Capítulo IV
El Pensamiento de un Titán
El Tártaro era sinónimo de oscuridad eterna.
El vacío, el frío, un lugar donde no existía nada.
Era la nada.
El lugar donde se carecía de sentimiento. Era algo parecido a la muerte en vida. Te arrebataba el sufrimiento. El cansancio, el miedo. Como también te hacía carecer de sueños, amor y esperanza. Un lugar que no se podría escapar jamás. Ahí era el lugar destinado para pasar toda la eternidad.
Nada más.
Privados de su libertad los dioses que ahí residían eran todos aquellos quienes, en la era mitológica, habían perdido la gran guerra conocida como Titanomaquia. Ellos, como muchos otros más. Era el hogar de los dioses titanes; la prisión eterna. El lugar más profundo que en ninguna otra dimensión la llegaría a superar. Un páramo derruido por las tinieblas...
Mas algo es muy cierto. El tiempo para un dios no es el mismo que transcurriría para un humano. Este pequeño ser mortal vivían tan poco... su vida se consumía en instantes. Eran un pequeño suspiro que se perdía en el firmamento. Pero hacían tantas cosas... reían, lloraban. Perdonaban, sentían odio, rencor... calidez, amabilidad, inocencia... y una vez más, amor.
Esperanza.
Eran seres que creaban la esperanza. Eran aquellos quienes tenían una capacidad tal que llegaría hasta hacer envidiar a un dios.
Y esa virtud era nada menos de que podían crear milagros.
A él le gustaría soñar, eterna, largamente... él era un dios. Pero quería creer en el milagro. Soñar un milagro. Pero por más que cerraba sus ojos era imposible...
... Ya lo hemos dicho... ahí no se podía soñar. Nada más pensar, eterna, largamente...
Pero Themis era diferente.
Ella dormía tan pacíficamente que en más de una ocasión tuvo un genuino miedo de llegar a despertarla. Y ahí sonreía un poco con tristeza mientras se incitaba y rozaba sus labios, depositando un tímido beso de amor, con lágrimas en sus ojos. Ella jamás despertaría... estaba en un sueño muy profundo.
Un sueño eterno.
El máximo privilegio concedido a un dios.
Y paradójicamente, el mayor letargo que ningún ser, inmortal o mortal, llegaría a obtener, a no ser del más importante acto que existe en esa y todas las tierras...
Sacrificar la vida por la persona que más se ama hasta el fondo del corazón...
El dios la abrazó con ternura y una pasión tal que parecería increíble la idea de que alguna vez hayan estado separados, pues se complementaban armoniosamente uno con el otro... tan sólo era cuestión de que la bella abriera los parpados y le correspondiera su amor, tan sólo eso... y él estaría ahí para corresponderla, ser el primer ser que viera, que le diera la bienvenida... Y soltó más lágrimas, mientras sentía rozando con su cara aquél precioso pelo...
... Jamás iría a despertar...
Pero aún así, estaría ahí, con ella... para observarla. Le acarició la cara con ternura despejando un mechón indiscreto del sedoso cabello negro. Sólo él podría decirle desde el fondo de su corazón que la amaba...
Que tan sólo por ella sería capaz de aguantar toda una eternidad... Una vez más...
Hiperión abrió lentamente los ojos en dirección a la ventana y se quedó perdido en el cielo oscuro, tan sucio y ventoso como siempre. Dejó caer sus parpados una vez más apoyándose en la silla. Podría decirse que estaba dormido. Pero los dioses en ese lugar no duermen. Y no es que fuera necesario... pero lo más cercano que tenían era un ligero velo que les hacía olvidarse de todo.
Observó gravemente el escritorio que estaba cerca de la gigantesca ventana del salón, donde él estaba sentado.
Menuda cosa habían hecho los dioses... ¿desde cuando era así de apaciguante como opresora la prisión que ellos conocían como Tártaro?
Por mucho tiempo, en la épica de los milenios, sus cuerpos y sus almas se habían mantenido aprisionadas en forma aislada mientras los Hecatónquiros los vigilaban día y noche. Y la atmósfera del Tártaro era el dolor, un hostil recuerdo constante de que estaban siendo castigados, como si así reforzaran que deberían de mantenerse tranquilizados a no hacer más ataques y desdenes a los del Olimpo.
Cerró los ojos, cansado.
Sonrió con rencor.
Pero qué bajos habían sido esta vez... Hacia poco que habían sido liberados por el Pontos, el Dios de la Corriente, empezando una guerra con los humanos en la tierra. Habían perdido, lo reconocía. A pesar de ser un dios... reconocía la tenacidad de los caballeros de Atenea que recurrieron hasta el más desesperante milagro para lograrlo... luego de ellos, Chronos... luego Gea... y, con palabras de rencor, Zeus y compañía...
Pero no sentía nada. Dolor, desesperación... nada. Era la atmósfera que reinaba por todos los rincones del Tártaro. Les hacía perder fuerza, casi rallando a un estado de somnolencia que llegaba a ser placentera y desesperante cuando se recuperaban en momentos. Un aura etéreo pero que definitivamente pesaba en el aire.
¿Así querían mantenerlos prisioneros?... ¿en un estado de anestesia continua?
Pero algo era verdad. Antes sentía el correr del tiempo minuto a minuto... Ahora ya no se percataba de él.
Hasta su gran dios Chronos, el terror de los dioses del Olimpo, dormía apaciblemente en una cama en la habitación que estaba en la cima del Laberinto de Chronos (que carecía de poder, claro) como si de la Bella Durmiente se tratase, siendo cuidado por su esposa Thetis. Un profundo sueño que no podían levantárselo aún.
Aquella atmósfera no ayudaba mucho. No podían hacer nada contra de ella puesto que sus Soumas (las Armas Divinas, el espectro más puro de su fuerza y espíritu) se encontraban selladas. Si las tuvieran serían capaces de levantar aquél velo...
Cerró el libro, convencido de que no le haría justicia por su falta de concentración. En el Nombre de la Rosa, decía la cubierta. Luego la continuaría, y pensando en eso sonrió.
Pero qué bajos habían sido los dioses... aunque se preocuparon de la manera de mantenernos distraídos esta vez.
El ángel descendió hasta ellos. Los gigantes del planeta Cizeta estaban dispuestos a destruir al enemigo pero se detuvieron anonadados, sorprendidos por lo que veían. Ellos sabían que en el mundo de Céfiro existían cosas maravillosas. Milagrosas, dignas de ser soberbias pero contemplarlas por primera vez era algo difícil de describir. Ellos eran dos simples soldados mandados por las princesas como en reconocimiento a las primeras defensas que existían en las inmediaciones del pilar.
Era diminuto, no llegaría ni siquiera a la altura de sus talones. Pero poseía un aire que les hizo retroceder... ¿cómo era posible de que sea un enemigo?, ¿cómo eran aquellos ojos tan pasivos capaces de atacarlos?... ¿de qué tuvieran que atacarlo?
Pero era su misión. Los gigantes se adelantaron. Entonces el ángel empezó a emanar una fuerza cálida que los rodeo, con tan firmeza que se preguntaron si realmente aquello era un humano. Despedía un aura dorada. Aquel hombre se acercó a escasos metros, tranquilo, atento hasta de las mínimas emociones. Retírense por favor —les dijo—. No hay necesidad de esto. Si es posible quiero evitar la pelea.
Pero era imposible. Eran guerreros, peones destinados para apoderarse de ese planeta. El ángel dorado suspiró mientras retrocedía con los ojos cerrados. Volvió a insistir, pero ahora las armas de los soldados le contestaron. No hizo movimiento alguno salgo recoger una flecha de un recipiente que poseía en la espada y la estiraba con firmeza en el arco, apuntándoles. Esta comenzó a brillar como el oro, advirtiendo por tercera y última vez. Los gigantes deseaban sinceramente dejar el ataque. Y pensando en eso tiraron a matar.
— Yo no los culpo... son fieles a sus princesas y sacrificar la vida por lo que se cree es digno de admirarse. Discúlpenme por favor... ¡pero yo también prometí defender a este planeta, y lo cumpliré, por mi honor de caballero! —exclamó, haciendo que la punta de la flecha resplandeciera con fervor, tensando hasta el punto máximo el arma—, ¡Yo soy Aioros, Caballero Dorado de Sagitario y defensor de la Diosa Atenea!, ¡y si con esto puedo proteger y darle la paz a este planeta que tanto lo necesita, estoy dispuesto a sacrificarme por ello!
Ah, qué hermosas palabras, fue lo último que pensaron los gigantes antes de que una luz les cegara para siempre.
