Capítulo II
Perdido en la Ciudad
El señor Browner era un gran mapache que salía todos los días a tirar la basura en una cesta al lado de su casa. Todos los días. De ahí recogía el periódico, desayunaba tostadas y se iba a trabajar.
Vestido casualmente con un gran y holgado pantalón con cinturón ajustable, una camiseta interior y un suéter con modestas sandalias salió de su casa, teniendo la mala suerte de encontrarse de cara con un ser que nunca antes había visto en su vida.
Aquí, queridos lectores, explicamos quién era el señor Browner que no pasará a mayores en esta historia.
El caballero de Cáncer era dicho sujeto raro. El mapache se preguntó si eso arruinaría su rutina.
Este personaje nunca sabrá de por qué es importante. Tan sólo me limitaré a decir que fue la primera víctima de Máscara Mortal en ese nuevo mundo.
El santo de Cáncer observó aquella deformidad con patas que era de su tamaño; con imitaciones de una postura humana que no supo si darle asco o curiosidad. Se le acercó. Apenas llegaba a los límites de la ciudad, en una pequeña urbanización que constaba de puras casas. Fue casualidad que saliera el mapache quien lo miraba de forma tan directa que era grosero.
El mapache lo saludó.
— Me servirá —murmuró directo al grano mirándole de arriba abajo.
— ¿Eh?, ¿servir de qu- aaaaahhhhhh... —gimió antes de caer inconciente al suelo tras un golpe en el estómago.
— Tu ropa —fue lo único que dijo Máscara mientras lo arrastraba por detrás de la casa.
A él le importaba en una misma calidad el amor del prójimo como la moda en si. Es decir, ni se observó siguiera cómo chingados le quedaban los pantalones mientras se pudieran ajustar para no caerse; con la camisetita interior y sobrepuesto el suéter y así, guarachudo, se dirigió a la gran ciudad al menos feliz de que el calzado le entraba bien. No le gustaba la idea de irse a pie desnudo ya que el pavimento estaba helado.
Un gran e imponente edificio se alzaba como si se perdiera en el cielo y en lo largo de la calle había varios puestos de comida con mucha clientela. Cruzó la calle mientras escuchaba a lo lejos una exclamación de "Hey,mom! Look at the stranger walking!!" y repentinamente una voz en coro se alzaba. Dio la ilusión de mirar un fenómeno perdido del circo.
Parecía que el tiempo se detuvo. Los observó lentamente con una cara que muy pocos habían visto y vivir para contarlo.
Hombres, mujeres, niños y ancianos estaban atentos a él entre exclamaciones de lo extraño que era. Entre otras cosas que logró traducir.
Cualquier otro caballero se hubiera sentido ofendido por eso. Pero comprendiéndolos. Estaban en otro mundo y naturalmente era uno el extraño. Aparte, con tanto civil como madres de familia e infantes lo dejarían pasar, siguiendo con su rumbo...
... pero Máscara Mortal no era cualquier caballero. Lo mismo que lo del prójimo y su gusto por la moda le importaba que fueran civiles.
Levantó su dedo y les apuntó, exclamando en limpia voz:
— Sekishiki Meikai-!!
Una señora que salía distraía de las puertas de la oficina... un mono, al parecer... lo había distraído con un grito de terror mientras caía aventando su papelera. Máscara Mortal canceló su ataque, observando consternado a la mujer.
... imposible... no podía acostumbrarse a ver animales con traje...
Y se giró prosiguiendo su excursión golpeando intencionalmente a un joven (perro, coyote, lo que sea) que se estrelló en el mero piso. Cuando todos se acercaron para seguir al caballero este incrementó su cosmos y se alejó corriendo, casi a la velocidad de la luz.
Paso un par de horas sin rumbo fijo sucediéndole todo tipo de cosas que para la mente sana de nuestros lectores no diré. Cuando se dio cuenta de que aquella zona parecía más desértica por peatones decidió a caminar mucho más lánguido con las manos dentro del bolsillo del pantalón.
Necesitaba sentarse. Algo lo tenía muy mareado, y no sabía si era la altitud o sus constantes impresiones.
Pero al saberse que había aguantado paramos tan hostiles y acostumbrado su cuerpo a bases de golpes, sospecho peligrosamente que era lo segundo. Miró a su alrededor... Por arriba de él estaban dos puentes colgantes donde corrían sin parar todo el tráfico. Perfecto. El parque estaba sólo. Seguramente era hora del trabajo y horarios de clases. Se acercó a una banca y suspiró aliviado. No tenía ni idea de dónde comenzar. Se inclinó hacia delante mientras descansaba su cabeza entre las manos.
Luego tendría tiempo para seguir buscando. Sólo quería que su dolor de cabeza desapareciera. Se acostó en la butaca boca arriba, observando el monótono gris del puente colgante, inconcientemente acostumbrando sus oídos al rumor de los automóviles. Dormirse seguramente lo ayudaría un poco. Así que dio un bostezo, cansado, cerrando lentamente los ojos...
— Afrodita, Afrodita —alguien lo llamaba, pero su voz sonaba tan lejos, que mas que palabras firmes, eran ecos que se perdían deformándose en su cabeza— levántate, Afrodita.
Pero el caballero se encontraba sumiso en el mundo de los sueños. Se inclinó hacia un lado y se percató que unos brazos sujetaban su cabeza, que lo dejaban sobre el suelo para dejarlo descansar otra vez.
— Afrodita, despiértate.
Volvió a pedir la voz, moviendo esta vez su cuerpo un poco. El ruido amortiguado de un torrente de agua llegaba a sus oídos, al compás mientras decían su nombre.
— Puedes despertar.
¿Podía?... si estaba descansando en el sueño eterno que le dieran los dioses, en su prisión en el Santuario. Su lugar etéreo, donde no había principio ni final, o un abajo o un atrás... sin tiempo, sin dolor, sólo el vacío flotando imperceptiblemente para todos y ningún lado...
Sintió como unas gotas de agua helada chocaban y se deslizaban sobre sus parpados cerrados. Forzó los ojos, mientras los abría lentamente encandilado por la luz que llegaba hacía él, a pesar del frondoso follaje que podía sentir...
Sentir... otra vez aquella sensación del tacto, la cual creía perdida. Su mano, que yacía inerte a un costado percibía el frío pasto y rascó inconcientemente, levantando gramos de tierra. La luz se hizo más fuerte a la soplada del viento, donde las hojas de las copas de los árboles se hacían a un lado. Cerró los ojos con fuerza haciendo un gesto. Observó alrededor. Aquello no era la nada. Estaba... en algún lugar. Un bosque. Sí... un bosque muy, muy hermoso... con los altos y frescos árboles sobre él y una pequeña fuerte de agua helada donde había dejado caer su mano, sin darse cuenta.
— Parece que no tienes nada grave —le dijo la voz de un hombre que estaba inclinado mientras se alejaba, con un timbre de voz más tranquilo.
Miró a este hombre por unos momentos, todavía confundido.
— ¿Camus? —murmuró haciendo que el aludido inclinara la cabeza en señal de reconocimiento, con una pequeña sonrisa.
— Dime, ¿puedes levantarte? —le preguntó cortésmente mientras le daba una mano para ayudarlo. El santo de Piscis observó aquella mano mientras inclinaba a un lado la cabeza, tocándose débilmente las sienes con los dedos. Todavía se sentía mareado. Estuvo así el tiempo suficiente para normalizarse.
— ¿En dónde estamos? —preguntó Afrodita sentándose, percatado entonces de un detalle que se le había escapado, y era que no tenía prenda alguna encima. Se miró las manos, confundido. Parpadeó. Parecía que había sido mucho tiempo atrás la última vez que las había visto... pero no sonrió. Se quedó serio, un poco sombrío. Recordó la prisión, lo que habían hecho para merecerlo... y otra vez, tener cuerpo, disfrutando del aire de la libertad...
Observó de soslayo a su compañero, el caballero de oro de la onceava casa, el cual estaba en las mismas que él. Frunció un poco la boca. El brillo de tranquilidad en los ojos de Acuario no se había inmutado. Un poco más y llegaría a ser desinterés, pensó Afrodita. Aceptó la mano que le daba y, un poco tambaleante, se levantó. Observando con nuevo ojo crítico el lugar.
En la atmósfera percibía algo raro... algo que nunca antes había sentido. Era un sentimiento muy único. Era un aire cálido y acogedor. Sentían la seguridad y tranquilidad de la misma naturaleza, como si siembre hubiera estado ahí... es decir, no lo despedía alguna ser en particular, si no lo hacía el bosque mismo... en sus plantas, en el agua, y en el viento, aún en los pocos pero inevitables cantos de alguna ave.
— ¿En dónde estamos? —volvió a preguntar el santo de Piscis dando una vuelta, impresionado.
— Es la primera vez que observo un lugar como este —le contestó, un poco más serio.
Afrodita se llevó una mano a la cintura, mirando la copa de los árboles. Soltó un bufido. Conocía bien al santo de Acuario. Frialdad, temple en todo momento. Una actitud bastante seria y objetiva ante todo tipo de situaciones, inalterable hasta en las peores circunstancias y siempre, siempre precavido, haciendo que fuera cortes y atento, para ciertas personas. Y agradeció eso.
— ¿Mientras estaba dormido no recorriste los alrededores?
Pero el santo de Acuario movió negativamente la cabeza, mientras se acercaba al arrollo.
— Desperté poco antes de tú... sin embargo, me quedé pensando que lo más conveniente sería seguir el sendero del agua con la esperanza tal de encontrar a alguien más. Los pueblos y las personas tienden a estar cerca del agua limpia de un río.
— Un momento —Afrodita levantó la voz, cruzándose de brazos—. Antes dime cómo es que llegamos aquí. Aunque me supongo que no lo sabes.
Camus lo miró por unos segundos antes de volver al torrente de agua.
— Jum —soltó un sonido algo desdeñoso el santo de Piscis, y luego sonrió, de la forma particular que le era característica—. Está bien. Busquemos civilizaciones en este lugar. Oh, nos será muy fácil pasar inadvertidos; cuando nos pregunten dales la versión de que somos dos amantes en una aventura que desafortunadamente caímos en manos de ladrones, despojándonos de vienes y de ropas. Nos ayudarán, estoy seguro.
— ¿Por qué precisamente amantes?
— No pensarán que dos personas tan bellas como nosotros estarían originalmente sin motivo hasta la parte más profunda del bosque —seguía sonriendo, sin quitar la mirada en el semblante de Acuario.
Pero si Camus tuvo algún comentario al respecto lo suprimió con creces y honores olímpicos, totalmente inexpresivo. Afrodita soltó una risa divertida. No es que le gustase el santo de Acuario. No, nada que ver. Pero su aparente frialdad llegaba en ocasiones hasta ser divertida. Y sólo los Dioses saben el tipo de humor que llegaría a divertir genuinamente al autonombrado caballero más cruel de los doce.
Orgulloso entonces se encaminó al sendero y le hizo con un gesto de la mano a que Camus lo siguiera. Pero este se cruzó de brazos mucho más firme y entrecerró los ojos, gélido.
— ¿Molesto por lo que dije? —murmuró enfatizando la sonrisa.
— Deberías de tomarte esta situación más en serio, Afrodita.
Al instante la sonrisa de Piscis desapareció y su expresión se hizo tan fría como la de él.
— Estoy conciente de la situación —confesó—. No creas que me pasa de largo llegar a un lugar como así, sin memoria, sin misiones... por ahora me inclino a investigar. Tú y yo necesitamos eso.
— Y posiblemente estén los otros también —se llevó la mano a la boca, pensativo—. Pero... tengo una teoría, sin embargo, no lo comprobaré hasta que encontremos a alguien... temo mucho estar en razón...
— ¿Y cuál es esa?
— Que estamos en otra dimensión.
Podría pasar Saori y su caravana de Santos de Bronce y no hubieran hecho en Afrodita una expresión más grande de sorpresa a como la tenía en ese momento. Se quedó callado, juzgando si la cordura de Camus estaba del todo intacta. Sí lo estaba, y eso le cayó como un cubetazo de agua helada por toda la espalda. Ni le iba a preguntar por qué suponía eso. Pero las teorías de él siempre habían sido analíticamente calculadas, haciendo que fuera raro cuando se equivocaba. Se tapó la cara con la mano, suspirando a que estuviera equivocado. Cuando se dio cuenta Camus ya se había adelantado por el sendero y no tuvo de otra que seguirlo, sin muchas ganas.
El camino, como pronosticó el santo de Piscis, fue demasiado tranquilo por parte Camus, quien no hacía comentario respecto a nada; y hablaron en pocas ocasiones. Así que la mayor parte del tiempo se había puesto a observar su reflejo en la suave corriente del agua.
Afrodita era un caballero que evitaba tener contacto con los demás miembros del Santuario. Y no podría decir justamente que los demás lo evitaran con el mismo cuidado, ya que permitía muy pocas ocasiones para eso, por más casual que fuese. No frecuentaba hablarles, y no poseía conexión alguna respecto a lo que amistad se referían. Entre otras cosas, no es que se fijaran en los detalles que él poseía... hacía años que se encontraba al servicio en el Santuario, sin contar el tiempo que pasó entrenando en Groenlandia, o en su país natal Suecia. Los conocía y en lo que podía decirse, lo conocían a él.
Con el único que sería capaz de decir que tenía alguna especie de relación aparte de la profesional, pero porque tuvieron por algún tiempo al mismo maestro y entrenaron mucho por un largo tiempo en su infancia, fue con Máscara Mortal; y era especialmente con ése con quien evitaba verse, aunque paradójicamente era con quien mejor hacia dueto para combatir.
Pasaron varias horas y los rayos que se filtraban por la copa de los árboles se hacia cada vez mas escarlata. para entonces, aburrido, había convocado una rosa blanca y jugaba con ella con los dedos. Y, convocando una tras una, con mucho cuidado, terminó haciendo una bella corona de rosas deteniéndose para ver su reflejo en el agua, acomodándosela. No tenía maquillaje encima, y era sorprendente la diferencia a como estaba acostumbrado a mirarse. Mucho más pálido y desaliñado. Pensó que sería mínimo un rescate aquél adorno. No soportaba verse así. Se le hacía un insulto pero no podía ser exigente. Camus se había detenido y lo observaba. Afrodita se encogió de hombros continuando la caminada mientras le pasaba de largo con la cara muy en alto y los ojos cerrados.
Camus frunció el ceño, pero dejó pasar el detalle.
Poco a poco los árboles se iban escaseando hasta que llegaron a una cerca de madera que les impedía el paso, pero que era la diferencia del bosque hacia un gran claro. Y por supuesto, eso había sido el primer indicio que esperaban tener. De un salto la cruzaron y se sorprendieron cuando la miraron con todo lujo de detalles.
Por un lado todavía pasaba el suave río que se perdía más allá, en un punto entre unas rocas, pero donde ellos estaban era una gran planicie cercada, pero tan bien cuidada que daba respeto a aquel quien hiciera tan minucioso trabajo. El pasto estaba recortado, haciendo un piso uniforme, y a tantos metros de distancia había trabajos y obstáculos de madera que se utilizarían en la equitación. Afrodita se acercó a la parte del río, mientras observaba el obstáculo más cercano. Estaba limpio, recién lustrado. Como si no fuera por más de un par de horas que alguien estuviera en ellas.
— Bonito —juzgó Piscis mientras volteaba a ver a Camus, quien observaba fijamente a la izquierda del campo. El sonido de un relincho de caballo venía de esa dirección y se volteó también. En una cerca estaba un esplendido caballo marrón que se había sorprendido por la inesperada visita de ellos pero un muchacho le había tranquilizado. Pero cuando éste último se percató también de ellos, Afrodita pensó que era el turno del caballo de calmarlo. El muchacho se les quedó viendo muy quieto, con una expresión confundida y espantada a la vez.
Sin embargo, el animal al ver el estado de su amo volvió a relinchar y como no obtuvo respuesta con su pesada cabeza lo golpeó en la cara y lo empujó hacia atrás. Miró sorprendido a su caballo el cual froto tu nariz en el cuello de él y se rió un poco, haciendo que reaccionara y la acarició, pasando su mano delicadamente en lo largo de la cara, mientras que con la otra la agarraba de las riendas.
Los observó una vez más, mientras parpadeaba. Parecía una persona muy tranquila pero que le fue fácil fruncir un poco el ceño. No amenazadoramente, sino con un poco de precaución cuando Camus se le había acercado. Su cara cambió a ser una de profunda sorpresa cuando el santo de Acuario procuró una muy educada reverencia. Afrodita miró en forma tranquila al muchacho cruzando los brazos, mientras que Camus se erguía una vez más.
El otro ladeó la cabeza sorprendido, bajando la defensa. No sentía que fuera amenazantes. En si, lo único que tenía era sorpresa por verlos ahí, cuando no debería de haber nadie. Aparte de su aspecto extraño y de que carecían de ropas, por lo demás parecían personas comunes y corrientes. Estuvo atento cuando el que tenía el cabello más azul oscuro abrió la boca, dispuesto a decir algo.
— Disculpe mucho esta intromisión —dijo educadamente—, pero somos extranjeros de estas tierras. Queremos saber si nos podría auxiliar.
El muchacho se sorprendió. No había entendido su lengua. Y observó como los dos caballeros se miraban mutuamente. Habían comprendido tan bien como él que no se entendían. El hombre de cabello más claro murmuró algo, mientras se tocaba la mejilla con aire ausente y el que había hablado entrecerraba los ojos, un poco molesto. Aún así el muchacho les sonrió más tranquilo y les indicó con una seña que lo siguieran mientras guiaba a su caballo a un establo que estaba en el fondo. Los observó por un momento de arriba abajo, haciendo otra seña a que entraran en la construcción.
De un baúl lleno de herramientas y un poco de paja extrajo dos mantas café que le pasó a los dos hombres que con gusto las aceptaron.
— Gracias —dijo Camus poniéndosela.
Afrodita soltó una sonrisa.
— No es que me diera pena, pero tanto tiempo así resulta ser algo incómodo.
Era el turno del muchacho decir algo.
— ¿No entienden algo de lo que digo? —dijo lentamente haciendo que los adultos volteasen. Eran un poco mayores que él, pero tenía la estatura más o menos igual.
Afrodita miró a Camus. No conocían el idioma, pero había matices que sí les parecía familiar. Como si fuera combinación de dos o tres lenguas que conocieran.
Mientras que el muchacho se agachaba para quitarle el asiento a su caballo la empezó a cepillar con mucho cuidado. Eso le trajo recuerdos a Camus. Él había nacido en una villa de Francia y desde su infancia se había acostumbrado y encariñado con los caballos, así que lo entendió. Agarró el asiento mientras que el nativo observó, feliz, de que lo acomodaba en el lugar que debería de estar.
— Así que sabes de esto, ¿verdad? —dijo a pesar de que sabía que no lo entenderían, pero eso no le importó mucho.
— Un poco, hubo un tiempo donde los frecuenté —tentó un poco de francés.
— Eso ni te lo entendí yo, Camus —murmuró Afrodita diciendo la verdad.
— Pues habrá una forma en cómo hacernos entender —dijo tranquilo en griego y, para su sorpresa, el muchacho reconoció algo en él. Habían matices que le sonaban parecidos, familiares, como si hubiera algún punto ciego donde sí serían capaces de comprenderse.
— Tal vez... sepa danés o sueco —dijo Afrodita quien conocía a la perfección esas lenguas. Pero de pronto se tocó el estómago. Hacía ya un par de horas que le dolía, pero lo había ignorado hasta ese momento. Tal vez ver a ese caballo masticando tan feliz le diera algún sentimiento.
— Si tienen hambre vamos a mi casa, se encuentra muy cerca de aquí —dijo entendiendo lo que pasaban—. Debieron de estar mucho en ese bosque... porque pare que llegaran de esa dirección, el pueblo más cercano está a kilómetros, casi a días...
Y como buen guía adelantó la marcha, más o menos indicándoles a señas los lugares. Ahí estaba en río que habían seguido y, tras una pequeña caminata, los dos caballeros se detuvieron sorprendidos a ver una bellísima villa que el joven sonrió con orgullo, encantador. Tenía mucha actividad, con varios niños jugando y se veía tranquila. Como si tuviera brazos abiertos a los visitantes; una señora saludó al joven y luego se le quedó mirando a Camus y a Afrodita, sonrojándose un poco, ¡pero qué hermosas personas!
— Este es el lugar donde yo vivo, se llama Villa Ordon —presentó el joven cuando estaban a la altura de un muelle y unos muchachos se acercaban, observando curioso a los extranjeros.
— ¿Dijo que se llamaba Ordon? —cuestionó Afrodita mientras notaba que una niña pequeña miraba directamente su corona de rosas, maravillada. Se la dio haciendo que soltara un gritito y dijera algunas palabras, seguramente de agradecimiento, mientras los demás se acercaban a ella.
— Creo que ese es el nombre del pueblo —dijo Camus curioso de ver esa muestra de caridad en el santo de Piscis.
Éste le regresó la mirada: "son las circunstancias" decía
Y luego de un rato, cuando notaron que eran rápidamente la noticia de día, ya que los niños se habían ido por distintas direcciones y más de una que otra cabeza se asomaba para verles, su guía subió una pequeña colina y señaló una construcción de madera grande y curiosa, construida en un grueso y firme tronco de madera.
— Mmmhhm... tal vez haya cupo para ustedes, para hoy... aunque Ruls tiene una casa bastante amplia. Igual, los presentaré más tarde con él. Es un gran hombre a quien yo respeto mucho. Tiene una esposa llamada Uli y también un hijo bastante encantador, Collin.
— Collin es un nombre propio que nos suena —dijo Afrodita haciendo una señal con la mano a Camus.
— Hay un punto clave en su idioma que nosotros conocemos... Como un dialecto base.
— Lo sé. Es familiar. Parece... algo más simple que el griego —murmuró Piscis—. Va por el estilo.
El joven soltó una risa mientras los miraba de hito a hito. Era curioso, a decir verdad, pero sumamente eran personas que infundían respeto. Había algo en ellos que los hacía tener un porte que no había visto en alguien antes. O tal vez sí, pero hacía ya mucho tiempo de eso.
— Un gusto, Collin —Afrodita extendió su mano. Para entonces ya le había quedado muy bien de que eran recibidos, y de las mejores maneras.
— Ah, ¿Collin?, no, yo no me llamo así —sonrió entendiendo la confusión, y luego extendió su mano—. Link. Mi nombre es Link.
— Afrodita de Piscis —dijo mientras estrechaba su mano.
— Camus de Acuario —saludó extendiendo su palma también.
Link asintió, mientras sonreía tranquilo. Se veían como personas con buenas intenciones, después de todo.
