Capítulo III
Rosa para Máscara Mortal
— Señor —dijo una vocecilla a un lado de su cabeza. Abrió los ojos.
Fue el primer plano de una rosa roja. Bellísima. Muy bien formada, con una sutil fragancia que hacía honor a la familia de su tipo. De esas que no dejarían nada que envidiar a comparación con las que su amigo Afrodita cela en su jardín. O, mejor dicho, parecía extraída de ahí. Era un color extraño... peculiar.
No era tinto, o un rojo opacó...
Era sangre. Era una rosa de precioso color sangre. Un escarlata tan brillante que parpadeó muy calmado. Lentamente se volteó mejor y enfocó la mano que se la ofrecía. Pertenecía a una niña que su belleza era tan sólo comparable a la de aquella rosa. La enfocó con mucho cuidado, con aire familiar. Juraría que tenía un aura parecía a la del santo de Piscis. En físico, por supuesto. Pero también en actitud... o al menos en su semblante. Encantadora. Con la piel de un peculiar tono azul cielo, y un lunar debajo del ojo izquierdo.
Se levantó sobre su codo.
Era una niña... una niña zorro...
Esta hizo el ademán mientras se la ofrecía. Quería dársela. Máscara frunció el ceño... si se fijaba bien la muchachita estaba ruborizada. La agarró mientras terminaba de sentarse por completo en la butaca del parque. La niña le dirigió una gran sonrisa de tremenda felicidad, como si hubiera hecho algo sumamente valeroso e importante, y se regresó corriendo a un grupo de jovencitas que como ella, tenían traje de estudiante. Chillaron entre si, emocionadas. Luego le miraron mientras reían y se alejaban corriendo por un camino del parque, perdiéndose a la vuelta de una arboleda.
¿Pero qué...?
Soltó un bostezo terminando de despertarse. Su dolor de cabeza había desaparecido. Definitivamente aquel sueño reparador fue lo mejor de todo del día.
Pero miró la rosa.
Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que le habían regalado una flor. Nada más los veinticuatro de junio Afrodita se permitía tal detalle. No era amante de las rosas, los dos caballeros lo sabían, y en una ocasión el santo de Piscis había arrojado un mar de pétalos decorando su casa en plan de "alegrar esas horripilantes máscaras petrificadas". Desde ese incidente, tardó semanas en presentarse alguna vez en las inmediaciones de la casa. Pero era asunto tranquilizado... bueno, un poco.
¿Cuánto tiempo durmió?... El cielo estaba bermellón. No era que no le gustara dormir a la intemperie, pensó mientras se ponía de pie dispuesto a seguir caminando por la ciudad, ya que en varias misiones enfrentó varias veces esas circunstancias. Pero era tal el sentimiento de sentirse ahí, perdido... era la sensación lo que le mantenía inquieto.
Al menos en las misiones existía rumbo fijado...
Las luces de la ciudad no se hicieron esperar. Se apeó por una calle con mucho tráfico y las gentes se hacían a un lado conforme andaba. Había varios puestos y servicios. Hoteles, restaurantes, locales de entretenimiento, uno que otro teatro... pensó en la posibilidad de pasar su noche en un hotel, claro, ¿pero con qué dinero? La ropa que tenía ni era suya. Ah... se acercó a tienda que tenía olores exquisitos. Comida. No había pensando en ella, pero cuando se le presentó le dolió fuertemente el estómago. Maldición. Soltó un gruñido pero no quitó su vista en el buffet a través del cristal... ¿qué era? Eran verduras, pollo, salsa... y algo parecido al arroz, pero como sea, se veía delicioso...
Mmmm... Él se movía a la velocidad a la luz... no le dio vergüenza pensarlo, pero robaría un plano que juzgase estuviera lleno y apetitoso y saldría corriendo de ahí, nadie sabría qué pasó y...
— ¿Quiere ordenar algo?
Observó al joven al otro lado del cristal. Parecía una cacatúa.
—Eeehhh... —prosiguió nervioso el joven, dudativo—... no, no es de aquí... ¿necesita ayuda en algo?
¿Qué le diría?, ¿qué le dijera dónde estaba un portal dimensional para llegar a la tierra? Frunció el ceño, ¿no se le veía la cara de hambre o qué?
— ¡Dios, Edward, que mal servidor eres! —le empujó una gata, observándolo mientras sonreía radiante, como si fuera algo exótico—. Oh, hace mucho que no veía alguien proveniente de otra galaxia. Pero es algo que jamás había visto... vaya, qué extraño es... lampiño, además...
— ¡¡Y tú eres una grosera!! —exclamó la cacatúa.
— Qué va, no creo que sepa el idioma —ronroneó la gata.
— ¿Quién te dijo que no lo conozco? —gruñó Máscara, irritado.
— Eh... —la gata retrocedió, ruborizada—, oh, sí me entendió, entonces...
— Ah, querido cliente —se le adelantó el ave encantador—. Bienvenido a nuestra cocina económica en el corazón de Cornelia. Acá encontrará los mejores platillos típicos de la ciudad. Escoja al gusto. Como ve hay varias mesas desocupadas; así que atenderemos sus ordenes al toque y...
— ¿Qué es eso? —lo interrumpió groseramente señalando lo que parecía arroz. Si iba a robar algo, al menos quería saber el nombre. No tenía prisa para ir a ninguna parte.
— Ah, ah, es nuestro famosísimo Risotto —hablaba demasiado, ahora parecía urraca— con greiby de almejas de la costa. Se acompaña con diversos platillos, tales como carnes, mariscos y...
— ¡Ya cállate! —gritó la gata en su lugar.
Máscara Mortal se sentía molesto. Y todos saben cómo es de peligroso él cuando está así. Y más si su estómago mete hiel al asunto. Pero se entretuvo cuando llegó alguien que no supo identificar qué era, pero los dos pendejos esos se inclinaron. Sería un gerente o algo así.
— ¿Acaso lo están molestando, caballero? —tenía el maquillaje exagerado. Y era gorda. Vieja asquerosa. Eso bastó para quitarle el apetito.
— Melissa le estuvo ofendiendo —chismorreó la urraca recibiendo un rasguñazo en plena cara.
— ¡¡Mal amigo!!
— ¿¡Cómo!? —se volteó al caballero— ¿es verdad eso?
Se encogió de hombros.
— Vamos, con estos niños... —se inclinó avergonzada—; no se preocupe, su orden se la daremos gratis, por favor discúlpenos... ¡¡y ustedes, cómo es posible!! —se volteó salvajemente hacia los dos estúpidos— ¡¡debería de recortarles el salario!! Vamos, no les pago por estar sentados, atiéndalo.
— ¿Dijo que sería gratis? —preguntó Máscara, sorprendido.
— Sí, en señal de disculpas. Adivino que será nuevo y no quiero que alguien como estos le mancille su visión a nuestra ciudad... —y se inclinó, mientras hacia sentar al caballero en una silla. Varias personas se habían detenido afuera del local. Y los clientes que ya habían estado adentro prosiguieron su comida, pero atentos a la situación. Rápidamente los jóvenes le trajeron un frondoso plato de cada una de las cosas del buffet, aparte de una jarra de agua fresca y cubiertos. La señorona asquerosa se sentó al otro lado de la mesa, intentado ser cortes. Al menos le salía bien. Los otros dos se inclinaron y se quedaron cerca por si salía con alguna petición. Máscara soltó una risa, escéptico.
Era un invitado de honor...
Perfecto. Parecía que tenía mucho por ver en esa nueva ciudad llena de fenómenos.
— Entonces... ¿Sistema Lylat, eh? —Máscara observó los hielos de su vaso. Alcohol. Delicioso alcohol. Al menos era algo que no le habían arrebatado. Observó a la señora gerente que estaba detrás del escritorio de su oficina. Era la oportunidad de tener información de aquel lugar. Nada más fácil. Su versión es que era un autentico y perdido visitante de otro mundo.
En términos estrictos, lo era.
— Sorprendente... —la mujer no cabía en su incredulidad—... no puedo creer que no conocieras este sistema... o que llegases a él en tal caso. No sé... se me hace imposible de creer...
— ¿Quién sabe? —chasqueó la lengua, internamente pensando lo mismo—. Pasó un accidente. Sea cuál sea el caso, no sé exactamente qué pasó. Llámelo amnesia si quiere.
— Vaya, vaya, ya veo... —era grotesco ese animal. Un especie de búfalo y caballo. Pero tenía alcohol. Así que bebió haciendo un ademán a su salud, sea dicho—... Un perfecto vagabundo. Sin indicaciones, sin destino, sin dinero... terreno virgen.
Máscara tomó un sorbo del licor, con los ojos cerrados.
— Ya le dije que puede llamarlo como quiera. Me considero a mi mismo varado en medio de la nada —y luego la miró, con un brillo ellos—. Pero no crea que soy estúpido a la situación. Estoy expectante.
— Mhmhm... —la señora se inclinó sobre el escritorio, como si buscara algún flanco débil en el caballero. Se retiró haciéndose para atrás. No había ninguno, salvo el tinte amenazante que pigmentaba en sus profundos ojos; decidió cambiar la conversación—. Respecto a tu problema, lo único que soy capaz de pensar que pueda ser de ayuda son los agentes de la SFE.
— ¿SFE?
— Seguridad de Fuerzas Espaciales —explicó—. Son aquellos quienes tratan los asuntos exteriores a nivel del todo el Sistema Lylat. Cornelia, Katina, Fortuna, Aguas, Venon... inclusive, asuntos que tiene que ver con otros sistemas cercanos, con los cuales tratamos en forma comercial. Es una de las cosas primordiales de Lylat. Gracias a ellos el comercio es abundante. El por qué somos importantes. Es un sistema más rico en recursos de lo que te puedes imaginar, y como tiene grandes intereses de por medio tienen un registro constante y riguroso acerca de los sucesos que pasen en el espacio. Yo no sé cómo se pueda aplicar la SFE en tu caso... pero si quieres un punto de partida, ya te lo dije.
— Ya veo —contestó, antes de acabar la bebida.
Se quedaron en silencio un rato. La señora observó al caballero pero este no hacía reparo en ella. Estaba sumido en sus pensamientos.
Era un excelente comienzo. Valía la pena intentarlo. Mañana iría a ese lugar, decidió.
— Permíteme una pregunta... ¿por qué juegas con esa rosa roja?
Máscara comprobó si realmente jugaba con ella. No se había dado cuenta. Fue un acto inconciente. No le contestó a la mujer, en realidad, no sabría que decirle. Sólo lo hacía, ajeno a todo. No es que fuera importante pero...
— Gato perdido.
— ¿Qué dijo?
— Me recuerdas a una historia. A la del gato perdido.
Máscara frunció el ceño, no siguiéndole su lógica. Leyenda urbana. Malo para un desconocido de la ciudad.
— No importa... por ahora sólo me da curiosidad algo, ¿dónde tienes pensando pasar la noche?
— Hmh —olvidó eso—. No lo sé. Pero —se recargó más sobre el mueble, cruzando las piernas— me las arreglaré. Dudo que encuentre problemas.
— Ah...
Máscara entrecerró los ojos. La maldita indirecta bien que la había percibido.
— ¿Quería algo conmigo?
La misma idea le desagradaba, ni se esforzó por ocultar el sonido agrio de su voz. La señora suspiró, visiblemente decepcionada.
— Sólo pregunte, ¿no podía?
— Ya lo dije. Soy todo menos estúpido —murmuró.
La señora se rió. Era la segunda advertencia. Ya le quedó en claro que tocar el asunto era peligroso. El hombre frente a ella sinceramente le interesaba. Y a quién no. Pero el sentimiento de estar contra un ser peligroso era casi palpable. Mas la forma en que se comportaba cierta atracción, tanto eso como su aspecto. Era... algo demasiado único. Nunca en su vista conoció a alguien con rasgos como los de él. Aún en un mundo donde era totalmente diferente no lo hacía lucir feo... al contrario, destacaba más. Y seguramente esa era la flor proveniente de alguna señorita. Ella también fue joven. Y que jugara tan ausente con ella no le hacía pensar otra cosa.
Se levantó cortésmente y Máscara asintió, haciendo un gesto de agradecimiento por el tiempo y aclarar las dudas.
Así que mañana iría a la SFE. Ella le dio indicaciones, incluso extrajo de uno de los cajones un mapa de la ciudad pero lo rechazó. Aun en las misiones del Santuario nunca tuvo necesidad de uno. Pero...
— ¿Qué pasa? —la mujer se detuvo cuando sintió que Máscara seguía sin levantarse de la silla, aparentemente cómodo.
— Hum... —musitó. Le dirigió una mirada y se volvió al frente, en el escritorio.
La mujer se acercó, no comprendiendo eso. Siguió la dirección de sus ojos, sobre la botella de licor, que se veía muy llamativa.
Máscara parecía demasiado cómodo como para moverse. Le dirigió otra mirada. Ahí estaba. Ahora era él quien hacía las dobles intenciones.
— Bien rechazas la invitación de ir a mi casa pero serías capaz de quedarte por una botella de licor... ¿cómo se conoce ese descaro en tu mundo?
— Ser el invitado de Honor —le contestó con una sonrisa divertida.
