Capitulo 15
Salí del gran comedor apurado, Scorpius apenas me había mirado, eso era lo que yo quería, sin embargo sentí un vacío al ver a mi único hijo odiarme, sin perder tiempo en sentimentalismos, marché directo a la salida al ver a Granger escabullirse del brazo del orangután, -¡Mierda, tengo que alcanzarla! –pensé- pero al salir del tumulto ya no le volví a ver, me enfurecí conmigo mismo y más aún con mi estúpida pierna que no me dejaba ser lo rápido que era entes, busqué desesperado por todos los pasillos cercanos pero no dí con ella, malhumorado por lo astuta que había sido la Gryffindor, resolví ir a las mazmorras, y replantearme el modo de actuar en lo sucesivo. Iba absorto en mis pensamientos cuando oí la voz chillona de la mujer…
-yo estoy casada Vítor ¿suéltame! –gritó. Sentí una puntada en mi pecho, un calor subió a mi garganta. ¡Lo iba a matar!, nada impediría que le retorciera el cuello. Entré. Lo agarré de la túnica y lo saqué al pasillo.
-¡la señora dijo que te fueras! –le espeté en la cara. El mamut se levantó miró a Granger y se alejó. Mi furia renació, pero esta vez era ella la destinataria.
-¿No puedo creer cómo dejaste a ese mamut que entrara a tu habitación, Granger!- le recriminé a pocos centímetros de su cara, acorralándola.
-él entró de la misma forma que tú –me dijo, tenía razón yo la estaba invadiendo, y esa no era la idea, no por lo menos cuando ella estuviera conciente, así que dije una tontería y me fui, no sin antes recalcarle que nos veríamos pronto, la pobre no tenía idea de cuan pronto nos veríamos…
Ya en mi cuarto me dedique a escucharla, Granger había puesto un montón de hechizos en las puertas, largué una carcajada, el dejar esa puerta sellada había sido una gran idea, por supuesto cualquier persona pensaría que era la forma de introducirme a su habitación, sin sospechar la verdad, me felicité mentalmente y luego de unos cuantos minutos al comprobar que dormía, tomé mi varita y entré a su cuarto.
Había poca luz, solo una penumbra que entraba por la ventana, igualmente mis ojos de gato la veían azorados, estaba un poco destapada abrazada a una almohada que la había puesto vertical a la cama y la acorralaba contra la pared con una de sus piernas.
Pude ver su trasero, la maldita tenía puesto un pijama cuya parte de abajo era solamente un pequeño short blanco, sus largas piernas estaban al descubierto y en los pies tenía puestos unos soquetes blancos, que la hacían verse más sexy.
Caminé hasta estar al lado de la cama y me senté en el borde subiendo mi pierna buena a la cama y recostándome a su lado.
Ví como se movía extrañada, también ví como me miraba somnolienta, saqué mi varita y le lancé un hechizo aturdidor, uno que aprendí estando en Azkaban, el hechizo consiste en dejarte conciente, sin poder defenderte, en un estado de semi conciencia, del cual no podes salir, no podes despertar, sin saber al día siguiente con exactitud si el recuerdo es real o una simple pesadilla…
Ella me miró asustada, le sonreí, y la empecé a acariciar, recorría sus brazos sus hombros su cuello, ella me miraba con sus enormes ojos café, sabía que no podía hablar, valla si lo sabía, cuantas veces me habían torturado con el mismo hechizo, cuantos crucios había tenido que soportar en Azkaban, sin poder gritar por culpa de ese hechizo.
El recuerdo de lo vivido hacía que sintiera dolor, y el dolor me hacía enfurecer más con ella, por lo que mis manos se posaron en sus pechos, le abrí la casaca botón por botón lentamente, sus ojos me pedían piedad, una piedad que no podía darle. Pareció entenderlo y los cerró. La ví llorar en silencio y esa imagen me hizo recordar otra. ¿Habría sido verdad?, ella hizo el mismo gesto que durante años quedó grabado en mi mente, el día que los azotes hicieron perder mi pierna, el día que antes de desvanecerme la ví en Azkaban, cerrar sus ojos café, y llorar en silencio.
