Fue como si un ángel descendiera hasta ellos. Los gigantes del planeta Cizeta estaban dispuestos a destruir al enemigo pero se detuvieron anonadados, sorprendidos por lo que veían. Ellos sabían que en el mundo de Céfiro existían cosas maravillosas. Milagrosas, dignas de ser soberbias pero contemplarlas por primera vez era algo difícil de describir. Ellos eran dos simples soldados mandados por las princesas como en reconocimiento a las primeras defensas que existían en las inmediaciones del pilar.
Era diminuto, no llegaría ni siquiera a la altura de sus talones. Pero poseía un aire que les hizo retroceder... ¿cómo era posible de que sea un enemigo?, ¿cómo eran aquellos ojos tan pasivos capaces de atacarlos?... ¿de qué tuvieran que atacarlo?
Pero era su misión. Los gigantes se adelantaron. Entonces el ángel empezó a emanar una fuerza cálida que los rodeo, con tan firmeza que se preguntaron si realmente aquello era un humano. Despedía un aura dorada. Aquel hombre se acercó a escasos metros, tranquilo, atento hasta de las mínimas emociones. Retírense por favor —les dijo—. No hay necesidad de esto. Si es posible quiero evitar la pelea.
Pero era imposible. Eran guerreros, peones destinados para apoderarse de ese planeta. El ángel dorado suspiró mientras retrocedía con los ojos cerrados. Volvió a insistir, pero ahora las armas de los soldados le contestaron. No hizo movimiento alguno salgo recoger una flecha de un recipiente que poseía en la espada y la estiraba con firmeza en el arco, apuntándoles. Esta comenzó a brillar como el oro, advirtiendo por tercera y última vez. Los gigantes deseaban sinceramente dejar el ataque. Y pensando en eso tiraron a matar.
— Yo no los culpo... son fieles a sus princesas y sacrificar la vida por lo que se cree es digno de admirarse. Discúlpenme por favor... ¡pero yo también prometí defender a este planeta, y lo cumpliré, por mi honor de caballero! —exclamó, haciendo que la punta de la flecha resplandeciera con fervor, tensando hasta el punto máximo el arma—, ¡Yo soy Aioros, Caballero Dorado de Sagitario y defensor de la Diosa Atenea!, ¡y si con esto puedo proteger y darle la paz a este planeta que tanto lo necesita, estoy dispuesto a sacrificarme por ello!
Ah, qué hermosas palabras, fue lo último que pensaron los gigantes antes de que una luz les cegara para siempre...
Capítulo V
Ángel de la Luz
Céfiro se encontraba en caos y guerra desde la destrucción del Pilar, el cual mantenía la estabilidad y supervivencia de los habitantes y del planeta mismo. Continuamente había rebeliones internas pero ahora el lugar estaba en estado tan degradante que no se podía más que buscarse refugio en el antiguo palacio principal del reino. En toda aquella tierra existía la magia, y el que estaba a cargo actualmente era Guru Clef, un hechicero sumamente poderoso. Pero también muy cansado. Día tras día sus defensas flaqueaban ante la hostilidad constante de los invasores: Cizeta, gobernado por las princesas Tarta y Tatra; Fahren, con la princesa Aska; y Autozam, cuyos enviados era el comandante Eagle Vision de la nave NSX.
Eran poderosos. Y atacaban cuando se encontraban más débiles. Suspiró. Las razones que estos planetas tenían... dejaban mucho que desear. Aquello demostraba cómo era la naturaleza humana; codiciosa con anhelos de poder. Como el caso de Fahren, que no tenía una razón. La princesa Aska era una niña caprichuda cuyos consejeros eran hombres de la tercera edad, y un ayudante poco más mayor y conciente que ella. Conquistaría ese planeta como quien adquiere un nuevo juguete; mandaba a sus soldados quienes aterrizaban en distintas partes del reino arrasando lo que sea a su paso. Y ella se acomodaba pacíficamente en sus almohadones y estancias tipo orientales.
Era un infante. No tenía ni idea de la realidad. Codicia, vanidad y mala educación, en todas sus palabras.
Al menos Fahren tenía una justificación más sensata. El planeta era diminuto, como si fuera el tamaño de una luna, y sufría de sobrepoblación. Necesitaban pronto un mayor territorio si es que no deseaban colapsar bajo su mismo peso, ¿pero masacrar poblados locales para la llegada de extranjeros era la respuesta? La mala organización y recursos de su mismo gobierno era el culpable. No intentaron ni hablar por vía diplomática.
Expansión de territorio. Una razón comprensible.
Levantó su mirada al cielo oscuro, cargado de tormenta. Autozam era un tema completamente distinto. Se preguntó: si hubiera nacido ahí, ¿en dónde estaría?
— Seguramente en la fila de los soldados.
Era realista. No le daba vergüenza decirlo, aunque era difícil.
Necesidad.
Autozam estaba necrótico. Necesitaban desesperadamente un nuevo lugar; en principio era planeta pequeño con poco atributos, escaso en recursos naturales. No contaban con las maravillas de la naturaleza, pero por un lado todo aquello era recompensado a que en sus tierras existían varios tipos de metales preciosos. La tecnología radiaba al cien. Subsistían a base de lo que ellos mismos producían pero no era suficiente. El poder del planeta desaparecía. Era una evacuación total. Y no podía pedirle a base de diplomacia espacio a Céfiro, que ya ni contaba con recursos para si mismos. Así que los tomarían a la fuerza. Era la oportunidad de toda la civilización...
Céfiro les dijo no. Todos lo comprendieron: no podían. Así que disculpados de antemano la amenazante nave de combate NSX se mantenía estática más allá de esas nubes negras.
No poseía magia pero sí maquinaria. Y eran temibles. Tanto Cizeta y Fahren les respetaban. Y no se combatían entre si: poseían un enemigo en común.
Aioros se recargó con pesadez en la ventana cuando un fogonazo surgió en algún punto lejos de ahí. Una explosión. Otra, y otra...
El rugido de un trueno imponente se apoderó del todo el castillo. Por más que lloviera el agua fría no sería capaz de apagar aquella salvaje humareda, pensó embozándose en la capa azul cielo que París y Anaís le regalaron. Fueron apoyados en ese nuevo mundo a pesar de todos los problemas que sufrían... eran personas muy amables, y no podían menos que agradecerles. Les habían encontrado a él y a Dohko en un páramo desolado a cientos de kilómetros de ahí, inconcientes, y los llevaron hasta el palacio en un improvisado hospital pero funcional con hombres, mujeres, niños y ancianos instalados.
Guru Clef y un sequito bastante amplio de personas les pusieron al tanto de aquel mundo, y cuando les dijeron que no eran los únicos de otra dimensión se sorprendieron. Las personas que les habían llevado ahí dieron un paso adelante, sonriendo. Era tres jóvenes que provenían de Tokyo y reconocían los nombres de las ciudades y países. Les confundió. No sabían de los dioses o algo parecido... pero hay muchas personas normales que también lo ignoraban. Dohko se limitó a reír, divertido. Ahora estaban ahí, era lo importante. El hechicero tras pensarle largamente se les acercó.
— Podemos regresarlos a su dimensión, sin embargo tendrán que disculparnos. Actualmente no estamos en muy buenas condiciones para intentar eso... talvez cuando sea más estable...
— Lo comprendemos —dijo Dohko más serio, en un tono de voz que le tranquilizó—. Por ahora me siento más preocupado por lo que están pasando... en sí, no es muy diferente a varias situaciones que hemos vivido yo y mi compañero en el pasado.
— ¿Hablas de la Guerra de Vietnam? —había preguntado Marina que más o menos lo ubicaba por la fecha contemporánea para Dohko y Aioros.
— Oh, no, no —corrigió el santo de Sagitario, sonriendo—. Nosotros... digamos que éramos como una agencia para asuntos especiales. Cuando un caso era demasiado para la fuerza policíaca, el gobierno se ponía en contacto con nuestro líder y hacíamos las misiones.
— ¿Asuntos de qué tipo? —Lucy, la pelirroja, ladeó la cabeza, confundida.
— Cada tanto tiempo las deidades reencarnas reaccionan contra otros grupos. Si se sobrepasan o afectan a terceros, como a las poblaciones, recurren a nosotros para contactarlos. En el mejor de los casos se solucionaban de manera pacífica... en el peor, no había de otra que combatirlos. Conflictos entre caballeros. Inclusive, suprimir a bestias mitológicas que volvían a la vida y atentaban contra la seguridad de los demás...
— En lo personal, yo participé en la Guerra Santa contra Hades en 1743...
— Y yo, en una de esas ocasiones, regresé a su letargo al titán Tifón en el Mar Ionia en Sicillia, Italia.
Todos les miraron como si tuvieran una segunda nariz en la cara. Muy bien. En ese mundo talvez la magia era algo común de tratar. Pero las cosas que decían eran algo que jamás se habían topado.
— Espera... —dijo Anaís parpadeando. Una muchacha muy bonita con lentes, bastante inteligente—, señor Dohko, dijo que se enfrentó en una Guerra Santa en 1743, calculo entonces debería de tener como 200 años.
— 261 —corrigió divertido.
— No sabía que vivían tanto en su mundo... —murmuró un muchacho que se había presentado como Ascot. Estaba anonadado.
— ... No viven tanto... —corroboró Marina, no sabiendo qué pensar. Definitivamente eran de la tierra, de lo contrario no mencionarían con tanta familiaridad varios lugares. Aunque habían muchos datos que no conocían.
— Creo que ya lo entiendo... —empezó a murmurar Guru Clef, llevándose una mano al mentón.
— Yo también... —y le dirigió una mirada significativa al hechicero. Este asintió. Les brillaron los ojos.
Todos se observaron; ¿Tan rápido y ya se conocían?... ¡ni los de Céfiro, que vivían con Guru Clef desde hace años, habían entendido la lógica de él!... al menos no así. Aioros frunció el ceño al mismo tiempo que las tres guerreras mágicas, expectantes.
— Sí vienen del mismo Planeta Tierra... —empezó uno.
— ... pero de una paradoja temporal distinta —terminó el otro.
— ¿Qué? —fue inconciente. Lucy estaba de cuadros. Pero bueno, fue rescatable: si alguien dijo algo fue solo ella. Los demás estaban en silencio sepulcral.
— ¿Es como la teoría de universos alternos? —Anaís era una de las únicas que se esforzaba a seguirle el hilo a ellos dos.
— Mas que universos alternos... —el santo de Sagitario observó detenidamente al caballero de Libra, quien asentía con una sonrisa— es que se refieren que somos de tiempos distintos, ya que el universo es inmutable.
— Imagínalo así, Aioros: si volvemos con ellas a la tierra no te preocupes, seguro que verás a Saori Kido pasear en algún aparte de Japón o Grecia, aunque hayan pasado como diez años allá en lo que nosotros nada más vivimos uno.
— ¿Saori Kido?, ¿es así cómo la llamó aquél hombre?
— ¿Cuál hombre?... Ah, sí. Él. Mitsumasa Kido. Cuidó muy bien de ella —agregó.
— Mitsumasa Kido... me suena ese nombre, ¿no era acaso un millonario? —preguntó una de las guerreras.
— Ese mismo —afirmó sonriendo.
Habían pasado dos días desde aquella conversación. Aioros tocó el frío cristal mientras que al otro lado las gruesas gotas de lluvia resbalaban. Era un fenómeno extraño; aquella agua no generaba limpieza, si no dejaba fuertes marcas a su paso, como si insistiera en arrasar la superficie de lo que toca. El relámpago alumbró el oscuro pasillo. Levantó la mirada. Esperó a que una nueva luz apareciera y cuando fue así recortó las siluetas de unos seres enormes que iban en dirección al palacio.
Ah, con que esos eran las armaduras que les habían comentado. Como los ropajes dorados, también poseían vida propia, ¿verdad? La razón por lo cual ellas tres estaban en Céfiro. Proteger a ese planeta. Sonrió con tristeza levantándose. No eran muy diferentes a ellos; creían en la paz y la justicia, de un lugar donde se acabaran las guerras. Un pacífico lugar donde vivir.
Pero era difícil intentar lograr ese sueño. Lo sabía por experiencia propia. Había muerto salvando a su diosa cuando apenas era un bebé, pero aún así el caos reinó en el Santuario años después. Había condenado su alma en la guerra contra Hades, para una esperanza a su diosa y caballeros, y no sabía cómo había resultado al final de todo. Esperaba al menos que las batallas de Céfiro terminaran y volvieran a su añorada paz... pero por donde sea que se mirase no existía ningún panorama alentador.
Estaban llenos de buenas intenciones. Guru Clef, las Guerreras, los demás... pero eran sólo ellos contra tres naciones. Y su campo de pelea era un mundo moribundo que rápidamente colapsaría en si mismo. Agarró el arco y la flecha que descansaban apoyados en la pared. Puede que él no hiciera mucho, pero ayudaría a proteger ese planeta. Rezó en silencio a su diosa Atenea para que le diera el poder necesario para intentarlo.
¿Un jardín? Aioros sonrió internándose con lentitud en la espesura de la selva verde y cálida. Vaya, vaya, si era un invernadero. Uno precioso, con plantas hermosas de perfumes y colores que llegaban fáciles a su tamaño, o todavía más.
Así debieron de verse los campos en los años dorados de ese planeta. Inclusive volaban pájaros, mariposas y uno que otro animalito tímido que se escondía a su presencia. Soltó una risa; imposible, no cabía en su sorpresa. Era bellísimo. Escuchó el sonido de la abundante fuente de agua cristalina a su espalda mientras se sentaba en uno de los bancos de mármol blanco. Hacía años que no observaba algo parecido... la última vez, pensó, había sido cuando sacó un día a su hermano Aioria al campo en las hermosas praderas de Atenas a un lado del mar. Y aunque ahí no corría tanto el viento, se perdonaba.
El palacio era enorme. Si existía un vivero así ¿qué cosas más no habría? Juntó las manos en el regazo mientras cruzaba las piernas, recostándose. Más adelante deambularía con mucha más calma pero descansar era una buena idea en el ficticio itinerario. Las aves se habían parado cerca de él, y las más osadas en el mismo banco. Estaban acostumbrados a las personas; y que se acercaran así era un claro indicio de que eran amables con ellas. Seguro esperaban algo de comer, pero les sonrió, con signos de disculpa en su cara.
No tenía nada para darles, di modo.
Y se quedó profundamente extrañado cuando todas las aves huyeron despavoridas. Las observó... ¿por qué se habían...?
¡PAF!
Algo cayó arriba de su estómago con fuerza, sorprendiéndolo. No era tan pesado como para sacarle el aire pero aún así lo obligaron a cerrar los ojos con un poco de dolor. Sea lo que sea que haya sido se le acercó a la cara, y con voz muy aguda y dulce dijo:
— ¡Pupuuuu!
Aioros ladeó la cabeza. Era una cosa rosada y con orejas de conejo, pero era similar más a una gran pelota que a otra cosa. Con chapetes, ojos rasgados y una especie de zafiro incrustado en su frente. No tenía proporciones... era grande, nada más. Y estaba arriba de él, a un palmo de su cara, concentrada.
— Pripuuu...
— ¿Hola? —preguntó Aioros en voz baja. Esa cosa rosa no tenía ni la menor intensión de moverse de su estómago, estaba claro.
— ¡Pupuu! —exclamó mientras saltaba arriba de él. El santo de Sagitario parpadeó asombrado. Era muy suavecito, como un peluche o algo así.
Ahí se escuchó desde la entrada del invernadero una voz de grito bastante chillona, como el de una niña enojadísima. Aioros intentó ver por detrás de esa bola rosa de quién provenía, pero para su sorpresa eso que rebotaba leyó sus intensiones. Miró hacia atrás y... ¿sonrió? Luego volvió a observarlo a él y le dio una embestida en el centro de su pecho con la fuerza suficiente para empujarlo. Su mismo peso lo traicionó. Cayó en un sonido ahogado al agua con todo y aún bola rosada encima.
— ¡¡MOKONA!! —escuchó Aioros hasta por debajo del agua. Era la voz chillona que pasaba de largo y a mucha velocidad de la fuente. Buscaba desesperadamente a alguien... o algo—. ¡¡MOKONA!! ¿¡DÓNDE ESTÁS, DEFORMIDAD CON PATAS!!
La voz se fue haciendo más lejos, gritando aun con más desesperación que antes. Cruzó el jardín y salió por alguna de las otras puertas, y el eco del pasillo se encargó de delatar que se alejaba, aún con más furia.
Aioros sacó su cabeza del agua mientras observaba en dirección a los gritos lejanos. Volteó a un lado. La bola rosa lo observo de soslayo, encantadora.
— Mokona, supongo —mantuvo neutral la voz.
— ¡Priupuu! —le contestó feliz.
Se levantó con pesadez. Estaba totalmente empapado. La bola rosa... o Mokona, como quieran decirle, saltó hasta la orilla de la fuente quitándose el agua como un perro. Era impermeable o algo así pues se puso inmediatamente seca. Aioros frunció el ceño algo molesto. ¿Había necesidad de eso? Pero no pudo enojarse de verdad, tenía un toque de comedia. Pero sí suspiró. Perfecto... ahora tendría que pedir ropas secas, y la idea no le gustaba mucho. Se destiló como pudo y se pasó la mano por el rubio cabello.
— ¡Priu! ¡Pri! ¡Priupuu! —quería llamarle la atención Mokona, que había saltado a su lado.
— No, ya no más priupuu —murmuró quitándose la capa. De seguro también tendría que quitarse las botas, pues las sentía llenas de agua. Vio de soslayo a la bolita rosa, quien para su sorpresa parecía desanimada. Sabía que lo había hecho irritar de alguna forma. Suspiró, como quien intenta calmar a un niño cuando por accidente se le sube de tono un adulto— No sé qué seas, pero a la siguiente avisa. Hay muchos quienes no desean esta clase de baño, ¿muy bien?
La bolita soltó una gran sonrisa radiante, feliz de que no había logrado enfadarlo de verdad. Mientras el caballero se encargaba en silencio de exprimirle el agua a la capa, Mokona dio un salto hasta la altura de su capa y su frente brilló repentinamente, y un rayo de luz se dirigió al suelo, donde se materializó una secadora.
Aioros quedó en silencio, asombrado. La bolita daba varios saltitos y exclamaba alegremente, invitándolo a que la agarrase. Era... una secadora. Literalmente, de verdad. La palpó con cuidado y apretó el botón de encendido. Una brisa de aire caliente salió desde el cañón. La bolita seguía saltando hasta casi la altura de su cintura muy feliz.
Era la forma en como se disculpaba por haberlo tirado al agua. Sonrió un poco extrañado pero curioso del animal. Muy bien, ahora sí era cómica la cosa.
— Vaya... Gracias —le dijo.
— ¡Priu, piu! —exclamó.
Lanzó una vista hacia donde desaparecieron los gritos; sea lo que sea estaba muy enojado, pero Mokona no se veía mal en absoluto. Sabía que no tenía caso preguntar qué había pasado, pues los conejos no hablaban, pero si lo hizo fue inconciente.
— ¿Por qué te perseguían?
Y la bolita sonrió más ampliamente, abriendo la boca. Escupió a sus pies un pequeño relicario que tomó entre sus manos. Era de finísimos detalles. Ah... así que era un ladrón.
— Mira... no sé qué cosa se hayan tramado entre ustedes pero robar no es algo muy digno. Deberías de regresárselo —intentó dárselo al peluche viviente pero Mokona saltó, negando con la cabeza—. No vi quién te perseguía. Aunque quisiera no podría devolverlo, toma... ¡ven!... ¿Mokona, no?, ¡detente! —hizo una finta pero la bolita seguía jugando, esta vez saltando arriba de su cabeza. Aioros soltó una risa divertido—. Ahora es un juego... vaya, sí que eres raro, en serio...
El relicario era de plata con adornos de flores alrededor y piedras incrustadas. Parecía un adorno perfecto para el frágil cuello de una mujer. Se sentó en el banco y, como había adivinado, el animal se sentó a un lado de él. Quería que lo abriera. Por supuesto, no llegó hasta ahí exclusivamente para él, si no era una sorpresiva y aceptada presentación; debería juzgarlo lo suficiente para permitirle tener un tesoro así en sus manos. Aunque sea el tesoro de otro.
Abrió el relicario y encontró la fotografía. El perfil de un hombre adulto, con rasgos profundos y muy finos, aristocráticos de cabello y ojos negros, mientras abrazaba con delicadeza a una mujer tan bella como su cabello rubio y rizado. Se veía claramente que eran amantes, pero con un amor mutuo correspondido. Mokona le observó a los ojos posando una de sus manos en el antebrazo llamándole la atención. Aquella imagen aguardaba una larga y triste historia, interpretó con eso.
— ¿Le gusta?
Un hombre se había parado delante de él. Era similar al hombre de la imagen, pero sin duda alguien diferente. Observó por última vez la fotografía antes de cerrar el relicario, extendiéndoselo.
— Perdone mi indiscreción.
— Ese hombre que está ahí es mi hermano mayor Zagato, junto con el amor de su vida, Esmeralda —explicó el hombre mientras agarraba lentamente la joya, con un tono de melancolía en su voz—. Es el único recuerdo que tengo de ellos dos. El único que quedó, probablemente. Gracias por rescatarlo.
Echó una mirada muy significativa a Mokona que bajó las orejas avergonzada, pillada en su travesura.
— Sabes que no me opongo que tú y Primavera jueguen pero salió llorando cuando se lo quitaste. Concuerdo con este caballero: discúlpate cuando la veas.
Mokona se veía muy triste. Aioros pasó una mano sobre ella en forma consoladora.
Lantis, el nombre del sujeto del relicario, estudió la fisonomía del caballero. Se había informado de ellos no más de un par de horas cuando llegó al palacio; Guru Clef fue quien le puso al tanto de la situación. Cuestionó las intensiones los hombres, pero no había nada hasta el momento. Confiaban en ellos como lo hacían en sus guerreras de otro mundo, aunque con sus ciertas reservas.
En otras palabras eran extraños. En forma instintiva Lantis acató en observarlos con detenimiento cuando estuviera cerca. Eran tiempos de guerra y conocía mejor que nadie lo que eran capaces las otras naciones, en especial Autozam. Pero por mayor reservas tuviera contra ellos no lograba verles un punto falso. Su expresión era tranquila y, aún para un actor, lograr mantenerla tan natural era un logro digno de aplaudirse; y su mirada pacífica. Hasta con ternura cuando Mokona parecía reanimada y se ponía a jugar con él. Se cruzó de brazos. No había razones para desconfiar sin embargo... ¿no había sido él quien agarró arco y flecha por su cuenta y salió al encuentro de dos gigantes de Cizeta?, ¿cómo un humano había logrado eso?, ¿y solo?
Tenían no menos de dos días y según la idea general es que serían refugiados; el otro extranjero al parecer tuvo simpatía con Guru Clef, pero aun así el hechicero insistió que para su seguridad estuvieran en el hospital, o en una recámara particular al menos. Dohko, si recordaba bien el nombre, mencionó que serían de ayuda. Que tenían la habilidad para eso. La conversación no llegó a más puesto que Guru Clef ya tenía deducido la forma en cómo peleaban los humanos: si bien muy hábiles e inteligentes, limitados precursores de armas.
El caso es aquella mañana dos gigantes se aproximaron por zona poniente a pocos kilómetros de distancia a base de reconocimiento para una futura penetración. París y Ascot recién percatados tomaron sus armas dispuestos a darles frente, pero menuda la sorpresa que apenas llegaban a las puertas de salida cuando Aioros venía de regreso con un arco y flecha que se proporcionó del gimnasio. Les saludo, y sin tocar el tema, les dijo directamente de que interceptó a los gigantes. ¿Cómo había sabido eso? Fueron a investigar... y los dos cadáveres descansaban apaciblemente boca arriba.
Lo observaron en silencio cuando le descubrieron en el pasillo del tercer nivel apoyado en la ventana, sumido en sus pensamientos. Sin pausas fueron al salón de Guru Clef y dieron aviso. Este asintió grave y miró a Dohko como si esperara una respuesta.
— Les dije que les ayudaríamos —había contestado, tranquilo ante todo—, tenemos la habilidad para eso.
Mokona parecía encantada con el caballero el cual la había tomado como un conejo. Estaba riéndose y se quedó sorprendido, y luego encantado, de cómo ella convocaba un pan dulce de su gema.
— Magia —resumió en una palabra mirando a Lantis—. Definitivamente, este es el mundo de la magia.
— Jamás comprendí cómo logra hacer eso —era verdad—. Aun acá es extraño.
La bolita rosa pareció ofendida, ¿extraña ella? Lantis le caía bien, pero centró su atención en el rubio que taba aún medio empapado... ¿por qué no usaba la secadora que le regaló?, tal vez si convocaba otra... o agarraba la que tenía y se la apuntaba a la cara...
— ¡¡MOKONAAA!!
Una hadita con vestidito rosa y cabello azul cielo hicieron saltar al animal que se refugió en los brazos de Aioros. Este tardó un poco en reconocer si era algo real o no. Bueno, lo era. Y daba miedo; estaba histérica, con la cara enrojecida. Ah... era de lo que huía Mokona, la voz era inconfundible.
— ¡¡RASTRERA, LADRONA, DAME EL MEDALLÓN DE MI AMADO LANTIS!! —estaba tan fuera de si que no se percató que el aludido o el caballero estaban ahí.
— Ya se lo regresó.
La hada Primavera se le quedó mirando por unos segundos... ese rubio... ¿de dónde...?... ¿cómo había llegado ahí?... Mokona le sonrió. Ese extraño la abrasaba... ¿¡acaso estaba en su ayuda!?
¿Eh?, ¿"ya se lo regresó"?, ¿qué cosa?... imposible, estaba tan choqueada que no tuvo ideas por un momento. Fue Lantis en su auxilio quien la agarró en la palma de su mano. Primavera sonrió al verlo, abrazándole... ¡Ah, por él estaba ahí! Se volvió hacia Mokona, nuevamente enojada.
— Ya me devolvió el relicario, no te preocupes —se le adelantó el espadachín mágico, evitando una escena.
— ¡Pero Lantis! —chilló ella—, ¡lamento eso!, ¡ella me lo quitó, intenté atraparla pero...!
— No te preocupes —le susurró, y miró al griego—. Él la interceptó así que la cosa no pasó a mayores.
— ¿Huh? —Primavera voló y se posó frente a la cara de Aioros. Estaba evaluativo, apuesto (no tanto como Lantis) pero sí, peculiar, con un llamativo cabello rubio y ojos verdes... y cayó de su gracia cuando Mokona se instaló cómodamente en su regazo. Calificación mala; y con una expresión en tono habló—. No te conozco, ¿quién eres?, ¿qué vienes hacer aquí?
— Primavera, no seas así con los invitados.
— Jum —bufó esta, volviendo al hombro "de su hombre"—, pero es justo que le haga esas preguntas... ¿ves?, es sospechoso, ni siquiera contesta.
Mokona brincó hasta la hada y casi se la echa de un bocado. Soltó un escándalo la miniatura casi tirándole pestes, evitando ser comida.
Aioros observó junto con él la peculiar guerrilla y se levantó mientras hacía una inclinación extendiendo la mano.
— Lamento que me haya tardado en presentarme... aún me sorprendo con facilidad de las cosas de este mundo.
— Hablé con Guru Clef cuando llegué y me puso al tanto de vuestra situación —asintió—. Si es posible, estoy dispuesto a ayudar en lo que me necesite.
— Muchas gracias —sonrió—; soy Aioros de Sagitario.
— Yo soy Lantis —y estrechó su mano.
Fin del capítulo 5
Muchas gracias por los reviews, si bien son pocos es bueno saber que leen mis fanfics y los disfrutan. En especial a Elena, Shadir e Isa Leonhart.
(PD: Elena, ¿qué quisiste decir con "horripilante"? ¿Te referías al Tártaro o al capítulo en si?)
¡Un saludo! ¡Los reviews se reciben con gusto! (Mientras más me den, más rápido actualizo)
