Capítulo I

Comienzan los Problemas

Máscara Mortal se despertó con un humor de los mil demonios que desdichados todos aquellos que estuvieran cerca de él, porque serían presas de su Sekishiki Meikaiha sin lugar a dudas. Pero afortunadamente no había nadie a sus alrededores. Tan sólo estaba el tranquilo y bien hermoso cielo azul, el blanco de las nubes, el sutil olor de las flores y la maravillosa brisa de la perpetua primavera.

Bien podía estar en el más hermoso paraíso que jamás hubiera sido capaz de imaginar hasta en la peor callejuela de mala muerte detrás de un bar en alguna ciudad. Le daba veneradamente igual, a pura verdad.

¿Huh?... miró a los lados, con los ojos entrecerrados. Sentía la boca seca, y un poco entumida. Observó detenidamente la palma de su mano, moviendo los dedos, cada vez más y más entrecerrando los ojos, con aire sombrío. ¿Dónde estaba?... o mejor aún... ¿cómo es que había llegado?... si su memoria no le fallaba —y no le fallaba, cabe decir— había estado por tiempo indefinido en la prisión que los dioses habían construido para él y los demás caballeros de oro, a todos aquellos que se habían atrevido levantar el puño contra los dioses destruyendo en pedazos el mundo de los lamentos en el reino de Hades, cuando fue la guerra con este último.

¿Qué hacía ahí?, ¿los habrían perdonado?, ¿acaso estaba realmente en el paraíso?

— No —sonrió con un poco de sorda, tensando la voz—. Debería de estar en la tercera prisión del infierno quemándome vivo por toda la eternidad en un mar de sangre hirviendo.

Bueno, no estar nadando precisamente en un mar de sangre hirviendo hasta el cuello le era alentador. Pero tanta belleza, tanta calma, tanta tranquilidad, tanta... cosa que haría sentir al caballero santo de Piscis como en su propia casa lo obligó a pensar seriamente en el deseo de estar en la tercera prisión nadando con otros. Aunque fuera por unos segundos.

Pero había algo que no cuadraba.

¿Cómo diablos había llegado ahí? ¿Escapando?... Imposible. No había esperanzas de escapar de la prisión de los dioses. Sin embargo, ahí estaba, ¿realmente era posible? El cantar de un pájaro cerca de ahí le contestó. Y no sólo un pájaro. Estaba en un gran claro con la maleza tan baja que parecía suave pasto bajo de él. Y ahí deparó en un pequeño detalle: estaba desnudo. Se sentía extraño. No era que le diera pena, ni nada por el estilo. Simplemente era incómodo. Bah, pero qué importaba. Su mente divagaba en otras cosas.

Si él estaba ahí, significaba que estaría alguien más. Porque, siendo franco, era imposible que solo él i—especialmente ÉL—/i corriera con tal suerte. Se llevó una mano a la boca, haciendo memoria. Era inútil. No lograba recordar nada. En la prisión su mente viajaba como si estuviera en medio de un sueño. Recordaba muy, muy vagamente estar ahí... simplemente, iahí/i, cuando sintió que caía... despertando como en medio del perfecto campo inglés.

Se levantó... tal vez, buscando por medio de su cosmos estaría alguien. En el peor de los casos sería Afrodita, pero sería una suerte de desgraciado considerando que era una oportunidad de 1 entre 12. Casi a desgana se concentró pero para su sorpresa sintió la presencia de tres sujetos yendo a su dirección con alta velocidad.

Abrió los ojos cuando el rugido de un motor fue audible. No sabía que hubiera automóviles en el paraíso, pensó frunciendo el ceño desdeñoso.

Cerca de ahí había un camino de cemento que era la vía por donde se acercaba un vehículo. Este era muy bonito, chiquito, color rojo esmeralda con cuatro asientos. El primero ocupado por el conductor, y lleno también los dos traseros. Venía a buena velocidad, muy a gusto con la vida, cuando Máscara Mortal corrió a su encuentro con la precaución de ponerse justo en la vía a poco menos de seis metros del carro. El conductor rápidamente aplastó el freno y se ladeó totalmente hacia izquierda saliéndose del camino, mientras los acompañantes soltaban un grito de terror.

Máscara Mortal sonrió dulcemente, ¡ojalá hubieran gritado más alto!

— ¡¿Es-están bien, niños?! —exclamó el conductor asustado, inspeccionando con la vista a los dos infantes.

— ¡¡Buaaa!! —chilló el menor mientras su hermana lo calmaba.

— ¿Qué pasó? —dijo más compuesta la muchacha, a pesar de que su voz temblaba—. ¿Qué pasó, papá?

— Casi atropello a alguien... —murmuró sin voz, desabrochándose el cinturón para voltearse mejor con sus hijos. Su vista se dirigió al punto donde había estado Máscara Mortal, sin embargo, en el camino ya no había nadie.

Eso fue porque el caballero de Cáncer se había aproximado por el lado del conductor, con los brazos cruzados. Su cara no era si no otra cosa que la amenaza personificada.

— ¡Ustedes! —demandó con fuerte voz haciendo saltar al conductor y asustando hasta el alma a los chiquillos—, ¡van a decirme dónde estoy y rápido si es que saben lo que les conviene!

Era por mucho la criatura más horrenda y deforme que habían visto en su vida. Con el cabello en forma de picos hacía un lado, desparpajado, una maquiavélica hilera de dientes parecido a los de un tiburón, unos ojos enfermos y la piel bronceada, o mejor dicho, sin pelaje, puesto que se encontraba desnudo y no poseía prenda alguna se había apoyado observando el interior del carro. Tenía una expresión tan psicópata que infundía miedo, uno de verdad. El padre se había alejado pasando una mano delante de los muchachos, que se arrinconaron en la parte más alejada del asiento.

— ¡Contéstenme rápido o juro que les arrancaré la lengua! —y violentamente pateó la puerta con tal fuerza que ésta saltó, doblándose como si fuera papel.

Pero por más aterrador que fuera, el padre y la niña no pudieron menos que intercambiar una mirada confundida.

Verán, la lengua materna de Máscara Mortal es el italiano, pasando a manipular un perfecto y casi envidiable griego por la larga estancia que llevaba en Atenas. Sin embargo, ninguno de esos tres conocía el italiano, y con menor razón qué era el griego, así que lo único que llegaba a sus oídos eran sonidos incoherentes e inteligibles.

— ¿Qué? —articuló tenso.

¿Había hablado en inglés? El caballero de Cáncer iba, pues, a preguntar lo mismo en inglés, que si bien no lo dominaba entendía más o menos su lógica, y en sí no era difícil. Abrió la boca, dispuesto a eso... cuando se quedó mudo de repente. Se congeló y por acto reflejo soltó un gemido alejándose del carro como quien ve a un animal ponzoñoso. Parpadeó anonadado, mascullando internamente CÓMO NO SE HABÍA PERCATADO ANTES...

Aquellos tres seres eran... ¿eran conejos?, ¿¡conejos!? Lo que conducía, los que vestían entalladitas ropas, los que habían hablado... ¿¡Eran conejos!?

Se quedó sorprendido cosa de un instante, mientras que... "Papá Conejo" aprovechaba para acercarse al volante, sin quitar mirada al caballero.

— Habla —retó Máscara Mortal en un extraño acento.

— ¿Que hable?, ¿sí habla mi idioma? —miró a sus hijos los cuales se habían asomado un poco, sin embargo, seguía precavido—. ¿Quién es usted?, ¿qué desea? —preguntó con nuevo énfasis, desafiante.

— ¡Puedes hablar! —los observó pero no se lo creía... ¿conejos parlanchines?... ¡qué se lo llevara el traste!, ¿¡cómo era posible!?

— ¿Qué son ustedes? —prosiguió el caballero, acercándose—... ¡Hey!, ¡respóndanme, ¿dónde estoy?!

— ¿Que si "quién soy"?... —murmuró "Papá Conejo", apenas comprendiéndolo en un acento tan marcado—. ¡Tú fuiste el PARANOICO con quien casi tenemos un accidente, ¿y todavía me exige un "quién soy"!?

— ¡¡QUE SI DÓNDE ESTOY, ESTÚPIDO ANIMAL!!

Los niños soltaron un grito cuando el ademán de Máscara Mortal se convirtió en un aura que lo envolvió, pues por el grito, séase la costumbre, había echo explotar una pequeña parte de su cosmos. Pero asustado el padre, éste logró decirle, en forma muy, muy clara un "STAY AWAY FROM ME!!" encendiendo en un golpe muy limpio el automóvil y huir con mucha velocidad por la vía, con el pedal hasta el fondo.

En otras circunstancias, Máscara Mortal habría corrido para alcanzarlo sin mucha dificultad, y así obligarlo a parar, o al menos, aventarle un fugaz ataque, que sin duda alguna lo haría volar... pero estaba confundido. Se quedó ahí todavía, sin atinar mucho qué decir.

¿Habían sido conejos?... ¿conejos parlanchines?

Parpadeó una vez más y se tambaleó, llevando su mano hasta la cabeza. Debería de seguir confundido. Después de todo, llegar ahí, despertarse desnudo, ahora alucinar... pero no. Realmente, habían sido conejos.

— ¿Pero qué demonios?... —y recuperando un poco la compostura escupió al suelo, enfadándose. Definitivamente, se sentía extraño en ese lugar. No iba a dejar que algo así lo perturbara. Él, el Caballero de Cáncer, el ser que había visto y pasando libremente hasta las puertas del infierno, Yomotsu Hirasaka, ¿dejándose perturbar por unos... conejos? Extraño, por supuesto que lo era. ¿Pero que lograran dejarlo así? Qué indignante... se sintió patético. Gracias a los Dioses, dijo sinceramente a sus adentros, estaba sólo y nadie lo había mirado. Comenzó a caminar por medio de la vía en dirección a donde habían huido aquellas cosas.

Encontraría la indicación... algún indicio de cómo y por qué estaba ahí. Y en esas, cuando ya llevaba fácil una hora caminando encontró un cartel en buen estado, con ciertas palabras en inglés. Era lo que necesitaba. Se acercó a ella y la observó.

— Corne... lia... —pronunció lentamente, para luego separarse un poco, evaluativo—. Cornelia a 20km.

No era el nombre de ninguna ciudad que conociera. Bueno, no era exactamente conocido para él alguna zona en el mundo donde existieran conejos parlanchines. Pero era la indicación más firme que había adquirido desde que llegó ahí. Empezó a caminar, sintiendo que el clima ahí era cálido y acogedor, a pesar de que jamás paraba de correr el aire, haciendo que sintiera frescura. Masculló un poco. Estaba desnudo, claro que sentía frescura. Pero suspiró cerrando los ojos. Un mal pasajero. Encontraría ropa. Tenía hambre. Encontraría comida. Y una vez allá se las ingeniaría para saber dónde estaba Grecia... pero tenía un presentimiento.

No era que el santo de Cáncer frecuentara los presentimientos. Pero cuando los tenía por lo general es que algo realmente muy grave iba a suceder. Así que ese mal augurio no mejoró su humor, haciendo que hiciera hasta aquel hermoso paisaje un recorrido pobre y desalentador. Oh, tenía una magia para ése tipo de lugares...

— Cornelia a 12km.

Se preguntó de la suerte de los otros. Si vaya, aquél fanático de la naturaleza —no se explicaba si era a Piscis o a Tauro— estuviera ahí, encantado de la vida. Eran puras y hermosas praderas, donde de fondo lo cercaban árboles y pinos, de un verde fuerte que olían desde la distancia y una meseta se levantaba todo lo que era su izquierda, tan bonita como monótona, con más árboles y pinos. También había pájaros, cantando por ahí y allá. Y uno que otro mapache... o animales parecidos, pero que sospechaba serían distintos a los que conocía. Agarró una piedrita y arrojó en algún punto del bosque, con la esperanza de silenciar al avecilla cantora. Estaba muy lejos para darle, y de pura coña se acercaría para matarla. Pero luego de 10 minutos largos de caminata consideró de nuevo eso.

— Cornelia a 7km.

No hay problema; él alcanzaba la velocidad de la luz. Pero mierda, estaba aburrido. Y así ni ganas. El caminó empezó a cambiar sutilmente, y ahora un grupo de colinas ocultaba su vista al frente. Pero frunció el ceño. Desde que sus amigos los conejos se habían ido, ya no había aparecido nada por ahí. Pero sintió los sonidos de más motores, que primero era un murmullo imperceptible se hacía cada vez y más fuerte, deteniéndose.

Leyó el cartel. Cornelia a 4km. Justo la distancia que tenía la última colina, más alta que las demás. El sonido se hacía más y más tangible, amortiguado vagamente por la distancia.

Era sonido de ciudad.

Una ciudad posiblemente muy, muy grande.

Pero Máscara Mortal entrecerró los ojos, precavido.

Había visto un automóvil... y ese camino de cemento estaba en muy buenas condiciones. Que va, estaba perfectamente hecho. Y los carteles que había observado estaban lejos de estar en un estado de oxidación. En algunos veía todavía su reflejo, haciendo honor a que tenían cuidado constantes. Y sólo una ciudad rica, como alguna capital se permitía de tales detalles. Una muy organizada, y el traje de los conejos parlanchines, a pesar de que no sabía nada de moda, eran muy buenas... es más, Papá Conejo tenía traje, con corbata y todo...

Estaba a pocos metros de subir por fin la colina y el sonido era mucho más fuerte. Parpadeó, un poco titubeante...

¡Pero qué demonios!... Apretó los puños y con paso muy firme y decidido cruzó todo el trecho y al fin, vio la ciudad.

Ni aún la primera vez que fue capaz de ver Yomotsu se había plasmado en su cara tanta impresión a como la tenía justo en ese momento. Una ciudad... no, una metrópolis, un territorio gigantesco que no llegaba a verle fin, porque desaparecía hasta la vista se presentó ante él, brillando en todo un esplendor ya que era casi blanca, gris, y contrastaba con un océano que estaba en la parte derecha. Pero era una metrópolis gobernada por puros rascacielos, y algunos tan enormes que si desde esa distancia daban respeto, ni se los imaginaba ya que estuviera cerca. Caminos, puentes colgantes de aquí y allá, y cada uno de estos repleto de objetos en movimientos, tanto de carros como de peatones. Y ciertas partes tenía repleto de verde, lo que hacía un panorama curiosamente limpio, una utopía, como manejaban ciertos filósofos que alguna vez llegó a leer. Una pantalla gigante arriba de un dirigible fue lo que llamó su atención. Se veía la imagen de un sabueso con lentes que hablaba, y entendió algunas palabras.

República. Cornelia. Capital. Presidencia. Fuerza de Seguridad del Estado. Seguridad Espacial...

Y mostraba imágenes de... un momento. Máscara Mortal ladeó la cabeza. Había visto ese tipo de naves en el cine, no hacía mucho. Naves intergalácticas. La ciencia ficción de las personas ahí...

De repente volteó hacía atrás cuando un fuerte rugido se acercó y se cubrió la cara cuando una fuerte brisa de aire chocó contra él. Observó rápidamente qué era. Era una de esas naves que mostraba la pantalla. La cual había cambiado a la visión de una reportera... no, una especie de gato, o zorro, con maquillaje, esbelta y traje rosa con corbata, diciendo "Good Morning, Dear Cornelia" y empezaba los pronósticos del clima de esa mañana, prometiendo un luminoso y caluroso día de sol...

Cayó sobre una rodilla, mirando sin mirar al frente...

— ¿Dónde... dónde estoy? —masculló buscando fuerzas para levantarse.

Esperó que su mareo pasara, lo cual fue un par de minutos. Muy bien, se calmó. Se llevó una mano a la cabeza y suspiró, mirando desafiante la ciudad. Iría ahí y encontraría las respuestas que explicaran dónde, cómo y por qué había llegado. Usaría la fuerza, si era necesario.

Antes procuraría un poco de ropa, por supuesto.

Y empezó a caminar rumbó a lo desconocido.