando que esas odiosas veinticuatro horas pasaran volando. No podía ser mejor momento. Ron jugaba su más importante juego al día siguiente y sería un hermoso acontecimiento presenciarlo todos juntos desde las gradas del campo de Quidditch. Como un niño que recibió el mejor regalo de cumpleaños por adelantado, corrió a reunirse con los demás para platicarles de las buenas nuevas. A nadie le pasó por alto el cambio notorio en el moreno. Sus ojos de verde esmeralda centelleaban de pura emoción y no paraba de hablar siendo que antes debían sacarle palabra casi a los golpes. Luna, pese a su típica ensoñación, estuvo vacilante entre alegrarse o preocuparse. Ver tanta expectación en su amigo la inquietaba. Rogaba porque las palabras de la castaña fuesen un contrato inamovible. De lo contrario, Harry no sería capaz de soportar la decepción.
-¿Se dan cuenta que Hermone tendrá que disfrazarse para que no la descubran?- preguntó Tonks, apurándose un trago de su cerveza de manteca- El revuelo que causaría si alguien la reconoce ¿Pueden imaginarlo? Tan famosa aquí como el mismo Ministro- dicho esto, rompió en carcajadas del gusto.
-Quién iba a imaginar que su fama trascendería el plano muggle al nuestro, es increíble- comentó Ginny.
-Eso sólo son tonterías, sigue siendo la misma Hermione de siempre, lo sé- replicó Harry sin poder borrar la sonrisa de su rostro.
-Una celebridad verá mi partido… creo que estoy nervioso- dijo Ron con sus orejas excesivamente encendidas. El ojiverde resopló por lo bajo.
-Me pondré mi mejor capa- agregó Luna, encantada- No podemos desentonar al lado de una de las mejores modelos en la actualidad.
Las ansias se tornaron quinceañeras. Todos estaban emocionados de ver de nuevo a la castaña entre ellos, como una más del grupo y nada más que eso importaba. No importaban los caros contratos, ni los afamados comerciales ni los cosméticos de belleza a los que Hermione hacía publicidad. La joven volvería a ser la bruja intelectual que no se separaba de sus libros jamás. Las horas pasaron con fastidiosa lentitud, Harry casi no prestó atención en clases, se equivocó en miles de hechizos y transformó erróneamente a un compañero en nutria cuando sólo debía petrificarlo. Su mente no estaba en el aula y eso Tonks lo sabía perfectamente. Habló con él una vez los demás estudiantes desocuparon la sala, sin embargo, lo que quería decirle no podía siquiera pronunciarlo por miedo a que estallara en un arrebato de terquedad. Estaba enamorado y era algo absolutamente obvio, tanto que parecía mentira que estuviese ciego como un murciélago, necesitaba un buen remezón que le hiciera abrir los ojos pero no sería ella quien se lo diese, debía descubrirlo por sí mismo.
Cuando el día siguiente se abrió paso en una mañana esplendorosa, los chicos acordaron con Hermione por medio de carta, reunirse en la entrada del campo de juego. Los fanáticos pasaban con sus banderines y coloridos sombreros sin recibir la atención de un moreno que sólo frotaba sus manos insistentemente. Desde allí, podían oír sin problemas la voz aumentada del árbitro que dictaba las reglas del partido y presentaba a los equipos contrincantes. Los minutos aparecían como cruda amenazada de que la castaña llegaría retrasada. Ron ya estaba en los vestidores con sus compañeros, Tonks, Luna y Ginny comían de sus palomitas de maíz mientras veían que Harry perdía los colores del rostro gradualmente. Lo que temían estaba cumpliéndose. Hermione no daba luz alguna de aparecerse por allí. La espera siguió en vano por otros veinte minutos hasta el pitazo inicial y el estallido de la gente gracias al inicio del partido. Las tres brujas insistieron en que subieran a las gradas en vista de que su amiga no asistiría pero Harry porfió quedándose clavado en donde estaba. Las chicas se encogieron de hombros decidiendo finalmente, presenciar el importante juego para el equipo de Ron. El ojiverde mantuvo su esperanza inalterable. Estaba convencido que su mejor amiga llegaría, ella no era de las que no cumplían con sus promesas… la conocía como a la palma de su mano. No obstante, después de una larga hora y media, el partido acabó con el triunfo del pelirrojo. Sus tres aros invictos fueron la gran hazaña del día y Harry se lo había perdido por esperar a alguien que jamás llegó. La rabia consumió hasta el último aliento de sus pulmones. Su mejor amiga los había dejado plantados.
-Descuida, compañero- le dijo Ron en consuelo luego de reunirse con ellos- Ya sabemos que Hermione tiene una agenda muy ocupada. Si yo no estoy molesto, no deberías estarlo tú.
-No estoy molesto- mintió entre dientes- Los veré después.
Bajo la mirada atenta de los magos, Harry volvió a su mansión con el alma destrozada. Con violencia, tomó una de las revistas de modas en que la castaña aparecía en primera plana lanzándola a través de la sala hacia la chimenea. Después de tanto tiempo esperando una carta suya, una señal de vida que le diera sentido a la suya, su ausencia sólo logró envolverlo en más amargura. No estaba consciente de cuánto anhelaba tenerla a su lado hasta que esa estúpida ráfaga de ilusión lo embargó. La extrañaba tanto que la odiaba de manera desmedida. Pasó la noche en vela pensando en alguna excusa comprensible que fundamentara tal insolencia pero no halló ninguna. Dio vueltas en su cama imaginándola riendo en compañía de ese Dorian Von Newman que no le inspiraba nada más que desconfianza. Ese tipo tenía algo en su mirada que le quitaba el sueño desde aquella lejana cena en Milán. Estaba celoso, demasiado celoso como para dejar pasar lo sucedido. Por lo tanto, al despuntar el alba, Harry se ausentó de clases para ir directamente hasta el hotel en donde todo el mundo sabía ella alojaba. No recibir una nota de disculpa posterior por su agravio le encendió todavía más la furia. Caminó por las calles de la ciudad tratando de calmarse para no decir una barbaridad, pero no fue sino hasta estar a las puertas del edificio que sintió el verdadero desenfreno del enfado. La vio de inmediato, saliendo por las puertas de vidrio acompañada por el diseñador y un enorme tipo que debía ser el guardaespaldas. Dirigió sus pasos enfuruñados hacia ellos, apurando su velocidad para alcanzarla antes de que subiera a la limusina que los esperaba. Al tenerla a sólo un metro de distancia, la cogió por el brazo para enfrentarla.
-¿Eres demasiado importante ahora como para visitar a los amigos?- le disparó a quemarropa. Hermione lo miró con sorpresa a través de sus costosas gafas oscuras.
-Harry… ¿Qué…?
-¿Acaso no te importamos más? ¡Estuvimos esperándote por más de una hora, maldita sea!- el guardaespaldas empujó al moreno por la altura del pecho para librar a la chica de la opresión de su mano. Harry se desestabilizó pero no tardó en recuperar su postura. Trató de empuñar su varita sin importarle el público presente pero fue Hermione quien se interpuso.
-No, Harry… no lo hagas- esas palabras apaciguantes, siempre conseguían serenar los impulsos del joven mago si venían de ella. Bajó su mano abandonando la idea de atacarlo a punta de hechizos refulgentes.- Discúlpame por no haber asistido, tuvimos un percance que nos retrasó en una conferencia de prensa.
-Supongo que no les hablaste de amistad, ¿verdad?- atacó Harry- Porque déjame decirte que no sabes lo que significa esa palabra por casi un año.
-No digas eso…- sollozó la muchacha, herida por la crueldad en su tono.
-¿Tienes idea de lo que es esperar noticias tuyas que no sean las publicadas? ¿Nos hemos vueltos sólo unos admiradores para ti como tantos otros?
-Créeme que no pude…
-¡Claro que podías!
-Deja a mi estrella en paz- intervino Dorian, haciendo presencia omnipotente con su largo abrigo azul- Si quieres hablar con ella, arregla una cita como todo el mundo.- Harry pudo experimentar cómo esas palabras llovían sobre él como rocas. Estaba a pasos de su mejor amiga pero a millas de poder apreciarlo. Luego de diez meses sin tenerla en un mismo espacio, los segundos que pudo admirarla en silencio le cortó la respiración. Se veía tan bella que le dolía el corazón. Por sobre el hombro de aquel insufrible squib, reparó que Hermione dejaba caer una lágrima bajo sus anteojos que jugaban el papel de ventanas. Apretó su mandíbula de impotencia.
-Te aconsejo que te apartes o no responderé de mis actos- le amenazó Harry, penetrando a Dorian con la mirada aguda. El diseñador sonrió.
-El que debe apartarse aquí eres tú- debatió sin alzar la voz- Debemos estar en El Waldorf Hilton dentro de media hora y no haces más que retrasarnos con tus tonterías de adolescente. Hem Jean debe cumplir con una agenda en la que, lamentablemente para ti, no estás incluido. Andando.- ordenó finalmente, tomando a la joven por la cintura como había hecho su costumbre cuando quería robársela. El guardaespaldas hizo lo suyo haciendo retroceder al moreno con su robusto cuerpo y Hermione fue llevada en vilo hasta el interior de la limusina en donde volteó para ver a su amigo por la ventanilla trasera. Vio cómo el chico de la cicatriz quedaba atrás al arrancar el vehículo en primera…
El camino del llanto silencioso fue limpiado por el dorso de su mano con disimulo. Hermione no quería que Dorian viera lo afectada que la había dejado la repentina aparición de Harry en las afueras del hotel. Era un tema personal que no deseaba compartir con nadie. Sabía que había cometido un error, sabía que no había sido consecuente con sus actos pero qué más podía hacer, su vida tomó un camino distinto al imaginado, su vida ya era otra y debía ceñirse a sus decisiones. Una nueva Hermione estaba apoderándose de ella, una más liberal, más desinhibida, estaba madurando sin saber muy claramente si lo estaba haciendo bien. Ahora, con su mejor amigo frente a ella reprochándole su falta de educación, pudo confirmar que no. ¡Cuánto le hacía falta un cable a tierra firme!... Intentó limpiar sus lágrimas con cuidado para no correr su costoso maquillaje y descender del vehículo, tan glamorosa como siempre. No podía decepcionar a los medios de comunicación… "¿Pero sí a tus amigos?", una voz muy parecida a la propia la importunó con esa pregunta.
El Waldorf Hilton estaba abarrotado de gente. Nunca antes se había visto nada igual en ese lugar. La avasalladora fama de Hermione hacía temblar a las demás modelos conocidas en el rubro y lo más increíble de todo era que no perdía el aire asustadizo de niña inocente. La muchacha sonreía a las cámaras conservando la pureza que aún no era corrompida por tanta falsedad y huecos halagos. Se podía apreciar la enorme inteligencia en ella, su desplante natural, sus pasos resueltos entre tanta algarabía. La pasarela londinense la estaba esperando en la primera de las dos presentaciones que haría Dorian Von Newman en aquella ciudad. La próxima, programada al día siguiente, sería la más especial: Desfile en Día de San Valentín. Todo ojo popular estaba puesto en el acontecimiento consiguiendo tal recubrimiento mediático que cada movimiento resultaba planeado. Hermione estaba acorralada de preguntas y micrófonos. La mano del diseñador squib permanecía bien firme alrededor de su cintura como quien presume la mejor compra hecha en años. Se sentía tan sola que su sonrisa le rompía la seriedad casi con esmerado esfuerzo. ¿Qué quería demostrar? ¿Que ya no era la aburrida Hermione de Hogwarts? ¿La estudiosa, humilde, normal chica que se confundía con el decorado de un papel tapiz? ¿Era feliz entonces? ¿Era feliz ahora?... no sabía qué responderse mientras que contestaba a los periodistas la misma sarta de mentiras que había memorizado desde el día uno. Aquellos diez meses habían sido difíciles pero se pensaba fuerte para poder continuar.
La noche había caído sobre Londres. Su paso por el desfile había sido un éxito y salía del inmueble abrazada por el protagonista de la velada. Dorian estaba orgulloso de ella y de sí mismo. Había dado en el clavo con esa muchacha llenándose de una fortuna que nunca creyó posible. Era su descubridor y al mismo tiempo su representante. Ningún contrato o decisión era efectuado sin su aprobación. Así eran las cosas y así seguirían hasta que él lo determinara. Los relámpagos de las fotografías seguían cegándolos, Hermione no sabía hacia qué dirección dirigir su mirada, atendiendo a miles de peticiones de admiradores y conocedores de moda. Las voces desconocidas le taladraban los oídos necesitando paz por fin. Tanto escándalo la ponía de malhumor. El efecto de bola de nieve había llegado a un límite insostenible, el control que creyó ostentar se escapó de sus manos antes de darse cuenta, y para cuándo lo hizo, en todo spot publicitario estaba su famoso apodo marcado. Ya era imposible huir de allí por sus propios pies. Observó la alfombra roja y siguió la línea hasta la blanca limusina que los esperaba con su puerta abierta. El camino hasta ella parecía eterno, eran kilómetros de distancia adornados por personas inescrupulosas que venderían su alma por una imagen acusadora o inadecuada, algún error por parte de ella valdría millones. Tentador para aquellos sin espíritu y famélico bolsillo.
De repente, Hermione comenzó a sentir la falta del aire, el mareo de la asfixia le masajeó las sienes necesitando un rostro amigo en ese bosque de árboles atemorizantes. Dorian le decía algo a los oídos pero no lo escuchó. El eco la volvió sorda. La sensación del vacío logró morderle la convicción. No supo si los meses de fama, viajes y adulaciones cabían en el deseo de su corazón o sólo había sido simple curiosidad de joven novata. Las imágenes se volvieron borrosas e imprecisas ante ella. La ahogaban, la perseguían. Sin embargo, pudo escuchar nítidamente el chirrido de la goma cuando un auto se detiene de golpe. Los reporteros presentes se apartaron de ese taxi insolente que abría una de sus portezuelas como transporte de bandido.
-¡Hermione!- el llamado de Harry desde el interior la hizo despertar de ese sueño terrible y despabiló al instante. Se zafó del diseñador sin pensarlo y corrió hacia el vehículo empujando a algunos que se interponían en su camino. Abordó de un brinco y el moreno cerró la puerta indicándole al conductor que arrancara de inmediato. Toda la gente en el frontis de El Waldorf Hilton quedó estupefacta.
La carrera llevó a los jóvenes hasta la tranquilidad de Grimmauld Place. El silencio apacible de ese sector devolvió un poco la serenidad a una tensa castaña y sin intercambiar palabras con su amigo, descendieron del taxi al llegar a la mansión ancestral de los Black. Harry invitó a la joven a ingresar recibiendo su sonrisa como un regalo. Una vez dentro, el fuego crepitante de la chimenea envolvía la sala de una calidez de hogar que Hermione extrañaba tanto que soltó un gemido ahogado. Observó su entorno reconociendo que nada había cambiado desde la última vez que estuvo allí. Se dejó caer en el sofá demostrando su excesivo agotamiento. El ojiverde la miraba sin querer romper con la pausa deliciosa que existía entre ellos. Ya habría tiempo de conversar. En el momento en que vio los ojos angustiados de su mejor amiga al detener el automóvil, supo que había hecho bien rescatándola de tanta locura, por no decir "secuestrarla". Se alegró de tenerla en casa finalmente, sin interrupciones.
Hermione estiró sus músculos sobre los mullidos cojines y se quedó dormida unos minutos. Necesitaba dejarse vencer en el acogedor abrigo de un amigo. Harry la dejó descansar mientras preparaba algo de comer por si tenía hambre al despertar. Sin embargo, después de unos breves instantes, el sueño reparador fue interrumpido por su subconsciente. Su agitada vida de modelo le había desordenado los horarios sin poder dormir como realmente deseaba. Vivía cansada, pero siempre estaba alerta. La castaña se incorporó del sofá caminando por toda la sala con el mismo desenfado de un turista en un museo. Las antiguas fotografías de sus amigos estaban enmarcadas sobre la chimenea con sus rostros tiernos y sus risas pueriles. Aquello le hizo morder sus labios para reprimir las lágrimas. Acarició uno de los marcos con la yema de sus dedos. Reanudando su paseo, entre una torre de periódicos viejos, Hermione reparó que habían miles de fotografías de ella recortadas cuidadosamente. Harry coleccionaba todas sus imágenes con sagrada constancia teniendo miles a su haber. Estaban ordenadas según fecha y lugar, demostrándole que era un fan perfecto, dedicado. Se conmovió al imaginarlo en esa labor. Las tomó entre sus manos y repasó una por una tratando de encontrarse en esa joven de sensuales posturas. Las veía como si se tratase de otra persona.
-Ha pasado mucho en estos diez meses, ¿no?- dijo el moreno, entrando a la sala con una bandeja de refrigerios recién preparados.
-Parece que han sido años- se sinceró ella. Sabía que era momento de pedirle disculpas como era debido. Era lo mínimo que podía hacer. Por tanto, agregó- Perdóname por no haber asistido al juego…
-No digas más- la atajó Harry, dejando la bandeja sobre la mesa para volver a mirarla de frente- No quiero hablar de eso.
-¿Por qué fuiste por mí al Waldorf Hilton?
-Te vi en una televisión mientras transmitían el desfile en vivo… supe que no era el lugar en el que querías estar- esa oración atravesó a Hermione limpiamente. La conexión entre ellos no había desaparecido después de todo. Eso la consoló dentro de su torbellino de emociones contradictorias.
-Gracias, pensarás que soy una imbécil.
-¿Por qué?
-Por no atenerme a lo que decidí para mi vida- Harry resopló su desacuerdo.
-Lo has hecho y muy bien- al decir eso, apuntó las fotografías mediáticas que la castaña aún sostenía entre las manos. La muchacha sonrió con sarcasmo. Nunca imaginó que su mejor amigo tendría tal colección de noticias sobre ella. Siempre pensó que él ignoraba todo lo que hacía por no importarle ese mundo tan diferente. Harry volvió a hablar- ¿Por qué no me has escrito en todos estos meses?
-Lo he hecho…
-Has escrito para todos, pero no has escrito una carta para mí.- Hermione frunció el ceño al percibir que la tensión de la plática se elevaba poco a poco. Su corazón comenzó a latir con más fuerza.
-Lo hice cuando te dije que estaba en Londres y…
-¡Esa no era una carta, era un aviso de reunión para dejarnos plantados!- exclamó Harry con renovada molestia.
-¡Ya te expliqué lo que había sucedido!- refutó la castaña, ofendida al escucharlo sacar el tema de nuevo.
-¿¡Por qué no escribiste una carta para mí!?
-¿¡Y qué querías que te dijera!?
-¡Cualquier maldita cosa!- el sonido de sus voces alzadas rebotó por toda la mansión. Guardaron silencio para observarse de manera indefinida. Trataban de encontrar en sus ojos alguna respuesta ante tanta pregunta y como dos inexpertos no sabían cómo hacerlo. El pulso de Harry estaba descontrolado. Se había sorprendido de lo mucho que Hermione lo ponía a prueba. Desde que la había descubierto en esa tienda de ropa hasta el preciso instante de tenerla bajo su techo, cada pensamiento tenía ambiguas definiciones. ¿Era amor lo que sentía por ella? ¿O sólo miedo a que las cosas cambiaran?... la castaña no quiso hablar. Se negó a abrir sus labios para continuar peleando absurdamente. No quería arruinar su único instante de sosiego en mucho tiempo. Desvió la mirada hacia la chimenea para cortar la discusión y aquello Harry lo malinterpretó- Veo que te has vuelto tan fría como en tus fotografías de farándula. Dile a Dorian que hizo un buen trabajo contigo.
-¡Eres un desgraciado!- le replicó Hermione iracunda, lanzándole todas las fotos que tenía en sus manos a la cara. Se dispuso a salir de la mansión, pero el muchacho se apresuró para cogerla del brazo y voltearla hacia él. Sus pechos se encontraron de golpe siendo le distancia propicia para consumirla en un beso hambriento. La joven, tratando de liberarse para demostrar que su cólera iba en serio, no pudo ganarle al deseo que fue en incremento.
El baile de sus lenguas resultaba armonioso, como si se hubiesen besado millones de veces y volvieran a hacerlo durante un reencuentro. Gimieron al abrazarse apretadamente adivinando sus partes sensibles por sobre la ropa. Fue una caricia atrevida que jamás había ocurrido entre ellos antes. Harry la empujó hasta el sofá cubierto por algunas fotografías que le había arrojado. Entre portadas de periódicos y revistas, el moreno la desvistió con ansias viendo sus perfectas líneas dibujadas en la piel. Ella, como ágil amante, lo desprendió de sus prendas rompiendo los botones de su camisa y desabrochando la hebilla de su cinturón. Harry no podía creer lo que estaban haciendo. Nunca, en todos los años que llevaban conociéndose, pensó que compartirían un momento tan íntimo como ése. Besándose pieza por pieza, Hermione mordió su hombro invitándolo entre sus piernas para recibirlo preparada. No tardó en hacerle caso, y con la fuerza de la añoranza, el chico la penetró sin vacilaciones escuchando su jadeo contra el hueco de su cuello. Embistió mirándola a los ojos, resistía las oleadas de placer que lo azotaban casi como un mártir, mientras que ella apretaba sus muslos alrededor de su cintura. Las fotografías se arrugaban alrededor siendo víctimas de esa impetuosa batalla de pasión que los desataba. Hermione tomó algunas entre sus manos para estrujarlas con fuerza cada vez que el ojiverde le hacía perder la cabeza del éxtasis.
En un movimiento ligero, Harry se sentó en el sofá con ella sobre su regazo. Apretó sus glúteos para hacerla acoplarse a su medida e invadirla toda soltando un gemido que rasgó su garganta. Ambos, sumidos a un placer serpentino, olvidaron cada mes que estuvieron separados e incomunicados. La castaña se movía sobre él pidiendo un perdón que apremiaba, perdón por sus decisiones y cambios que desbarataron a un grupo de amigos unidos, perdón por no ostentar de la fortaleza que muchos creían que tenía pero que ella dudaba tajantemente. Necesitaba sentirse bella, dejar atrás a esa chica de la cual nadie se fijaba, una simple rata de biblioteca… sin embargo, dentro de esa sala, se sintió más hermosa y plena que nunca. Harry la recostó en los cojines nuevamente y la recorrió con la punta de su lengua, saboreando, humectando, bautizándola como suya. Para él era como someter en caricias a una Venus de Milo: perfecta, suave, firme. Tenía entre sus brazos a una mujer que por ciego no pudo apreciar primero que todos. Ahora, durante ese fogoso encuentro, podía hacer con su cuerpo lo que muchos sólo podían soñar. Los celos lo embargaron al pensarlo y la abrazó estrechamente contra su piel. No quería que se marchara jamás. No quería compartirla con nadie aunque a esas alturas resultaba algo imposible. Estaba amando a la admirada Herm Jean… no obstante, para él siempre sería su sencilla Hermione Granger. La volvió a embestir con fuerza, sintiendo cómo sus paredes se contraían a la llegada del orgasmo. Cada vez más rápido, el muchacho apagaba sus gemidos con besos cadenciosos, encerró sus roncos suspiros en la boca y acentuando más las caricias, el calor entre los sexos se hizo exquisitamente insoportable.
Harry despertó flotando en un cielo azul y despejado. Recostado en su cama con una hermosa castaña a su lado, supo que estaba esclavizado a un placer interminable. Nunca imaginó lo bien que podía hacerle compartir un cotidiano momento con alguien. El simple hecho de ver amanecer a través de las cortinas en compañía, hacía que el sol brillara mucho más que nunca. Acarició la mejilla de Hermione tan sutilmente que no logró despertarla. Parecía un ángel divino entre sus sábanas blancas y besó sus labios con el miedo de caer muerto como un miserable mortal cometiendo sacrilegio. ¡Qué extraña era la vida que estaban llevando!… ¡Cómo todo cambió su rumbo por una decisión impensada!… el hecho de que Hermione fuese una modelo que imperara en el mundo muggle, cuya belleza traspasaba fronteras, resultaba ser algo casi imposible de creer. Sin embargo, algo le decía a Harry que si Albus Dumbledore viviera podría decir en pocas palabras que las elecciones certeras o erradas daban sabor a la existencia. Sólo hay que ser valientes para enfrentar las consecuencias, eso estaba claro. El ojiverde debía ser valiente, se había involucrado demasiado con quien tenía un estilo de vida muy distinta a la suya… ¿Qué sucedería con ellos ahora? Temió que despertara tanto como temió hacerle frente a la muerte en muchas ocasiones. El golpeteo en la puerta de la habitación lo hizo sentarse de súbito en el colchón y dirigirse al umbral vistiéndose de prisa. Al abrir, la portada de un periódico lo saludó a la altura de su rostro: "Herm Jean huye de importante evento junto a un desconocido"
-¿Qué significa esto?- preguntó Tonks sin siquiera comenzar con un "Buenos días". Harry salió de la alcoba y cerró la puerta tras él para no despertar a su invitada.
-Puedo explicarlo…
-Creo que no hace falta- anotó la bruja mirando la fotografía en la portada con sarcasmo- Hay muy buenas imágenes de ti dentro de un taxi muggle y Hermione abordando en él.
-Debía hacerlo… sabía que ella necesitaba salir de allí.
-¿Tienes idea de lo que estás haciendo? Ella deberá irse y tú quedarás hecho pedazos.
-Sé bien lo que hago, ya no soy un niño- refutó haciendo aspavientos para que bajara la voz. Aquello hizo que Tonks frunciera el ceño.
-Hermione está durmiendo aquí, ¿no?- el moreno sintió que sus mejillas estallaban en llamas asintiendo como un asumido castigado – Harry… si juegan con fuego pueden resultar quemados. Ambos están demasiado confundidos.
-Gracias por la advertencia- la cortó el aludido- Si tiene que irse, la dejaré libre.
-¿Y qué harás si decide quedarse?- aquella pregunta logró cavar un agujero en su estómago. No pudo responder despidiéndose de la bruja con un gesto. Tonks desapareció de un chasquido no sin antes rodar sus ojos del enfado. Sabía que esos dos terminarían por lastimarse.
Harry volvió a ingresar al cuarto cargado con las palabras de la bruja sobre la espalda. Había mucho qué aclarar internamente pero no era el momento, ni el lugar… deseaba volver a disfrutar de la estadía de su mejor amiga en la mansión pero ese anhelo se vio intrincado al reparar que Hermione ya estaba despierta y se vestía a los pies de la cama. El miedo de perderla de nuevo le anudó las venas impidiendo el paso de la sangre a su corazón. No pudo siquiera preguntarle adónde se dirigía porque ya sabía la respuesta. El encanto había terminado y debían volver a la realidad. Se sentó en la cama, con un claro aire derrotado.
La castaña, por otra parte, no daba a vasto de tanta interrogante azotando su cabeza. Sabía que deseaba quedarse, pero tenía que dar un término a la vida de modelo que había decidido experimentar. Necesitaba una única señal para abandonarlo todo. Sin embargo, ver la vacilación en los ojos esmeraldas de Harry la sacudió de cierta inseguridad. No supo si confiar en lo compartido bajo las sábanas o rodearse con un muro para no resultar herida… ¿Había sido una fantasía cumplida para el moreno? ¿Pasó de ser su amigo a sólo un admirador que guardaba fotografías de ella con celo excesivo? Intentó evadir esas idioteces, era imposible que algo así fuese verdad. Llevaban años conociéndose, viviendo mil etapas y existía un cariño que de la noche a la mañana se transformó en mucho más que sólo eso. No tenía por qué temer.
-Debo regresar- dijo ella atando uno de sus delicados zapatos de noche.
-Lo sé… ¿Cuándo volveré a verte?
-Creo que ahora debemos ir a Nueva York, no sé muy bien cuándo regresaremos a Inglaterra- Harry asintió, pensativo.
-Dorian tiene todo planeado, ¿no?- Hermione lo miró de manera suplicante. No deseaba comenzar a discutir de nuevo.
-No seas así… él ha sido muy bueno conmigo- el joven bufó molesto ante esa afirmación.
-No confío en ese tipo. Sólo busca disfrazarte- eso último consiguió que la castaña frunciera el ceño y lo mirara de manera insondable.
-Bueno, ¿Y si lo hiciera, qué?- replicó sabiendo de antemano que la hermosa mañana se había ido al carajo- Nadie se fijó en mí cuando era la chica de cabello enmarañado, sedienta por libros y jeans gastados.
-Esa es la Hermione que yo extraño.
-¡Mentira!- exclamó sin medir su tono- Antes de lo sucedido en el Callejón Diagon, yo sólo era una amiga más para ti, capaz de diluirse entre los demás rostros sin ser notada, opacada por Cho, por Ginny… - el ojiverde no pudo debatirle. Verla tan seria y segura de sus palabras, lo intimidó- ¡Tuve que disfrazarme para obtener tu atención más allá de la fraternal! ¡Ron y tú nunca despejaron la venda de sus ojos para decirme que me creían una chica linda! ¿Te quejas ahora de que exista alguien que apuesta alto por mis atributos? ¡Nunca había tenido eso y gracias a ustedes nunca llegué a imaginar que fuese posible!- al terminar de hablar, la joven se dirigió hacia la puerta con los pasos firmes sobre la alfombra. Harry se puso de pie casi con desesperación.
-¡No te vayas, por favor!- la petición del muchacho frenó la marcha de su amiga. La castaña volteó con los ojos llenos de lágrimas. Se encogió de hombros tomando el pómulo.
-¿Por qué? ¿Para qué? ¿Debo quedarme por alguna buena razón?- Nada. No hubo frase que amortiguara el momento de la despedida. El moreno mordió su lengua consciente de que ella tenía razón: de no ser por el vestido que le obligaron a usar en esa tienda, quizás las cosas entre ellos seguirían igual que siempre. Él estudiando, ella también, compartiendo cenas en casa de los Weasley, bebiendo una que otra cerveza de manteca en Las Tres Escobas, camaradas como en tiempos de escuela. Se sentía tan culpable que no pudo emitir sonido alguno por su boca. Hermione tuvo que alejarse y triunfar de una forma desconcertante para darse cuenta que en su corazón dormía un sentimiento potente hacia ella. Ahora, todo lo que dijese sería interpretado de manera superficial… no era más que el típico fanático de una hermosa modelo, ¿Cómo remediar su equivocación? ¿Cómo decirle que la amaba de verdad?... El sonido de la puerta al cerrarse interrumpió sus cavilaciones. De pronto, sin poder hacer nada, se halló solo en la inmensidad de esa habitación.
Para cuando Hermione cruzó las puertas del Waldorf Hilton, un tumulto de gente la rodeaba como una bandada de buitres alrededor de su presa. El hecho que escapara con un extraño arriba de un taxi fue miel para la colmena de esas abejas hambrientas. Se publicaron miles de historias en diversos periódicos, miles de supuestos y desacreditaciones por su falta de profesionalismo. Todos preguntaban quién era el amigo secreto de la muchacha, pero ella no quiso referirse al tema. Los besos compartidos con Harry aún le ardían en la piel como gotas de ácido sulfúrico. La pesadumbre la abrasó al saber que había abandonado Grimmauld Place después de una nefasta discusión. Había dicho verdades que siempre guardó bajo siete llaves en su interior… ahora estaba vulnerable, con el corazón expuesto y sensible a cualquier palabra. Esperaba que Harry la retuviera de alguna forma, que le dijera que había aprendido a amarla como lo hizo ella en esos diez meses de ausencia… no le importaba que el detonante de todo fuese la suerte del modelaje, pero sí necesitaba saber si el moreno le hizo el amor a Herm Jean o a Hermione Granger.
-¿Dónde mierda estabas?- le preguntó Dorian en el mismo instante en que ella salió del elevador al llegar.
-En ninguna parte- respondió cabizbaja. Todo el equipo de vestuario y maquillaje la miraron con rostro disgustado. Al parecer, el diseñador descargó su enfado en ellos primero debido a su atrevimiento.
-¿Es todo lo que puedes decirme?- le insistió el squib.- ¿Tienes idea de lo que significa para mi reputación que hagas esta clase de estupideces?
-Necesitaba un poco de espacio…- Von Newman no la dejó terminar tomándola del brazo fuertemente para apartarlos de los oídos ajenos.
-No volverás a hacer algo así otra vez- le zanjó a quemarropa. La dureza de su voz golpeó los oídos de Hermione, quien tragó saliva amarga.- No me arruinará una chiquilla a la cual yo le di vida. Todo lo que eres me lo debes a mí.
-Eso no es cierto- replicó la castaña tratando de liberar su brazo por fin- Yo tenía una vida mucho antes de conocerte a ti. Si quiero puedo dar media vuelta y salir por esa puerta ahora mismo.
-No te lo recomiendo. Si lo haces, revelaré tu identidad… contaré que en realidad eres una bruja- le amenazó el diseñador- Les diré a todos que perteneces a un mundo mágico tan desconcertante que se caerán de culo al saber que es verdad. No creo que a los de tu clase les agrade verse descubiertos ¿o me equivoco?- Hermione quedó con la sangre congelada. Pudo ver en ese hombre un resentimiento sordo que mantuvo escondido todo ese tiempo. Fue entonces donde comprendió que su condición de squib le había hecho mella aunque intentara ocultarlo. Sintió lástima por él.
-Nadie te creerá.
-Habrá que averiguarlo, ¿no crees?- una luz diferente brilló en sus ojos al decirlo- No te atrevas a traicionarme, Herm Jean.
-Hermione- le corrigió la chica para luego girar sobre sus talones, dirigirse al equipo de vestuario y comenzar a prepararse para el último desfile en Londres…
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Nunca la cerveza de manteca había tenido tan mal sabor. Harry bebía de su vaso sin poder ignorar el hecho que su propia aflicción afectaba el gusto del líquido en su garganta. Con sus amigos alrededor de la mesa en Las Tres Escobas, relató lo sucedido en la mansión sin omitir las palabras dichas por la castaña. Tonks, Luna y Ginny asintieron dándole la razón a la joven y aquello no ayudó al moreno a sentirse mejor. La pelirroja le hizo ver que siempre había estado cómodo por cómo llevaba su vida sin preguntarse en ningún momento cómo se sentía Hermione con la suya. Nunca tomó un minuto de su tiempo para mirarla con otros ojos. Ahora, gracias a los enorme afiches publicitarios y ropa costosa, Harry se daba de golpes por no haberla notado antes como se merecía. Se ahogaba en cerveza de manteca como inútil intento de apaciguar el dolor del arrepentimiento. De pronto, cayó en cuenta que estaba rodeado de parejas en las mesas aledañas y bufó sonoramente.
-¿Siempre los días de San Valentín tienen que ser un asco?- preguntó con marcada desazón.
-Para eso los inventaron, Harry- comentó Tonks- Para que la gente solitaria como tú se sienta miserable.
-Gracias- ironizó el moreno apurando un nuevo trago.
-¿La amas?- soltó Ginny de repente.
-Eso ya no importa.
-Claro que importa, de lo contrario no estaríamos aquí viéndote tragar cerveza como si fueras un desagüe- opinó Luna.
-Deberías ir con ella y decírselo- dijo Ron consiguiendo que su amigo lo mirara con las cejas arqueadas.
-¿Desde cuándo te has convertido en el señor seguridad?- el pelirrojo le sonrió exageradamente con las orejas encendidas y los hombros encogidos.
Harry había cometido un grave error al dejarla salir de la mansión. Debió insistirle, quitar de su mente aquellas ideas locas sobre apariencias y falta de interés. La amaba totalmente, la extrañaba de forma dolorosa y la deseaba por lo que descubrió entre sus brazos, no en las sesiones de fotografía. Nada podía compararse al maravilloso momento de escucharla murmurar palabras íntimas al oído. Hermione Granger, ése era su nombre, ésa era la mujer que necesitaba tener a su lado, Herm Jean sólo era un personaje inventado que podía eliminarse fácilmente. Los retratos que guardaba de cada reportaje, sólo era una muestra de lo mucho que adoraba ese rostro perfilado, definido, femenino… él podría ser el fan perfecto de una estrella, pero prefería mil veces ser el amante perfecto de una mujer anónima. De un momento a otro, uno de los meseros de Madame Rosmerta llegó casi corriendo con una revista entre sus manos. Dejaba claro que le temía a su patrona y se deslomaba por cumplir sus caprichos al instante. La tabernera se alegró de tener el ejemplar en su poder abriendo sus páginas con apremio. "Me encanta esta chica. Ella solía venir aquí a menudo", comentó a los cuatro vientos ojeando la revista en donde el rostro de Hermione estaba en primera plana, como ya era costumbre.
Verla de repente golpeó el pecho del ojiverde con la fuerza de un tren a vapor. Posó su mirada en esa imagen perdiéndose en sus detalles. Los ojos castaños de la muchacha, revelaban un mar de emociones que deseó conocer y sumergirse en él. Su mente comenzó a poblarse de miles de razones por las cuales la amaba, todo tenía sentido, la distancia y los cambios que habían acontecido en esos meses fueron una aventura que experimentaron separados pero juntos al fin y al cabo. Tenía que impedir que Hermione se fuera de su lado otra vez. No podría soportarlo. Como un poseído se puso de pie bruscamente. La mesa tembló gracias a su exabrupto y las copas con cerveza se voltearon derramándose. El grupo de jóvenes lo miró con los ojos abiertos de par en par.
-¿Qué sucede?- preguntó Tonks asustada.
-Tengo algo qué hacer- dijo Harry con una sonrisa ancha, saliendo del bar a toda carrera.
No le importó Aparecerse cerca del Waldorf Hilton. En uno de los callejones del edificio, un chasquido interrumpió la monotonía de los sonidos. La tarde estaba avanzada, el sol estaba lamiendo el horizonte y la favorable penumbra cubrió a Harry, tan desbocado como un caballo salvaje. En la entrada principal vio que un grupo de periodistas obstaculizaba el paso con sus insoportables preguntas y cámaras fotográficas. Apretó sus dientes dirigiéndose hasta allá sin importarle ser insolente. Uno de los reporteros muggles lo reconoció y comenzó a vociferar: "¡Es él, el amigo de Herm Jean!". Como temió el moreno, una avalancha de micrófonos cayó sobre él pero los apartó con rabia. No tenía tiempo para boberías. Debía decirle a una chica que la amaba.
Zafándose como un ladrón de bancos, Harry cruzó las puertas de vidrio corriendo hacia el lobby. No escuchó a nadie y supo muy bien que lo estaban siguiendo de cerca los orangutanes de la seguridad. Trató de burlarlos. Sacó la varita desde sus vaqueros y con un "Confundus" logró que los dos tipos de enormes proporciones, se confundieran de camino sin saber qué mierda estaban buscando. Aventajado por esa ocurrencia, el ojiverde comenzó a buscar el camerino de Hermione. Debía estar en alguna parte con su nombre grabado en la puerta. Recorrió los pasillos imaginándose dentro de un laberinto con paredes de cristal. No sabía hacia dónde dirigirse. No obstante, cuando estuvo a punto de llamar a Hermione a voz en cuello, el apodo afamado de la castaña relució en letras negras. Lo había encontrado. Aliviado y envuelto en pavor, Harry se afirmó el corazón en busca de una calma imposible. Estaba yendo hacia el campo de fusilamiento a la espera de un tiro en el centro del pecho. Abrió la puerta de golpe pero sólo el vacío lo recibió con los brazos abiertos. Llamó a la muchacha un par de veces pero sabía que no recibiría respuesta. El espejo enmarcado con bombillas luminosas estaba rodeado de imágenes de Hermione por doquier. El moreno se vio asediado por ella creyendo que se volvería loco. Se sentó sobre la mesa del tocador preguntándose reiteradamente cómo hubiese previsto antes que todo aquello sucedería… ¿Por qué la castaña había confesado su necesidad de disfrazarse? Él no la quería disfrazada, la quería a ella, sencilla y verdadera. "¡Herm Jean!, ¡Herm Jean!", clamaba el público consiguiendo que el nerviosismo del muchacho fuese en aumento. Sin embargo, un sentimiento de propiedad lo embargó. Ella le pertenecía, nadie allí afuera la conocía como él. Bajó de la mesa de un salto, salió del camerino y fue hasta el evento del desfile mezclándose entre la multitud.
La pasarela ubicada en el centro del salón era blanca, ancha, lisa y elegante. El nombre de Dorian Von Newman cruzaba la pared con letras medievales mientras que enormes telones de rojo italiano colgaban en cada costado. El propio diseñador estaba en la tarima principal relatando prenda por prenda a través de los micrófonos. Cada vez que salía una modelo, el squib describía su indumentaria con un impecable lenguaje. Las luces de las cámaras chispeaban furiosas y los comentarios de los críticos de moda se escuchaban como ronroneos latosos. Harry se quedó entre los invitados al final de la sala. No sabía lo que estaba esperando, no tenía un plan establecido que lo ayudara en la urgencia pero cuando Hermione apareció por fin sobre el escenario, supo muy bien lo que tenía qué hacer. Toda la gente enloqueció al verla, su presencia exquisita los deslumbró sobremanera. El vestido que llevaba parecía ser parte de su cuerpo, una extensión de sus dimensiones y nadie podía verse más perfecta que ella en ese tono platinado.
La muchacha sonrió como pudo. Siempre sentía el estómago elevado hasta el cuello al momento de desfilar. Caminar cercada por un regimiento de reporteros no resultaba algo fácil para quien no tenía la práctica de años a diferencia de otras modelos en el lugar. Trató de mantener la serenidad y marchó sobre la pasarela repitiendo mentalmente todos los consejos que el equipo le daba para no caerse de bruces. Escuchaba su apodo a una sola voz y no pudo alegrarse por ello. Ya estaba agotada de esa vida, estaba harta de sonreír sin motivos y vestir ropas que no eran las propias… quería comenzar a vivir sin agendas ni prestezas. ¡Herm Jean!, ¡Herm Jean!, repetían de nuevo. De pronto: "¡Hermione!", escuchó claramente. La voz de Harry gobernó por sobre todas las demás. La aludida miró entre las caras desconocidas y unos bellos ojos verdes muy familiares le capturaron los suyos. Su estómago se retorció con fuerza deteniendo sus pasos sobre la pasarela. El público volteó para mirar al causante de la distracción de la célebre modelo. Harry carraspeó incómodo al ser súbitamente el centro de atención.
-¡Hermione… te amo!- soltó sin pensarlo. La muchacha retuvo el aliento. Todos los que estaban dentro de ese salón quedaron atónitos. Harry avanzó un par de pasos vacilantes- ¡Te amo desde siempre… pero fue en aquella tienda en donde abrí mis ojos ante ti realmente!- Hermione no podía creer lo que estaba escuchando. Los periodistas capturaban todo con sus cámaras sedientas sin perderse detalle al tiempo que la música dejaba de sonar en los altoparlantes. Al moreno no le importó- ¡Perdóname por no darme cuenta antes! ¡Tienes mucha razón en lo que dijiste, pero anoche todo lo que pasó entre nosotros fue verdadero… te amo a ti… no a la estudiosa ni a la modelo… a ti! - Dorian, como simple espectador de lo que sucedía, resopló de la rabia al ver su desfile interrumpido y más atención en la pareja que en su colección de alta costura. Por otro lado, la castaña se quedó de piedra. Jamás pensó que viviría un momento como aquel frente a cientos de personas que esperaban su reacción. Sus ojos anegados en lágrimas no se fijaban en otra cosa que en los de Harry y al sonreír, se derramaron por sus mejillas arruinando su maquillaje. Se deshizo de sus zapatos de tacón, recogió un poco su largo vestido por la parte delantera y brincó de la pasarela para correr a los brazos del joven mago, quien la esperaba con ansias. Ambos se encerraron en un beso candente que a nadie dejó indiferente.
-Te amo, te amo, Harry- le decía ella sin despegar sus labios contra los suyos para hablar- Perdóname por todo esto… por no escribirte… por querer ser alguien que no soy- el joven negó con la cabeza haciendo caso omiso a los micrófonos a su alrededor.
-Siempre has sido mi Hermione… en distintas versiones, claro- añadió logrando generar una risa fresca en la muchacha- ¿Lista para volver a casa?- Hermione asintió sin palabras, refugiándose en la amplitud de su pecho. Resultaba tan cómodo que creyó haber sido diseñada para ajustarse a él perfectamente.
-¿Adónde creen que van?- inquirió Dorian, cerrándoles el paso. Su discreción frente a la prensa fue olvidada durante esos instantes, mostrándose autoritario y despectivo. Harry al escucharlo, endureció su semblante.- Ya te advertí, mocosa, lo que sucedería si me traicionabas de nuevo.
-No es una traición, Dorian… renuncio- el sonido impresionado de los periodistas llenó el inmueble congelándose el tiempo- Este trabajo no es para mí- El moreno la abrazó con mayor fuerza entregándole su apoyo. El diseñador desfiguró su rostro del enfado y como enajenado cogió uno de los micrófonos para acercarlo a su boca torcida.
-Ustedes, amigos espectadores, ignoran la verdadera procedencia de esta modelo…- expuso el squib sin miramientos. Hermione hizo el ademán de detenerlo pero optó por contenerse. Dorian continuó- Si han de conocerla mejor, si en realidad se consideran unos fanáticos, deberán saber que ella… es una bruja- El silencio se apoderó del ambiente por varios segundos. Harry pudo escuchar fácilmente el golpeteo de sus latidos como tambores africanos al igual que la castaña. Sin embargo, luego de esa pausa expectante, las risas del público resonaron fuertemente. Al diseñador se le cayó la cara al no conseguir el asombro que esperaba.
-¡Con razón me siento embrujado por ella!- bromeó un reportero dándole leves codazos a un colega.
Dorian quiso insistir pero había perdido la seriedad de la gente. Habló sobre varitas y hechizos que conocía pero no logró recuperar la credibilidad por más que se esforzara. La gente se desternillaba de la risa mientras que Hermione se sentía mucho más tranquila agradeciendo el eterno escepticismo de los muggles. Al diseñador le salió el tiro por la culata. Cuando la pareja de jóvenes se dispuso a salir del Waldorf Hilton, el squib insistió en no dejarlos pasar. El moreno perdió la paciencia tomándolo por las solapas de su chaqueta costosa y acercándolo de un solo tirón le amenazó muy cerca del oído: "Déjala en paz o vivirás toda tu vida sin recordar ni siquiera tu nombre". El diseñador no tuvo ni que escucharlo de nuevo para obedecerle finalmente, tieso del miedo. El desfile había concluido.
Entre un escándalo mediático, Harry y Hermione abandonaron el edificio abordando un taxi a las orillas de la calzada. Entraron al vehículo sin prestar declaraciones estúpidas a un grupo de críticos que lógicamente ya tejían su propia versión de la historia. Era de suponerse que la irritable Rita Skeeter pondría a toda la comunidad mágica al tanto de los hechos, se daba por sentado que esa mujer daba su vida por un buen artículo y qué mejor que ponerse a inventar a expensas de la castaña. Sin embargo a ella no le importó. Aspiraba el perfume de Harry desde el límite de su cuello, sabiendo que con nadie podía sentirse más como en casa ni como una princesa rescatada de un cuento. Se besaron temiendo que el contacto de sus bocas los quemara ávidamente rumbo a la mansión y temblaban de deseo adictos a los roces del otro. Por otra parte, un grupo de amigos miraba un aparador muggle con sumo interés. Desde la decena de televisiones encendidas, Ron, Luna, Ginny y Tonks habían presenciado en vivo lo que había ocurrido en el desfile de Von Newman con una ancha sonrisa dibujada en sus rostros. Satisfechos de saber que todo había vuelto a la normalidad, se alejaron de la vitrina a paso cansino.
-Muy buen invento ese generador de imágenes, ¿no lo creen?- comentó la rubia.
-Lo único que lamento es que no podamos ver qué más sucede con esos dos- dijo Tonks, arrugando su nariz.
-¿Te has vuelto una pervertida?- preguntó Ginny, divertida.
-No… sólo quiero saber si Harry asistirá a clases mañana. Tiene un examen qué rendir y no creo aceptar ninguna excusa si llega a faltar- los chicos comenzaron a reír al escucharla. No obstante, en la televisión repitieron el abrazo afanoso entre sus dos amigos y Tonks suspiró, conmovida al verlo desde lejos- Bueno, tal vez sea indulgente por esta vez.
~FIN~
